P. Castillo

Safe Creative #1802170294390

viernes, 11 de octubre de 2019


DERSU UZALA (1921). Vladímir Arséniev (San Petersburgo, 1872 – Vladivostok, 1930)

Biblioteca del Viajero. ABC, 2004. Traducción de Teresa Ramonet. 315 páginas.


Foto, Paco Castillo, primavera, 2019.

Si pienso porque esta obra, Dersu Uzala, aún mantiene su vigencia y fama, desafiando al paso del tiempo y convirtiéndose en un clásico, barajo varias respuestas, entre ellas una de relevancia para el lector actual; siempre necesitaremos leer historias como Dersu Uzala… pues sus páginas son depositarias, como si fueran el último reducto, de ciertos principios que las generaciones presentes están marginando, en sociedades donde los individuos viven parapetados en el aislamiento posibilitado por las nuevas tecnologías, valores como son el compañerismo, la amistad, la conversación, la mutua colaboración, etc, se antojan cada vez más anacrónicos en esta era de la realidad virtual.


Qué paradoja, ahora que estamos conectados con medio mundo, nos vemos más solos que nunca… Y esto lo dice un solitario vocacional, en fin.

Y creo que lecturas como Dersu Uzala refuerzan esa necesidad de volver a mirar a los ojos de la persona (aunque Germán Coppini cantase lo contrario) y apartarla más del móvil, o del ordenador, porque  estos no pueden ser sustitutos de un vacío que no debería de ser lo predominante, sino una válvula de escape, porque la vida no empieza ni acaba en la pantalla de un monitor.

Así que, bajo el bellísimo marco de la Taiga, con la narración de Arseniev rezumando un sentido humanismo por la amistad con Dersu Uzala, su alma gemela… no le puedo pedir más a un libro que nos invita a reflexionar sobre nuestra condición, el significado de la amistad, desde ese escenario idílico y turbador.




Hay una conocida y hermosa frase del humanista y filósofo Erasmo de Rotterdam (recomiendo su “Elogio de la locura”) que reza así:

“La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno. ”

Señalo esta cita porque define a la perfección la estrecha relación que unía a Dersu Uzala y Vladimir Arseniev.

Dersu Uzala, posando con sus pertenencias, fotografía tomada por Arseniev. Fuente:https://es.wikipedia.org/


El primero, cazador de origen mongol, nómada y solitario en la enorme Taiga siberiana; Arseniev, científico ruso y oficial del ejército,  que cartografiaba y exploraba regiones para el gobierno de su país, comandando a un esforzado grupo de cosacos, imprescindibles para el ingente proyecto.

Y otro aspecto fundamental, se trata de una historia real, todo lo acontecido es verídico; la sólida amistad entre dos personas, por tanto muy apegada a nuestra humanidad.


Foto, Paco Castillo, primavera, 2019.

Es una narración que  va calando hondo y con calma, que va generando un sentimiento placentero de lenta floración, algo así como los musgos y líquenes que van recubriendo los troncos.

Fijaros alguna vez en los musgos que se adhieren a los árboles, sobre todo en los días posteriores a la tormenta o las lluvias, el tronco de muchas encinas o pinos está engalanado con musgo, y si el día presenta esa luz  otoñal límpida que se instala tras la brisa, mirad como la madera a contraluz desprende una bella luminiscencia  verdosa, destellos brillantes que realzan éste o aquel contorno de la corteza.








Fotos, Paco Castillo, con una poesía del islandés Jóhann Hjálmarsson, junto al musgo.



Dersu Uzala posee esa misma delicadeza a contraluz, que se aprecia mejor a una determinada distancia.

No es la belleza deslumbrante, pues Arseniev no es el virtuoso narrativo que pueda ser Chejov, ni disecciona psicológicamente a los personajes con la maestría de Dostoievski. Pero precisamente, su belleza narrativa no cegadora gana en cercanía y autenticidad por no apabullar, lo que deslumbra acaba desconcertando, el desconcierto obnubila la percepción, embriaga, confunde, como le sucediera a Stendhal arrebatado por la voloptuosidad de Florencia, el famoso síndrome de Stendhal. 


Pero ojo, Arseniev es un escritor de indudable talento, eso explica que personalidades como Máximo Gorki, o el también explorador noruego Fritjof Nansen, declaresen su entusiasmo por este libro, y admirasen el trabajo de Arseniev.

Dersu Uzala es una historia que posee esta claridad matinal del otoño que apuntaba arriba, una luz que parece un beso rozando la piel, y no el quemazón taladrante de los rayos estivales.

Dersu Uzala también es la épica viajera de unos hombres a merced de las inclemencias naturales.


