lunes, 23 de noviembre de 2015

“Mefisto”, Klaus Mann (Münich, Alemania, 1906 – Cannes, Francia, 1949)

Libro. Editorial Salvat, 1986. Colección Novela y Ocio. Traducción de Araceli Castro Martínez. 332 páginas.




                                         A las puertas del Museo de América. 
                           Vistas al Arco de la Victoria. Madrid. Paco Castillo, 2015

Cederé el inicio a la contraportada del libro, que introduce este párrafo, para que todo lo que venga después encaje con mayor sentido.

“Escrita en el exilio en 1936, Mefisto, tras su publicación en Alemania en 1956, provocó uno de los más significativos procesos literarios de la Alemania de la posguerra. Inspirada en un personaje real, el actor Gustav Gründgens, que llegó a ser Director General de Teatro en el III Reich, Mefisto describe la progresiva corrupción y el oportunismo de un actor lleno de ambición que utiliza para satisfacerla la palanca del poder nazi. Pero Mefisto es a la vez un vasto cuadro de un periodo y el análisis de una insatisfacción.”

Un aspecto, que se dará en toda la narración, se hace notar, la efusividad con la que Klaus Mann ejerce de fisonomista con sus personajes; entre otros, peinados, frentes, narices, ojos, orejas, mandíbulas, caderas, barrigas, manos, etc, son objeto de una minuciosa descripción al más puro estilo expresionista alemán (novela escrita en 1936). Es decir, una cierta deformación de los rasgos, acentuando el premeditado efecto caricaturesco (y a la vez manteniendo una siniestra verosimilitud), que rodea a los personajes, eso sí, indiscutiblemente “reales” en sus personalidades, acciones y desenlaces.

Si bien tanto celo descriptivo me llegaba a incomodar, ese peaje ha sido un pago ínfimo cuando al concluir la historia, me he dado cuenta de todo lo que me ha aportado. Un libro es hijo de su época, el escritor no puede ser ajeno al arte de su tiempo.
Por otra parte, la prosa de K. Mann alcanza un lirismo sublime, estremecedor, al narrar el satánico rostro del ambiente nacionalsocialista. Cuanto más depravado resulta, mayor poesía destila la descripción. El mal arropado bajo el más exquisito refinamiento.

Quienes tengan reticencias por si se topasen con un relato trufado de situaciones belicistas, de la guerra en definitiva, estad tranquilos, eso brilla por su ausencia. Este relato se sumerge profundamente en las conciencias de aquellos que vivieron la evolución siniestra de una sociedad que llegó a las mismas puertas del infierno, palabra esta que tiene un estrecho lazo con el título.

El tímido comienzo que encuentro en esta historia no me hacía prever la envergadura que alcanzaría. La dramática intensidad que va adquiriendo provoca que la lectura sea frenética, hasta casi succionar el aliento, el augurio de que algo grande se está cociendo en las postrimerías del libro es excitante.

Una primera sorpresa con este relato, estar basado en hechos reales.

La segunda, que va un paso más allá, el actor real que inspiró esta historia, Gustaf Gründgens, fue en verdad esposo de Erika Mann, hermana del propio Klaus. Se da la circunstancia de que Gustaf y Klaus eran amantes y el embrollo legal que afectaría a la futura publicación de este libro tiene su origen en la denuncia que interpuso el primero sobre el segundo. No debemos apresurarnos a decir que  este libro, después de haber sido leído, es un ataque personal de un amante contra otro, esa sería una visión infantil, el trasfondo de lo que aquí se cuenta está a años luz de una rabieta entre amantes, es algo mucho más profundo que no tiene que ver con una persona concreta, sino con una sociedad entera y su visión del mundo.
De ahí que fuese uno de los episodios literarios más mediáticos, por los numerosos litigios, en la Alemania de posguerra.


                                           Gustaf Gründgens. Foto internet

Tercera, y gran, sorpresa al menos para mí, pues desconocía el dato.
Klaus Mann, un escritor con mayúsculas, poseedor de un inquebrantable compromiso cívico y político que repudiaba el nazismo sin doblegarse, su activismo contra los nazis, tanto dentro como fuera de Alemania fue realmente valeroso, incluso rozando lo temerario. Enemigo del régimen fascista participó en la Guerra Civil española como corresponsal. Además se alistó en el ejercito de los EE.UU para combatir a la Alemania nazi.
Tuvo una vida tan intensa como breve, siempre bajo la alargada sombra de su padre… ¡Thomas Mann! (esa era la sorpresa para mí), que se extendía allá donde fuera, hiciese lo que hiciese.
Se suicidó en Cannes, tenía 42 años.


                                      Klaus Mann. Foto internet.


Muchos críticos prejuiciosos daban por sentado la mediocridad literaria del vástago, ser hijo del genio le situaba en un plano de inferioridad per se. Vacuidades.
Una mirada más actual de la crítica le ha considerado, no ya uno de los grandes escritores europeos del siglo XX, sino, con obras como Mefisto, a la misma altura que su padre. Mi impresión, habiendo ahora leído a los dos, va en esta dirección.

Que para este libro K. Mann escogiese una compañía teatral, con su rutilante estrella a la cabeza, me parece un acierto brillante, pues hay una correlación perfecta entre ese escenario literario y la puesta en escena de Hitler sobre el púlpito, casi irreal, teatral, con un dominio absoluto en la representación ante la vociferante muchedumbre, absortos por los gestos grandilocuentes del temible Actor-Dictador.

Cuando observamos la figura de Hendrik Höfgen y sus colegas actores bajo el telón, ¿qué descubrimos? Que K. Mann ha trasladado brillantemente a las tablas el retrato de una sociedad, la Alemania nazi, postrada a los pies de Hitler.

