P. Castillo

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domingo, 20 de enero de 2019


Un aperitivo de Ciro Alegría aliñado con César Vallejo… mientras arreglo un desaguisado.





César Vallejo (Perú, 1892 – París, 1938) – Ciro Alegría (Perú, 1909 -1967)



Ha surgido un problemilla con el word de Ciro Alegría a punto de publicar el comentario (“Los perros hambrientos”), lo resolveré pronto, siempre escribo el original en mi libreta con el Bic, tomando notas mientras leo, la costumbre. Y si esto no bastara, es un comentario ya publicado aquí en los comienzos, ahora estaba adaptándolo con algún cambio, después de la relectura viajera.




De todas formas he tenido que improvisar un plan B sobre la marcha, no era justo dejar al amigo Ciro fuera de juego.


Vamos a ver que tal sale el asunto.



En Perú, Paco Castillo.


Ciro Alegría es uno de tantos escritores cuya presencia por los espacios blogeros constituye una rara avis. Y dentro de esas escasas apariciones, más extraño aún es toparse con apreciaciones de sus obras que refieran un hecho, a mi juicio, de primer nivel, y muy atractivo… tuvo como profesor de primaria, siendo el autor un tierno infante, tímido y asustadizo, nada menos que a César Vallejo (tan admirado por Joaquín Sabina, no dejo de decirlo).

Un Vallejo que no solo fue figura ilustre de las letras peruanas, también gozó de un notorio prestigio internacional. Por ejemplo, el Nobel literario Tomas Tranströmer (ya fallecido) solía releer junto a su esposa los poemas del andino … “Es que Vallejo es muy bueno”, afirmaba el escritor sueco.



San Ignacio, región de Cajamarca, Perú.


Pues sí, el gran Vallejo profesor de Ciro Alegría… y esas cosas marcan a uno cuando es chiquillo.

Por tanto, un detalle que conviene remarcar al abordar la literatura de Ciro Alegría.

Aspectos que conozco gracias a ciertos libros que tengo por casa, y que he ido adquiriendo con el paso del tiempo.
















Es evidente que me atrae la narrativa hispanoamericana. 

A partir de este buen material se puede indagar por la red y complementar la información.

Rescato un fragmento delicioso (éste de internet), no ya para los exiguos entusiastas de Ciro Alegría, sino para cualquier amante de la lectura, pues reconocerá en estas líneas el potencial evocador de la palabra escrita, cuando se pone a ello un magnífico autor. 

Entre mis asiduos visitantes y comentaristas sé que hay profesores, ya sea en activo o disfrutando de una merecida jubilación. Ellos especialmente, pero no solo, podrían deleitarse con  estas líneas que narran el encuentro real de un alumno primerizo y acongojado, Ciro Alegría, con la figura de un profesor conciliador y balsámico, unas veces, melancólico y ausente otras, César Vallejo. 
Un encuentro verídico de aquel profesor llevando de la mano al alumno dubitativo en el primer día de clase, y que pasados los años emularía literariamente a su maestro.

En estas líneas de Ciro Alegría hallaremos una de las mejores semblanzas que se han hecho sobre la figura de César Vallejo, el hermoso homenaje de un alumno a su profesor: 


“Caminamos hasta la esquina y, volteando, se abrió a media cuadra la puerta que usaban los profesores y alumnos de la sección primaria. Nos detuvimos de pronto y mi tío presentóme a quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. 

Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:

—Aquí te vas a sentar… Pon adentro tus cositas… No, así no… Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro… También tu gorrita…



Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió:

—Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho… Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto?



Yo no sabía nada de las pequeñas mañas de los chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero contesté con ingenuidad:

—Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho…

Él sonrió dejando ver unos dientes blanquísimos y luego me condujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chicuelos que estaban por allí jugando la pega y le dijo:

—Éste es un niño nuevo: llévalo a jugar…

Entonces se marchó y vinieron otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. “¡Serrano chaposo!”, comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron a reír. El chico encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente:

—¿Sabes jugar la pega?
Le dije que no, y él sentenció:

—Eres muy nuevo para saber jugar…

Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía. Busqué con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo también habría de llamar Champollion, como hacían los estudiantes desde muchas generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. 

Cruzando otra puerta, llegué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré otro patio, donde los estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salones, muchas arquerías. 

Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizás para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento. Sonó la campana y yo no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro. 


