miércoles, 17 de mayo de 2017

Locura. Mário de Sá-Carneiro (Lisboa, 1890 – París, 1916)


Libro. Celeste Ediciones. Colección Minúscula, 2000. Traducción y prólogo: Pedro Mireles. Ilustración de cubierta: La pesadilla, de Johann Iteinrich Füssli. 64 páginas. 




Comienzo con este fragmento de la contraportada:

“Sá-Carneiro, amigo de Fernando Pessoa, es considerado, junto a éste, una figura clave de la literatura moderna portuguesa. Después de atormentar a su «querido amigo», anunciándole su suicidio en repetidas ocasiones, después de haber conocido el amor en sus últimos meses de vida que disipó en la lujuria, Sá-Carneiro se suicidó en el Hotel Nice de París tomando cinco frascos de estricnina. Locura… es una inquietante novela que se adentra en los raros desequilibrios de las pasiones y pensamientos de su protagonista. Sá-Carneiro, en una historia llena de rebeldía y erotismo, explica los mecanismos que le llevaron a escoger su propia muerte.”

Si me atengo meramente a la apariencia física de Mário de Sá-Carneiro, no encuentro, observando las imágenes que circulan del escritor, indicios reveladores de estar frente a un potencial suicida. Un rostro complaciente, algo regordete, mirada amable… Pero claro, ¿qué rostro tiene un suicida? Todos y ninguno. Cualquiera.


Mario Sá-Carneiro. Foto Wikipedia

Sin embargo me resisto a dejar que mi intentona de “investigador forense” caiga en el vacío. Entonces, sumido en una morbosidad descarada, observo la expresión de otros célebres semblantes abocados a idéntico y trágico destino.

Podría ser… me cruzo con Pavese. Sí, podría ser Pavese el rostro de un suicida, aunque observases doscientas fotografías de él, sería harto complicado verlo sonreír en dos o tres. Sus ojos parecen cansados por una sensación de hastío vital.


Pavese. Foto internet

Podría serlo aún más, Alejandra Pizarnik, me doy de bruces con su imagen. Hay en su mirada “algo” que me habla de una honda tristeza arrinconada en su alma, incluso cuando sonríe parece hacerlo desde el abatimiento. No atisbo la calma y serenidad que refleja Sá-Carneiro. Un rostro, otro, y otro más. En fin; Todos y ninguno. Cualquiera.




Alejandra Pizarnik. Fotos internet

Tanto me impacta verla así (a Pizarnik), que he tomado la decisión de poneros un poema suyo, aunque yo esté aquí con Sá-Carneiro, no le importará, seguro. 


La carencia

Yo no sé de pájaros.
No conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad
debería tener alas


Brillante.


Y esto me fascina de escribir sobre lo que leo, también el mismo acto de leer, que las palabras, no pocas veces, tienen el poder de elevarse por encima de mi voluntad inicial, de anteponer “su idea” a la mía, de alterar el rumbo de este escrito. En ocasiones las palabras te llevan por ahí volando, y no sabes bien donde aterrizarás, ¿es malo? De eso nada, a mí me entusiasma que me saquen de los caminos.




Verba volant, scripta manent, (La palabra vuela, lo escrito permanece). Pronunció una vez el político del Imperio Romano, Tito Cayo.

Aterrizo ya.

Tengo que revelar al principio el misterio de este libro, misterio que no es tal, pues el coprotagonista de la historia arranca el relato sin concesiones a la especulación:

“La muerte de Raúl Vilar fue muy lamentada. Todos los periódicos consagraron largos artículos al gran escultor. (…)
Y coincidieron unánimemente en que su prematuro fallecimiento había sido una grave pérdida para el arte nacional. Después, los años transcurrieron. Hoy pocos se acordarán ya del pobre Raúl. Es por eso mismo que me decido a hablar de él. Para hacerlo, nadie más competente que yo: fui su mejor amigo, su único amigo.”

Es decir, ese amigo leal, poeta y escritor con un brillantez proporcional al vacío en el que cae su talento, siente el impulso de rendir justicia a la memoria de su fiel amigo, el escultor. Hombre que ha alcanzado el éxito profesional y social. En esa tesitura discurre la narración de la novela.

