P. Castillo

Safe Creative #1802170294390

jueves, 29 de enero de 2026

 

Rumbo



Erguida sobre el tejado del viejo monasterio, destaca una Rosa de los Vientos con su Flor de Lis fijando el Norte.

Es lo primero que suelo mirar cuando salgo al balcón amaneciendo.

Asomado a mi particular reducto de Mundo, la incipiente claridad me envuelve con su luz temblorosa de candil, tenue, y la existencia de las cosas y los seres posee una textura quebradiza, inconsistente; tejados humeantes, farolas con su haz dorado languideciendo, columpios mojados y vacíos, gorriones rechonchos, mirlos y algún transeúnte madrugador de andares desganados, adquieren la fragilidad de los charcos congelados, cuyo hielo va deshaciéndose al paso de las horas, y al sol de mediodía solo queda  agua cristalina reflejando nubes pasajeras.





Buscando charcos congelados en el campo, con mi hija pequeña; Itziar. Fotos Paco Castillo


Ahí, frente a la Rosa de los Vientos en una gélida atmósfera invernal, la mirada se hace acuosa y siento el frío punzante sobre mi piel. Reina la calma en las calles, solitarias aún, y aflora el deseo de quedarse a vivir en ese instante.

El silencio acentúa el delicioso canto de los mirlos y el piar alborotado de los gorriones, que buscan migajas junto a las macetas de crisantemos y brezos rosados del vecino, quien las cuida con mimo. De alguna manera, pienso, se está cuidando así mismo de la ingratitud del mundo.

Igual que yo, necesito esa catarsis del amanecer, ver como la noche cede pacíficamente el testigo al día en ese breve claroscuro, mientras trinan mirlos y alborotan gorriones, para soportar mejor  el atronador frenesí humano que está al caer y la cuota de desgracias, ya sea viajando en trenes veloces, amén de la violencia y hostilidad diaria que nuestra especie vierte al mundo sin descanso…, cada uno intenta sanarse como puede, un libro a mano también es gran aliado, entre otros.

Con jornadas despejadas, el cielo azul realza la forja metálica de los puntos cardinales en la Rosa de los Vientos.



El Norte, con la Tramontana y su viento frío, y de donde vienen muchos petirrojos por esta época, de un norte más remoto.

El Sur, a donde ya volaron los vencejos. También llamado Mediodía, con su viento Austral cálido para equilibrar la balanza.

El Este, o Levante, por donde sale el Sol al amanecer, como yo.

Y el Oeste, o Poniente, hacia donde se va ocultando el Sol tras su jornada, a la par que surgen hogareñas lucecitas en la lejanía, allí en el “azul horizonte” que decía Bécquer.

En dirección Poniente está la calle que los parroquianos llaman aquí del Viejo Casino (aunque ese no es su nombre), la suelo utilizar cuando voy hacia el campo.


No es una calle muy transitada, así que enseguida aparece metros más abajo uniformado de verde el barrendero; un “chico” que rara vez despega los ojos de las hojas marchitas desprendidas de los plátanos y moreras, que flanquean la avenida. Él las barre con movimientos mecánicos, lentos, ensimismado en sus pensamientos.


Devuelve mi saludo con un susurro casi inaudible, con la mirada perdida en los montoncillos de hojas muertas. 



Y a medida que recoge la hojarasca, una llovizna de hojas trigueñas cae sin cesar sobre su cuerpo orondo, no sé si serán más las hojas cayéndole encima, que sus sueños elevándose entre las ramas desnudas. 

Tengo la impresión, al mirar de reojo su semblante melancólico, que las hojas no dejan de caerle todos los días del año, sea primavera o verano, cubriendo sus recuerdos… sus sueños, que imagino finalmente sepultados bajo la broza. 




Parece que estuviera en ese célebre cuento de Oscar Wilde; “El gigante egoísta”, barriendo sin fin en el jardín del invierno perpetuo…,

 “(…) Y era siempre invierno en casa del gigante, y el viento del Norte, el granizo, la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles.(…)”

“El gigante egoísta”, Oscar Wilde

Nevando, buen momento para leer a Oscar Wilde. Fotos paco Castillo

Sí, el amigo barrendero ha elegido refugiarse en el Silencio antes que en las Palabras, sus razones tendrá.

