domingo, 30 de agosto de 2015

Introducción a la literatura. Andrés Amorós, (España, 1941).
Libro. Editorial Castalia, 1980, 2ª edición, 2001. Ensayo, 238 páginas.







Soy consciente de la extensión de este texto, y de la osadía que supone solicitar el preciado tiempo de cada uno. Quien no tenga nada mejor que hacer, y se atreva con este escrito, espero que su entrega se vea recompensada, de la misma forma que me ocurrió a mí.

Este libro no estaba predestinado a ocupar el escaparate de mi blog.
Lo he ido degustando a pedacitos durante varias semanas, igual que una tableta de chocolate negro, poco a poco, un exquisito cuadradito en el momento idóneo para cerrar los ojos y retener las sensaciones.

Algunas obras, sin conocer en profundidad las razones que me motiven, no ven la luz aquí, me las guardo para mí, como si una vaga intuición me hiciera barruntar que, expuestas al margen de mi memoria, se las fuera a condenar por no apreciar su justa valía, o se les desestimara la delicada atención que yo las he dispensado… Sí, lo sé, solo son extravagantes conjeturas que a veces transitan por la cabeza del lector, lo dejamos ahí.

Se trata de un ensayo más que interesante escrito en el ya lejano 1980, con una fluidez y amenidad que me ha sorprendido porque, a priori, uno espera encontrarse con la retórica academicista que suele emplearse en estos libros, sin olvidar que se aborda un tema de amplio espectro como es la LITERATURA, en un itinerario que nos lleva de lo general a lo particular y viceversa.

“Introducción a la literatura”, un título que, me parece a mí, puede inducir al error de pensar que nos encontramos ante la clásica obra de consulta destinada a los escolares o universitarios, y no hace verdadera justicia al contenido que se nos ofrece. Al concluirlo yo hubiese escogido, tranquilamente, este título; “Reflexiones acerca de la literatura”.

No es un manual al uso, cuyo cuerpo teórico quede perfectamente abarcado por el título. Aquí hallaremos mucho más de lo que en principio nos anuncia la portada.

Andrés Amorós, considerando al lector no especialista como su público objetivo, a querido prescindir de la pomposa metodología académica, rigurosamente ordenada por cronologías, la consabida sucesión de generaciones literarias, estilos, etapas históricas, “ismos”, la crítica profesional y demás parafernalia que, más que ilustrar, diríase que quiere apabullar. Ni siquiera ha puesto notas a pie de página. El resultado no ha podido ser mejor.

A ver, ¡claro que todo eso está! (Excepto las notas). Hablamos de literatura, no de física cuántica, pero no estamos ante un bombardeo de datos que el lector, como un ente pasivo, ha de leer sin más para mitigar su ignorancia.

Dichos aspectos los pone Amorós sobre la mesa para cuestionar su conveniencia, su utilidad, cuando no el uso maniqueo que pueda hacerse de ellos. Incluso se atreve a echar por tierra ciertos mitos sobre el ámbito literario que, desde fuera, no parecen discutibles.

Logra que veamos las “vacas sagradas” de dicha disciplina con menos reverencia de la que suelen infundir, bajarlas del pedestal y ponerlas a nuestra altura, para cotejar que hay de cierto o incierto en todo eso que nos dan meticulosamente “empaquetado” en voluminosas obras.
La pretensión del autor es hacernos partícipes con nuestras propias reflexiones, partiendo de las ya expuestas en el libro. Seguro que se van a suscitar debates a los que ningún buen lector puede resistirse.

No en vano, en la contraportada, a modo de orientación al lector, aparecen frases como estas:

¿Qué es la literatura? ¿Para qué puede servir? ¿Cuáles son sus límites? ¿Cómo se relaciona con la visión del mundo, con los mitos, con el arte? ¿Hasta que punto expresa a una sociedad y de que modo puede influir sobre ella? (…)
A estas y otras muchas cuestiones trata de responder, sin eludir su opinión personal (como él mismo afirma), Andrés Amorós, que no es precisamente un don nadie en la materia:

 “Andrés Amorós Guardiola (Valencia, 1941).

Doctor en Filología Románica, es Catedrático de Literatura Española en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid. Considerado uno de los mejores críticos literarios de nuestro idioma, autor de más de un centenar de libros, está en posesión del Premio Nacional de Ensayo, Premio Nacional de la Crítica Literaria, Premio Fastenrath de La Real Academia Española, y el Premio José María de Cossío. Es académico de Honor de la Real Academia de Cultura Valenciana. (…) “


También ha sido director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y del Instituto de Artes Escénicas y de la Música.