Ahora veamos quien es el protagonista, este Hendrik Höfgen que cincela la mano de K. Mann. El narrador omnisciente se va intercalando con las voces en primera persona.

Hendrik es un actor perteneciente a un pequeño grupo teatral de la provinciana Hamburgo, lugar que en esa época y, sobre todo, comparado con la sofisticada Berlín, epicentro social y cultural de aquella Alemania, así era contemplado.
Siente sus alas cortadas en ese asfixiante ambiente hamburgués. Sabe que su deslumbrante talento, que lo tiene, solo puede ser admirado en la más alta institución artística del país, el Teatro Nacional de Berlín.

Ante el gran astro orbitan como estrellitas apagadas sus compañeros de reparto, buenos actores y actrices, sí, pero cuya luz proviene de los reflejos que altivamente reparte la gran estrella sobre éstos.

Hendrik vive para, y por, la admiración desenfrenada del público, para ser aclamado hasta el paroxismo por la alta sociedad berlinesa, a la que siente, anhela, pertenecer, dado su origen medio burgués, soterrado por la grisura de la clase media que envuelve a su familia, a la cual profesa  una oculta vergüenza . La fama, el dinero y el poder son su horizonte vital.
Las divergencias ideológicas entre la pequeña compañía de actores y actrices no se hace esperar. Hans Mikklas, un joven mal encarado, con los bolsillos siempre vacíos, brusco y pueblerino, es un sincero admirador del nacionalsocialismo, cree a pies juntillas que Alemania está perdiendo su “antiguo esplendor” y que alguien como el Führer es el hombre que devolverá la grandeza a la patria. Casi todos lo rehuyen, le consideran un ser antipático y, en cierto modo, un pobre diablo al borde de la indigencia.


Mikklas, el trabajador de férrea convicción política, con una conciencia de clase hábilmente persuadida por la propagandística nazi.
Para Hendrik el nacionalsocialismo es un medio para conseguir el fin. Para Mikklas es la finalidad en sí misma, íntimamente convencido de que la solución para devolver la honra a Alemania está en el horror del nazismo. Como tantos miles de obreros lo interiorizaron a su vez. Simples bestias de carga al servicio de las viciosas y refinadas élites.

Los engañados se darían cuenta incluso antes de la derrota del nazismo, Mikklas y millones de “Mikklas” más lo comprendieron todo, la siniestra y gigantesca pantomima, cruelmente real, la cima del III Reich como nido de demagogos, comediantes, farsantes, matones, asesinos, donde todos se miraban de soslayo, desconfiados, conscientes de la mortífera representación en la que se habían embarcado, y sabedores de que han de mantenerse en cartelera hasta alcanzar la horripilante gloria que ansían. Sí, todo eso lo comprendieron las masas defraudadas… Demasiado tarde.

Un día, unos tipos elegantes le volaron los sesos a Mikklas, se volvió muy protestón contra los gordos poderosos que se entregaban a la gula en lujosos restaurantes, eso le irritaba al muchacho, varias veces había tenido que pedir unos marcos prestados para comprarse un bocadillo en la cantina del viejo Schmitz.

En este giro de la historia, K, Mann exhibe una jugada digna del mejor maestro ajedrecista. En ese tablero siniestro de las altas instancias del nazismo, posiciona como indiscutible ganador a Hendrik. Será su cinismo y falsedad el pasaporte para codearse con los poderosos en la soledad de las alturas, pasearse por la cumbre. Por el contrario, Mikklas será el peón aniquilado, su compromiso sincero, aunque manipulado, su determinación ideológica incorruptible con las proclamas del nacionalsocialismo, su enérgica actitud contra los advenedizos que, con sus insignias y la cruz gamada en la solapa, corrompen los “valores germánicos”, no solo le supondrán la marginación del nazismo, serán su condena de muerte.

Que se personifique el fraude del nazismo, que se descubra su rostro diabólico tras la máscara, en un actorcillo de tercera categoría, Mikklas, perdido entre la masa, resulta impactante, es otro de los magníficos hallazgos que nos ofrece este libro.

Mikklas tenía su opuesto idelógico en su compañero actor, Otto Ulrichs.  
Otto es el único que tiene un compromiso sincero con las ideas revolucionarias del comunismo, suya es la propuesta de realizar una obra que aúne los valores de esta doctrina. Para ello ha de implicar a Hendrik, sabedor del talento de éste. La estrella se deja querer pero la promesa de una colaboración inminente se eterniza en el tiempo. Él tiene la mirada fija en el lujo y la sofisticación de la siempre codiciada Berlín.
Me ha parecido ver un guiño del escritor hacia la importancia que tuvo el teatro como propagador del ideario izquierdista revolucionario, y aunque K. Mann no lo mencione de forma explícita, es fácil recordar la relevancia que tuvo una corporación como el Sindicato Teatral Ruso.


                                 Pozuelo de Alarcón, Madrid. Paco Castillo, 2015


La complejidad psicológica de los personajes, es decir la que todos tenemos, aleja a estos de lo arquetípico, del maniqueísmo, tentación siempre acuciante en la que caen tantos escritores.

K. Mann maneja con gran habilidad ese juego de pares opuestos contraponiendo al protagonista sus antagonistas. Especialmente las mujeres que se cruzan en el camino de la estrella teatral ponen de manifiesto, por exceso o por defecto, todos los matices psicológicos que hacen de Hendrik el ser que es, ahora un tipo seguro y encantador, luego dubitativo y vulnerable, después pérfido y patético.  Al fin y al cabo, un excelente actor.