Y en ese sentido estamos ante todo un tratado de meteorología, algo que me encanta. En todo capítulo las condiciones climáticas, adversas o benévolas, están presentes, poniendo de manifiesto las consecuencias directas sobre el destino de estos exploradores.

Foto, Paco Castillo, primavera, 2019.

Las diferentes calidades de nubes, lluvias, brumas, tormentas, cielos, crepúsculos, claridades, oscuridades, nieves, hielos y tonalidades de la Taiga, con la imponente visión de la cordillera del Sijote-Alin, configuran el escenario para estos diarios de Arseniev.

Un estilo narrativo en donde impera la prosa sencilla, huyendo de lo excelso, acaso una escritura que refleja con acierto la vulnerabilidad de los hombres frente al poderoso paisaje.

Otra salvedad también de los capítulos, así como empiezan con los detalles meteorológicos que inauguran cada día, suelen cerrase con una gran hoguera al raso, cuando llega la noche y los cosacos han montado el campamento.

Entonces asistimos al ritual vespertino, los hombres aligeran el peso de mulas y caballos, y liberados de la tensión acumulada, se relajan entre bromas, preparan el té y todos intercambian impresiones alrededor de la lumbre. 

Pasado un rato, cuando ya se van retirando para dormir, Dersu y Arseniev se quedan solos para conversar con más tranquilidad, mientras el té humea en las noches limpias y heladoras de la Taiga.

 Foto, Paco Castillo, primavera, 2019.


Hablan de lo que se tercie, a veces simplemente disfrutan en silencio de la mutua compañía, cuando Dersu fuma en su pipa y Arseniev permanece ensimismado contemplando un sinfín de estrellas, escuchando la llamada de un búho real o el rumor lejano del mar, el mar del Japón, para más señas.

Otro atractivo del libro es reflejar los usos y costumbres de los escasos pobladores de la Taiga, la mayoría colonos chinos y coreanos que iban encontrando dispersos por aquí y por allá, haciendo notar la generosidad y hospitalidad de aquellas gentes, por muy humildes que fueran estas familias jamás negaban al viajero un techo cubierto, una sopa caliente y el té.

Pero el verdadero viaje de esta historia, más allá del que se abre paso por la hermosa, hostil e inmensa Taiga Siberiana, es el que recorre la amistad de estos dos hombres; Vladimir Arseniev y Dersu Uzala. Eso sí, reitero que el escenario es magnífico.



Leído hoy Dersu Uzala, desde la confort y el enorme paraguas tecnológico que nos brinda el S.XXI, con tantas aplicaciones que uno se siente desnortado, te das cuenta de las extraordinarias hazañas que protagonizaron aquellos exploradores, geólogos, cartógrafos y otros integrantes implicados en rastrear vastas zonas geográficas; empresas enormemente complicadas por las retos e imprevistos que surgían, tanto es así que morir con las botas puestas era algo asumido con estoica resignación por estos  hombres, sabían que tenían muchas papeletas de morir en el intento.

Dersu Uzala representa a un tipo de personas que irradian carisma sin ser conscientes, tipos que me atraen al instante por la relación profunda que mantienen con la Naturaleza, de tú a tú, que conceden la misma importancia al insecto más diminuto que al oso pardo o el gran tigre siberiano.

Desde luego Arseniev sucumbió inmediatamente a la seductora presencia de Dersu Uzala, a su sabiduría, esa que se gesta en su solitaria existencia por los bosques, donde observar y escuchar los latidos vitales de la tierra y el cielo, supone el aprendizaje más valioso para seguir respirando un día más.




¿Cómo te llamas? –pregunté al desconocido.

Dersu Uzala –respondió.

Este hombre me interesaba. Tenía algo de particular. Hablando de una manera simple y en voz baja, se comportaba con modestia, pero sin la menor humildad… En el curso de nuestra larga conversación, me contó su vida.

Tenía delante de mí a un cazador primitivo que había pasado todo su existencia en la Taiga. Ganaba con su fusil para ir tirando, cambiando los productos de su caza por tabaco, plomo, y pólvora que le facilitaban los chinos. Su carabina era una herencia que le venía de su padre.

Me dijo que tenía 53 años y que jamás había tenido domicilio. Viviendo siempre al aire libre; únicamente en invierno se acondicionaba una yurta (cabaña indígena) provisional, construida de raíces o de corteza de abedul. Sus recuerdos de infancia más antiguos eran el río,, una choza, una hoguera, sus padres y su hermanita.

