P. Castillo

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viernes, 14 de septiembre de 2018


Zalacaín el aventurero. Pío Baroja (Guipúzcoa, 1872 – Madrid, 1956)
Colección Austral, 1984. 156 páginas.




Este verano en Asturias solía “escaparme”, muy temprano, a una de esas playas cantábricas que conozco de belleza salvaje y apenas frecuentadas, al abrigo de una vegetación generosa entre el relajante verde de los helechos.




 Asturias. Fotos, Paco Castillo

A escasos metros de nuestra casa rural tomaba un sendero campestre, andando treinta minutos llegaba a mi destino. También detenía el paso para admirar las flores silvestres, como las bellas  arvejas, cuyo tono rosáceo siempre destaca entre tanto verdor, o las inquietas libélulas, las aves...

Así es el camino, jalonado de exuberancia floral tras la que se esconde la playa, atravesando la umbría refrescante. Una alianza que pacta la naturaleza agreste con la playa, para mitigar nuestras ansias profanadoras o invasivas.



Arvejas. Foto, Paco Castillo

Foto, Paco Castillo

Libélula, camino de la playa. Paco Castillo






Avanzando entre la vegetación, a medio camino.

Fotos, Paco Castillo


Con ello se asegura de que quien haya puestos los pies ahí, asumido el esfuerzo por llegar, lo haga tocado de la serenidad necesaria, sin perturbar la armonía reinante. Rendido al escenario, te sientes agasajado con su esplendor.

No encontraba un alma. Solo el mar frente a mí.






Pío Baroja me recuerda a una de esas playas… poco visitadas. Adentrarse en su escritura procura sensaciones afines. Esa playa es un lugar en el mundo hecho para mí. Y lo mismo se puede aplicar a determinados libros, están escritos para ti.

La mención a la costa del norte es pertinente, pues deseaba reencontrarme con el Baroja de aires cantábricos que tanto disfruté en “Las inquietudes de Shanti Andía” (una de mis lecturas preferidas), y “Zalacaín el aventurero” me trae de nuevo esas brisas, y muchas otras cosas.



Si nos fijamos en las fotografías de Pío Baroja, su mirada parece ausente, huidiza de su propio presente. La expresión melancólica y el semblante casi siempre serio, hacen figurarse a un hombre tendente a la soledad, exceptuando la compañía de algunos buenos amigos (como Azorín), alejado de lo mundano. Todo eso  se insinúa en su mirada distante.






Pío Baroja, fotos internet.

«Hombre humilde y errante», afirmaba de sí mismo.


Por eso me resulta chocante el gran sentido del humor en sus narraciones, una frase precisa e irónica, ilustrando mejor la idiosincrasia de los personajes y el lugar que una página de detallada descripción proustiana. Esos rodeos no van con el carácter de Baroja.

Su estilo narrativo es como un jardín zen, unos pocos elementos primordiales que conviven en perfecto orden, lo que da al conjunto una sensación de belleza discreta, que no busca apabullar, sino atraparte sutilmente.

“En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi únicamente interrumpido por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una manera melancólica, con un tañido de lloro. (…)

En el cementerio, alrededor de la iglesia, entre las cruces de piedra, brillan durante la primavera rosales de varios colores, rojos , amarillos, y azucenas blancas de aspecto triste.
Desde ese cementerio se ve un valle extensísimo, una paisaje amable y pastoril. El grave silencio que reina en el camposanto apenas lo turban los débiles rumores de la vida del pueblo.

De cuando en cuando se oye el chirriar de una puerta, el tintineo del cencerro de las vacas, la voz de un chiquillo, el zumbido de os moscones…, y de cuando en cuando se oye también el golpe del martillo del reloj, voz de muerte apagada, sombría, que tiene en el valle un triste eco.

Tras de estas campanadas fatídicas, el silencio que viene después parece un tierno halago.

Como protesta de la eterna vida, en el mismo camposanto las malas hierbas crecen vigorosas, extienden sus vástagos robustos por el suelo y dan un olor acre en el crepúsculo, tras las horas de sol; pían los pájaros con algarabía estrepitosa, y los gallos lanzan al aire su cacareo valiente, como un desafío.

