P. Castillo

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miércoles, 5 de mayo de 2021

 

Ayuso



Ayuso ha sido la mejor jugadora de póquer en esta partida por el feudo madrileño, si todos iban con su farol o embuste, el de Ayuso ha sido el mejor, si todos iban con un as en la manga, el de Ayuso ha sido también el mejor.

Cuando salí ayer de mi colegio electoral, voté junto a mi mujer casi a las 19:00 h (exactamente a las 18:50), nos sorprendía gratamente la altísima participación comparada con los comicios anteriores, y muy especialmente la participación en ese sur obrero y humilde de la Comunidad, lo que alentaba mis pronósticos en favor de un resultado ajustado entre el bloque más a la izquierda y el de la derecha, con Ayuso y Vox (excluí a Cs, que ya daba por desaparecidos de Madrid).

Mi mujer y yo no somos votantes de la derecha, nuestros votos se repartieron entre la señora Mónica García, de Más Madrid, y Gabilondo, del Psoe. A ninguno de los dos nos terminaba de convencer Pablo Iglesias, aficionado también al “ruido” como los voceros de las derechas, me cansa eso de estar siempre a la gresca.

Mi desconcierto fue in crescendo al comprobar que ese ansiado voto del sur obrero, los más precarios, el de la población con las rentas más bajas, fue a la derecha, así es, lo acaparó Ayuso como demostración de lo efectivo que ha sido su discurso, magistralmente dirigido al corto plazo, a las sensaciones y emociones del momento, al hartazgo de las restricciones pandémicas, contraponiendo esas restricciones al placer de tomarse unas cañitas en la terraza, salir con los amiguetes de copeo y aperitivos, tomar unos calamares y mover el body en la discoteca, “por que nos da la gana”, y punto, decía Ayuso en un mitin. 

Y eso ha calado en el sufrido y cansado madrileño de la pandemia, sobre todo en los humildes del sur, bastante más sufridos y cansados que los del barrio de Salamanca.

Ayuso sabía muy bien hacia dónde apuntar, no era a las necesidades cruciales de Madrid con la sanidad a la cabeza; tomar unas cañitas y vermout en una terraza no es una necesidad esencial, sino a los deseos inmediatos, más viscerales y primarios, su discurso se ha elaborado apelando a esos sentimientos y emociones que brotan a flor de piel. 

Lo paradójico, siendo el PP un feroz enemigo de los populismos, es haber aupado con Ayuso uno de los discursos más populistas que se recuerdan en una campaña madrileña, y si apelar a la libertad, en plena pandemia y emergencia sanitaria, de tomarse unas cañitas porque me da la gana, reunirme con mis  colegas porque me da la gana y de bailar en la discoteca por que yo lo valgo y que se joda el virus, si eso no es populismo… entonces no sé en qué planeta habito.

Hace días me leí los programas electorales (sí, lo hago) de las formaciones en litigio, puse especial interés en las medidas en Medio Ambiente, las del Psoe estaban casi al principio del programa, eran extensas. Las de Más Madrid eran igualmente muy extensas.

Como ya intuía antes de encararlas, las medidas medioambientales de la derecha eran poco menos que una broma de mal gusto (¿Cuándo carajo le importado a la derecha los árboles, los bosques, ríos, las aves, el aire limpio, etc, etc?), el apartado medioambiental del PP de Ayuso estaba arrinconado al final, creo recordar que la medida estrella, entre lo exiguo de propuestas, era plantar 500.000 árboles, lo anecdótico es que esto ya se planteaba pues Filomena destruyó tropecientos mil.

Pero ahí no acaba la cosa, yo ya me sé eso de los árboles en mi rico y rutilante municipio, Pozuelo, feudo indiscutible de la creme de la creme pepera. Resulta que ahora van a construir la enésima urbanización de lujo en un área de gran valor ecológico, nada menos que Montegancedo, arrasarán miles de Pinos centenarios, encinas y otras especies arbóreas, de hecho lo harán más pronto que tarde pues el proyecto se aprobó. Esto de arrasar grandes masas forestales para levantar urbanizaciones elitistas que solo una minoría puede permitirse ya es practica antigua en mi municipio.

De nuevo el ladrillo, ladrillazo por aquí y ladrillazo por allá, esa manera de enfocar que tiene el pp las políticas municipales, en cuanto ven zonas agrestes y boscosas, campos idílicos, sus ojos los transforman en apabullantes urbanizaciones, complejos turísticos y centros comerciales, por cada pino centenario o encina ven en sus bolsillos  “money” contante y sonante. Eso de observar volar milanos negros, reales, alcaudones, etc, es para cuatro estúpidos románticos, eso no da un euro, a ver si os enteráis, el progreso es otra “cosa”.

He ahí la trampa, Ayuso plantará 500.000 árboles y dentro de unos meses, con el beneplácito de su alcaldesa del PP, se arrasarán  650.000, me salen números rojos medioambientales.

El progreso, (sacrosanta palabra) en la derecha consiste en llenar de cemento y contaminación áreas en donde antes había naturaleza, vida animal y aire más o menos respirable. Se elimina a los productores de oxígeno para sustituirlos por productores de contaminación, eso siempre estuvo en las políticas de la derecha, no me invento nada.