-Hace mucho que se han muerto todos –dijo para concluir su relato, y tomó un aire soñador… Tras  un corto silencio, añadió todavía-:
En otro tiempo tuve también una mujer, un chico y una chica. Todos sucumbieron a la viruela, y me he quedado solo.

(….) Las estrellas estaban ya altas en el cielo, indicando que era más de medianoche, pero nosotros seguíamos charlando al lado del fuego.” (pag. 27)


“Arséniev y Dersú Uzalá en 1906, tras una ruta por el río Kulumbé”. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Vladímir_Arséniev

El nómada mongol posee esa sabiduría cuyas lecturas se interpretan, por ejemplo, en que determinadas setas han brotado tardías, y eso son señales importantes que Dersu Uzala traslada a la expedición de Arseniev, pues en detalles así les va conservar la vida a los expedicionarios.

Ni que decir tiene su conocimiento de pisadas humanas sospechosas, de ladrones, cuya delictiva condición intuye Dersu por la profundidad que tiene la pisada en el barro, por la separación entre una y otra, amén de otros aspectos que señala, dejando boquiabiertos a Arseneiv y al resto de sus hombres.

Las líneas que lee Dersu Uzala no están en los documentos, son las que trazan las huellas de las martas cibelinas, el jabalí, o las aves migratorias allá entre las nubes, y Dersu conoce sus abecedarios, sabe que  esas uves escritas por las grullas son letras aladas que vuelan más allá del mar, un mensaje que otros, a su vez, leerán en algún lugar remoto, porque para Dersu lo remoto no es la Taiga, sino todo lo que se sitúa fuera de ella.


Grullas, foto de Paco Castillo.

Foto, Paco Castillo, primavera 2019.

Son individuos que por diversas razones o contingencias han desestimado las “bondades” de la civilización, rehuyen las aglomeraciones de sus congéneres, les asfixia la multitud, les espantan los horizontes “sucios” en donde los edificios ocultan a las montañas y bosques, les aturden los ruidos artificiales y modernos, no comprenden, caso de Dersu Uzala, que los habitantes urbanos tengan que pagar por obtener carbón, fruta, madera, u otros elementos que abundan en la Taiga. Y así se lo hace saber a Arseniev.

No necesitan la seguridad del colectivo, considerando su aislamiento social una opción de vida más plena, acorde con el sentido que para ellos tiene la existencia en el entorno natural.

Este libro aglutina las crónicas y notas que elaboró Arseniev durante una serie de expediciones a la vasta cuenca del Ussuri, frontera natural entre Siberia y China. Un lugar tan bello como implacable.

Ese era el objetivo de la narración… pero el objetivo no ha escrito este libro, lo ha escrito el corazón de un hombre que siente su alma hermanada con la de otro hombre. Por eso acabó titulándose Dersu Uzala.





Este libro es muchas cosas que se resumen en una; el encuentro casual del nómada cazador, cuya enteras pertenencias cabían en un ajado zurrón de lana, y el de un oficial y explorador ruso, que acabó considerando como lo más importante de la expedición, casi de su vida… la llegada de cada noche para sentarse junto a ese mongol que fumaba su tabaco en pipa sin parar, y entre el té, las estrellas y unas pocas palabras, esperando la llegada del sueño, nacería una amistad que el fuego de las hogueras nocturnas iba curtiendo entre sus silencios.
Nunca les hizo falta nada más… 


El Valle de Cristal. Capítulo Uno... Paco Castillo.



domingo, 6 de octubre de 2019


Iconografía romántica del mar. W. H. Auden (York, Inglaterra, 21 de febrero, 1907 – Viena, Austria, 29 de septiembre, 1973).

Universidad Nacional Autónoma de México, primera edición, 1996. Traducción de Ignacio Quirarte. 178 páginas. Ensayo.


La noche cae sobre el puerto de Cudillero. Foto de Paco Castillo, 2019.




Si hemos tenido oportunidad, la primera contemplación del mar siendo niños suele ser un recuerdo imborrable.

Yo lo viví en compañía de mi hermano menor, en una visita a Barcelona para reunirnos con unos parientes de mi abuela materna que residían allí.

Por entonces tendría casi 6 años, dos más que mi hermano, nuestra hermana aún estaba por llegar.

Recuerdo nítidamente una escena un tanto extravagante… sentados los dos en la arena, muy cerca de donde rompían unas mansas olas, divisamos una gaviota muerta, el suave oleaje la dejaba en tierra y al siguiente embate regresaba al mar, moviéndose con la cadencia de un vals macabro. Era  como si la tierra y el mar no acabasen de decidirse sobre la reclamación del cadáver.

Mi hermano y yo asistíamos al episodio con enorme curiosidad, ajenos a ese litigio entre ambos elementos.

