P. Castillo

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viernes, 13 de julio de 2018


Paraíso reclamado. Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998)
Orbis, S.A.  Edición de 1982. Traducción de Rodolfo Arévalo. 269 páginas.





Hay títulos rodeados de un aura enigmática, como “Paraíso reclamado”, una intrigante alianza de palabras que con su canto de sirena me arrastra hacia la historia…

Halldór Laxness, figura emblemática de las letras nórdicas y uno de esos clásicos europeos que hoy nos parece tan lejano como la propia Islandia.


Halldór Laxness. www.icelandrovers.is/blog


A todos los islandeses les brota por los poros la naturaleza hermosa y sobrecogedora de su isla, Islandia.

Halldór, durante buena parte de la narración, nos sitúa ante un escenario de belleza desafiante, conmovedor y abrumador a la par.
Un asombroso paisaje septentrional que manifiesta, de diversas maneras, su influencia en el carácter de los isleños. Y la obra del Nobel islandés así lo transmite.

La singular orografía insular y su fauna, especialmente los caballos y las aves, se erige como un todo, formando un personaje en sí mismo con análoga relevancia que los protagonistas humanos de la novela.

Junto a esta afinidad entre naturaleza y carácter, hay otra seña de identidad islandesa no menos relevante; el alma poética de sus nativos.

Estos descendientes de vikingos noruegos y, en buena proporción, de esclavas celtas (escocesas e irlandesas), llevan un poeta en sus entrañas, no en vano son parientes de insignes escaldos medievales, es decir, poetas guerreros vikingos, que plasmaron su sensibilidad lírica en la prosa de las sagas.

Así pues, un altísimo porcentaje de escritoras y escritores islandeses han iniciado su andadura en la poesía, de hecho nunca llegan a desertar de ella, está latente al margen del género narrativo que cultiven, da igual si es novela negra… nadie puede permanecer impasible mientras escribes bajo el mágico y bellísimo espectáculo de las auroras boreales, en los confines del mundo, así es Islandia.





Casi todos los personajes de esta novela dejan ver su amor por la poesía, lo llevan en la sangre.

Hay otra serie de datos sobre la vida de H. Laxness que nos permitirán captar mejor el significado de esta historia.

Su trayectoria intelectual fue de lo más sinuosa, un vaivén espiritual e ideológico que también se refleja en sus letras.

En ese sentido destaca el fervor religioso que impregna toda la narración, a veces para afianzarse en los dogmas y otras para cuestionarlos.

Iniciado en el luteranismo que respiró en su niñez, pasando por una conversión al catolicismo cuando residía en un convento de Luxemburgo, y luego, tras su llegada a los Estados Unidos, el abandono de la fe católica para abrazar el socialismo liberal de nuevo cuño, desde el cual se pasó al comunismo, después de recalar en la Unión Soviética estalinista. Doctrina que abandonaría cuando la URSS invadió Hungría. Casi nada.

Unos virajes que revelan el carácter inconformista del escritor, junto a su nomadismo (viajó y residió por todo el mundo), heredado de sus ancestros vikingos.

“Paraíso reclamado” acontece en el siglo XIX de una  Islandia acuciada por la penuria y el hambre, excepto para unos pocos hacendados acaudalados. 

Acompañaremos al apacible Steinar Steinsson, granjero y cariñoso padre de familia, en un viaje memorable, océano mediante.





Steinar es un hombre laborioso cuya pequeña hacienda, en un remoto poblado  del sur islandés, es objeto de admiración en toda la comarca, por ser una granja magníficamente cuidada y conservada gracias al esfuerzo infatigable de Steinar, que mantiene un duelo titánico con el duro escenario que lo rodea.

Todos alaban la meticulosa dedicación a su propiedad y el pulcro aspecto de sus humildes terrenos, en donde pastan unas pocas pero lustrosas ovejas y, sobre todo, su precioso caballito, Krapi, uno de esos pequeños, pero resistentes, equinos de raza islandesa. Krapi es la mayor alegría y distracción de sus hijos.



