lunes, 2 de octubre de 2017


“Sobre el gran espejo de la Tierra”

Estamos viviendo unos momentos de enorme inquietud por todo lo ocurrido en Cataluña… 
Me siento atosigado entre banderas de una parte y de la otra que ondean a ver cual luce más grande y vistosa.

Uno quisiera abstraerse de todo esto, ya me gustaría, pero ante hechos de tal naturaleza resulta imposible.

Hay que repensar tantas cosas… cartas, discursos, credos, símbolos, etc, etc. Incluso revisar el significado y el sentido de ciertas palabras, o las palabras mismas, que sirven para reflejar una realidad que tal vez ya no represente lo que somos, y lo que no somos.

Y qué decir de los políticos que nos dirigen, continuamente caen en la incongruencia, peligrosa e insensata, de solucionar problemas creando otros mayores, lo acabamos de ver con esas escenas de violencia, venga de quien venga, que solo hacen abrir más la herida.

En los últimos años, este país ha destinado millones de euros al cemento y el ladrillo, para satisfacer la megalomanía de unos cuantos políticos; aeropuertos vacíos, super circuitos de fórmula uno, flamantes “ciudades de la justicia” cuyos únicos moradores son conejos y matojos, y el catálogo de despropósitos suma y sigue.

Sobran ladrillos, paraguas perfecto de la corrupción, y falta cultura.

Lo buenos pensadores se nos están yendo, y los que vienen detrás lo hacen formados en un sistema educativo empobrecido hasta la vergüenza, ya que nuestros políticos consideran más necesario recortar presupuesto en cultura, cercenar los estudios de humanidades, y gastar millonadas de euros en autopistas de peaje por las que nadie circula.

Así que este mediodía venía caminando por una calle de Madrid, con un libro de poesía en la mano (una autora cubana de raíces gallegas llamada Rita Geada).




Solo he leído el primer poema, mientras andaba, y me doy cuenta de la asombrosa capacidad que tiene la poesía para transformar el “negativo” en “positivo”, como si fuera una fotografía en blanco y negro que al revelarse va mostrando la imagen hasta hacerla reconocible.

Y leía el poema rodeado de banderas asomadas a balcones y ventanas de la capital, pero sin signos de vida interior en las casas… ventanas cerradas, balcones vacíos.

Al terminar de leer el poema, pensaba… no son las banderas las que tiene que hablar, sino las personas.


Leed con atención este poema escrito en el año 2001… porque nos cuenta a todos nosotros, ahora y siempre, y no cuenta ninguna frontera.


Espejo de la tierra

En el juego de las formas cambiantes
Aparecemos y desaparecemos
Sobre el gran espejo de la Tierra.
Contempladores y (o) contemplados,
amantes y (o) amados,
deseantes y (o) deseados
según la trama esté dispuesta.

Con los ojos vendados buscamos afanosamente
la otra parte, la mitad original
perdida en las tinieblas.
Las imágenes se doblan y desdoblan.
Se encuentran o, a veces, creen encontrarse
para desaparecer luego.

Los espejos se multiplican
Como en las corresopondencias gnósticas,
“lo que es arriba es abajo”
o “así en la tierra como en el cielo”.
Lo que “es” rechaza siempre lo que no “es”.

Así, lúcidos o ciegos,
avanzamos por los días y las noches
respirando el aire
de las variadas formas y colores,
integrándonos al proteico juego de las metamorfosis.

Andamos,
         volamos,
                   giramos,
                               nadamos

y lanzados somos
sobre el inmenso espejo de la Tierra
que señala la aventura humana
persiguiendo siempre la unidad perdida.


Mucho ánimo, para todos.

lunes, 18 de septiembre de 2017


La Montaña del León. Mustapha Tlili (Túnez, 1937)

Libro. Muchnik Editores, 1996. Traducción de Fernando Meler. Ilustración de cubierta: Dos hombres en un paisaje. Óleo sobre tela de Rufino Tamayo. 167 páginas.




