P. Castillo

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viernes, 25 de septiembre de 2020

 

Y me cazó el virus…


Tenía pensado asomarme por aquí el pasado 22 de septiembre por dos buenas razones que al final se fueron al traste; la primera (no importa el orden), comentar la llegada del otoño, algo especialmente jubiloso para mí. La segunda por ser mi cumpleaños (53), fecha que como habréis notado coincide con este equinoccio.

De hecho mi cumpleaños tiene una atractiva peculiaridad,  cada año es, o bien el último día del verano o el primero de otoño. Esta vez ha sido el primero del otoño, el pasado fue el último del verano... y así cada temporada, lo de renovar, lo cíclico, es consustancial a mí, tengo algo de cigarra.

Pero la realidad a veces se presenta con una hoja de ruta para ti que ni remotamente habrías imaginado, y aún menos deseado.

Esa mañana del 22 estaba “raro”, tenía escalofríos, malestar general, febrícula (37 y pico, a veces 38), un poco de tos, cansancio, aunque sin ser inhabilitante. También soy un tipo muy resistente.

Ante el sombrío panorama, llamé a mi hermana para que recogiese a las niñas, mejor que con mi madre, y mandé un whastapp a mi mujer que estaba en el trabajo. Almorcé, ya que era más de mediodía y rápidamente fui a urgencias de Puerta Hierro en Majadahonda, lo tengo muy cerca.

Soy paciente de riesgo, un tema oncológico ya lejano, del 2011, con su correspondientes sesiones de quimioterapia (6 meses) y demás tratamientos, que allí se quedó. Acudo a las pertinentes revisiones anuales. Sin señales. Nunca me alteró el ánimo y daba una absoluta apariencia de normalidad que dejaba asombrados a familiares y amigos, pero tenía muy claro como afrontarlo, si yo mostraba normalidad y buen talante, eso se contagiaría a quienes me rodeaban, y así fue, ahí me apunté una gran victoria.

Seguimos. Debido a este historial clínico, lo prudente era dirigirme raudo a urgencias del hospital.

Estuve desde las 16:00 hasta las 23:00 en la sala para enfermos y sospechosos Covid, me hicieron analíticas, placas (afortunadamente no había neumonía) aunque si cierta infección respiratoria, y por último la pcr ya cerca de las 23:00.

Estuve con otras personas, algunas con muy mal aspecto (un chico de unos treinta años sentado en una silla de ruedas, exhausto y sudoroso), todos relativamente jóvenes, conscientes de tener el maldito virus en el cuerpo, igual que yo. Por fortuna este hospital no es de los que están en riesgo de colapso, como ocurre en otros de la CAM.

Así, con una vía en vena (paracetamol), fue mi jornada de cumpleaños, solo en la sala de espera Covid, como el resto.



Al día siguiente me confirmaron el positivo. Ninguna sorpresa dados los síntomas.

Al menos mi caso no es de hospitalización, a recluirse en mi habitación, tomar los antibióticos prescritos y esperar.

Ya digo que, a pesar de ser paciente de riesgo, soy una persona fuerte. Mi oncóloga bromeaba sobre la posibilidad de proponerme para un estudio, pues no conocía a nadie en el hospital que tras una sesión de quimioterapia (eran 5 horas por la mañana en lunes alternos) se fuese a caminar 8 kms por la tarde, el martes tenía bajonazo y descansaba, pero el miércoles ya empezaba a mejorar, y jueves y viernes directamente me iba a correr unos 10 kms cada vez… a trote muy lento. Ella, sin olvidar toda prudencia para conmigo, me soltaba: chico… si te lo pide el cuerpo, pues “palante”.

He sido muy deportista toda la vida, de enormes desafíos, eso me ha ayudado a pasar grandes dificultades con el ánimo a prueba de bomba.

Lo mismo me daba por subir tramos de los Andes corriendo alegremente.


Asciendo a la carrera  por la montañas andinas, Perú.

Atravesar países a pedaladas.

