P. Castillo

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domingo, 15 de abril de 2018


Dios muere a orillas del Nilo. Nawal El Saadawi (Kafr Tahl, Egipto, 1931)

Editorial Herder, 1996. Versión castellana de Juan Andrés Iglesias. 179 páginas.



Con una edad más que respetable, cerca de los 87 años, la escritora Nawal El Saadawi tiene la mirada vivaracha de una niña, el mismo brillo que refulge ante la ansiedad por descubrir el mundo, unos ojos despiertos para registrar todo cuanto ocurre.

Nawal El Saadawi. Foto internet


Pero detrás de esa expresión aniñada y encantadora tenemos a una mujer de armas tomar, sufrida, combativa, incansable, un ejemplo de solidaridad y compromiso con todas las mujeres. Nawal irradia una vitalidad y entusiasmo desbordantes, parece inmune a los estragos del tiempo.

Resulta que la obra de esta mujer menuda ha sido un azote para el gobierno egipcio de  su época, pues ha reflejado, con un enorme talento literario, el desprecio sistemático que han padecido las mujeres en el mundo árabe, pero también las clases desfavorecidas, convirtiéndose así en persona non grata para la oligarquía política, veamos la contraportada:

“Esta nueva novela de Nawal El Saadawi, las más brillante de las novelistas egipcias contemporáneas, ilustra la opresión clasista sobre el régimen de Sadat y la tiranía de los terratenientes en general.

Nacida en la aldea de Kafr Tahla  a orillas del Nilo, Nawal El Saadawi se negó a aceptar las limitaciones que la opresión religiosa y colonial imponía a la mayoría de las mujeres del campo. Se licenció en medicina y llegó a ser directora de Sanidad Pública de Egipto, puesto del cual fue destituida por haber escrito Woman and sex en 1972. 

Sin amilanarse por esta experiencia, ni por el hecho de que sus libros hayan sido prohibidos, y ni siquiera por haber pasado un tiempo en la cárcel durante el gobierno de Sadat, continúa escribiendo sobre los problemas de las mujeres árabes y su lucha por la liberación. Ésta es, sin duda, su novela más importante.”


Nawal ha padecido lo suyo después de superar durísimos traumas. Nada más empezar a leer su biografía ya encontramos un suceso atroz. Este fragmento es de la Wikipedia:

“A los seis años, en 1937, la daya (comadrona) le practicó la ablación del clítoris,​ una tortura que marcó su vida y su obra:

Cuando tenía 6 años la daya (comadrona) vino con una cuchilla en la mano, me sacó el clítoris de entre los muslos y lo cortó. Dijo que era la voluntad de Dios y que ella había cumplido su deseo.

Esto no impidió que se convirtiese en psiquiatra, ocupando relevantes puestos en la sanidad egipcia, durante el gobierno de Nasser.

De 1978 a 1980 fue nombrada consejera del programa de las Naciones Unidas para las mujeres de África (CEP) y de Oriente Medio (CEPA).

Además es una reconocida activista internacional por los derechos de los desfavorecidos. Su capacidad de trabajo y entrega son admirables.

En esta excelente novela se narra la subsistencia diaria de un pequeño clan familiar, campesinos de una aldea a orillas del gran Nilo. Una historia en donde las mujeres toman la palabra. El escenario es uno de tantos poblados carcomidos por la ignorancia y una brutalidad ancestral. Sumidos en la miseria mientras los terratenientes locales y caciques de turno viven a cuerpo de rey.

Si la situación es esa… la vida de las mujeres ya casi roza lo inhumano, sometidas a la violencia secular de una sociedad patriarcal, sobreviven en un ambiente social que las niega sistemáticamente. Si al alcalde del pueblo se le antoja una campesina… más temprano o más tarde caerá en su poder, así son las cosas en su mundo.



Pero Nawal no retrata a una mujer sumisa, los personajes femeninos de esta historia, al menos de esta familia, no se resignan a ser meros objetos sexuales de los hombres. Son mujeres de mirada altiva, dignas en su pobreza, sin perder un ápice de solemnidad frente a la fanfarronería masculina. Son mujeres que sostienen con valentía esa mirada asquerosa de los hombres que las “desnudan” con los ojos, y eso les desconcierta y les confunde, en su entorno están acostumbrados a la mansedumbre de la mujer, a que agache la cabeza y transija en silencio su humillación.

Es impresionante el trazado de la ternura que hace Nawal en la novela, pues si ha sido desterrada de la mirada lasciva de los aldeanos, ignorantes y violentos, habrá que encontrarla en las mujeres, claro, pero también en los ojos de la búfula, que diariamente acompaña en el arado a Zakeya, tía, hermana y madre de un joven perdido en alguna guerra incomprensible para este rincón olvidado del mundo:

"Antes de que los rayos carmesí del alba rozasen las copas de los árboles, antes de que el canto del gallo, el ladrido de un perro o el rebuzno de un asno horadasen la pesada oscuridad, y antes de que la voz del jeque Hamzawi resonase en el silencio haciendo la primera llamada a la oración, la gran puerta de madera se abrió lentamente, chirriando, con el sonido herrumbroso de una antigua noria. Una sombra alta y recta se deslizó por ella, avanzando sobre dos piernas, con paso firme y poderoso. Detrás suyo venía una segunda sombra, de cuatro patas, que parecía curvarse mientras se movía con un andar perezoso y titubeante.