Dos libros en tres meses (y unos poquitos textos de poesía). Exiguo balance lector para tan largo paréntesis blogero.

Cosa inaudita si comparo con pasadas épocas estivales. Una concatenación de factores, más el calor implacable que  llevo tan mal, han rebajado mi ímpetu.

Con tal sequía literaria había que afinar en la elección. Y la jugada salió bien.

Eso sí, tiene bemoles que para hacer más soportable la canícula me refugiase en un libro cuyo escenario es… el desierto norteafricano. Y sin salir de África también me adentré en el segundo. De ese ya os contaré.

No me ha ido nada mal en anteriores incursiones narrativas a los desiertos, aún recuerdo “El viajero de la noche” (Maurizio Maggiani), cuyo protagonista evoca desde el bellísimo desierto de Hoggar, en Argelia, su periplo geográfico y existencial.

Quiero empezar por el autor, Mustapha Tlili, porque es un escritor valiente, prueba de ello es que la publicación de este libro fue prohibida en Túnez, su país natal, dominado por el clientelismo y una lacerante corrupción en la década de los 80, y esta obra se editó en el año 88. A las élites políticas de entonces les debió escocer, y mucho, como quedaron retratados los cuerpos de seguridad del estado, las clases dirigentes e incluso una figura tan venerada como la de los imanes. Tlili no dejó títere con cabeza.

Otro dato relevante es que esta novela fue ganadora en Francia del Prix Femina, galardón que tiene un origen interesante.


La Montaña del León.

Texto de la contraportada:

"¿Cuántos años hace que, con la sola compañía de Saad, su viejo sirviente negro, en su casa que se erige en medio de la estepa, Horia El-Gharib, casi adherida a los muros de la terraza, contempla la noche que se cierne sobre la Montaña del León? La luz viaja sobre las rocas color ocre y la arena incandescente. Siempre igual, nunca igual. Desde esa montaña de leyenda, conquistada por sus antepasados, la paz del crepúsculo llega hasta cada uno de sus cansados músculos. Sus hijos se han marchado al mundo: uno, a una América inconcebible; el otro, a una guerra por la libertad. Esa luz vespertina sobre la montaña es todo su consuelo, una promesa de serenidad que se cumple cada tarde. Para siempre. Pero no, Horia se equivoca. Falta muy poco para que ya no pueda ver la montaña, que desaparecerá detrás de un complejo turístico. Horia y Saad defenderán la montaña a punta de metralleta."

Para la vieja y orgullosa Horia, mujer que infunde en sus vecinos tanta admiración como recelo, contemplar la Montaña del León, la mole majestuosa erguida en la desolada aridez, es una necesidad vital como alimentarse,  o tomar su delicioso té con menta.




Cuando su mirada acuosa se clava en aquella Montaña solitaria está ante la memoria de sus antepasados. Jornada tras jornada, a la caída de la tarde, cuando los violentos rayos del sol están desfalleciendo, la vieja apoya su cuerpo menudo en el muro de su blanquísima casa encalada… Y se entrega a lo único que da sentido a su ya larga existencia, apreciar la gran silueta rocosa.

Es una suerte de ritual sagrado, pues la lejanía le devuelve, con esa tonalidad azul pálida de las formas distantes, el recuerdo de sus dos hijos, vivos pero separados por miles de kilómetros, oye retumbar los pasos de sus ancestros, cuando estos formaban parte de antiguos y gloriosos imperios que hundían sus raíces en Al-Ándalus.




La imponente presencia parece un desafío a ese mundo de formas indefinidas y temblorosas que habitan el desierto. Es su Montaña, es su vida. En el reino absoluto de la nada que es el desierto, la visión de la Montaña lo es todo.

Al menos para Horia y, en menor medida, para su fiel ayudante Saad.