En esta ocasión por Finladia


O carreras de larga distancia por las montañas de aquí, competiciones de esas que te tiras varias horas corriendo 50 o 60 kms por riscos rompepiernas, magníficos recuerdos de las carreras de la Copa de Hierro madrileña (Federación de Montaña), y además hacía buenos puestos.


 



Ahora ya estoy más relajado, pero desde muy joven me he machacado de lo lindo.

Aquí más jovencillo, practicando boulder.
.

Una sesión de alpinismo.

Saco todo este pasado deportista a colación porque me ha proporcionado lecciones muy valiosas a lo largo de mi vida, y ahora con esto del virus y antes con lo oncológico, siempre las tengo presentes.



Con la impagable ayuda de mi cuñado (una especie de cocodrilo Dundee en su región), abriéndome paso por la “ceja de selva” amazónica, Perú.

 

Y de nuevo corriendo por mis adoradas montañas…





Me he vuelto tarumba pensando donde y como me ha cazado el coronavirus; no me desplazo a ningún lugar de trabajo, no necesito usar transporte público, me relaciono con poca gente, disfruto la soledad… aunque no soy antisocial. Suelo pasear largo tiempo por el campo, siempre solo. Si tengo que hacer cosas por mi localidad jamás me quito la mascarilla y siempre con el gel hidroalcohólico a cuestas.

En fin, ya que más da, viendo la desastrosa situación en Madrid, la pregunta de moda no es donde ni como… sino cuando te tocará a ti.

No he visitado la blogosfera últimamente. He dudado hasta el último segundo en publicar esto, me da pudor mostrarme con este tipo de intimidades. Sin embargo considero que es una experiencia valiosa para compartir. Y, como no, repasar este periplo deportivo de mi vida, porque le ha dado mucho sentido a la misma, y en estos momentos me mantiene con una actitud estóica ante el infortunio.

 

Ojalá esto sirva positivamente para alguien. 


Y nada más, bueno sí… este vídeo va por ti, jodido virus, a ver por donde atacas a todo este mogollón, ¡so cabrón!:

Born to be alive... no os lo perdáis



 


 


viernes, 4 de septiembre de 2020


Morir para nacer

Fotografía de Paco Castillo


Existe un poema de Lorca y cuenta maravillosamente lo que voy a exponer, de hecho me apoyaré en su talento, y en el de otros autores para transmitirlo como deseo.

Y sería magnífico si fuese como el fulgor de un relámpago en la penumbra, es que acabo de experimentarlo mientras escribo, y  el mano a mano entre luz y tiniebla es… bestial. Unos fogonazos alumbraron parte de la sala (al lado de las ventanas), justo donde tengo una de mis librerías con pequeños adornos, a saber; una magnífica caracola que me encontré en la Playa de los Bretones (Asturias) siendo adolescente, dos cajas chinas de té y una figurita con un faro de Kiel… 




Fotografía de Paco Castilllo


¿No sería el faro enviando su señal en un arrebato de nostalgia? 


                                   Fotografía de Paco Castilllo



Ciertamente hay una noche tormentosa por aquí, aporreando el teclado sin decidir aún que día lo publicaré, supongo que en septiembre, o según viajen las nubes...



 Fotografía de Paco Castillo


El poema lorquiano posee una belleza luminosa. Lo de luminosa no es baladí, pues dice que (variando algo el orden), el secreto de la vida lo conoce un ser que sobre el lecho de la tierra muere borracha de luz (...), y va como una estrella sonora en los campos dormidos. Sin embargo iré dando tumbos con mis digresiones, lo habitual.

¿Habéis palpado las cortezas de pino en los días invernales de sol tibio?

                                     Fotografía de Paco Castillo

Yo las toco, retienen el calorcito, se beben el Sol a sorbos. Revitaliza sentir esa cálida caricia en una heladora mañana de diciembre, nuestra sangre circula con más brío al contacto, como si quisiera desperezar a la savia de su sueño invernal, emulando a los erizos.

