Un aperitivo de Ciro Alegría
aliñado con César Vallejo… mientras arreglo un desaguisado.
César Vallejo (Perú, 1892 – París,
1938) – Ciro Alegría (Perú, 1909 -1967)
Ha surgido un problemilla con el
word de Ciro Alegría a punto de publicar el comentario (“Los perros
hambrientos”), lo resolveré pronto, siempre escribo el original en mi libreta
con el Bic, tomando notas mientras leo, la costumbre. Y si esto no bastara, es un comentario ya publicado aquí en los comienzos, ahora estaba adaptándolo con algún cambio, después de la relectura viajera.
De todas formas he tenido que
improvisar un plan B sobre la marcha, no era justo dejar al amigo Ciro fuera de
juego.
Vamos a ver que tal sale el
asunto.
En Perú, Paco Castillo.
Ciro Alegría es uno de tantos escritores cuya
presencia por los espacios blogeros constituye una rara avis. Y dentro de esas
escasas apariciones, más extraño aún es toparse con apreciaciones de sus obras
que refieran un hecho, a mi juicio, de primer nivel, y muy atractivo… tuvo como
profesor de primaria, siendo el autor un tierno infante, tímido y asustadizo, nada menos que a César Vallejo (tan admirado por
Joaquín Sabina, no dejo de decirlo).
Un Vallejo que no solo fue
figura ilustre de las letras peruanas, también gozó de un notorio prestigio
internacional. Por ejemplo, el Nobel literario Tomas Tranströmer
(ya fallecido) solía releer junto a su esposa los poemas del andino … “Es que
Vallejo es muy bueno”, afirmaba el escritor sueco.
San Ignacio, región de Cajamarca, Perú.
Pues sí, el gran Vallejo
profesor de Ciro Alegría… y esas cosas marcan a uno cuando es chiquillo.
Por tanto, un detalle que conviene remarcar al abordar la literatura de Ciro Alegría.
Aspectos que conozco gracias a ciertos libros que tengo por casa, y que he ido adquiriendo con el paso del tiempo.
Es
evidente que me atrae la narrativa hispanoamericana.
A partir de este buen material se puede indagar
por la red y complementar la información.
Rescato un
fragmento delicioso (éste de internet), no ya para los exiguos entusiastas de Ciro
Alegría, sino para cualquier amante de la lectura, pues reconocerá en
estas líneas el potencial evocador de la palabra escrita, cuando se pone a ello un magnífico
autor.
Entre mis asiduos visitantes y
comentaristas sé que hay profesores, ya sea en activo o disfrutando de una
merecida jubilación. Ellos especialmente, pero no solo, podrían deleitarse
con estas líneas que narran el encuentro
real de un alumno primerizo y acongojado, Ciro Alegría, con la figura de un
profesor conciliador y balsámico, unas veces, melancólico y ausente otras,
César Vallejo.
Un encuentro verídico de aquel profesor llevando de la mano al alumno dubitativo en el primer día de clase, y que pasados los años emularía literariamente a su maestro.
Un encuentro verídico de aquel profesor llevando de la mano al alumno dubitativo en el primer día de clase, y que pasados los años emularía literariamente a su maestro.
En estas líneas de Ciro Alegría hallaremos una de
las mejores semblanzas que se han hecho sobre la figura de César Vallejo, el hermoso homenaje de un alumno a su profesor:
“Caminamos hasta la esquina y, volteando, se abrió
a media cuadra la puerta que usaban los profesores y alumnos de la sección
primaria. Nos detuvimos de pronto y mi tío presentóme a quien debía ser mi
profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi
hierático, me pareció un árbol deshojado.
Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:
Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: “Vente por acá”. Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:
—Aquí te vas a sentar… Pon adentro tus cositas… No, así no… Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro… También tu gorrita…
Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió:
—Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho… Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto?
Yo no sabía nada de las pequeñas mañas de los
chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero contesté con
ingenuidad:
—Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho…
Él sonrió dejando ver unos dientes blanquísimos y
luego me condujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chicuelos que estaban por
allí jugando la pega y le dijo:
—Éste es un niño nuevo: llévalo a jugar…
Entonces se marchó y vinieron otros chicos, todos
los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. “¡Serrano chaposo!”,
comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa
tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron a reír. El chico
encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente:
—¿Sabes jugar la pega?
