Libro. Biblioteca EL MUNDO. Colección
Milenium, 1999. Traducción de Aurora Bernárdez. Prólogo de Daniel Múgica.
Ilustración de la portada, Toño Benavides. 117 páginas. Narrativa.
Con el libro en Marqués de Viana, Madrid. Paco Castillo, 2016
Último suspiro del atardecer, Pozuelo. Paco Castillo,2016
Suelo empezar el año lector con autores
clásicos, me gusta que sobre ese poso literario vayan asentándose el resto de lecturas venideras.
Todo lo escrito en este libro por Italo
Calvino es una alegoría de la multiplicidad de ciudades inverosímiles (porque
son más inverosímiles que invisibles) que hay en cada ciudad posible, es decir,
real.
Por ello, aunque sea una obviedad,
requiere una lectura atenta, contiene palabras que te exigen una pausa ante
ellas, como si te invitasen a acompañarlas a un destino, retornar a su lugar original.
Marco Polo, ilustre consejero de Kublai
Kan, va describiendo al emperador las “ciudades” que ha ido visitando dentro
del vastísimo territorio imperial. Le cuenta cómo son esas ciudades, qué hay
en ellas, quienes son sus moradores y todo aquello digno de mención. Así, le
habla de “las ciudades y los deseos”, representada, entre otras, por Fedora. “Las
ciudades sutiles”, cuyos exponentes pueden ser Zenobia, u Octavia. “Las
ciudades y el cielo” como Eudoxia, dónde es fácil perderse. Por mostrar algunos
ejemplos. Cuando Marco Polo termina de contarle cada ciudad, él y Kublai Kan
entablan un diálogo intercambiando reflexiones sobre lo dicho.
De modo que la filosofía, la poesía y la
novela forman un todo uniforme en esta obra, se retroalimentan y se suceden sin
solución de continuidad.
Aparte de lo que cuenta Italo Calvino,
tenemos el cómo lo cuenta. El autor exhibe una prosa exquisita, es un sibarita
de la escritura. Es un deleite leer palabras que se pueden palpar, porque
tienen texturas, que pueden olerse, porque desprenden aromas, o que pueden
admirarse, porque contienen imágenes.
Cada ciudad proyecta una situación
imaginada, inventada o fantástica, que la mente del lector construye como una
realidad, en donde es plausible esa manera de ser y estar en el mundo.
Por lo tanto, Italo Calvino nos propone
desautomatizar la manera de pensar en relación al lugar que habitamos, te
descubres a ti mismo en un escenario donde las “señales” de lo que ves han
terminado por usurpar la identidad, mejor dicho, la naturaleza de lo observado,
de “eso” que hay detrás de la señal (o el nombre).
Una calle de Madrid. Paco Castillo, 2016
Recuerdo a un profesor de arte
contemporáneo que tenía en la universidad, porque nos reiteraba que nuestra
forma de ser, estar y observar no es enteramente nuestra, sino que está
condicionada por la arquitectura y fisonomía de las ciudades donde vivimos. Un
neoyorquino no sabe mirar al horizonte, porque en Nueva York los rascacielos
han hecho que éste desaparezca. Un tuareg no hace otra cosa que mirar al
horizonte, en el Sáhara solo hay arena y un horizonte inabarcable.
Lo mismo sucede con estas “ciudades fantásticas” que relata Marco Polo al gran Kan, cada una supone una posibilidad
diferente de ser y de estar.
Este es un libro muy breve que me ha
hecho pensar mucho, retomando lo que refería de las señales… Parece que vemos
antes la palabra que la cosa nominada por ella, vemos antes a Emilio, Aurora o
Daniel, los nombres, que al ser de carne y hueso que se desplaza hacia
nosotros. Vemos abstracciones como sucedáneos de lo vital. Se nos ha olvidado
vivir con la materia viva porque vivimos con la materia intangible, eso, las
abstracciones.
Un fragmento del relato de Marco Polo ,
en la ciudad de Ipazia (Las ciudades y los signos):
¿Dónde está el sabio? – El fumador de
opio señaló fuera de la ventana. Era un jardín con juegos infantiles: los
bolos, el columpio, la peonza. El filósofo estaba sentado en la hierba. Dijo: -
Los signos forman una lengua, pero no la que crees conocer –comprendí que debía
liberarme de las imágenes que hasta entonces me habían anunciado las cosas que
buscaba: solo entonces lograría entender el lenguaje de Ipazia.