La vista alcanza desde allá un extenso panorama de líneas suaves (…). Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades; las carreteras rechinan en los caminos; los labradores trabajan con sus bueyes en los campos, y la tierra, fértil y húmeda, reposa bajo la gran sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol…” (p.154)


Ese es el Baroja que escribe para mí.





Refería más arriba lo de recobrar con esta novela sensaciones que ya obtuve con Shanti Andía, y aunque cada una pertenezcan a series diferentes (ya sabéis que Baroja agrupaba sus novelas en tetralogías), existe un cordón umbilical entre ambas. 

Sin ir más lejos; sus protagonistas (Shanti y Zalacaín) son la personificación de un espíritu indómito, que los impulsa hacia la búsqueda de un sueño, una quimera agazapada tras el horizonte marino en un caso, o tras los idílicos valles vascos, en el otro.

La relación de Shanti y Zalacaín con la Naturaleza, la espectacular orografía cantábrica, hace que las narraciones adquieran esa dimensión idílica, de lograr un contacto íntimo con la tierra, o el mar.





Por eso la Naturaleza, en mayúsculas, realza toda la narración, y también se erige como personaje fundamental. Y en las dos novelas el rumor del mar nunca deja de escucharse.

Martín Zalacaín podría ser considerado un héroe romántico, zozobrante en sus ideas, como todos ellos. Pero su ambigüedad es cautivadora, en su vida no tiene más certeza que lo incierto, el imprevisible desenlace de sus andanzas, de sus días, de sus anhelos.

Alguien que intuyendo la fatalidad de su destino, no tiene intención alguna de cambiar su actitud vital. ¿No es ese el antihéroe?




Zalacaín crece como uno de esos mozalbetes instruidos en la sabiduría elemental de los montes, extrayendo todo lo necesario para saber qué es lo realmente importante para él, y qué no lo es.

Y ahí estará su tío abuelo, Tellagorri, hombre vehemente y singular. Investido doctor honoris causa… por todas las tascas comarcales, habida cuenta de su envidiable sapiencia popular. En definitiva, una eminencia tan admirada por la concurrencia tabernaria, expectante de sus andanzas, como vilipendiado por las almas puritanas de esas villas brumosas debido a su apostosía, que vocifera a los cuatro vientos, no tanto de la fe cristiana como de sus mensajeros, los clérigos. Más que nada porque en el País Vasco de las guerras carlistas, éstos solían ser partidarios del monarca (salvo excepciones), y la sangre del abuelo circulaba por sus venas con ímpetu republicano, díscolo. Aunque solo fuera por eso tan vasco, dicen por ahí, de llevar la contraria. Pues como sea, es.

“Tellagorri explicaba todo detenidamente a Martín. Tellagorri era un sabio; nadie conocía la comarca como él; nadie dominaba la geografía del río Ibaya, la fauna y la flora de sus orillas y de sus aguas como este viejo cínico.” (p.19)

Hay en Tellagorri un evidente guiño autobiográfico, pues Baroja era un redomado anticlerical.





Volviendo a Zalacaín. Su licenciatura campestre y los impagables consejos y enseñanzas del abuelo, serán una escuela inmejorable para curtirse en un oficio de futuro tan poco halagüeño como… contrabandista de armas y lo que se terciara. Ya fuera para el bando republicano o para los carlistas. 

Él no abraza una causa o la otra, ni se siente especialmente vasco ni español, aunque no reniegue de dichas identidades, que todas esas confrontaciones pone en liza el genial Pío Baroja.

Zalacaín, paseando con su amigo, “el extranjero”, lo resume muy bien:

"(…) dando un rodeo salieron al paseo de los Llanos. Una campana de un convento comenzó a tocar…

-Juego, campanas, carlismo y jota. ¡Qué español es esto, mi querido Martín! –dijo el extranjero.

-Pues yo también soy español, y todo eso me es muy antipático –contestó Martín.

-Sin embargo, son los caracteres que constituyen la tradición de su país –dijo el extranjero.

-Mi país es el monte –contestó Zalacaín."