Caballos islandeses. Foto internet

El animal es codiciado por los caciques locales y algún rico hacendado, a todo buen islandés le entusiasma exhibir un excelente caballo, y este ejemplar era la envidia regional. Le ofrecen buenas sumas de dinero por él, pero Steinar las declina por no disgustar a sus hijos. No podría decirse que es un pobre de solemnidad, tienen lo suficiente para salir adelante.

La familia va pasando los días y las estaciones, llevando una existencia sencilla aunque no exenta de peligros por la severidad del clima y, desde luego, muy fatigosa, así era en aquellos tiempos, además en un lugar del orbe tan aislado.

Pero todo lo que necesita Steinar es ver a sus hijos alegres, jugando con su caballo, a veces con su perro, que no pierde oportunidad de darles esquinazo y encaramarse al suave techo de hierba que cubre la casa, u observar junto a ellos los petreles que sobrevuelan su prado, admirando una pareja de estas aves que anidan cerca y sus hijos contemplan fascinados. Salvo la misa de los domingos, esos son sus únicos entretenimientos. 





Uno de esos días Steinar se dirige, como otros tantos granjeros, a Thingvellir donde a llegado el rey danés Christian Williamson con su séquito, pues su potestad también se extiende a Islandia. En el camino tendrá un encuentro que, más adelante, cambiará para siempre su destino y el de su familia.

Se topa con un predicador maltrecho, un islandés residente en Norteamérica que ha regresado para anunciar la Tierra Prometida a quien abrace la fe mormónica. Este hombre ha sido zarandeado por una turba ignorante de campesinos, que lo tildan de blasfemo. Steinar lo ayuda a levantarse, lo escucha, pero finalmente seguirá con el itinerario previsto.

De regreso, Steinar vuelve a toparse con el mormón, Didrik, así se llama, y mantienen una larga y animada charla. El amable granjero pregunta a Didrik como es eso de… hacerse mormón. Y esta es la contestación:

“Solo el hombre que lo sacrifica todo puede ser mormón (…)
Nadie le traerá la Tierra Prometida a usted. Usted solo tiene que atravesar el desierto. Tiene usted que renunciar a patria, familia y propiedades. Esa es la manera de hacerse mormón. Y aunque solo tuviera usted esas flores que la gente de Islandia llama cizaña, tendría que abandonarlas. 

Debe conducir a su querida amiga, de mejillas sonrosadas, al yermo. Esa es la manera de hacerse mormón. Ella lleva a su hijo en los brazos y lo aprieta contra su pecho estrechamente. Caminan y caminan, día y noche, día y noche, durante semanas y meses con las pertenencias en un carrito de mano. 

¿Quiere usted ser mormón?

Un día ella se cae al suelo y muere de hambre y de sed. Usted le arranca de los brazos a su niñita, que nunca aprendió a reír, y ella lo mira, con la pregunta en los ojos, en medio del páramo. Un mormón.

Pero un niño pequeño no encuentra calor en el pecho de su padre. Algunos pueden sustituir a un padre, pero nadie a la madre, amigo mío.

Sigue usted caminando a través del desierto con su hija en los brazos, durante millas y millas, hasta que una noche se da cuenta de que la helada ha robado la vida a sus miembros delicados. Esa es la manera de hacerse mormón. 

Cava usted una sepultura y la entierra con sus propias manos en la arena y coloca encima de ella una cruz hecha de dos trozos de paja que el viento se lleva al instante. Esa es la manera de hacerse mormón…”

Impactado, Steinar prosigue hacia casa. Regresa a su cabeza la imagen del rey. Su impresión sobre el monarca será tan grata que, mientras va acercándose al hogar, se torna pensativo barruntando una idea… determina que su deber, como buen súbdito islandés, es regalar el precioso caballito al rey.




Con esta certeza, pero angustiado por la previsible y honda pena que padecerán sus hijos, sale una mañana temprano de la granja despidiéndose amorosamente de su mujer, a quien va embargando una creciente y profunda sensación de soledad a medida que ve la silueta de su esposo perderse en la húmeda lejanía.

El  destino de Steinar es… Copenhague, la capital de Dinamarca.

Conseguido su objetivo, previa audiencia con un rey agradecido por el presente, Steinar resuelve retornar a casa, pero diversos acontecimientos retrasan su llegada a Islandia, un barco tras otro recalan en Reikiavik sin él.

