P. Castillo

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sábado, 30 de diciembre de 2017


Un recorrido a través de los libros, y otros instantes, del 2017 que ya expira...

Enero.




Viento del norte. Elena Quiroga.



Febrero.





Marzo.





Abril.






Mayo.






Junio.
Castillo Alcazar de Segovia

Julio.
Cabo de Trafalgar, Cádiz.

Agosto.
Izaskun, mi hija mayor. Asturias.

Septiembre.


Fotos, Monte del Pilar, entre Pozuelo y Majadahonda.

Octubre.


Poesía de la cubana (de raíces gallegas) Rita Geada.

Noviembre.











Diciembre.














Gracias por haberme acompañado.

Que tengáis un buen año 2018. Seguimos...

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Historia universal de los hombres gato. Josu Arteaga (Arrasate-Ergüin, País Vasco, 1971)
Editorial Alberdania, 2010. Doscientas páginas.




Cada vez que un escritor, o escritora, cercano a mi generación protagoniza algún evento literario destacable, por ejemplo Ray Lóriga galardonado con el último Alfaguara, o Andrés Barba recién premiado con el Herralde, pienso en la escasa atención que presto a mis coetáneos.

Azuzado por esas inquietudes fui a mis estanterías. He aquí el resultado.

La compra de este libro no fue por una decisión previa, me explico; hay una gran cadena de librerías (Books Center) con varios establecimientos en Madrid, suelen tener ofertas atractivas del tipo “3 libros a 6 euros” . Son ejemplares nuevos que llevan tiempo sin venderse (un año, tres, cuatro…), apilados en el siempre escaso espacio del almacén, hay que finiquitarlos rápido.

Hace ya un  tiempo, sabedor del asunto, estaba en una de esas librerías y me llevé "tres libros a 6 euros". No tenía dudas sobre los dos primeros, el tercero no terminaba de verlo. Al final fue éste, por no desconectar con la narrativa actual…

Leerlo ha sido una experiencia más interesante de lo que esperaba, eso sí, la minuciosidad de ciertos pasajes explayándose en el onanismo adolescente de dos personajes centrales… me ha parecido prescindible. Pero mi pequeña subjetividad no es óbice para ensombrecer al conjunto, que aprueba con muy buena nota.

Olariz, reducto rural de la aldea vasca, es un mundo ya casi extinto. Nada hay de idílico en este lugar, solo la brutalidad y violencia de una manera primitiva de entender la vida. “La ley del monte” que refiere la narración.



Sirvan estas palabras de Patxi Irurzun en su excelente prólogo:

“En Olariz, el pueblo en el que transcurre esta novela, lo saben muy bien: La vida es violencia, dolor, soledad… La vida es muerte”
“Olariz es solo un pueblico de Navarra, en el que el espacio y tiempo reales están desdibujados, y, sin embargo, ese territorio mítico e imaginario alberga el mundo entero (…)

La elección del medio rural en Navarra (…) no es aleatoria, Josu opta –creo- a conciencia por un escenario tradicionalmente poblado por furtivos sin otra licencia de caza que el hambre, por contrabandistas, por chaqueteros, por chiquiteros, por gente que calla y por gente a la que obligan  a callar o decir lo que otros quieren oír, por asesinos en el nombre de Dios y asesinos en el nombre de una bandera… Un escenario en el que perdura el odio y el enfrentamiento, el rencor, las carlistadas, la guerra civil… Un escenario, en suma, perfecto para abrir en canal cuerpos y existencias a las que hacer la autopsia de la condición humana (…)

Sobre ese atavismo montaraz se sustenta la dura existencia de los aldeanos, sin concesiones a la ternura o la candidez, en donde los animales son buenos mientras sirven para su trabajo, y cuando no valen se les quita de en medio sin sentimentalismos. Porque esas gentes entienden de idéntico modo sus propias vidas.




El lenguaje utilizado por Josu Arteaga se fragua en esa atmósfera lúgubre, una narración que nos va engullendo como la bruma de aquellas montañas.

Frases cortas y contundentes. Narradas en primera persona. Una serie de relatos con su título gatuno cada uno, formando un todo homogéneo.

