P. Castillo

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domingo, 9 de enero de 2022

 

Letras indecisas...


Disculpad si me extiendo, pero me vence el deseo de contaros algunas cosas, y concluido este escrito puede que me vuelva a recluir como un erizo en su madriguera. 

Fotografía, Paco Castillo


Aprovecho pues.

Acabo de venir del campo, ansiaba su serenidad después del trajín navideño. El viento se ha hecho notar. Pasando junto a unos viejos olmos cerré los ojos para escuchar el crujir de las ramas, luego de rebasarlos los volví a cerrar dejando que el viento anegase las praderas enteras, abriéndose paso entre retamas, meciendo juncos y deslizándose entre brotes de hierba tierna, esta vez la voz del viento era más grave. Me pareció que esa era la voz misma del tiempo alejándose de mí.

Nada más sorprenderte el viento emigra con la misma celeridad, agitando en lontananza otros árboles, acaso observados por otro caminante, quien sabe.

Esa voz grave del viento siempre me supo a despedida. Debe ser eso, que el sonido del viento es la voz del tiempo diciendo… Adiós. 

Fotografía, Paco Castillo


El Principito ha sido el primer libro que he abierto en este incierto 2022. Lo he abierto otras veces, en otros años, no recuerdo si al principio o final de los mismos, da igual, una vez que empiezo sé que lo acabaré.

Fotografía, Paco Castillo

La unión que crea Saint-Exupéry entre su cautivador estilo poético y el hondo calado filosófico de la narración, me sigue pareciendo prodigiosa, uno de esos grandes logros literarios que permanecen en la retina del lector, sin duda.

Ya dije en un blog amigo que Saint-Exupéry no escribió El Principito pensando en una obra infantil o juvenil, lo hizo para los adultos, esencialmente para aquellos que desterraron al niño que fueron. El Principito merece una entrada para el solito. 


Fotografía, Paco Castillo

Ahora voy con otro asunto. En la página 97 de un libro; “Sobre la felicidad”, de Alain (seudónimo que utilizó el filósofo francés Émile Auguste Chartier, 1868-1951), asomaba un trozo de cuartilla a modo de marcapáginas. A veces extravío el que tenía y uso lo que vea por mi escritorio, y cuartillas de mis hijas no faltan, o sus pedazos cual restos de una batalla.


Fotografía, Paco Castillo

Ahí se leía a duras penas el nombre de PAPA (sin acento), con trazo indeciso y ya borrado, señal inequívoca de la autoría de Itziar (5 años), la pequeña de mis hijas.

 

Fotografía, Paco Castillo

Me quedé absorto frente a las letras agonizantes, y me puse a escribir tirando de ese hilo...


Mi hija borró sus palabras escritas a lápiz,

palabras que yacen desangradas

por las esquirlas de goma,

quizás no sean esquirlas, sino pájaros oscuros

huyendo de la tormenta, como esos cuervos

que pintó van Gogh en Auvers  poco antes de morir.

 

Sobre la hoja irrumpen ráfagas negruzcas, manchones grisáceos

semejantes  al horizonte contaminado de Madrid.

 

Pero el deshecho de estas palabras infantiles es inocuo,

el trazo irregular de las letras procede de una

energía limpia; unas pequeñas manos manchadas de acuarelas,

son palabras sin CO2, solo cargadas de aires ingenuos y cándidos… 

 

“MI MAMÁ ME MIMA”; “PAPÁ COME PERA”.


Pasarán los años  y la vida irá emponzoñando

corazones, mimos y peras.

Nuestro aliento enturbiará el cielo,

y nadie se asomará al balcón

esperando a las golondrinas,

marcharon a Auvers en busca de

un pintor melancólico.

Escribiremos y escupiremos palabras

venenosas como Boris Vian,

dejando alguna que otra alma

ennegrecida sobre su tumba.

 

No habrá gomas blancas para borrarlas,

y esos pájaros oscuros querrán regresar

a la hoja amarillenta, buscando consuelo

en aquellos tiempos  de letras imprecisas,

que con tanta precisión custodia  la memoria.


