domingo, 19 de febrero de 2017

Príncipe. Ib Michael (Dinamarca, 1945)

Libro. Editorial Salamandra, 2002. Traducción: Juan Mari Mendizabal Sarasua. 314 páginas.



Arranco con un fragmento, de la sinopsis en la contraportada, para situaros:

“A comienzos del siglo XX, en un hotel situado en un pueblecito de pescadores de la costa danesa, Malte, un niño de doce años nacido con el cambio de siglo, huérfano de padre y proveniente de la ciudad, despierta a la libertad del verano. El ambiente del pueblo, con sus barcas de pesca, la playa, el faro y los demás habitantes de la casa de huéspedes en la que ha sido acogido por su dueña, crean un ambiente de mágica ensoñación y transforman a Malte en un ser excepcional, un “príncipe”  dotado de una rica imaginación, debida  en parte a su recién descubierta afición por la lectura.”




He acabado este libro aferrado a una certeza, volveré a leerlo con el tiempo. No, no lo voy a releer, lo voy a revivir. Un libro así no se lee, se vive.

La escritura de Ib Michael es tan bella que casi provoca dolor, pues el rictus de embelesamiento en el semblante permanece inalterable hasta la última palabra que cierra la historia. Si los cuarenta y tantos músculos de la cara se torsionan ante tal despliegue de belleza, pues lo bello duele, pero su efecto embriagador inocula cualquier malestar.

Procedente la tundra ártica, un enorme iceberg naufraga sin destino por el mar del norte…

Así nace esta historia.

Y como si de repente tú mismo fueses el único ser en la inmensa soledad del polo, estás ahí, eres testigo del momento culminante en el que todo se originó, nadie más en la tierra lo ve, sucedió así…

“Todo empieza envuelto en la niebla. En lo más alto del globo terrestre, donde nadie lo ve, el hielo se resquebraja y el estruendo resuena en los blancos fiordos. Entre los témpanos aparece el azul del mar, y la noche, ese medio año durante el cual el sol ha estado bajo el horizonte, ha terminado.

El borde del hielo cruje y las grietas se suceden unas a otras cuando una montaña de cristal, del tamaño de un palacio de cuento de hadas, con sus torres, espiras y ventanas, que ha estado largo tiempo cubierto por la nieve, se desgaja y se hace a la mar entre vientos ululantes.

El largo día ha vuelto.

El palacio se mece rumbo al sur, sacudido por la tormenta, que pule sus facetas hasta dejarlas relucientes mientras las torres se afilan como leznas y gotean bajo un sol que se eleva en el cielo, cada día un poco más.

El palacio descansa sobre un lecho de sombras aguamarina. A medida que el calor aumenta, el hielo se hace quebradizo. Empieza a correr el agua por las rendijas, (…). Se forman pequeñas lagunas, el palacio se vacía gota a gota.

Cuando la luz incide con un ángulo determinado, parece una catedral con vidrieras, unas alargadas, otras redondas, en las que el hielo forma prismas y descompone la luz. O bien gira poco a poco en la corriente para revelar una mezquita con cúpulas bulbiformes.

Todo fluye, y el sol va girando en su trayectoria. El hielo se agrieta; con el eco del fiordo que, tras un sueño de más de medio siglo, ha liberado el iceberg, (…)”


Eso sí, la belleza tiene la contrariedad de constituir un viaje de ida y vuelta, uno no puede instalarse de forma permanente en ella, no te permite ese triunfo, pues si vivieses indefinidamente en su reducto acabarías marchitando su esplendor, tu mirada acabaría discriminándola, lo bello, de puro desgaste ante la mirada continua, tornaría en ordinario.

Vivimos en la oscuridad de la cueva, prestos para correr de forma fulminante hacia el fugaz resplandor de lo bello. No es que la belleza sea siempre efímera y dure un suspiro, ocurre muchas veces que lo leve es el momento en que nosotros la advertimos, aunque en otras ocasiones es verdad que su vida es testimonial, igual que la de esas ninfas, las efímeras…

Lo fascinante de esta belleza es que viene de la agudísima observación de Ib Michael, pues la detecta en aquello que nuestra mirada ignora, más que nada por indiferencia, pero los ojos de un niño son otra historia, y los de su ángel custodio, un ser del inframundo que lo vigila y protege, por que en el fondo cuida de una visión del mundo para que no se extinga, pues también es otra historia…





“Príncipe” es un canto a la niñez, a esos años en los que la curiosidad insaciable te hacen inmortal, cuando se cumplen nueve años, diez, once… en esos espacios de doce meses transcurren siglos.