El nubio Saad también muestra un profunda admiración por Horia, mujer férrea. El mismo respeto que todos le profesan en el poblado. Ella solo espera morir, pero eso no significa claudicar… nunca se ha doblegado ante nadie, ni siquiera en el brutal patriarcado de los hombres que moran en el desierto. Todos, incluido el Imán, admiran explícita o implícitamente a esa mujer que hace lo que dice.

Sin embargo un conflicto de proporciones desconocidas se está gestando al margen de las miserias y alegrías del poblado. Dos realidades antagónicas; la modernidad y la tradición, que tienen un complicado encaje en este rincón olvidado del mundo.

Esa es la columna vertebral que sostiene la narración de M. Tlili. Dos entidades divergentes que en esta historia constituyen un violento choque de trenes.

Los tentáculos de la modernidad se asoman por el horizonte, y son de hecho una seria perturbación para Horia. No es una fundamentalista religiosa ni nada parecido, eso del “progreso” le traería sin cuidado si no supusiera una amenaza directa, pero lo es. 
No se quedará mirando a las musarañas como el resto. No está en su ADN.

Las autoridades de la región, altos oficiales del ejército e incluso el Imán, se han percatado del magnetismo que desprende la Montaña del León, pues de unos pocos años a esta parte, grupos de turistas franceses, ingleses y alemanes se escapan de sus refugios en la costa tunecina para recalar en este lugar engullido por el desierto…

Llegan para inmortalizar con sus cámaras fotográficas a la montaña, altiva en medio de ningún lugar.

Afluencia que no ha pasado desapercibida para los caciques regionales y sus acólitos. Huele a dinero, ya se frotan las manos. La maquinaria de la corrupción está en marcha, es imparable.

Necesitan la colaboración del poblado para determinadas infraestructuras. Hay que comprar al Imán, solo él puede convencer a los vecinos de esa aldea insignificante, donde Horia tiene su hogar, de los beneficios económicos que para el pueblo supondrá… la construcción de un centro turístico, pero no un complejo cualquiera, una monumental edificación justo enfrente de La Montaña del León.




Sí, se alzará nada menos que en la trayectoria, la única posible, que los ojos de Horia recorren cada amanecer y atardecer para encontrarse con su montaña, que es su memoria, que son sus recuerdos a través del tiempo, que son sus antepasados, que son sus seres queridos, que es su vida.

Todos en la aldea irán cediendo. Todos en la aldea saben que no será así con la vieja Horia y ese loco de su ayudante, Saad, casi tan viejo como ella. No cederán, y es algo que exaspera profundamente a la comunidad, no digamos ya a las autoridades locales, echan humo.

Dicen en voz alta los aldeanos que la vieja está loca. Pero esos mismos, en el silencio de la noche, cuando la soledad es un refugio seguro, dicen otra cosa… que la locura no puede nublar el juicio de quien desprecia el dinero en favor de su dignidad. Saben, aunque lo callarán, que la única causa justa es la de Horia y Saad. Saben que todo lo demás, incluidos ellos, son la verdadera locura.

Horia y Saad no dejan de mascullar, angustiados e incrédulos por la que se avecina. No salen de su asombro al pensar que ni siquiera la II Guerra Mundial, tan devastadora, pudo reducir a escombros su venerada Montaña, y ahora ese lugar sagrado está apunto de recibir la mayor humillación que cabría imaginar; convertir al guardián de sus antepasados, en donde está escrita la propia historia de la aldea, en un grotesco reclamo comercial invadido por una masa de intrusos, hordas de turistas desvirtuando el misticismo de aquella cima. Así lo sienten Horia y Saad.

Y lo que es peor, la megalomanía de esos potentados hará que el mamotreco de hormigón tenga tales proporciones que mutile para siempre la contemplación de esa belleza idílica, privar a Horia del único consuelo que le queda en la vida. Es como quedarse ciega.




