jueves, 6 de abril de 2017

Se había quedado una puerta abierta...

¿Sabéis una cosa? Tenía preparado ya el comentario de un libro para publicarlo aquí, anoche lo dejé casi acabado, pero esta mañana he cambiado de parecer en el último instante.





Mientras sacaba de la nevera unas hojitas de morera, para los gusanos de seda que tiene mi hija Izaskun, escuché fugazmente en la radio (siempre desayuno escuchándola) que el entrevistado, una persona relevante en el ámbito de la ayuda humanitaria, le contaba una anécdota a la locutora.

Era a raíz de un viaje que esta persona hizo a Nicaragua, el embajador español en el país centroamericano se interesaba por su adaptación al entorno, y el otro le respondió: “Señor embajador, vengo de Chad, en África, Nicaragua es Manhattan comparado con aquello (…)

Ahí quedó la cosa, pues tenía que irme a poner los brotes tiernos de morera y sustituir las hojas resecas, pocas hojas, en una cajita de cartón, donde había unas sandalias del número 19, el espacio, como decía, no da para más. O tal vez sí, quizás para Izaskun caben muchísimas cosas, las que se ven y las que no.

Comentaba que ahí quedó la cosa con esa entrevista… En realidad no es así, ahí no quedó la cosa.

Yo fui a hacer lo que tenía que hacer, pero dando rodeos a esas palabras, digamos que se había quedado una puerta abierta… y me escapé, mis devaneos se iban esfumando por esa rendija.

Entonces pensé:

Mogadiscio es “Manhattan” comparada con Puerto Príncipe

Rabat es “Manhattan” comparada con Mogadiscio

Tirana es “Manhattan” comparada con Rabat

Kiev es “Manhattan” comparada con Tirana

Madrid es “Manhattan” comparada con Kiev

Londres es “Manhhatan” comparada con Madrid



No pretendia parar tan pronto la serie, es que se produjo un lapsus…

Dejo un momento las hojas en la mesa de la cocina, junto a una tacita que tiene un par de fresas, le han sobrado a mi hija del desayuno, y una tarrina con tomates cherry amarillos, rojos, verdes y naranjas. Me como las fresas, muy rojas, además de un tomatito, muy amarillo…

Me he alimentado de colores, para ser más exactos rojo y amarillo.

El rojo de las fresas tiene licopeno, el amarillo del tomate, carotenoides. Vaya palabritas…

Hablando de palabras, aquí va otra; Náhuatl, proviene de nāhua-tl, (sonido claro, agradable).

El Náhuatl era la lengua dominante en el México precolombino, fue perdiendo su extensión al llegar los españoles e imponer el castellano.

Y a que viene todo esto? Pensaréis.

Por el tomatito que me acabo de comer.

Tomate, la palabra, procede de tomātl, y ésta pertenece a la lengua Náhuatl, que acabo de mostraros. ¿Curioso verdad?

He ahí la fascinante relación entre unos tomatitos en mi cocina y una lengua precolombina del siglo V.

Desde esa tarrina en mi mesa, hemos llegado al Imperio Azteca anterior al desembarco de Colón.

El color rojo y amarillo tienen mucho simbolismo, están en la bandera de España… ¡Y me los he zampado!

Uyys… raudo compruebo si masticar y tragar los colores rojo y amarillo, señeros de la bandera, constituye un atentado contra la autoridad en la reformada ley de seguridad ciudadana… nunca se sabe.

Que conste, a mí me encanta la bandera si, por ejemplo, sirve para calentar a una persona que estando con lo puesto pide limosna en la intemperie invernal y no hay otra cosa a mano. Esa bandera está bien.

Comprobado, todavía no es delito…

Voy hacia mi librería repitiendo esa cantinela de  “Manhattan”…
A la par que busco algún libro, sin tener claro cual, estoy con la susodicha cuestión… la deslumbrante Manhattan se erige en esta retahíla de urbes como paradigma de la Ciudad Total. Todas las demás confluyen ahí, para luego ser tragadas y desintegradas, como si fuera un agujero negro que engulle estrellas.

Y miro libros esperando ver, de forma preeminente, la palabra “Ciudad”, como si fuera a descubrir algo revelador en ella.

Ah sí… Los gusanos de seda, aguantarán bien, sus sobras son opulencia para otros congéneres menos afortunados.