Ahí tenemos al héroe romántico, a su manera demostrará que lo es, turbio a los ojos ajenos, de una incontestable coherencia para su propio criterio.

Y como suele suceder con estos héroes; aunque acompañados de sus fieles amigos, pocos, siempre ansían secretamente la soledad. Buscadores de la gloria para un día o para la eternidad.

Zalacaín, joven osado, dejará que el sentimiento amoroso lo embargue sin darse a grandes tribulaciones existenciales, el amor viene y te toca… lo mismo que llega el viento otoñal y estremece las copas de los álamos.





Zalacaín, ya merodeando los veinticinco años, no es ningún intelectual, pero la naturaleza le ha dotado de una inteligencia viva y ágil, rebelándose más valiosa en su entorno que el más enciclopédico de los conocimientos.

Además, su condición de tratante con unos y con otros, le ha procurado buen uso de la palabra, y sus continuos viajes al País Vasco Francés y otras regiones francófonas cercanas, le confieren un aura cosmopolita opuesto al provincianismo de su pueblo y caseríos próximos. Todo un personaje, dicen los vecinos.

Zalacaín, como no podía ser de otra manera, tendrá un enemigo furibundo, Carlos Ohando, perteneciente a una familia pudiente de la villa, simpatizante de la causa carlista y hermano de Noelia… la prometida de Zalacaín.

Carlos ve en Zalacaín a un ser despreciable y agreste, un arribista incapaz de comprometerse con nada, no puede impedir que se vea con su hermana, y esto hace que lo odie con rabia incontrolada.

Sin embargo, Zalacaín, es incapaz de albergar en su ser tanta inquina y violencia hacia un semejante. En realidad es una persona muy noble, incluso desprendida de sí misma si tuviese que arriesgar su vida por otro.

En una palabra, todo el odio que corroe a Carlos se traduce en humanidad, no siempre visible, en el corazón insondable de Zalacaín. La violencia exultante de Carlos ante la bondad agazapada de Zalacaín. La cobardía del que grita más fuerte ante la valentía de quien aguanta estoicamente.

La esclavitud de quien se somete al honor frente a la libertad de quien piensa…

“Mi país es el monte -contestó Zalacaín-.”






miércoles, 5 de septiembre de 2018


Las raíces y otros cuentos. Rafael Azuar (Elche, 1921 – Alicante, 2002)

Publicaciones de la Caja de Ahorros  Provincial de Alicante, 1971. Nº de páginas, 83.





Mis librerías (esas famosas que, dice la publicidad, convierten tu casa en una república independiente… no mezclar con Cataluña), suelen tender a la dispersión, porque una librería se va haciendo a imagen y semejanza de su dueño, y yo en varios aspectos me disperso tela.




Aunque a veces me afano en colocar con algún criterio. Aclaro que en el resto de mi vivienda mantengo un orden razonable pero efímero, con una hija de dos años y otra de siete es lo que hay.

En esa Torre de Babel que son mis estanterías los libros conviven en una “anarquía armoniosa” (república, anarquía… mis hijas no se aburren), lejos de ese afán perfeccionista que no da lugar a la sorpresa, algo que a mí me entusiasma al explorar por las baldas. Bueno, si fotografío un libro situado en mis librerías  para el blog, las apaño un poquito.

Cuento esto ya que así, de manera imprevista, he dado con “Las raíces y otros cuentos” de Rafael Azuar, uff ya ni lo recordaba.

De nuevo un gran autor invisible cual fantasma literario, un ánima errante que busca la redención en un lector.





Este ejemplar avejentado y de humildes proporciones, apenas 83 páginas, estaba apretujado tras una buena cantidad de libros, y éstos, a su vez, permanecían detrás de otros tantos.

Llevo varios días buscando “El bandido adolescente”, una novela de Ramón J. Sender (que tan pronto encuentro vuelvo a extraviar), peculiar por cuanto narra la vida de William H. Bonney (1859-1881), el célebre “Billy el niño”, figura sobre la que el escritor español indagó bastante durante su larga permanencia estadounidense,  creando esta historia singular.


Las consecuencias de encontrar y extraviar “El bandido adolescente” son irrisorias, comparadas con las de encontrar y extraviar (más bien lo último) “el perrito” y “el monito” del puzle de mi hija pequeña. 