La reconversión de Hendrik, esperable sin por ello perder sutilidad, desde sus iniciales escarceos y simpatías por el comunismo, las proclamas marxistas, acariciando incluso la idea de un proyecto teatral de corte revolucionario, hasta caer en la aduladora depravación de inclinarse ante los bárbaros del nacionalsocialismo, siendo el “bufón” de los más poderosos, y llegar a convertirse en Director General de Teatro en el III Reich, es desarrollada con una destreza exquisita por K. Mann. Sencillamente genial.

Hendrik, megalómano impenitente, solo vive para vanagloriarse de su deslumbrante talento como actor. No tiene reparos en usar sus seductoras maneras para engatusar a cuantas personalidades se crucen en su camino, no por ambición política, una mera pose para él, quiere salvar su pellejo ante el inminente matonismo, que ya todos barruntan, con el afianzamiento imparable del nazismo. Y así, allanado el camino, entregarse al acto de contemplar en el universo artístico que lo acoge, el brillo resplandeciente de su estrella sobre el resto. Sentir el éxtasis de la fama, el poder, el dinero. En su existencia no cabe la mediocridad, eso sería para él la muerte en vida.

Si para ocupar su lugar entre la clase alta ha de casarse con una dama determinada, la enigmática Bárbara, lo hará sin sopesar las consecuencias de su vacío sentimental, eso son simples daños colaterales que, en su maquiavélico proceder, están justificados para alcanzar su objetivo.
O, si tiene que hacer algún gesto, en el más absoluto secreto, hacia sus antiguos amigos comunistas (ahora invisibles como fantasmas), lo hará, por simple oportunismo, como salvoconducto por si cambiasen las tornas. Siempre hay que estar con las espaldas bien cubiertas, eso de las ideologías queda para los fanáticos, los sesudos intelectuales o algunos locos románticos.
Sin embargo, un poso de culpabilidad queda adherido a su conciencia como un remanente, no podrá desprenderse de el.


                               Ciudad Universitaria. Madrid. Una mirada aterrada
                               que rehuye a la otra. Paco castillo 2015

Con extraordinaria facilidad K. Mann saca jugo de situaciones más o menos triviales, un cóctel familiar, un paseo por el jardín, en ellas afloran detalles que muestran de golpe la verdadera dimensión de los personajes, complejos y contradictorios. Sirvan de ejemplo estas líneas, cuando el aún provinciano actor es invitado a un lujoso restaurante por el refutado autor y crítico teatral, Marder, supuesto azote de la sociedad burguesa, en compañía de dos mujeres, Bárbara (con quien tendría un efímero matrimonio), y Nicoletta.

“Theophil Marder había invitado a las dos jóvenes y al actor Höfgen a cenar a un restaurante muy caro, (…)
-         ¿Qué le parece estimado Hendrik? – preguntó al actor con aquella corrección alevosa (…)

Hendrik no tenía nada que objetar. Por lo demás se sentía inseguro y desconcertado en aquel señorial restaurante. Le parecía como si el camarero hubiera tasado con desprecio su smoking, lleno de manchas y, en algunos lugares, muy rozado.
Hendrik se sintió consciente, superficialmente pero con fuerza, de su convicción revolucionaria. - Mi puesto no está en un local como éste, para explotadores capitalistas - , pensaba, iracundo, mientras le llenaban la copa de vino blanco. Ahora lamentaba haber aplazado la apertura del teatro revolucionario (p. 84)

En los lamparones de una chaqueta se plasma la rotunda constatación de lo que significa tener conciencia de clase, al menos en aquel momento. Brillante K. Mann.

Una genialidad que lleva aparejada el sello de los maestros rusos, Dostoyevski o Tolstoi, por citar a dos que aparecen, más de una vez, en las conversaciones de los protagonistas. No son los únicos, una nutrida representación de los clásicos europeos tienen su momento estelar en boca de los personajes.

Y ese vértigo que se produce al deducir lo trascendental a partir de lo trivial, que aparezca un detalle crucial en un acto cotidiano sin apariencia de momento cumbre, te revela el enorme calado de esta lectura.

El título, Mefisto, tiene un presencia poderosa, su fuerza simbólica parece que quiere intimidarnos. Lo que representa esta figura “escupe” la verdadera naturaleza de Hendrik, parapetado en sus múltiples caretas, hasta ajustarse la más deseable y temible a la vez, la de Mefistófeles.

Como no podía ser de otra manera, Hendrik alcanza la gloria artística y social ante la élite nazi, en el Berlín de sus sueños, con este papel hecho a la medida exacta de su personalidad, Mefistófeles (Mefisto), el antihéroe por antonomasia de la cultura germánica, el demonio del folclore alemán catapultado a la fama mundial por el Fausto de Goethe.

Ese es un papel fácil para Hendrik, no así el Hamlet de Shakespeare, un reto mayúsculo que le aguarda a la vuelta de la esquina.

Porque los ínclitos del nazismo no quieren ver el Hamlet del dramaturgo inglés, no, ellos quieren presenciar un Hamlet germánico, aquel que pudiera agradar al inestable carácter del Führer, por la cuenta que les trae a todos, a Hendrik el primero.

¿Cómo depositar la raza y el genio de la Alemania hitleriana en alma decente de Hamlet?
En su fuero interno, en el corazón sincero de un hombre que ama a su profesión, ahí donde nadie le puede descubrir, Hendrik siente rabia, dolor, tristeza, asco hacia todo lo que es, hacia quienes le rodean.

Ha de traicionar el alma limpia de su adorado Hamlet. Sabe que hará un mal papel, le preocupa, aunque al día siguiente todos los periódicos hablen de un triunfo estelar. Sus valedores nazis, los gorilas que le tienen como bufón y payaso para mitigar en privado su aburrimiento, son demasiado poderosos.