Pero regresemos a los meses de la canícula, aunque sin prescindir de los pinos, y a un visitante con plaza fija en el estío.

Principios de julio (cuando hice parte de las fotos), irrumpen los acordes de una orquesta infalible a su cita, acomodada en las copas de acículas(la popular pinocha, o tamuja, borrajo… según el lugar). Como estas, tormenta mediante.





Fotografía de Paco Castillo


Esos músicos estridentes son las cigarras, claro está.

Fotografía de Paco Castillo

Si escucháis el Allegro de las chicharras (otra acepción) en algún pinar o encinar os recomiendo observar con ojos insectívoros  los troncos, recorred el puzle de cortezas que revisten al árbol, veréis un elemento singular; sus caparazones abandonados como los coches en un desguace. 



Fotografía de Paco Castillo



Y con suerte, algo más impresionante…








Fotografías de Paco Castillo



Es un hallazgo fascinante, y me sugiere (más allá del guiño a Kafka) una mezcla ideal entre ciencia, poesía y filosofía al contemplarlas, son un filón de haikus, aforismos, o lo que te venga en gana… 






Fotografías de Paco Castillo


Al fin y al cabo las rememoró la mitología griega, Homero en la Ilíada, las Fábulas de Esopo, la mitología china, la japonesa… y seguiríamos, por citar ejemplos, con Lorca (“cigarra” es su poema aludido):


¡Dichosa tú!,
que sobre el lecho de tierra
mueres borracha de luz.

Tú sabes de las campiñas
el secreto de la vida,
y el cuento del hada vieja
que nacer hierba sentía
en ti quedóse guardado.

(…)

Ante el tronco y admirando las cortezas, pienso en un atlas repleto de mapas (las cortezas), antiguos y enigmáticos como los de Piri Reiscartógrafo otomano del siglo XV, nacido en Galípoli (“ciudad hermosa”, en griego).


Fotografía de Paco Castillo

Seguramente la obsesión de Piri Reis por plasmar en una piel de gacela (tal fue su material) varias rutas y tierras inhóspitas se la deba a su célebre tío, el corsario Kemal Re´is, a quien más de una vez acompañó en sus lances.




En cualquier caso, estos mapas de las cortezas nos muestran la vida (o su indicio) dentro de la muerte, y lo exhiben en relieve. Morir para nacer. O para ser más exactos; dejar de ser para ser... que dice el Tao.


Fotografía de Paco Castillo


Tao Te Ching (Lao-Tse). Fotografía de Paco Castillo

Escribía Clarice Lispector:
“Vivir es una especie de locura que la muerte comete. Porque en ella vivimos, vivan los muertos” (“Un soplo de vida”), bien podría haberse inspirado ante un caparazón prendido del árbol, ensimismada en su contraluz, semejante a fíbulas de oro como aquellas de los visigodos, los celtas o los nobles del Imperio Romano, por citar casos.

Fotografía de Paco Castillo


Mapas con mil encrucijadas de caminos entre sus ínsulas aromatizadas de resina.

No hay cultura que prosperase sin encrucijadas por las que transitaron otras maneras (o mentes heróicas, si acudimos a Thomas Carlyle) de entender el mundo,  ensanchando el que ya dábamos por conocido.

Y eso lo ilustra, con un cautivador estilo, T. Carlyle en Los héroes, lectura que he estado disfrutando este verano (aún sigo), en breves abordajes, en instantes de contraluz, ya que estamos. Leo unos párrafos y me detengo, ahí quedan germinando sobre mi mente, y después otro más, semillas de palabras de las que brotan pensamientos. Reflexiones para el camino; a decir verdad el Tao es un libro de caminantes. Bueno, es mi modo de entenderme con Carlyle, y me va muy bien.