 

El pueblo madrileño ha elegido.

Han considerado que lo primordial ahora es tomarse unas cañitas en la terraza, mientras calienta el solecito primaveral, y luego por la tarde, porque me da la gana, me echo un bailecito.

Y todos gritan Libertaaaad, como el William Wallace de Brave Heart, todo muy cinematográfico.

Respirar veneno en la Gran Vía madrileña ahora no es importante, estamos en otras cosas, los jóvenes franceses que acuden al reclamo de la fiesta madrileña lo saben bien, lo que importa es el ahora, y mañana a otra cosa mariposa.

 ¿Y el medio ambiente?

¡Pero si están los campos verdísimos y llenos de flores!, piensan tantos madrileños con su tapa de calamares y cañita en las manos, qué grande es Ayuso dicen al sol de la terracita primaveral, mientras degustan una ración de patatas bravas.

Por cierto, hoy no hay una sola nube por aquí, parece que han puesto pies en polvorosa…

 





lunes, 3 de mayo de 2021

 

Murallas en el cielo


Viernes 30 de mayo.

 

Ayer escuché en la radio que el día estaría nublado (el viernes pasado), lo cierto es que ha lloviznado por la noche, pero al salir hacia el colegio con mis hijas y mi mujer, teníamos un perfecto cielo primaveral, un azul limpio, aunque se veía amenazado por el avance de unos espectaculares cumulonimbos, unas nubes muy fotogénicas.




Fotos, Paco Castillo

Una vez en casa, ya solo, después de que Araceli saliese a su trabajo, me he tomado un descafeinado, hace un tiempo que lo tomo sin cafeína por una medicación… pero no es lo mismo, he preparado mi cámara de fotos y he cogido un libro, presto a salir fuera.

He regresado hace nada de un paseo campestre.

Suelo ir mucho a unas eras solitarias de gente, que no de vida, son de vegetación humilde, retamas sobre todo, pero a cambio ofrecen ese aspecto primaveral de alfombras multicolores, aunque suene cursi es una veraz comparación, si las miras con ojos entrecerrados, provocando el abigarramiento cromático, parece uno de esos cuadros impresionistas que Vincent Van Gogh pintó en Arlés. Por cierto, tengo una biografía de Van Gogh y me remitiré a su principio más abajo.


Foto, Paco Castillo

Las praderas que frecuento están situadas a sotavento respecto a la sierra madrileña, esto quiere decir (sotavento) que estoy en el lugar opuesto de donde viene el viento, a partir de un enclave determinado, en este caso la sierra de Guadarrama, así que a primeras horas sientes una brisa serrana y fresca sobre el rostro, suavizada por el clima más cálido de esta época. En invierno, paseando por aquí y en un día claro, he visto llegar copos de nieve arrastrados por el viento de barlovento desde la sierra, mientras el cielo estaba azul radiante, extraña visión.

 

No es lo mismo una caminata en el despuntar del día que a últimas horas de la tarde. Por la mañana temprano la luz solar es diferente, aún está desperezándose, los sonidos del campo son diferentes, destacan los trinos de los mirlos, más madrugadores que otros pájaros, o tal vez sea el armonioso poderío de su canto, que parece enmudecer al resto, excepto a las urracas… pero éstas no cantan, solo graznan, del mismo modo que hacen muchos políticos, graznar, fenómeno que nada tiene que ver con Aznar, o igual sí.

Aunque a medida que avanza la mañana van cambiando las tornas y los jilgueros, vencejos o golondrinas acaban imponiéndose.

Foto, Paco Castillo

Esto dice la reconocida compositora finlandesa, Kaija Saariaho (1952) respecto a la música:

“El canto de los pájaros en los bosques finlandeses en mi infancia es la música más bonita que he escuchado.”

El olor campestre también es diferente, todo amanece acariciado por el rocío y te embriaga el aroma a flores frescas.



Fotos, Paco Castillo

Y si además ha llovido verás los espigales engalanados con las gotas de lluvia, como si estuvieran enjoyados con perlas, igual que las telarañas y las gotitas prendidas de los hilos, que vistas a cierta distancia parecen las gargantillas de una vieja condesa… no sé si la condesa también será viuda negra, como la despiadada araña, la única vida social de esta araña tiene lugar en el apareamiento con el macho, y una vez que éste ha “cumplido” será devorado por su amante.

La violencia de género siempre ha existido en la Naturaleza, y lo singular es que se presenta como el reverso de lo acontecido en las sociedades humanas, en el ámbito natural generalmente el macho es quien resulta devorado, sobre todo al realizar el acto sexual.

El macho de la mantis religiosa es despezado por la hembra, a veces incluso cuando está todavía copulando… depende de lo religiosa que en ese momento esté la compañera mantis, no me negaréis que su religiosidad tiene mucho morbo.

Ignoro si estas leyes de la Naturaleza son un acto de justicia poética. 

Todo tiene su anverso y reverso.