Toda la calma y serenidad de mi hogar para escribir estas líneas y leer algo, dependen de que estos dos animalicos vuelvan a su casita. Sin ellos soy un ser vulnerable, como estoy comprobando in situ, ahora mismo, y vosotros no podéis ver. 


Intentaré continuar escribiendo y después miraré debajo del sofá chaise longue... cuya visión es lo más parecido al Amazonas que pueda haber en mi piso.


Pues eso. Se ha cruzado el librillo por medio… capto algún detalle que me llama la atención, empiezo a leer sin expectativas y me encandila hasta el final.

Aquí estoy con “Las raíces y otros cuentos”.

Contiene diez narraciones, estos son los títulos:



Concluyo el primer cuento, “Las raíces”, y me regala una original y bellísima alegoría, aunque imbuida de un telurismo bastante siniestro, en donde Azuar parece extraer la veta literaria de la máxima bíblica: “Hombre, acuérdate de que polvo eres y que al polvo volverás”.

Con una prosa cristalina, su personaje, un labriego levantino, sucumbe a una extraña simbiosis con la tierra. La tierra, la Pachamama (madre tierra) que veneraban los incas, sustento y tumba de los campesinos. Una perversa paradoja en forma de cuento, pero que induce a una reflexión nada fantasiosa sobre lo real.

O “La soga”, a diferencia del otro,  un relato de corte realista (en línea con la mayoría), donde nos vuelve a seducir con una escritura de trágica hermosura, un equilibrado maridaje entre sobriedad y lirismo (Azuar ante todo se consideraba poeta).





Aquí despliega una mirada nada complaciente sobre la dura vida rural. Es más, reluce la brutalidad que solía envolver la existencia de estas gentes, padres severos que atemorizaban a sus hijos, pequeños o grandes, niños o niñas, propinándoles terribles varetazos cuando descuidaban las extenuantes tareas. Infancias en donde los juegos solo tienen lugar mientras se sueña. Una violencia que la escritura pulcra y poética de Azuar logra suavizar.

Esto último que acabo de indicar me lleva al recuerdo, por reciente, de otro escritor. Azorín y su “Pueblo”, que traje por aquí, y a quien las biografías sobre Azuar sitúan como una de sus grandes influencias (junto a Gabriel Miró y el poeta Miguel Hernández).





Que Azorín fuera uno de sus referentes lo constato, al margen de la propia afirmación de Azuar, en la pretensión del autor por depurar su escritura hasta obtener la belleza natural de las palabras (eso mismo que encontré en Azorín, con “Pueblo”). Ciertamente existe un paralelismo entre ambos estilos, lo que en absoluto resta valor a la obra de Rafael Azuar, no hay que confundir las cosas.

Su maestría queda patente en este magnífico librito. Una prosa sin artificios y, a la vez, poderosa, diáfana, sin excesos líricos, arrebatadora precisamente por mostrarse sin “maquillaje”, sin condimentos innecesarios, al natural.




Una trayectoria literaria avalada por numerosos galardones, entre ellos, y resumiendo mucho, el Biblioteca Gabriel Miró, o el Premio Café Gijón de novela corta, éste último otorgado precisamente el año de mi nacimiento, 1967.

Distinciones como el Café Gijón que, careciendo de una jugosa recompensa económica comparado con otros, era muy codiciado por parte de los escritores, pues gozaba de gran consideración debido a la calidad de las obras reunidas, autores que acudían alentados por el prestigio de medirse ante los mejores y salir triunfantes. No en vano, sin un reclamo monetario tentador, se presentaron y ganaron figuras como Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Eduardo Mendicutti, Luis Mateo Díez o Leonardo Padura por citar unos pocos.

Ya sabéis, leed a un premiado con el Café Gijón y estaréis ante excelente literatura. Avisados.