No venía a por “Seda” de Baricco, pero claro, entre los gusanos de seda, y que lo tengo delante de mis narices, éste se me insinúa de forma descarada. 



Tampoco fue una lectura que me entusiasmara en su momento, desconozco si la culpa fue del libro, o del “momento”.

Ya que está, lo ojeo. Aparecen ciudades, las que atraviesa el protagonista, Hervé Joncour, convertido en comerciante de gusanos de seda… Wurttemberg y Baviera, después Viena y Budapest. Sigue por Kiev. Atraviesa los Urales y Siberia. Llega por fin a Fukushima, en Japón.

A la vista del espectacular itinerario, cierro el libro y me pregunto como convertir ocho gusanos, los que tenemos, en dieciséis, y luego en treinta y tantos… y así ser también yo, sin que hubiese más remedio, jeje, tratante de gusanos entre Oriente y Occidente.

Ese nomadismo para mí, fascinante desde luego, sería el final de los cuentos por la noche para Izaskun, y los viajes que yo vislumbro en sus ojos son, si cabe, más fascinantes. Jamás robaría los sueños de mi hija. Además, ya viajo dentro de su mirada.

Bueno, “Seda” y Baricco no me entretengáis más, yo iba a…

Sí, ciudades, ¿para qué? Pues abramos libros… y a ver que pasa.

A todo esto (sin libro mediante) recuerdo un fragmento, pertenece a un poema de Benedetti:

“Cada ciudad puede ser otra”

Solo quiero estos “fogonazos”. Sé que ahí está ese algo…

Abro “Las ciuades invisibles” (qué magnífico título), de Calvino:



“En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas. Las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen.”

Sea lo que sea, presiento que estoy rozándolo con los dedos…

¿Y si es algo que excede a la ciudad?

Tal vez sea el mismo mundo.

“El mundo insomne”, (1965), de S. Zweig:




"Mira bien a los desterrados, tú, feliz, que sabes de qué vivir y para quien; para que comprendas con humildad, la ventaja que por mera casualidad tienes sobre los otros. Mira bien a los hombres que allí están agolpados (…) acércate a ellos, háblales, porque el solo acercarte es consolación (…)”

Les doy las hojas a los gusanos. Dejo todo esto que estoy escribiendo. Desconecto. Cambio de rumbo, me llevo al sofá “Los mejores cuentos de Edgar Allan Poe”, en un periquete me leo uno de los relatos, “El gato negro”.




Que comienza así:

“No espero ni pido a nadie que crea en el extravagante pero sencillo relato que me dispongo a escribir. Estaría loco de verdad si así lo esperase, cuando hasta mis propios sentidos rechazan su evidencia. Pero no estoy loco y sé perfectamente que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quiero aliviar mi alma de alguna manera."

Si empieza así… imaginad como sigue. Unas pocas líneas y ya mascullas; “joder, este tío era un genio”

Bien es verdad que algunas ciudades, vistas desde una azotea, como las innumerables que hay en Lima, provocan cierto desasosiego. Lo describe magistralmente el escritor peruano Sebastián Salazar Bondy en "Lima la horrible".


Fotos que realicé en Lima, Perú.





Así lo ve Julio Ramón Ribeyro:


Azotea limeña. Paco Castillo.



Por las azoteas

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos. (...)

Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros (...)

Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.

No vengo por los trastos -le respondí-. tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.
Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. a mí me gustan las ciudades frías, las que tienen arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?

Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.
Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos."



Me recupero del lapsus.

Voy a juntar los puntos más equidistantes de esa lista de ciudades que tenía.

Frente a frente, Puerto Príncipe y Manhattan.

¿Qué es Puerto Príncipe comparado con Manhattan?

Lo excesivo de uno y lo paupérrimo de lo otro se juntan en una coctelera mental que genera caos, ideas difusas. Me cuesta imaginarlo de buenas a primeras.

Al final, he hallado la mejor solución para resolver la pregunta, llevado por un vago deseo de justicia universal, decido que no es Puerto Príncipe la que tenga que ser “nada”

Ya encontré una respuesta a la pregunta de marras.

¿Qué es Puerto Príncipe comparado con Manhattan?

Manhattan comparada con Manhattan… no es nada.

Si señor, gran respuesta, me digo.