Al iniciar la caminata tenía un par de intenciones claras; ver a mi colega, un cernícalo primilla que  además sé donde anida, pero obviamente no lo molesto, y un milano negro, ambos suelen sobrevolarme cuando incursiono por las praderas, ya de un verde intenso salpicado con los colorines de las flores; amapolas, margaritas, verbenas, aguileñas, alisos, arvejas, campanillas, malvas, centellas, genistas, jaras, etc, etc.


Foto, Paco Castillo

Bueno, estaba con mis amigos alados. Los dos llegan cada primavera desde África y, asombrosamente, lo hacen sin la condición de refugiados. Será que tienen permiso divino; “los mensajeros de los dioses” , tal cual señalaba Eurípides a los pájaros.

Me gusta mirar al cielo, lo observo mucho, tal vez engañándome por pensar que ahí arriba no existen refugiados ni murallas… pero murallas hay, no las han construido porque materialmente es imposible, pero han redactado en un documento oficial que ese cielo de arriba tiene propietarios.

Y si no que se lo digan a aquel adolescente alemán, Mathias Rust, que allá por el 87 aterrizó con una destartalada cesna nada más y nada menos que junto a la Plaza Roja de Moscú, burlando todo el espacio de defensa de media Europa, incluida la casi inexpugnable muralla aérea del Kremlin, una inocente aventura de Mathias que le pudo costar la vida. Lo pagó con un año de cárcel en Moscú, poquita cosa para lo que todo el mundo esperaba.

Lo fascinante es que el propio Gorbachov se frotó la manos de satisfacción con esta fanfarronada del adolescente alemán. Lo aprovecharía para deshacerse de un nutrido grupo de militares y funcionarios, culpables directos de este grave descuido, que además eran indisimulados opositores a la Perestroika de Gorbachov y su apertura a la democracia y al mundo… vaya con la broma del mozalbete alemán y lo que esta supuso para la geopolítica mundial, escribió en el cielo con su cesna una nueva realidad.

Somos lo más, como no podíamos construir un muro en el cielo lo hemos levantado sobre un documento que lo representa, somos grotescos a más no poder.

Los pájaros, como mis colegas el cernícalo y el milano, son libres para volar en esos cielos prohibidos, ya dijimos que ellos no tienen condición de refugiados.

Las nubes igualmente tienen libre acceso.


Foto, Paco Castillo

A golpe de talonario se puede vallar el cielo, o incluso comprar la eterna juventud. Michael Jackson lo hizo, se compró una carísima cámara hiperbárica para permanecer “forever young” (joven para siempre), que dice una canción. Y a fe que lo consiguió, murió aún joven. Ya es eternamente joven.

Me llevé también un libro al campo, “La vida de un inútil”, de Joseph von Eichendorff, otro escritor del romanticismo alemán que he estado ojeando después de Novalis.


La novela de Eichendorff arranca con una escena protagonizada por gorriones sobre el tejado de un viejo molino (tengo la impresión de que los molinos siempre fueron viejos), y la nieve deslizándose por el tejado de éste… otro mundo.


A este paso mi blog se va a convertir en un santuario para los gorriones, ya que menciono el molino y los gorriones de Eichendorff, sabed que en el campo la subespecie de gorrión predominante es el gorrión molinero, mira tú por donde.

Los gorriones copan muchas “portadas” y letras por aquí. A veces de tanto observarlos creo que se producirá una transmigración; los gorriones cada vez se parecen más a mí, acabarán leyendo a Delibes (que también los escribe en sus novelas), y yo terminaré siendo uno de ellos, calentándome con un tibio sol invernal sobre un desvencijado molino, y simplemente leyendo las nubes y el cielo.

Una de mis hijas, Izaskun, alimentando a los gorriones en el Parque del Retiro, Madrid. Foto, Paco Castillo.


Ahora es domingo por la tarde (aunque leeréis esto el lunes), el cielo ya está algo ajado, maleado, no tiene esa virginidad matinal. Desde mi ventana se escucha el arrullo de una paloma que no veo, y el piar de unos gorriones, como no.

Las tardes del domingo por aquí son calladas y las calles se ven despejadas, sin gentío. Pero a un kilómetro escaso de mi puerta, está esa campiña que os he contado, ese óleo de Van Gogh, ahora os muestro el comienzo de su biografía que os refería por arriba:

«Si hubiera alzado la voz desde el principio, en vez de callarme en todas las lenguas del mundo», gritaba Van Gogh, de quien no se sabe si fue un pintor, un grito o la soledad misma (…)

Si estoy en lo cierto, los únicos gorriones que pintó Van Gogh fueron unos muertos.


Cuadro gorriones muertos


Por el contrario, en sus últimas semanas con vida, pintó al oleo unos cuervos que volaban sobre un trigal de Arlés al atardecer, cuando la luz del sol ya había muerto, y bajo un violento cielo que presagiaba la inminente tormenta.



Eso sí, no receléis de los cuervos, el dios nórdico Odín portaba dos sobre sus hombros; Hugin (el Pensamiento) y Munin (la Memoria), que volaban por el mundo para traerle noticias. 