“Ese grande arcano del tiempo, (…); esa cosa ilimitada, silenciosa, infatigable, que denominamos tiempo, rondando, lanzándose rápido, callado como las mareas de los océanos que avanzan abarcándolo todo y sobre las cuales nosotros y el universo entero flotamos como exhalaciones, como apariciones fugaces dotadas de un breve instante de vida, esto será siempre un milagro capaz de sellar nuestros labios, llenándonos de terror” (Los héroes, p.37)


Fotografía de Paco Castillo

Sostiene este filósofo e historiador, brillante y polémico a la par, que si la Humanidad continúa a flote, no se debe a sus capacidades como masa o ente uniforme, sino a la genialidad de unas pocas mentes privilegiadas que han remado, reman, contracorriente sobre la mediocridad reinante, y logran que las aguas estancadas recuperen su fluir.

Mis cavilaciones convierten a estos caparazones, detenidos en el tiempo, en reflexiones y metáforas sobre mi propia existencia y el paso por la vida.

Fotografía de Paco Castillo


Por eso suelo decir que no encuentro lectura más estimulante e instructiva que la ofrecida por la Naturaleza. 

Fotografía de Paco Castillo


De ahí las temporadas en las que apenas leo literatura, así fue estas últimas semanas, si acaso algún filósofo, algún poeta, una novela por ahí perdida y para de contar. Pero leer leo siempre… no todo está en los libros.


Fotografía de Paco Castillo

Fijaros donde leer; en unas estalactitas de resina endurecida, el futuro ámbar, que de alguna manera es estar mirando “lo que flota en el mar”; esa es la etimología del nombre ámbar proveniente del árabe.



                

Fotografía de Paco Castillo

Idéntica procedencia que este poema (fragmento) del sirio Nizar Kabanni:


¿Cómo?

Preguntó, 
cariñosamente,
cómo fue nuestro amor,
y cómo en un instante
nos hicimos
ceniza.
Cómo aquella pasión nos transformó
en música
y en luz, 
de forma que la gente,
al vernos, repetía:
«Son humo...
Solo humo»
(...)






Fotografías de Paco Castillo

Que el ámbar vaya surcando océanos tampoco es descabellado en un planeta de paradojas inverosímiles, sabemos de fósiles marinos en el Everest, un ser del mar y sus profundidades sellado en una roca que rasga las nubes a 8000 metros de altitud.

Es asombroso que los enigmas de la profundidad abisal puedan descifrarse tocando el cielo.

Y que dentro de la resina flotaran hace más de cien millones de años algunas abejas, hormigas, o ranas entre otros especímenes… y ahí siguen atrapados ante nuestros ojos.

Ese ámbar nos abre una ventana para asomarnos al panorama de hace 100 millones de años. Los científicos obtendrán su información al respecto, yo solo tengo que imaginar el instante en que una abeja abandonó su flor prehistórica, cuando en la Tierra reinaba el verdor de los helechos, y no el mundo grisáceo y áspero de hoy, inundado de cemento…

Al abandonar esa abeja la flor ocurrió el suceso; se posó en la resina y quedó abrazada eternamente por el ámbar, nunca un gesto de amor ha sido tan... sólido.


Eso sí que es un confinamiento a prueba de todo, hasta de la decrepitud.

Hay una flor que lleva también 100 millones de años unida al ámbar, contándole sus sueños…


El hecho de mostrarse ante nuestra mirada tal cual era hace 100 millones de años, entraña una complejidad sideral por los desafíos sorteados hasta hoy, pero miradla, es una flor tan sencilla en su estado ambarino… ¿no? Tiene sabiduría esa unión, se ha quedado en lo nítido, lo esencial; el ámbar y la flor. Y nosotros empeñados en añadir capas y más capas a las cosas esenciales, así, cuando queremos explicarlas, o conocer sus significados y aprender, ya hace tiempo que nos hemos desorientado. 


Volviendo a los caparazones.

¿Qué clave se esconde en los vestigios de ese ser, que antes era y ya no es?


Fotografía de Paco Castillo

Tal vez el asunto sea menos complicado de lo que consideramos.

Estoy convencido de que los planteamientos más sencillos son la ruta adecuada hacia las revelaciones más complejas.

