P. Castillo

Safe Creative #1802170294390

viernes, 16 de febrero de 2018


La necesidad del arte. Ernst Fischer (Austria, 1899-1972)

Ediciones Península, 1973. Traducción de Jordi Solé Tura. Arte, ensayo, 270 pp.






“Todo arte verdadero ha invocado siempre una humanidad que todavía no existía.”

Más adelante regresaré a este fragmento.



La reflexión del pensador austriaco Ernst Fischer en torno a la cuestión que abre el ensayo “La necesidad del arte”, me ha resultado apasionante.

Ya el propio autor, marxista convencido, fue un intelectual deslumbrante. No hay más que repasar la red; “filósofo, político, escritor y periodista bohemio-checo de expresión alemana que vivió en Austria”.

Ministro de Educación en Austria, con el gobierno de Karl Renner. Figura destacada del Partido Comunista, que lo acabaría expulsando por oponerse a la invasión de Checoslovaquia perpetrada por la URSS.

Como doctor en filosofía fue un prestigioso teórico en el estudio de la Estética. Sus ensayos sobre arte, sobre todo pintura, música, cine, poesía y novela, fueron un referente en su época, de gran influencia no solo entre sus contemporáneos, también en escritores más recientes. Por ejemplo John Berger, afirmando que en parte debe su libro “Fama y soledad de Picasso” a la obra de Fischer, de quien se considera un entusiasta lector. Ratifico que el pintor malagueño tiene una presencia importante en este ensayo que presento, magníficas las palabras de Fischer sobre el Guernica.

Es innegable el peso de la utopía en su pensamiento, pues se ha curtido con las enseñanzas del socialismo utópico de Marx; es decir, la visión de una sociedad realmente libre sin la dominación de clases.

Bajo el ideal de esta visión final, Fischer va analizando y penetrando en el significado del arte. Su viaje comienza en el pasado más remoto, entre sonidos rítmicos de la naturaleza, piedras, unas manos hábiles para trabajarlas y, sobre todo, unos ojos ávidos de curiosidad por registrar el mundo y convertirlo en palabra, en figura, en imagen y en música, como hacía su adorado Mozart.




Y va pasando revista en una serie de capítulos, por citar algunos:


-Los instrumentos
-El lenguaje
-El poder de la magia
-El arte y la sociedad de clases
-El romanticismo
-El impresionismo
-El naturalismo
-Simbolismo y misticismo
-Giotto
-Brueghel
-Alienación
-El nihilismo
-El realismo socialista
-El mundo y el lenguaje de la poesía
-La música
-La deshumanización

Y omito varios igual de interesantes.


Dicho esto, el concepto de alienación marxista: «el proletario, desde el punto de vista capitalista, no es una persona en sí misma sino una mercancía», es una problemática que Fischer también traslada al arte de su tiempo. El arte ha perdido su sentido de unidad con el mundo para convertirse en objeto comercial producido en masa.


¿Necesitamos el arte?

Es evidente que quien sí lo necesita, en primera instancia, es el propio artista, pues sin tal necesidad no hay creación que valga.

Además es una pregunta que abre un debate de plena actualidad. Todos habremos asistido estos días a la polémica suscitada por determinados colectivos que, al fragor del movimiento “Me Too” y necesario donde los haya, exigen la revisión y retirada de algunas obras de arte, no ya modernas, sino de cualquier periodo, por considerarlas denigrantes hacia la mujer. Y esto último me parece un auténtico disparate abanderado por un puritanismo trasnochado, no conviene mezclar las cosas.