Así que mi primer recuerdo del mar está anclado a una gaviota muerta que, desterrada ya de los cielos que surcaba, no sabía bien si desaparecer para siempre en la vastedad del mar, o entre los finísimos granos de arena.

Cielo, Mar y Tierra, que sea esa la patria eterna de la desafortunada ave.

Por la costa asturiana. Foto, Paco Castillo, 2019.

Mi hermano y yo nos aburrimos de mirar a la muerte, porque, pasado un rato, estar viendo un pájaro muerto no tiene nada de emocionante para un niño… nos levantamos y corrimos riendo hacia las olas, desdeñando el fúnebre vaivén a nuestras espaldas.


Sirva esta anécdota personal para abrir el comentario de Auden y el mar, o la mar, acogiéndome a su enigmática ambigüedad, los marineros y pescadores dicen la mar, igual que Alberti.


Litoral asturiano. Foto, Paco Castillo, 2019.


Nuestro poeta inglés, el señor Auden, nos invita a observar el mar, posando la mirada en su dimensión como gran metáfora literaria que ha sido y es, aparte de su simbolismo en todos los aspectos de la vida.

No hay que despistarse con el título del libro.

No es tanto el planteamiento de Auden sobre el mar transformado en escenario romántico, como la visión de los poetas románticos sobre el mismo, y que desfilan por el ensayo. Matiz que constituye un brusco viraje de timón, habida cuenta de la naturaleza trágica de Coleridge, Baudelaire, Rimbaud, Tennyson y otros.





Contraportada. Fotos, Paco Castillo.

Sin duda que el mar puede ofrecer una estampa romántica, y al mismo tiempo tornarse mortal.

En el fondo, apropiada palabra, el mar es cobijo de cualquier adjetivo, pues de todos ellos es metáfora. La razón es clara, nosotros somos la metáfora del mar… nacimos en él, evolucionamos de él, emergimos de su oscuridad.

Ciertamente, si la humanidad iniciase el camino inverso, su involución, llegaríamos allí, a sus profundidades silenciosas y primigenias, flotando entre el kril y las medusas.

El mar.

Contemplando el mar con Auden. Foto, Paco Castillo, 2019.

Todo aquello que nos sobrepasa, situándonos frente a nuestra insignificancia, nos atrae y seduce sobremanera; los cielos, que son las ventanas hacia el Universo, el ya mencionado mar o los desiertos, pues Auden surca los mares para también penetrar en los desiertos, dada su analogía al mar, y así nos lo muestra:

"Como lugares de libertad y soledad, el mar y el desierto son simbólicamente lo mismo. Sin embargo, en otros aspectos son opuestos. (...) el desierto es el lugar desecado, el lugar donde la vida ha terminado (...) nada se mueve.

En tanto que el mar (...) es el símbolo de la potencialidad. (...) es perpetuo movimiento, la violencia del oleaje como tempestad, (...) puede ser devastadora, pero a diferencia de la que posee el desierto, se trata de una fuerza positiva. Otra característica es la abundante vida que yace bajo la superficie (...).

El mar es entonces el símbolo de una potencial fuerza primitiva en oposición al desierto de rotunda trivialidad, de un barbarismo pleno de vida en contraste con una decadencia exánime." (p.33)



Foto, Paco Castillo, 2019.

Son grandes exponentes  de lo que a nuestros ojos parece insondable. Entornos repletos de misterio que resguardan algún remoto secreto, claves que podrían despejar incognitas de nuestro existir.

Auden despliega el mar como acontecimiento/recurso narrativo que han reflejado no pocas celebridades de la literatura. Aunque sus textos se detienen especialmente en los escritores y poetas románticos, pero sin olvidar referencias a Shakespeare o Dante, entre otros insignes. También nos hace partícipes de sus atractivas reflexiones como las expuestas arriba.


Acercándonos al mar era ineludible que el poeta refiriese  la obra cumbre de Melville; Moby Dick; el mar como escenario de enfrentamiento entre el hombre y la naturaleza. En Moby Dick asistimos a la metáfora por antonomasia. Se escenifica la humillante derrota de la soberbia humana cuando en su prepotencia desafía a las fuerzas de la Naturaleza. 


Por los senderos cantábricos hacia el mar. Foto, Paco Castillo, 2019.




Mar y Desierto.