Así las cosas, procuro tapar la portada del libro que llevo en las manos al saludarle, cuyo título no es el más reconfortante para nuestro amigo barrendero. 


"Vendrán más años malos y nos harán más ciegos", R.S. Ferlosio

Y a decir verdad, Ferlosio me confirma que la prudencia de nuestro amigo con las palabras tiene sus fundamentos.

"Vendrán más años malos y nos harán más ciegos", R.S. Ferlosio


Pero voy a ser Poniente con su corriente más cálida, y equilibrar algo las cosas, y no encuentro mejor apoyo que Rafael Narbona con su libro que tiene mucho de sanador, como indicaba por arriba, con título muy revelador; “Maestros de la felicidad”, y lo manifiesta un filósofo que cayó al abismo profundo de la depresión, empujado por el lado más amargo de la vida.

Maestros de la felicidad. De Sócrates a Viktor Frankl, un viaje único por la historia de la filosofía, Rafael Narbona


“Es allí a donde voy”, nos cuenta Clarice Lispector con su Silencio; así sea el Rumbo final para este escrito.




Para el “chico” que barre las hojas… Love Theme; Vangelis, (Blade Runner)




lunes, 27 de octubre de 2025

 

Hojas secas…

                                                    

                 El otoño hace su trabajo, hoja de álamo, foto Paco Castillo
            

Allí arriba estaban, siete u ocho, solo una avanzadilla de las que vendrán.

Escucho a las primeras grullas y logro verlas antes de ocultarse tras las nubes, sobrevuelan estas praderas otoñales mustias y amarillentas por las muy escasas precipitaciones.


La lluvia ausente, el campo sediento, foto Paco Castillo


Aunque anuncian lluvias inminentes, seguramente estará lloviendo al publicar este escrito.

Quizás mi blog se haya acoplado a la llegada y retorno de las grullas.

Antes de proseguir sería bueno que Eivør y su maravillosa voz me acompañen (como otras veces en el blog). Aquí canta también a una ausencia, a un retorno anhelado; Gullspunnin, significa "hilos de oro" en feroés, igual que esos pastos trigueños (como hilos dorados) que ansían lluvia, y me animará a que no deje una entrada en el aire por enésima vez… vamos a ello.




Los campos, vistos desde el cielo que atraviesan las magníficas aves, serán un mosaico de retales parduzcos en diferentes intensidades.

A estas alturas de octubre sorprende un paisaje tan reseco, pero al menos ya se puede caminar por el campo entre las olivardillas, y a nada que te acerques se percibe el intenso aroma que desprenden, no sabría muy bien como definirlo… ¿mezcla de alcanfor y menta?

Olivardillas, con su verde discreto, al borde del sendero, foto Paco Castillo



Fue cuando pasaba los dedos entre esas hierbas, para llevar su fragancia en mis manos, que vi a las grullas, perdiéndolas segundos después entre una masa nubosa de color gris pizarra (una tonalidad artística del gris), es lo que tiene la belleza, cuanto más efímera es su estela, mayor es su huella en nosotros.

Nubes otoñales, foto Paco Castillo

Mi abuela materna, Francisca (ya fallecida), es la única que me contó alguna que otra andanza de antaño; el resto de mis abuelos murieron mucho antes de nacer yo.

Y, ya que hemos comenzado con plantas, me relataba como el abuelo salía al campo a recoger hierbas aromáticas para condimentar el puchero, así podía regresar con un ramillete de cebollas campestres, orégano, tomillo, ajonjolí silvestre…

Lo imagino entrando al parco hogar con su vestimenta, sucia y desconchada, oliendo a tomillo, o romero para elaborar vinagre.

El campo ha sido una despensa generosa con la gente humilde, y para mí el campo podría ser un libro que voy escribiendo al compás de mis pasos, mientras lo escucho y observo.

A ras del suelo las hormigas continúan incansables en sus expediciones, afanadas en surtir sus despensas como hacía el abuelo.

 

foto Paco Castillo

A diferencia de mí, Gorki (el gran escritor ruso) sí pudo convivir con su abuelo materno durante varios años de su niñez, pero leyendo su entrañable libro, “Días de infancia”, la experiencia fue muy traumática y conflictiva, no solo por perder a su padre muy temprano. Su abuelo; un pequeño cacique forjado en la rudeza del ambiente rural, era un hombre bruto, primitivo y cruel, como la severa geografía que habitaban.