Foto, Paco Castillo


Pero siempre temía que no regresasen, especialmente Munin… la Memoria.














domingo, 11 de abril de 2021

Encontrar o perder…


Muchas veces suelo iniciar el fin de semana con una sesión radiofónica matinal, concretamente con el siempre brillante Javier del Pino pilotando “A vivir que son dos días”. Los domingos le acompaña uno de sus invitados fijos; Juan José Millás, el escritor lleva ya unos años aderezando las primeras horas del domingo con Javier del Pino. Me gustan los ingeniosos comentarios de Millás, sazonados con variadas anécdotas personales de lo más jugoso, sumado al aliciente de su habilidad para mezclar ironía y humor.

Hoy ha comentado una cosa que me gustó sobremanera; recomendar a la gente empezar la mañana con un poema, de tal suerte que las meigas podrían confabularse para dar sentido al día mediante el poema.

Más tarde Millás relataba a los oyentes una visita, acompañado de otra colaboradora, a una oficina de objetos perdidos, y hacía una puntualización curiosa; en Cataluña estos locales se denominan oficinas de “objetos encontrados”, y señalaba Millás con buen criterio que le parecía más acertada esta denominación, puesto que esos objetos han pasado de perdidos a hallados por otra persona y llevados allí. Y además, continuaba, encontrado tiene una connotación positiva, al contrario que perdido.

Me pregunto si ahora los que están perdidos son esos dueños de los objetos hallados.

Igualmente señalaba el escritor que esas personas que encuentran los objetos perdidos y los llevan a la oficinas pertinentes, muchos sabedores que pasado un periodo pueden reclamarlos, son los llamados “trovadores”, así se les conoce en este ámbito.

Pienso en aquellos que recuperan nuestros recuerdos, por ejemplo una madre, un padre, la abuela, un amigo de toda la vida que te cuenta una vivencia compartida ya olvidada, u otra experiencia reseñable protagonizada por ti en la que nunca habías reparado y te sorprende cuando lo cuenta tu abuela.

Obviamente estas personas cercanas se habrían ganado con justicia el título de “trovadores de recuerdos”.

En otros casos uno desea que ciertos recuerdos no se crucen con su trovador, que permanezcan perdidos para siempre…

Después se dio paso a un biólogo, apuntaba a  algo muy relevante, pero que muchos considerarán insignificante, eso es lo grave.

Decía que desde 1990 han desaparecido el 40% de las mariposas…increíble. Y lo triste que es pasear por una pradera florida y apenas avistar mariposas, como si fuese un desierto biológico, matizaba el científico.

Aunque si no me equivoco peor es la situación de los gorriones en las  grandes ciudades europeas, hasta un 60% de la población ha desaparecido.


Mariposas de la col. Foto, Paco Castillo


Gorrión. Foto, Paco Castillo


Ah, no puedo ignorar el excelente consejo de Millás, acudo a Novalis, fácil mi decisión pues lo estoy catando estos días primaverales, lo que no deja de ser una contradicción; Novalis, como buen poeta del romanticismo, amaba las tinieblas de la noche, ese reino de oscuridad tan distante del esplendor y la luz primaveral.



Bueno , ahí va este bellísimo 
fragmento.


¿Qué es lo que nos retiene aún aquí?

Los amados descansan hace tiempo.

En su tumba termina nuestra vida;

miedo y dolor invaden nuestra alma. 

Ya no tenemos nada que buscar -

harto está el corazón - vacío el mundo.

domingo, 21 de marzo de 2021

 

Las sombras se equivocaron de dueño. Miquel Cartisano (Barcelona, 1953).

Editorial Emboscall. Colección Moment Angular, primera edición, 2017.

Una mañana otoñal en el parque, con mi hija pequeña, Itziar. Foto, Paco Castillo.


Escribí la última entrada a mediados del otoño, un 5 de noviembre, cuando los lirones ya están acurrucados en algún viejo tronco guarecido por la hojarasca, esperando ese renacimiento que promete el equinoccio primaveral.



Y, mira por donde, recién estrenamos la primavera, bonita palabra, comenzó ayer 20 de marzo.

Atrás quedó el hostil invierno de Filomena. Así es, un invierno atiborrado de nieve como sacado de una novela rusa, de los “Cuentos del Don” de Mijaíl Shólojov, que estuve ojeando hace unos días (el Don es un río que cursa por la Rusia Occidental, y con mucha historia). Aunque según los entendidos es Turguéniev el mejor “paisajista” de los literatos rusos.




Cuando mi hermano Óscar y yo éramos pequeños, y nuestra madre nos mandaba a la “piltra” al poco de cenar, uno de nuestros entretenimientos favoritos, tampoco había mucho donde elegir allá por los 70, era hacer sombras chinescas en la pared de la habitación.

Teníamos una lámpara algo estrambótica, semejante a una medusa… me parecía. La luz no era para tocar palmas, ese tono amarillento febril, aunque la bombilla era inextinguible, eso sí. 

Pero eso era todo lo que mi hermano y yo necesitábamos como escenario de nuestra diversión y comenzar la sesión chinesca.

Se supone que siendo el mayor el maestro era yo, haciendo palomas, conejos, cocodrilos, vacas, etc. Óscar hacía sus intentos, claro, pero le salían animales que, de existir, nadie los vio jamás excepto él… dejémoslo ahí.