Si Auden nos traslada al mar con Moby Dick, resulta igualmente significativo que nos lleve a las soledades desérticas, figuradas eso sí, con… ¿Don Quijote? Pues sí, para un poeta, que además anduvo por estos lares ibéricos, los páramos castellanos que recorrió el ingenioso hidalgo y Sancho Panza, debieron ser una transfiguración perfecta del desierto, aunque sobre todo le interesa del héroe cervantino su dimensión romántica, es decir, de personaje que intentando vivir en un sueño, es abatido por la realidad. Pero también nos presenta reflexiones literarias, o filosóficas más bien, sobre el desierto real, un océano arenoso.

Veamos una de tantas convergencias y divergencias que Auden establece entre Ismael, el narrador de Moby Dick, y Don Quijote:

-ISMAEL COMPARADO CON DON QUIJOTE-


Foto, Paco Castillo, 2019.

Bueno empecé con el mar y una gaviota muerta, acabaré de un modo menos sombrío.

Hay otra cosa que me gusta mucho del mar. Todos los niños del mundo han  dibujado las estrellas del cielo con la silueta de una estrella de mar… sencillas formas que utilizan los niños para zafarse de toda la complejidad que los rodea.

Y los arcoíris… nada de descomposición de la luz solar ni bagatelas, son esos maravillosos toboganes de colores, te subes al cielo y te deslizas vertiginoso hasta la tierra, esta vez sin mar a la vista.

Auden y yo sorprendidos por un espléndido arcoíris. Foto, Paco Castillo, 2019.



Cielo, Tierra, Mar.

Palabras que son sencillas para los niños... y llenas de complejidad para los adultos.



Foto, Paco Castillo, 2019.

martes, 24 de septiembre de 2019


La masa arenosa…

Foto, Paco Castillo. Esta mañana.


Por la mañana estuve leyendo al raso, ya os comenté esta forma de disfrutar la lectura. El campo tiene su narrativa, presta a ser leída, pero se hace observando.

Iba absorto en las “Investigaciones sobre la Belleza Ideal”, un ensayo del jesuita y erudito Esteban de Arteaga (Segovia, 1747 - París, 1799) . Lo de erudito no es una floritura mía, ir a este enlace y veréis. 


Foto, Paco Castillo. Investigaciones sobre la Belleza Ideal. Esteban de Arteaga.

Llegado el momento me detendré más sobre el libro. Por lo demás, muy apropiado para estos periplos campestres:



“La belleza ideal, según Arteaga, es el modelo perfecto que el artista imagina en su mente después de haber observado en la naturaleza diferentes objetos de la misma clase de aquel que quiere representar, y que, posteriormente, aspira a plasmar en una obra de arte, (…)”



Fuente: http://dbe.rah.es/biografias/8091/esteban-de-arteaga




Foto, Paco Castillo. Con August Strindberg 


El caso es que se me cruzó una libélula y me sacó de mi ensimismamiento, cuando estaba ojeando una nota a pie de página, unas impresiones de Sade



Foto, Paco Castillo. Investigaciones sobre la Belleza Ideal. Esteban de Arteaga, (esta mañana).



De repente la libélula se posó en el suelo, a 3 o 4 metros por delante de mí, frente a frente, sin darme la espalda, o el dorso (si ella lo prefiere).

Capté el mensaje, de algún modo y sin palabras, solo con gestos, me estaba diciendo:

Yo, ahora mismo, te estoy leyendo. Puedes hacer lo mismo conmigo, léeme si te place.


Libélula. Foto, Paco Castillo. Esta mañana.

Y nos leímos mutuamente, qué gozada fundirnos en la lectura...

Así que cesé mi movimiento sin brusquedad, cerré suavemente el libro, y saqué mi cámara para guardar nuestro encuentro.

Pude hacer un par de fotos, en el preciso instante de terminar la segunda se alejó fuera de la senda, rauda con ese aleteo caprichoso y anárquico.

Yo continué mi rumbo.

Foto, Paco Castillo. Investigaciones sobre la Belleza Ideal. Esteban de Arteaga, (esta mañana).


Si me la vuelvo a encontrar me gustaría conocer sus teorías sobre la anarquía, ya que tiende a salirse del camino, y teniendo en cuenta que observa el mundo, su mundo, con ojos de libélula, ojos compuestos, me intriga sobremanera su respuesta.

Ojos compuestos tiene nuestro visitante alado, ya sabéis (aunque yo no lo sabía), esas estructuras llamadas omatidios.


Ojos compuestos de libélula, formados omatidios. http://beatrizmayoral.blogspot.com/2013/09/los-ojos-de-la-libelula.html 


Omatidios de crustáceo. https://es.wikipedia.org/wiki/Omatidio



De los cuales nuestra amiga voladora va sobrada hasta decir basta, poseé 30.000, lo que significa que su visión es mucho más eficaz, o extensa,  que la del Tribunal Constitucional, pongamos por caso, pues tiene muchísimos menos omatidios. Bueno,  pensemos que el asunto es mejorable, no pasa nada. Sí, tiene omatidios, no hemos inventado nada...