“El vasto espacio que mediaba entre Horia y la Montaña permanecía intacto, virgen de cualquier cultivo, vacío de toda construcción antes de la tragedia que cuenta este relato.
Vista desde la casa de Horia El-Gharib, sin impedimento del menor obstáculo, natural o no, la Montaña era de una belleza inagotable.” (p.18)

Horia y Saad, a estas alturas del camino, y con más arrugas que la propia montaña, no tienen nada que perder. El bueno de Saad conoce un zulo cercano, donde hay unas pocas armas de la II Guerra Mundial, él mismo las utilizó en la contienda, oxidadas pero funcionan…

Es evidente que M. Tlili ama su desierto tunecino, y en ese sentido su prosa es como el paraje que admira; sobria, sencilla en su complejidad, desnuda de artificios, por tanto predomina la descripción, zigzageando entre lo poético y lo filosófico pero sin resultar un híbrido extraño, pues nunca perdemos la sensación de estar leyendo una novela. Pero también es como Horia, una escritura que fluctúa según el ánimo de la anciana, una prosa con nervio, vivaz y frenética, y vuelve a bajar decibelios cuando se diluye en la melancolía que embarga a la protagonista.

De todos los alicientes que tiene este libro para brindarte una lectura enriquecedora, yo me quedo con el magnetismo que provoca un entorno como el desierto, escenario rico en metáforas, y resulta paradójico ante la aparente desnudez que muestran.

Sintiéndome tan bien en los ambientes más húmedos, entre el verdor y la lluvia, amante de los otoños, también del invierno…  siempre sucumbo a la fascinación del desierto, su visión me conmueve.

Será porque acaparan de forma grandiosa los dos elementos que determinan el inicio y el ocaso de nuestra existencia; la luz y la oscuridad.

Una luz inabarcable durante el día. Tanta claridad despliegan los desiertos que parecen el lugar en donde nace la luz del mundo.

Y después una oscuridad igualmente contundente durante la noche, como si quisiera negarnos la existencia de todo.



Excepto de las estrellas, pero esas llevan ahí ni se sabe…




lunes, 5 de junio de 2017

Tengo que ausentarme del blog por diferentes motivos. Además, debido a unas obras, estaré sin acceso a internet.

Eso sí, al contrario de esas personas en el video de Eivør… volveré.

Bellísima voz, Eivør. La vida y la muerte buscan desesperadamente amarse. Pero están condenadas a no entenderse.

Corre una (la Vida) para fundir sus labios con la Nada (la Muerte), hacia un abrazo imposible.

Desde la Nada corre la otra (la muerte) hacia el abrazo con el Todo, la vida.

Solo hay un final posible…

Todo acaba precipitándose a la Nada.





miércoles, 31 de mayo de 2017

Dos damas muy serias. Jane Bowles (Nueva York, 1917 – Málaga, 1973)


Libro. Editorial Anagrama (cuarta edicción 1997). Traducción de Lali Gubern. Prólogo de Truman Capote. 222 páginas.


Caminando por Madrid


La precocidad de Jane Bowles me deja desconcertado, gratamente asombrado. Veintiséis años tenía cuando escribió esta novela,  yo iba confrontando ese hecho, su edad, a medida que avanzaba en la lectura, pues me encontraba con muchos párrafos cuya sabiduría y profundidad psicológica parecían desmentir la autoría de una persona tan joven, en definitiva con una experiencia vital muy corta y, sin embargo, poseedora de un gran conocimiento sobre la conducta humana. Me encanta este párrafo como ejemplo:

“La señora Copperfield había escrito en su diario:

«Los turistas, por lo general, son seres tan convencidos de la importancia e inmutabilidad de su forma de vivir, que son capaces de desplazarse a los lugares más fantásticos, sin experimentar nada más que una reacción visual. Los turistas más encallecidos suelen confundir un lugar con otro.»"

O este otro , conversación que Christina Goering mantiene con un joven contrariado por la eterna disparidad entre la clase sufridora y la burguesa:

A ti te interesa ganar un combate justo e inteligente- dijo la señorita Goering-. Pero a mí me interesa mucho más saber que hace difícil este combate.

