Adviento
en la montaña (1936). Gunnar Gunnarsson (Islandia, 1889-1975).
Ediciones
Encuentro, 2015. Cubierta diseñada por Chiara Ceresa. Prólogo de Jón Kalman.
Traducción de Teodoro Manrique Antón. Ilustraciones de Gunnar Gunnarsson
junior.
A principios de invierno por Guadarrama, foto de Paco Castillo.
Una modesta
iglesia y unas pocas presencias unidas en el mismo propósito, crear una sola y
bellísima voz.
Islandia es
un país de belleza sobrecogedora, incluso el himno nacional es paradigma de
este esplendor, más allá de connotaciones patrióticas y esas cosas.
Quiero
abrir con él, y que lo vayáis escuchando desde luego, pues refleja la
idiosincrasia de la novela que os traigo, “Adviento en la montaña”, del
islandés Gunnar Gunnarsson.
La
sencilla puesta en escena de este coro islandés es el espíritu del que se sirve
G. Gunnarsson para contarnos la historia de Benedikt, junto a su
perro, Léon, y su carnero, Recio.
Nada más
acabar esta pequeña -gran- novela, me vino a la cabeza otra igualmente breve y
con análogo estilo intimista, brillante por lo demás; “Escalada”, de Ludwig
Hohl (podéis encontrarlo en el lateral), y me dije: ya tengo prácticamente
toda la entrada hecha.
Paseando
hace un par de semanas… nada hacía sospechar que estaba a punto de quedarme sin
mis caminatas. Fotos, Paco Castillo.
En
efecto, casi todo de ésta vale para “Adviento en la montaña”; solo hay
que sustituir unos nombres por aquí y por allá, cambiar unas cosillas respecto
a los escritores, Ludwig Hohl por un lado y Gunnar Gunnarsson por
otro, y… habemus publicación.
Tenemos
el mismo planteamiento en ambos escritores, construir la historia con los
mínimos elementos para desarrollar la novela.
Benedikt, un
aguerrido pastor islandés residente en el remoto noroeste de su país, en
compañía de su perro León y su carnero Recio, la única familia
que tiene, sale en un viaje épico hacia la búsqueda de varias ovejas perdidas
en un inhóspito paraje montañoso, un sitio lejano de su poblado y de difícil
acceso, y además lo hará en Adviento, avanzado diciembre, en lo más
crudo y peligroso del invierno islandés.
A principios de invierno por Guadarrama, foto de Paco Castillo.
G.
Gunnarsson echa mano de un narrador omnisciente que sirve
para la vertiente más filosófica de la obra, una vertiente que por lógica ha de surgir cuando el hombre se enfrenta solo con sus fuerzas al poder colosal de
la Naturaleza, pues de ahí emana todo un aprendizaje sobre los límites que nos
desafían.
Un
narrador omnisciente que también se intercala con la voz en primera persona de Benedikt,
el solitario protagonista, y sus escasos interlocutores, dos o tres vecinos
en cuyas casas se refugiará, camino de su gesta.
Pero
estas rudas gentes son parcas en palabras, la naturaleza islandesa y el
aislamiento de su tierra les confiere dicho carácter.
Benedikt no
es un entusiasta de la conversación. Pero no es huraño, al contrario, en el
escaso trato que tiene con sus semejantes es correcto y afable. Sin embargo,
los mimos y los cariños los guarda para León y Recio, y éstos le
corresponden en la misma medida.
- Parón de las 20:00 pm, acabo de asomarme al balcón para aplaudir. -
Ni
siquiera son suyas las ovejas extraviadas, sino de otros vecinos del pueblo. Simplemente
considera que ha de ser él quien emprenda el trance… porque el resto sería
incapaz de afrontarlo con garantías de volver, y sus vecinos saben que es así.
Nadie como Benedikt para adentrarse en ese mortífero escenario, cuando
reina la cara más despiadada del invierno islandés.
A principios de invierno por Guadarrama, foto de Paco Castillo.
Benedikt sabe
que si falla en la empresa, cosa posible, y sus restos se ocultan para la
eternidad entre las nieves, no dejará a ninguna esposa e hijos desvalidos. Contará con la inestimable ayuda de León y Recio.
Vive
solo, excepto con sus dos amigos, así los considera él; su perro, León, y
Recio, su carnero. No espera ni desea a nadie más.
En
realidad, Benedikt emprende esa larga travesía a las montañas invernales
cada año, siempre en el Adviento.
Así
lo lleva haciendo durante los últimos 27 años, y lo que al principio era una
osada excursión para embriagarse de adrenalina vital, cuando sus músculos
estaban en la plenitud, la costumbre hizo que se convirtiese en una liturgia
ineludible, esas que todos nosotros vamos sosteniendo a lo largo de nuestra
existencia, ya sean desmesuradas como esta, o nimias, como saborear el café de
sobremesa.
Foto, Paco Castillo.
Pero
nunca lo había hecho con unas condiciones meteorológicas tan adversas, y eso,
aparte de rescatar a las ovejas, complica bastante las cosas en una incursión
de por sí peliaguda… ciertamente, la tormenta que han vaticinado por las
inmediaciones es de las que quitan el hipo.
Gunnar
Gunnarsson es un clásico de la literatura islandesa, de
obligada lectura en los programas escolares, incluida la universidad, del país.
Gunnar Gunnarsson. Fotografía: https://www.visitvopnafjordur.com/en/what-to-do-see/author-gunnar-gunnarsson
No le
falta razón al escritor Jón Kalman Stefánsson en su profuso prólogo,
cuando señala la larga sombra de Halldór Laxness, el Nobel islandés
(también por mi lateral), sobre el resto de autores patrios.
“Un
premio Nobel puede resultar excesivamente grande para una nación tan pequeña.
Nuestra gran y única cumbre, así nos referimos a Halldór Laxness, como si en la
inmensidad de Islandia no hubiera otra (cumbre), (…).
Sin
embargo, los entendidos saben que lo mejor de la obra de Gunnar Gunnarsson (…)
nada tiene que envidiarle a lo mejor de Halldór Laxness; (…)”
A principios de invierno por Guadarrama, foto de Paco Castillo.
Ahora
que he leído a los dos, estoy absolutamente de acuerdo con la apreciación J.
Kalman.
Y
confirma J. Kalman una idea sobre la literatura que siempre he
sostenido:
“(…)
raramente la trama de un libro se considera su parte más importante, lo más
importante es cómo está escrito. Una verdad de lo más simple que, sin embargo,
a menudo suele olvidarse.”
No me
resisto a dejaros este fragmento de la novela, cuando Benedikt, inmerso
en la tormenta, está con las fuerzas justas, pasándolo muy mal, y que, viendo
el apocalíptico panorama por aquí y el resto del mundo, parece una crónica de
estos momentos que todos vivimos, arengándonos a no venirnos abajo:
“Tan
hostil y retorcida puede llegar a ser la tierra con el caminante, que no duda
en cerrarle todas sus puertas y a éste no le queda más remedio que pararse y
buscar la entrada. Pero eso era lo que Benedikt mejor sabía hacer. Precisamente
es una de las obligaciones del hombre, quizás la única, buscar la fortuna en la
adversidad, perseverar, enfrentarse incluso a la muerte si fuera necesario,
abrirse camino y llegar hasta su corazón. Esa es la obligación del hombre. Y si
los pies se niegan a seguir caminando, entonces debemos renunciar a usarlos, lo
que no significa que uno se rinda. “
A principios de invierno por Guadarrama, foto de Paco Castillo...
volveré por aquí.