Ya digo que me entusiasmaría conocer sus respuestas sobre algunas de mis incertidumbres…

“Las libélulas emplean la ilusión óptica para acechar a otros insectos”

"Una ilusión óptica es cualquier ilusión del sentido de la visión que nos lleva a percibir la realidad de varias formas."

Pues sí, me complacería conocer de su propia experiencia como es eso de percibir la realidad de varias formas.

Cuando los políticos se empeñan en imponernos su visión de la realidad, que casi nunca coincide con las otras... las que surgen a pie de calle, o a ojo de libélula.

Pediría a la libélula que hiciesen una jornada de puertas abiertas en El Congreso de las diputadas Libélulas, y ver como ahí se discute sobre realidades, y no se impone la idea de una realidad en la que pocos ciudadanos se ven reflejados.

He llegado a mi casa. Me siento junto al ordenador, quiero ver esas fotografías y captar  la morfología de la libélula con mayor nitidez.



Libélula. Foto, Paco Castillo. Esta mañana.



Pero, lo que son las cosas, ha captado más mi atención la tierra sobre la que se posaba el insecto.

Sí, el suelo, esa masa informe de color parduzco palidísimo, como la tierra enferma sedienta de lluvia que es.

Resulta que, en detalle, esa masa arenosa sin lustre, un tanto amorfa, anodina, indiferenciada… se presenta con innumerables partículas brillantes, variables en sus formas, únicas, peculiares, especiales.

No, no somos una masa arenosa… me consta que eso era lo que quiso comunicarme la libélula.

Sí, la próxima vez que nos encontremos quiero que me explique sus teorías, sobre la anarquía en general ,o la anarquía de sus alas desiguales (Libélula, nombre científico Anisoptera, del griego νισος ánisos 'DESIGUAL' y πτερόν pterón 'ALA').

Y por supuesto, quiero que me habrá las puertas de su parlamento, que se erige sobre una tierra compuesta de incontables partículas brillantes, precisas, distinguibles, valiosas. Únicas.



Foto, Paco Castillo. Tierra, esta mañana, ya otoñal...

jueves, 19 de septiembre de 2019


Poema del Cid (año 1200, anónimo). Versión y prólogo de Francisco López Estrada (Barcelona, 1918 – Valencia, 2010).
Libro, Castalia Ediciones, 2012. Páginas, 138.


Foto, Paco Castillo, 2019.


Mi intención era venir aquí con Auden y su “Iconografía romántica del mar”. Pero tendrá que esperar al siguiente turno, cuestión de unos detalles.


 Foto, Paco Castillo. Asturias, 2019

No obstante, tengo sentados en el banquillo a una serie de reservas que serían titulares indiscutibles en cualquier equipo, prestos a saltar al terreno de juego y darlo todo. Qué bien me ha venido el fútbol siendo tan poco futbolero.

Me ha gustado volver al Cid, esta vez ha sido con más hondura, pero dudo si con más asombro, seguramente no.

Me explico, lo leí muy jovencito pero no os extrañéis, fue en serie juvenil  de la Colección Historias Selección, editada por Bruguera y que aún conservo junto a otros títulos.


Foto, Paco Castillo,2019



Por aquel entonces me deslumbró ese señor tan valiente, montado a lomos de su caballo blanco, Babieca.


Puesto que en cantares se divide este extraordinario Poema del Cid, vamos a ambientar la época con su música, una preciosa cántiga del trovador portugués João Soares de Paiva (1140).









Y seguro que acabaré por leerlo en estilo teatral, me atrae mucho la idea. Y para ello tengo esta tragicomedia que escribió uno de los grandes dramaturgos que ha tenido Francia, junto con Molière y Racine, no es otro que Pierre Corneille.

Aireo a Corneille de mis estantes. Foto, Paco Castillo

No sé muy bien por qué, pero el ocaso primaveral me incitó a encarar este Poema, a pocos días de ceder su cetro, cuando el calor del inminente verano ya se había hecho amo y señor de la situación, y aliado con la sequía derrotó sin miramientos a los últimos verdores que resistían con más pena que gloria… 


Foto, Paco Castillo, 2019.

Se ve que es la misma épica, el enfrentamiento encarnizado entre la primavera y el verano posee una “narración” que se acopla perfectamente a la historia del Cid, se escenifica el mismo drama de la Naturaleza en el libro. Quizás esa fuera la llamada a leerlo.