Malte es un niño que, como todos los niños, se entrega sin reservas ante el asombro de percibir la vida como un misterio envuelto en un pequeño, o gran, descubrimiento, ya sea una lagartija de 30 millones de años atrapada en ámbar, o la emoción de las primeras lecturas, importándole un carajo, en esa etapa, si lo leído lo ha escrito un tal Verne.

Buena parte de la narración cae en una presencia evanescente, fantasmagórica podría decirse, una especie de espíritu protector del chiquillo, que tan pronto se encarna en un viejo zorro que merodea por los campos del pueblo, como en una piedra de ámbar, sí, esa piedra que refería, con libélula o lagartija incluida, y sin embargo ese halo se adhiere a la “realidad” del pueblo y sus habitantes, incluidos los veraneantes, sin producir distorsiones, disonancias, son vasos comunicantes perfectamente hermanados. Se entiende que esa presencia, es el padre.

Malte no pierde ocasión de salir disparado hacia la desierta playa, a ver que encuentra por ahí, unas veces lo recibe entre la bruma, otras con esa claridad infinita del cielo nórdico:

“Pasa los días en la arena. La fuerte luz de la playa hace que la cabeza le dé vueltas. Tiene el cuerpo moreno como el de un gitano, y el bañador mojado de rodar por la orilla. Construye un castillo, coge piedras y conchas, da palmadas a la empalizada para afianzarla y dirige el agua por canales que ha excavado con los dedos. Busca ramitas y las adorna con estandartes de algas. Atrapa cangrejos y los mete en botes de mermelada, los alimenta con pulgas de arena y los suelta al caer la tarde.

O coloca estrellas de mar en el fondo del bote y después las observa al trasluz. Mientras gira lentamente y las suelas de sus zapatos dibujan en la arena una corona de hojas de girasol, pega un ojo al fondo del bote de mermelada y lo utiliza como telescopio. Disuelto en luz, observa las galaxias que giran en el espacio.”

Y seduce la elegancia de Ib Michael para entrelazar sensaciones a priori antagónicas, pues… ¿cómo puede unirse la descripción de unos peces abiertos, secándose a la brisa, con la grácil evocación de una cometa?

“Divisa (Malte) una hilera de postes, se detiene e inspira abriendo bien las fosas nasales. Colgadas de cuerdas tendidas entre postes, ondean al viento unas formas blancas saladas; son peces, abiertos hasta la raspa y puestos a secar. Las platijas secas se parecen a las cintas que él suele atar a la cuerda de su cometa.”

Hay magia en las palabras de Ib Michael, como si se escapasen de un cuerpo en estado de trance, como si surgiesen de otro mundo, en ese limbo entre la vida y la muerte por el que deambulas tras la ingesta de ayahuasca, y las palabras aullan, vuelan, queman, muerden, se arrugan, sueñan, nacen, mueren, tal es el viaje a lo primitivo de nuestra conciencia que tan bien conocen las tribus amazónicas, también los chamanes incas cuando se entregan al ritual alucinógeno

Esto lo conoce bien Ib Michael el viajero, claro que también es poeta, y escribe novelas. Esta es una de ellas.

He de aclarar que Ib Michael no alucina, solo yo. Mi ayahuasca particular son los libros, tiene que haber de todo… ¿no?

Leí en algún artículo que la capacidad de asombro va menguando con el paso a la edad adulta, lastrada por los agobios de una vida que nos impone demasiados corsés. Así que el desencanto adulto va aniquilando al entusiasmo infantil. Cuando sabes esto y tienes un libro así entre los brazos, casi te dan ganas de abrazarlo…




La historia no va de incas y chamanes. Pero de alguna manera están. Alusiones al Perú las hay, incluso uno de los personajes tiene familia oriunda de Iquitos, poblado de la amazonía peruana (que tengo el privilegio de conocer).

Además, los chamanes y los niños son la misma cosa, la única diferencia es que unos tienen la piel curtida y las arrugas del tiempo asoman por su rostro, y gustan de permanecer más bien quietos. Y los otros tienen la piel lustrosa, como los cachorritos de las focas, y son nómadas incansables. En todo lo restante, misterio y magia incluidas, son iguales.