Con mis hijas, foto Paco Castillo

Al final Óscar acababa mirando fascinado mis figuras. Y así, una noche y otra entre ilusiones infantiles y palomas de vuelo torpe, mi hermano iba cerrando sus ojos lentamente y yo los míos, acaso abriéndolos a otro mundo no menos seductor.

En este caso, puedo asegurar que las sombras no se equivocaron de dueño o, matizando más, de lugar; los conejos, las palomas o los zorros… estaban donde tenían que estar, abriendo las puertas a nuestros sueños. 

He querido arrancar el comentario de la lectura con este recuerdo guardado en mi “arcón”; las sombras, pues mi estimado Miquel Cartisano titula su libro:

“Las sombras se equivocaron de dueño”.

Adentrándome en su escritura voy averiguando subyugado porqué allí las sombras se equivocaron.

En la barraca o chabola que lo vio nacer (las barracas de Can Valero Petit, Montjuïc) ni siquiera había luz eléctrica, aunque fuese una bombilla mortecina para levantar el telón y ver una sesión de patos o zorros en la pared, como las que yo proyectaba y contemplaba junto a mi hermano Óscar.

“Mi madre y yo vivíamos en una chabola. (…). Los barrios de chabolas no se significan por lo que tienen, lo hacen por aquello de lo que carecen. No había agua corriente, solo una fuente y la mayoría del poblado carecía de luz eléctrica. Ni había colmado, ni colegio, ni números en las viviendas.” 

(Las sombras se equivocaron de dueño, Miquel Cartisano.)



Puede que muchas sombras de su infancia se equivocasen de dueño, de lugar, o que esos conejos y palomas sombreadas no quisieran estar allí, entre escaseces, con poco que llevarse al buche. Se le escaparon muchas sombras, como la huidiza de su padre. Pero no todas le abandonaron, algunas atrapó, o le atraparon para el tiempo que haya decidido la vida, como la de esa compañera de viaje con la que formó familia y a la que dedica su escrito.

Miquel condensa toda una vida en esta breve obra, lo que resulta muy meritorio. Lo logra porque el tono de su escritura y las palabras que asisten a su historia son las que tienen que ser, no precisan elevarse sobre nada… porque están pegadas a su vida.

Valga este magnífico ejemplo de la amistad, que me encanta:




Como no podía ser de otra manera, nos encontramos con una figura primordial, la de su madre, mujer que no puede evitar la zozobra anímica de esa realidad ingrata con la que brega a diario, persona de firmes convicciones anarquistas, y que no cejó hasta salir con su hijo de las chabolas e instalarse en el Raval tras el esfuerzo de sus interminables jornadas dedicadas a la costura, y el salario que aportaba Miquel en los oficios que iban surgiendo, sin perder nunca el horizonte de una formación académica. 

Y vaya si lo consiguió. Aquel chaval de los arrabales, que observaba a los gorriones adentrarse por los huecos de la chabola intentando esquivar las lluvias y el frío, llegó a estudiar Pedagogía, Teología, Historia del Arte (inconclusa) y hasta hoy sigue con su carrera de Filosofía. Un Humanista en toda regla.


Creció en la Cataluña del tardofranquismo, esa donde los charnegos abrían zanjas sobre una tierra endurecida y fea, para convertirla bastante después en lustrosas avenidas que han transitado ciudadanos de todo el mundo. Hay mucho sudor y sacrificio bajo esos adoquines, muchos sueños frustrados de tantos extremeños, murcianos, andaluces, zaragozanos, gallegos… que se dejaron la piel para la gloria de Cataluña.

Todo eso lo cuenta Miquel con un tono entrañable que no melifluo, no edulcora ninguna vivencia, sencillamente por que ni con toneladas de dulce borraría la memoria sombría de tantas penurias padecidas. 

En el libro de Miquel he descubierto como ha ido encontrando sombras que de niño nunca le quisieron, he visto sus correrías que también, muchas en cierta manera, eran las mías.

Memorables sus andanzas con el Mochuelo, el Pata Palo, el Grabao y la hermana de éste; la Azucena, esa chiquilla por la que Miquel bebía los vientos en sus años mozos pero que, en cuanto tuvo edad, huyó espantada de aquella Barcelona arrabalera y gris, en blanco y negro, tal y como narra nuestro amigo. Los demás allí quedaron con distinta suerte.

Decía por arriba que aglutina toda una vida, y es curioso, ya que en gran medida nos relata su infancia y el inicio de la juventud, pero con el transcurrir del tiempo, ¿acaso no seguimos siendo aquel niño que va percibiendo el envejecer de su cuerpo?

Y esas palabras suelen tener raíces profundas como las del pruno y los fresnos que admiraba desde la ventana de mi habitación siendo chico.

Me impresionaba el paso de las estaciones mediante la observación de los árboles, de sus estampas cambiantes. De algún modo percibía el tránsito de mi existencia en el color mutable de sus hojas, y de las que se alejaban desprendidas por el viento, como tantos de nuestros recuerdos que se van quedando en el camino.