En realidad esta pequeña, gran, obra se aboca a un final que parece fruto de la precipitación del escritor por concluirla, tanto que pudiera romper la armonía con las páginas precedentes, y aunque ya se sepa el desenlace desde el comienzo, no por ello deja de embargarte la sensación de asistir a una inesperada celeridad por dar término a la historia.

Bueno, es una consideración muy personal, tal vez otra mirada no lo vea así.

Era inevitable. Se palpa la saudade en esta breve obra de Sá-Carneiro, ese particular sentir melancólico de los portugueses que Manuel de Melo (1608-1666), definió así:

«bem que se padece e mal de que se gosta» (bien que se padece y mal que se disfruta).





Expuesto todo lo anterior, no es erróneo pensar que gran parte de la escueta producción del autor, poética en su mayoría, es una especie de siniestro tanteo a la posibilidad del suicidio. 

Entonces ocurre algo que, no por frecuente, deja de resultar extraño, en ese estadio literario, antesala de una muerte ya decidida, el escritor se “viene arriba”, con tal expresión refiero que el novelista exprime hasta la última gota de su talento para legar un libro de prosa impecable como es “La locura”, del mismo modo que los moribundos experimentan una súbita mejoría como señal inequívoca de la muerte inminente, enigmático y comprobado fenómeno, desde luego, llamado por los médicos Mejoría de la muerte, y que la ciencia aún no ha podido explicar.

Un antagonismo, como tantos, que refrenda ese dicho: «los extremos se tocan», ya sabéis, los niños y los ancianos, la vida y la muerte… Qué cerca están siempre una de la otra.

Además, en torno a M. Sá-Carneiro todo parece confabularse para llegar a su fatal desenlace, su gran amigo de la infancia, Tomás Cabrera Junior, se suicidó de un tiro en la cabeza delante de Mário, ambos tenían apenas veinte años en aquel momento.
Hecho que nos sitúa la naturaleza autobiográfica de la novela. fundiéndose los dos protagonistas, el escultor y su amigo el escritor, en el alter ego de M. de Sá-Carneiro.

No es de extrañar que el libro nos deje tales fragmentos:

“Frecuentemente tenía ideas extravagantes (el escultor), de una extravagancia siniestra. Por ejemplo, una noche –después de uno de sus habituales períodos de mutismo- de súbito exclamó:

«Me gustaría que muriera toda la gente… todos los animales y que solo yo quedara vivo.»

¿Para qué? –pregunté espantado.

-Para experimentar el miedo de verme completamente solo, en un mundo lleno de cadáveres. ¡Debe ser delicioso! ¡Qué escalofrío de horror!...”

Y que tuviera pensamientos como el que  confesó por escrito a Fernando Pessoa:

“Ya sé, positivamente sé, que solo hay ruinas al final del callejón, y continuo corriendo por él hasta que los brazos se me partan al encontrar el muro espeso del callejón sin salida. ¡Y usted no imagina, mi querido Fernando, adónde me ha conducido esta manera de ser! Hay en mi vida un lamentable episodio que solo se explica así. Aquellos que lo conocen, en el momento que lo viví, lo llamaron locura y disparate inexplicable. Pero no lo era, no lo era. Es que yo, si comienzo a beber un vaso de hiel he de beberlo hasta el final. Porque -¡cosa extraña!- sufro menos apurando hasta la última gota, que lanzándolo apenas empezado. Y soy de aquellos que van hasta el final. Esta imposibilidad de renuncia la encuentro artísticamente bella, y he de tratarla en uno de mis cuentos, pero en la vida es una triste cosa.”

Más cuestiones, me ha recordado mucho a otra lectura, un libro que me impactó por el dominio magistral de la narración, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, ambos escritores son maestros en reflejar los últimos estertores de la belleza, próxima a desvanecerse. Dicha similitud podría tener una explicación en la influencia del Decadentismo sobre uno y otro, y estas novelas concretamente. Fragmento como el de los cadáveres es un estilo de frases que también encuentras en El retrato de Dorian Gray.