Ellos tienen el poder en sus manos, tienen la prensa y los medios de producción. (Respuesta de él)

La señorita Goering colocó una mano sobre la boca del muchacho. Este dio un respingo. (…)

Bien, bien –masculló Dick-, ¿qué debo hacer entonces?

-Recuerda simplemente que una revolución ganada es un adulto que debe matar a su infancia de una vez por todas.

Lo recordaré -prometió Dick-, contemplando a la señorita Goering con cierto aire agresivo.”

Eso de ahí arriba lo escribe Jane con veintiséis años… descomunal.

No me resisto a resaltar esto: Una revolución ganada es un adulto que debe matar a su infancia de una vez por  todas. Joder… es que no me sale otra cosa.




Además tenía una personalidad arrolladora, cuantos la conocieron no ocultaron su fascinación por ella. Y que nadie se asuste, no vamos a encontrar una narración atrincherada en cansinos preámbulos metafísicos, la prosa de Jane es espontánea y natural, como lo son  sus protagonistas. Pero al lector no se le escapa que está ante una escritura brillante, de una rara genialidad, fruto sin duda de esta infrecuente combinación; una mente de gran inteligencia emocional en una persona tan joven.

El hecho de que su matrimonio con el famosísimo Paul Bowles fuese una tapadera, para disimular algo la homosexualidad de ambos, supuso a la larga una situación más perjudicial para ella que para él.
Jane tenía un carácter mucho más impulsivo que el tímido y retraído Paul. Ella nunca toleró bien vivir reprimiendo su naturaleza. Él no tenía problemas para permanecer aislado en su mundo, recluido en el viciado espacio de su habitación, en donde escribía. Ella necesitaba sentir el vértigo de la vida, las emociones a flor de piel, lanzarse a tumba abierta (como reza en la contraportada).




La frustración y angustia por no poder desarrollar libremente sus anhelos la sumía en conductas autodestructivas, incluso fue diagnosticada de psicosis maníaco-depresiva. Había etapas en las que se entregaba a relaciones sexuales intensas y pasajeras. Paul seguía a lo suyo, con su discreción proverbial, encerrado en el cuarto con su escritura.

Esta historia, protagonizada por dos mujeres, es el reflejo de todos los dilemas existenciales de Jane Bowles, ya a la temprana edad de veintiséis años. Contraportada del libro:

“Esta novela relata el paradójico itinerario de dos mujeres muy diferentes en busca de su independencia, de su autenticidad. Christina Goering, de familia distingida, rica, solterona y con tendencias místicas, busca su salvación luchando contra la naturaleza, es decir, forzándose a aventuras con desconocidos. Paralelamente a este destino ejemplar, Frida Copperfield, dispuesta a lograr su felicidad terrenal a cualquier precio, abandona a su marido y su existencia convencional en el curso de un viaje por Centroamérica y se pone a vivir con una joven prostituta panameña.
Este doble itinerario «a tumba abierta», flanqueado por los abismos de la soledad y la autodestrucción, está tratado, sin embargo, con un ingenio puntiagudo, un traicionero sentido del humor, una comicidad grangüiñolesca. Los personajes son gloriosamente impredecibles, excéntricos, alejados de toda lógica de normalidad social.”

Esas palabras resaltadas en negrita, son el artífice para que esta historia nos resulte tan cautivadora, es decir, nos revelan toda la complejidad que encierran estas mujeres, sin que ello signifique prescindir de cierta ingenuidad a la hora de actuar y tomar decisiones.



Esa maravillosa contradicción (nuestras propias contradicciones como personas), es una genialidad en la mente de una escritora tan joven, impresionante Jane Bowles.  
Y nos hace reflexionar sobre nuestras propias experiencias, no sé si en el sentido de lo que pudo haber sido y no fue, no suelo fustigarme mentalmente con tales disyuntivas, pero, ¿quién no lo ha pensado?
Las contradicciones, y puntuales dosis de irracionalidad, mueven nuestros pasos por la vida con una importancia mayor de la que creemos. No existe nadie estrictamente juicioso las 24 horas del día, siete días a la semana, eso no sería la perfección, más bien una aberración.