Eso es el libro de Miquel Cartisano, un árbol que ha ido creciendo al unísono de tu infancia, y adviertes en su presencia la tuya propia. Salvando distancias, he visto la vida pasar, la vida de verdad, en las líneas de Miquel, no podría haberme ofrecido algo mejor, no quería que me ofreciese otra cosa más que esa.




He descubierto lo que tenía custodiado entre sus líneas, lo que yo anhelaba ver, la vida dentro de un libro, y cuando eso acontece, no estas leyendo un libro… estás compartiendo la vida con él.




"En las barracas, los reyes magos siempre fueron poco espléndidos.

Traían poco. Siempre de una talla mayor, y generalmente sin envoltura que denotara que lo que uno se iba a poner no hubiera estado ya utilizado. Pero los chavales éramos agradecidos. Todo nos parecía nuevo, y si no, lo disimulábamos tan bien que hasta nuestros padres, quien los tuviere, pensaban que nos habían engañado.

Siempre fuimos unos viejos con pantalones cortos."

Las sombras se equivocaron de dueño (Miquel Cartisano)

jueves, 5 de noviembre de 2020

 

Dominique (1863). Eugène Fromentin (Francia, 1820 -1876)

Libro. Editorial Bruguera Libro Amigo. Primera edición, 1984. Traducción de Emma Calatayud. 253 páginas.


Primavera en los alrededores de casa. Paco Castillo


No me prodigo mucho por el blog, quizás siga el camino del otro que tengo (El musgo escondido), dormitando, quien sabe. 

Van apareciendo circunstancias personales, también prioridades relacionadas con mis hijas, sobre todo la pequeña y su terapia logopédica que inicia una fase importante, y en lo que yo y mi mujer somos necesarios, cuestiones que me van distanciando del blog, pasando a ser un asunto bastante menos relevante para mí. 

C'est la vie, diría E. Fromentin como buen francés.

Aunque en mi perfil ponga 2009 como fecha de estreno en esto de los blogs, lo cierto es que ya llevo con ello desde enero de 2006 (con otro blog por ahí perdido) también sobre libros, reflexiones, etc. Eso sí, nunca cierro las puertas de ninguno.

Vamos al libro. A pesar de ser una estupenda y corta novela, me he eternizado con ella desde la primavera hasta comienzos de septiembre, por motivos varios.

Había apostado todo a que la acabaría en mi adorada costa asturiana, escenario ideal y  nuestro refugio veraniego desde hace ya mucho.


En la costa asturiana. Paco Castillo


Sin embargo tuve escaso éxito. Me levantaba sobre las 8:00 am para aprovechar una hora de lectura, hasta que se levantasen mis hijas, pues una vez en pie ya estaban entusiasmadas por hacer mil cosas.

Despuntando la mañana abría una ventana con la idea de leer aspirando el frescor.

Pero, una vez sí y otra también, lo que me encontraba era un bonito ejemplar de águila ratonera justo en frente… y ante eso la lectura del libro no era mi prioridad. Contemplar la bella estampa del ave, sí, sin dudarlo.

Foto, Paco Castillo. Asturias 2020.


Lo primero que suele aparecer en la biografía E. Fromentin, no es su condición de novelista, sino su formación como pintor, después la de crítico de arte, y al final la literatura, dedicación mucho menos presente.

Se trató de un artista admirado en su época, con el favor de la crítica y el público, llegando a exponer en el exigente Salón de París.

https://www.canvastar.com/en/eugene-fromentin-falcon-hunt-in-sahara

Lo singular es que solo publicó esta novela, y para asombro se descubrió como un poderoso escritor. 

Sin embargo no es es extraña esa potencia literaria, ya que sus tratados sobre pintura flamenca (ahí sí desplegó su escritura), como crítico experto en Rembrandt y Rubens han sido resaltados por ser de los más originales y bellos que hay.

Respecto a la trama de la novela, me parece bien traído este fragmento de la web ecured, es breve y explícito, muy oportuno para la ocasión:

 “De los textos solamente Dominique (1863), pese a su carga autobiográfica, pertenece al ámbito estrictamente literario. El protagonista de esta novela es el huérfano Dominique de Bray, educado en el campo por su vieja tía y un joven preceptor. Sensible y soñador, se enamora en la adolescencia de una prima de su mejor amigo, Magdalena (Madeleine en mi edición), que acaba casada con otro hombre. La historia de este amor, que nunca llega a la plenitud por el sometimiento de sus protagonistas al sentido del deber, se prolonga durante muchos años, hasta la madurez de los personajes.”

Fuente: https://www.ecured.cu/Eug%C3%A8ne_Fromentin

Leo en la solapa un aspecto que captó mucho mi atención inicial, apuntando al análisis psicológico en relación a la historia de amor (es un “no amor”).


Foto, Paco Castillo

Se compara esta obra con Adolphe, de Benjamin Constant, yo leí esta maravillosa novela hace pocos años y la comenté en el blog (junio de 2015). En mi humilde opinión… creo que Adolphe está en el olimpo de las obras maestras (incluso así lo pensó Ortega y Gasset, que le dedica nada menos que un capítulo en “El espectador”, yo mismo lo he leído). Dominique es una excelente novela, pero no la pondría a la altura de una obra maestra como Adolphe.