En Locura pugnan todos los conflictos internos del escritor, a veces parece un combate agotador de fuerzas contrapuestas; la misoginia primera del escultor, hasta que conoce a quien será, primero su amante, luego su esposa, dando paso a la admiración por la figura femenina, que nunca dejara de tener su amigo, el escritor.




La relación contradictoria con la propia literatura que vive el personaje novelista, encontrar un sentido al oficio de escribir.

Ensalzar la virtud de vivir y, sin embargo, no dejar de juguetear con la posibilidad de la muerte.

Y todo ello con la palabra convertida en arma de seducción, así es el lenguaje de Sá-Carneiro, tremendamente seductor.

Hago una constatación, por lo demás siniestra, referente al hecho de que las obras de los escritores suicidas (por llamarlos de alguna manera), las más próximas al fatídico suceso, son trabajos que bordan la genialidad.

No en vano, ¿cómo afrontaría uno lo último que hará en vida? No son momentos para la mediocridad, para eso ya has tenido el resto de tu existencia, ahora hay que darlo todo, porque más adelante… quien sabe. 

Nadie ha regresado para contárnoslo.



martes, 2 de mayo de 2017

Aventuras de un irlandés en España. Walter Starkie (Dublín, 1894 – Madrid, 1976)


Libro. Espasa – Calpe. Colección Austral, 1965. Traducción Antonio Espina. 231 páginas.






Tenía preparada esta entrada desde hacía muchos días, pero no ha sido hasta ahora que he decidido publicarla, ¿razones? No lo sé, hoy me ha apetecido. Será la primavera…







Imaginad a todo un erudito, experto en filología clásica, catedrático de humanidades, investigador, poeta, antropólogo, ensayista, novelista, músico y que, además, hable fluidamente el romaní, la lengua gitana.

A priori resulta complicado encontrar a alguien así o parecido, pero ni mucho menos es imposible. Ahí tenemos el ejemplo de José Heredia Maya (Granada, 1947-2010), quien fue catedrático de Literatura en la Universidad de Granada, dramaturgo, poeta, ensayista, músico y cantante flamenco, casi nada. Pero no es él mi objetivo.

Ahora pensad en todo lo anterior y añadamos a ese curriculum, gran viajero, aparte del dominio en el romaní, también en su variante ibérica, el caló… Y todo ello sin ser oriundo de estas tierras íberas, sino de un país bastante más septentrional, anglosajón para más señas. Esto ya parece una tomadura de pelo, pero no lo es.

Ante ustedes, el enigmático Walter Starkie, un irlandés bonachón nacido en Dublín doce años después que su colega y vecino James Joyce.

Esquivo a todo perfil convencional. Algunos archivos históricos suelen presentarlo inicialmente como un viajero romántico del siglo XX. Solo es la punta del iceberg.

He mencionado “enigmático” irlandés, el entrecomillado no es un adjetivo gratuito. Si su semblanza roza ya lo inverosímil, podemos dar un giro aún más rocambolesco; sobre W. Starkie se cernía la sospecha de ser un espía perteneciente al Servicio de Inteligencia Británico, uno de tantos con la misión de evitar que el régimen de Franco interviniese en la II GM dando su apoyo a Hitler.

Churchill quería mantener la neutralidad española a toda costa. Infiltrados en Madrid no faltaron para tal empresa, entre ellos varios intelectuales y artistas de las Islas Británicas.





Siguiendo este hilo, un caso fascinante es el del actor inglés Leslie Howard, por entonces amante de Scarlett O´Hara no solo en “Lo que el viento se llevó”, también en la vida real. Llegó a Madrid en 1949, cuando Walter Starkie, años después de sus andanzas españolas, ya era residente en la capital y ejercía de Director en el Instituto Británico de Madrid.

De hecho ambos se reunieron, pues Walter le había organizado unas conferencias acerca de Hamlet que Leslie rehusó. Walter se quejó públicamente por la actitud del actor, éste afirmaba tener entre manos otros asuntos que atender…

Fue una estancia de dos meses, envuelta en un absoluto misterio y que acabó con la muerte del actor cuando el avión en el que viajaba fue derribado por los alemanes en la costa de Cedeira, Galicia.