Como suele ser en los autores de talento, Azuar emplea la metáfora sin caer nunca en lo trillado. Veamos este ejemplo sobre una frase recurrente que habremos leído centenares de veces en los libros; “el silencio de la noche”, y Rafael azuar resuelve así:

“El silencio de la noche pesaba como la entraña profunda de un pozo”




Trasladando a ese escenario de calma y paz, como es la quietud de la noche, una visión tenebrosa como el fondo amenazador de un pozo, Azuar crea un cóctel de sensaciones antagónicas que me impacta, me fascina esa imagen mental, y son estos pequeños destellos los que van cimentando la grata sensación de una lectura, más allá de la trama o el argumento, sin restarles el peso que tienen en la narración, por supuesto.

Así sucede en otro excelente cuento con el enigmático título de “Un rostro detrás de los cristales”.

Delicada y hermosa narración sobre la vida que se nos va escapando de las manos, no de un modo abrupto y violento, sino con la sutileza, poco perceptible, de una hoja arrebatada por el viento, desapareciendo y arrastrando su futilidad por una calle desierta cualquiera:

“Las hojas cayeron de los árboles, lentamente, al suelo húmedo del parque. Cayeron un año tras otro, en una música misteriosa e inaudible. (Cada vez que caen las hojas de los árboles, algo indefinible sucede en un ámbito que nunca se alcanza. Se apaga un ligero susurro en las ramas desnudas…).

(…) La lluvia va borrando el perfil de los árboles y de las casas. Un halo gris lo envuelve todo y, en el rostro de Natalia, detrás de los cristales, unas lágrimas resbalan y caen, como las gotas de lluvia.”

Delicioso.

Temas como la soledad, la muerte, o esa rutina que poco a poco va minando a muchos el entusiasmo por la vida, son algunas de las cuestiones abordadas en estos cuentos. 





Sus escenarios se sitúan en el entorno rural y también en la pequeña ciudad provinciana, esa que tan magníficamente han retratado escritores como Miguel Delibes.

En definitiva, un libro que deleita por unas historias muy bien narradas, personajes perdidos en el anonimato de unas vidas grises, o duras, cuyo valor más extraordinario reside simplemente en el hecho de vivir… a pesar de todo.

Que no es poco.



jueves, 30 de agosto de 2018


La investigación. Stanislaw Lem (Polonia, 1921-2006)

Bruguera Libro Amigo, 1986. Traducción: Jadwiga Maurizio. 220 páginas.






Aquí estamos.

Hace varios días que tenía acabada esta entrada, pero antes necesitaba “centrarme” de nuevo, tras el paréntesis veraniego. 





Casualidad, o las meigas, mi admirada Ana (Blasfuemia) y yo coincidimos en plasmar impresiones sobre el gran Stanislaw Lem de forma casi seguida, aunque con diferentes títulos, resaltando por igual algunos aspectos de su estilo, lo que tampoco es raro, pues son elementos destacados en la obra del polaco. También son dos creaciones alejadas de la ciencia ficción que tantos réditos le ha proporcionado.

Adonde quiero llegar, espero que nuestros visitantes/comentaristas comunes no acaben saturados con el amigo Lem, no es lo deseable.



Stanislaw Lem. http://krakow.wyborcza.pl


Así pues, vamos allá (en realidad mi escrito original empezaba a partir de lo que sigue).

Trasladar todo lo que condensa una novela de Stanislaw Lem, y da igual si es breve, tiene su miga…

Sus seguidores (que son legión) conocerán, siendo el genio literario que es, su destreza en otro tipo de registros que no sean propiamente la ciencia ficción, género en el que ha alcanzado tal notoriedad, por la calidad literaria de ciertos trabajos, que muchos lectores reticentes han acabado leyéndolo con entusiasmo.

Por ejemplo con “Solaris”, considerada obra maestra no ya de la ciencia ficción, sino de la literatura en general. 





Os imaginaréis que Lem, sobre el argumento de sus novelas distópicas o no, sitúa cuestiones que sobrepasan los clichés al uso para valorar éste u otros géneros (por ejemplo novela negra y/o policíaca, etc), yo mismo he recurrido a ellos…

Hecha la autocrítica, me pongo manos a la obra con “La investigación”, inequívocamente policíaca (que me atrae poco), aunque tratándose de Lem, la cosa no se queda en policías y delincuentes…





Aún así, insisto en la identificación con la narración policíaca. Podría ser que al lector más devoto por esa ciencia ficción que responde a los cánones oficiales, le provoque sentimientos encontrados, algo así como una novela a medio camino de su destino final. Le sucedería esto por la obcecación en buscar una cosa que no es, generándole confusión. 