Apunto ya de embarcar, el destino volverá a reunirle con el mormón, aún en tierras danesas.

Este encuentro será determinante para afianzar la convicción de Steinar en seguir los pasos del amigo mormón. Cree firmemente que su misión, desde ahora, es partir hacia la Tierra Prometida, un lugar de providencia que aguarda la promesa de un futuro digno para su familia.





Tomará un barco rumbo a Norteamérica con el propósito de establecerse en Utah, en donde le esperan unos familiares del  mormón, Didrik.

Una escueta misiva llega a su esposa, donde Steinar anuncia que un asunto de vital importancia para el porvenir de la familia le ha hecho viajar al Nuevo mundo. Así lo deja estar.

Steinar afrontará un incierto peregrinaje en pos de la Tierra Prometida que, decían, aguardaba a todos los hombres honrados.

Si tiene que atravesar medio mundo, lo hará.

Sin embargo, todo se irá desmoronando para la esposa y los hijos, incapaces de hacer frente al mantenimiento de la granja sin el incombustible cabeza de familia.

Para más desgracia, el oscuro cacique local, Bjorn de Leirur, encuentra la oportunidad perfecta para entrometerse, con aviesas intenciones, en la desamparada familia que aguarda al esposo.

Posibilidades que ni siquiera sopesó Steinar Steinsson, seducido, más bien cegado, por el sueño de llegar a ese Edén señalado.





Aunque la historia se encuadra en el relato realista, sobrevuela cierto carácter mítico por influencia de las sagas islandesas, que con tanto deleite leía Halldór Laxness (y añadiría cualquier islandés).

No negaré que algunas fases de la novela me han resultado algo áridas, por ejemplo las que tienen lugar tras los primeros días de Steinar en Utah.

Durante dos o tres páginas encontramos una disertación sobre la importancia filosófica que tiene una máquina de coser, como si fuera un eslabón perdido entre la modernidad acechante y el mundo anquilosado de la sociedad mormona. Son unos cuantos pasajes que he leído de refilón, me gusta la filosofía, pero aquí me he encontrado un “pantano” que no me apetecía atravesar. Poca cosa.

Hay otros debates de enjundia que me han despertado mayor interés, como la confrontación entre la poligamia de los mormones y el profundo rechazo que tal práctica suscita en la ligas femeninas luteranas, que desde el puritanismo más reaccionario defienden la monogamia como la única alternativa. 

Leídas unas y otras posturas en boca de sus protagonistas, ambas eran sostenidas sobre la radicalidad de sus argumentos.

Ha llovido mucho desde que Steinar dio la espalda a su tierra...

Una mañana, el otrora robusto granjero, es consciente de estar iniciando la senda hacia la vejez. Decide partir a Islandia... 

Han transcurrido varios  años, Steinar se reencuentra con su antigua casa,  mejor dicho, con el hermoso paraje en donde una vez estuvo la granja familiar.

Nada queda ya de lo que una vez fue su acogedor hogar, la mullida pradera en la que corrían sus hijos persiguiendo a Krapi, o contemplando extasiados el vuelo de los petreles, es un páramo asilvestrado.




Apenas se sostiene un trozo del magnífico muro original, ahora solo quedan unas pocas piedras conquistadas por el musgo, y algunas maderas viejas esparcidas en la hierba. Todos sus recuerdos descansan ya sobre las ruinas:

“Y, sin embargo, le parecía que, apenas ayer, se había levantado muy de mañana y se había despedido de sus hijos dormidos, mientras que su mujer, llorando, se quedaba en el pavimento de la entrada contemplando fijamente como desaparecía tras la espalda de la montaña el hombre más sabio del mundo. Nada le hubiera parecido más natural que encontrar todo en el mismo estado que lo dejara y poder acercarse a sus hijos dormidos para despertarlos con un beso.

(…) Entonces vio, por casualidad, en la alta montaña, que se alzaba sobre la granja, el petrel, ese pájaro fiel, barriendo el aire con sus aletazos suaves, poderosos e inmortales a lo largo de las aristas del acantilado lleno de helechos y botriquios, donde anidaba hacía veinte mil años.”