Regreso a la pregunta. Supongo que para todos los que estamos leyendo esto, la tentación de decir SÍ a las primeras de cambio es grande. Pero el arte siempre fue asunto escurridizo, una de esas viejas incognitas cuya definición nunca se termina de consensuar en su ya larga historia. Intuimos la necesidad de algo (el arte) sin saber muy bien qué es eso, lo que tiene su miga…



Dichas impresiones conectan con las primeras líneas del libro:

“ «La poesía es indispensable, pero me gustaría saber para qué.» Con esta encantadora paradoja Jean Cocteau resumió la necesidad del arte y, a la vez, su dudosa función en el mundo burgués contemporáneo.» ”

Quizás nuestro reparo inicial para responder con seguridad tenga que ver con el halo mágico, por tanto volátil, que ha envuelto al arte desde sus inicios. Esa “magia” es la fuente original, formada por la particular visión de los brujos y chamanes que pretendían aplacar el miedo de la tribu y dar un sentido de unidad y cohesión a su clan, cuando afuera de la cueva todo era caos, viviendo en el desafío de comer y ser comidos. Terrible dualidad.

El arte, por supuesto, expone y nos sitúa frente a nuestras paradojas. Vamos con una buena. El sentido de unidad tribal que conseguía el brujo mediante lo ritual, y demás parafernalia e invocaciones a vaya usted a saber qué… (todo ello es la “primera magia”), pertenece a la esencia inicial del impulso artístico, un incitador remoto a modo de “gen creador” que ha permanecido inalterable en el tiempo.

Un primitivo e íntimo deseo de unidad que no deja de estar ahí, y sin embargo vemos hoy, cuando ya no hacen falta brujos para calmarnos en el estruendo de la tormenta, como el artista y su trabajo son también la expresión del individualismo más radical, la soledad del creador encumbrada a los altares. El artista hace muchísimo que huyó de la tribu. Pero es el clan quien alimenta su íntimo deseo de crear.

En el fondo pinta un cuadro, o escribe un poema para ser uno con el mundo, aunque la idea se presente como una posibilidad de abandonarlo, habitar otra realidad.



Una fijación que el filósofo austriaco nos ilustra con la actitud de Flaubert para afrontar su obra:

(…) en realidad, su aparente imparcialidad equivalía a un odio colosal contra la sociedad burguesa en general. (…)

El resultado fue una desilusión total sobre los seres humanos, sobre la humanidad:

«La inmutable barbarie de los hombres me produce un tremendo dolor… la inmensa aversión que siento por mis contemporáneos me lleva hacia el pasado…»

Lo único que queda es esto:

«Para el artista no hay más que una cosa: sacrificarlo todo al arte. Debe ver la vida como un medio y nada más, y la primera persona que debe rechazar es él mismo… La tierra tiene límites, pero la estupidez de la gente es ilimitada.» 

La consecuencia de esta actitud es la desesperanza, la profunda desesperación de madame Bovary: intenta refugiarse en un mundo soñado de histeria romántica, pero el medio en que vive se niega a concederle la libertad y la estrangula con una cruel determinación." 

No puede escapar, el artista lleva sellado en el alma un pacto de armonía, igual que lo tenían sus hermanos de la caverna, con todo lo bello y lo atroz que ofrece, ofrecía, la vida fuera de la cueva. Eso está ahí.




El argumento de la huida en la obra del artista nos lo deja Fischer en varios lances del ensayo, por ejemplo:

"El tema de la huida reaparece constantemente en este proceso de desocialización del arte y la literatura. (…)

Hemingway revela la técnica de esta huida de la realidad con especial claridad en las quince narraciones de In Our Time.

Entre las diversas narraciones intercala breves párrafos en los que recoge los acontecimientos catastróficos de nuestra época –guerra, asesinatos, torturas, sangre, terror, crueldad, todo lo que los oscurantistas modernos intentan apartar diciendo que «la historia no tiene sentido»; las narraciones consisten en una serie de incidentes sin importancia ni contenido, que ocurren al margen de lo que realmente mueve al mundo; al mismo tiempo, este «AL MARGEN», este «MÁS ALLÁ», se considera la única existencia real.
Una de las narraciones, de gran contenido poético presenta al personaje, Nick, plantando su tienda de campaña, solo en la noche:

«Arregló su campamento. Ya estaba instalado. Quedaba lejos de todo. Era un buen sitio para acampar. Había encontrado el lugar preciso. Allí estaba su hogar… Afuera estaba muy oscuro, había más luz en la tienda.»


En cierto sentido (…) refleja también la filosofía del hombre que huye de la sociedad. Enciérrate en tu tienda de campaña, lejos del mundo. Ninguna otra salida vale la pena. El mundo es oscuro. Entra en la tienda. Hay más luz dentro."



¿Y qué dice Fischer sobre la gran pregunta? pero antes veamos como expone la situación de su época (y la de ahora…):

Ulrich, el «hombre sin atributos» (novela de R. Musil), señala que en el pasado «era más fácil que hoy tener conciencia de ser hombre». Cree que en la actualidad la responsabilidad «tiene su centro de gravedad no en el ser humano sino en las relaciones entre objetos…» Y en otro lugar habla de: «… La sequedad interior, la pavorosa mezcla de atención por los detalles y de indiferencia por el todo, el inmenso abandono del ser humano en un desierto de detalles…»

Un fantasmagórico anonimato lo envuelve todo. Los nombres abreviados de las grandes empresas y organizaciones son como jeroglíficos utilizados por alguna fuerza misteriosa. El individuo se enfrenta con máquinas enormes, incomprensibles, impersonales cuyo tamaño y poder le revelan toda su impotencia. ¿Quién decide? ¿Quién está a cargo de todo? ¿A quién podemos dirigirnos en busca de justicia y ayuda? Éstas son las preguntas que se plantean una y otra vez en El proceso y El castillo, las grandes obras de kafka. (…)

La burocracia es un elemento esencial en la alienación del hombre respecto a la sociedad. Para el burócrata no hay relaciones humanas; solo hay archivos, es decir, objetos. El hombre se convierte en una ficha. Un hombre muerto se identifica con un número de índice. Ni siquiera cuando el hombre es personalmente acusado y juzgado pasa a ser persona, no es más que un «caso».



Y entonces Fischer afirma lo siguiente para decir; sí, claro que lo necesitamos:

En un mundo en que la concentración del poder es tan enorme y en que el funcionamiento de este poder es tan oscuro, muchas personas se inclinan a creer que su decisión personal no cuenta para nada, y capitulan, por tanto, ante el «destino». (…)

Si la salvaguarda de la paz es la gran tarea común –y todo parece indicarlo-, el arte socialista no debe concentrar su atención únicamente en los países socialistas, sino que debe hablar al mundo entero y aportar así una contribución esencial al arte universal. Las obras de Gorki, Maiakovski, Isaac Bábel, Tolstoi, Eisenstein y Pudovkin tienen una significación inmensa para un vasto público no socialista, y viceversa, Chaplin, De Sica, Faulkner, Hemingway, García Lorca y Yeats, son muy apreciados en los países socialistas. Pertenecemos a sistemas sociales diferentes, nuestros objetivos y nuestras ideas son distintos, pero vivimos, en definitiva, en el mismo mundo. Y nuestro mundo tiene necesidad de de literatura rusa y de la norteamericana, de la música rusa y de la francesa y la austríaca, de las películas japonesas y de las italianas, británicas y soviéticas. Tiene necesidad de los modernos pintores mexicanos y de henry Moore, de Bretch y de O´Casey, de Chagall y de Picasso. La lucha política entre los dos sistemas continuará. Pero la condición es que se desarrolle en la paz y no en la guerra. Una de las grandes funciones de la literatura y el arte contemporáneo consiste en que los hombres de uno y otro lado no hablen ya en el vacío sino que comprendan los problemas, los fines y los deseos recíprocos. (…)

«De acuerdo –puede decir mi invisible oponente- Usted ha dicho que la misión del arte consiste en ayudarnos a nosotros, criaturas semihumanas, fragmentarias, miserables (…) a ser personas. Pero ¿qué ocurre cuando la sociedad garantiza por sí misma una vida verdaderamente humana? Todo arte verdadero ha invocado siempre una humanidad que todavía no existía. Cuando la hayamos alcanzado, ¿de qué servirá la magia fáustica?»