Vino a sacarme de mi confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había puesto a buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y él me la retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos, me iba diciendo sin que yo atinara a responderle:

—¿Por qué te pusiste a caminar? ¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio… Este colegio es muy grande… ¿Estás triste?

Llegamos a nuestro salón y me condujo hasta mi banco. Él pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres, sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nigérrima. Sin saber a qué atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de banco: “¿Y por qué tiene el pelo así?”. 

“Poeta es poeta”, me cuchicheó. 

La personalidad de Vallejo se me antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme muchas preguntas que no podía contestar. Él había de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención. Anunció que iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir:

—Niñosh… la Tierra esh redonda como una naranja… Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.


Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la región.

Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor. 

Cuando la campana sonó anunciando el recreo, César Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire muy distraído.

De nuevo en el salón, era hora de estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mi sabiduría y le dije:

—Ya pasé Pato hace tiempo. También Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro…

Vallejo me miró inquisitivamente:

—¿Sabes también escribir?

A mi respuesta afirmativa, me pidió que escribiera mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me probó con otras palabras y una frase larga.
La cosa parecía divertirle. Después me preguntó:

—Y si sabes leer y escribir, ¿por qué te han puesto en primer año?

—Porque no sé otras cosas…

Entonces me dijo que fuera a sentarme. Traté de conversar con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que estaba prohibido hablar durante la hora de estudio.

Miré a mi profesor.

César Vallejo —siempre me ha parecido que ésa fue la primera vez que lo vi— estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra, su faz mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón, más enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros —no recuerdo si eran grises o negros— brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. Su traje era uno viejo y luído y, cerrando la abertura del cuello blando, una pequeña corbata de lazo estaba anudada con descuido. 

Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiárseme. 

Cierta extraña e inexplicable pena me sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, había algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entendí sino sentí con toda mi despierta y alerta sensibilidad de niño. 
De pronto, me encontré pensando en mis lares nativos, en las montañas que había cruzado, en toda la vida que dejé atrás. 

Volviendo a examinar los rasgos de mi profesor, le encontré parecido a Cayetano Oruna, peón de nuestra hacienda a quien llamábamos Cayo. Éste era más alto y fornido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos, tenían gran semejanza. 

El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía. Él se volvió súbitamente y me miró y nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío. No veía las letras y quise llorar…

Así fue como encontré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le oí sobre la Tierra son también las que más se me han grabado en la memoria. El tiempo había de revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios en que caía, su actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecerán en estas líneas.

Por la noche, durante la comida, me preguntaron en casa:

—¿Te gusta tu profesor?
—Sí —respondí.”
(1)




Dos vidas que se encontraron en un trecho del camino.




Lo que los libros unieron, no lo separen los...





(1) Fragmento del texto -El César Vallejo que yo conocí- en “Memorias, mucha suerte con harto palo”. Libro I, pág. 26.



Fuente:
https://copypasteilustrado.wordpress.com/2013/06/06/ciro-alegria-cesar-vallejo-colegio-primaria-profesor-literatura-trujillo-caramelos-pelea/


domingo, 13 de enero de 2019



Los libros que disfruté (matiz importante) en el 2018...




Leyendo a Julio Ramón Ribeyro por su tierra, Perú, diciembre de 2018


Así que al hilo de ese “matiz importante”, aquí solo vais a encontrar, y permitidme el atrevimiento, excelentes títulos.

El trajín del regreso tras el periplo andino me había hecho olvidar esta idea ya gestada, comenzar enero con el retrato fotográfico-literario de las obras leídas en 2018.

Siempre es atractivo resumir la experiencia del año concluido a través de los libros.

En la siguiente exposición os muestro las lecturas acometidas. Clicando en las fotos accedéis a la entrada correspondiente, excepto en aquellas donde aparecen libros pendientes de comentar.

Como artista invitada para acompañarnos tenemos, no podía ser de otro modo, a mi admiradísima Eivør Pálsdóttir, la cantautora feroesa de fascinante voz, habitual en mi blog.

Aquí actúa en Thorshavn, la pequeñita y coqueta capital de las Islas Feroe, en el Old Theater (Viejo Teatro), un directo rodeada de sus paisanos, vikingos del siglo XXI, gentes tranquilas, acaso secretamente conmovidas ante la voz de Eivør.

Ella nos regala el don preciado de su bellísima voz. Y su sentimiento para dejarla volar y brillar… como una aurora boreal.