Steinar parece que, al fin, ha descubierto cual era la Tierra Prometida. 

Lo ha sabido mientras perseguía el vuelo de los pájaros marinos que trazan siluetas sobre el muro derrotado. 

Es magnífico que los petreles continúen por aquí, parece que ellos jamás tuvieron dudas de donde se hallaba... el verdadero paraíso.



Islandia. Foto internet.


martes, 3 de julio de 2018


La canción de Salomón. Tony Morrison (Ohio, Estados Unidos, 1931)

Libro. Editorial Debolsillo 2004. Traducción de Carmen Criado. 431 páginas.





Concluida “La canción de Salomón”, el primer libro que leo de la norteamericana Tony Morrison, mi comienzo es rotundo; he descubierto una escritora prodigiosa, un portento literario que deslumbra.


La lista de galardones, por ejemplo el Premio Nobel de Literatura (1993), el National Books Critic´s Circle o el Pulitzer (1988), es interminable.



Tony Morrison


No sobra ni una coma en esta emocionante y tensa historia, es más, uno toma resuello en cada “hito” de la escritura, resoplando admirado por lo que acaba de leer y expectante ante lo que está por llegar.

Es alucinante las sensaciones que te puede arrancar un libro, como si fuera la vida misma. Es eso, la vida, y es lo que pretendo  exponer, pero antes voy con la sinopsis de contraportada:

“A medio camino entre la fantasía mítica y la cruda realidad de los guetos negros en los años sesenta, La canción de Salomón narra la historia familiar de un próspero hombre de negocios que ha tratado de ocultar sus orígenes para integrarse en la sociedad blanca. 

Pese a todos sus esfuerzos, su hijo decide tomar el camino opuesto. Lejos de rehuir a sus iguales como hizo su padre, entrará en un círculo de gente dispuesta a reaccionar contra la violencia de los blancos y emprenderá un viaje en busca de un tesoro que habrá de conducirle a los orígenes de su raza.

Una magnífica saga a lo largo de tres generaciones, que le valió a la futura ganadora del Premio Nobel de Literatura 1993 el Premio Book Critic´s Circle 1978.”






Macon Muerto (sí, ese es el nombre y apellido del hijo rebelde) reniega de todo lo que supone su familia, empezando por su padre, siguiendo por su madre y terminando por sus dos hermanas mayores.

La falsedad e impostura que ha imperado siempre en el ambiente familiar, llegan a un punto que se le hacen insopotables, necesita huir de un lugar que tiene poco de hogareño, ahora que ya es un hombre adulto.

Su padre también se llama Macon Muerto, y lo mismo fue para el abuelo paterno.

¿Dónde puede ir alguien que se llama Macon Muerto?

El origen de ese nombre es el siguiente; cuando el abuelo, siendo joven, acudió al registro civil en los estados norteños, quiso la mala suerte que le tocase un funcionario borracho, un yanqui blanco con tal  cogorza que escribió en la casilla del nombre las primeras palabras que se le pasaron por la cabeza: Macon Muerto. No hubo lugar a la protesta. El analfabetismo del abuelo dejó impune la tropelía del funcionario.

Y así cargó con el nombre, que traspasó a su futuro hijo, y éste al suyo. Si el abuelo y el padre tuvieron arrestos para soportar las consecuencias de un apelativo tan siniestro… el pequeño de la saga no se iba a ir de rositas. Ajo y agua.

Empezaba jodido el pequeño Macon Muerto, a la sazón el gran protagonista de esta historia.

Menos mal que alguien tuvo la ocurrencia de ponerle al niño el mote de “Lechero”, por lo tardío de su destete, mejor así, sonaba más agradable.

Bueno, pues aquí tenemos a esta familia negra viviendo en algún condado irrelevante de Michigan.



Tienen una posición económica muy desahogada, tanto que concita la admiración y la inquina, sin tener claro que sobresale más, del resto del vecindario negro, pues con los vecinos blancos la relación, sin ser idílica, resulta correcta por la escasez del trato.

Lechero crecerá despreciando todo lo que significa su familia, es decir, su padre, su madre y sus dos hermanas mayores.