Contempla el caparazón, seguro que nace un diálogo entre la señal petrificada y tu mente, sigue esos senderos entre los mapas de cortezas, acaso, haciéndonos eco de las paradojas, podrías encontrar el tesoro anhelado por  el corsario Kemal Re´is.



Fotografía de Paco Castillo

¿Y si el tesoro fuese comprobar que el seguimiento de esas bifurcaciones, cartografías de madera, briznas en el tronco, caparazones y resina que jalonan el árbol entero, es en realidad el mapa de nuestra vida?


Fotografía de Paco Castillo

Seguramente los árboles, a su manera, sabrán mucho más de nosotros que al revés.
Su longevidad los convierte en escribanos de nuestras huellas en el camino, saben todo lo que el silencio le has ido revelando acerca de nuestra presencia.



Fotografía de Paco Castillo


Me gusta considerar el asunto desde este panteísmo naturalista que tanto convencía a Spinoza, y que el propio Einstein, desde su admiración por el filósofo, adoptó para sí. 



En buena compañía, con Spinoza y Descartes tiempo atrás. Foto Paco Castillo.

Y con Einstein, claro. Foto, Paco Castillo.


Somos mapas también, pero siempre es el otro quien te cartografía. Sin embargo… habrá islas en nuestros océanos que jamás permitiremos que sean descubiertas. Eso lo sabemos cada uno.

Somos un mapa con un tesoro escondido, pero la mayoría nunca daremos con él. Siempre buscamos fuera lo que atesoramos dentro.
Por eso solo los hallamos en los demás. 
Somos expertos exploradores del otro, y nulos en la lectura de “nuestros mares y continentes”… quizás estén diseñados para ser interpretados por observadores ajenos.

Intentaré aprender con la humildad de un budista tibetanovaciándome de ideas previas, igual que hizo Descartes para su método, y extraer de esa figura exánime una idea diferente de la muerte, como reflejan los tibetanos en el Bardo Thodol (Libro Tibetano de los Muertos).



Fotografía de Paco Castillo

Continuaré mirando a las chicharras, a sus caparazones inertes de los que ha brotado nueva vida.

Sí, los seguiré buscando para contemplar, tengo el presentimiento de que saben algo valioso sobre mí que yo ignoro, aunque lo siento cerca, muy cerca…


Tan próximo como aquel niño que escuchaba a las cigarras y hoy escribe esto mientras duermen sus hijas...






"Morir pero no ser olvidado: ésa es la vida realmente larga."

(Tao Te Ching, Lao - Tse)




Fotografía de Paco Castillo








miércoles, 24 de junio de 2020


Tumbarse junto a los charcos…


Hace poco más de un año escribí lo que viene a continuación. Fue una de tantas anécdotas reales en mis andanzas campestres.




A veces paseando me tumbo junto a los charcos con la intención de fotografiarlos. Especialmente los de lluvia recién caída desde el cielo, obvio… de donde iba a ser, al no ser pisados su agua tiene una delicada y límpida transparencia.

En ocasiones los he visto con hormigas a la deriva, náufragas entre restos de espigas, dientes de león,  sin faltar alguna pluma de urraca ondulando de una orilla a otra.





Un día, mientras hacía una foto al charco de tal guisa, tendido, se cruzó por el solitario sendero un señor entrado en años.


"Una Aldea", Ivan Bunin

Nos saludamos:

“Hola, qué hay”. Dije.

“Buenas”. Contestó el caminante.

Fijándome en su mirada furtiva adiviné la extrañeza que le causaba mi acción, tirado junto a un charco, cámara en mano, manchado de barro.

Volteé la cabeza para verlo alejarse…






Tiene bemoles que me considere estrafalario. Él, que rondaría los 80, sin camisa y en pantalón corto, desafiando unos fresquitos 10 grados positivos mediado marzo.



Él sí que era para sorprenderse, pensé recostado junto al barro, cual libélula mimetizada con los elementos.