Así, los habitantes significativos del pueblo tienen su envés en la vida de un gato, o en relación al felino. Un gato pardo, gato montés, gato sietemesino, ojo de gato, gato ladrón gato muerto, la lengua de los gatos…



Un gato sin siete vidas. Un gato de una sola vida instalada en el corazón indómito de los hombres y mujeres de Olariz:



“Olariz ya nunca ha sido lo que fue. Nuestro mundo murió. (…)
La gente mayor va cerrando los ojos. Las casas acompañan a sus dueños muertos. Cierran sus portones y contraventanas. Nada nos queda. Nada nos pertenece.
El tiempo de Olariz murió.”

Con tal estructura narrativa, la percepción de su cadencia me sugiere una visión peculiar. Es como presenciar un antiguo reloj de pared, mostrando orgulloso su porte de madera noble, lustrosa aún. Sus manecillas siguen maracando el ritmo, “su ritmo”, al son decimonónico del TIC, TAC… TIC, TAC.

Letanía que va robando, incansable, los segundos, los minutos y las horas de la vida… TIC, TAC.

Esa escritura de J. Arteaga se desliza por las páginas con idéntico fluir, TIC, TAC.

Frases lacónicas, sin ambages en la interpretación, nítidas en su mensaje:

“Aquí (en Olariz) las cosas son lo que son, no nos perdemos en palabrejas”.

Sentencia corta y punto. Punto como signo ortográfico y, todavía más, como expresión de autosuficiencia.

El pasado, el presente y el futuro conviven en el continente de cada frase.

Y si te duele el pasado, te acomodas en el presente. Y si te angustia el presente… sueñas con el futuro. Cada un@ que se sienta interpelado por la dimensión temporal que provoque su huida, o su permanencia.



En ese microcosmos de la aldea, salvaje, al uso de la vieja ley del monte, transcurren los días del narrador, Fernando, el otrora aldeano mocete, hecho ya hombre de mirada pétrea en la violencia de su entorno. 

Y, sin embargo, esa mirada primitiva de Fernando se pliega sobre el otro mundo, “el civilizado”  que surge más allá de los montes. En su sabiduría ancestral tiene claro que el “otro mundo”, moderno y civilizado, es aún más brutal que el suyo:

"También le llegará la hora a ese mundo que triunfa. El fin del perfume, el vestido, los ademanes de marqués y el refinamiento. De la gente zafia y vaga que no merece el aire que respira. (…)

Vemos el anticipo por la misma televisión que hoy enseña nuestras vergüenzas. Con la guerra de Yugoslavia, las Torres Gemelas y las matanzas de Iraq y Palestina. Con viejos sepultados entre basura sin que nadie sepa de su muerte en meses. Con moceticas violadas y estranguladas en el fondo de un pantano. Extranjeros a los que explotan por cuatro perras y obligan a malvivir entre cartones. Hombres que apuñalan a sus mujeres delante de sus propios  hijos. Bombas y niños muertos en Gaza. Aquí y allá. Famosos viciosos y sinvergüenzas ejemplos de virtud. Mocetas que son esqueleto y pellejo. Que se dejan morir para estar flacas.”


Hay palabras que hunden sus raíces en la oscuridad de nuestro ser, dentro de una espesura que solo el brillo de unos ojos felinos puede romper.




Historia Universal de los hombres gato. Un zarpazo a los ojos del mundo. Novela, dicen algunos…”


viernes, 8 de diciembre de 2017

El jardín de las mujeres. Aminatta Forna (Escocia, 1964).

Título original: Ancestor Stones. Punto de Lectura, 2007. 455 pp.
Traducción de Íñigo García Ureta. Ilustración de portada: To the Island. Tilly Willis.


Dunas, Caños de Meca. Faro de Trafalgar al fondo. Cádiz
Paco Castillo, 2017


Contraportada:

“Aminatta Forna reivindica la fuerza de la mujer africana.
Abie vuelve a África para reclamar una herencia que su abuelo le legó al morir: los cafetales en los que solía jugar de niña en una aldea ancestral. Allí le aguarda un tesoro aún más grande: los recuerdos de las mujeres de su familia, un acervo de relatos orales, experiencias y placeres vividos por varias generaciones en un continente en perpetuo cambio.
El jardín de las mujeres es una intensa novela coral e íntima, en las que las raíces del colonialismo y las inquietudes sociales tejen el tapiz de un África mágica.”