Un padre que siempre está renegando de su piel negra, que no parece considerar suya… y vaya, el oprobio sufrido tuvo ese efecto maligno en muchos negros, no era algo infrecuente por aquellos tiempos, como nos hace ver Tony Morrison.

Un patriarca con amaneramientos de blanco, que quiere ser como los blancos, adoptar sus modos, que mira a los negros, siéndolo él mismo, de igual manera que si fuera blanco, que restriega su dinero ante sus vecinos negros con la grosería de los blancos.

Una madre que no parece saber, si quiera, su lugar, al menos el padre no tiene dudas al respecto.

Unas hermanas con la voluntad tan machacada por la violencia verbal del padre, humilladas desde que tienen uso de razón, que son incapaces de decir esta voz es mía, tan pusilánimes que a Lechero le exaspera la complacencia que tienen con todo. Un padre que se empeña en destrozar la convivencia diaria.


“Duro, violento, dispuesto siempre a estallar sin previo aviso, Macon mantenía a todos los miembros de su familia sumidos en el temor. El odio que sentía por su mujer fulgía y centelleaba en cada palabra que le dirigía. El desencanto que le producían sus hijas se cernía sobre ellas como ceniza, empañando su tez lustrosa y ahogando el tono alegre que de otro modo habría animado aquellas voces infantiles.

Bajo el gélido calor de su mirada (¡me encanta esa expresión!) Sus hijas tropezaban en los umbrales de las puertas y vaciaban el salero entero en las yemas de los huevos escalfados. El modo en que su padre mutilaba su gracia, su ingenio, su propia estima, constituía el único acontecimiento de sus vidas. (…) mientras que su esposa, Ruth, despertaba sumida en la quietud provocada por el odio de su marido y se acostaba consumida totalmente por esa pasión.”



Una familia que el padre siempre ha  exhibido como exponente del éxito, especialmente las hijas y el hijo. Mostrados como trofeos, luciendo sus vestidos caros frente a los vecinos negros, unos hijos expuestos como bienes financieros que hablan de su envidiable posición económica.

Macon padre posee varias propiedades, pequeños locales y parcelas que revende y alquila. Puede permitirse comprarse un coche nuevo cada año, y  modelos de alta gama. Macon luce a sus hijos con el mismo interés que pone en los coches. Le mueven las apariencias, no los afectos. Un hombre que puede permitirse de todo, excepto una cosa, ser blanco, porque es negro.

Al hijo le revienta observar esa actitud en su familia, y cuanto más le desagrada, con más orgullo busca sus raíces, y se larga a buscarlas al profundo sur norteamericano, o al oeste, o a donde haga falta.

Y escucha canciones… como La canción de Salomón, hay que leerlas, porque ahí está todo, aunque solo sean unas pocas palabras perdidas entre cuatrocientas y pico páginas, por ahí merodean los secretos…




He referido al principio que pretendía mostrar, no la lectura de un libro, sino la vida que atesora uno como éste.

Escribir y leer una historia de ficción, cuando hablamos de recrear la realidad, debería parecerse poco a escribir y leer una historia de ficción, y sí asemejarse, todo lo posible, a transitar la vida, que es mucho más que escribir, y mucho más que leer.

Bajo esta premisa podría afirmarse que crear una novela como ésta supone el anhelo, muchas veces desesperado, de trasladar la existencia tal cual, palpable, a ese otro plano de la realidad,  la hoja en blanco, si hablamos de literatura.

Como si desde ese estadio análogo a la realidad, se pudiera desentrañar algo más la complejidad de ser y estar aquí, ahora. Cualquiera que sea la época y el lugar en las que han tenido cabida ese “aquí” y “ahora” para tantos autores habidos y por haber.



Es obvio que Tony Morrison ha escrito una novela, como se escriben y publican centenares todos lo días. Se cierra el libro, y ya está, ahí se queda todo.

Punto final. No hay más.

Pero eso no me vale, sí sucediera así, hoy mismo dejaba la lectura.
Desde la consideración que me tengo como lector, no puedo quedarme ahí, y ya está.

Necesito extraer la vida de ese libro, saber que, de alguna forma, la vida está apresada entre las páginas, yo la busco, leo para buscar la vida, sea pasada, presente o futura, de esta manera o de aquella otra, me da igual. La vida.