Eso sí, procedí cuidadoso para no dañar a las pequeñas verónicas, las centaureas y tantas flores silvestres rodeándome…













Uno de mis imprescindibles.


Y al delicado musgo verdísimo, o al llamado musgo rojo, que en realidad no es musgo, sino la Tillaea muscosa (Crassula tillaea), que cuando encuentra tierra inerte la resucita con una transfusión de sangre vital, tapizando de rojo su avance.


Fotografía de Paco Castillo

Gente rara sin más, mascullé hacia la silueta del intrépido paseante, difuminándose entre las retamas.



El diente de león continuaba su vaivén ante las desafortunadas hormigas.



Una curiosidad sobre el humilde musgo rojo; la mayor intensidad de su tono carmesí lo alcanza ya al final de su ciclo, que irónicamente coincide con la eclosión primaveral, tan vivificante todo… y me digo, ¿por qué hay elementos que adquieren su gran esplendor en el ocaso de la vida?, ¿qué mensaje, o aprendizaje nos querrán legar en esos instantes últimos?



No sé… hay personas que acuden a misa y leen la Biblia con el consuelo de hacer más llevadero este enigma de nuestra existencia, de esclarecerlo un poco, lo respeto absolutamente.


La investigación, Stanislaw Lem


Yo, desde que tengo uso de razón, sustituí la lectura de la Biblia por la de la tierra. A la tierra la puedes tocar con las manos, acariciarla con los dedos, tumbarte con ella, y no encontrarás en su “alfabeto” palabras como lascivia o pecado.

                                      Fotografía de Paco Castillo

Intento leer los granos de arena, leo al musgo rojo admirando esa viveza del color cuando está cerca de su finitud… pero ignoro la lección a extraer, aunque jamás su belleza, seguramente es un aprendizaje para no ser verbalizado, y sin embargo es tan profundo… creo que esa es la enseñanza; sentir. Hacer perceptible tu ser a partir de la otra presencia, reconocerte en ella, advertir esa íntima conexión. 

“El libro de la almohada”, Sei Shōnagon


Seguimos. Yo estaba a lo mío, echado sobre la tierra para fotografiar a ras del suelo, intentando captar reflejos de las nubes en el charco, encuadrando un trozo de cielo para dejarlo en mi escritorio… qué pretenciosos somos los humanos, llevarnos una porción de cielo.



"La canción de Salomon", Tony Morrison


Recuerdo estar al inicio de la primavera por varios detalles, pero resaltaré éste; al llegar a casa y despojarme del abrigo, había una margarita adherida a mi chaquetón verde, se había escondido en la capucha, acurrucada entre el borrego sintético del forro, supongo que no encontró lugar mejor.



Me gusta llevarme este chaquetón en los días frescos y montaraces. Tiene unos bolsillos generosos para meter libros, la cámara y otras cosas. Alguna vez he tocado las cáscaras de una mandarina, ya con la textura del pedernal, que merendarían mis hijas y allí fosilizaron cual trilobites.





Ya digo,  son estupendos para meter libros. Luego hago esas fotos que publico en las entradas; un ejemplar cerca de un charco, arrimado a un escarabajo, encima de la hierba o el musgo, según me ofrezca el entorno y la imaginación...


 "Cuentos", Julio Ramón Ribeyro

"La habitación pintada", Inger Christensen

"La inteligencia de las flores", Maurice Maeterlinck


"Cuentos de Odesa y otros relatos", Isaak Bábel

"Carpe Diem", Saul Bellow

 "España, aparta de mí ese cáliz", César Vallejo

"Ehrengard", Isak Dinesen


Llegué a casa y dejé a la margarita por la librería, con la intención de guardarla entre las páginas de un libro.
Y supongo que lo haría, pues noté semanas más tarde, ya olvidado el asunto, su ausencia.

Esta idea de conservarla dentro de una novela tiene su origen en La Cuesta de Moyano, donde hace ya años compré un libro, Amiel, de Gregorio Marañón, y permaneció en mis estantes sin abrirlo ni se sabe el tiempo. Transcurridos muchos otoños me dio por ojearlo y allí encontré una flor, tal cual observáis, parece una pequeña rosa, pero dudo.