Es una escritura sensorial, sus palabras no quieren que las desgajes en un sinfín de sesudos significados, quieren estar desnudas, ser como una gota de lluvia transparente. Quieren ser palpadas, u olfateadas, son más orgánicas que conceptuales.

Eso piden, pues la literatura que crean está hecha con golpes de viento, han respirado el aire de cada continente, tienen adherido el sabor de especias exóticas, y tienen sonidos de caracolas, en ellas se escucha el mar, la brisa, o lo que quieras. Todos los niños lo saben.

Esta literatura ha ido al encuentro de grandes horizontes y se ha perdido en angostas callejuelas.

Ha trepado a las alturas del mundo, en donde solo existe hielo perpetuo, y se ha tumbado sobre la tierra, en la pacha mama (madre tierra), que dicen los incas.

Todavía los hay, los incas, cuando voy al Perú los reconozco por la mirada triste y perdida, en un imperio de chabolas y hierros oxidados desperdigado por los cerros polvorientos de Lima.

Sí, el Perú, y otros confines, están en las páginas de este libro, aunque Malte no sale del pueblecito danés de pescadores, al que ha ido de veraneo. Cuando sube al faro del viejo Olesen, puede ver cualquier país, incluido Perú, faltaría más.

Ib Michael, alentado por la llamada de sus ancestros vikingos, ha surcado océanos y continentes, ha visto cielos con millones de estrellas en la más absoluta oscuridad y quietud. Toda esa materia prima que he citado, compuesta de innumerables estímulos, ha configurado sus experiencias vitales. Todo ello lo pone al servicio de su oficio, escritor. Contar historias, ¿hay algo más impresionante que crear un mundo con palabras?

Existen mil razones para escribir. Ib Michael lo ha hecho para volver a ser niño, tiene 72 años, una edad en la que el viejo y el niño empiezan a recorrer juntos el camino, cogidos de la mano, las voces en su interior suenan con un vigor tremendo, son los gritos y la algarabía infantil, saldría corriendo como un rayo ahora mismo… pero sus huesos ya están cansados. No es nostalgia lo que hay aquí, solo es el anhelo de seguir viendo galaxias a través de un bote de mermelada, aunque se esté cerca de los 80 años…




Ha escrito "Príncipe" para rememorar la claridad estival penetrando por la ventana, a penas despunta la mañana. Para embriagarse con el frescor marino y sentir la plenitud de la vida con los ojos de un niño.

Lo hace para desandar lo andado, y encontrarte en el retorno las huellas, cada vez más pequeñas, menos hundidas sobre la arena, hasta detener el paso en la orilla de la playa. Ahí están las pisadas de un niño, irregulares, nerviosas. Se suceden paralelas a la mansa rompiente de las olas, donde la espuma blanquecina yace abatida sobre la tierra, dibujando incontables paréntesis, entre los cuales queda el mar envuelto por el horizonte.

Cuenta Ib Michael, porque lo dice un personaje del libro, que a su vez lo escuchó de unos pescadores, que incluso antes de que se inventaran los barcos, existe un acuerdo tácito entre los hombres y los delfines para no agredirse, no hacerse daño, un antiquísimo pacto de respeto mutuo.

Malte, el niño, corre, casi vuela, por la playa, pero no avista delfín alguno atravesando el mar. Los delfines si lo han visto a él, corriendo y riendo en la lejanía, donde se suicidan las olas.

Hay un mundo que nos observa, aunque parezca no existir, ya lo dije en alguna ocasión.

También somos aquello que retiene la mirada de un delfín. Ojalá algún día nos cuenten qué es lo que somos en sus cerebros. O tal vez nos lo contaron hace siglos, desde siempre supieron muy bien mirarnos a los ojos.