En cuanto a Walter nunca estuvo claro el asunto de su espionaje, buenos amigos suyos como los escritores Cernuda, Antonio Espina, Menéndez Pidal, Pío Baroja, Cela, o los pintores Zuloaga y Antonio Prieto no arrojaron luz sobre tal acusación. Nada se sabe con certeza.

Hablando de Cela, valgan estas líneas sobre Walter, pues el Nobel gallego fue gran admirador del irlandés:

"Había una vez, a lo mejor hace ya muchos años, muchísimos años, un viajero irlandés, comilón, andarín, bebedor y gordinflón, que se llamaba don Walter".





Fuera lo que fuese, a mí lo que me ha llegado es una excelente obra. Esta es la historia de sus andanzas por España, contadas por él. Era el año 1934.

Uno quisiera perpetuar la gratísima sensación que te embarga tras la lectura de una gran libro, entretenidísimo y culto, con una escritura cautivadora y elegante, trenzada con sorprendentes anécdotas que confieren a la narración un ritmo vivaz y andarín, tal es la naturaleza del locuaz W. Starkie.

Ha sido muy gratificante acompañar a este hombre en su periplo. Venturas y desventuras que él mismo narrará, oficio de escritor tiene para dar y tomar.

La materia prima la extrae de su peregrinar por medio mundo y su vastísima cultura, que no utiliza para apabullar, él la pone al servicio de un admirable sentido del humor, en el territorio literario hay pocas uniones más seductoras, o poderosas que ésta. Es fácil comprobarlo, empiezas a leer el libro y te das cuenta que ya no podrás separarte de él, desde que te levantas hasta que te acuestas.

Qué tipo éste, no tiene desperdicio.

Aparte de su deslumbrante cultura poseía encanto a raudales. Uno desearía disfrutar su compañía en una tertulia de sobremesa, para mí no tendría precio. Eso sí,  llevándole a una buena taberna con mejor vino y viandas para conversar, sellarías con él una amistad inquebrantable.

Si hay una persona al que el calificativo de bohemio le haga justicia, es él. No es que fuese un tipo estrafalario… Lo siguiente.

Profesor, conferenciante, ensayista, investigador, escritor, poeta, músico (era un consumado violinista), además de viajero y trotamundos incansable por medio mundo (en España ya había estado muchas veces). Un vividor, sin su acepción frívola, en el sentido de vivir como se quiere.





Amigo de gitanos, vagabundos, pastores, monjes como su buen amigo fray Justo, de quien siempre recordaba los serenos coloquios mantenidos en la quietud del Monasterio de Silos, campesinos, pintores (por ejemplo, Zuloaga), monarcas y republicanos, célebres artistas como Agustina, “La reina de los gitanos” (musa codiciada por los grandes pintores de la época), ilustres personajes de la nobleza, intelectuales de renombre (varios poetas y novelistas del 98 asistían a las tertulias de su carismático amigo irlandés, en su larga estancia madrileña, así como él asistía a las de ellos).

Con tan variopinto ramillete de personalidades departirá nuestro amigo Walter. Las anécdotas que se suceden de tales encuentros te sumen en la expectación hasta la última página.

Extensa amalgama social, ideas políticas de todo signo que la campechanía del dublinés acogía con toda la naturalidad, pues se consideraba hombre de espíritu humanista.

Igual de valioso encontraba compartir palabras, migajas y camino con algún mendigo sin más patrimonio que su conversación y el morral, que departir sobre monarquía y republicanismo con alguno de sus nobiliarios amigos en el suntuoso salón de un castillo. El mismo valor tenía para él una cosa y la otra.





Y de tal guisa tal libro. Su argumento no es novedoso, un intelectual extranjero que narra su experiencia por la península ibérica.

¿Un libro más donde un célebre escritor expone sus visicitudes en tal o cual país?

Va a ser que no.

