Dios muere a orillas del Nilo. Nawal El Saadawi (Kafr
Tahl, Egipto, 1931)
Editorial Herder, 1996. Versión castellana de Juan
Andrés Iglesias. 179 páginas.
Con una edad más que respetable, cerca de los 87
años, la escritora Nawal El Saadawi tiene la mirada vivaracha de una niña, el
mismo brillo que refulge ante la ansiedad por descubrir el mundo, unos ojos
despiertos para registrar todo cuanto ocurre.
Nawal El Saadawi. Foto internet
Pero detrás de esa expresión aniñada y encantadora
tenemos a una mujer de armas tomar, sufrida, combativa, incansable, un ejemplo
de solidaridad y compromiso con todas las mujeres. Nawal irradia una vitalidad
y entusiasmo desbordantes, parece inmune a los estragos del tiempo.
Resulta que la obra de esta mujer menuda ha sido
un azote para el gobierno egipcio de su
época, pues ha reflejado, con un enorme talento literario, el desprecio
sistemático que han padecido las mujeres en el mundo árabe, pero también las
clases desfavorecidas, convirtiéndose así en persona non grata para la
oligarquía política, veamos la contraportada:
“Esta nueva novela de Nawal El Saadawi, las más
brillante de las novelistas egipcias contemporáneas, ilustra la opresión
clasista sobre el régimen de Sadat y la tiranía de los terratenientes en
general.
Nacida en la aldea de Kafr Tahla a orillas del Nilo, Nawal El Saadawi se negó
a aceptar las limitaciones que la opresión religiosa y colonial imponía a la
mayoría de las mujeres del campo. Se licenció en medicina y llegó a ser
directora de Sanidad Pública de Egipto, puesto del cual fue destituida por
haber escrito Woman and sex en 1972.
Sin amilanarse por esta
experiencia, ni por el hecho de que sus libros hayan sido prohibidos, y ni
siquiera por haber pasado un tiempo en la cárcel durante el gobierno de Sadat,
continúa escribiendo sobre los problemas de las mujeres árabes y su lucha por
la liberación. Ésta es, sin duda, su novela más importante.”
Nawal ha padecido lo suyo después de superar
durísimos traumas. Nada más empezar a leer su biografía ya encontramos un
suceso atroz. Este fragmento es de la Wikipedia:
“A los seis años, en 1937, la daya (comadrona) le
practicó la ablación del clítoris, una tortura que marcó su vida y su obra:
Cuando tenía 6 años la daya
(comadrona) vino con una cuchilla en la mano, me sacó el clítoris de entre los
muslos y lo cortó. Dijo que era la voluntad de Dios y que ella había cumplido
su deseo. “
Esto no impidió que se convirtiese en psiquiatra,
ocupando relevantes puestos en la sanidad egipcia, durante el gobierno de
Nasser.
De 1978 a 1980 fue nombrada consejera del
programa de las Naciones Unidas para las mujeres de África (CEP) y de Oriente
Medio (CEPA).
Además es una reconocida activista
internacional por los derechos de los desfavorecidos. Su capacidad de trabajo y
entrega son admirables.
En esta excelente novela se narra la
subsistencia diaria de un pequeño clan familiar, campesinos de una aldea a
orillas del gran Nilo. Una historia en donde las mujeres toman la palabra. El escenario es uno de tantos poblados carcomidos por la ignorancia y
una brutalidad ancestral. Sumidos en la miseria mientras los terratenientes
locales y caciques de turno viven a cuerpo de rey.
Si la situación es esa… la vida de las mujeres ya
casi roza lo inhumano, sometidas a la violencia secular de una sociedad
patriarcal, sobreviven en un ambiente social que las niega sistemáticamente. Si
al alcalde del pueblo se le antoja una campesina… más temprano o más tarde
caerá en su poder, así son las cosas en su mundo.
Pero Nawal no retrata a una mujer sumisa, los
personajes femeninos de esta historia, al menos de esta familia, no se resignan a
ser meros objetos sexuales de los hombres. Son mujeres de mirada altiva, dignas
en su pobreza, sin perder un ápice de solemnidad frente a la fanfarronería masculina. Son mujeres que sostienen con valentía esa mirada asquerosa de los
hombres que las “desnudan” con los ojos, y eso les desconcierta y les confunde,
en su entorno están acostumbrados a la mansedumbre de la mujer, a que agache la
cabeza y transija en silencio su humillación.