Ah, los gusanos tragan que da gusto estas moreras, las que tengo no son cualquiera… es la morera blanca. 
Morus alba, en latín. Morer blanc, en catalán. Masustabe, marhugatze, en euskera. Moreira branca, en gallego. Amoreira-branca, en portugués. White mulberry, en inglés.

He visto otro libro por acá, lo tenía entre el estante de Filosofía, aunque recuerdo que antes estaba por los de Historia.

"La escritura, archivo de la memoria"




Ahora mismo le hago una foto, ya está. No es la Ciudad el tema principal, pero hay otro tema que me suena bastante... La seda, claro. Veamos:



"Historia: La ruta del papel.

Hacia el año 750 de nuestra era, es posible que los árabes vencedores en Samarcanda aprendieran de unos prisioneros chinos la técnica de fabricación del papel a partir de trapos de seda. Este secreto lo habrían guardado celosamente los chinos a pesar de su difusión hacia el Este, en el año 600 d. de J.C., a Corea y luego al Japón, donde se implantó muy pronto con el éxito hoy conocido. En cuanto a los papeles tostados, fabricados en México por los mayas y luego por los indios Tomi, serían el vestigio de las migraciones hacia el continente americano de los pueblos protomongólicos, a través del estrecho de Bering, y más tarde a lo largo de la costa del Pacífico... Así se dibuja lentamente, alrededor del globo, la Ruta del Papel.

Hacia el Oeste, poco a poco, partiendo de Samarcanda, siguiendo la ruta que acabó por tomar el nombre de la Seda, pues era lo que principalmente se transportaba, el papel inició a su vez la partida: Asia Central, Persia, Egipto, África del Norte y después España, donde la primera fábrica se construyó en 1154, mil años después del descubrimiento (reconocido) del papel por Cai Lun."


¿Vemos otro libro? Es que lo tengo aquí cerquita...



«El Kublai Khan mandaba acuñar monedas de la membrana que hay entre la corteza y el tronco de la morera».

“Viajes”, Marco Polo.


Vamos llegando al final, tengo que conseguir una caja más amplia, cuando de las crisálidas salgan las mariposas, han de estar cómodas, solo así mi hija puede apreciar bien el "milagro".

Foto internet. Mariposa del gusano de seda.


Dice una leyenda que dos milenios antes de Cristo, la emperatriz Xi Ling- Shi a fuerza de observar las plantas, descubrió unos pequeños capullos amarillentos y brillantes. Cogió uno mientras tomaba su té, el capullo se le escapó de los dedos y cayó en la taza de té caliente. Al sacarlo, el capullo comenzó a deshacerse transformándose en una hebra de hilo muy largo.


Pues eso, el mensaje aquí es el que a cada uno le plazca hacer.

jueves, 23 de marzo de 2017

El sentido del asombro (Continuación):


Fotos realizadas por Paco Castillo







Atendiendo a la petición de Raquel Neves (responsable de comunicación de Ediciones Encuentro), desestimo la idea de publicar el texto íntegro del libro, como no puede ser de otra manera.

Eso sí, apelando a su temple y cortesía, no puedo dejar de exponeros un fragmento que ya tenía "sacado del horno", y esto en modo alguno supone una acción ilegal, y mucho menos una afrenta personal hacia ella, que de forma tan respetuosa ha expuesto la situación. 

Lo que si vais a tener con total disposición son las fotografías que he realizado para la ocasión, ya sabéis que me gusta recibiros como os merecéis. Éstas de algún modo se trasladan de tiempo y lugar, poniendo imágenes donde iban a estar las palabras de Rachel Carson.

Vayamos al libro.










Es cierto que antes de R. Carson ya hubo escritores que alertaron sobre el irreparable error que suponía para las sociedades su desapego de la tierra, perder el contacto y la relación con lo natural. Baste el lejano ejemplo del diplomático, escritor y filólogo George Marsh Perkins (EUA, 1801 – Italia, 1882), considerado por algunos como el primer ecologista norteamericano, quien noventa y ocho años antes de publicarse “La primavera silenciosa”, ya planteara en su libro “Hombre y naturaleza” (1862) la nefasta influencia que sobre el medioambiente tendría la manera de entender el progreso que él observaba.

Sin embargo la mencionada obra de G. M. Perkins, incluso las de algún célebre contemporáneo suyo como Henry David Thoreau, padecieron la carencias mediáticas de su época, y en aquellos años pasaron sin pena ni gloria.