Las dos sombras desaparecieron en la oscuridad para salir otra vez de ella en la orilla del río. La cara de Zakeya destacaba a la pálida luz de la aurora, demacrada, seria, exangüe. Sus labios estaban apretados con fuerza, firmes, como si ninguna palabra fuese a salir jamás de ellos. Sus grandes ojos, muy abiertos, se hallaban fijos en el horizonte y expresaban una actitud de airado desafío. Detrás de ella la cabeza de la búfala se balanceaba arriba y abajo, con una cara demacrada y exangüe, pero amable, con los ojos muy abiertos, humildes, rotos, resignados a cualquier cosa que fuese a ocurrir."

Repetir los mismos adjetivos para la mujer y la búfala responde a la intención de situar a una y otra ante idéntico destino, más aún, como si Zakeya y la búfala fuesen  siamesas unidas por un mismo corazón. Hay más complicidad entre la mujer y su búfala, más verdad en sus miradas, que en las que obtendría de sus encuentros con los hombres de este aldea rivereña.



Toda la existencia de estas gentes, hombres y mujeres, está absolutamente dominada por la religión, la lectura del Corán. Cualquier paso que se de sin estar ajustado a las prerrogativas de Alá… está bajo sospecha.

El ambiente opresivo que se cierne sobre estos campesinos se convierte en una especie de presidio para las mujeres y, a pesar de ello, algunas rompen esos barrotes invisibles, porque no se doblegan, no temen las miradas sombrías que pretenden intimidarlas. Así es la propia Nawal El Saadawi.


http://www.sampsoniaway.org/blog


Otro aspecto destacable es el retrato que hace del cuerpo policial, implacables en el uso de la fuerza sobre unas gentes extenuadas por el trabajo de sol a sol.
Hay un pasaje donde Kafrawi, un campesino apreciado en la aldea, buen hombre, y además hermano de la mencionada Zakeya, es perseguido por un policía, pues tratan de involucrarle en un crimen que no ha cometido:

“Era la cara de un policía que no expresaba alegría, tristeza, temor ni esperanza, una cara sin sentimientos (…)
Su cuerpo también era duro y cobrizo, con brazos y piernas que corrían, (…) o caminaban con movimientos ágiles, ondulantes e infatigables, tan constantes y resistentes que apenas parecían humanos, apenas parecían propios de un cuerpo de carne, huesos y sangre, sino de un robot con miembros y articulaciones de metal."




Apreciamos como Nawal cosifica a estos policías, matones del régimen político. Los despoja de sentimientos humanos, reduciéndolos a algo maquinal, que funcionan por el automatismo que “otros” les han programado. Una crítica feroz a los cuerpos de seguridad, que de “seguridad” tenían poco.

Pasajes como éste, y otros similares en sus obras, han granjeado múltiples problemas a Nawal con el poder establecido, pero la escritora no ha retrocedido ni un paso.



Sí, Dios muere a orillas del Nilo para todas estas mujeres que claman al cielo su padecimiento y solo obtienen el rumor del río.

Pero aquí están las mujeres de Nawal, y no han venido a este mundo para hincarse de rodillas… aunque les cueste lo más preciado.



miércoles, 4 de abril de 2018


La llanura de fuego. Fernando Namora (Portugal, 1919-1989)

Círculo de Lectores, 1972. Traducción y prólogo de Rafael Morales.



He deshecho el orden que tenía previsto y salto directamente con el Barbazas, no me resisto a empezar con el entrañable buscavidas de esta historia. Gañán y perezoso, le vociferan sus parroquianos. Sin más oficio ni beneficio que dejarse llevar por el viento que cimbrea los trigales del Alentejo portugués, mientras el tiempo, estación tras estación, le va robando sus sueños.


Lo mismo les sucede a otros tantos en estas llanuras meridionales, sueños desmenuzados, trillados como el cereal tras la siega.

Es "La llanura de fuego” que retrata magistralmente Fernando Namora. Uno se lo imagina trazando esas letras embargado de emoción, cuando siendo médico rural recorría aquella tierra inmensa henchida de luz estival, o desolada por el frío y la bruma de noviembre en donde el Alentejo, tan vasto como despoblado, parece sumido en un apacible letargo, tal vez imitando el sueño invernal de los erizos que cobija, mientras esperan la primavera pródiga en lombrices y caracoles. En cualquier caso, la larga siesta del Alentejo es en estas páginas  un sueño de otro mundo.



Y es que F. Namora enseña sus cartas nada más comenzar el libro, pues las primeras líneas ya te arrancan algún resoplido… ¡Tela lo que hay aquí! Sueltas mientras las sospechas de que estás ante algo muy bueno se van confirmando en cada página. 

Este es el arranque  de Namora con su Llanura de fuego:

“El pueblo es una calle. Llega del alto de los eucaliptos pidiendo licencia a la llanura para interrumpirle el sueño, atraviesa una encrucijada de veredas por donde corren los aires de España o del mar y, bruscamente, con ímpetu vigoroso, trepa un montecillo en busca de una iglesia que fue refugio de moros y abades, y allí se queda, arrogante, desafiando el asombro de la campiña. Por detrás de la iglesia, las casitas blancas con altas chimeneas que les atraviesan el lomo achaparrado, se cierran en un reducto que la tranquila voracidad del trigo no consigue romper”

Así hasta la página 218, la última. