P. Castillo

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jueves, 19 de septiembre de 2019


Poema del Cid (año 1200, anónimo). Versión y prólogo de Francisco López Estrada (Barcelona, 1918 – Valencia, 2010).
Libro, Castalia Ediciones, 2012. Páginas, 138.


Foto, Paco Castillo, 2019.


Mi intención era venir aquí con Auden y su “Iconografía romántica del mar”. Pero tendrá que esperar al siguiente turno, cuestión de unos detalles.


 Foto, Paco Castillo. Asturias, 2019

No obstante, tengo sentados en el banquillo a una serie de reservas que serían titulares indiscutibles en cualquier equipo, prestos a saltar al terreno de juego y darlo todo. Qué bien me ha venido el fútbol siendo tan poco futbolero.

Me ha gustado volver al Cid, esta vez ha sido con más hondura, pero dudo si con más asombro, seguramente no.

Me explico, lo leí muy jovencito pero no os extrañéis, fue en serie juvenil  de la Colección Historias Selección, editada por Bruguera y que aún conservo junto a otros títulos.


Foto, Paco Castillo,2019



Por aquel entonces me deslumbró ese señor tan valiente, montado a lomos de su caballo blanco, Babieca.


Puesto que en cantares se divide este extraordinario Poema del Cid, vamos a ambientar la época con su música, una preciosa cántiga del trovador portugués João Soares de Paiva (1140).










Y seguro que acabaré por leerlo en estilo teatral, me atrae mucho la idea. Y para ello tengo esta tragicomedia que escribió uno de los grandes dramaturgos que ha tenido Francia, junto con Molière y Racine, no es otro que Pierre Corneille.

Aireo a Corneille de mis estantes. Foto, Paco Castillo

No sé muy bien por qué, pero el ocaso primaveral me incitó a encarar este Poema, a pocos días de ceder su cetro, cuando el calor del inminente verano ya se había hecho amo y señor de la situación, y aliado con la sequía derrotó sin miramientos a los últimos verdores que resistían con más pena que gloria… 


Foto, Paco Castillo, 2019.

Se ve que es la misma épica, el enfrentamiento encarnizado entre la primavera y el verano posee una “narración” que se acopla perfectamente a la historia del Cid, se escenifica el mismo drama de la Naturaleza en el libro. Quizás esa fuera la llamada a leerlo.

Foto, Paco Castillo, 2019.


Así pues, de la exuberancia verdosa en mis paseos por la primavera moribunda apenas hay rastro. Me salen al paso los esqueletos de algunas adormideras (amapolas blancas se las suele llamar). Ahí tenéis sus osamentas.

 Foto, Paco Castillo, 2019.

Abajo en el esplendor de su reinado… viendo lo de arriba, el tiempo siempre acaba ganando la partida, no hay más.


Adormideras (amapolas blancas), foto, Paco Castillo, 2019



Unas flores muy ricas en opio, sustancia que brindaba la evasión del mundo terrenal a Thomas de Quincey , quien sabe desde que “confines” escribiría “Confesiones de un fumador de opio”, siempre buscó la creatividad más libre en esos sueños opiáceos .



Leyendo a Thomas de Quincey, allá por el 2015, foto de Paco Castillo.


Pero ahora solo contemplo de estas amapolas sus tallos hirsutos y carentes de savia, inequívoca señal de la brutal contienda con las avanzadillas estivales… de las milicias lisérgicas no hay más que unos restos marchitos, como aquellos almorávides que caían en la lucha con el Cid y sus aliados.

“Así les hablaba el Cid    como vais a oír contar:

-Todos salgamos afuera,    que nadie se quede atrás,
sino dos peones solos,    para la puerta guardar.
Si morimos en el campo,    en el castillo entrarán;
Si vencemos la batalla,    las riquezas crecerán.

(…)

Tanta lanza allí veríais hundir,    y bien pronto alzar,
Tanta adarga en aquel caso    romper y agujerear;
Tanta loriga desecha    de parte a parte pasar,
Y tanto blanco pendón   rojo de sangre quedar,
Y tantos caballos buenos   sin sus dueños allí andar.
Los moros gritan: ¡Mahoma!   ¡Santiago!, la cristiandad.

En poco espacio allí caen   mil trescientos moros ya.




Incluso en la serenidad del campo resuenan los ecos de mil batallas. Es nuestro sino, llevamos el fragor de las guerras atronando en nuestro ser desde tiempos remotos, nuestra historia está jalonada… no de vencedores y vencidos, nada de eso, solo de perdedores. Los que hubo. Y los que aún hay en los polvorines del mundo. Siempre se pierde.



De aquellos verdores campestres estas "Llanuras de Fuego"

como escribiera el magnífico y entrañable Fernando Namora, un color de oro cegador y engañoso como un espejismo sahariano.

Fotos, Paco Castillo, 2019

No queda otra, hay que acomodar el espíritu a las tonalidades triunfadoras, igual que nos acercamos a éste o aquel libro según el ánimo que nos rige en el momento.


Se palpa la pasión y el cariño de Francisco López Estrada (Barcelona, 1918-Valencia, 2010) por esta literatura tan vigorosa y actual, escrita en el año 1200.

Hay que matizar un dato, Rodrigo Díaz de Vivar, hombre de carne y hueso, pues existió, en el cual se inspira este cantar de gesta nació 150 años antes, los estudiosos sitúan su nacimiento en torno a 1048, parece ser que en Vivar (posteriormente Vivar del Cid), localidad burgalesa, pero sin pruebas concluyentes.

"El Poema o Cantar de Mio Cid se divide en tres cantares, que narran las acciones de guerra y las vicisitudes políticas y familiares de Rodrigo (Ruy) Díaz, en tiempos de la Reconquista, durante el último cuarto del siglo XI. Según datos históricos comprobados, por cotejos de crónicas cristianas y musulmanas, Ruy Díaz, llamado por los moros Cidí o Mío Cid ("mi señor"), y por moros y cristianos el Campeador (de Campis doctor, esto es, excelente en el campo de batalla), nació en Vivar, cerca de Burgos, en 1043, y murió en Valencia en 1099."


                                 Fotos, Paco Castillo, 2019

López Estrada ha hecho un laborioso trabajo adaptando la prosa al lector corriente de hoy, legos como yo, más allá de los filólogos y estudiosos de la materia que rastrean como sabuesos la singladura de una palabra hasta llegar al origen, a veces singular, otras de lo más trivial.

No sé hasta que punto me seduciría leer con la lupa del erudito, puede que sea una experiencia extenuante… pero no nos engañemos, con esta afirmación solo trato de camuflar mi ignorancia al respecto y disimular cierta envidia.

¿Y qué me aporta una obra del año 1200 como lector del S.XXI?
No generalizo la pregunta a un lector general… yo no sé como son los demás, suficiente tengo ya con ir descubriéndome yo.

Me procura conocimiento. Es obvio, es un conocimiento que fecunda con éxito cuando uno asume como propia la conciencia de otra época, de otras gentes, y vislumbras el recorrido ético y moral que atraviesa, lo que me permite vivir la lectura como una experiencia gozosa.

¿Y qué veo?

Lo corta que es la distancia. Por aquel entonces y ahora... siempre hay un enemigo con el que luchar, y si no lo hay haremos lo posible para que surja.

La fuerza del enemigo derrotado da la medida del poder que ostentan los victoriosos.

Pocas cosas entusiasman más al ser humano que exhibir su fortaleza frente al resto. Es así desde que morábamos en las cavernas hasta nuestros días, intrínseco a nuestro ser, como si estuviera determinado genéticamente.

                    Leyendo el Poema del Cid. Fotos, Paco Castillo, 2019

En el Poema del Cid están los enemigos extranjeros, y los que son de casa, de tu misma estirpe.

Los enemigos de casa son aquellos que, siendo cristianos, arremeten contra la virtud cristiana; la lealtad, la fidelidad a tu señor, la obediencia, la dignidad frente a la codicia, todo ello muy presente en el Cid Campeador, el héroe en el que se refleja el buen cristiano.

Hay que castigar a los que pretenden deshonrar este código de conducta, a los que osan faltar al Todopoderoso, que dicen aquellas gentes. Los Infantes de Carrión, con su codicia y cobardía, escenifican su propia  deshonra como cristianos.

Los enemigos de fuera son los infieles, los adoradores de Mahoma, los almorávides, la amenaza a los valores cristianos.

La verdad del cristianismo ha de prevalecer, los impuros  (los moros) han de ser aniquilados, o expulsados a sus lejanos feudos.
Es una visión del mundo en combate contra otra.

Eso está claramente recogido y sintetizado en una línea del fragmento que hay por arriba:

 Los moros gritan: ¡Mahoma!   ¡Santiago!, la cristiandad.


En el Poema del Cid se exhibe este poder de los ganadores. No se ilustra blandiendo las espadas brillantes al aire. Es el triunfo de una moral y sus valores, la Cristiana, frente a otra, la Musulmana, el culto infiel que conviene depurar.

Así que habíamos comenzado por la agonía de la primavera, dejo su cruel destierro para acompañarme de otro no menos angustioso, el sufrido por El Cid, o don Rodrigo Díaz de Vivar, contado en el Poema.

-Oídme mis caballeros, os diré yo la verdad.
A menguar pronto comienza quien se queda en un lugar.
Mañana por la mañana, en seguida a cabalgar;
Dejemos estos lugares y sigamos más allá (…)


¿Y no ha de ser así?

¿No se ve uno empequeñecido cuando se clava en el terruño,  y mira los días pasar desde su almena?

¿No va uno sintiendo que se encoje a medida que el mundo parece expandirse?

Ésta y tantas obras antiguas se prestan gustosas al tamiz si nos apetece extraer un mensaje del presente. Solo hay que saber detectar su potencial entre líneas.

Es obvio que el presente necesita regresar una y otra vez al pasado para afianzar su significado actual, su sentido.



Ignoro por quien tomaría hoy partido el Cid Campeador. Tal vez fuese tentado por los de Vox, y accediese a su propuesta; plantarse frente a la valla… o al muro (dicen que lo construirían) de Ceuta y Melilla, espada en ristre y disuadir a las “hordas extranjeras” que pretenden adentrarse en el reino.




Quizás considerase la oferta de esos que dicen ser socialdemócratas, o de izquierdas, y erigirse en espadín contra esa reminiscencia del feudalismo que es la derechona.

Yo, como soy muy ingenuo, lo contemplaría seguido del pueblo llano, vitoreándolo, todos a una Fuente Ovejuna, hacia el objetivo final, derrocar al Parlamento, ajusticiar a los corruptos y devolver al pueblo lo que nunca debieron robarle, empezando por sus esperanzas.

En cualquier caso, no vengo yo a aconsejar esta lectura, tampoco dejo de hacerlo, pero… ¿Se puede recomendar un color para mirarlo, un estado de ánimo para leer?

Uno no tiene que forzar la alegría si la bruma otoñal le sume en la melancolía, del mismo modo que uno no debe claudicar al desasosiego circundante si en su seno cunde el entusiasmo vital.

Os dejo con unas golondrinas que surcaban el cielo, mientras yo leía las lagrimas del Cid.


También marcharon las golondrinas, a su destierro, dejando el silencio de su ausencia.



No hay nadie que se libre del destierro, desde que abandonamos la infancia estamos condenados a sufrirlo...