Le dije que no, y él sentenció:
—Eres muy nuevo para saber jugar…
Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy
azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía. Busqué con la mirada a mi
profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto,
conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo
también habría de llamar Champollion, como hacían los estudiantes desde muchas
generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar.
Cruzando
otra puerta, llegué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me
miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré otro patio, donde los
estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios,
muchos salones, muchas arquerías.
Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizás para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento. Sonó la campana y yo no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro.
Vino a sacarme de mi
confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había puesto a
buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él. Aún
recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando
mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y él me la
retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos, me iba
diciendo sin que yo atinara a responderle:
—¿Por qué te pusiste a caminar? ¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio… Este colegio es muy grande… ¿Estás triste?
Llegamos a nuestro salón y me condujo hasta mi
banco. Él pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas
y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento
me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres,
sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nigérrima. Sin saber a qué
atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de banco: “¿Y por qué tiene el
pelo así?”.
“Poeta es poeta”, me cuchicheó.
La personalidad de Vallejo se me
antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme muchas preguntas que no podía
contestar. Él había de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos
golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención. Anunció que iba a dictar
la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y
morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir:
—Niñosh… la Tierra esh redonda como una naranja… Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.
Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las
eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el
punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las
otras provincias de la región.
Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón
y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único
sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la
salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en
el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este
mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo
mucho que sabía mi profesor.
Cuando la campana sonó anunciando el recreo, César
Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alisó la
melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y salió. Fue a
pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que conversaba
con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire muy distraído.
De nuevo en el salón, era hora de estudio. La
próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó junto a él y
abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mi sabiduría y le dije:
—Ya pasé Pato hace tiempo. También Rosita y Pepito.
Yo sé todo ese libro…
Vallejo me miró inquisitivamente:
—¿Sabes también escribir?
A mi respuesta afirmativa, me pidió que escribiera
mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escribir su
apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me probó con otras
palabras y una frase larga.
La cosa parecía divertirle. Después me preguntó:
—Y si sabes leer y escribir, ¿por qué te han puesto en primer año?
—Porque no sé otras cosas…
Entonces me dijo que fuera a sentarme. Traté de conversar
con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que estaba prohibido hablar
durante la hora de estudio.
Miré a mi profesor.
César Vallejo —siempre me ha parecido que ésa fue
la primera vez que lo vi— estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta
hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra, su faz mostraba líneas duras y
definidas. La nariz era enérgica y el mentón, más enérgico todavía, sobresalía
en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros —no recuerdo si eran
grises o negros— brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. Su traje era uno
viejo y luído y, cerrando la abertura del cuello blando, una pequeña corbata de
lazo estaba anudada con descuido.
Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiárseme.
Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiárseme.
Cierta extraña e inexplicable pena me
sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, había algo
profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entendí sino sentí con toda
mi despierta y alerta sensibilidad de niño.
De pronto, me encontré pensando en
mis lares nativos, en las montañas que había cruzado, en toda la vida que dejé
atrás.
Volviendo a examinar los rasgos de mi profesor, le encontré parecido a
Cayetano Oruna, peón de nuestra hacienda a quien llamábamos Cayo. Éste era más
alto y fornido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos, tenían
gran semejanza.
El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía. Él se volvió súbitamente y me miró y nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío. No veía las letras y quise llorar…
El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía. Él se volvió súbitamente y me miró y nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío. No veía las letras y quise llorar…
Así fue como encontré a César Vallejo y así como lo
vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le oí sobre la Tierra son
también las que más se me han grabado en la memoria. El tiempo había de
revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios en que caía, su
actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecerán en estas líneas.
Por la noche, durante la comida, me preguntaron en
casa:
—¿Te gusta tu profesor?
—Sí —respondí.” (1)
Dos vidas que se encontraron en un
trecho del camino.
Lo que los libros unieron, no lo
separen los...
(1) Fragmento del texto -El César Vallejo que yo conocí- en “Memorias, mucha suerte con harto palo”. Libro I, pág. 26.
Fuente:
https://copypasteilustrado.wordpress.com/2013/06/06/ciro-alegria-cesar-vallejo-colegio-primaria-profesor-literatura-trujillo-caramelos-pelea/