                                 Arco de la Victoria, Madrid. Paco Castillo, 2015

Un episodio fascinante del libro, ya para concluir, a raíz del apresamiento de Otto Ulrichs por la SS. Un golpe sentido y doloroso para Hendrik, tenía sus debilidades, y para otro viejo conocido, Ihrig, que perteneció a la izquierda radical.
Ambos quedan en un lugar secreto, a ver que pueden hacer por el bueno de Otto. Hacía poco tiempo que Hendrik le había sacado de algún apuro serio. Ahora ellos son dos personalidades influyentes, aclamados por el nazismo, comparten confidencias y cenas privadas en las mansiones de los más altos oficiales nazis, ya pertenecen, con pleno derecho, a la élite de la familia nazi.

-         Horrible esa historia de Otto – decía el imperturbable doctor Ihrig con rostro compungido.

Él había destacado en muchos artículos al cabaret revolucionario Der Sturmvogel como la única empresa teatral de la capital con futuro y digna de atención. Otto había pertenecido al más íntimo círculo del crítico. (…)
También Hendrik Höfgen consideraba que era horrible. Aparte de esto, no tenían demasiado que decirse. No se sentían a gusto en mutua compañía. Como lugar de reencuentro habían escogido un café apartado y poco frecuentado. Los dos estaban comprometidos por su pasado, y casi podía parecer una conjura si alguien los viera juntos. Callaban y miraban pensativamente al vacío, el uno a través de sus gafas de montura de concha, el otro a través de su monóculo.

-         Yo no puedo hacer, de momento, nada por el pobre muchacho – observó Hendrik.
Ihrig, que iba a decir lo mismo, asintió. Volvieron a quedar en silencio. Höfgen jugueteaba con su boquilla. Ihrig carraspeaba. Quizá se avergonzaban el uno del otro. Höfgen pensaba de Ihrig lo mismo que Ihrig de Höfgen: “Sí, sí, querido, tú eres tan traidor como yo mismo.” Ese pensamiento lo adivinaba el uno en los ojos del otro. Por eso sentían vergüenza.

Aquí, K. Mann nos hace plantearnos unas preguntas, a medio camino entre la fascinación y el horror;  ¿Cuántos casos reales hubieron de suceder así mismo?

¿Cuántos poderosos e ilustres nazis albergaban en lo más recóndito de su ser, como una íntima y secreta convicción, al comunismo, el más enconado enemigo del nazismo, temerosos de ser descubiertos algún día?

¿Cuántos hubieron de presenciar, inmutables bajo un doloroso y oculto llanto, el tiro en la nuca de antiguos y secretos amigos?

¿Cuántos se llevaron a la tumba esa insoportable verdad?
Presumo que no fueron pocos.

Quien aborde este Mefisto de k. Mann está advertido, sus manos sostienen una obra maestra.

viernes, 13 de noviembre de 2015

“Claros del bosque”  María Zambrano (Málaga, 1904 – Madrid, 1991)

  Libro. Seix Barral editores, 1993. 156 páginas.



                                 Valles de Cesara, Perú. Paco Castillo 2015


Este libro fue uno de los elegidos para ser leído en la soledad de las tierras andinas, acudiendo a él cuando consideraba que era su momento, apartándome de él por idéntico motivo. Cada uno necesitaba su espacio para reencontrarnos.

Como si aún estuviera transitando por el escenario desértico del anterior título, certifico que el nombre de María Zambrano tiene algo de espejismo en la hostil vastedad del desierto, se vislumbra como un destello lejano, augurando algo codiciado, dentro de toda esa masa arenosa, siempre igual, del desierto.
No puedo evitar una comparación, quizás tendenciosa, entre “masa arenosa, siempre igual, del desierto” y panorama literario, casi siempre igual, de nuestro país.

Eso es lo que ocurre con muchos ilustres nombres fronteras adentro, intelectuales sin los cuales ese mismo escenario cultural sería un territorio vergonzosamente atrincherado. Pero son eso, presencias imperceptibles por el severo olvido en el que viven, en ese limbo están muchas de las mentes más preclaras que se han visto por estas tierras.

Al poco de regresar a España me sorprendió, por lo que he contado más arriba, escuchar el nombre de María Zambrano en la radio. Estaban entrevistando a Emilio Lledó, que aparte de ser recién galardonado con el Príncipe de Asturias (Comunicación y Humanidades 2015), fue hace años reconocido con el premio “María Zambrano” (2008), Lledó rememoraba el preciado legado que supuso para nuestras letras la obra de esta intelectual, que filosofaba poéticamente.

Cualquiera que se acerque a la biografía de esta filósofa y ensayista, se topará con una circunstancia redundante a lo largo de su vida, su condición errante, un continuo ir y venir entre varios países de América del Sur y otros tantos del continente europeo. Un trasiego, a menudo, perturbador para ella.
Su hermana menor, Araceli, un ser vulnerable, vivió bajo su techo y protección hasta el final de sus días. Hay un matiz que me ha resultado, cuanto menos, peculiar; las hermanas, ya separadas de sus maridos, viven con sus… ¡trece gatos! Hecho que fue utilizado por algún político (un fascista italiano) para provocar que las expulsaran de Roma alegando cuestiones de salubridad. Allá donde fueran iban con sus gatos y algún perro, nunca los abandonaron.

El pensamiento de M. Zambrano, al menos en esta obra de imposible catalogación, entraña no poca complejidad. Sus ideas, sus escritos, sus reflexiones, se encauzan por un pequeño afluente que se separa de la corriente principal, y discurre como un arroyo, ajeno al gran río.

“Claros del bosque” es una propuesta filosófica atípica. No tienes la impresión de estar leyendo filosofía, aunque lo sea. No tienes la impresión de estar leyendo poesía, aunque también lo sea. No es un libro que pueda explicarse aquí fácilmente. Para ella, filosofía y poesía son almas gemelas.
El texto surge del paisanaje intimista de la autora, sale a la luz desde la enigmática profundidad en la que solemos recluirnos, si se da la ocasión adecuada.
Ni siquiera lo muestro con la férrea pretensión de recomendarlo, más que esa intención, quiero que se advierta su existencia para que alguien sepa que está ahí. Yo mismo le he concedido un poco de tiempo y ahora le dedico, con gusto, unas palabras.


