domingo, 19 de febrero de 2017

Príncipe. Ib Michael (Dinamarca, 1945)

Libro. Editorial Salamandra, 2002. Traducción: Juan Mari Mendizabal Sarasua. 314 páginas.



Arranco con un fragmento, de la sinopsis en la contraportada, para situaros:

“A comienzos del siglo XX, en un hotel situado en un pueblecito de pescadores de la costa danesa, Malte, un niño de doce años nacido con el cambio de siglo, huérfano de padre y proveniente de la ciudad, despierta a la libertad del verano. El ambiente del pueblo, con sus barcas de pesca, la playa, el faro y los demás habitantes de la casa de huéspedes en la que ha sido acogido por su dueña, crean un ambiente de mágica ensoñación y transforman a Malte en un ser excepcional, un “príncipe”  dotado de una rica imaginación, debida  en parte a su recién descubierta afición por la lectura.”




He acabado este libro aferrado a una certeza, volveré a leerlo con el tiempo. No, no lo voy a releer, lo voy a revivir. Un libro así no se lee, se vive.

La escritura de Ib Michael es tan bella que casi provoca dolor, pues el rictus de embelesamiento en el semblante permanece inalterable hasta la última palabra que cierra la historia. Si los cuarenta y tantos músculos de la cara se torsionan ante tal despliegue de belleza, pues lo bello duele, pero su efecto embriagador inocula cualquier malestar.

Procedente la tundra ártica, un enorme iceberg naufraga sin destino por el mar del norte…

Así nace esta historia.

Y como si de repente tú mismo fueses el único ser en la inmensa soledad del polo, estás ahí, eres testigo del momento culminante en el que todo se originó, nadie más en la tierra lo ve, sucedió así…

“Todo empieza envuelto en la niebla. En lo más alto del globo terrestre, donde nadie lo ve, el hielo se resquebraja y el estruendo resuena en los blancos fiordos. Entre los témpanos aparece el azul del mar, y la noche, ese medio año durante el cual el sol ha estado bajo el horizonte, ha terminado.

El borde del hielo cruje y las grietas se suceden unas a otras cuando una montaña de cristal, del tamaño de un palacio de cuento de hadas, con sus torres, espiras y ventanas, que ha estado largo tiempo cubierto por la nieve, se desgaja y se hace a la mar entre vientos ululantes.

El largo día ha vuelto.

El palacio se mece rumbo al sur, sacudido por la tormenta, que pule sus facetas hasta dejarlas relucientes mientras las torres se afilan como leznas y gotean bajo un sol que se eleva en el cielo, cada día un poco más.

El palacio descansa sobre un lecho de sombras aguamarina. A medida que el calor aumenta, el hielo se hace quebradizo. Empieza a correr el agua por las rendijas, (…). Se forman pequeñas lagunas, el palacio se vacía gota a gota.

Cuando la luz incide con un ángulo determinado, parece una catedral con vidrieras, unas alargadas, otras redondas, en las que el hielo forma prismas y descompone la luz. O bien gira poco a poco en la corriente para revelar una mezquita con cúpulas bulbiformes.

Todo fluye, y el sol va girando en su trayectoria. El hielo se agrieta; con el eco del fiordo que, tras un sueño de más de medio siglo, ha liberado el iceberg, (…)”


Eso sí, la belleza tiene la contrariedad de constituir un viaje de ida y vuelta, uno no puede instalarse de forma permanente en ella, no te permite ese triunfo, pues si vivieses indefinidamente en su reducto acabarías marchitando su esplendor, tu mirada acabaría discriminándola, lo bello, de puro desgaste ante la mirada continua, tornaría en ordinario.

Vivimos en la oscuridad de la cueva, prestos para correr de forma fulminante hacia el fugaz resplandor de lo bello. No es que la belleza sea siempre efímera y dure un suspiro, ocurre muchas veces que lo leve es el momento en que nosotros la advertimos, aunque en otras ocasiones es verdad que su vida es testimonial, igual que la de esas ninfas, las efímeras…

Lo fascinante de esta belleza es que viene de la agudísima observación de Ib Michael, pues la detecta en aquello que nuestra mirada ignora, más que nada por indiferencia, pero los ojos de un niño son otra historia, y los de su ángel custodio, un ser del inframundo que lo vigila y protege, por que en el fondo cuida de una visión del mundo para que no se extinga, pues también es otra historia…





“Príncipe” es un canto a la niñez, a esos años en los que la curiosidad insaciable te hacen inmortal, cuando se cumplen nueve años, diez, once… en esos espacios de doce meses transcurren siglos.

Malte es un niño que, como todos los niños, se entrega sin reservas ante el asombro de percibir la vida como un misterio envuelto en un pequeño, o gran, descubrimiento, ya sea una lagartija de 30 millones de años atrapada en ámbar, o la emoción de las primeras lecturas, importándole un carajo, en esa etapa, si lo leído lo ha escrito un tal Verne.

Buena parte de la narración cae en una presencia evanescente, fantasmagórica podría decirse, una especie de espíritu protector del chiquillo, que tan pronto se encarna en un viejo zorro que merodea por los campos del pueblo, como en una piedra de ámbar, sí, esa piedra que refería, con libélula o lagartija incluida, y sin embargo ese halo se adhiere a la “realidad” del pueblo y sus habitantes, incluidos los veraneantes, sin producir distorsiones, disonancias, son vasos comunicantes perfectamente hermanados. Se entiende que esa presencia, es el padre.

Malte no pierde ocasión de salir disparado hacia la desierta playa, a ver que encuentra por ahí, unas veces lo recibe entre la bruma, otras con esa claridad infinita del cielo nórdico:

“Pasa los días en la arena. La fuerte luz de la playa hace que la cabeza le dé vueltas. Tiene el cuerpo moreno como el de un gitano, y el bañador mojado de rodar por la orilla. Construye un castillo, coge piedras y conchas, da palmadas a la empalizada para afianzarla y dirige el agua por canales que ha excavado con los dedos. Busca ramitas y las adorna con estandartes de algas. Atrapa cangrejos y los mete en botes de mermelada, los alimenta con pulgas de arena y los suelta al caer la tarde.

O coloca estrellas de mar en el fondo del bote y después las observa al trasluz. Mientras gira lentamente y las suelas de sus zapatos dibujan en la arena una corona de hojas de girasol, pega un ojo al fondo del bote de mermelada y lo utiliza como telescopio. Disuelto en luz, observa las galaxias que giran en el espacio.”

Y seduce la elegancia de Ib Michael para entrelazar sensaciones a priori antagónicas, pues… ¿cómo puede unirse la descripción de unos peces abiertos, secándose a la brisa, con la grácil evocación de una cometa?

“Divisa (Malte) una hilera de postes, se detiene e inspira abriendo bien las fosas nasales. Colgadas de cuerdas tendidas entre postes, ondean al viento unas formas blancas saladas; son peces, abiertos hasta la raspa y puestos a secar. Las platijas secas se parecen a las cintas que él suele atar a la cuerda de su cometa.”

Hay magia en las palabras de Ib Michael, como si se escapasen de un cuerpo en estado de trance, como si surgiesen de otro mundo, en ese limbo entre la vida y la muerte por el que deambulas tras la ingesta de ayahuasca, y las palabras aullan, vuelan, queman, muerden, se arrugan, sueñan, nacen, mueren, tal es el viaje a lo primitivo de nuestra conciencia que tan bien conocen las tribus amazónicas, también los chamanes incas cuando se entregan al ritual alucinógeno

Esto lo conoce bien Ib Michael el viajero, claro que también es poeta, y escribe novelas. Esta es una de ellas.

He de aclarar que Ib Michael no alucina, solo yo. Mi ayahuasca particular son los libros, tiene que haber de todo… ¿no?

Leí en algún artículo que la capacidad de asombro va menguando con el paso a la edad adulta, lastrada por los agobios de una vida que nos impone demasiados corsés. Así que el desencanto adulto va aniquilando al entusiasmo infantil. Cuando sabes esto y tienes un libro así entre los brazos, casi te dan ganas de abrazarlo…




La historia no va de incas y chamanes. Pero de alguna manera están. Alusiones al Perú las hay, incluso uno de los personajes tiene familia oriunda de Iquitos, poblado de la amazonía peruana (que tengo el privilegio de conocer).

Además, los chamanes y los niños son la misma cosa, la única diferencia es que unos tienen la piel curtida y las arrugas del tiempo asoman por su rostro, y gustan de permanecer más bien quietos. Y los otros tienen la piel lustrosa, como los cachorritos de las focas, y son nómadas incansables. En todo lo restante, misterio y magia incluidas, son iguales.

Es una escritura sensorial, sus palabras no quieren que las desgajes en un sinfín de sesudos significados, quieren estar desnudas, ser como una gota de lluvia transparente. Quieren ser palpadas, u olfateadas, son más orgánicas que conceptuales.

Eso piden, pues la literatura que crean está hecha con golpes de viento, han respirado el aire de cada continente, tienen adherido el sabor de especias exóticas, y tienen sonidos de caracolas, en ellas se escucha el mar, la brisa, o lo que quieras. Todos los niños lo saben.