Justo lo contrario que ocurrió con el libro de R. Carson, llegando al gran público. La televisión y parte de la prensa metieron su mensaje dentro de cada hogar norteamericano. “La primavera silenciosa” se tradujo en varios miles de ejemplares vendidos, y la presión por modificar esa dañina praxis industrial se trasladó al gobierno, éste no tuvo más remedio que actuar legislando en aras de una mayor protección medioambiental.

Al cerrar este espléndido libro he tenido la sensación de haber acompañado a la buena de Rachel y su sobrino en uno de sus paseos por esa silueta agreste que configura la costa de Maine, una naturaleza esculpida a golpes de viento y lluvia, frente a la grandiosidad del Océano Atlántico.

Paseaban embargados de emoción, ya fuera al alba, cuando los rayos del sol, si los hay, solo son un suave beso en la cara, o en la sinuosa noche, momentos ambos en los que Rachel no dudaba en salir con el risueño Roger, para aspirar el penetrante aroma de helechos y líquines, o dejarse seducir por los incontables ritmos musicales que nos regala la naturaleza, que lejos de mezclarse con estridencias se combinan en perfecta armonía.








Sí, me parece encontrarme con la asombrada mirada del pequeño ante un mundo por descubrir.




Y la no menos asombrada de la ya madura Rachel, porque en la luz de sus ojos se adivina lo mismo, que el relato de la naturaleza se renueva cada día, uno nunca deja de descubrir la belleza, o lo trágico, en lo más colosal o minúsculo que acontece bajo el sol.














Otra cosa, R. Carson desprende esa gran sabiduría que brota desde la humildad, el tipo de personas que así mismo se asombran al ser consideras sabias por otros, entendiendo tal sabiduría no como la acumulación de un saber enciclopédico, sino por hacernos ver lo que hay de sencillo en la enorme complejidad de este equilibrio que todo sostiene. Mirar más allá de lo aparente es una enseñanza que la naturaleza ofrece para cada uno de nosotros.











Está claro que R. Carson halló el sentido del asombro, podría decirse de su vida, a través del íntimo contacto con sus amados bosques atlánticos, sintiendo los latidos de la tierra y el mar, igual que otros lo hacen componiendo música… o escalando cumbres de 8.000 mts hasta llegar a la extenuación, incluso la muerte.





Hay siete mil millones de personas, sí, 7.000.000.000, en este planeta buscando un sentido a su existencia, o huyendo de eso mismo, quien sabe, es tan complejo esto… o tan sencillo como contemplar una tela de araña al amanecer, brillante de rocío, en esos momentos en donde la belleza del mundo aún está intacta y todo, Todo, es de una sencillez sobrecogedora, desconcertante, fascinante… Sí, tan compleja.





Ya os he dicho que mis palabras son insuficientes para transmitir la belleza de este libro. 

R. Carson:

"Para la mayoría de nosotros, el conocimiento de nuestro mundo viene en gran medida a través de la vista, miramos alrededor con tales ojos que no ven que somos particularmente ciegos. Una manera de abrir tus ojos a la belleza inapreciada es preguntarte a ti mismo: ¿Qué pasaría si nunca lo hubiera visto? ¿Qué pasaría si supiera que no lo veré nunca más?




Recuerdo una noche de verano cuando este pensamiento me vino con fuerza. Era una noche clara sin luna. Con un amigo, fuimos a un cabo que era casi una isla pequeña, estando todo rodeado por el agua de la bahía. Allí el horizonte está remoto y lejana la frontera del borde del espacio. Nos tendimos y miramos al cielo y al millón de estrellas que brillaban en la oscuridad.

La noche estaba tan en calma que podíamos oír el ruido de las boyas sobre el acantilado más allá de la boca de la bahía. Una o dos veces una palabra dicha por alguien en la lejana orilla de la playa era traída por el aire despejado. Unas pocas luces ardían en las cabañas. Aparte de eso no había nada  que nos recordara una presencia humana; mi acompañante y yo estábamos solos con las estrellas. Nunca las había visto tan hermosas: el río brumoso de la Vía Láctea fluyendo a través del cielo, los dibujos de las constelaciones, brillantes y nítidas, un planeta centelleante más abajo en el horizonte. Una o dos veces un meteorito se consumió en su camino hacia la atmósfera de la Tierra." (p. 31-32)