(…). No hay Lenguaje sin engaño (p.
44-45)
Madrid. Paco Castillo, 2016
El libro también nos sugiere que lo no
aparente, o no visible en las ciudades puede tener una presencia más notoria
que las formas y objetos que tienes delante.
Y también es verdad que las ciudades en
la lejanía suelen mostrarte aquello que te ocultan si estás dentro de ellas.
Por ejemplo, el veneno con el que te mata lentamente, la contaminación. Yo
suelo observar Madrid desde mi propia ciudad, Pozuelo, a doce o trece
kilómetros de distancia y a mayor altitud que la capital. Es una buena atalaya
para escrutar Madrid con los ojos bien abiertos… o entrecerrados si prefieres
ignorar algo que te turbe. La “boina” grisácea de contaminación es una visión
nítida desde mi atalaya, no así caminando por la Gran Vía madrileña, aunque
nadie ignora que está ahí.
Para ver la fealdad de la ciudad en toda
su magnitud hay que huir de ella. Para apreciar la ciudad como un todo hermoso
también.
Madrid, vista desde la Casa de Campo. Paco Castillo,2016
A mi modo también soy viajero y sé que la
verdadera imagen de la ciudad, para mí, no era la que presenciaba estando ahí,
sino la que ha ido construyendo mi recuerdo una vez abandonada, la ciudad que
perdura en la memoria es la que está viva. la presencia real que una vez tuve
en ella el tiempo la borró.
“(…) es inútil decidir si ha de
clasificarse a Zenovia entre las ciudades felices o entre las infelices. No
tiene sentido dividir las ciudades en estas dos clases, sino en otras dos: las
que a través de los años y las mutaciones siguen dando su forma a los deseos y
aquellas en las que los deseos, o logran borrar la ciudad, o son borrados por
ella (p. 37).”
Impresionante forma de decirnos cómo
nosotros hacemos a las ciudades y éstas, a su vez, nos van haciendo a nosotros.
Tal vez por eso, después que Marco Polo
le haya descrito varias ciudades a Kublai Kan, éste, pensativo, le dice al
veneciano que no le cuente las ciudades como las ha visto, más bien que le
corrobore si son, acaso, como el Gran Kan las imagina.
Heridas en el cielo, Pozuelo. Paco Castillo,2016
De igual modo que a un lector le gusta
departir con otro lector, hay libros que tendrían mucho que dialogar con otros
libros. Seguro que “Las ciudades invisibles” de Calvino y la “Ciudad del sol”
de Tommaso Campanella tienen de qué conversar. La lista puede ampliarse.
Leer consigue que puedas apreciar, y
analizar, la realidad con una cantidad de matices muy superior a quien no lo
hace. De modo que puedes cotejar la realidad con la lectura que acaba
de nutrir tu pensamiento. Miras a tu alrededor con ese título revoloteando por
tu cabeza, “Las ciudades invisibles”, y con la mirada expandida terminas divisando a los exiliados, constatas que hay
ciudades dolorosamente reales donde lo invisible son sus ciudadanos, por
partida doble. Primero como desheredados en su ciudad. Después como exiliados en
otras. Ciudadanos invisibles en ciudades reales.
La vida se abre paso entre las ruinas, Pozuelo.
Paco Castillo,2016
Retomando el libro, tengo la sensación de
que esta obra de Italo Calvino no está concebida tanto para encontrar algo
(aunque también) como para buscarlo.
Pero, ¿Buscar el qué? Las ciudades
invisibles. ¿Buscarlas dónde? En la imaginación, en el recuerdo, en la memoria,
y también en el pasado, y en el presente. Las ciudades invisibles hay que
buscarlas fuera de ellas, entre las existentes tal vez. Buscar algo alejándose
de ello para solo así hallarlo. Algunos dicen que el amor se busca así. Y la
belleza.
Pozuelo, vista desde la Casa de Campo. Paco Castillo,2016.
Las ciudades invisibles empiezan a tomar
cuerpo cuando se diluye la real. Pienso en esto cuando contemplo desde el tren
las luces de una ciudad, diminutas y agazapadas en la noche, y apresurado voy
añadiendo historias y rostros antes de que se esfume en la lejanía. Y lo mismo
desde el avión, cuando observas a las ciudades empequeñecer más y más, hasta
que se paraliza la acción y el movimiento en ellas, la vida parece ausente ahí,
si la observas desde el cielo. Ciudades invisibles…