Esta literatura ha ido al encuentro de grandes horizontes y se ha perdido en angostas callejuelas.

Ha trepado a las alturas del mundo, en donde solo existe hielo perpetuo, y se ha tumbado sobre la tierra, en la pacha mama (madre tierra), que dicen los incas.

Todavía los hay, los incas, cuando voy al Perú los reconozco por la mirada triste y perdida, en un imperio de chabolas y hierros oxidados desperdigado por los cerros polvorientos de Lima.

Sí, el Perú, y otros confines, están en las páginas de este libro, aunque Malte no sale del pueblecito danés de pescadores, al que ha ido de veraneo. Cuando sube al faro del viejo Olesen, puede ver cualquier país, incluido Perú, faltaría más.

Ib Michael, alentado por la llamada de sus ancestros vikingos, ha surcado océanos y continentes, ha visto cielos con millones de estrellas en la más absoluta oscuridad y quietud. Toda esa materia prima que he citado, compuesta de innumerables estímulos, ha configurado sus experiencias vitales. Todo ello lo pone al servicio de su oficio, escritor. Contar historias, ¿hay algo más impresionante que crear un mundo con palabras?

Existen mil razones para escribir. Ib Michael lo ha hecho para volver a ser niño, tiene 72 años, una edad en la que el viejo y el niño empiezan a recorrer juntos el camino, cogidos de la mano, las voces en su interior suenan con un vigor tremendo, son los gritos y la algarabía infantil, saldría corriendo como un rayo ahora mismo… pero sus huesos ya están cansados. No es nostalgia lo que hay aquí, solo es el anhelo de seguir viendo galaxias a través de un bote de mermelada, aunque se esté cerca de los 80 años…




Ha escrito "Príncipe" para rememorar la claridad estival penetrando por la ventana, a penas despunta la mañana. Para embriagarse con el frescor marino y sentir la plenitud de la vida con los ojos de un niño.

Lo hace para desandar lo andado, y encontrarte en el retorno las huellas, cada vez más pequeñas, menos hundidas sobre la arena, hasta detener el paso en la orilla de la playa. Ahí están las pisadas de un niño, irregulares, nerviosas. Se suceden paralelas a la mansa rompiente de las olas, donde la espuma blanquecina yace abatida sobre la tierra, dibujando incontables paréntesis, entre los cuales queda el mar envuelto por el horizonte.

Cuenta Ib Michael, porque lo dice un personaje del libro, que a su vez lo escuchó de unos pescadores, que incluso antes de que se inventaran los barcos, existe un acuerdo tácito entre los hombres y los delfines para no agredirse, no hacerse daño, un antiquísimo pacto de respeto mutuo.

Malte, el niño, corre, casi vuela, por la playa, pero no avista delfín alguno atravesando el mar. Los delfines si lo han visto a él, corriendo y riendo en la lejanía, donde se suicidan las olas.

Hay un mundo que nos observa, aunque parezca no existir, ya lo dije en alguna ocasión.

También somos aquello que retiene la mirada de un delfín. Ojalá algún día nos cuenten qué es lo que somos en sus cerebros. O tal vez nos lo contaron hace siglos, desde siempre supieron muy bien mirarnos a los ojos.

Tengo que concluir ya, antes de que el amor se desvanezca en la oscuridad, como el recuerdo de un marino muerto, que pertrechado en su ataúd, fue abrazado por los hielos, un abrazo que duró setenta años, y lo dejo intacto a él, con su rictus mortal, y a su caja de madera. Hasta que un iceberg, “del tamaño de un palacio de cuento de hadas” lo llevó consigo al mar, incluso ahí, el marino recuerda a su amada groenlandesa, a la que nunca más volvió a ver:


“Nuestro amor se encuentra en su cenit. Lo cultivamos en lugares donde nadie puede encontrarnos; salimos con el bote, nos tumbamos en el fondo y dejamos que vaya a la deriva. Nos poseemos entre el oleaje, también cuando la mar está en calma, mientras las golondrinas chillan sin parar y perlas saladas brotan de nuestra piel. Después nos zambullimos en el agua y seguimos jugando allí.

O remamos hacia tierra firme, arrastramos el bote playa arriba y encontramos una hondanada entre las dunas donde el sol ha ardido antes que nosotros. En el bosque, un puesto de caza ha protegido nuestros abrazos.
Hemos pasado noches rodeados de musgo y nos ha despertado el ruido del mascar de los corzos, desnudos como nosotros.”