Otro de los grandes alicientes en este tipo de ensayos es la impagable pléyade de escritores y libros que desfilan por sus páginas, premiándote con algunas joyas que estaban por descubrir y resucitando otras del olvido. Imprescindible la libreta y el bolígrafo mientras se lee.

En las primeras líneas, cuando Amorós desvela su faceta como crítico literario y teatral, mis ojos se han tornado felinos y me ha puesto a la defensiva, dadas mis reticencias a que alguien se erija en juez de la íntima y libre creación de otro. No obstante, admito la pertinencia de una crítica constructiva (asumiéndola un verdadero profesional), con aquel autor o autora cuyo libro, por su baja calidad literaria, subestime la inteligencia del lector. Ahí, de acuerdo.

Amorós ha logrado atenuar, en parte, mis antipatías, haciendo gala de una humildad, franqueza y sentido común que desarmaría al opositor más férreo, eso o que la edad me está ablandando.

Así pues, daré paso a varios fragmentos que no tienen desperdicio. En realidad hubiese querido poner desde la primera hasta la última página, ya que todas son aleccionadoras, pero no hay más remedio que “sacar el bisturí”.

“La literatura es algo esencialmente problemático.  (…)
No se trata solo de que la veamos así por nuestra limitación o incapacidad, sino que eso, forma parte de su naturaleza. (…)

“El objeto de la literatura es indeterminado, como el de la vida”, escribía Paul Valéry hace cuarenta años.
Admitamos, sin más, que la literatura, como toda obra humana, como el hombre, vive en la contradicción. Y que nos interesa en la medida que es problemática” (p. 15).

Sin disentir o asentir con lo expuesto arriba, recuerdo que, antes de haber cumplido dieciocho años, leí “El jugador” de Dostoyevski (escritor de personajes problemáticos y contradictorios donde los haya, y del que apenas sabía algo por aquella época), y desde entonces mi interés por la literatura se ha mantenido con un vigor que nunca ha decrecido.

La literatura es, también, en cierto sentido, un modo de conocimiento. (…) Puede pensarse que la gran masa aprende en las novelas filosofía (Sartre), psicología (Proust, Maurois, S. Maugham), teología (T. Mann, Bernanos), crítica literaria (Clarín, Pérez de Ayala), ética (Camus), etc.

(…) Francisco Ayala: “La poesía es, a su modo, un método de conocimiento por vía intuitiva, que sin duda posee mayor amplitud y quizá mayor calado que el ofrecido en la vía racional de filosofía y ciencia; y tal es la razón de que filosofía y ciencia vayan redescubriendo tardíamente verdades que desde muy pronto la humanidad había recibido en revelaciones fulgurantes a través de la imaginación poética” (p. 43).

Me cuesta entender que alguien se considere un apasionado/a de la literatura sin leer poesía, o considerándola una lectura de “relleno” para cuando no haya nada mejor que hacer.

Por tener el ejemplo cercano acudo a Safo, es el fragmento de un poema aparecido en un libro de Carme Riera (y que la autora eligió como introducción), que estoy leyendo:

… ( “Escogeré para siempre jamás tu ausencia, doncella, porque lo que de verdad amo no es tu cuerpo, ni el recuerdo de tu cuerpo tan bello bajo la luna; lo que de verdad amo es la huella que has dejado sobre la arena” )…

¿Cuántos centenares de libros nunca podrán superar la profundidad de esas tres líneas?




“Como método de conocimiento la literatura nos permite multiplicar nuestras experiencias (…), la literatura me multiplica a mí mismo. 

Pensemos, cada uno, en lo terriblemente limitada que suele ser nuestra experiencia personal. Si me quitaran todo lo que, en mi personalidad actual, procede de las lecturas, ¿qué quedaría? (…) ¿Qué conservaría, en ese caso imaginario, de mis ideas, sentimientos, gustos, aficiones, visión del mundo, sistema de valores? Imposible saberlo con precisión, por supuesto, pero no cabe duda de que resultaría un ser totalmente diferente del que ahora soy" (p. 44).

¿Quién de nosotros no lo ha contemplado así?


“Vida y literatura.
En como interpretamos eso se resume todo. (…). Según la sagaz distinción de Henry James, la literatura aspira a reflejar la realidad profundamente, no exactamente. Así pues, es evidente que dependerá, ante todo, del concepto que el escritor tenga de la vida. Por eso, no cabe prescindir, al hacer crítica literaria, de la visión del mundo que poseen los autores" (p. 51).