Aquí tenemos a unos policías de Scotland Yard que investigan unos hechos concretos. Esto no va de “Solaris”, nada de proyectar un escenario plausible en un futuro hipotético.


Obviamente Lem dedica ciertos guiños al ámbito que lo encumbrado, que da rienda suelta a sus ideas, pero son un tipo de señales menos identificables para la ortodoxia de la ciencia ficción. Estamos ante un asunto más terrenal, tanto que podría afirmarse del subsuelo, como veréis en breve. 




Bajo este título nada rebuscado, y esa portada que parece un LP de los Iron Maiden, tenemos una narración no muy extensa que refuta la solvencia literaria del autor.

Acompañaremos al inspector Sheppard de Scotland Yard comandando un equipo de investigadores, forenses y demás oficiales, dirigido por el joven e inestable teniente Gregory como segundo de a bordo (y protagonista principal), para resolver un gran enigma, la desaparición de varios cadáveres recientes de los depósitos forenses, en un radio de acción que abarca determinados condados cercanos a Londres.

Junto a estos dos hombres, también despunta la presencia de Sciss, uno de los médicos forenses, profesional de una seguridad apabullante y extensos conocimientos... un colega ciertamente antipático a ojos de Gregory, que suele sentirse intimidado por esa especie de "sabelotodo" pagado de sí mismo.

Se forma un triángulo psicológico que da mucho juego durante la trama. La impasibilidad del inspector, la inseguridad del teniente Gregory y el ego desmesurado del forense Sciss... (¿alter ego de Lem?).

Unos hechos delictivos cuyo modus operandi tiene desconcertado a todo el comando. A la propia naturaleza del caso, se une la escasez de pruebas incriminatorias que determinen una línea principal de investigación. Además existen circunstancias que escapan al juicio analítico de los investigadores. Son conscientes de estar ante un desafío inédito en sus carreras.

Actos cometidos sin torpezas aparentes, sin dejar pistas de los autores, algún fallo, un pequeño desliz. Es algo inaudito.





Lem exhibe su arsenal, su imaginación poderosa, su cualidad de observador sagaz al que no se le escapa el mínimo detalle, una mirada escrutando el ángulo más insospechado, una apreciación, por nimia que parezca, de sus colaboradores, aspectos que en principio parecen ridículos al inexperto (llámese lector, yo mismo), pero importantes para el investigador. Encontrar un hilo, por fino que sea, de donde tirar. Todo es relevante cuando no hay nada.

Lem crea magistralmente esa atmósfera tensa de los despachos policiales, donde a veces se respira la hostilidad entre los mismos compañeros, invadidos por la frustración, o acentuándose la intriga ante la posibilidad de convertir una hipótesis, por descabellada que sea, en algo tangible que dirija las pesquisas, poner algo de luz en la penumbra.




De ahí se derivan unos diálogos genialmente elaborados, trepidantes por cuanto manifiestan la agilidad mental que caracteriza a un inspector curtido, a la hora de intercambiar impresiones con sus colaboradores y sopesar multitud de aspectos, interrogando a sus hombres sobre la más insospechada probabilidad.

El jefe haciendo preguntas de una lógica aplastante a su equipo y que, precisamente por ser muy lógicas, la mayoría no hubiésemos tenido en cuenta, pero una vez conocidas en boca del inspector adviertes su pertinencia. Valga este fragmento en el inicio de una reunión para ver como van las cosas:

“Gracias –dijo el inspector general-.
Quizás usted, teniente, nos resuma el curso de su investigación.

-Sí, señor inspector.

(…) En todos los casos, los cadáveres desaparecieron durante la noche. No hubo ni huellas, ni señales de violencia. Por otra parte, esto no es necesario en un depósito. No se acostumbra a cerrarlos o, si se hace, hasta un niño podría abrir la puerta con un gancho.