Las preguntas de este tipo están inspiradas por la esperanza ingenua -o por el temor- de que el progreso humano alcanzará algún día su objetivo final: la felicidad universal, la realización de todos los sueños, el cierre del ciclo de la historia. Pero cuando se llegue a esta fase no habrá terminado más que la prehistoria de la humanidad; el hombre no será condenado jamás a la inmovilidad sino que seguirá desarrollándose. Siempre querrá ser más de lo que puede ser, siempre se revelará contra los límites de su naturaleza, siempre luchará por superarse, siempre aspirará a la inmortalidad. Si el deseo de ser omnisciente, omnipotente, universal llegase a desaparecer algún día, el hombre dejará de ser hombre. Siempre tendrá, pues, necesidad de la ciencia para arrancar a la naturaleza el máximo número de secretos y de privilegios. Y siempre tendrá necesidad del arte para sentirse bien no solo en su propia vida sino en aquel sector de la realidad que su imaginación le dice que todavía no domina. (…)

El arte no desaparecerá mientras no desaparezca la humanidad.”

Y a mí me surgen preguntas.

¿Quién necesita entender el mundo?

¿Por qué uno quiere volar a millones de años luz de aquí?

¿Acaso no están los mismos brujos en otra estrella lejana? ¿Tratando de calmar a su clan en esa oscuridad infinita donde flotan los planetas?

Bien mirado desde donde estoy, a ras del suelo, aquello lejano y extraño de allá arriba es un grandiosa obra de arte, pero esa se ha fugado incluso del tiempo, la luz de las estrellas viaja sin nuestro pasado, presente y futuro. Viaja.



Quizás no haya más sentido en todo esto que buscar un sitio con la mirada a donde escapar, y a su vez nosotros seamos mirados como posibilidad habitable por algún artista sideral. Todos sueñan con un mundo que no les pertenece, y se lanzan poesías al viento para que vuelen lo más lejos posible, elevándose hacia una inmensidad tan extraña que todos sus astros podrían caber en un poema, y gravitan en un espacio sin formas sobre el fondo, y sin fondo sobre las formas.



Aunque yo leí otro libro que decía no haber huida más remota y solitaria que al interior de uno mismo…






martes, 23 de enero de 2018

París no se acaba nunca. Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948)
Anagrama, 2003. 233 pp. Ilustración portada, Pont des Arts, París, 1927. Foto André Kertesz.





Contraportada:

“París no se acaba nunca es una revisión irónica de los días de aprendizaje literario del narrador en el París de los años setenta. Fundiendo magistralmente autobiografía, ficción y ensayo, nos va contando la aventura en la que se adentró cuando, en su buhardilla de París, redacto su primer libro. Y nos desvela, por ejemplo, cómo en parte escribió ese libro gracias a los consejos para escribir una novela que le dio, resumidos en una breve cuartilla, Marguerite Duras, su muy atípica casera.”

Leí las últimas paginas del libro en plena calle andando hacia mi casa, en una tranquila mañana de sábado, mientras me cruzaba con algunos vecinos procedentes del mercadillo semanal (la última vez compré unos suculentos melocotones ahí, y también aceitunas de Cornicabra, oriundas de los montes toledanos, las suele escoger mi hija, son deliciosas).

Me reconforta la sensación de caminar a la intemperie, que diría Jesús Carrasco, acompañado de un libro, ese es el matiz diferenciador, un paraguas en la mano no te hace compañía, un libro sí. Bienestar que se acrecienta cuando lo llevas bajo un cielo de nubes preciosas, unos magníficos estratos lenticulares. 





Me pregunto por qué, ahí arriba, las nubes se obcecan en poner un colofón tan hermoso al grotesco espectáculo que se dirime a ras del suelo. Y encima, en compensación, les enviamos toneladas de tóxica y densa fealdad. Nunca os  agradeceré lo bastante vuestra tenacidad para embellecer los pensamientos, al menos los míos, gracias queridas nubes..



Hay muchos alicientes para leer a un gran escritor como Vila-Matas.
Me bastaron dos; estrenarme con un autor largamente postergado, la otra, no menos importante, se revela en el título; París.

Sin olvidar el acicate que supuso encontrar mismo autor y obra en un excelente blog amigo, U-topia, dirigido por Laura.