Y con la inocencia ya desterrada contemplaremos

un cuadro de José Gutiérrez Solana

retratando la sordidez humana,

y desde la mirada maleada de adulto pensaremos;

¡hermosa composición!


Aventuro la pregunta de mi hija

ante un cuadro del artista:

¿Por qué no ha pintado árboles  y el cielo, papá?

Cariño, pues…


Este arrebato elegíaco, por llamarlo de algún modo, responde a mis últimas lecturas poéticas. Sigo en la antología de poesía china con el gran Li Po a la cabeza, modelo de exquisita sensibilidad, páginas trenzadas de pesar por nuestra fugaz existencia. También otra antología de la poeta finosueca Solveig von Schouldtz (1907-1996), en donde la naturaleza femenina se funde con la Naturaleza, además continuo releyendo Crónica, breve pero intenso ejemplar de Joan Margarit


Poesía china: Del siglo XXII A.C. a las canciones de la Revolución Cultural. Selección de Marcela de Juan. Alianza editorial.


Solveig von Schoultz. Antología Poética. Endymion. Traducción y prólogo de Jesús Pardo.


 

Joan Margarit. Crónica. Barral editorial.


Por último, Saint-John Perse, leo su poesía en “Anábasis y otros poemas”. Aquí penetro en un gruta inhóspita, los destellos luminosos de los anteriores se ahogan en la gélida penumbra de Saint-John Perse, pero existe una belleza inherente a esta decadencia poética, aunque no sepa definirla, lo percibo en “La ciudad”  uno de sus poemas que más me gustan. Es justo lo que me sucede ante un cuadro de José Gutiérrez Solana, tan fúnebre, y que concretaré más abajo. Toda una fascinante mezcolanza poética.

Fotografías, Paco Castillo
 
Un intenso fragmento de “La ciudad”, Saint-John Perse.

"La noche desciende, entre el vaho de los hombres..." (me maravilla esa línea).

La relectura de poesía es muy reveladora de nuestro ser cambiante, pues esos mismos poemas siempre irrumpen con nuevos hallazgos, alumbrando matices diferentes en cada lectura de los mismos, y lo inédito que descubre de mí toda vez que lo lea resulta muy estimulante.


La mención de los cuervos pintados por van Gogh no tiene ningún misterio; Alain y su “Sobre la felicidad” reposan encima de una biografía de van Gogh (“VAN GOGH o el entierro de los trigales”, de Viviane Forrester), y dicho esto, resulta irónico que la Felicidad (de Alain) encuentre su apoyo en van Gogh, tan infeliz…


VAN GOGH o el entierro de los trigales. Viviane Forrester. Editorial Argos Vergara.

Sobre la contaminación madrileña, fácil también, desde mi localidad puedo divisar el horizonte capitalino, a unos 14 kilómetros, ¿y cual es la estampa más común? Pues eso.

En cuanto a Boris Vian ("Escupiré sobre tu tumba", es la novela que poseo), no estaba junto a los citados, pero me cruzaría con el libro y el subconsciente hizo el resto…

Respecto al tremebundo pintor, José Gutiérrez Solana, lo tengo a la vista en un libro magnífico; “El arte en el noventa y ocho”, del profesor Arturo Colorado Castellary, a quien tuve en la universidad, guardando muy grato recuerdo.


Fotografía, Paco Castillo

En los cuadros de Solana hay algo de escalofriante, como el estertor de un moribundo. Lo siniestro es distintivo en su peculiar obra. Fijaros en éste; Garrote vil.


La escena está basada en la última ejecución acontecida en la localidad castellana de Alba de Tormes, hacia 1897, aunque Solana la pintó en 1931. Estamos en un paisaje castellano de sobrecogedora penumbra, un ambiente sombrío que nos oprime el alma, y esos rostros severísimos ante la inminente ejecución del condenado; no hay lugar para la compasión, parece decirnos Solana.