Foto, Paco Castillo, 2019.


Así pues, de la exuberancia verdosa en mis paseos por la primavera moribunda apenas hay rastro. Me salen al paso los esqueletos de algunas adormideras (amapolas blancas se las suele llamar). Ahí tenéis sus osamentas.

 Foto, Paco Castillo, 2019.

Abajo en el esplendor de su reinado… viendo lo de arriba, el tiempo siempre acaba ganando la partida, no hay más.


Adormideras (amapolas blancas), foto, Paco Castillo, 2019



Unas flores muy ricas en opio, sustancia que brindaba la evasión del mundo terrenal a Thomas de Quincey , quien sabe desde que “confines” escribiría “Confesiones de un fumador de opio”, siempre buscó la creatividad más libre en esos sueños opiáceos .



Leyendo a Thomas de Quincey, allá por el 2015, foto de Paco Castillo.


Pero ahora solo contemplo de estas amapolas sus tallos hirsutos y carentes de savia, inequívoca señal de la brutal contienda con las avanzadillas estivales… de las milicias lisérgicas no hay más que unos restos marchitos, como aquellos almorávides que caían en la lucha con el Cid y sus aliados.

“Así les hablaba el Cid    como vais a oír contar:

-Todos salgamos afuera,    que nadie se quede atrás,
sino dos peones solos,    para la puerta guardar.
Si morimos en el campo,    en el castillo entrarán;
Si vencemos la batalla,    las riquezas crecerán.

(…)

Tanta lanza allí veríais hundir,    y bien pronto alzar,
Tanta adarga en aquel caso    romper y agujerear;
Tanta loriga desecha    de parte a parte pasar,
Y tanto blanco pendón   rojo de sangre quedar,
Y tantos caballos buenos   sin sus dueños allí andar.
Los moros gritan: ¡Mahoma!   ¡Santiago!, la cristiandad.

En poco espacio allí caen   mil trescientos moros ya.




Incluso en la serenidad del campo resuenan los ecos de mil batallas. Es nuestro sino, llevamos el fragor de las guerras atronando en nuestro ser desde tiempos remotos, nuestra historia está jalonada… no de vencedores y vencidos, nada de eso, solo de perdedores. Los que hubo. Y los que aún hay en los polvorines del mundo. Siempre se pierde.



De aquellos verdores campestres estas "Llanuras de Fuego"

como escribiera el magnífico y entrañable Fernando Namora, un color de oro cegador y engañoso como un espejismo sahariano.

Fotos, Paco Castillo, 2019

No queda otra, hay que acomodar el espíritu a las tonalidades triunfadoras, igual que nos acercamos a éste o aquel libro según el ánimo que nos rige en el momento.


Se palpa la pasión y el cariño de Francisco López Estrada (Barcelona, 1918-Valencia, 2010) por esta literatura tan vigorosa y actual, escrita en el año 1200.

Hay que matizar un dato, Rodrigo Díaz de Vivar, hombre de carne y hueso, pues existió, en el cual se inspira este cantar de gesta nació 150 años antes, los estudiosos sitúan su nacimiento en torno a 1048, parece ser que en Vivar (posteriormente Vivar del Cid), localidad burgalesa, pero sin pruebas concluyentes.

"El Poema o Cantar de Mio Cid se divide en tres cantares, que narran las acciones de guerra y las vicisitudes políticas y familiares de Rodrigo (Ruy) Díaz, en tiempos de la Reconquista, durante el último cuarto del siglo XI. Según datos históricos comprobados, por cotejos de crónicas cristianas y musulmanas, Ruy Díaz, llamado por los moros Cidí o Mío Cid ("mi señor"), y por moros y cristianos el Campeador (de Campis doctor, esto es, excelente en el campo de batalla), nació en Vivar, cerca de Burgos, en 1043, y murió en Valencia en 1099."


                                 Fotos, Paco Castillo, 2019

López Estrada ha hecho un laborioso trabajo adaptando la prosa al lector corriente de hoy, legos como yo, más allá de los filólogos y estudiosos de la materia que rastrean como sabuesos la singladura de una palabra hasta llegar al origen, a veces singular, otras de lo más trivial.

No sé hasta que punto me seduciría leer con la lupa del erudito, puede que sea una experiencia extenuante… pero no nos engañemos, con esta afirmación solo trato de camuflar mi ignorancia al respecto y disimular cierta envidia.

¿Y qué me aporta una obra del año 1200 como lector del S.XXI?
No generalizo la pregunta a un lector general… yo no sé como son los demás, suficiente tengo ya con ir descubriéndome yo.