Cuando el abuelo le partía el labio de un mamporrazo (después de haber repartido también a la abuela; su mujer) era la abuela quien lo consolaba, envolviéndolo en un sinfín de leyendas que la mujer contaba, con gran gestualidad, al atento y fascinado chico, y entre esos tortazos y leyendas se forjó la senda del inmenso escritor que fue, y su sentido de la justicia con los desvalidos.

Un buen hombre, que pasó toda su infancia en el lado Amargo (Gorki significa amargo en ruso) de la vida, y en adelante así decidió firmar su estampa; Gorki.

"Días de infancia", Gorki,  foto Paco Castillo

Continuo caminando. En el encuentro con las grullas ojeo un fragmento al azar de “Mi Credo” (Herman Hesse), y me quedo atónito por cuanto me veo reflejado en el párrafo, en mi manera de leer campo a través, algo que ya expresé en otras entradas. 

I Ching:

"Mi credo", Herman Hesse, foto paco Castillo



Me gusta pasear junto a las olivardillas, con su verde discreto parece que quisieran mitigar la pesadumbre de contemplar toda esta vegetación enfermiza, exhausta.

"El viajero y su sombra", parafraseando a Nietzsche, foto Paco Castillo


Así las cosas, los tres o cuatro “locos de las setas” que estos días ya me habría cruzado por aquí, no han hecho acto de presencia.

Por suerte, tengo al Nobel Peter Handke para toparme con uno de ellos; “El loco de las setas”.

Ensayo donde el autor austríaco nos acerca unas peculiares reflexiones en torno a un amigo de la infancia, incansable buscador de setas desde la niñez, actividad que gustaba de realizar en soledad, ya desde niño.



Su amigo, nos cuenta Handke, llegó a ser un prestigioso abogado penalista, defensor de personajes casi indefensibles, a los que logró salvar el pellejo, pero él solo tenía un único deseo en la mente, salir de los juzgados y perderse en la frondosidad del bosque, buscar setas, escuchar el crujir de las cortezas bajo sus pies, sentir el frescor, ver las hojas caer o danzar al viento. Todas estas cosas “nimias” eran para él lo más relevante que le podía ofrecer la vida, todo lo demás era secundario, incluida su flamante carrera penalista. Nadie lo sabía, mejor dicho... casi nadie.



Me voy abriendo camino entre formaciones de hormigas, saltamontes y alguna mariposa de la col desorientada.

Mariposa de la col sobre las olivardillas, foto Paco Castillo

Y esta vez no son grullas lo que escucho en lontananza, sino el reclamo de unas águilas ratoneras tras la muralla arbórea del pinar, que surge en el horizonte.

Sé que no tardando mucho las divisaré alzando su hermoso vuelo sobre el espesor de las copas.

A medida que me acerco al pinar, sopla un viento débil, pero las acículas apenas se animan a danzar al compás de la brisa, necesitan más brío.

Espero la inminente aparición de las águilas, entonces me regalarán una de esas escenas que, aún habiéndolas contemplado por centenares, siempre despiertan en mí alguna emoción o sentimiento recóndito, esos graznidos surcando los cielos me remiten a una era remota, puede ser a los tiempos de una Humanidad inexistente, un tiempo carente del atronador ruido de la civilización.

Águila ratonera, foto Paco Castillo


Mañana saldré al campo, llegarán más grullas, y espero ver a las águilas de nuevo.

Podría decirse que haré lo de siempre, pero no; ya nada será como ayer, el viento no soplará igual, las grullas que observe serán otras, las nubes no serán las mismas, tampoco el vuelo de las mariposas o el de alguna estrella fugaz, ni yo; más bien seré como la hoja de un olmo flotando río abajo, hasta que se detenga silenciosa en algún momento, en algún lugar donde resecarse, como los cardos marchitos que alimentan a los jilgueros, bajo un cielo que nunca había sido como es en este justo instante...