Pensé fascinado en la historia real que podría esconderse tras la flor y el libro. Ahí sigue, aprisionada en las cuitas del profesor suizo Henri-Frédéric Amiel


El “Diario íntimo” es una extensa autobiografía en la que este misterioso intelectual (poeta, filósofo, escritor, profesor universitario, crítico literario y traductor, como leeréis en la Wikipedia) se dedicó a desmenuzar buena parte de su vida, casi hasta llegar a la muerte, y que fue objeto de ensayos, como el de Gregorio Marañón, seducido por ese amargor que Amiel reflejó en sus notas. Unamuno y Tolstói también eran unos entusiastas de estos escritos que plasmó el suizo. 

En cuanto a mi margarita, desconozco que libro la custodiará, ni entre que fragmentos estarán retenidos sus pétalos.

Cualquier día lo abro y me encuentro la flor prensada, entonces regresaré a esa mañana, cuando me tumbé en la hierba junto al charco… y un abuelo descamisado en el frío matinal me sorprendió capturando un trozo de cielo, mirándome intrigado, quien sabe si para tomar nota y hacer lo propio en cualquier oportunidad, gozoso ante un feliz descubrimiento en la cima de su vida; es posible llevarse unas pocas nubes a casa.

Ese recuerdo me lo regalará un libro que ahora no encuentro, ni tampoco el charco que reflejaba un pedazo de cielo que secuestré.

Saldré por ahí a sisar más nubes, y tener algo de lo que escribir.


"Pueblo", Azorín


Y ahí paré. Refería al comenzar el hecho de recuperar estas experiencias campestres de hace un año, o poco más.


Era primavera, como la que nos acaba de dejar, pero no he salido a hurtar nubes, ni me he tumbado junto a un charco de lluvia recién caída, y tampoco me he topado con un intrépido abuelo desafiando al frío.

Ayer, hoy, mañana, pasado mañana… son adverbios de tiempo sin tiempo al que asirse en esta angustiosa primavera ya conclusa.

Buena parte la he intuido asomado a mi ventana, contemplando desde el confinamiento la libertad de los gorriones, y constatando como el paso de las horas lo marcaban cúmulos o cirros desfilando sobre la sierra de Guadarrama.


Me he familiarizando con algunos gorriones, hay un macho que todos los días se posa en un cable de la luz. Es un cable grueso y feo, pero al gorrión, también a las palomas torcaces, les agrada posarse ahí, frente a mí. 






He imaginado que vigilan el paso de la luz bajo sus cuerpos, como si quisieran impedir a la oscuridad reinar tras las ventanas... de algún modo lo han logrado.

Voy acabando, quiero asomarme, seguro que está Curro, ya le he puesto nombre a mi amigo, el gorrión.

Y luego miraré si guardé la margarita en "Muerte de un apicultor", de Lars Gustafsson que, leído en lejano 89 o 90, va mereciendo una relectura, o en "Alfanhuí" de Rafael Sánchez Ferlosio, no es mal refugio, además tiene querencia por las flores silvestres.




"Muerte de un apicultor", Lars Gustafsson


O vete a saber en que dramas narrativos o poéticos reposará… 



No descartaría sorprenderla en un cuento de mis hijas, acudo bastante a ellos, me atraen por no someterse al cansino imperativo de calcar la realidad, hay momentos, con una novela en las manos, en los que padezco sobredosis de realidad, pero tengo el antídoto a unos metros de mis librerías, en la habitación de mis hijas.




Sí, quizás esté por uno de ellos, no sería descabellado, cuando abro uno sé que todo puede suceder; uno de Gorki, "Samovar" comenzaba así:

"Esto que os voy a contar sucedió una noche de verano..."




Ya es hora de regresar por donde he venido...



Os dejo con esta bellísima pieza de Chopin; Spring Waltz.