Lo extraordinario es la forma en que abordó el viaje este músico, escritor y trotamundos. Eso pondrá una distancia enorme con el resto de dichas obras.

Dominaba bien el idioma castellano, y con no menos solvencia… el caló, sí, la variante ibérica del romaní (que hablaba fluidamente).  Jaja, un dublinés rubicundo que chamulla caló, ¡es muy fuerte! (Como se dice ahora).

Walter Starkie era una eminencia mundial en el estudio de la cultura romaní. Tal era su pasión que incluso había convivido temporadas con diferentes grupos gitanos en Los Balcanes y en Hungría.

El conocimiento del castellano se debe, entre otras cosas, a sus exhaustivos estudios sobre nuestra cultura y costumbres desde tiempos remotos hasta lo actual de entonces, y a los numerosos viajes que realizó al país, algunos acompañado de su esposa siendo ambos jóvenes entusiastas, supongo que hábidos de una curiosidad antropológica que ha dirigido los pasos de tantos estudiosos británicos hacia aquí. Baste recordar a hispanistas contemporáneos como Hugh Thomas, Ian Gibson o Paul Preston.

Por cierto, aprovechando mi tendencia a la digresión, os contaré que con Gibson me crucé un par de veces caminando por la Gran Vía capitalina (no es tan difícil), viendo en la distancia como su trayectoria y la mía se iban aproximando hasta confluir con apenas unos centímetros de separación. Era la viva imagen del intelectual ensimismado que todos tenemos en la cabeza, un andar pausado, libros en la mano, la mirada extraviada en algún punto de fuga indefinido y, por encima de todo, ese (des) peinado imposible que corona su cabellera, cuya apariencia no hace distinción entre las horas del sueño nocturno y las del día. Lo cual no deja de ser prodigioso, que tanto en tiempos de ventisca otoñal, como en la calma chicha de agosto, la estructura de sus cabellos rebeldes se mantenga intacta.

Comentaba, como elemento excepcional del libro, su extravagante manera de viajar.

Por si no lo había dicho, la pretensión de Walter era recorrer buena parte del País Vasco, Castilla la Vieja y el centro peninsular, finalizando en Madrid… a pie, o en mula, o… La verdad es que ni él mismo tenía idea, iría viéndolo por el camino, mientras fuera acompañado de su violín, al que comparaba con Rocinante, lo demás era secundario.





Con su amado instrumento arribaría hasta la capital del reino para perderse en innumerables tertulias de café con sus amigos poetas, pintores y novelistas, entre los que se encontraban Machado, Valle Inclán, o Unamuno, por citar algunos. Todos desfilarán por el libro, por ejemplo Unamuno, nos narrará su encuentro en una lúgubre tasca de Hendaya, en donde lo descubre meditabundo en una mesa apartada, arrinconada en la oscuridad.

Sí, viajaría con lo puesto, un poco de dinero para los primeros días, en un viaje que le llevaría meses. Su violín habría de procurarle cobijo y comida tocando melodías españolas e irlandesas en tabernas y calles de los pueblos y ciudades que visitaría. Por eso sus colegas irlandeses, intelectuales y catedráticos como él, pensaban que el simpar Starkie estaba mal de la cabeza.

A él le traía sin cuidado tal o cual opinión:

“Es natural que cada viajero que vaya a España lleve su pequeña dosis de locura quijotesca. (…)

Predicaba con el ejemplo:

“Muchas noches acampo fuera de los pueblos; pero mis vestidos son demasiado ligeros para este País Vasco, que suele tener un verano traidor. (…)
Al salir de San Sebastián hacía sol y yo supuse que podría acampar en noches sucesivas bajo los árboles. Al pasar por Zarauz busqué un rincón apropiado (…) Por fin encontré lo que buscaba fuera del camino, al pie de unos árboles.
Serían las nueve de la noche y no se oía ningún ruido, excepto el ladrido distante de los perros de alguna casa de labor. Encendí un fuego (…), tendí mi capa en el suelo y me dispuse a dormir.

¡Cuán humildes son las necesidades de un solitario errante por los caminos del mundo!