Jilgueros cogiendo fuerzas para el frío que llegará, foto Paco Castillo

El cielo otoñal, limpio, hermoso, y las nubes que llegan, y desaparecen... foto Paco Castillo

domingo, 9 de marzo de 2025

 

Llevo siglos sin escuchar el pitido de la locomotora llegando a la estación, desde los 8 años de mi infancia hasta casi mis 58 ahora parecen haber pasado centurias, como si en esa transición cupiesen varios períodos históricos, y aunque parece una boutade, Milan Kundera en “Un encuentro” (2009), señala a este respecto:

 La aceleración de la Historia ha transformado en profundidad la vida individual (…). Así como entonces la Historia avanzaba mucho más lentamente que la vida humana, hoy es la que va más aprisa, la que corre, la que se le escapa al hombre, hasta el punto de que la continuidad y la identidad de una vida corren el riesgo de quebrarse.”


Fotografía de Paco Castillo

La llegada de la locomotora a las 7: 55 am era mi despertador al amanecer, la estación estaba a dos kilómetros de casa, pero en los inviernos de aquella infancia, por los 70 (nací en el 67), el silencio en mi localidad aún era apreciable, y yo escuchaba al tren bajo una gruesa manta marrón, con la ventana cerrada y empañada del vaho, que ocultaba el pruno de afuera, no así el canto de los mirlos que allí anidaban; otros tiempos, otros  despertadores. Sonidos que me susurraban en la niñez como el reclamo de las grullas.

Fotografía de Paco Castillo

Hace unas semanas, caminando temprano por el campo en una mañana oscura, gélida, en donde las hojas de los olmos estaban prisioneras bajo los charcos congelados, me quedé sorprendido al cruzarme con una solitaria mariposilla naranja (quizás una saltacercas; nombre común).


Hojas sepultadas bajo el hielo. Fotografía de Paco Castillo
  

La mariposa surcaba un tanto errática el campo blanqueado por la escarcha, y me dije… ¿en dónde se va a posar, si el rocío nocturno ha transformado la pradera en un mar de cristales helados?

Con su frágil aleteo se adentró en la bruma, esquivando unas retamas fantasmales, como salidas del Mago de Oz, y acabé perdiéndola de vista. Quizás pretendía llegar a ese destino que en la película cantaba Dorothy (Judy Garland)… “algún lugar más allá del arcoíris” (Over the rainbow).

Me pareció el ser más desamparado del mundo, ningún congénere alrededor ni otros especímenes, únicamente ella, dirigiéndose a un horizonte que la niebla había desterrado. Apareció de la nada y regresaba de nuevo a la nada. trágico destino, consideré. No en vano me acompañaba Unamuno con “El sentimiento trágico de la vida




No obstante, qué carajo sabrá la mariposa sobre la soledad; pensé, ella simplemente va de aquí para allá y procura no ser el aperitivo de una urraca. Intenta sobrevivir. No tiene pena ni alegrías, pues carece de conciencia para sopesar las cuestiones que sean. Yo sí la tengo, luego soy un ser enfermizo como sentencia Unamuno:

 “(…) el hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad” (“El sentimiento trágico de la vida”).

Ciertamente, Unamuno consideraba un asunto chungo esto de la existencia…

Lo que me lleva a otro autor que releí hace poco; Knut Hamsun, quien trazó una vida muy chunga también a su personaje en “Hambre”, tanto que ni siquiera se dignó a ponerle nombre al angustiado protagonista; un redactor de tres al cuarto que se veía a sí mismo como el no va más de los articulistas, pero en su mediocridad no dejaba de mendigar un trabajillo en los diversos periódicos locales, no obteniendo ni para echar migas a los gorriones.



El hambre perturbaba su mente y la afinaba sin solución de continuidad, ora demente, ora brillante…

“El inteligente pobre es un observador mucho más fino que el rico inteligente. El pobre mira a su alrededor a cada paso que da, espía suspicazmente cada palabra que oye a las gentes que encuentra, a cada paso que da él mismo, impone a sus pensamientos y sus sentimientos un deber, una norma. Tiene el oído fino, es impresionable, es un hombre experimentado, su alma tiene quemaduras…” (“Hambre”)

Magnífico, Hamsun.

Todos los inviernos observo a los gorriones desde la ventana, mendigantes y hambrientos como el personaje de Hamsun, les tiro migas de pan y acuden en tropel. Pero no tienen conciencia, no son pobres, ni tampoco ricos, no son como nosotros; pobres y ricos, enfermos indistintamente (recordando a Unamuno).