                                   Lima, Perú. Paco Castillo 2015

A decir verdad, tengo claros indicios para pensar que M. Zambrano es una intelectual reconocida para quienes visitan este blog, no creo equivocarme.
La lectura de “Claros del Bosque”, este precioso título, inmejorable metáfora de las palabras que regala al lector, trata de apresar ese “de repente”, cuando se deja sentir la trascendencia del propio existir, de estar con, y en, la vida durante un instante.

Ese brevísimo tiempo que ya muere apenas haber nacido, le otorga a uno la conciencia de sí mismo, en una verdad íntima y única que se desvanece tan pronto como se reveló.
¿Y qué es un Claro del Bosque sino eso? Un puntito brillante entre el espesor que lo constriñe.
Igual que al abrirse un diminuto claro, pletórico de luminosidad, en un cielo gris intenso, dramático.
En esos momentos, si tenemos la suerte de captar tales presencias, contemplamos el mundo con la sensación de ser, también nosotros, contemplados por él, en él, como si fuéramos su única creación, en una comunión donde el pasado, el presente y el futuro pierden su vigencia porque nos vemos eternos dentro de ese instante fugaz. Ahí se manifiesta todo el sentido de nuestra vida, henchidos de plenitud, aunque solo dure lo que un parpadeo, María Zambrano escribe lo que acude a su mente en el lapso de ese parpadeo, cuando la enormidad del mundo cabe en ese instante, no se me ocurre una manera más gráfica de transmitirlo.



                                  Valles de Cesara, Perú. Paco Castillo 2015


Su escritura  se encara contra el automatismo al que se somete nuestra vida y nuestros pensamientos, siempre amenazados por la “planicie” que nos infringe la rutina, sea uno catedrático o conductor de autobús, rutina una y rutina la otra.
Tal es el acercamiento filosófico-poético que hace la autora en esta obra:

“Se muestra ahora el claro (claro del bosque), como espejo que tiembla, claridad aleteante que apenas deja dibujarse algo que a la par se desdibuja. Y todo alude, todo es alusión y todo es oblicuo, la luz misma que se manifiesta como reflejo se da oblicuamente, más no lisa como espada. Ligeramente se curva la luz arrastrando consigo al tiempo. Y no se olvidará nunca que la curvatura de luz y tiempo no es castigo, o que no lo es solamente, sino testimonio y presencia fragmentada de la redondez del universo y de la vida (…)
Y los colores mismos nacen para hacernos la luz asequible. Y el iris resplandece, antes que arriba en los cielos, abajo entre lo oscuro y la espesura, creando así un imprevisible claro propicio.
Brillan los colores sosteniéndose hasta el último instante de un desvanecimiento en el juego del aire con la luz, y del cielo que apenas perceptiblemente se mueve. Un cielo discontinuo, él mismo un claro también” (p. 12-13).

Leer el libro es andar fuera de los senderos, con pasos zigzageantes vamos caminando entre lo filosófico y lo poético, porque ambas se nutren mutuamente. Las fronteras están desdibujadas, todo itinerario, si lo hay, es imprevisible. Es una lectura difícil, incluso para la autora. La contraportada del libro muestra las propias palabras de M. Zambrano a propósito de esta obra, lo mejor es mostrar su impresión para concluir este escrito:

Claros del bosque dentro de mi pensamiento vertido en lo impreso, salvo alguna excepción, aparece como algo inédito salido de ese escribir irreprimible que brota por sí mismo y que ha ido a parar a cuadernos y hojas que nadie conoce, ni yo misma, reacia que soy a releerme. Tenía que suceder por fuerza. Mas creo que el carácter de ofrenda de Claros del bosque a la persona a quien va dedicado en su tránsito tiene que ver en ello, acentuando así el carácter de ofrenda que todo lo que he publicado tiene desde siempre. Nada es de extrañar que la razón discursiva apenas aparezca. Con anterioridad esbocé una  - Crítica de la razón discursiva – que no podía prometerme que salga de ese estado. Creo, pues, que como libro es el que más responde a esa “idea” hace tiempo formulada de que “pensar es ante todo – como raíz, como acto – descifrar lo que se siente”, entendiendo por sentir “el sentir originario”, expresión usada por mí desde hace años. Y también que “el hombre es el ser que padece su propia trascendencia” en un incesante proceso de unificación entre pasividad y conocimiento, entre ser y vida. Vida verdadera, sorprendida tan solo en algunos claros que se abren en la espesura inicial entre cielo y tierra. Y en el remoto horizonte donde cielo y tierra, ser y vida, vida y muerte se anegan”

María Zambrano

Este libro lo dedicó a la memoria de quien fue “la alegría más grande de su vida”, su hermana pequeña, Araceli, fallecida antes que ella.











martes, 3 de noviembre de 2015

 “El viajero de la noche”  Maurizio Maggiani (Castelnuovo Magra, Italia, 1951)
Libro. Editorial verticales de bolsillo, 2009. Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale. 213 páginas. Imagen de Cubierta: Hussein Bikar, "Dialogue avec un rossignol"


Todo preparado para trasladar las notas de la libreta al ordenador. En consonancia con el otoño me he preparado un té hindú muy adecuado, Garam Massala, tiene un toque aromático sutil, destacan la cúrcuma, la canela y el cilantro, aunque tiene más especias. Un sorbito y… vamos allá.