Tengo que concluir ya, antes de que el amor se desvanezca en la oscuridad, como el recuerdo de un marino muerto, que pertrechado en su ataúd, fue abrazado por los hielos, un abrazo que duró setenta años, y lo dejo intacto a él, con su rictus mortal, y a su caja de madera. Hasta que un iceberg, “del tamaño de un palacio de cuento de hadas” lo llevó consigo al mar, incluso ahí, el marino recuerda a su amada groenlandesa, a la que nunca más volvió a ver:


“Nuestro amor se encuentra en su cenit. Lo cultivamos en lugares donde nadie puede encontrarnos; salimos con el bote, nos tumbamos en el fondo y dejamos que vaya a la deriva. Nos poseemos entre el oleaje, también cuando la mar está en calma, mientras las golondrinas chillan sin parar y perlas saladas brotan de nuestra piel. Después nos zambullimos en el agua y seguimos jugando allí.

O remamos hacia tierra firme, arrastramos el bote playa arriba y encontramos una hondanada entre las dunas donde el sol ha ardido antes que nosotros. En el bosque, un puesto de caza ha protegido nuestros abrazos.
Hemos pasado noches rodeados de musgo y nos ha despertado el ruido del mascar de los corzos, desnudos como nosotros.”







jueves, 26 de enero de 2017

Diario de un demente. La auténtica historia de AH Q. Lu Xun (China, 1881-1936)

Libro. Kailas Editorial, 2014. Traducción de Néstor Cabrera y Puerto Barruetabeña. 144 páginas.




De entrada Lu Xun me rompe los esquemas. A pesar de que la contraportada nos pone en la senda de lo que vamos a encontrar:

“Dos obras maestras de Lu Xun, gran renovador de la literatura china, sobre la condición humana (…)

Diario de un demente es uno de los relatos cumbre de la literatura del siglo XX. Escrito en forma de diario, refleja las impresiones de un loco que, curado en teoría de su paranoia, percibe la realidad con más claridad que los que le rodean.

La auténtica historia de Ah Q está considerada uno de los textos clave de la literatura china moderna. Narra las andanzas de un campesino que se burla de aquellos menos afortunados que él, pero que se empequeñece ante otros más poderosos.”

“Lu Xun
(1881-1936) fue un escritor, ensayista y crítico literario, líder del Movimiento 4 de Mayo, se le considera el padre de la literatura china moderna. Su figura y sus obras siguen siendo admiradas y leídas en la China actual.” (solapa de portada)

He acabado intrigado con este librito, algo más de 140 páginas, perfecto para leerlo entre el café de sobremesa y la caída de la tarde, mientras apuro el último sorbo de té blanco.

Me cuesta abordar su comentario, una lectura tan atractiva como difícil de clasificar, pero eso, más que una contrariedad, es un estímulo.

El caos intelectual me viene de perlas… así puedo expresar lo que me viene en gana, como si estuviese inmerso en un brainstorming, o en castellano que es más bonito, una lluvia de ideas en la que se caza el primer concepto que se cruce por la cabeza, por peregrino que sea, y con él se hilvana todo un relato dotándolo de sentido y coherencia… Eso parece haber hecho el propio Lu Xun.




Empezar a leerlo es enfrentarse al desafío de una ilusión óptica, igual que esas imágenes, retratos o dibujos camuflados en otro dibujo, como el rostro de una mujer oculto tras la cabeza poderosa de un león.

Diario de un demente y La auténtica historia de Ah Q tienen una exposición narrativa tan sencilla y un planteamiento argumental tan claro, alejado de la grandilocuencia, el halo trascendental y la profundidad que se suscita en la lectura de los grandes clásicos europeos, pongamos por ejemplo cualquier título de los célebres Thomas Mann, o Marcel Proust, que uno, llevado por vagas sospechas, se pregunta cual es la “otra lectura” que discurre paralela.

Nuestra mente es enrevesada, resaviada por mil lecturas tiende a pensar que esa sencilla ficción son triquiñuelas para exponer la inquietante realidad social, política, etc. Y no vamos descaminados.

Aunque Lu Xun no pone fácil convertir la suposición en evidencia, al menos en el libro. Siempre queda el recurso de leer sobre su vida para comprender su obra, y buscar del dato clave, revelador.

Refiero esta dificultad, no por la escritura, que es sencilla y concisa, sino por la complejidad de abarcar la idiosincrasia china, un país de proporciones y números descomunales.

Pero ya digo que Lu Xun despliega una narración sencilla, con el propósito de hacerla legible a todos sus paisanos, excluyendo el lenguaje excesivamente culto y rebuscado que imperaba entre sus colegas chinos, siempre fue un revolucionario en todos los sentidos.


Vayamos al primer texto.