Algunos pretenden hacer crítica literaria con el escueto resumen que les pasan “por debajo de la mesa”, ignorando aspectos esenciales en la vida del escritor.


(…) Me parece falsa la oposición que se establece tan frecuentemente entre los escritores clásicos y los contemporáneos. Los verdaderos clásicos son los modelos permanentes, vivos, que siguen teniendo algo que decir a la sensibilidad actual. A la inversa, detrás de un cuento de Borges o unos versos de Luis Cernuda hay toda una cadena tradicional sin la cual no existirían.

Como decía Strawinski, el que no aprecia el arte de su tiempo no aprecia, en realidad, el arte de ninguna época.
(…) Claro que lo esencial no es la fecha de los libros, sino la actitud del lector ante ellos, enfrentarse con la obra literaria como con algo vivo, no con una ruina venerable; (…)
En ese sentido, puede ser más ”viva” una lectura del Lazarillo que la de una mediocre novela contemporánea (p. 60-61).

Nada que objetar.


"Ciencia o lectura.
Desde la posición que estoy manteniendo, no cabe duda de que la literatura no es una ciencia exacta, y que los intentos de considerarla así no solo la desvirtúan, sino que están condenados al fracaso. (…)

La literatura es un arte, que no es objetiva, que no es mensurable, (…) Lo que sí parece seguro es que hoy no podemos admitir reglas abstractas, teóricas, basadas en una autoridad (por grande que sea), que determine nuestra valoración de las obras concretas, según estas se ajusten más o menos a aquellas reglas. (…)

Lo único aceptable, me parece, serán las reglas prácticas, nacidas a posteriori y no a priori, de nuestra experiencia de lectores atentos.
Me parece absolutamente imprescindible, además, partir de la pluralidad de lo literario. (…)

Me echo a temblar siempre que oigo o leo frases de este género: “El único camino para la literatura es…”  (p. 63).

Que un Doctor en Filología tan reconocido como Amorós sea dueño de estas palabras, revela la honestidad que suele acompañar a quien se sabe poseedor de un conocimiento, en la materia, que se sitúa muy por encima del que tenemos la mayoría. Una peculiar “simbiosis”, erudición-honestidad que, no pocas veces, se refleja en la mente de grandes intelectuales.


"Revisando casos, declaraciones teóricas y ejemplos concretos, uno llega a la conclusión (muy modesta, muy obvia), de que lo malo para la crítica no es el marxismo o el catolicismo, sino el dogmatismo, las tesis predeterminadas, el maniqueísmo, la simplificación de la realidad, en una palabra, la ortodoxia cerrada. Es preciso admitir –me parece- que la literatura, como arte, posee sus propios criterios de valor, no reducibles a buenos propósitos religiosos, morales, sociales o políticos. (…)

¿Hace falta insistir en algo tan obvio? Parece que sí, porque el espectáculo cotidiano nos lo demuestra: cada tendencia intenta “arrimar el ascua a su sardina”, utilizar la literatura para sus fines propios. Y muchos lectores siguen fielmente estas consignas, porque su “ortodoxia” se une a la falta de sensibilidad para los valores propiamente literarios" (p. 109).

Es cierto que a veces nos cuesta refrenar el impulso de desatender el valor literario de la obra, por las connotaciones extraliterarias que suscita el libro (ideología del autor, entorno social, prejuicios del lector, etc), interponiéndose entre la lectura y nosotros.
Haciendo uso de la alegoría, decir que es maravilloso ir percibiendo el sabor del mar para, finalmente, toparse con su cautivadora visión, sin artificios que interfieran en el espacio que se abre entre él y tu mirada.


"Proclama Sartre la necesidad del compromiso o responsabilidad del escritor con sus contemporáneos, con todos los hombres. Además, afirma que el creador literario debe escribir participando en los debates sociales y políticos de su tiempo. La idea, desde luego, es atractiva, (…) pero su aplicación concreta plantea problemas muy notables.

Ante todo, parece obvio que haya escritores cuyo temperamento individual les impulsa a intervenir en esos debates sociales y políticos de su tiempo, pero hay otros cuya MANERA DE SER (las mayúsculas son mías), no les mueve a eso. Atribuir a los primeros la bondad y a los segundos la maldad parece demasiado simplista.