La capa que llevo, a cuadros negros y blancos, se la compré a un pastor; es una capa tosca, pero abriga mucho y que me gusta echar sobre los hombros cuando el frío arrecia. Hay un proverbio español que dice: « Debajo de mala capa se esconde un buen bebedor.» Mi capa es pobre, pero tengo en mi mano la bota de vino. Nadie debe dormir al raso en España sin llevar una bota de vino, pues, como nos advierte otro proverbio español: « A mala cama, buen colchón de vino.» “





Menudo tipo, el irlandés…

Para este viaje aunó en su ser todas aquellas identidades que admiraba profundamente, y consiguió su propósito.

Adoptó la actitud quijotesca de caballero errante ante los caminos, por mor de su idolatrado Cervantes, hasta el punto de establecer ingeniosas correlaciones entre diferentes anécdotas vividas y andanzas de Don Quijote y Sancho. Se propuso hacer del espíritu nómada que anida en el alma de los gitanos, la brújula de sus trayectos. Adoptó el bon vivant de los trovadores y juglares medievales, que tan bien conocía, para deleitar a los lugareños con la música de su violín… y ganarse unos dineros con que degustar su venerada cocina española.

Tanto como lo gastronomía le fascina “esa querencia española por los refranes”, a los que dedica todo un capítulo. Un fragmento:

“Un vagabundo que se lance por los caminos de España necesita ir bien provisto de refranes. Le será tan necesario en el campo como en la taberna o en la plaza. Los campesinos castellanos están armados hasta los dientes de refranes y se los arrojan incesantemente unos a otros. (…)
Al principio el extranjero queda desconcertado. Un refrán es un golpe mortal en el duelo de la conversación. Cuando ha sido pronunciado no hay más que hacer que dejar el tema y buscar en el cerebro otro. (…)
El español saca su proverbio del gran fondo del saber popular con tan reverente cuidado como un anfitrión saca una botella de amontillado seco que desde muchos años guarda con amor en su bodega. No hay disntinción de frase entre los refranes; el vagabundo o el bandido los usa en su conversación no menos que el rey o el aristócrata.”

Fue un consumado violinista, era su principal vocación. Ganó siendo muy joven un primer premio de violín en la Royal Irish Academy of Music. De hecho deseaba dedicarse profesionalmente al violín, sin embargo el padre había diseñado ya un futuro para el vástago, acorde con el impresionante ambiente académico que rodeaba a su familia.  

Ya por aquí, a la vista de su poco lustrosa apariencia, con sus ropajes ajados y polvorientos del mucho deambular,  sería mirado más de una vez con recelo por la sospecha de estar ante un vagabundo cualquiera.

Lo que le salvaba era su deliciosa conversación, aderezada con una labia encantadora de pícaro irlandés. Se las arreglaba para conseguir cama gratis, o a precio irrisorio, en toda clase de tascas, posadas y tabernas, a cambio de amenizar a los parroquianos e incitar al consumo colectivo de vino tinto.





Establecía alianzas con otros músicos, callejeros como él, gallegos, vascos, muchos andaluces (éstos subían en hordas al norte de España en época estival, ahí estaba el dinero), para animar las tascas y sacarse unos cuartos… Los sabios consejos de los guitarristas, trompetistas, flautistas o gaiteros del lugar valían su peso en oro, necesitaba esas camaderías para tocar en los sitios donde rascarse los bolsillos fuese la norma entre los comensales, y también evitar aquellos antros en donde lo reluciente no eran las monedas, sino el filo de las navajas… No siempre lograba evitar líos, claro está.

Sus impresiones sobre las ciudades y la idiosincrasia de sus moradores me parecen magníficas:

"Fuenterrabía es una ciudad enervada, que ve transcurrir la vida moderna sin preocuparse de abrir los ojos para enterarse. Esto es una gran ventaja para el extranjero a condición de que sea un espíritu contemplativo. (…)

Fuenterrabía es pequeña, con menos de mil habitantes (1934) (…) Parecería una ciudad muerta sino fuese por los gritos y  el alboroto de innumerables chiquillos que juegan en la calles y patios vacíos. Una de las primeras impresiones del viajero en España es la de ver tantos niños y la libertad que gozan. En ningún país los chicos corren, saltan y juegan con tanta alegría y libertad como lo hacen en España.