Foto, Paco Castillo, 2015

 “Domique” es una novela autobiográfica en buena medida, el tema no es nuevo (ningún tema tratado en literatura fundamentalmente humano lo es), pero para eso está el talento del escritor, sabiendo como seducirte con el arte de manejar palabras. 

Poco importa al final lo verídico o lo ficticio, lo determinante es como la historia se ha ido cobijando y creciendo dentro de cada uno.

Hay pasajes conmovedores, por ejemplo describiendo la serenidad de los días otoñales en la madurez de Dominique, retirado en su residencia rural. El otoño es la estación reinante, quizás indicio del carácter taciturno del autor.

En la descripción de la campiña francesa, junto al mar, se hace evidente la habilidad pictórica de Fromentin, una mirada acostumbrada a captar las sutilezas del paisaje y el paisanaje, y plasmarlas al lienzo. Todo eso lo traslada con eficacia a la novela. Un pintor se alimenta de la vida a través de su espíritu contemplativo, se pausa y admira lo que hay. Tiene una prosa es elegante, como Oscar Wilde.

El significado que adquiere el mar ante la presencia de un escritor es un detalle que me atrae sobremanera (por ahí tengo a Auden con su Iconografía romántica del mar). Encuentro en esos fragmentos una transfiguración fascinante de nuestra propia alma, a veces emergen revelaciones íntimas mirando al mar, o al cielo, a una obra de arte, con la buena literatura…




No existe un intento de explicación más intenso de ti mismo que una noche silenciosa mirando a las estrellas.

La historia gira, principalmente, en torno a dos personajes centrales; el joven Dominique y la prima de de su mejor amigo, Madeleine.

Su amigo es Oliver, en cuya casa pasa largas sesiones mientras ambos estudian en París, son compañeros de clase. Madeleine también reside en la bonita residencia en la que vive Oliver.

Dominique va sucumbiendo sutilmente, no de manera muy pasional al principio, a la presencia tranquila de Madeleine, a su encanto discreto. Dominique es algo más explícito en cuanto a sus sentimientos, aunque sin manifestarlo con vehemencia. Madeleine, siendo una mujer sometida a la moral de su época, es mucho más reservada en mostrar síntomas de su atracción.

El caso es que Dominique irá entrando en un juego de seducción con Madeleine, pero nunca atraviesa ciertas líneas… y el joven tiene la impresión de que Madeleine tampoco quiere que las cruce, que no tiene el asunto claro, ella se conforma con el coqueteo inocente, sin más.

Foto, Paco Castillo

Todo queda en ese juego, a veces un tanto ridículo, reprimiendo el deseo de ambos. Transcurre el tiempo entre sus estudios y las salidas con Oliver por los teatros y cafés parisinos (ainns, la vida cultural de entonces). Su gran amigo posee una personalidad arrolladora y vital, aunque también egoísta, no cuesta detectar que Oliver es el antagonista de Dominique, y esto propiciará magníficos pasajes dialogados, en donde la confrontación psicológica, amistosa en términos, es sumamente interesante.

Esa confrontación psicológica también se dará con Madeleine, pero sin ahondar demasiado, pues ella y él nunca tienen la complicidad suficiente, como sí sucede con Oliver. 

Dicho esto podemos concluir que estamos ante una historia de amor que pudo haber sido pero nunca fue, hecho que suele convertirse en una rémora adosada a las vidas de los afectados.

Dominique quedará marcado para siempre por esa experiencia inconclusa que contará en la madurez, frente a un anfitrión que lo visita en la apartada residencia rural, entre sus viñedos y el sonido del mar cercano adentrándose por la ventana, observando los ágiles movimientos de los petirrojos otoñales.

Dominique ha rehecho su vida, tiene esposa e hijos, jóvenes  aún.

Pero cuando se retira a la soledad de su escritorio, entre papeles desordenados y libros viejos, no deja de mirar por la ventana con semblante perdido, escuchando el mar y mirando sin mirar a los petirrojos. Y con el brillo de la melancolía en sus ojos, un frío le recorre el cuerpo, por lo que anheló que fuese… pero nunca fue.


Foto, Paco Castillo



 


viernes, 25 de septiembre de 2020

 

Y me cazó el virus…


Tenía pensado asomarme por aquí el pasado 22 de septiembre por dos buenas razones que al final se fueron al traste; la primera (no importa el orden), comentar la llegada del otoño, algo especialmente jubiloso para mí. La segunda por ser mi cumpleaños (53), fecha que como habréis notado coincide con este equinoccio.

De hecho mi cumpleaños tiene una atractiva peculiaridad,  cada año es, o bien el último día del verano o el primero de otoño. Esta vez ha sido el primero del otoño, el pasado fue el último del verano... y así cada temporada, lo de renovar, lo cíclico, es consustancial a mí, tengo algo de cigarra.

Pero la realidad a veces se presenta con una hoja de ruta para ti que ni remotamente habrías imaginado, y aún menos deseado.