-La sala de autopsia estaba cerrada- intervino por primera vez el médico forense Sörensen. (…)

Gregory (el teniente) tuvo tiempo de pensar que Sörensen había acertado escogiendo una profesión en la que tenía que tratar casi siempre con difuntos. (…)

-Me leyó usted los pensamientos, doctor. En la sala a la que se refiere hemos encontrado una ventana abierta. Mejor dicho, estaba entornada, no cerrada, como si alguien hubiera salido por ella.

-Primero tendría que haber entrado- dijo Sörensen con impaciencia.

-Es una observación muy brillante- repuso Gregory. Arrepentido, echó una rápida mirada al inspector general, que guardaba silencio, inmóvil, como si no hubiese oído nada. (…)

-¿Hay donde esconderse en esa sala de disección? –preguntó el inspector general. (..)

Bueno… eso queda prácticamente excluido, señor inspector. Exigiría la complicidad del conserje. (…)

No hay allí muebles salvo las mesas de autopsia, ni rincones oscuros, ni escondrijos de ninguna clase…
Solo pequeños armarios empotrados para las batas de los estudiantes (…) pero ni siquiera un niño cabría en ellos.

-¿Lo entiende usted en sentido literal?

-¿Perdón?

-O sea: ¿no cabría ni un niño? –preguntó calmosamente el inspector.

-Bueno… -el teniente frunció el ceño-. Tal vez un niño, señor inspector cabría, pero no mayor de unos siete u ocho años.

-¿Midió usted esos armarios?

-Sí (…) los he medido todos (…)”





Otro ejemplo:

“¿Y el último cadáver?

El último… pues no llevaba ropa, pero al mismo tiempo (cabe suponer) desapareció una cortina que tapaba un pequeño hueco en la pared del fondo del depósito. Era un trozo de tela negra que corría sobre una varilla, colgado de unas anillas de metal cosidas a la tela. En las anillas quedaron unos jirones de tela.

¿Fue arrancada?

No. La varilla es demasiado delgada para aguantar un tirón fuerte. Aquellos jirones…

¿Usted ha intentado quebrar esa varilla?

No.

¿Cómo sabe, pues, que no hubiera aguantado?

Se aprecia a simple vista.

(…) Bien, -concluyó el inspector- ¿Fueron examinados esos jirones?

Sí.

-Sörensen- : La tela fue rota, o más bien roída trabajosamente, y no cortada. Es indudable. Como si alguien lo hubiera hecho a mordiscos. Hice incluso algunas pruebas. La imagen microscópica es idéntica.

Un corto silencio reinó en la estancia, interrumpido por un lejano ronroneo de un motor de avión ahogado por la niebla.

¿Desapareció alguna otra cosa (…)? –preguntó el inspector.-

(…) Sí. Un rollo de esparadrapo, un gran rollo de esparadrapo, olvidado encima de una mesita junto a la puerta de entrada.

¿Esparadrapo? -repitió el inspector enarcando las cejas.-

Lo utilizan para sostener la barbilla… para que no caiga la mandíbula –aclaró Sörensen-. Cosmética mortuoria –añadió con una sonrisa sardónica.”

Y esto no es nada comparado con otros pasajes, pero son más largos.

Ahora la pregunta la hago yo.

¿Habría algo que se le escapara a este tío (Lem) ?





Como ya he indicado, un retrato de lo que podría suceder en cualquier comisaría del mundo, y que Lem compone con su proverbial habilidad.

Con varios personajes en liza, un escritor debe saber penetrar en sus mentes y, desde ahí, hacerlos crecer y definir su particular cosmovisión. En suma, revestirlos de su propia personalidad y complejidad, tal como somos.

No es raro encontrar libros en donde el escritor mete toda una variedad de personajes en un único molde expresivo, como si existiera una sola voz para todos. No es tan fácil hallar esa voz distintiva de cada personaje, una fase peliaguda para el escritor, y cuando no hila fino… nos chirría.

Lem supera la prueba con creces.





Las discrepancias que surgen en el seno del equipo son nítidas, fruto de la diferente percepción de las cosas que tiene cada uno. Duelos psicológicos, miradas sostenidas, confrontación de egos, combates dialécticos que escenifican la seguridad de unos y el vértigo de otros ante la que se avecina.