En las demás naciones se procura inculcar a las criaturas desde muy pequeñas el principio del orden y disciplina, incluso para sus juegos. En España se deja en absoluta libertad al individualismo personal de cada niño; saltan en las calles como gatitos; gritan y persiguen a los extranjeros con preguntas curiosas, que acaban por molestar, pero que al mismo tiempo le dan la sensación especial de que estos niños son los más encantadores del mundo.

¿Cómo es que estos chicos y chicas de ojos grandes, sonrientes, se transformen luego en vascos corteses, lentos y taciturnos?

Acerca de unos de los cuadros de Zuloaga, cuando estuvo visitando al pintor en su casa de Zumaia:



Los flagelantes muestran, en efecto, un aspecto del alma española que se repite a lo largo de su historia. Las caras arrugadas de estos hombres y mujeres, campesinos de Castilla; las casas, ruinosas, y toda la melancólica tristeza de la escena nos dan una versión indudable de la españa ancestral.”



Foto internet

En ocasiones fue recogido por campesinos castellanos que iban o regresaban de las faenas, al ver su aspecto desaliñado y con cara de no haber zampado un buen estofado en días, no lo distinguían de un mendigo, y como era costumbre en esa gentes rudas y dignas, compartían con el andariego lo poco que ellos tenían.

Otras se acercaba solitario a algún asentamiento gitano, contraviniendo reglas de prudencia elemental, pues los gitanos estaban siempre resquemados, a la defensiva contra los payos por el continuo hostigamiento hacia estas gentes errantes, lo que provocaba bastantes trifulcas entre unos y otros.

W. Starkie sabía como ganarse su confianza, bastaban unas pocas palabras en caló, muy bien escogidas, ante la estupefacción de mujeres, hombres… y risas de los niños (imaginad a un grueso irlandés, enrojecido por el sol, dirigiéndose en caló a estos gitanos… habría que verles la cara).

Disipado el estupor, el patriarca le hacía sentarse a su lado, compartiendo el calor de la lumbre bajo las estrellas… sin faltar un suculento guiso de gallina y la bota de vino. Entonces surgían de ambos algunas palabras, pocas, pero cada una precisa en su capacidad de abarcar la idiosincrasia de una cultura milenaria. Y ellos mismos se convertían en una estampa antigua, tan vieja como ese crepitar del fuego, entre el olor penetrante de los maderos en ascuas.

En estos casos lo solían agasajar durante un par de días y, por orden del patriarca, lo trataban a cuerpo de rey.

Así es este libro, un cruce de caminos literarios exótico, una crónica viajera que tiene mucho de relato cervantino, pues las comparaciones de usos y costumbres con pasajes de sus admirados Sancho y Don Quijote aparecen con el acierto de un gran conocedor, no solo del Quijote y la obra cervantina, sino de toda nuestra literatura desde tiempos pretéritos.

Esto da lugar a una obra cultísima (y me atrevería a decir, de culto), pues son muchas las referencias artísticas, literarias e históricas que atesora, todo con prosa exquisita que se hermana sin fricciones con la lengua coloquial, y el caló. Peculiar Walter Starkie, expresándose en dicha lengua a la mínima oportunidad que se le presenta, asombrando a propios y extraños.





No solo un libro cervantino, también “barojiano”, “unamoniano” y hasta “valleinclanesco”.

Sin olvidar que: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, pues con tales palabras de Machado (merecedor de unas interesantes líneas) está hecho el espíritu de este libro, una escritura que va surgiendo de los caminos, igual que las siembras de cereales en los campos castellanos que circundaba.