Nos reserva lo mejor hacia el final de la canción, con esos registros tonales… uff, lo que es capaz de hacer esta mujer. Sublime, se me pone la piel de gallina con este vídeo.


No se me ocurre mejor asociación para esos libros y paisajes que la presencia de Eivør.

Pues eso, mirad los libros, escuchad la canción... y también mirad a Eivør, es un ruego .


Falling Free




Enero

"Cuentos de orillas del Rin". Erckmann-Chatrian (Émile Erckmann, Phalsbourg, 1822-Lunéville, 1899. Y Alexandre Chatrian (Abreschiller, 1826-Villemomble, 1890)

Austral 1963. Segunda edición. 152 páginas.




"París no se acaba nunca". Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948)
Anagrama, 2003. 233 páginas.





Febrero

"La necesidad del arte". Ernst Fischer (Austria, 1899-1972)
Ediciones Península, 1973. Ensayo. Traducción de Jordi Solé Tura.




"El arma en el hombre". Horacio Castellanos Moya (1957, Tegucigalpa, Honduras)
Tusquets, 1ª edición 2001. 132 páginas.





Marzo

"¿Cuánto falta para Babilonia?" Jennifer Johnston (Dublín, 1930)
Editorial Debate, 1984 (publicación, 1974) Traducción de Flora Casas, 213 pp.




Narraciones Fantásticas. Antología. Biblioteca Universal Caralt, 1ª edición, 1978. Traducción de Ramón Hervás y Antonio –Prometeo Moya. 228 páginas.


Nueve relatos fantásticos, seleccionados entre las mejores narraciones de los maestros del misterio. Una genuina galería de escritores malditos:

Villiers de I´Isle Adam
Edgar Allan Poe 
Gustavo Adolfo Bécquer 
Kafka 
Ryūnosuke Akutagawa 
E. T. A. Hoffmann
William Polidori
Gerard de Neval
Maupassant.





"Cien años de soledad". Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 – Ciudad de México, 2014)
Editorial RBA, 2004, “Biblioteca García Márquez”. 510 páginas.




¿Qué añadir de este libro? Ya está todo dicho y escrito sobre esta obra maestra.


Abril

"La llanura de fuego". Fernando Namora (Portugal, 1919-1989)
Círculo de Lectores, 1972. Traducción y prólogo de Rafael Morales.



Aún con otras excelentes lecturas, es el libro que más me ha llegado, tal vez por sus inolvidables personajes, la sencillez aparente de estas vidas que penetra tan profundamente en el alma, entre otras cosas. Una historia que permanecerá en el recuerdo, escrita con una extraordinaria sensibilidad por El portugués Fernando Namora.



"Dios muere a orillas del Nilo". Nawal El Saadawi (Kafr Tahl, Egipto, 1931)
Editorial Herder, 1996. Versión castellana de Juan Andrés Iglesias. 179 páginas.





La escritora egipcia Nawal El Saadawi. Me fascina esta imagen, el entusiasmo vital que hay en sus ojos.




Búsqueda. Poesía. Jóhann Hjálmarsson (Reykjavík, Islandia, 1939)
Libros del Innombrable, 1ª ed. 2001. Traducción de José Antonio Fernández Romero, 160 páginas.

(Porque lo releo cada año)







"Así de grande". Edna Ferber (Michigan, Estados Unidos, 1885 — Nueva York, 1968). Círculo de Lectores 1965, traducción de Miguel de Hernani. 333 páginas.



Una obra impresionante


Mayo

"Patagonia Express". Luis Sepúlveda (Chile, 1949)
Tusquets, sexta edición, 1997, "Colección Andanzas". 178 páginas.




"El viajero bajo el resplandor de la luna". Antal Szerb (Hungría, 1902-1944)
Ediciones del Bronce, 1ª edición año 2000. Traducción de Judit Xantus. 240 páginas. 



Junio

"Pueblo". Azorín (Monóvar, 1873 – Madrid, 1967)

Colección Austral, impreso en Argentina, 1949. 148 páginas.






Julio

"La canción de Salomón". Tony Morrison (Ohio, Estados Unidos, 1931)
Debolsillo 2004. Traducción de Carmen Criado. 431 páginas.


Uff, vaya novelón de Tony Morrison, ¿cómo se puede escribir así?


"Paraíso reclamado". Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998)
Orbis, S.A.  Edición de 1982. Traducción de Rodolfo Arévalo. 269 páginas.