Es impresionante el trazado de la ternura que
hace Nawal en la novela, pues si ha sido desterrada de la mirada lasciva de los
aldeanos, ignorantes y violentos, habrá que encontrarla en las mujeres, claro,
pero también en los ojos de la búfula, que diariamente acompaña en el arado a
Zakeya, tía, hermana y madre de un joven perdido en alguna guerra
incomprensible para este rincón olvidado del mundo:
"Antes de que los rayos carmesí del alba rozasen
las copas de los árboles, antes de que el canto del gallo, el ladrido de un
perro o el rebuzno de un asno horadasen la pesada oscuridad, y antes de que la
voz del jeque Hamzawi resonase en el silencio haciendo la primera llamada a la
oración, la gran puerta de madera se abrió lentamente, chirriando, con el
sonido herrumbroso de una antigua noria. Una sombra alta y recta se deslizó por
ella, avanzando sobre dos piernas, con paso firme y poderoso. Detrás suyo venía
una segunda sombra, de cuatro patas, que parecía curvarse mientras se movía con
un andar perezoso y titubeante.
Las dos sombras desaparecieron en la oscuridad
para salir otra vez de ella en la orilla del río. La cara de Zakeya destacaba a
la pálida luz de la aurora, demacrada, seria, exangüe. Sus labios estaban
apretados con fuerza, firmes, como si ninguna palabra fuese a salir jamás de
ellos. Sus grandes ojos, muy abiertos, se hallaban fijos en el horizonte y
expresaban una actitud de airado desafío. Detrás de ella la cabeza de la búfala
se balanceaba arriba y abajo, con una cara demacrada y exangüe, pero amable,
con los ojos muy abiertos, humildes, rotos, resignados a cualquier cosa que
fuese a ocurrir."
Repetir los mismos adjetivos para la mujer y la
búfala responde a la intención de situar a una y otra ante idéntico destino,
más aún, como si Zakeya y la búfala fuesen
siamesas unidas por un mismo corazón. Hay más complicidad entre la mujer
y su búfala, más verdad en sus miradas, que en las que obtendría de sus
encuentros con los hombres de este aldea rivereña.
Toda la existencia de estas gentes, hombres y
mujeres, está absolutamente dominada por la religión, la lectura del Corán.
Cualquier paso que se de sin estar ajustado a las prerrogativas de Alá… está
bajo sospecha.
El ambiente opresivo que se cierne sobre estos
campesinos se convierte en una especie de presidio para las mujeres y, a pesar
de ello, algunas rompen esos barrotes invisibles, porque no se doblegan, no
temen las miradas sombrías que pretenden intimidarlas. Así es la propia Nawal
El Saadawi.
http://www.sampsoniaway.org/blog
Otro aspecto destacable es el retrato que hace
del cuerpo policial, implacables en el uso de la fuerza sobre unas gentes
extenuadas por el trabajo de sol a sol.
Hay un pasaje donde Kafrawi, un campesino
apreciado en la aldea, buen hombre, y además hermano de la mencionada Zakeya,
es perseguido por un policía, pues tratan de involucrarle en un crimen que no
ha cometido:
“Era la cara de un policía que no expresaba alegría,
tristeza, temor ni esperanza, una cara sin sentimientos (…)
Su cuerpo también era duro y cobrizo, con brazos
y piernas que corrían, (…) o caminaban con movimientos ágiles, ondulantes e
infatigables, tan constantes y resistentes que apenas parecían humanos, apenas
parecían propios de un cuerpo de carne, huesos y sangre, sino de un robot con
miembros y articulaciones de metal."
Apreciamos como Nawal cosifica a estos policías,
matones del régimen político. Los despoja de sentimientos humanos, reduciéndolos
a algo maquinal, que funcionan por el automatismo que “otros” les han
programado. Una crítica feroz a los cuerpos de seguridad, que de “seguridad”
tenían poco.
Pasajes como éste, y otros similares en sus
obras, han granjeado múltiples problemas a Nawal con el poder establecido,
pero la escritora no ha retrocedido ni un paso.
Sí, Dios muere a orillas del Nilo para todas
estas mujeres que claman al cielo su padecimiento y solo obtienen el rumor del
río.
Pero aquí están las mujeres de Nawal, y no han
venido a este mundo para hincarse de rodillas… aunque les cueste lo más
preciado.