(…) En el fondo no creo que sea esa la misión esencial como escritores, sino la de escribir lo mejor que puedan, crear una obra valiosa, expresarse con autenticidad dirigiéndose a los hombres (a todos: no solo a los de su tiempo y país).

(…) Conviene defender, como hace Francisco Ayala, al escritor sinceramente comprometido, caso bastante distinto del “enrolado” políticamente. En definitiva, como concluye sabiamente Ayala, “la sinceridad constituye el único compromiso del verdadero artista” (p. 115).

Señalaba que Amorós pone en discusión ciertos mitos literarios que se asientan en el lector como axiomas indiscutibles; por ejemplo: “El escritor es un intelectual que ha de comprometerse políticamente… etc, etc. “
Observamos que aboga por una literatura-escritor que, ante todo, se sienta libre para alzar el vuelo allá donde le plazca.


"La literatura se hace con palabras, no con ideas, igual que la música con sonidos, y la pintura con colores" (p. 121).

Seguimos.


"Por supuesto, no debemos caer en el error escolar de identificar siglo con estilo; o, simplemente, de atribuir una duración fija a los estilos. De hecho, el período de vigencia de un estilo puede ser muy variado, (…).
Por otro lado, cada estilo tiene sus propias aspiraciones, que debemos conocer para no caer en incomprensiones lamentables. Como señala Carmelo Bonet, no debemos pedir a los distintos estilos literarios lo que ellos no han querido darnos" (p. 160).

Esa impertinente exigencia que reclamamos al libro, al pretender que se sitúe en el ángulo de la realidad desde el cual nos resulta más cómodo observar. Hay que poner el egocentrismo a régimen, está sobrealimentado.


"Otro problema espinoso es el de los premios literarios. Aquí, como tantas otras veces, tendré que dar razones que parecen contradictorias. 

Por un lado, su descrédito es tan grande que casi no vale la pena atacarlos. Es público y notorio el caso de premios de “encargo”, de ganadores que aparecen en los periódicos o de cheques que se entregan antes de que se falle el premio. Creo que los premios en los que se fija todo el mundo son unos pocos, los grandes premios de novela, vinculados a alguna editorial poderosa. (…) me parece fuera de duda que se trata de una maniobra comercial, que nada tiene que ver, en absoluto, con la calidad literaria. La desmadrada subida de esos premios y el deseo de ser “el que da más dinero” lo prueban claramente.

(…) Los posibles consumidores piensan: “Si se ha dado un premio de tantos millones (por las antiguas pesetas), a esta novela, debe ser un libro excepcional.” Y lo compran, con lo cual están contribuyendo a financiar esa campaña de propaganda" (p. 209).

Si esto lo denunciaba Amorós en 1980, imaginad lo que se habrá “enfangado” el asunto hasta el día de hoy. Para temblar.


(…) La atención prestada en nuestro país a la literatura hispanoamericana ha sido, durante muchos años, culpablemente insuficiente. (…)

A la vez, el éxito de los novelistas hispanoamericanos ha propiciado no pocas reacciones destempladas y rivalidades más o menos claras.
(…) restos del purismo lingüístico más trasnochado: un conocido novelista español se preguntaba cómo iban a enseñarnos a escribir en castellano los que han nacido, por ejemplo, en Cochabamba.

No faltaron los ejemplos de incomprensión literaria más absoluta. (…) recordemos algunas frases llamativas, publicadas por importantes novelistas españoles: a José María Gironella, Cien años de soledad le había parecido “aburrido”. Para Alfonso Grosso, en un momento determinado, “Cortázar es un histrión y no me interesa nada. García Márquez es un “bluff”. Vargas Llosa es muy turbio y no ha descubierto nada.” Juan Benet, en fin: “ Desgraciadamente he leído a Cortázar… malheureusement, he leído a Borges.”

El mundo literario es así, muchas veces, no hay que escandalizarse demasiado por declaraciones que buscan, entre otras cosas, épater le bourgeois. Por el otro lado también he oído solemnes majaderías a algún novelista hispanoamericano sobre la opresión que ejercen sobre ellos España, la lengua castellana, etc (p.136).

Clarito, como el agua.


(…) Si el autor consigue dar a conocer su obra, tendrá que enfrentarse con la crítica. ¿Cómo es este sector, cómo funciona?