Fotografía de Paco Castillo


Pero los gorriones casi, casi, la tienen (conciencia) sin comerlo ni beberlo, pues se dice que es el más humano de los pájaros por aquello de estar tan adaptados a nosotros, a nuestro estilo de vida urbano o rural, su destino depende en gran medida del nuestro, pobres criaturas, apañados van… menos mal que no tienen conciencia. 

Nosotros sí, de que sin su presencia las ciudades, parques o jardines serían lugares sombríos, y también lo somos del empeño que ponemos (los humanos) en destruirnos entre nosotros. La Conciencia, que señala Unamuno.

También la Conciencia del Tiempo; el que fue, el que es, y el que será. 

Pero en ese fluir temporal, la Conciencia hace sus trampas, se supone que para bregar con las complejidades de la realidad.

El físico cuántico Carlo Rovelli, uno de los más prestigiosos en la materia, lo refleja muy bien en su ensayo, “El orden del Tiempo”.



Afirman los investigadores que El Tiempo tal cual lo concebimos (pasado-presente-futuro) no existe desde la perspectiva científica (física cuántica). 

Sí, ya, pero ojo como a uno de estos físicos se le ocurra llegar todos los días dos hora más tarde a su puesto de trabajo, ya puede decirle a su jefe que no llega pronto ni tarde porque el Tiempo No Existe, que se irá a la p… calle. Nuestras incongruencias.

Resumiendo a Rovelli de un modo algo burdo.

El manual de instrucciones del mundo y la realidad que lo configura, es tarea ingente para nosotros, excede sobremanera nuestras capacidades intelectuales, de ahí que hayamos dotado al mundo de una “gramática” para poder operar en él, y el “verbo” fundamental de esa gramática es el Tiempo, es el eje sobre el que hacemos pivotar este misterio de existir.



Y además nos sirve para dar cierto orden al Caos Universal (de Universo, Espacio) en el que estamos inmersos. El Tiempo articula el lenguaje Humano que, como sabemos, siempre limita la realidad, la achica.

Pero sin duda somos sorprendentes..., ahí tenemos al lenguaje poético, tendiéndonos un puente allende las fronteras con la realidad. Lo resuelve magistralmente Anna Ajmátova, a quien leo en estos días lluviosos.




Anna Ajmátova, "Soy vuestra voz", Antología Poética.


Esta mañana dominical los cielos encapotados han dejado un pequeño resquicio, un hueco por donde se advierte un trozo azul del cielo, diáfano, límpido como un charco de lluvia recién caída, así que sería un gran oportunidad para que actúen los cianómetros, un artefacto no menos poético que Ajmátova.

Es un instrumento meteorológico (o eso pretendía, amén de su poco fundamento científico) creado por el fundador del alpinismo moderno; el suizo Horace Bénédict de Saussure (1740-1799), intentaba medir el azul celeste en todas sus intensidades, pensando que esto le proporcionaría otros datos meteorológicos relevantes, y además, desterrar algunas leyendas propias de los pueblos de montaña, pues a medida que se ascendía una cumbre para ir a otras poblaciones, se comprobaba que el cielo oscurecía, y las gentes tenían miedo… 

“En los Alpes circulaba la leyenda de que si se subía lo suficiente en la atmósfera, el cielo se volvía completamente negro, lo que haría caerse al vacío a quien osara adentrarse en aquellos dominios. Estos miedos hicieron que durante mucho tiempo nadie se atreviera a subir más de la cuenta por las montañas.”

Fuente: https://www.tiempo.com/noticias/divulgacion/la-medida-del-azul-celeste.html

 

Fuente: https://www.tiempo.com/noticias/divulgacion/la-medida-del-azul-celeste.html

 

Y ya puestos, regresamos a la canción, "Over the rainbow”, donde Dorothy entonaba la última estrofa:

 

 (…) y los pájaros que vuelan más allá del arcoíris

¿oh, por qué entonces..?

¿…por qué yo no puedo..?

Las grullas vuelan de nuevo al Norte. Paco Castillo


 Así es.  

¿Quién no ha deseado alguna vez dejar todo atrás... y atravesar el horizonte hacia un arcoíris?


Anna Ajmátova, fotografía Paco Castillo

Pd. Os dejo con Capercaille, rememorando aquellas memorables sobremesas radiofónicas con Ramón Trecet en "Diálogos 3"




 

 


miércoles, 4 de septiembre de 2024

 

Una mezcla de alegría y tristeza…


Agosto 2024, notas en el cantábrico.