Yo, que me reconcilio con la vida en los días azules del campo, y por ello tendría que perderme en la idílica luz mediterránea de Joaquín Sorolla, me siento, sin embargo, misteriosamente atraído hacia la oscuridad interior, castellana, de Solana, como si el hallazgo de la belleza en lo tenebroso me pareciese más seductor que en la luminosidad de Sorolla. Será por la eterna dualidad de la vida (los pares opuestos; el día y la noche, el mar y el desierto…) que acaban uniéndose en una equidistante armonía y nos sumen en un embeleso extraño. 

Paseo a orillas del mar (1909). Sorolla, retrato familiar de la esposa del pintor, Clotilde, y de su hija María.


Es paradójico, pero ambos pintores captan la esencia que nos configura como pueblo; la luz y la oscuridad que anida en nuestro ser. Somos entes en continuo conflicto por sus contradicciones y, a la vez, conviviendo en un extraño equilibrio. Por tanto, es inútil huir de la oscuridad hacia la luz, porque no se puede huir de uno mismo, la luz, como única posibilidad, acaba cegándonos, y la oscuridad nos marchitaría la vida, mejor que convivan juntas; un aprendizaje elemental en el Budismo. 


¿Y por qué tenía un trocito de papel escrito por Itziar en la página 97 de ese libro?

Por un tren con su viajante, ante cuya mirada va desfilando el paisaje y su paisanaje. El filósofo Alain, quien fuera profesor de la célebre Simone Weil y a la que tanto influyó, nos lo cuenta así…

“En ninguna parte se está mejor que en un vagón del tren; (…).

A través de amplias ventanillas se ven pasar ríos, valles, colinas, pueblos y ciudades; la mirada sigue las carretas que flanquean los ribazos, los coches que ruedan por ellas, las barcas que navegan por los ríos; todas las riquezas del país se despliegan ante nosotros; campos de trigo, de centeno, de remolacha, una refinería, montes bellísimos, pastizales, bueyes, caballos. Las zanjas nos muestran las capas del terreno. He ahí un maravilloso álbum de geografía que ojeamos sin esfuerzo y que cambia cada día según las estaciones y el tiempo. Vemos asomar la tormenta por detrás de las colinas y cómo los carros de heno apresuran su marcha por los caminos. Otras veces, contemplamos a los segadores envueltos en polvo dorado y en aura vibrante de sol. ¿Qué espectáculo hay capaz de igualar a éste?

Pero el viajero lee el periódico, trata de poner interés en malísimos grabados, saca el reloj, bosteza, abre la maleta, la cierra. Apenas llega a su destino, cuando para un coche y sale disparado como si ardiera su casa. Por la noche le encontraremos en el teatro; admirará árboles de cartón pintado, escenas de siega y un campanario simulado; falsos segadores le atronarán los oídos y él dirá mientras se frota las rodillas, magulladas por la especie de cajón en que se halla aprisionado: «Los segadores desafinan; pero el decorado no está mal»

2 de julio de 1908


 

Fotografía, Paco Castillo

Así es, Alain, mi hija también me preguntaría por qué admiro esos cuadros de Solana en donde los árboles y el cielo no existen.

Supongo que Itziar lo irá descubriendo, y otras cuestiones afines, a medida que su lapicero vaya dejando de escribir… "MI MAMÁ ME MIMA".

Mientras tanto, me consta que seguirá construyéndose un planeta a su medida, como El Principito (como hacemos todos…), para ver una puesta de sol cada hora (incluso menos), tal cual hace el pequeño protagonista.

Yo me he quedado merodeando por unos cuantos planetas del libro. Hay uno, también minúsculo, en donde su rey quiere nombrar ministro de justicia al Principito (a ver si así logra que el muchacho le haga un poco de compañía). Pero están ellos dos solos; ¿a quién juzgar?

"-Te juzgarás a ti mismo –le respondió el rey-. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse así mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio."