Y cuando la encuentro allí, pues ya veré lo que hago… reír, llorar, salir corriendo para estar solo, o no… si lo que deseo es besar a mi mujer, tumbarme y cerrar los ojos, abrazar a mis hijas, pensar, o solo divagar, soñar, mirar a las nubes, mirar a la gente, no querer ver a nadie… tal vez a las hormigas, dudar, afirmarme, amar, quizás odiar, asustarme de mí, congraciarme de ser como soy… conversar, callar, escuchar, o simplemente el silencio…

Si la lectura no es nada de todo eso, o muy poco, hoy es el último día que abro un libro.

Así que voy a contar como Tony Morrison ha arrastrado la vida a estas páginas de “La canción de Salomón”, como ha empujado la vida hasta aquí, al libro, como la ha traído a golpe de riñón, de talento, inteligencia, imaginación, emoción, indignación, satisfacción, sensibilidad, puede que gritando, desde luego escribiendo, o puede que en silencio. 
Sí, seguramente el silencio es lo mejor para una escritora, pero la vida es mucho más que silencio, puede que la haya lanzado hasta el libro  soñando, incluso dudando de sí misma, o no, reafirmada en lo que es…




Este libro tiene todo eso que es la vida, algo que parece un jodido lío y a continuación se hace de lo más elemental.

Es como si atraviesas una gran avenida atestada de tráfico, flanqueada por escaparates comerciales, andar caótico de ciudadanos pendientes, o no, de sus móviles, oficinas ocupadas por empleados que cumplen su misión como las hormigas en el hormiguero, imponentes edificios acristalados, el estruendo de un avión atravesando el cielo contaminado… el ruido de la civilización.

Y doblas una esquina para dar con un solar abandonado, yermo, con dos yerbajos, unos pocos cascotes y un gato durmiendo al sol, junto a un zapato roído que ya no pertenece a nadie, más que al silencio… todo el vértigo de la civilización engullido por ese silencio elemental y roído, un mundo flamante y vertiginoso ignorado con desdén gatuno.



Decía que la vida es mucho más que leer un libro, es verdad. Y sin embargo, también es cierto que la vida es mucho menos sin los libros.

Tony Morrison logra esa sensación palpitante, de letra transfigurada en vida, porque tiene un dominio extraordinario de la situación narrativa, del ritmo, de la tensión y la distensión, con una prosa que se agarra a la existencia como los tentáculos de un pulpo a su presa.

La perfección de sus personajes consiste en la imperfección que transmiten, en sus incongruencias, en su excelsa humanidad aliñada con las miserias que arrastran.

Porque hoy eres todo bonhomía y mañana tienes un pensamiento que te hace mascullar, acusándote para tus adentros, de ser un cabrón… Todos somos así, divididos por la luz del día y la oscuridad de la noche.




Tony Morrison perfila a sus personajes de tal manera que, cuando crees que los vas viendo previsibles, dejándote ellos ciertos señuelos… ¡zass! pasas un par de páginas y te descoloca ese automatismo que te empuja a encajar tal o cual personaje en este o aquel perfil.

Se ríe de tu mirada viciada… pensará que lo previsible no es su escritura, sino tu mirada.

Hay que empezar cada libro con los ojos renovados, hay que esforzarse en esa actitud.

Abordar cada libro diferente con la misma mirada previsible… es perverso

Así que Tony Morrison no escribe para que leas, sino para que presencies y sientas.



Cada frase no es una posibilidad que te ofrece el libro, sino una posibilidad que te ofrece la vida.

La mejor literatura que he leído no es la me hace pensar en tal o cual técnica narrativa, sino la que hace olvidar eso mientras lees…

Luego, una vez concluido, si a uno le apetece estará muy bien comentar la construcción del personaje, el punto de vista del narrador, si la elipsis está así o asá, o lo que sea, pero mientras estoy inmerso en la historia, todo eso… me importa un carajo.

En mi caso, pues ya he señalado más arriba algunos aspectos narrativos, claro, está bien así, del mismo modo que procedo ahora.