«Las cuatro narradoras de El jardín de las mujeres tienen la misma resistencia al soportar guerras, explotación sexual, traición masculina y pobreza a lo largo de medio siglo.»

Aunque reside en Inglaterra hace años, y además nació en Escocia, lugar en el que el padre, un  sierraleonés, estudiaba medicina, Aminatta Forna es una escritora con raíces africanas, regresó allí siendo bebé, pasando toda su infancia en Sierra Leona. Un país devastado por la guerra civil y las espeluznantes batidas de los niños soldado.

Pero el conflicto solo acapara unas pocas páginas del relato, llegando ya al final, que es cuando se cruza en la trayectoria de las protagonistas. Antes de eso hay un largo y fascinante recorrido por la historia de unas mujeres; abuelas, madres, hijas, hermanas, tías, amigas… que han formado la red vital de esta autora.

Faro de Cudillero al fondo. Asturias. Paco Castillo, 2017.

Si las manos de estas mujeres te regalasen una suave caricia en la cara, se podría oler el delicioso aroma del cacao que recolectan en sus cafetales.

Cafetales… una palabra talismán para mí.

Las vivencias que cuentan comprenden un periodo que arranca en 1926 y concluye en 2003. No es un libro de memorias, sino una novela con raíces autobiográficas.

Tras la portada de este libro, ilustrado con un cuadro de Tilly Willis (To the island), hay unos pasajes cuyas palabras refulgen con la misma luminosidad, hermosa y cautivadora, que las pinturas de Tilly.

By the beach, Tilly Willis. Foto internet.

Un libro magnífico. Quizás el que más me ha gustado en este año a punto de concluir.


Aminatta Forna. Foto internet

Aminatta tiene una sonrisa bonita, me digo al contemplar su fotografía. Similar a la que tienen las niñas y niños africanos, un gesto que brota sin esfuerzo y resalta ese pequeño fulgor brillante en los iris negros de los ojos.

Voy al libro. Así irrumpe Asana, la narradora de un lejano 1926.

Sombras de la luna

Yo deseaba venir al mundo, al lugar donde sucedían las cosas. No quería seguir allí donde estaba. Siempre tuve los ojos grandes para ver el mundo y llegué a él con los dos bien abiertos. Mi madre jamás temió por mí. Hay niños, y una lo sabe, que vienen con hambre de vida. Llegué tan deprisa que a mi madre no le dio tiempo a beber la infusión de hojas de limonero. Nací acompañada por el coro de sus dedos, como grillos que anuncian la lluvia.

Caños de Meca, Cádiz. Paco Castillo, 2017.

Aminatta transforma la escritura en materia viva. Las palabras rompen la crisálida y salen al mundo, se llenan de aire, la luz les otorga una forma reconocible, y uno ya no lee tipografías, esas letras de inmóvil presencia, ya no tienes el libro en la mano, sino que estás dentro de su mundo… miras al cielo amenazante que te anuncia la inminente tormenta, esquivas la mirada violenta, de una oscura humanidad, que lanzan muchos hombres africanos (y tantos otros en distintos lugares) a los ojos cansados, y sin embargo brillantes, de la mujer africana, comes sopa con pimiento picante y sientes un aguijón en la garganta, y te deslumbra el colorido de las telas, esas lappas estampadas que solo saben lucir las mujeres africanas.

Sí, los libros son crisálidas que dejan escapar a las Mariposas Palabra para que vuelen lejos, y aunque no sea afuera de este mundo… a veces lo parece.

Al encuentro de la Luna llena, Monte del Pilar, Pozuelo. Paco Castillo


Crisálidas de chicharra. Paco castillo, 2017

Como suele pasar en la literatura africana, Aminatta nos seduce con una prosa exuberante por la variedad de matices y sensaciones que despliega gracias, entre otras cosas, a la destreza con que tales autores manejan la metáfora, nunca es un uso indiscriminado ni arbitrario, sino que éstas muestran una precisión asombrosa para revelarte la medida de lo que eres, basándose en detalles (y esto es lo fascinante) que bien pudieran estar en las antípodas de nuestra idiosincrasia, pues pertenecen al acervo africano.

Pero la buena literatura sabe atravesar todas las capas, hasta hacernos ver ese “sedimento” que a todos une.

Me reconforta regresar a las letras africanas, pues el desapego con la tierra aún no ha llegado a esa distancia casi insalvable que hay en Occidente.