Ignoro si París no se acaba nunca, pero al menos no se extingue en mi memoria. Estuve hace 9 o 10 años junto a Araceli, mi mujer. Fue gracias a una de esas decisiones relámpago que, respecto a determinadas cosas, toma ella con desconcertante tranquilidad:

“He visto un vuelo baratísimo a París, sale el lunes que viene, como hoy es jueves tenemos todo el tiempo del mundo para prepararlo, voy a sacar las maletas del canapé”

¿Todo el tiempo del mundo?

Es el pensamiento que adivinaba Araceli en mi semblante.

A contrareloj buscaba yo en internet un alojamiento razonable para unos cuantos días.
En aquella ocasión encontramos un coqueto hostal, muy bien de precio, en una bonita avenida frente al famosísimo cementerio del Père-Lachaise, de hecho veía una parte desde la ventana, (y lo visitamos, por supuesto).

Empiezo así porque Vila-Matas cuenta de esa guisa sus vicisitudes parisinas, y tengo sus palabras clavadas por todo mi cuerpo, como si fueran flechas que unos arqueros me lanzaron desde su castillo medieval. Obviamente él lo expresa con muchísimo más talento que un servidor.

Un libro de Vila-Matas es un cajón de sastre en donde cabe casi cualquier cosa que tenga que ver con la escritura; ensayo, narrativa, historia, filosofía, poesía, metaliteratura… en definitiva la realidad y la ficción son vasos comunicantes. 




Por eso, adentrarse en su obra es como explorar un espléndido jardín botánico, uno va admirando los diferentes hábitats naturales; las palmeras y bromelias tropicales se suceden con las coníferas boreales, el espliego meridional con los cedros orientales, pero todo se contempla como un paisaje armonioso, todos los especímenes, por variados que sean, pertenecen al mismo género; el reino vegetal.

Y eso mismo es asomarse a sus textos, es indagar en sus diversas experiencias vitales, hasta que confluyen en una existencia inseparable de la palabra escrita. Tal vez se entregue a la escritura de una forma febril y apasionada, encajonado en ese cuchitril parisino como si mañana fuese el fin del mundo. Se palpa la devoción que tiene por el oficio de escribir, sin esperar más premio que el deleite de capturar, mediante la palabra, esos pensamientos plenos de ingenio, cuya estela brillante desaparece veloz como el viaje de una estrella fugaz en la noche… sublime visión, doy fe.




No descubro nada si afirmo que acercarse a la obra del barcelonés es degustar todo un festín literario.
La lista de autores y libros que menciona en este título es extensa, empezando por Hemingway, los poetas simbolistas, Perec, Borges, Julio Ramón Ribeyro, la propia Duras, en fin,  hay muchos más.

Todo eso que cuento del libro significa que leer a Vila-Matas es entregarse a un juego, es decir, el reto de dilucidar  cuánto de caricatura hay en lo real, y cuánto de real en la caricatura, algo muy cortazariano. Y un sentido del humor elevado a cotas geniales en su potencial de reírse de uno mismo… no le quedaba otra al descorazonado escritor, como comprenderéis en las siguientes líneas.

Uno puede contemplar a un Vila-Matas errante por las páginas de este libro, que tiene forma de París, y advertir que el andar indeciso del escritor no es otra cosa que deambular entre la soledad más desgarradora.

"Para qué la vida, para qué escribir sobre una asesina, para qué los ojos de Adjani, para qué mis padres, para qué Hemingway, para qué París, para qué todo. 
Dios mío, para qué. Recuerdo que muchos días andaba por el barrio con pasos veloces simulando que iba a alguna parte, cuando en realidad no había un solo lugar en el mundo en el que me esperara alguien. (…)




Unos minutos después, al regresar a la buhardilla, el sonido de la puerta al cerrarse –herméticamente como siempre- me pareció ese día idéntico al de la fría losa de una tumba al caer eternamente sobre el muerto. (…)"

Menos mal, sí, menos mal, que siempre tenía un libro, ya fuera en la mano, como en la mía, o en el bolsillo dado de sí de una chaqueta. Como la mía, también. ¿Y esa silueta errante, se fijaría en las nubes, como hago yo? Seguramente... todavía sigue aquí.