El Principito, Antoine de Saint-Exupéry


 

Fotografía, Paco Castillo

Pasad una buena tarde de domingo.


jueves, 25 de noviembre de 2021

 

La amplitud de lo diminuto…


Arriba, renacuajos en la charca, abajo, un insecto volador (himenóptero) escudriñando las flores primaverales. Fotos, Paco Castillo


Por cada escarabajo que han  pisoteado en el camino, deshaciendo sin miramientos su existencia, yo me tumbé junto a cientos en las veredas, y cuando me puse de nuevo en pie, lamenté todas las veces que no me arrastré sobre la tierra, que mi cuerpo no se mezcló con el barro,  dejando que el frenesí que nos asola sucumbiese sin violencia, simplemente seducido, a  ese mundo que el escarabajo dibuja en los senderos con la lentitud de sus pasos, como las ondas expandiéndose serenamente en los charcos al caer  las hojas derrotadas del otoño.


                                                          Escarabajo. Foto, Paco Castillo

Situar mis ojos a ras de su cuerpo, y adentrarme en  mundos diferentes dentro de nuestro propio mundo, y saber que una parte del Universo está dentro de ese escarabajo, que porta un enigma tan insondable  como el mío.


                                                     

Escarabajos. Fotos, Paco Castillo



Al final siempre sucede igual; me quedo quieto y él va apartando diminutos granos de arena e imponiendo una apacible lejanía, una distancia amistosa, sopesando si atravesar una antigua escorrentía de  lluvias pasadas, y en vez de agua sortear guijarros pulidos que brillan al sol. Acabamos  separados por dos mundos que no dejan de ser el mismo.




Escarabajo y escorrentías. Fotos, Paco Castillo


Ninguno de los dos alcanzaremos una respuesta definitiva de lo que somos el uno para el otro, no hay explicación filogenética que valga, pero en ese  tiempo y lugar nos hermanó idéntico  misterio; existir. 

Y aunque cueste creerlo,  ambos somos  hijos de los millones de trozos de estrellas muertas en lo remoto y primigenio del Universo.


¿Por qué nuestra desesperada ansia de inmortalidad, si hasta las Estrellas mueren…?


Leyendo poesía china al paso de un caracol. Foto, Paco Castillo

Fugitivo relámpago es la vida,

que apenas si da tiempo a sentir su pasar.

Inmutable es la faz de la tierra y el cielo;

mas cuán súbito el cambio de nuestro propio rostro.

Poesía china. Li Po (701 d. C., China)



Otoño. Foto, Paco Castillo


Cierto, son pensamientos que me brotan en ese deambular campestre, como afirma el escritor británico Robert MacFarlane; “podría decirse que hay pensamientos específicos del lugar y sensibles al movimiento” (en mi caso el caminar).

(…) los pensamientos, sentimientos y sensaciones crecen en ciertos lugares como lo hacen las plantas (…)

Cuando uno desciende hasta lo diminuto y  admira aquello que se considera insignificante, amplía el horizonte existencial de un modo insospechado, sorprendente, pues plantea su posición  en el mundo desde la humildad (y la humildad no deja de ser un hallazgo sorprendente), comprendiendo que no es el amo absoluto de esta casa; la Tierra, y que tan legítimos inquilinos como nosotros, incluso más por antigüedad, lo son un escarabajo, una ballena azul o una amapola.

Fotografía, Paco Castillo

A partir de ahí, comienza el aprendizaje de lo que  verdaderamente es importante…



Paco Castillo.



Os dejo con la hipnótica voz de Eivør cantando a los bancos de niebla,  y unas pocas palabras extranjeras para cuyos significados nuestro idioma no tiene palabras, son  intraducibles, las acompaño con fotos de mi autoría. 