Faro de Trafalgar. Caños de Meca, Cádiz. Paco castillo, 2017

“El cielo se llena de nubes. De noche la fruta madura se cae del árbol, y la mañana trae el aroma de la tierra húmeda y el hedor dulzón de la pulpa que se pudre. El río tiene un dique. Suben las aguas. Cuando anochece, los niños de la casa –lagartijas de ojos negros- se ponen las botas con las nubes de mosquitos” (p.79).


Caños de Meca, Cádiz. Paco Castillo, 2017.

Asana también protagoniza uno de esos pasajes que atraviesan el libro con la potencia de un ciclón, dejando una huella perdurable, sobre todo la parte final…. de las que no se olvidan. Contundente.

Os pongo en antecedentes. Asana está en edad de casarse, y formar uno de tantos matrimonios polígamos en tierras africanas. Asana tiene una buena posición social y no tiene problemas económicos. Se decide por un hombre cuya posición social y monetaria no es la mejor, desoyendo los consejos maternos. Ella siente una fuerte atracción por Osman Iscandari, guapo y de cuerpo fibroso. Al principio todo bien, ningún problema con sus coesposas, Balia y Ngadie, algo mayores que ella.

Asana se siente satisfecha con un varón de tan buena planta, un buen amante, aunque pase varios días fuera de casa. Al cabo de unos meses se da de bruces con la realidad, ante la verdadera naturaleza de su esposo…

Durante el embarazo de Asana, a Osman le parece divertido asaltar el cuarto de ella en la madrugada, la despierta y la pide que se desnude y pose de pie para él, o que se ponga en el suelo en cuclillas, simplemente la observa largo tiempo, hasta el límite del agotamiento de la esposa embarazada, luego él se cansa de la escena y se va por donde entró.

Ahí va, es largo, pero, insisto, de los que no se olvidan.
Y con ello cierro el comentario. Ni en sueños hubiése creado yo mejor colofón… Contundente.


“- ¡Levántate! –me ordenó.
Me apresuré a hacerlo.
¿Qué pasa?  ¿Qué sucede?

Entonces me dijo que me quitara la ropa. Lo miré en la oscuridad. Me pregunté si le había oído bien. (…)

Me hizo estarme quieta frente a él hasta que dejó de llover. Miró mi cuerpo, mis pechos, mi vientre y lo que había debajo. Las nubes dieron paso a la luna y pude distinguir su expresión, me recordó a cuando era niña y pasamos delante del cadáver de un perro. Lo miramos, lo golpeamos con palos, con fascinación y repugnancia a partes iguales.

Me habían enseñado que una mujer no debía decirle que no a su marido.

-Osman- comenté-, es tarde. Y estoy dormida. (…)

Por favor, no me desobedezcas. Me prometiste que serías buena esposa. (…)

Las primeras veces Osman solo miró, y nada más. (…)

A medida que avanzó el embarazo me obligó a posar para él durante más tiempo. Se me hincharon los pies, en una ocasión casi perdí el equilibrio. Estaba temblando, desnuda. Le rogué que me dejara dormir. Y luego llegó la vez en que el cansancio pudo al miedo y caí al suelo.

- ¡Levántate!- me ordenó en voz baja. (…)
No, Osman, ya es bastante por hoy.
-¿Qué? ¿Cómo te atreves a responderme? ¿Quién te crees que eres? Eres mi esposa. (…)
Mírate, Osman –añadí-. ¿Qué clase de hombre eres? (…)

Quise ponerme en pie. Ahí fue cuando me dio una patada. En la nalga, el dolor me recorrió la espina dorsal. Me eché a temblar. Estaba de rodillas y caí de bruces. Ahora estaba a cuatro patas. Antes de que pudiera levantarme me golpeó de nuevo en la base de la espalda. (…)
Osman me tiró del pelo, me hizo volver la cara hacia él y me  abofeteó. (…)

No había adónde ir. Empecé a dar vueltas por la habitación mientras él me lanzaba puñetazos. Resoplaba de forma  cada vez más ronca a medida que le fallaban las fuerzas. Al final le dejé ganar.
Me eché a llorar. Le supliqué que parase.