Delicioso el apartado Tertulias dentro del capítulo “Madrid”:

“Desde las siete hasta las nueve, todas las noches, los madrileños, tan parecidos a los irlandeses, de los cuales el doctor Johnson observó elegantemente: «Son un pueblo justo: nunca hablan bien unos de otros», se reunen en sus tertulias. Con la excepción de Dublín, en ninguna ciudad de Europa se derrocha en la conversación tanta mordacidad como en Madrid. Pero mientras los ingleses de Dublín viven bajo el crepúsculo céltico y se guardan de las flechas de sus adversarios con la niebla, los francotiradores de Madrid, bajo su atmósfera limpia, casi nunca fallan el blanco.”

Aquí nos cuenta su presencia en una de tantas, con Machado:

“Cada tertulia suele tener una especie de jefe o presidente, que es el que da el tono a la reunión. Si la preside un poeta, como Antonio Machado, la conversación recae generalmente sobre los poetas de la España moderna; Antonio Machado habla lento y mesurado, maravillando con su imaginación y sus agudezas de andaluz a todo el que le escucha."

También esta, con Valle-Inclán:

“La tertulia más pintoresca que conocí en Madrid fue, sin duda, la de Valle-Inclán (…) posee una fuerte dosis de la sal picaresca de Quevedo y del Arcipestre de Hita. Valle-Inclán es alto y delgado, de rostro pálido y cadavérico y lleva enormes gafas de concha que le dan el aspecto de un ave de rapiña. Ostenta larguísima barba gris y suele usar una fúnebre y negra capa que envuelve holgadamente su cuerpo enjuto. (…)

Don Ramón habla con una voz ceceante, que hipnotiza a sus oyentes. Cada palabra suya cae cae en el silencio de sus oyentes como una nota aguda y cristalina de música.. El ascenso y descenso de sus tonos vocales me hicieron evocar a aquellos taumaturgos que acertaban a ahuyentar las enfermedades y la muerte con el conjuro de su voz de plata. Cada frase era una melodía, el poeta gozaba escuchando los ritmos maravillosos de su propia voz.”

Las divertidas ocurrencias, comentarios y anécdotas del irlandés alcanzan cotas literarias geniales, en un libro que, sin ser ficción, es Literatura en estado puro. Uno se sonroja por el hecho de que un extranjero le ilustre sobre tantas cuestiones de nuestras letras, de nuestro arte, de nuestro folclore, y suma y sigue.

Además pone la nota (nunca mejor dicho) en la “letra pequeña” de la Historia, él mismo está inmerso en el cotidiano devenir de las gentes y pueblos que lo acogen. Toma sus notas a pie de calle, por tanto el retrato social que se nos muestra tiene una enorme riqueza, ofrece una serie de acontecimientos que, en su aparente insignificancia, lo dicen todo.

Lo fascinante de este intelectual es la pasmosa facilidad que tenía para amoldarse a estratos sociales tan dispares; ya fuera un marqués, un guitarrista gitano, o un gaitero gallego, y esos jugosos encuentros nos los brinda para nuestro deleite. Asistimos a un viaje hacia nuestro pasado que, en gran medida, explica nuestro presente.

Igual dormía bajo las carretas de los gitanos, o en la más absoluta soledad cobijado al borde de un viejo álamo, tiritando de frío por el txirimiri cantábrico, que lo hacía en el castillo feudal del conde fulanito o menganito.

Creo haber captado la esencia que se nos sugiere entre líneas, más allá de la enorme cultura y erudición de Walter Starkie, pienso que la verdadera sabiduría estaba en esas pocas palabras intercambiadas con un vagabundo en los caminos solitarios, o al amparo de noches al raso, palabras fugazmente alumbradas por el resplandor de las hogueras. Es ahí donde empezó todo, donde la literatura echó a andar, hasta recorrer el vasto camino que hoy la contempla.

Gran mensaje de Walter, al viaje hay que ir con el equipaje justo, esencial, es decir, las palabras, la música de un violín y ánimo para caminar… sin prisas

“Un violinista vagabundo que quiera sacar dinero a los gallegos testarudos tiene que tocar una nota baja de zángano en la cuerda como acompañamiento de su aire. Ha de imitar la gaita o marcharse sin un céntimo”





Pues eso, vámonos, ¿a Camariñas con Luz Casal y Luar Na Lubre?

¡Quién osaría decir no a esta mujer!