Un hombre, de retorno a su antiguo hogar tras una larga ausencia, se encuentra por el camino a un viejo amigo, cuyo hermano también lo era. Ese hermano se encuentra lejos, después de recuperarse de un largo y problemático trastorno mental. Ante la imposibilidad de visitarlo, el hermano visible le entrega al retornado, su amigo, un diario que escribió el otro hermano durante su convalecencia, pues considera que, como amigo, tiene el legítimo derecho a leerlo y saber lo acontecido, que en resumidas cuentas era una locura transitoria, llevándolo a pensar que estaba rodeado de personas que tenían como único objetivo comer a otras personas, familias que comen a otras familias, o entre ellos, aunque todo de una manera nada histriónica, sino muy civilizada, sin sobresaltos ni escenas dantescas. Ni hay fragmentos truculentos ni se da pábulo al morbo. Lu Xun quiere  exponer unas cuestiones escribiendo sobre otras.

El diario empieza así:

“Esta noche la luna está muy brillante.
No me había fijado en ella en más de treinta años, por lo que cuando la vi hoy me sentí extrañamente emocionado. Comencé a darme cuenta de que en los últimos treinta años he estado en la oscuridad, pero ahora debo ser extremadamente cuidadoso. Si no, ¿por qué el perro de Zaho me ha mirado dos veces?
Tengo motivos para temer.”

Fijaos que fuerza tiene un comienzo así, irradia tal magnetismo (¿será por la luna?) que uno ya no puede dejar la lectura hasta la última página.


Ya nos centramos en el segundo.

Desde luego, Ah Q es el paradigma del antihéroe en versión asiática, en China para ser exactos.

Pero si el antihéroe tiene un arresto de grandeza dentro de su infortunio, los de Lu Xun son el antihéroe total, ni siquiera permite un asomo de dignidad en su ruin andadura. Es un borrachín, fanfarrón y pendenciero sin remisión. Sobre todo, es un perdedor. No recuerdo un personaje tan patético como éste.

Por parte de Lu Xun es magistral la originalidad con la que reviste de patetismo a este protagonista, pues Ah Q siempre busca un vuelta de tuerca imposible para convertir su fracaso en una victoria, hasta el punto de creérselo con un convencimiento absoluto.

En un juego de apuestas consigue un buen puñado de plata, pero la mala suerte es compañera inseparable del antihéroe, le roban su botín, le dan una paliza y queda maltrecho por ahí.
Una tragedia, ¿verdad? Pues no, tranquilos, Ah Q trastorna la realidad a su antojo, cuando le robaban, casi siempre lo que él a su vez robó, se consolaba pensando que le sisó su hijo, aunque no tenía vástago alguno, se reconfortaba pensando que todo quedaba en familia, u otros dislates más grotescos si cabe, la narración es una sucesión de despropósitos como este:

“¡Qué brillante y qué bonito era su montón de plata! Así era… pero había desaparecido. Ni siquiera pensar que era como si le hubiera robado su propio hijo le reconfortó. Tampoco le sirvió de consuelo considerarse un insecto. Esta vez si llegó a saborear un poco la amargura de la derrota.

Pero en un momento cambió la derrota por victoria. Levantó la mano derecha y se dio dos bofetadas en la cara con fuerza; un segundo después le escocía el sitio que se había golpeado. Tras las bofetadas se sintió mucho mejor, porque se dijo que si había sido él quien dio las bofetadas, quien las recibió tuvo que ser otra persona, y en un abrir y cerrar de ojos fue como si le hubiera dado dos buenos golpes a otra persona (a pesar de que seguía escociéndole la cara). Se tumbó satisfecho por haber logrado esa victoria.
Y muy pronto se durmió.”

Ahí es nada… Tela con el Ah Q




sábado, 21 de enero de 2017


Viento del norte. Elena Quiroga (Santander, 1921 – La Coruña, 1995)
Libro. Ediciones Destino, 1960. 278 páginas.




Cruzando uno de esos puentes, maravillosos por cierto, que muchos libros tienden hacia otros, llegué hasta el “Viento del norte”.

Lo posibilitó una obra antológica con relatos de relevantes escritoras españolas que publicaron entre 1939 – 1969.

