Poema
del Cid (año 1200, anónimo). Versión y prólogo de Francisco López Estrada
(Barcelona, 1918 – Valencia, 2010).
Libro,
Castalia Ediciones, 2012. Páginas, 138.
Foto, Paco Castillo, 2019.
Mi
intención era venir aquí con Auden y su “Iconografía romántica del mar”. Pero
tendrá que esperar al siguiente turno, cuestión de unos detalles.
Foto, Paco Castillo. Asturias, 2019
No obstante, tengo sentados en el banquillo a una serie de
reservas que serían titulares indiscutibles en cualquier equipo, prestos a
saltar al terreno de juego y darlo todo. Qué bien me ha venido el fútbol siendo
tan poco futbolero.
Me ha
gustado volver al Cid, esta vez ha sido con más hondura, pero dudo si con más
asombro, seguramente no.
Me explico,
lo leí muy jovencito pero no os extrañéis, fue en serie juvenil de la Colección Historias Selección, editada
por Bruguera y que aún conservo junto a otros títulos.
Foto, Paco Castillo,2019
Por aquel
entonces me deslumbró ese señor tan valiente, montado a lomos de su caballo
blanco, Babieca.
Puesto que en cantares se divide este extraordinario Poema del Cid, vamos a ambientar la época con su música, una preciosa cántiga del trovador portugués João Soares de Paiva (1140).
Y seguro
que acabaré por leerlo en estilo teatral, me atrae mucho la idea. Y para ello tengo esta tragicomedia
que escribió uno de los grandes dramaturgos que ha tenido Francia, junto con Molière
y Racine, no es otro que Pierre Corneille.
Aireo a Corneille de mis estantes. Foto, Paco Castillo
Foto, Paco Castillo, 2019.
Se ve que es la misma
épica, el enfrentamiento encarnizado entre la primavera y el verano posee una
“narración” que se acopla perfectamente a la historia del Cid, se escenifica el
mismo drama de la Naturaleza en el libro. Quizás esa fuera la llamada a
leerlo.
Foto, Paco Castillo, 2019.
Así pues,
de la exuberancia verdosa en mis paseos por la primavera moribunda apenas hay
rastro. Me salen al paso los esqueletos de algunas adormideras (amapolas
blancas se las suele llamar). Ahí tenéis sus osamentas.
Foto, Paco Castillo, 2019.
Abajo en
el esplendor de su reinado… viendo lo de arriba, el tiempo siempre acaba ganando la partida, no hay más.
Adormideras (amapolas blancas), foto, Paco Castillo, 2019
Unas flores
muy ricas en opio, sustancia que brindaba la evasión del mundo terrenal a
Thomas de Quincey , quien sabe desde que “confines” escribiría “Confesiones de
un fumador de opio”, siempre buscó la creatividad más libre en esos sueños
opiáceos .
Leyendo a Thomas de Quincey, allá por el 2015, foto de Paco Castillo.
Pero
ahora solo contemplo de estas amapolas sus tallos hirsutos y carentes de savia,
inequívoca señal de la brutal contienda con las avanzadillas estivales… de las
milicias lisérgicas no hay más que unos restos marchitos, como aquellos
almorávides que caían en la lucha con el Cid y sus aliados.
“Así les
hablaba el Cid como vais a oír contar:
-Todos
salgamos afuera, que nadie se quede
atrás,
sino
dos peones solos, para la puerta
guardar.
Si
morimos en el campo, en el castillo
entrarán;
Si
vencemos la batalla, las riquezas
crecerán.
(…)
Tanta
lanza allí veríais hundir, y bien
pronto alzar,
Tanta
adarga en aquel caso romper y
agujerear;
Tanta
loriga desecha de parte a parte pasar,
Y tanto
blanco pendón rojo de sangre quedar,
Y tantos
caballos buenos sin sus dueños allí
andar.
Los moros
gritan: ¡Mahoma! ¡Santiago!, la
cristiandad.
En poco
espacio allí caen mil trescientos moros
ya.
Incluso
en la serenidad del campo resuenan los ecos de mil batallas. Es nuestro sino,
llevamos el fragor de las guerras atronando en nuestro ser desde tiempos
remotos, nuestra historia está jalonada… no de vencedores y vencidos, nada de
eso, solo de perdedores. Los que hubo. Y los que aún hay en los polvorines del
mundo. Siempre se pierde.
De
aquellos verdores campestres estas "Llanuras de Fuego"
como
escribiera el magnífico y entrañable Fernando Namora, un color de oro cegador y
engañoso como un espejismo sahariano.
Fotos, Paco Castillo, 2019
No queda
otra, hay que acomodar el espíritu a las tonalidades triunfadoras, igual que
nos acercamos a éste o aquel libro según el ánimo que nos rige en el momento.
Se palpa
la pasión y el cariño de Francisco López Estrada (Barcelona,
1918-Valencia, 2010) por esta literatura tan
vigorosa y actual, escrita en el año 1200.
Hay que
matizar un dato, Rodrigo Díaz de Vivar, hombre de carne y hueso, pues existió,
en el cual se inspira este cantar de gesta nació 150 años antes, los estudiosos
sitúan su nacimiento en torno a 1048, parece ser que en Vivar (posteriormente
Vivar del Cid), localidad burgalesa, pero sin pruebas concluyentes.
"El
Poema o Cantar de Mio Cid se divide en tres cantares, que narran las acciones
de guerra y las vicisitudes políticas y familiares de Rodrigo (Ruy) Díaz, en
tiempos de la Reconquista, durante el último cuarto del siglo XI. Según datos
históricos comprobados, por cotejos de crónicas cristianas y musulmanas, Ruy
Díaz, llamado por los moros Cidí o Mío Cid ("mi señor"), y por moros
y cristianos el Campeador (de Campis doctor, esto es, excelente en el campo de
batalla), nació en Vivar, cerca de Burgos, en 1043, y murió en Valencia en
1099."