“Los sueños nunca se hacen mayores”. Eso lo escribí para un cuento, hace ya años. Por eso me alegró encontrar este párrafo:

"Nueva York es un deseo que viene de lejos. Durante muchos años tuve un sueño recurrente en el que me veía a mí mismo de niño en los años cincuenta en el amplio patio de la casa de mis padres, en ese entresuelo de la calle Rosellón de Barcelona, frente al cine Chile. (…)
Ya en Nueva York, recién llegado a la ciudad, de noche en la soledad de mi cuarto de hotel y con la maleta sin deshacer todavía, miré por la ventana y contemplé los rascacielos (…). Visualmente era como en el sueño del patio, pero nada especial sucedía. Me encontraba yo dentro de mi sueño y al mismo tiempo el sueño era real. Pero, como por otra parte era de esperar, no había aumentado en nada mi sensación de plenitud o de de felicidad por estar allí. Me encontraba en Nueva York, y eso era todo. Me acosté, me dormí y entonces soñé que estaba jugando en un patio de Nueva York, rodeado de casas de Barcelona. Y de pronto descubrí que el duende del sueño no había sido nunca la ciudad de Nueva York, sino el niño que jugaba dentro de ese sueño."

Tras leerlo tengo algo muy claro, lo incierto que es todo…







jueves, 4 de enero de 2018

Cuentos de orillas del Rin. Erckmann-Chatrian (Émile Erckmann, Phalsbourg, 1822-Lunéville, 1899. Y Alexandre Chatrian (Abreschiller, 1826-Villemomble, 1890)

Austral 1963. Segunda edición. 152 pp.




Aunque sean libros destinados al público adulto, si en sus solapas aparece la palabra Cuento, esa puerta que da acceso a un mundo fascinante no termina de abrirse para muchos lectores. Renuncia que les impide adentrarse en otras sendas literarias que conducen hacia desenlaces insospechados, plenos de ingenio e imaginación y, siempre, sorprendentes en la manera de situarnos frente al misterio que supone estar aquí, al reto de afrontar la vida, tal y como acontece en estos cuentos de Erckmann-Chatrian.

Ya lo hagan mezclando ensoñaciones, fantasía  y realidad, un cuento es la coctelera perfecta para juntar dichos ingredientes con una  desconcertante, y muy estimulante, sensación de armonía en nuestra mente, pues aquellos escritores y escritoras eran como alquimistas de palabras. 

Émile Erckmann y Alexander Chatrian

Además, en los cuentos memorables, la fantasía nunca es mero aditamento, algo que gira en torno a sí mismo de forma absurda, recupero estas palabras de Cortázar:

No acepto nunca ese tipo de fantasía, de ficción o de imaginación que gira en torno así misma y nada más (…)
La fantasía, lo fantástico, lo imaginable que yo amo y con lo cual he tratado de hacer mi propia obra es todo lo que en el fondo sirve para proyectar con más claridad y con más fuerza la realidad que nos rodea.”

Por eso tengo una fe ciega en estos libros de cuentos y relatos (y con ellos me refiero a la mejor literatura) para salvarse del “naufragio”, si es que alguien se viera a la deriva lectora por causas varias; hastío, saturación, crisis existenciales… vaya usted a saber. 

Sin que ello me afecte ahora, no he sido inmune a tales lapsus. Tampoco lo considero tiempo infructuoso… tras un largo periodo lector, ese parón sirve para asimilar todo lo leído, dejando un poso más fecundo… en fin, cosas mías.



Es más, de existir alguna ciencia que permitiese sanar a través de los libros, yo recetaría ipso facto estos “Cuentos del Rin”  para combatir el síndrome de la abulia lectora, y recuperar la pasión por la literatura mediante el puro deleite de leer por leer, pues aquí las palabras no son, stricto sensu, asideros de la realidad, sino inquilinas de paso entre lo real y lo fantástico, moradoras de ese paraje brumoso que se cierne entre el mundo y el intramundo.