Su escritura tiene mucho magnetismo. Por ejemplo, leo un fragmento en el que se pone a describir, mediante un personaje magnífico, la tía Pilatos, la clave para conseguir dos huevos pasados por agua perfectos… y logra mantenerte pegado a la lectura como sí en esas líneas culinarias te fuera la vida, como si estuviera revelando un momento fundamental  de la novela en la cocción de dos simples huevos.

Reviste todo con una intensidad que se hace palpable para el lector, realmente impresiona el dominio que tiene para mover de un terreno a otro las emociones, para tensar y destensar la intriga, para inquietarte o apaciguarte.




Termino con Lechero, con esa previsibilidad engañosa que deja deslizar Morrison en las vicisitudes del protagonista.

Constatará Lechero que las cosas son más complejas que un simple querer y no poder (ser blanco).

La vida es algo más que un color de piel.

Es muchísimo más…






lunes, 18 de junio de 2018


Toda la soledad del mundo en la mirada de un hombre.






Buscando una información en internet, me topé con una serie de nombres, sin saber muy bien por qué, puse el cursor en uno de ellos… puede que me sonara a algo familiar, vete a saber. Una vez en esa web surgieron múltiples senderos que explorar, pero yo me fijé en otro nombre, Radio Atacama, allí me fui.

Abierta esa puerta me encontré con un pequeño enlace, entre los muchos que había, sobre cortometrajes… escogí dicha ruta.

Y di con esta maravilla. Una historia  verídica.


No es la ficción, sino la realidad, simple y cruda, la que siempre escribe el libro más extraordinario.

Cuando vi este documetraje sobre Benito Paften, él ya llevaba trece años viviendo en la absoluta soledad de una localidad deshabitada.

Lo crudo de ese abandono es que tuvo que hacerse con urgencia. La localidad es Pedro de Valdivia, en el desierto chileno de Atacama. Sus aguas se intoxicaron por la fuga en una planta de salitres cercana, por ello el rápido desalojo.

Muchas pertenencias de sus habitantes se quedaron ahí, petrificadas por el viento, la sal, y el silencio… solo roto por la música de una radio, la de Benito Paften.

No se trata de la soledad en una isla desierta, en donde la ausencia de civilización, de presencia humana, hace el olvido de todos y de todo más llevadero.

Aquí hay un pueblo entero, con sus casas, sus puertas entornadas, su escuela con los útiles escolares, el triciclo de un niño cubierto de polvo, algún juguete tirado por el suelo, zapatos… ventanas que el viento árido abre de golpe, y solo hay vacío por dentro y por fuera.

Pero Benito Paften sigue ahí, con su perro, y su radio… 


Quiero compartiros el texto que precede al cortometraje, resaltando lo que veremos a continuación, pertenece al poeta canario Francisco León. Sus líneas son, en sí mismas, otra joya.

Merece mucho la pena dedicar unos minutos a leerlas y, por supuesto, a ver este extraordinario documento. No puedo dejar de compartir algo así.


FRANCISCO LEÓN

La metáfora catastrófica de las ciudades o de los pueblos que, tras años de esforzado poblamiento, son de repente arrasados o maldecidos, nos avisa del destino incierto de la humanidad. El cine de ciencia ficción nos ha regalado toda clase de versiones al respecto, imaginativas unas, disparatadas otras, absolutamente intolerables la mayoría. La gran bomba, el virus mortífero o el maremoto moderno… todo vale para establecer el nuevo escenario, el escenario mental en el que un ser ha de recomponer los recuerdos, o por lo menos preservarlos para una refundación futura. 

Los colectivos humanos, por muy ideal que sea su convivencia, están avisados por los dioses de la fatalidad: nadie está a salvo de ser volatilizado, descuartizado, nadie puede apartarse de la ira de los hombres ni ignorar los designios divinos. Curiosamente, la metáfora segunda, engendrada a partir de la primera y establecida sobre un paisaje que agoniza resulta aún más abismal: las superruinas del nuevo Edén, el Edén en que la simbología de lo colectivo muta en una soledad casi mística y la comunicación del origen en un susurro lejano e incomprensible que viene desde el fondo fragmentado de la historia. 