 

´inapoiri (maorí, Islas Cook) noche sin luna



 hanibaram (coreano) los vientos secos y fríos que corren del oeste en un día sereno

 


serein (francés) llovizna que cae de un cielo despejado

 


rionnach maoim (gaélico) las sombras proyectadas en el páramo por las nubes que se mueven por el cielo en un día brillante y ventoso



 tojji (tulu, India) burbujas que forma la espuma del agua

 


Komorebi ( japonés): destellos de la luz que danzan entre las hojas de los árboles



gökotta
(sueco) despertarse temprano en la mañana simplemente para ir afuera y escuchar los primeros cantos de los pájaros





No se me ocurre mejor cierre que la deslumbrante voz de Eivør  con Mjørkaflókar (Bancos de niebla, en feroés...)






 


 

viernes, 15 de octubre de 2021

 

Mi punto de vista. Søren Kierkegaard (Copenhague, 1813-1855)

RBA Editores, 1985. Traducción de José Miguel Velloso. 203 páginas.


Estos días días parecían propicios para acompañarme de Kierkegaard, lo rescaté de mi escritorio y tras encarar unas primeras líneas se acrecentó mi curiosidad, total; decidí llevármelo a los caminos y leerlo por ahí...




El vehemente Kierkegaard se proponía en su “Punto de vista” que no nos llevemos a engaño respecto al tipo de escritor que es y evitarnos falsas expectativas, que nos enterásemos de una vez por todas; él no es un “escritor estético”, lo que en su orden de cosas viene a ser literario.

No, por encima de todo hemos de saber que es un escritor religioso. Eso sí, deja claro que se ayuda de la estética por aquello de de resultar más efectivo en su mensaje.

Se proclama autor religioso por una sencilla razón, le duele en el alma ver como sus coetáneos dicen ser cristianos… cuando él observa que solo lo son a rebufo de la costumbre, porque así son las cosas y “eso” tenemos que ser en el rebaño ovejuno.




Pero a un pensador como él, que desde su propio cuestionamiento cuestiona todo lo demás, le enerva la situación; ¿la gente afirma ser una cosa sin conocer la cosa en sí? Y lo que es peor; ¿sin tener el mínimo interés en conocerla?



Preguntas, me digo, que podrían ser colocadas junto a un nacionalista de nuevo cuño, a otro que se proclama liberal, a este que se nombra conservador, a uno más que está en contra del sistema y se identifica antisistema, al de más allá que jalea su patriotismo frente al nacionalista, etc, etc.

¿Sabrá cada uno el exacto significado de lo que dice ser?




Ocurre que la férrea insistencia de Kierkegaard por proclamar su  verdadera condición de autor me llega a fatigar, o exasperar. Página tras página se agarra como una rémora a su verdad cristiana, a su cruzada, y mi ánimo ahora está lejos de atravesar una crisis mística y sacarle jugo a la obra. Decido saltarme algún capítulo, algunas páginas, y hacer una lectura muy sui géneris.

De lo que no me cabe duda es del compromiso adquirido por Kierkegaard en favor de sus ideales, tanto es así que no titubea en abandonar a su prometida; Regina Olsen, al considerar que la relación y el futuro matrimonio podrían desviarle de su particular cruzada ideológica. Él confesaría más tarde que la dejó por un “mandato divino”.

Como no puede ser de otra manera, pienso que ante Kierkegaard el equivocado soy yo con mi desgana, no es demérito del pensador danés, sino un momento de mi existencia que se convierte en muralla infranqueable para el libro.



Por eso digo que en esta lectura me hubiera venido fenomenal padecer una crisis de fe, pero no ha sido el caso, qué le vamos a hacer. No obstante dejo el libro cerca, pues nadie esta a salvo de la zozobra, y sé lo que digo.

Pero colegir de esto que el encuentro con Kierkegaard ha sido un ejercicio baldío sería erróneo, para nada es así.

Siempre hay unas palabras deslumbrantes, o dos o tres frases que crecen como una ola enorme de pensamientos, y ahí el campo florece con algunas flores dignas de entusiasmar al más reticente.