Aunque me gusta el relato actual, testigo de nuestra época, confieso mi predilección por los grandes cuentistas del pasado.

Zola, Maupassant, Gogol, Chejov, Dickens, Poe, Hawthorne… uff, no citaré a todos los autores de cuentos que tengo por ahí, pero nombraré a Hoffmann y Auerbach, dos de  los que más influyeron (sobre todo el primero) a estos alsacianos que os presento.




Otro atractivo que nos ofrece el libro reside en ese raro fenómeno literario de las obras creadas al alimón.

Se trata de los escritores Émile Erckmann y Alexandre Chatrian, oriundos de Alsacia (Alsacia-Lorena), región histórica y cultural incrustada entre el noroeste de Francia y el noreste de Alemania. Un territorio que se extiende por el margen occidental del Valle Alto del Rin,  constituyendo el marco de estas narraciones. De ahí su título, “Cuentos de orillas del Rin”.



Su estilo narrativo parte de la gran tradición cuentista de la Selva Negra alemana, con un folclore tan rico como antiguo y que plasmó magistralmente el ya mencionado Auerbach en sus “Cuentos rústicos de la Selva Negra”.

La ambientación y descripciones de esos pueblecitos y pequeñas ciudades asomadas al Rin, los fríos y oscuros inviernos que las asolan, la lluvia repiqueteando en el carcomido ventanuco de la taberna… son destellos literarios cuyo brillo no decae pasen años o siglos.

Así como la arrolladora imaginación con la que los autores van desdibujando la realidad, magnífico exponente es el cuento “Mi ilustre amigo Selsam”, en donde se mezclan elementos tan dispares como la ciencia, primitivos instrumentos musicales africanos y europeos, un grupo estrafalario de amigos, una honorable dama de “supuesta mala salud”, los Oratorios de Haendel, música de Haydn, todo ello aderezado con un genial humor negro, pues la muerte siempre ronda al acecho.

Y claro, los protagonistas en cada relato, guarecidos en la inquietante penumbra de las tabernas (en este libro no hay cuento sin su taberna con nombre), también se hacen preguntas mientras miran al vacío, ¿por qué los hombres hacen lo que hacen? Y ¿qué sentido tiene desear lo que se desea? Preguntas atrapadas en el ambiente viciado de aquellos antros que siguen flotando en el aire de nuestros días.

Mi vieja edición de Austral no tiene la mejor de las traducciones, suele pasar con muchos de estos viejos libros, y solo reúne seis cuentos:

El tesoro del viejo hidalgo
Mi ilustre amigo Selsam
La pesca milagrosa
La ladrona de niños
El blanco y el negro
El ciudadano Schneider


Por suerte este título se ha reeditado recientemente con una traducción excelente y prólogo de Javier Marías, un apasionado de esta obra, (también lo ha publicado él en su editorial Reino de Redonda).

Estas nuevas tiradas han añadido otros dos cuentos a los que ya había. Son El réquiem del cuervo y El canto del vino.

Os muestro una imagen de este ejemplar (que no tardaré en adquirir, pues son cuentos ideales para releer). Y luego una breve introducción de Marías.




"Cuentos de las orillas del Rin es uno de los libros menos conocidos de Émile Erckmann y Alexandre Chatrian. Su propuesta es un viaje en el tiempo, al mundo rural de las dos márgenes del gran río del norte de Europa, a las ciudades que durante generaciones amalgamaron lo alemán y lo francés, a regiones donde el vino empieza a no ser blanco y la cerveza se elabora con nuevas recetas. Si bien el dúo Erckmann-Chatrian cosechó en su época más fortuna con historias macabras o directamente fantásticas, los ocho relatos que forman este volumen no dejan de poseer un elemento misterioso y siniestro, así como cierto matiz ambiguamente sobrenatural."

Poco más que decir... No sé por qué, pero en las riberas del Rin suelen ocurrir cosas muy extrañas, inquietantes si se prefiere. Mejor lean estos cuentos alumbrados al quinqué de una taberna alsaciana, en alguno de sus lúgubres rincones la mente de un escritor trabaja en estado de éxtasis…