Estas últimas semanas paseando por el campo, al amanecer en algunos días con niebla (lo habréis visto en ciertas fotos con libros, además de éste), me quedaba pasmado con el resplandor del rocío sobre las telas de araña, las diminutas gotitas de agua prendidas de los hilos, descubiertos a cierta distancia, eran como collares de perlas flotando en el aire, así que me acercaba despacio y la atención me ofrecía otra belleza distinta de la anterior, arquitecturas fascinantes hechas de filamentos de seda, igualmente con las gotas de rocío adheridas, y aunque en pocos meses tendré medio siglo, mi hija de cinco años seguramente contemplaría lo mismo que yo… eran como inverosímiles iluminaciones navideñas en unas ciudadelas de hilos.




Parece que hay un período de nuestra vida adulta en donde nos empeñamos en mantener fuerzas contrapuestas con todo aquello que daba sentido, y enriquecía, nuestra niñez… la capacidad de asombro, emocionarse, observar, ese dejar que todo fluya cuando somos niños y niñas, y que convertimos en diques de contención cuando ya no lo somos.

Todo el tiempo que estoy fuera paseando se lo resto al blog, es cierto, incluso a una gran pasión como la lectura... pero yo "leo" mucho en cada suceso que capta mi mirada, observando lo que hay por encima y por debajo de mi cabeza mientras camino en los parajes que frecuento.

Siempre acabo "hablando" de todo, no lo puedo evitar, como le comentaba al amigo Wineruda hace poco: " Al fin y al cabo los libros están dentro de la vida... y la vida dentro de los libros"










Concluidos los últimos libros, me iba a caminar dándole vueltas a la cuestión del asombro, en lo que a mí concierne pienso que nunca la he dejado de lado. Suelo contar un cuento a mi hija Izaskun todas las noches, cuando se mete en la cama… Me los invento; y son muchos.






Al "Príncipe" de Ib Michael... le faltaba la "Princesa Izaskun"


“El oso y la ardilla” por ejemplo… jaja, no, no lo voy a contar, simplemente resumiré que ambos se ayudan, aunque al principio el oso despreciase a la ardilla, un animal tan poderoso y respetado como el oso no quiere perder su valioso tiempo en solucionar los problemillas de un pequeño animalillo… pero la ardilla tiene sus bazas, la persuasión, la…

Terminará ayudando a la ardilla, ésta necesita cruzar a la otra orilla de un gran río… La ardilla lo recompensará con un lugar, recóndito y difícil de encontrar, donde zampar suculenta miel. El oso también necesitaba comer.

Bien, hay más en el cuento, claro. Mi hija Izaskun me escucha ojiplática, yo gesticulo, entono, abro los ojos incluso más que ella…

¡Qué Carajo! ¡Termino igual o más asombrado que mi hija!

¿Os dais cuenta?

Y la miro, veo una expresión feliz. Y veo sus ojillos, vencidos por un día larguísimo, entornándose poco a poco, llevándose con ella, a ese lugar mágico, todo el asombro del mundo… es decir, el que ha sido capaz de regalarle su papá. Cada vez que regreso del campo, lo hago con un libro repleto de asombro, aunque es invisible, el libro.





Mi hija, en la plenitud de su asombro...




miércoles, 15 de marzo de 2017

El sentido del asombro. Rachel Carson (Estados Unidos, 1907-1964)
Libro, Ediciones Encuentro, 2012. 47 páginas.

Fotos, Paco Castillo




A la bióloga Rachel Carson hay que reconocerle un mérito ingente, su obra “La primavera silenciosa”, publicada en 1962, constituye uno de esos escasísimos libros que han tenido el poder de cambiar el mundo, para mejor. Y no es una afirmación exagerada.

Incluso numerosos científicos aseguran que sin dicho libro, es muy probable que no existiese Greenpeace.




Por eso sobrecoge saber que ella no fue testigo de la importancia e influencia posterior de su obra, pues murió de un cáncer de mama a los 56 años, cuando estaba padeciendo una campaña de desprestigio social auspiciada por las grandes compañías de pesticidas (DDT) norteamericanas. El tiempo puso las cosas en su lugar.

Una bióloga marina cuya escritura, hermosa y evocadora, se sitúa en el umbral de la gran literatura, más aún, de la poesía. Y sigo sin exagerar. Se puede comprobar en todos sus libros, como el memorable “El mar que nos rodea”. Pero no vengo a presentar esas dos propuestas.