Igual que en el anterior texto de Llosa, las impresiones lectoras se entremezclarán con las propias de mi viaje al Perú, no puede ser de otra manera porque ambas están indisolublemente unidas.

Pueblo de Cesara, Perú, 1 de octubre, 2015.



                             Valles andinos, Cesara, Perú. Paco Castillo 2015


                           
                                 Caserío de adobe familiar, Cesara, Perú.
                                 Paco Castillo 2015



                                 Cesara, caserío familiar. Paco Castillo 2015



                                 La araña. Dos auténticos viajeros de la noche 
                                 haciéndose compañía. Paco Castillo 2015



                                 Luna llena, Cesara, Perú. Paco Castillo 2015



“Escuchad, el sol se pone sobre el cerro del Assekrem. Amarillo, ocre, celeste, azul de ultramar y carmín. Cielo, tierra, montañas y valles.

Todo.
Pero abajo, en las gargantas ya está el crepúsculo y la noche. Rosa, tierra quemada, violeta y negro. La nada, allá abajo.

El aire es tan límpido que el encrespamiento del último horizonte podría estar en el otro extremo del mundo. Si la tierra fuese plana (p. 11).”

Con este sinestésico fragmento arranca el relato. Colores y texturas que te transportan al petrificado silencio del desierto. En la árida región montañosa del Hoggar, (Argelia).


                              Desierto del Hoggar. Foto internet

Ante una portada y título tan bellos uno quiere que cada frase le revele algo trascendente. Por cierto, una obra avalada por el prestigioso premio Strega en el 2005, es el más relevante de las letras italianas.
Observo la foto de Maurizio Maggiani, en la contraportada, y me parece que tiene un aspecto peculiar… Se da un aire a Franco Battiato, ¿No me creéis?


                             Franco Battiato



A veces me encuentro con estos libros, que tienen la capacidad de reducir lo inabarcable de un concepto, el misterio que se cierne entre la palabra y tú, a su estado esencial.
Hay en este inicio un anhelo de permanecer fuera del tiempo, el desierto con su presencia inmutable, tiene ese aspecto atemporal que resulta  fascinante e inquietante al unísono.
Inmerso en la soledad y el silencio del paisaje andino, libro en mano, no caben en mi otras consideraciones con las que empezar.


                              Cesara, 80 kms al norte de San Ignacio, Perú.
                                  Foto Paco Castillo (autodisparador)



                                 Cesara, el libro y su lugar. Paco Castillo leyendo.
                                 Paco Castillo 2015


                                 Cesara 80 kms al norte de San Ignacio, Perú.
                                 Foto Paco Castillo

                                 Pueblo de Cesara, está a 1600 mts de altitud 
                                 enclavado en el valle. Paco Castillo

                                 Cesara, mariposas. Paco Castillo.

                                 Andes nororientales, Cesara. Paco Castillo.

                                 Andes nororientales, Cesara. Paco Castillo.



                                 ¿Un condor? Viajeros del cielo, Cesara
                                 Paco Castillo 2015


                                 La belleza del silencio, de la soledad,Cesara.
                                 Paco Castillo 2015


                                 Apacible atardecer, Cesara, Perú.
                                 Paco Castillo


                                 El sol ya se se oculta, Cesara, Perú.
                                 Paco Castillo 2015

                                 Andes nororientales,Paco Castillo, retratado por 
                                 Paco Castillo (autodisparador)


                                 Caminando por los Andes norteños. 
                                 Un viajero y su viaje. Paco Castillo 2015




Mientras leo esos párrafos, en los que el protagonista ensalza la simplicidad del paisaje, en donde uno se despoja de todas las cosas inútiles para conservar lo primordial, no puedo evitar cerrar el libro y dejar a mis pensamientos y mirada divagar en este lugar remoto del Perú que me acoge.



                                         Comité de recepción para darnos los
                                         buenos días. Abriendo las puertas de 
                                         la habitación a un nueva jornada.
                                         Cesara. Paco Castillo 2015





                                 Campesinos hacia su chacra cafetera, Cesara, Perú.
                                 Paco Castillo 2015


                                 La abuela, el nieto, los cuentos. Lo simple, lo esencial.
                                 Cesara. Paco Castillo 2015



                                 Pavo, no tientes a tu suerte antes de tiempo.
                                 Aquí hay pocas concesiones.
                                 Cesara. Paco Castillo 2015

                                 Nuestra vecinita paseando con su loro.
                                 Su expresión me dice que es todo lo que necesita.
                                 Cesara. Paco Castillo 2015

Gentes de Cesara. Paco Castillo 2015


                                          Día de procesión, Cesara. Paco Castillo 2015


                                        


                                 Complicada ascensión a la quebrada...No puedo 
                                 resistirme a estas cosas, cuando era más 
                                 jovencillo hacía escalada, así que allá que voy... 
                                 Valles de Cesara. Foto Wilmer, cuñado,
                                 y guía en esta incursión. 2015









                                 Objetivo conseguido...He sudado lo mío.
                                 Gracias Wilmer.



                                 Subiendo a la carrera por los cerros andinos. 
                                 Me gusta estar en forma. Paco Castillo 2015 
                                 (autodisparador)



Municipalidad de San Ignacio. Región de Cajamarca, 10 de octubre, 2015


                                 Unos maduritos para el camino, San Ignacio.
                                 Hacienda familiar. Paco Castillo 2015

Estoy en la aromática población de San Ignacio, voy y vengo de San Ignacio a Cesara. San Ignacio es pequeño asentamiento en la estribación nororiental de los andes peruanos, ya limítrofes con sus hermanos ecuatorianos.
Un lugar que, a pesar de sus pequeñas dimensiones, tiene fama mundial para quienes trabajan en el comercio del café.
No en vano el que aquí se cultiva ha sido considerado por los expertos, en más de una ocasión, el mejor del mundo.
Todo el proceso (cultivo, recolección, secado, descascarillado, etc), lo hacen de forma artesanal.
Es muy agradable caminar por las callejuelas acompañado del aroma a café, y otro no menos atractivo, el de la exuberante vegetación empapada por los chaparrones tropicales, la lluvia es frecuente en estos valles verdísimos… Y qué extraño es percibir las sensaciones áridas de la lectura, como si la fina arena desértica se me escapara entre los dedos, aquí, expuesto a la humedad del verdor andino.