"Para salir del siglo XX". Edgar Morin (París, 1921)

Kairós, 1981. Ensayo. Traducción de Jordi Fibla.  360 páginas.
(Comentario en la recámara...)

Del norte al sur...


En el litoral cantábrico, Asturias

El filósofo y sociólogo Edgar Morin atesora una de las mentes más lúcidas para entender porque las sociedades modernas son como son. Impresiona el alcance de su mirada, como viaja al pasado reciente, en la creación de las grandes ideologías políticas, las vanguardias artísticas... para desvelar muchas claves del presente. Necesaria lectura.



En el sur atlántico y mediterráneo, Salúcar de Barrameda, Cádiz.

Agosto

"La investigación". Stanislaw Lem (Polonia, 1921-2006)
Bruguera Libro Amigo, 1986. Traducción: Jadwiga Maurizio. 220 páginas.






Septiembre

"Las raíces y otros cuentos". Rafael Azuar (Elche, 1921 – Alicante, 2002)
Publicaciones de la Caja de Ahorros  Provincial de Alicante, 1971. Nº de páginas, 83.




"Zalacaín el aventurero". Pío Baroja (Guipúzcoa, 1872 – Madrid, 1956)
Colección Austral, 1984. 156 páginas.


Siempre acabo regresando a Pío Baroja... imprescindible para mí.


"Dos antisemitas y otras narraciones". Sholem Aleichem (Ucrania, 1859- Nueva York, 1916)
Editorial Magisterio Español S. A. (Serie narraciones judías), 1969. Traducción de José Luis Sobrón. 170 páginas.




Octubre

"Cuentos de Odesa y otros relatos". Isaak Bábel (Odesa, 1894 – Moscú, 1940)
Alianza Editorial, edición de 1985. Traducción de José Fernández Sánchez. 187 páginas.



¡Magníficos!


"El espía que surgió del frío". John le Carré (Dorset, Inglaterra, 1931)
Círculo de Lectores, Colección Alta Tensión, 1988. Traducción de Nieves Morón. 257 páginas.




Noviembre

"Al oeste con la noche". Beryl Markham (Reino Unido, 1902 – Kenia, África, 1986)
Salvat Grandes Mujeres, 1995. Traducción Liliana Piastra. 284 páginas.



Una obra sublime. Según el propio Hemingway, un libro que a él le hubiese gustado escribir, reconociéndose incapaz de superarlo. Aunque dudaba de la autoría de Beryl, una mujer extraordinaria en su tiempo. Libro que sitúo muy cerquita del de Namora en cuanto a la huella que me ha dejado.



"El enano". Pär Lagerkvist (Suecia, 1891-1974)
Círculo de Lectores, 1973 (obra publicada en 1944). Traducción de Fausto de Tenazos Pinto. 199 páginas.




"Poeta de piedra y de paloma". Mario Florián (Cajamarca, Perú, 1917 - Lima, 1999) Edición de la Revista “Nosotros”, 1990, Perú. 160 páginas.
(Comentario pendiente)






Diciembre

(Pendientes):

"seis y seis". Cuentos. Carlos Meneses (Perú, 1929)
Premia editora, 1979, México. 116 páginas.







"El Hablador". Mario Vargas Llosa (Perú, 1936)
Seix Barral, Biblioteca Breve, 1987. 235 páginas.


Por San Ignacio, en la región de Cajamarca, Perú, diciembre de 2018


"El tungsteno" (novela) / "Paco Yunque" (cuento). César Vallejo (Perú, 1892 – París, 1938)
Peisa bolsillo, 2016, Perú. 126 páginas.




Tiendecita en pueblo andino, Perú, diciembre de 2018 


"Los perros hambrientos". Ciro Alegría (Perú, 1909-1967)
Losada. Biblioteca clásica y contemporánea, 1977. 150 páginas.



Por la "chacra" familiar, Cesara, Perú, diciembre 2018



"Escalada". Ludwig Hohl (Suiza, 1904-1980)

Minúscula, 2008. Traducción de Rosa Pilar Blanco. 105 páginas.


Explorando los alrededores de "mi pueblo andino", impresionante cascada, aislada de todos, en Cesara, Perú, diciembre 2018.




"Cuentos". Julio Ramón Ribeyro (Perú, 1929-1994)
Cátedra. Edición de María Teresa Pérez. 320 páginas.



Los cuyes, inquietos por naturaleza, a veces se meten en los Cuentos de Ribeyro...



Y se acabó... el 2018, claro.