Ante todo, creo que existen dos grupos, demasiado separados, por desgracia. Por un lado, los críticos profesores; por otro, los periodistas. La crítica académica puede alcanzar un notable valor científico, pero suele estar muy desvinculado de la literatura viva. (…)

La crítica de los periodistas es, por definición, más vivaz, pero, en muchas ocasiones, no alcanza todo el rigor deseable. Por supuesto que lo ideal sería reunir las virtudes –y no los defectos- de las dos.

¿Cuál es el camino habitual para para empezar a publicar críticas de libros en algún periódico? Unas veces, el redactor jefe se lo encargará a algún periodista joven, con inquietudes literarias, igual que le podría encargar la crónica municipal. (…)

Para escribir sobre un libro, así pues, parece que no hace falta ninguna especialización. Cualquiera que tenga un mínimo de afición puede hacerlo ¿Por qué lo hará? Por ganarse un dinerillo. Para que le den unos libros gratis. Para darse a conocer. Si aspira a publicar libros, para adquirir amistades e influencias, hacer favores que luego serán recompensados, entrar en contacto con editoriales, ser estimado o ser temido (las dos cosas pueden ser igualmente rentables…)

Pero sobre todo el do ut des: si yo te elogio, ahora, espero que, el día de mañana, me elogies tú, recomiendes mi libro a una editorial, lo defiendas en el jurado de un premio. Todo esto entra dentro del juego habitual, que no suele mencionarse pero que todos conocemos (p. 213).

Ya mencioné al principio mis reservas en cuanto a “esos críticos literarios”. Seguro que algunos de mis argumentos presentan aristas que podrían limarse. Si bien, en mi largo periplo lector siempre me resultó una ardua tarea rescatar, en el opaco ámbito de la crítica, al erudito honesto (que refería unos párrafos arriba), entre tanto inquisidor iletrado.

Es más, me consta que alguno de estos advenedizos disfruta sometiendo al escarnio público las supuestas carencias de su víctima, tamaño escarmiento (piensan) les reconforta en la idea de que el vituperio al castigado legitima, y acrecienta, el respeto hacia el verdugo. La ignorancia opera con un descaro desconcertante.


Para disipar el “mal rollo” viramos el timón…

En definitiva, las clasificaciones y las estadísticas valen para lo que en literatura es término medio; es decir, aquello que interesa principalmente al sociólogo. Pero no valen para lo singular y admirable: lo que en primer lugar preocupa y debe seguir preocupando al historiador del arte. Y, por supuesto, lo único que interesa al lector que busca disfrutar, o al autor, como Virgina Woolf, que quisiera:

“ Aprisionar en un libro algo tan raro y tan extraño, que uno estuviera listo a jurar que era el sentido de la vida” (p. 155).


Bellísimas palabras de la Woolf ¿Se puede finalizar mejor una lectura?

Tal vez el escrito se haya extendido más de lo que aguanta la paciencia de alguno/a. En cualquier caso, ojalá os haya merecido la pena que abuse de la vuestra.

Acabo. Dicho de otra forma, aquí empieza todo.



miércoles, 5 de agosto de 2015

De Viaje. Francia, España, Argelia e Italia. Stefan Zweig, (Austria, 1881 - Brasil, 1942).
Libro. Ediciones Sequitur, Madrid, 2015. Traducción de Francisco Uzcanga Meinecke.
101 páginas.





Escritor célebre y viajero es un binomio que ha deparado no pocas joyas literarias, muchas veces olvidadas por el relumbrón de los títulos más famosos. Algunas son grandes crónicas viajeras, otras, como es este librito, son de corta extensión pero condensan todo el virtuosismo del autor. Una vez leídas tienes la impresión de que el escritor se ha entregado, en cuerpo y alma, al propósito de traducir en palabras el arrebatado espíritu de todo gran viajero.
El viaje es una “realidad vivida” (matiz relevante), que el escritor traslada al terreno literario. Así pues, no estamos ante una ficción producto de la portentosa imaginación del autor.
Tal constatación  motiva que la literatura de viajes tenga esa personalidad “sui géneris” que la hace tan atrayente, al menos para mí.

Son obras en las que uno siente la escritura como una experiencia plena de vida, percibes el asombro del autor ante aquello que acaban de descubrir sus ojos, una transferencia inmediata entre lo que se observa y lo que se siente, donde lo racional cede preponderancia ante la pulsión de escribir bajo el influjo sensitivo, pero ambos estados se funden en un equilibrio sutil para ofrecer lo mejor de sí mismos.
Muchas veces la escritura transita por la periferia de lo perceptible, como si se la privara de explorar un territorio que clama ser colonizado más por la sensibilidad. Las narraciones viajeras, sin embargo, campan a sus anchas por esa senda.