En este sitio prosigo la lectura, llevando el libro en la mochila, junto a la cámara. Un viajero leyendo “El viajero de la noche”. Deliciosa simbiosis.


                             Población de San Ignacio, Perú. Paco Castillo.

                                 Casa familiar. Cerro Campana, San Ignacio. 
                                 Paco Castillo

                                 Secado natural del grano de café, Cerro Campana
                                 Paco Castillo

                                 Secado natural del grano de café, Cerro Campana
                                 Paco Castillo

                                 Secado del café. Hacienda familiar. 
                                 Paco Castillo

                                 Izaskun, Araceli y su tío Felipe, saliendo de casa.
                                 Paco Castillo

                                 Calle de San Ignacio, secando café.
                                 Aromático paseo. Paco Castillo

                                  San Ignacio...Qué no falten los libros!
                                  Paco Castillo

                                  Leyendo en la moto-taxi. Enfrente hay otra 
                                 similar, San Ignacio. Paco Castillo


El protagonista, y narrador, es un etólogo italiano especializado en las migraciones de las golondrinas y los osos de los montes balcánicos.
El seguimiento de estas aves le ha llevado hasta el desierto del Hoggar. Un lugar impregnado de la enigmática figura del père Foucauld (un personaje real que vivió unos meses ahí como un eremita, loco al decir de algunos tuaregs), confiriendo al lugar cierto misticismo, y por ende a la narración.

Me gusta la humildad que tienen las palabras en esta historia. Una humildad que es proporcional al ridículo esfuerzo intelectual que hacen algunos escritores para alejarse de ese valor esencial que poseen. Seguro que os habéis encontrado con libros en los que el autor, más que ir al encuentro de las palabras, parece huir de ellas, de la palabra humilde. No es el caso de Maurizio Maggiani:

“El primer árbol está a un día de jeep de aquí, el segundo y el tercero, que yo sepa, ni existen (…)
Fui a ver el árbol pocos días después de haber llegado a este sitio, es la principal atracción turística del Centro del Universo. (…)
¿Qué se siente al tocar un olivo en medio de un desierto a dos mil kilómetros del mar más cercano? Un olivo que no debería estar allí, pero que en cambio está, y está desde hace probablemente un milenio. (…)

Entonces, ¿Qué se siente? Sentí consternación. Porque, pensé, no es bueno que una cosa viva dure demasiado, que dure más allá del tiempo y la época que le corresponde a cada cosa. Ahora este olivo vive en el dolor, pensé, en un tiempo que no el suyo. Tiene sus raíces en la soledad (p. 15-16).”

Un olivo y el desierto, tocar, el Centro y el Universo, una cosa viva, consternación, una época, raíces en la soledad, más allá del tiempo.

Son las que dicen todo.



                                 San Ignacio, precioso pajarillo que posó para 
                                 mi unos segundos, pero... Me recuerda a otro
                                 pajarito que encontré en Madrid...


                                 ¿No es una increíble casualidad que el pajarito
                                 de San Ignacio posara para mi, teniendo al 
                                 lado este libro... y su pajarillo?
                                 ¿Hay algo mágico en los libros?


La sensación que transmite la forma de narrar sus vivencias, con el uso reiterado del yo, que precede, en muchas ocasiones, a un verbo pretérito: yo estuve en esa tumba… Yo he vivido las noches del Hoggar… Y otras por el estilo, hacen que nos imaginemos un gran relato oral, dicho tono ya se nos advierte en la portada del libro con una breve introducción.


Ciudad de Chiclayo, Perú, 14 de octubre, 2015



                                         Bulliciosa calle en chiclayo. 
                                 El ceviche (plato típico peruano) chiclayano es deicioso.
                                 Paco Castillo 2015
                                         Centro histórico de Chiclayo. Paco Castillo 2015

                                         Fuera del centro también hay otra historia...
                                 Que no se suele contar. Paco Castillo 2015

He permanecido un día en la bullanguera y populosa ciudad de Chiclayo, en la costa del Pacífico, muy lejos ya de San Ignacio.
Chiclayo, conocida por sus playas surferas y la famosa ola rompiente que atrae a los devotos del surf desde cualquier rincón del mundo. Esquizofrénica como toda ciudad peruana.
Pero ya es el momento de partir a Lima, sin tiempo para ir a las playas. Nos espera un larguísimo viaje en bus por la Panamericana, siguiendo la franja marítima del océano Pacífico, que de eso tiene poco, es un mar bravucón por estas costas.
El autobús ha salido a las 18:00 p.m. y su llegada está prevista a las 08:00 a.m.

¿He dicho… prevista?

La experiencia me dice que lo sensato es prescindir de los autobuses baratos. Son inseguros por la naturaleza del autobús y, en ocasiones, por la naturaleza de algunos pasajeros. El nuestro no es de los baratos pero estamos en Perú, mejor no dar nada por sentado.

A las siete horas de viaje (sobre las 01: 00 a.m.), el autobús está parado en algún lugar oscurísimo e inhóspito de la ruta. Mucho me temo que pronto seré un personaje “vargasllosiano” viviendo una situación surrealista.