Volviendo a Jane Bowles, que es lo mismo que ir al libro, suena una música que ya nos resulta familiar, una situación reiterada con otras parejas célebres, donde se ha minimizado la valía de la mujer respecto a la de su compañero (no pondré ejemplos, todos sabemos unos cuantos). Son varios los estudiosos y críticos que consideran la escueta obra literaria de Jane superior en calidad a la de Paul Bowles, que ya es decir…

El editor Jorge Herralde (fundador y propietario de Anagrama), no tiene reparos en afirmar: «Desde luego, entre Paul y Jane, el verdadero genio era Jane»

O su amigo del alma, Truman Capote: «Jane Bowles, esta leyenda moderna… una de las más originales y puras estilistas»

De similar opinión era Allan Sillitoe: «Un hito en la literatura americana del siglo XX»

Y otro buen amigo, Tennessee Williams: «Mi libro favorito. Para mí no hay otra novela moderna susceptible de convertirse en un clásico»




Hombre, no seré yo quien afirme que esta novela es mi favorita, pero tales opiniones reflejan el impacto que producía el virtuosismo de sus letras considerando la precocidad literaria de Jane.

Voy acabando, al hilo de nuestra naturaleza caótica, de este libro en definitiva, recupero de nuevo la radio, sí, escuchado en la radio hace muy poco. Es pertinente con todo lo expuesto.

La locutora pregunta al invitado (un licenciado en filosofía y letras, además de filología semítica… que ha escrito un libro sobre finanzas. Eso debe de ser la madre de todas las contradicciones), decíamos que le pregunta a esta persona porque ha elegido un tema de Luz Casal para acompañar la entrevista.

Yo, esperando más o menos la respuesta convencional… pues una mujer con una personalidad muy atractiva, luchadora (lo que es verdad), etc,  responde:

«La forma imperfecta que tiene de pronunciar algunas vocales, creo yo, cuando alarga alguna “u”, convierte su voz en un lamento bellísimo. Es eso, la imperfección de su voz me provoca en el alma la sensación de una belleza perfecta»


Así es Jane, vamos a cuestas por la vida con nuestras contradicciones, desesperantes o maravillosas. Profundamente humanas.




miércoles, 17 de mayo de 2017

Locura. Mário de Sá-Carneiro (Lisboa, 1890 – París, 1916)


Libro. Celeste Ediciones. Colección Minúscula, 2000. Traducción y prólogo: Pedro Mireles. Ilustración de cubierta: La pesadilla, de Johann Iteinrich Füssli. 64 páginas. 




Comienzo con este fragmento de la contraportada:

“Sá-Carneiro, amigo de Fernando Pessoa, es considerado, junto a éste, una figura clave de la literatura moderna portuguesa. Después de atormentar a su «querido amigo», anunciándole su suicidio en repetidas ocasiones, después de haber conocido el amor en sus últimos meses de vida que disipó en la lujuria, Sá-Carneiro se suicidó en el Hotel Nice de París tomando cinco frascos de estricnina. Locura… es una inquietante novela que se adentra en los raros desequilibrios de las pasiones y pensamientos de su protagonista. Sá-Carneiro, en una historia llena de rebeldía y erotismo, explica los mecanismos que le llevaron a escoger su propia muerte.”

Si me atengo meramente a la apariencia física de Mário de Sá-Carneiro, no encuentro, observando las imágenes que circulan del escritor, indicios reveladores de estar frente a un potencial suicida. Un rostro complaciente, algo regordete, mirada amable… Pero claro, ¿qué rostro tiene un suicida? Todos y ninguno. Cualquiera.