Las palabras de Zweig se adhieren al aroma primaveral de la Provenza, se funden con los colores otoñales de París, adquieren la textura que le confiere la calidez del sol sevillano, su sonoridad evoca las notas conciliadoras de una guitarra, llenan el alma con la luz de las vidrieras góticas de Florencia, con esa belleza tan irreal que parece elevarte sobre la fealdad del mundo, se mueven presurosas por las callejuelas, ante las miradas ocultas, en la inquietante noche argelina.




“ Por la tarde estaba todavía en París. Un último paseo por los bulevares; los árboles, desnudos y grises, aún cuelga de alguno, débil y temblorosa, una postrera hoja amarillenta olvidada por el viento otoñal. El atardecer es templado y luminoso, pero le falta –lo sientes- la frescura, el aroma. A pesar de la nieve y los temporales, es un aire mortecino, desabrido y vacío, porque no emana de esa tierra a punto de eclosionar bajo los cálidos rayos de sol, porque carece del aroma a polen de las miles de flores que todavía no lo son. Y luego, por la noche, estás en el tren. Solo penumbra durante horas y horas, y el traqueteo de las ruedas a través del paraje desconocido.” (p. 8).




Con especial curiosidad he leído las líneas que dedica al Monasterio de Monserrat y a la primavera sevillana. Si bien alude a los tópicos manidos del sur; tales como la desbordante pasión de la mujer sevillana, el primitivismo y la fuerza salvaje del baile flamenco, se desprenden en las impresiones de Zweig un entusiasmo sincero. Y, a decir verdad, su prosa logra trascender el halo de vulgaridad que uno esperaría encontrar en estos halagos, adquiriendo una categoría literaria de alto nivel, que te seduce y deleita.
Capta con suma elegancia la dimensión telúrica que explica el carácter de las gentes a través de la naturaleza geográfica que los acoge. Así, la diáfana luz sureña transfiere a los andaluces su alegría de vivir, dispuesta a mostrarse en cualquier oportunidad que se presente. De igual modo sucede con los norteños y castellanos (a quienes también menciona), si antes era el sol, ahora es la brumosa oscuridad la culpable de sembrar la penumbra en los rostros y la expresión de sus habitantes, y la parquedad y severidad de los castellanos son vestigios del solitario páramo meseteño, como ya nos lo hicieron saber Machado, Unamuno y compañía.

“En Sevilla, el sentido musical no se materializa en una forma concreta y perdurable, pero en todas sus calles suena la música, buena y mala, siempre hay alguien que tararea una melodía al aire, o rasga una guitarra. (…)
¿ Es éste el carácter español ? Sí y no: porque España constituye una unidad solo en el mapa, pero en realidad está dividida en dos partes que se oponen de forma casi esquemática y que, a su vez, se descomponen en miles de contrastes particulares. La España de Pizarro y Torquemada sigue también viva, el espíritu sombrío y fanático de Castilla ha encontrado nuevas formas en las que perpetuar su orgullo y crueldad. Las ciudades lóbregas y decrépitas del norte no están pobladas por alegres guitarristas; en el plomizo Toledo, rodeado de murallas y que pende amenazador de la roca que quiebra con furia el Tajo, aún viven los monjes de otrora y los severos Grandes de España, las personas a través de las cuales la tierra yerma y los peñascos abruptos y hostiles parecen haber adquirido apariencia de vida. Pero es solo una apariencia; porque estas ciudades tienen algo de sepulcral, y sus habitantes algo de frailuno.” (p. 32, 33).

Uno se imagina a Zweig con mirada sabia y serena contemplando, desde la ventana del tren, las luces intermitentes y lejanas de los pueblecitos cuando llega el anochecer, o el neblinoso amanecer que lo recibe en una solitaria estación de provincias.
Todos esos viajes que vivían escritores como Hemingway, Conrad, Guide, Stendhal, Stevenson, Melville o Italo Calvino, por citar solo unos pocos, tenían algo de ritual, de catarsis, nada ya permanecería igual en sus vidas después de aquellas experiencias.
Ese  abrazo entre lo efímero y lo eterno que surge de la literatura de viajes, es el secreto de la cautivadora atracción que ejerce sobre mí.
Al fin y al cabo un viaje y  un libro comparten la misma esencia; siempre es una invitación a partir cuando lo abres, luego del inevitable retorno al cerrarlo.