Fotos, Paco Castillo, 2019
López
Estrada ha hecho un laborioso trabajo adaptando la prosa al lector corriente de
hoy, legos como yo, más allá de los filólogos y estudiosos de la materia que
rastrean como sabuesos la singladura de una palabra hasta llegar al origen, a
veces singular, otras de lo más trivial.
No sé hasta
que punto me seduciría leer con la lupa del erudito, puede que sea una
experiencia extenuante… pero no nos engañemos, con esta afirmación solo trato
de camuflar mi ignorancia al respecto y disimular cierta envidia.
¿Y qué me
aporta una obra del año 1200 como lector del S.XXI?
No
generalizo la pregunta a un lector general… yo no sé como son los demás,
suficiente tengo ya con ir descubriéndome yo.
Me
procura conocimiento. Es obvio, es un conocimiento que fecunda con éxito cuando
uno asume como propia la conciencia de otra época, de otras gentes, y vislumbras el recorrido ético y moral que atraviesa, lo que me permite vivir la lectura
como una experiencia gozosa.
¿Y qué
veo?
Lo corta
que es la distancia. Por aquel entonces y ahora... siempre hay un enemigo con el que luchar, y si no lo hay haremos
lo posible para que surja.
La fuerza
del enemigo derrotado da la medida del poder que ostentan los victoriosos.
Pocas
cosas entusiasman más al ser humano que exhibir su fortaleza frente al resto. Es
así desde que morábamos en las cavernas hasta nuestros días, intrínseco a
nuestro ser, como si estuviera determinado genéticamente.
Leyendo el Poema del Cid. Fotos, Paco Castillo, 2019
En el
Poema del Cid están los enemigos extranjeros, y los que son de casa, de tu
misma estirpe.
Los
enemigos de casa son aquellos que, siendo cristianos, arremeten contra la
virtud cristiana; la lealtad, la fidelidad a tu señor, la obediencia, la
dignidad frente a la codicia, todo ello muy presente en el Cid Campeador, el
héroe en el que se refleja el buen cristiano.
Hay que
castigar a los que pretenden deshonrar este código de conducta, a los que osan
faltar al Todopoderoso, que dicen aquellas gentes. Los Infantes de Carrión, con
su codicia y cobardía, escenifican su propia deshonra como cristianos.
Los
enemigos de fuera son los infieles, los adoradores de Mahoma, los almorávides,
la amenaza a los valores cristianos.
La verdad
del cristianismo ha de prevalecer, los impuros
(los moros) han de ser aniquilados, o expulsados a sus lejanos feudos.
Es una
visión del mundo en combate contra otra.
Eso está
claramente recogido y sintetizado en una línea del fragmento que hay por
arriba:
Los
moros gritan: ¡Mahoma! ¡Santiago!, la
cristiandad.
En el Poema
del Cid se exhibe este poder de los ganadores. No se ilustra blandiendo las
espadas brillantes al aire. Es el triunfo de una moral y sus valores, la
Cristiana, frente a otra, la Musulmana, el culto infiel que conviene depurar.
Así que
habíamos comenzado por la agonía de la primavera, dejo su cruel destierro para
acompañarme de otro no menos angustioso, el sufrido por El Cid, o don Rodrigo
Díaz de Vivar, contado en el Poema.
-Oídme
mis caballeros, os diré yo la verdad.
A
menguar pronto comienza quien se queda en un lugar.
Mañana
por la mañana, en seguida a cabalgar;
Dejemos
estos lugares y sigamos más allá (…)
¿Y no ha
de ser así?
¿No se ve
uno empequeñecido cuando se clava en el terruño, y mira los días pasar desde su almena?
¿No va
uno sintiendo que se encoje a medida que el mundo parece expandirse?
Ésta y
tantas obras antiguas se prestan gustosas al tamiz si nos apetece extraer un
mensaje del presente. Solo hay que saber detectar su potencial entre líneas.
Es obvio
que el presente necesita regresar una y otra vez al pasado para afianzar su
significado actual, su sentido.
Ignoro
por quien tomaría hoy partido el Cid Campeador. Tal vez fuese tentado por los
de Vox, y accediese a su propuesta; plantarse frente a la valla… o al muro
(dicen que lo construirían) de Ceuta y Melilla, espada en ristre y disuadir a
las “hordas extranjeras” que pretenden adentrarse en el reino.
Quizás
considerase la oferta de esos que dicen ser socialdemócratas, o de izquierdas,
y erigirse en espadín contra esa reminiscencia del feudalismo que es la
derechona.
Yo, como
soy muy ingenuo, lo contemplaría seguido del pueblo llano, vitoreándolo, todos
a una Fuente Ovejuna, hacia el objetivo final, derrocar al Parlamento,
ajusticiar a los corruptos y devolver al pueblo lo que nunca debieron robarle,
empezando por sus esperanzas.
En
cualquier caso, no vengo yo a aconsejar esta lectura, tampoco dejo de hacerlo,
pero… ¿Se puede recomendar un color para mirarlo, un estado de ánimo para leer?
Uno no
tiene que forzar la alegría si la bruma otoñal le sume en la melancolía, del
mismo modo que uno no debe claudicar al desasosiego circundante si en su seno cunde el entusiasmo vital.
Os dejo
con unas golondrinas que surcaban el cielo, mientras yo leía las lagrimas del
Cid.
También
marcharon las golondrinas, a su destierro, dejando el silencio de su ausencia.
No hay nadie que se libre del destierro, desde que abandonamos la infancia estamos condenados a sufrirlo...