“Este es el secreto de ayudar a los demás. Todo aquel que no se halla en posesión de él, se engaña cuando se propone ayudar a los otros. Para ayudar a otro de manera eficaz, yo debo entender más que él, pero ante todo, sin duda debo entender lo él entiende. Si no sé eso, mi mayor entendimiento no será de ninguna ayuda para él. Sí, de todos modos, estoy dispuesto a empenacharme con mi mayor entendimiento, es porque soy un vano o un orgulloso, de forma que, en el fondo, en lugar de beneficiarle a él, lo que deseo es que me admiren.” (p.55)

“Cuánto he escrito hasta ahora no ha sido, en un sentido, agradable de escribir. Hay algo doloroso al estar obligado en hablar tanto de uno mismo.” (p.109)

Toda una declaración.

En verdad, hay una cuestión en la que no me siento distanciado de Kierkegaard; las crisis de uno jamás las alcanzan a comprender los otros, valga esto para todo el que atraviese su desierto. Así sea, larga vida al enigma que somos.



Y también fueron instantes provechosos porque en los caminos la lectura es como un río con sus meandros, lees un pasaje, cierras el libro y observas un acontecimiento que te sumerge en otro; unas ovejas que ya no hacen trashumancia, al menos por aquí, y adviertes la mirada del pastor en la tuya, buscando un afectuoso saludo que, por unos momentos, lo despierte de su bucólico ensimismamiento, y su otredad es ahora la tuya, deambulas con un libro en la mano y alma de pastor solitario.




O te sorprenden un par de pajarracos, viejos amigos, que parecen haberse reunido después de largo tiempo, cada uno con su credo, diferentes en su estampa, pero ambos en una misma convicción, el sincero interés por conocer las vicisitudes del amigo; tan distinto y cercano a la par.

Me convierto en observador privilegiado y pongo palabras al acontecimiento.


¿Qué tal va todo, compadre?

- Ahí vamos, un otoño más.


Y un verano menos, remacha el grandullón. 


No necesitan decirse más para saber el uno del otro.

Desgraciado de mí y de kierkegaard, aprisionados en nuestras diatribas existenciales.

Después, los camaradas se entregan a un silencio amistoso, cayendo en una placentera somnolencia que les hace mirar vagamente el horizonte.

Estornino y paloma torcaz. Fotos, Paco Castillo

Es lo que tiene una amistad fraguada en los veranos que mueren y los otoños que arriban con viento frío, el mismo que mece a unas cuantas espigas que el estío, por esta vez, no pudo doblegar, igual que a esos dos viejos amigos alados, encaramados en la cumbre desnuda del cedro.

De repente constato que ya se han despedido, raudos, un poco al modo de Hamm y Clov, esos extraños personajes de Samuel Beckett (adoro la literatura irlandesa), en “Fin de partida”:


 Clov.- Te dejo.

 Pausa

 Hamm.- Antes de partir, di algo.

 Clov.- No hay nada que decir.

 

“Fin de partida”, Samuel Beckett

 



El menudo (estornino) se impulsa y sigue con su vida, allá donde le lleven sus alas al viento.




El otro apura la caricia otoñal del sol.



Vete a saber si volverán a encontrarse ese del Norte y el otro del Sur, o si yo estaré allí en el justo instante del retorno. Todo es inconsistencia, como el aire que surcan.

He aquí lo que dio de sí esta  historia con Kierkegaard y mi lectura incompleta, o tal vez completísima, es fascinante lo que se extrae de esa parte del libro no leída…

Me van a permitir estos dos viejos dinosaurios emplumados que les dedique un poema, bellísimo, de Joan Margarit, para que lo canten cuando descansen en los tejados.


Crónica, Joan Margarit. Un libro que llegó a mis manos de una manera especial, regalo de mi amigo Wineruda, pero eso es otra historia.


Es hermoso el crespúsculo, los pájaros

guardan silencio entre los grandes pinos;

el tiempo de elegir ya se ha perdido

y en la taza vacía queda ahora

el limón oxidado por el té.

El bosque se oscurece, la ladera

es una sombra verde que se extiende

hasta lo más profundo de mis ojos,

donde se guardan los  atardeceres,

silencios más antiguos donde moran

los pájaros cansados de volar,

los solitarios pájaros exhaustos.