He pausado un momento la lectura de Anne Carson; “Tipos de agua. El Camino de Santiago”, pues una formidable niebla se está desparramando por la colina que diviso al frente, y me fascina como el velo blanquecino va haciendo desaparecer el verdor tan notable de esta tierra asturiana, ya ha engullido una casita blanca encaramada en la cima.






Esta conjunción de la bruma sobre el valle y la lectura de Anne Carson me han motivado a escribir en mi libreta, impulso tan aletargado.




Anne Carson sobre la Tragedia Griega, estanterías de casa


Itziar vio y escuchó otra vez  “La Petite Fille de la Mer”, me dice que tiene una mezcla de alegría y tristeza, así lo siente. Una escueta y atinada definición de la vida, concluyo.




El orbayo, como llaman los asturianos a esa lluvia tenue que acaricia, cae suavemente.

Una lavandera se ha posado a escasos metros de mí, corretea vivaracha picoteando la hierba, sigo su periplo.



Me pregunto, sin dejar de mirar al pájaro, qué experiencias, qué momentos vividos estos días recordarán mis hijas dentro de unos 20 años…


Izaskun e Itziar, atardecer en la playa


En la serenidad del atardecer oigo el graznido distante de unos cuervos, quizás cornejas. La niebla casi ha borrado los contornos de la ladera, Rimbaud hubiese creado un soberbio poema ante tal escenario.



Por la mañana el cielo nítido no presagiaba lluvia, así la estampa me llamó mi madre:

 “Hola hijo, siento darte esta noticia, ha muerto el señor Joaquín.”

Joaquín es, era, uno de nuestros vecinos de toda la vida, había logrado superar un cáncer de próstata, pero a sus setenta y pico años padecía otros achaques.

“Ley de vida”, dice mi madre. Y todas las madres.

Me ha dejado tocado, teníamos muy buena relación.

Al tiempo que pensaba en la triste  llamada de mi madre, mi hija pequeña, Itziar (8 años), daba grandes brincos en la colchoneta de nuestro alojamiento cantábrico, rodeada de los manzanos del jardín, y perfumado su entusiasmo con la fragancia del petricor (el aroma de la tierra mojada al llover).

 

¡Papá, soy un pájaro!

Saltaba y aleteaba sus brazos con el mismo vigor que la lavandera, o la tarabilla que contemplé ayer.

Tarabilla común. No estaba en mi vieja guía de pájaros y otros animales, pero ya nos conocemos hace mucho, sé que entre las rocas y brezos de los peñascos no suele faltarme su compañía.



Supongo que mañana domingo enterrarán a Joaquín, barruntaba mientras miraba con una sonrisa melancólica a Itziar.

En el Tiempo pone que ese mismo día del entierro tendremos, por estos valles, una jornada apacible, el cielo estará despejado, azul… iremos al mar.



Va cayendo la tarde. Irrumpen diminutas lucecitas centelleando entre la bruma, destellos que anuncian la presencia de algunos hogares en la lejanía. Allí, con sus fracasos y sus logros, también resplandecen otras vidas.

La lluvia arrecia, pero Itziar ha vuelto a sus brincos sin importarle un carajo empaparse.



 Sube y sube atravesando la lluvia.

La dejo un par de minutos, hasta que la convenzo para entrar en la casa. Ya está oscureciendo.

Me asomo unos segundos por la ventana para aspirar el frescor nocturno, el repiqueteo de las gotas cayendo del hórreo es otra forma de silencio.

Antes de que mi hija sucumba al sueño, vamos a leer el cuento que empezamos ayer, quedan pocas páginas para el final.

El resto de cosas ya irán finalizando… a su tiempo, sin prisa pero sin pausa, como el orbayo de hace un ratito.

Y en breve, un par de días, cuando la lavandera esté correteando por la tierra mojada, nosotros ya nos habremos marchado del norte, igual que los vencejos y golondrinas cuando el verano se va despidiendo.



Detengo la mirada en las distantes lucecillas, y observo como se van apagando poco a poco. Reina la oscuridad en los valles.

Brincos rebosantes de alegría, y últimos suspiros de los que se fueron.

 

Cierto, hija (pienso en Itziar), la vida es una mezcla de alegría y tristeza.

Ahora sí, ya duermen todos; mi mujer, mis hijas y los pájaros…