Radio Atacama bordea, de la mano de su realizador, Víctor Cerdán, los círculos del infierno. En este caso, la metáfora del abandono y su trans-producto, las ruinas santas, no aparecen en la pantalla como la sombra de una ficción de cartón piedra. Pedro de Valdivia, aparte de un conquistador español empeñado en colonizar el vacío, es un poblamiento chileno situado en cualquier punto perdido del gran desierto de Atacama: una ciudadela sin rostro, triturada por las arenas y sin otro destino que una pausada oxidación. 

En 1996 las autoridades chilenas deciden evacuar este pueblo. Las aguas de Pedro de Valdivia han quedado contaminadas por una fuga en una planta de salitres muy próxima. Tras la evacuación, lo que queda en Pedro de Valdivia es ese tipo de silencio en el que tan sólo pueden sobrevivir los hijos de la locura. Grandes extensiones de tierras amarillosas, barracones destartalados, muros cuyos dientes se caen, casuchas podridas, torres de fábricas retorcidas, calles avasalladas por el polvo, sol aniquilador. 

¿Quién es el santo que guardará la memoria de los tiempos en que el hombre hollaba la esperanza en Pedro de Valdivia? Desde el fondo de un cuartucho desvencijado y herrumbroso asciende el soniquete de una radio de música moderna: es la respuesta que esperábamos —y que no se hace esperar—. Es el transistor que pertenece al único habitante de Pedro de Valdivia, Benito Paften, el encargado de guardar la memoria del mundo y, a la vez, si la ira del desierto no lo convierte en estatua de sal, el ojo que ha de ver la venida futura del Edén. 

Paften es el santo loco de Radio Atacama. Cerdán lo sabe, o por lo menos lo intuye. La respiración del santo se superpone al silencio atronador del desierto. Las escoriaciones de su rostro requemado son las llagas, los estigmas de su misión, y compiten, en el proceso de corrupción física, con los muros y las chapas de Pedro de Valdivia. Macrocosmos (poblamiento) y microcosmos (Benito Paften) y en medio, envolviéndolo todo el desierto de Atacama, uno de los más tristes y secos de la Tierra. 

El espectador en seguida se pregunta el motivo por el que Paften ha decidido permanecer en el vacío aterrador. 

¿Lo retienen los muertos, la propiedad de su casa, sus inútiles pertenencias? 

En realidad no hay nada material que ate a Paften al lugar. O por lo menos nada que, para nosotros, tenga un valor físico. 

La santidad en los desiertos exige un grado no pequeño de locura, de lo que los griegos llamaba hybris. Enfrentarse a los designios y los fatalismos que imponen los dioses entraña —visto desde fuera— la asunción de la locura. 

Para el espectador Paften está completamente loco, o por lo menos en vía de volverse chiflado. Vive en ese muladar porque el mismo se ha excluido. Para Cerdán, Paften bordea un espacio existencial entre la fantasmagoría, la disolución y la sacralidad. Cerdán sitúa a Paften entre una realidad que el ojo humano apenas puede abarcar —sólo la cámara logra sugerir las dimensiones de ese asombroso lugar— y que la mente se niega a comprender. Para Cerdán, Paften habita entre el cielo, ese cielo de espejismo envuelto en una música sinfónica, y la materia ruinosa que pugnará durante siglos por revivir o extraviarse del todo. 

La cámara no afirma ni niega, solo muestra; no se mueve, no busca, no pretende. Lo que aparece ha estado ahí desde tiempos sin fin. Cerdán se extasía, se queda paralizado ante lo que ve y no termina de comprender. El párpado se abre y aparece el drama de los dramas: ¿una momia humana? Nosotros, sin embargo, vemos a un descaminado, un pobre diablo a la deriva, alguien que no sabe. Cerdán ve al eremita, la oruga que un día se convertirá en radiante mariposa; hasta tal punto que, como en cierto cuentos de Borges, se podría afirmar que para Paften, Paften no existe.

http://miradasdoc.com/mdoc2014/?p=4966&lang=en

Os dejo con el reportaje, donde reina el silencio, apenas unas débiles palabras, las suficientes...


Radio Atacama (english) from Taifas Films on Vimeo.