Me procura conocimiento. Es obvio, es un conocimiento que fecunda con éxito cuando uno asume como propia la conciencia de otra época, de otras gentes, y vislumbras el recorrido ético y moral que atraviesa, lo que me permite vivir la lectura como una experiencia gozosa.

¿Y qué veo?

Lo corta que es la distancia. Por aquel entonces y ahora... siempre hay un enemigo con el que luchar, y si no lo hay haremos lo posible para que surja.

La fuerza del enemigo derrotado da la medida del poder que ostentan los victoriosos.

Pocas cosas entusiasman más al ser humano que exhibir su fortaleza frente al resto. Es así desde que morábamos en las cavernas hasta nuestros días, intrínseco a nuestro ser, como si estuviera determinado genéticamente.

                    Leyendo el Poema del Cid. Fotos, Paco Castillo, 2019

En el Poema del Cid están los enemigos extranjeros, y los que son de casa, de tu misma estirpe.

Los enemigos de casa son aquellos que, siendo cristianos, arremeten contra la virtud cristiana; la lealtad, la fidelidad a tu señor, la obediencia, la dignidad frente a la codicia, todo ello muy presente en el Cid Campeador, el héroe en el que se refleja el buen cristiano.

Hay que castigar a los que pretenden deshonrar este código de conducta, a los que osan faltar al Todopoderoso, que dicen aquellas gentes. Los Infantes de Carrión, con su codicia y cobardía, escenifican su propia  deshonra como cristianos.

Los enemigos de fuera son los infieles, los adoradores de Mahoma, los almorávides, la amenaza a los valores cristianos.

La verdad del cristianismo ha de prevalecer, los impuros  (los moros) han de ser aniquilados, o expulsados a sus lejanos feudos.
Es una visión del mundo en combate contra otra.

Eso está claramente recogido y sintetizado en una línea del fragmento que hay por arriba:

 Los moros gritan: ¡Mahoma!   ¡Santiago!, la cristiandad.


En el Poema del Cid se exhibe este poder de los ganadores. No se ilustra blandiendo las espadas brillantes al aire. Es el triunfo de una moral y sus valores, la Cristiana, frente a otra, la Musulmana, el culto infiel que conviene depurar.

Así que habíamos comenzado por la agonía de la primavera, dejo su cruel destierro para acompañarme de otro no menos angustioso, el sufrido por El Cid, o don Rodrigo Díaz de Vivar, contado en el Poema.

-Oídme mis caballeros, os diré yo la verdad.
A menguar pronto comienza quien se queda en un lugar.
Mañana por la mañana, en seguida a cabalgar;
Dejemos estos lugares y sigamos más allá (…)


¿Y no ha de ser así?

¿No se ve uno empequeñecido cuando se clava en el terruño,  y mira los días pasar desde su almena?

¿No va uno sintiendo que se encoje a medida que el mundo parece expandirse?

Ésta y tantas obras antiguas se prestan gustosas al tamiz si nos apetece extraer un mensaje del presente. Solo hay que saber detectar su potencial entre líneas.

Es obvio que el presente necesita regresar una y otra vez al pasado para afianzar su significado actual, su sentido.



Ignoro por quien tomaría hoy partido el Cid Campeador. Tal vez fuese tentado por los de Vox, y accediese a su propuesta; plantarse frente a la valla… o al muro (dicen que lo construirían) de Ceuta y Melilla, espada en ristre y disuadir a las “hordas extranjeras” que pretenden adentrarse en el reino.




Quizás considerase la oferta de esos que dicen ser socialdemócratas, o de izquierdas, y erigirse en espadín contra esa reminiscencia del feudalismo que es la derechona.

Yo, como soy muy ingenuo, lo contemplaría seguido del pueblo llano, vitoreándolo, todos a una Fuente Ovejuna, hacia el objetivo final, derrocar al Parlamento, ajusticiar a los corruptos y devolver al pueblo lo que nunca debieron robarle, empezando por sus esperanzas.

En cualquier caso, no vengo yo a aconsejar esta lectura, tampoco dejo de hacerlo, pero… ¿Se puede recomendar un color para mirarlo, un estado de ánimo para leer?

Uno no tiene que forzar la alegría si la bruma otoñal le sume en la melancolía, del mismo modo que uno no debe claudicar al desasosiego circundante si en su seno cunde el entusiasmo vital.

Os dejo con unas golondrinas que surcaban el cielo, mientras yo leía las lagrimas del Cid.


También marcharon las golondrinas, a su destierro, dejando el silencio de su ausencia.



No hay nadie que se libre del destierro, desde que abandonamos la infancia estamos condenados a sufrirlo...