Compruebo que están haciendo el mantenimiento del bus con los pasajeros en marcha, en pleno trayecto, ahí queda eso...
Un barrigón con camiseta interior blanca de algodón, cual émulo de James Dean, pero con el mismo glamour que un orinal (se emplea más bacín por aquí), está aporreando tornillos con una maza. Me entero que tiene que cambiar dos llantas, casi nada...

A las 03: 30 a.m. parece que ha parado de dar golpes. Explicaciones a los pasajeros ninguna, ni un responsable que se digne a decirnos algo, Perú, para lo bueno y para lo malo.
Estoy muy irritado, y como mis compañeros dormitan, los más, comen chifles (rodajas de plátano frito), los menos, o miran a las estrellas, alguno… Pues me irrito aún más. El primero que paga las consecuencias, porque es lo que tengo más a mano, es el propio libro, musito destellos furibundos:

“El tal Maurizio es un pelmazo repitiendo tantos vocablos en párrafos cortos.”

“Voy a cerrar el libro y que se vaya al carajo con el barrigón del mazo”

Ya soy un personaje de Vargas Llosa, de pleno derecho, lo mismo que mis compañeros.
Así que cierro el libro y ya no lo abriré hasta llegar a Lima, cuando llegue a casa de mis amigos. Tengo que reconciliarme con el escritor y la historia.
Curioso, siendo el libro el mismo, uno puede ser cien personas diferentes por los caprichosos giros del destino, y lo que antes me complacía de la lectura ahora me hastía. Dos llantas, un tipo sin glamour aporreando una maza, y una noche sucia y fea a ras de la panamericana han tenido la culpa.

Tengo algo más que matizar del libro, es importante.
Hay un grito espeluznante en medio de la paz desértica. De repente, el silencio del desierto se rompe en mil pedazos por la muerte, la violencia, el horror, el sinsentido de la guerra. 
Porque ahora el relato se adentra en un escenario de destrucción, la ciudad de Tuzla, en Bosnia Herzegovina, área de estudio de nuestro protagonista etólogo, va en busca de sus querida osa Amapola :

"He tenido entre las manos el hocico de una osa, una vez. Es verdad. Se llamaba Amapola y era una osa salvaje. Sucedió en los tiempos de la guerra de Bosnia" (p. 62).

Y esa mirada conciliadora que se posa en la calma del desierto, se topa ahora con el dolor que aún aflige a la memoria.

En aquella época le sorprende el conflicto balcánico y, lo que es peor, una de las mayores masacres perpetradas contra la población civil, la bomba que arrasó casi cien vidas adolescentes cuando se besaban, se amaban, bailaban ignorantes del fatídico final de sus vidas que estaba apunto de acontecer, mientras asistían a un concierto de rock en la ciuadad de Tuzla (suceso verídico, internet da amplia información de ello).

Y sin embargo, a pesar de todo esto, el relato no pierde su humanidad. No se regodea Maurizio Maggiani en lo cruento, tal vez porque las palabras que venían del desierto logran reconciliar al hombre con su destino. Incluso en la muerte de estos jovénes parece soplar un viento calmado, que acaricia y mece las hojas.
Eso mismo, un libro hecho con palabras que el viento logra arrancar, no por lo insustancial de las mismas, simplemente por que el viento acaba llevándose todo. Ese es el alma de este relato, junto con algo que referiré unos párrafos más abajo.

Hace poco me comentaba una magnífica blogera a la que aprecio, que buscaba plantearse preguntas en los libros, imagino que consciente o inconscientemente es uno de los objetivos cuando leemos. Pero eso me ha hecho pensar, al menos para mi, creo que no solo se trata de lo que pueda ofrecerte un libro, tan importante es lo que tú puedas darle a él, hasta donde estás dispuesto a llegar con el libro que tienes frente a ti, en cualquier caso cada uno es un mundo, cada cual que ande su camino.

Ciudad de Lima, 16 de octubre, 2015


                                 Distrito de Los Olivos, Lima. Paco Castillo 2015

                                 Fiesta de aniversario de un colegio público, Lima.
                                 Paco Castilo 2015


                                   Alguien, por encima de esa persona, ha escrito
                                   que "Cristo le Ama" ¿ Y, Alguien, cómo puede
                                   saberlo? Lima, Paco Castillo 2015

                                 ¿Cómo puede saberlo?
                                 Lima, Paco Castillo 2015


Retomando ya las últimas impresiones del libro. 
Tanto en el escenario del desierto como en los devastados Balcanes, el etólogo no deja de recordar ciertos momentos entrañables de su infancia junto a su padre, en el hogar familiar. La figura de la madre no se menciona. Ni da explicaciones de tal omisión.

Siguiendo la estela de este relato cuasi oral, hay, casi al final, un sentido homenaje a Jack London, imagino que es una muestra de gratitud a un escritor que, con sus relatos, le brindó uno de esos preciados tesoros que guardamos en la memoria.
Hace mención a una historia concreta, un hombre solitario atrapado en el Gran Norte, ha de encender una pequeña hoguera para sobrevivir al menos una noche más. Esa pequeña hoguera es la otra pieza del alma, el alma de esta historia… Una sencilla hoguera, fue ese primer fuego, débil y vacilante, lo que puso en marcha a la humanidad.
Tal es el mensaje que nos quiere transmitir Maurizio Maggiani, lo más poderoso de la vida hay que buscarlo en lo elemental.

Aquí concluye este viaje, realmente literario, literariamente real. Recién comenzado noviembre con este ambiente otoñal tan genuino que decía al principio, ojas esparcidas por los parques con los petirrojos de inquilinos, lluvias, setas, una brisa campestre fría y limpia. Eso, las cosas simples.




PD. Una última recomendación… No se os ocurra leer este libro en un autobús, especisalmente si el tipo que lo conduce es barrigón y lleva una camiseta blanca de algodón. Avisados estáis