Es un libro que tengo en casa, estaba curioseando entre la sugerente nómina de autoras y se cruzó Elena Quiroja.
Sabía que por ahí tenía el título que os presento, y me apetecía cambiar el aire sucio y viciado  de Tirana (tras leer “Una nulidad de hombre”, de Fatos Kongoli), por el aire claro, fresco y aromatizado con eucaliptos y mar de Galicia.

Casi nunca  planifico mis lecturas, suelen venir por éste u otros laberintos, me gusta más así.

La verdad es que cualquier autora de las que aparecen en ese “libro puente” merece un acercamiento atento, mirad el plantel literario, cada una con su relato (y fotografía con la semblanza):




Elisabeth Mulder (sí, era de aquí, nacida en Barcelona)
Carmen Laforet
Elena Quiroga
Carmen Martín Gaite
Ana María Matute
Rosa Chacel
Josefina Rodríguez de Aldecoa
Dolores Medio
Marta Portal

De todas ellas tengo libros por casa, una suerte sin duda.

Viento del norte comienza su andadura como un río recién nacido en algún risco recóndito, un tímido hilillo de agua que se desliza por los recovecos de una roca, y luego por otra, apenas humedece unas hierbas por aquí y por allá, esa maravillosa melodía cristalina  es ahora un débil susurro, ¡pero , ayy amigo! desconfía de esa mansedumbre, lo que ahora es cándido y apacible tornará en una fuerza colosal de la naturaleza, un río de ingente caudal, avanzando imponente hacia su abrazo con el mar.

Soy un lector, por buscar una definición que me ataña como tal, que avanza en la narración contra viento y marea, no suelo tirar la toalla. Sé bien lo que me digo, algunas de la sorpresas más espectaculares, en el buen sentido, me las han proporcionado libros que parecían empeñados en hacerme caer, o tal vez al revés.

Es decir, puede que la historia, el estilo y otras consideraciones me planteen ciertas dudas iniciales… Pero yo sigo, repito, contra viento y marea, dos elementos, además, bien presentes en el libro. Obra premiada con el Nadal en el lejano 1950.




La narración arranca al son de la aldea gallega, la Galicia profunda de los pazos señoriales y sus sirvientes. La escritura transita por una engañosa ingenuidad y candidez hasta el ecuador de la historia.
Un preámbulo tal vez largo, no digo yo lo contrario, pero tiene su “por qué”, y Elena Quiroga irá justificando ese “por qué”.

Es fácil dejarse llevar por las apariencias, pero esa sentencia que reza; nada es lo que parece, adquiere categoría de axioma en manos de Elena Quiroga, escritora con mucho oficio y reconocida calidad. Lo afirmo rotundamente.

La autora nos sitúa ante un discurso y escenario que a priori se antoja predecible, como si al abrir el libro y leer página tras página concluyéramos que quiere vendernos una especie de Arcadia, lugar idílico de bucólica sencillez, donde reinan los días de vino y rosas.

Pero los vientos… los vientos son impredecibles.

Puede parecer que la novela está impregnada de cierto pintoresquismo, o costumbrismo, característica, pienso yo, injustamente desprestigiada hoy en día. “El lazarillo de Tormes” está plagada de escenas costumbristas… ¿Es una mala novela? Si no es suficiente, tranquilos, Elena Quiroga evita la mitificación del tópico, tiene recursos de sobra.

En un lugar como Galicia es imposible renunciar a la fuerza de lo telúrico, ese elemento terrenal, geográfico, que cincela el carácter de sus habitantes y del cual se nutrió memorable literatura de allá.

Hay buenos ejemplos, por citar unos pocos, “El bosque animado” (W. Fernández Flórez), “La hija del mar” (Rosalía de Castro), y no puedo olvidarme de otra ambientada en dicha atmósfera, entre mística y realidad, “Los pazos de Ulloa” de Emilia Pardo Bazán, publicada en 1886, por tanto antecesora de la que nos ocupa.

Pero ese influjo telúrico, tratándose de Galicia, es excepcional. Estamos en tierras de los ancestros celtas y sus castros, la íntima relación con la naturaleza, la veneración que profesaban a los árboles, los ríos, etc, ha permanecido anclada en el alma de los gallegos, reflejándolo en su literatura con la destreza que se realiza lo connatural a uno.
La naturaleza y lo sobrenatural subvertido a la literatura.




Así, tienen relevancia y no son mero aderezo elementos como:

El orballo, como llaman en Asturias y Galicia a esa lluvia fina y persistente que perpetúa el verdor de sus paisajes.