Yo os traigo otro de la autora. Es igual de deslumbrante, y tal vez el más bello. Tan breve que apenas llega a las cincuenta páginas.

“El sentido del asombro”

Con un título así sería un desagravio no descubrir que esconde.

Todo empezó tras mi última lectura, el magnífico “Príncipe” de Ib Michael. Estuve dándole vueltas a la cuestión central del libro, el asombro, esa capacidad que parece diluirse con la edad.

Poco después me puse a rebuscar en mi biblioteca, sabía que por algún rincón había un librito con un enunciado utilizando esa palabra…

Asombro.





Y aquí está. He tomado una decisión, prescindiré de mis comentarios, expondré el libro tal cual, excepto algunos cortes en los que se reiteren cuestiones. Es muy breve y merece la pena. Lo dividiré en dos o tres entradas, la siguiente será en unos días. En cada una habrá algo que descubrir, sin duda.

Requiere una lectura tranquila, acompañada de un té, un café, o una copa de vino…

Sus páginas atesoran una auténtica lección de humanidad, no en el sentido de compasión hacia el prójimo, sino en el de una forma genuina de estar ante el mundo, una manera de apreciarlo que ya se me antoja moribunda.

Os aseguro que sentiréis asombro al conocer lo que consiguió la buena de Rachel, y al encontraros con la belleza de sus palabras.

Así que, doy paso al libro:


Prólogo y traducción de Mª. Ángeles Martín R-Ovelleiro.


El sentido del asombro fue escrito por Rachel Carson, una mujer que hizo historia en el mundo ambientalista con su libro La primavera silenciosa (1962), en el que denunció el uso indiscriminado del DDT señalando sus dañinas consecuencias para la salud pública y la naturaleza.

“Era una primavera sin voces. En las madrugadas que antaño fueron perturbadas por el coro de gorriones, golondrinas, palomos, arrendajos y petirrojos y otra multitud de gorgojeos, no se percibía un solo rumor, solo el silencio se extendía sobre los campos, los bosques y las marismas". (Extracto, La primavera silenciosa)





¿Qué es lo que ha silenciado las voces de la primavera en incontables ciudades de Norteamérica? Con esa pregunta comienza La primavera silenciosa, que tras cincuenta años sigue siendo un best seller. La posibilidad real del escenario conmocionó a la sociedad americana de los años sesenta.

El revuelo que produjo esta publicación tuvo varias causas. (…) denunció exhaustivamente una tecnología dañina a la que no se planeaba ponerle límites en aquella época. (…) evidenció un riesgo para la salud pública por una falta de precaución normativa.

Los temores generalizados en la sociedad americana se desataron. Como consecuencia el imperio de la industria química de los pesticidas organizó una intensa campaña de desprestigio personal y descrédito científico contra Rachel Carson. A pesar de ello, la aparición de su nombre en la prensa fue constante y el éxito de ventas del libro fue inusitado.
Esto provocó que la única cadena de televisión que empezaba a emitir en esa época, la CBS, realizara un programa especial sobre los pesticidas químicos y La primavera silenciosa. En dicho programa emitido en directo en franja de máxima audiencia se entrevistó a Rachel Carson. Miles de hogares vieron por televisión a una mujer sin afán alguno de protagonismo, que advertía de los peligros del DDT para la salud de las personas y de los ecosistemas. La firmeza de su argumentación junto con su capacidad comunicativa desencadenaron la alarma social.

(...), el Congreso de los EUA, bajo el mandato de J.F Kennedy, la llamó a comparecer en una Comisión de Estudio acerca de los Pesticidas. Como consecuencia (...) se establecieron Políticas de Protección de Salud Pública y de Conservación de la Naturaleza.
Todo este proceso empezaría a cristalizar sin que Carson lo viese en vida, en 1966, con la firma de la Ley Nacional de Protección Ambiental (NEPA), precursora de toda la Legislación Ambiental Americana y más tarde Europea.

Rachel Carson murió de cáncer de mama a los cincuenta y seis años, en 1964.

Se puede decir que el curso de la historia sociológica de América, y por influencia la de Europa, cambió al introducir la cuestión de nuestra relación con la naturaleza a debate. El axioma de proteger el medio ambiente, que hoy nadie discute, tiene en ese momento su origen. Así mismo, los movimientos ecologistas surgen, como explican la mayoría de los tratados de Historia de la Conservación, a raíz de la publicación de La primavera silenciosa. (...)