Mario Sá-Carneiro. Foto Wikipedia

Sin embargo me resisto a dejar que mi intentona de “investigador forense” caiga en el vacío. Entonces, sumido en una morbosidad descarada, observo la expresión de otros célebres semblantes abocados a idéntico y trágico destino.

Podría ser… me cruzo con Pavese. Sí, podría ser Pavese el rostro de un suicida, aunque observases doscientas fotografías de él, sería harto complicado verlo sonreír en dos o tres. Sus ojos parecen cansados por una sensación de hastío vital.


Pavese. Foto internet

Podría serlo aún más, Alejandra Pizarnik, me doy de bruces con su imagen. Hay en su mirada “algo” que me habla de una honda tristeza arrinconada en su alma, incluso cuando sonríe parece hacerlo desde el abatimiento. No atisbo la calma y serenidad que refleja Sá-Carneiro. Un rostro, otro, y otro más. En fin; Todos y ninguno. Cualquiera.




Alejandra Pizarnik. Fotos internet

Tanto me impacta verla así (a Pizarnik), que he tomado la decisión de poneros un poema suyo, aunque yo esté aquí con Sá-Carneiro, no le importará, seguro. 


La carencia

Yo no sé de pájaros.
No conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad
debería tener alas


Brillante.


Y esto me fascina de escribir sobre lo que leo, también el mismo acto de leer, que las palabras, no pocas veces, tienen el poder de elevarse por encima de mi voluntad inicial, de anteponer “su idea” a la mía, de alterar el rumbo de este escrito. En ocasiones las palabras te llevan por ahí volando, y no sabes bien donde aterrizarás, ¿es malo? De eso nada, a mí me entusiasma que me saquen de los caminos.




Verba volant, scripta manent, (La palabra vuela, lo escrito permanece). Pronunció una vez el político del Imperio Romano, Tito Cayo.

Aterrizo ya.

Tengo que revelar al principio el misterio de este libro, misterio que no es tal, pues el coprotagonista de la historia arranca el relato sin concesiones a la especulación:

“La muerte de Raúl Vilar fue muy lamentada. Todos los periódicos consagraron largos artículos al gran escultor. (…)
Y coincidieron unánimemente en que su prematuro fallecimiento había sido una grave pérdida para el arte nacional. Después, los años transcurrieron. Hoy pocos se acordarán ya del pobre Raúl. Es por eso mismo que me decido a hablar de él. Para hacerlo, nadie más competente que yo: fui su mejor amigo, su único amigo.”

Es decir, ese amigo leal, poeta y escritor con un brillantez proporcional al vacío en el que cae su talento, siente el impulso de rendir justicia a la memoria de su fiel amigo, el escultor. Hombre que ha alcanzado el éxito profesional y social. En esa tesitura discurre la narración de la novela.

En realidad esta pequeña, gran, obra se aboca a un final que parece fruto de la precipitación del escritor por concluirla, tanto que pudiera romper la armonía con las páginas precedentes, y aunque ya se sepa el desenlace desde el comienzo, no por ello deja de embargarte la sensación de asistir a una inesperada celeridad por dar término a la historia.

Bueno, es una consideración muy personal, tal vez otra mirada no lo vea así.

Era inevitable. Se palpa la saudade en esta breve obra de Sá-Carneiro, ese particular sentir melancólico de los portugueses que Manuel de Melo (1608-1666), definió así:

«bem que se padece e mal de que se gosta» (bien que se padece y mal que se disfruta).





Expuesto todo lo anterior, no es erróneo pensar que gran parte de la escueta producción del autor, poética en su mayoría, es una especie de siniestro tanteo a la posibilidad del suicidio. 

Entonces ocurre algo que, no por frecuente, deja de resultar extraño, en ese estadio literario, antesala de una muerte ya decidida, el escritor se “viene arriba”, con tal expresión refiero que el novelista exprime hasta la última gota de su talento para legar un libro de prosa impecable como es “La locura”, del mismo modo que los moribundos experimentan una súbita mejoría como señal inequívoca de la muerte inminente, enigmático y comprobado fenómeno, desde luego, llamado por los médicos Mejoría de la muerte, y que la ciencia aún no ha podido explicar.

Un antagonismo, como tantos, que refrenda ese dicho: «los extremos se tocan», ya sabéis, los niños y los ancianos, la vida y la muerte… Qué cerca están siempre una de la otra.

Además, en torno a M. Sá-Carneiro todo parece confabularse para llegar a su fatal desenlace, su gran amigo de la infancia, Tomás Cabrera Junior, se suicidó de un tiro en la cabeza delante de Mário, ambos tenían apenas veinte años en aquel momento.
Hecho que nos sitúa la naturaleza autobiográfica de la novela. fundiéndose los dos protagonistas, el escultor y su amigo el escritor, en el alter ego de M. de Sá-Carneiro.

No es de extrañar que el libro nos deje tales fragmentos:

“Frecuentemente tenía ideas extravagantes (el escultor), de una extravagancia siniestra. Por ejemplo, una noche –después de uno de sus habituales períodos de mutismo- de súbito exclamó:

«Me gustaría que muriera toda la gente… todos los animales y que solo yo quedara vivo.»

¿Para qué? –pregunté espantado.

-Para experimentar el miedo de verme completamente solo, en un mundo lleno de cadáveres. ¡Debe ser delicioso! ¡Qué escalofrío de horror!...”

Y que tuviera pensamientos como el que  confesó por escrito a Fernando Pessoa:

“Ya sé, positivamente sé, que solo hay ruinas al final del callejón, y continuo corriendo por él hasta que los brazos se me partan al encontrar el muro espeso del callejón sin salida. ¡Y usted no imagina, mi querido Fernando, adónde me ha conducido esta manera de ser! Hay en mi vida un lamentable episodio que solo se explica así. Aquellos que lo conocen, en el momento que lo viví, lo llamaron locura y disparate inexplicable. Pero no lo era, no lo era. Es que yo, si comienzo a beber un vaso de hiel he de beberlo hasta el final. Porque -¡cosa extraña!- sufro menos apurando hasta la última gota, que lanzándolo apenas empezado. Y soy de aquellos que van hasta el final. Esta imposibilidad de renuncia la encuentro artísticamente bella, y he de tratarla en uno de mis cuentos, pero en la vida es una triste cosa.”

Más cuestiones, me ha recordado mucho a otra lectura, un libro que me impactó por el dominio magistral de la narración, El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, ambos escritores son maestros en reflejar los últimos estertores de la belleza, próxima a desvanecerse. Dicha similitud podría tener una explicación en la influencia del Decadentismo sobre uno y otro, y estas novelas concretamente. Fragmento como el de los cadáveres es un estilo de frases que también encuentras en El retrato de Dorian Gray.

En Locura pugnan todos los conflictos internos del escritor, a veces parece un combate agotador de fuerzas contrapuestas; la misoginia primera del escultor, hasta que conoce a quien será, primero su amante, luego su esposa, dando paso a la admiración por la figura femenina, que nunca dejara de tener su amigo, el escritor.




La relación contradictoria con la propia literatura que vive el personaje novelista, encontrar un sentido al oficio de escribir.

Ensalzar la virtud de vivir y, sin embargo, no dejar de juguetear con la posibilidad de la muerte.

Y todo ello con la palabra convertida en arma de seducción, así es el lenguaje de Sá-Carneiro, tremendamente seductor.

Hago una constatación, por lo demás siniestra, referente al hecho de que las obras de los escritores suicidas (por llamarlos de alguna manera), las más próximas al fatídico suceso, son trabajos que bordan la genialidad.

No en vano, ¿cómo afrontaría uno lo último que hará en vida? No son momentos para la mediocridad, para eso ya has tenido el resto de tu existencia, ahora hay que darlo todo, porque más adelante… quien sabe. 

Nadie ha regresado para contárnoslo.