El Tumbaloureiro, precioso galicismo, referente, precisamente, al viento fuerte del norte o vendaval que penetra por el litoral. Es una palabra compuesta; tumbar: hacer caer algo, derribar. Y loureiro: laurel.

Derribar al laurel…  adquiere un profundo simbolismo en esta historia.

Y claro, los helechos, los tilos, los eucaliptos, las vides, los manzanos, el barro de los caminos, los acantilados encrespados y violentos…


Marcela, la protagonista indiscutible.
Ella es una sirvienta cuya madre, joven moza y sirvienta a su vez, la parió entre el secreto y la vergüenza “del pecado”, y corrió esta moza fuera de ahí, de las fincas, de los montes, del horizonte, corrió tanto que nunca más volvió al pazo.

Sin padre conocido, Marcela, la rapaciña, crecerá bajo el cariño incondicional de Ermitas, vieja algo alcahueta y ama de llaves de don Álvaro, éste es algo más que señor del pazo, un hombre noble, solitario, esencialmente bueno. Entregado a su gran pasión, historiar una obra monumental que recoja el trasiego de peregrinos en el Camino de Santiago, sus leyendas, todo lo que acuda a su cabeza. Los libros, su gran pasión.

“Reprochávanle sus propios criados su apatía y su excesiva bondad, que adolecía de ambas cosas. Siempre que en algún disgusto le tomaban como mediador –y esto era continuo-, Álvaro procuraba suavizar asperezas y favorecer a ambas partes (…) unos y otros se marchaban, sacudiendo la cabeza: “Te es un bendito.”

No era un bendito Álvaro, era un hombre de bien a quien el íntimo y continuo contacto con la tierra, y los árboles, y la umbría paz de los ríos, habíale revestido el alma de secreta fuerza, y un pensar siempre dilatado, no concediendo importancia más que a los actos trascendentales de la vida: el nacer y el morir.” (p. 15)

Inmejorable forma de describirlo.

Sus jornaleros y jornaleras viven, como era costumbre, dentro del latifundio formado por las fincas, una reminiscencia del feudalismo traslada a los modos y roles algo más humanos del siglo XX.

Bajo el brazo protector de Ermitas y la benevolencia de don Álvaro se criará Marcela, solitaria también, y recelosa por la mirada envenenada del resto de sirvientes, cuando no el desprecio… “Esa Marcela es cosa de meigas”, dicen por haber nacido de esa guisa. Ya está señalada siendo una bebé.

Marcela es una niña parca en palabras, ruda y áspera en el trato, encantadora en su natural forma de entender la vida, no se arredra en las duras labores del pazo, incluso disfruta en ese mano a mano del trajinar en el campo… aunque siempre conserva un poso de amargura que le hace estar ausente. Y en su aparente simplicidad entrevemos un ser complejo.

Ese misterio insondable que alberga en su interior la convierte, con los años, en un ser especial a ojos de Álvaro. Y la rapaciña se irá transformando en una hermosa mujer, que por su carácter indomable alimentará el deseo de los sirvientes, y el amor, a fuego lento, en el corazón de Álvaro, sentimiento al que trata de resistirse con todas su fuerzas, no será posible. El señor Álvaro está jovial y sano a sus cuarenta y tantos años.

Un hecho crucial cambiará todo. En un acto festivo del pazo, Álvaro y Marcela, ésta más bien empujada por Ermitas, bailan juntos, se agarran, se separan, pasan las manos por sus cinturas, se entremezclan sus sudores…

La muchacha, aunque algo aturdida por la situación, se divierte al fin y al cabo, no todo va a ser enfangarse los pies en la huerta.
Álvaro se embriaga del aroma campestre de Marcela, de sus ojos, de su cuerpo… sabe que ya está derrotado.

Ella, ingenua y ruda, no sabe nada. Qué contrariedad… el pazo entero, sin embargo, se dice a sí mismo que ya saben todo. Pero, ¿el qué? Si ella solo ha estado un rato divirtiéndose, azorada eso sí, que bailar con el señor impone.

Da igual, el mal ya está hecho, la inquina de que es objeto por parte de sus compañeros de fatigas ha encontrado la excusa perfecta para condenarla… ¡esa bruja! vociferan las mujeres.

Incluso Álvaro, por primera vez, siente la mirada escrutadora de sus trabajadores, no soplan buenos vientos, especialmente para Marcela.
Los pocos que la estiman, empezando por Ermitas y Álvaro, saben que tiene que abandonar el pazo. Solo hay dos opciones, no regresar nunca, sabiendo que para la muchacha el pazo es su mundo, que fuera de sus campos y montes se marchitaría de pena. Y la otra opción es regresar pero… solo puede hacerlo como esposa de Álvaro. Idea descabellada para todos, y en cierto modo para Álvaro, pero… ¿Y perderla para siempre?




Y regresará, sumida en el desconcierto por la inminente unión, después de pasar varios meses como “educanda” en un convento de la ciudad, cuando ya estaba a punto de volverse loca ante la falta del horizonte limpio de “sus campos”, del aire con sabor salado y humedecido por el mar, allá en el pazo.

Y Álvaro mostrará una paciencia infinita, a nada la fuerza, a nada la obliga, la tratará con un tacto como no conocía Marcela, con una bondad y generosidad… pero todo eso se choca contra los silencios de su esposa, contra sus monosílabos, contra su rudeza, hay algo salvaje y primitivo en Marcela que se abre como un abismo frente al mundo culto y educado de don Álvaro.

Y sin embargo, en su fuero interno, ella quiere ser su esposa, pero no sabe serlo ni estar en ese “lugar ajeno” desde el que contempla, extrañamente  erguida, ya sin doblar los riñones, a los demás, agachados, como hace poco estaba ella en la tierra recogiendo el maíz, pisando las uvas con los pies desnudos… qué maravillosa sensación, piensa.

A ella le gusta hacer eso, mancharse las manos con la tierra y olerla. Ya no podrá, sería el hazmerreír.

Así es su matrimonio, incluso con la llegada del hijo, adorado por Marcela, quizás por lo que ella no tuvo. Y por Álvaro.

Lo que uno obra desde un íntimo convencimiento de ser lo correcto, lo adecuado para no levantar suspicacias, no contrariar a los otros, y la percepción que tienen los demás, cuando ésta (la percepción) llega hacia ellos por un camino extraviado, acuciada por un sinfín de consideraciones, variables y corazonadas que desvirtúan en origen la verdadera intención de su parecer. Esa es su relación, duermen bajo la misma sábana… pero nunca se encuentran.

Marcela es fascinante, sus frases en toda la narración no ocuparían más de una página, pero… ¡se come al libro! Tiene una presencia arrolladora, su mutismo es un mundo inabarcable por el que te precipitas sin tocar fondo.

Es impresionante que Elena Quiroga consiga tanto con tan poco, y uno advierte que ha puesto toda la carne en el asador en pos de Marcela. La adoras y acto seguido la apartas espantado, su mente es tan difícil de sondear como sus silencios, magistral planteamiento psicológico el que despliega Elena Quiroga sobre ella.

Pero también Álvaro tiene un recorrido psicológico en el que se muestran todos sus claroscuros. La progresión de ambos protagonistas, revela la brillantez de la escritora a la hora de confrontar dos actitudes ante la vida, muy próximas en su valoración de las cosas sencillas.

Entonces… ¿Por qué media un universo entre ellos? Me parece un reto poner luz en esta cuestión, veamos, sus caminos llevan direcciones opuestas, Álvaro nació reconciliado con la vida, pero a medida que pasan los años siente vértigo ante el vacío existencial en el que se observa.

Marcela ya nació en el vacío, vilipendiada por la vida, solo ahora, mil obstáculos después, tiene un sincero deseo de reconciliarse con la vida.

Ambos han ido corriendo a fundirse en un abrazo… tomando caminos inversos. Nunca se encontrarán.




¿Por qué, Marcela?

¿Por qué me dejas así, al cerrar el libro?

¿No viste que yo te alentaba con todo mi ser, que corría contigo, impulsados por esa fuerza salvaje del viento… del viento del norte?

Viento del norte, que se atisba apocado en el umbral del horizonte, apacible como si con él no fuera la cosa y, cuando te das cuenta, una vez que lo tienes encima, irrumpe envalentonado y contundente, apabullándote con su ulular primitivo, estremecido ante sus violentos embates.

Tumbaloureiro… qué bella palabra para tan violenta aparición.