Esa mañana del 22 estaba “raro”, tenía escalofríos, malestar general, febrícula (37 y pico, a veces 38), un poco de tos, cansancio, aunque sin ser inhabilitante. También soy un tipo muy resistente.

Ante el sombrío panorama, llamé a mi hermana para que recogiese a las niñas, mejor que con mi madre, y mandé un whastapp a mi mujer que estaba en el trabajo. Almorcé, ya que era más de mediodía y rápidamente fui a urgencias de Puerta Hierro en Majadahonda, lo tengo muy cerca.

Soy paciente de riesgo, un tema oncológico ya lejano, del 2011, con su correspondientes sesiones de quimioterapia (6 meses) y demás tratamientos, que allí se quedó. Acudo a las pertinentes revisiones anuales. Sin señales. Nunca me alteró el ánimo y daba una absoluta apariencia de normalidad que dejaba asombrados a familiares y amigos, pero tenía muy claro como afrontarlo, si yo mostraba normalidad y buen talante, eso se contagiaría a quienes me rodeaban, y así fue, ahí me apunté una gran victoria.

Seguimos. Debido a este historial clínico, lo prudente era dirigirme raudo a urgencias del hospital.

Estuve desde las 16:00 hasta las 23:00 en la sala para enfermos y sospechosos Covid, me hicieron analíticas, placas (afortunadamente no había neumonía) aunque si cierta infección respiratoria, y por último la pcr ya cerca de las 23:00.

Estuve con otras personas, algunas con muy mal aspecto (un chico de unos treinta años sentado en una silla de ruedas, exhausto y sudoroso), todos relativamente jóvenes, conscientes de tener el maldito virus en el cuerpo, igual que yo. Por fortuna este hospital no es de los que están en riesgo de colapso, como ocurre en otros de la CAM.

Así, con una vía en vena (paracetamol), fue mi jornada de cumpleaños, solo en la sala de espera Covid, como el resto.



Al día siguiente me confirmaron el positivo. Ninguna sorpresa dados los síntomas.

Al menos mi caso no es de hospitalización, a recluirse en mi habitación, tomar los antibióticos prescritos y esperar.

Ya digo que, a pesar de ser paciente de riesgo, soy una persona fuerte. Mi oncóloga bromeaba sobre la posibilidad de proponerme para un estudio, pues no conocía a nadie en el hospital que tras una sesión de quimioterapia (eran 5 horas por la mañana en lunes alternos) se fuese a caminar 8 kms por la tarde, el martes tenía bajonazo y descansaba, pero el miércoles ya empezaba a mejorar, y jueves y viernes directamente me iba a correr unos 10 kms cada vez… a trote muy lento. Ella, sin olvidar toda prudencia para conmigo, me soltaba: chico… si te lo pide el cuerpo, pues “palante”.

He sido muy deportista toda la vida, de enormes desafíos, eso me ha ayudado a pasar grandes dificultades con el ánimo a prueba de bomba.

Lo mismo me daba por subir tramos de los Andes corriendo alegremente.


Asciendo a la carrera  por la montañas andinas, Perú.

Atravesar países a pedaladas.

En esta ocasión por Finladia


O carreras de larga distancia por las montañas de aquí, competiciones de esas que te tiras varias horas corriendo 50 o 60 kms por riscos rompepiernas, magníficos recuerdos de las carreras de la Copa de Hierro madrileña (Federación de Montaña), y además hacía buenos puestos.


 



Ahora ya estoy más relajado, pero desde muy joven me he machacado de lo lindo.

Aquí más jovencillo, practicando boulder.
.

Una sesión de alpinismo.

Saco todo este pasado deportista a colación porque me ha proporcionado lecciones muy valiosas a lo largo de mi vida, y ahora con esto del virus y antes con lo oncológico, siempre las tengo presentes.



Con la impagable ayuda de mi cuñado (una especie de cocodrilo Dundee en su región), abriéndome paso por la “ceja de selva” amazónica, Perú.

 

Y de nuevo corriendo por mis adoradas montañas…





Me he vuelto tarumba pensando donde y como me ha cazado el coronavirus; no me desplazo a ningún lugar de trabajo, no necesito usar transporte público, me relaciono con poca gente, disfruto la soledad… aunque no soy antisocial. Suelo pasear largo tiempo por el campo, siempre solo. Si tengo que hacer cosas por mi localidad jamás me quito la mascarilla y siempre con el gel hidroalcohólico a cuestas.

En fin, ya que más da, viendo la desastrosa situación en Madrid, la pregunta de moda no es donde ni como… sino cuando te tocará a ti.

No he visitado la blogosfera últimamente. He dudado hasta el último segundo en publicar esto, me da pudor mostrarme con este tipo de intimidades. Sin embargo considero que es una experiencia valiosa para compartir. Y, como no, repasar este periplo deportivo de mi vida, porque le ha dado mucho sentido a la misma, y en estos momentos me mantiene con una actitud estóica ante el infortunio.

 

Ojalá esto sirva positivamente para alguien. 


Y nada más, bueno sí… este vídeo va por ti, jodido virus, a ver por donde atacas a todo este mogollón, ¡so cabrón!:

Born to be alive... no os lo perdáis