La presión social puede desbordarse, y es una variable poco controlable por la policía (como en el mundo real), así que han de trabajar bajo la tiranía del cronómetro. Un estrés que se convierte en compañero indeseable de los profesionales, y que Lem nos transmite con un vertiginoso ritmo narrativo.

Un buen cinéfilo puede reconocer los elementos propios del thriller psicológico que Lem combina en la novela, construyendo un eficaz engranaje literario. Detalles como las habitaciones casi siempre escasas de luz, el propio ambiente exterior con la neblina, la lluvia, el cielo gris… por no hablar de las propias morgues, lugares reducidos y siniestros donde los haya. 
Todo esto induce una notable sensación de claustrofobia que toca de lleno al lector.





También otras apariciones asociadas al suspense psicológico; sueños, alucinaciones, un panorama que por momentos trastoca la realidad. Percepciones que se deslizan en el limbo de lo real y lo irreal. Sin faltar notas de humor ácido.

Lem logra este resultado porque es dueño de una mente brillante. Uno de los escritores más cultos que ha dado la época contemporánea, prestigioso intelectual bregado en la ciencia y el humanismo.

Médico, psicólogo, profesor de literatura, miembro fundador de la Sociedad Polaca de Astronáutica, aparte de sus incursiones profesionales en el área de las matemáticas (ámbito que dominaba con soltura), la cibernética y la filosofía.

Todo ello puesto al servicio de la creación literaria con un resultado fascinante.




Se sabe que su perfeccionismo rayaba en lo obsesivo, depuraba hasta el fallo más imperceptible.

Fijaos en esta perla de la Wiki:

«Lem fue miembro honorario de la SFWA (asociación de escritores norteamericanos de ciencia ficción y fantasía) en 1973, pero fue expulsado en 1976 tras declarar que la ciencia-ficción estadounidense era de baja calidad literaria y estaba más interesada en el aspecto comercial que en desarrollar nuevas ideas o formas literarias.»

Sonados fueron sus más y sus menos con Philip K Dick. A quien por otra parte considera gran escritor, desde luego, según él, superior a Bradbury y Asimov. Sobre éstos últimos decía, para entendernos, que no eran para tanto, como manifestó en una entrevista:

“Creo que los rusos, los hermanos Arkadij y Boris Strugaccy, han sido mejores.”

Interesante apreciación, pero yo ahí, ni pincho ni corto, ese debate lo dejo para los aficionados duchos en la materia.





Huelga decir que traducirlo siempre ha sido complicado, debido al encaje de los conceptos que maneja en el universo creador que concibe.

Sin embargo, como ocurre con las gentes dotadas de sabiduría, sabe transformar toda esa “entropía” inasible en una prosa clarividente.

En ese sentido, impresionan las hipótesis que desarrollan los investigadores, pues al no tener una base racional sobre la que ir atando cabos, han de establecer otras de carácter empírico.

Se ven forzados a buscar explicaciones en la última frontera de lo racional, y más allá. Sopesar el envés y revés de la realidad.





Otra interpretación válida de “La investigación” pasaría por ser una propuesta filosófica bajo el formato de una intensa novela policíaca, pero Lem es astuto y evita crear un híbrido con interminables divagaciones metafísicas.

No, la novela no es un híbrido, tiene la identidad reconocible de una narración policíaca (por enésima vez lo recalco, soy cansino).

Por ello te hace pensar desde la óptica de unos investigadores policiales, luego uno bifurcará su pensamiento por donde considere.

Esa peculiar simbiosis entre narraciones muy dinámicas, fluidas, con la vertiente filosófica (es el sello de Lem), le ha dado al autor miles de lectores. Una conjunción muy atractiva de estilos por atípica.

Atípico, buena palabra para definir a este escritor.

Leer a Lem es una invitación directa a poner en tela de juicio muchas cosas que hemos elevado al púlpito de lo “racional”. Y sí, visto el panorama ahí fuera… proceden las comillas.

Una mente privilegiada unida a la pasión por la literatura, imaginad lo que puede hacer alguien así frente a una hoja en blanco. Sencillamente, lo que le de la gana...