Y abrí los ojos.
Y cuando por fin los tuve abiertos aprendí muchísimo sobre mi marido en muy poco tiempo. (…)

Mi esposo tenía tres hermanas, todas casadas, que vivían cerca de allí (…), pero rara vez las vi visitar a su hermano. Y cuando la menor lo hizo, advertí que casi no hablaba, y si lo hacía era solo para responder «Sí, hermano». No se atrevió a mirarle a los ojos ni a quedarse a comer.

También vi el modo en que Balia (una de las coesposas) se estremeció cuando Osman levantó un brazo (…)

Por último comprendí por qué la perra que venía a pedir sobras desaparecía cada vez que  mi marido regresaba a casa. (…)

¿Qué había hecho al casarme con Osman?

Al final fue Ngadie (la otra coesposa) quien tomó la palabra (en una de las ausencias de Osman):
-De modo que ya te has enterado. Pero quieres saber que te espera ahora, ¿no?

Asentí con la cabeza. (…)

-Cuando llegaste, me fijé en ti. Estabas tan satisfecha de ti misma… Me pregunté cuánto te duraría.

Bajé la cabeza.

-Cada vez que trae a otra le dice a Balia que está harto de nosotras, que no tenemos fuego dentro. Aunque solo Dios y nosotras sabemos cómo hemos llegado a esto. Le damos asco. Pero no entiende nada, ni siquiera entiende qué clase de hombre es.

Me enteré que yo no había sido la primera. Había habido otras. (…)

El error era solo mío, (…). Me dije que me enfrentaría a Osman a mi manera.

Frente a mí, la hija de Balia agarró un pollo y se dispuso a rajarle la garganta con un cuchillo. El ave se encrespó, volaron las plumas. Recordé que en la aldea solíamos retorcerlos el pescuezo: eso era algo que había que aprender. Una tenía que ejercitar su paciencia, permitir que el animal se calmase para poder agarrarlo bien. (…)

Aquella casa en la que vivía contenía más de un tipo de infierno, y yo había encontrado la forma de lidiar con uno de ellos. (…)

Pasaron varias semanas. Cuando Osman estaba en casa entraba en mi habitación a su antojo y me forzaba a hacer mi parte en su juego monstruoso.

No ofrecí la menor resistencia. A medida que pasaron los días se fue relajando, creyendo que me había domado.

Algunos días más tarde… (…)

Osman –susurré-
Despierta, Osman. Despierta.
Esperé un poco. Con delicadeza (…)

¿Asana? Eh, Asana. ¿Qué sucede? –murmuró- (…)

Despierta y mira esto. Mira lo que tengo para ti. (…)

A tientas, mis dedos palparon el suelo hasta dar con el mango del cuchillo. Lo alcé para permitir que la hoja brillase en la penumbra.

Acerqué los labios a su oreja, le toqué el lóbulo. Puse voz suave y persuasiva. Osman abrió los ojos.

Le coloqué el filo del cuchillo bajo la barbilla: la punta le robó una gota de sangre.

¿Ves lo que puede pasar, Osman? Tan fuerte como eres, ¿para qué te sirven los músculos ahora?
Sentí como se le tensaba todo el cuerpo (…)

Sin hacer ruido, dejé caer la mejilla contra la almohada y el cuchillo sobre el suelo. (…) Permanecí tumbada. A la espera.

Pasó justo lo que esperaba que sucediera. Momentos después, Osman saltó como un muelle de la cama. (…) Estaba desnudo y temblaba, espantado. (…) Acto seguido se agachó y me miró de cerca. (…) le miré, y le acaricié la mejilla:

-¿Qué te pasa, esposo? –pregunté como si estuviera muy preocupada. Su desconcierto era ahora mayor. Le tomé de la mano y le ayudé a volver a la cama. Ha sido solo un sueño, nada más. Solo un sueño. Vuelve a dormir.

Osman dudó y luego se dejó caer sobre el lecho. Yo me puse de costado y fingí dormir. Un rato después lo sentí a mi derecha, hundido sobre el colchón, al otro lado de la cama.

(…) Desde aquella noche, Osman jamás volvió a ponerme la mano encima. Me felicité a mi misma por mi astucia. Me tiré en la cama y me froté el vientre con vaselina.

-Osman Iscandari- me reí-, ng ba kerot k´bana, kere ng baye erith.-
-TIENES UN GRAN PENE, PERO NO TIENES HUEVOS.-“