La vida personal de Carson estuvo marcada, desde muy joven, por cuidar y mantener económicamente a su madre y su sobrino, a quien adoptó cuando quedó huérfano. Rachel iba para filóloga hasta que una profesora de Biología le despertó la gran pasión que ya poseía desde niña: estar cerca de la naturaleza. (...)




El libro fue en origen un artículo que le encargó la revista Woman´s Home Companion (...) fue publicado póstumamente en 1965 por la editorial Harper. Carson aceptó este encargo pues vio en él la oportunidad de poner por escrito lo que tenía que decir antes de morir. Siempre quiso ampliar este artículo a un libro. Lamentablemente, tuvo mucha dificultad en escribirlo tanto por los dolores que sufría como por el escaso tiempo del que disponía (...)

El sentido del asombro es un libro de reflexiones y experiencias a lo largo de su vida cuidando a su sobrino Roger. Rachel, que nunca se casó ni tuvo hijos, partió de lo que ella más amaba y disfrutaba para entretener a su sobrino: pasar horas cerca de los bosques y el mar de Maine. 

Cuando Roger tenía tan solo veinte meses empezaron sus aventuras juntos. La acogida sencilla y entusiasta de la naturaleza por parte del niño cautivó a Carson. La fuerza de las olas, el ruido del viento, el olor del mar, la oscuridad de la noche, nada producía temor al niño, más bien todo lo contrario.

(...) El asombro provoca lanzarse a descubrir un mundo porque fascina y al tiempo se percibe como algo que no es ajeno. Carson reconoció este preciso estado como el original para acercarse al mundo.
(...) no tenía ninguna pretensión de enseñar a su sobrino toda su ciencia o clasificación taxonómica. Quería simplemente que surgiera el "wonder". Esta palabra en inglés tiene una doble acepción; la de sorprenderse y la de preguntarse. (...)







Carson intuyó que este sentido natural, que todos poseemos, iba a mermarse ante el avance de una tecnología que tendía a separarnos del contacto con la naturaleza. Ella sospechó que aquella época que le tocó vivir, cuando se crecía al aire libre, iba a tener los días contados. El tiempo en que la naturaleza era parte del hogar, los niños jugaban a bañarse en el río, construían cabañas en el árbol o se tumbaban en campos de trigo estaba próximo a acabarse. Es por esto que Carson vio imprescindible cultivar el sentido del asombro.

(...) Este acompañamiento (adulto-niño), me recuerda a la simbiosis en los líquines, que a Carson tanto gustaban. Ella sabía que el entusiasmo ante el ruido de mar o sobre el olor después de una tormenta era la mejor manera para que su sobrino disfrutara. La reacción del niño, como si todo le perteneciera, le hacía más comprensible y a la vez más misterioso ese sentido del asombro a Carson. 

Ambos se ayudaban. Ninguno poseía para sí la fascinación sino que parecía que la agrandaran por el mero hecho de reconocer juntos la belleza innata del mundo.





(...) Carson expone qué es lo esencial: estar atentos, saber ver, dejarse asombrar, preguntarse. (...)

Este breve libro fue escrito con una prosa casi poética. El perfeccionismo que se nota en la colocación de cada palabra no es solo un rasgo del carácter de su autora, sino una cuidada forma de hacer disfrutar y asombrar al lector. Rezuma sensibilidad, belleza y amor por lo que dice y escribe.

M.ª Ángeles Martín R-Ovelleiro




El sentido del asombro

Una tormentosa noche de otoño cuando mi sobrino Roger tenía unos veinte meses le envolví con una manta y lo llevé a la playa en la oscuridad lluviosa.
Allí fuera, justo a la orilla de lo que no podíamos ver, donde enormes olas tronaban, tenuemente percibimos vagas formas blancas que resonaban y gritaban y nos arrojaban puñados de espuma. Reímos juntos de pura alegría. Él, un bebé conociendo por primera vez el salvaje tumulto del océano. Yo, con la sal de la mitad de mi vida de amor al mar en mí. Pero creo que ambos sentimos la misma respuesta, el mismo escalofrío en nuestra espina dorsal ante la inmensidad, el bramar del océano y la noche indómita que nos rodeaba.





Continuará...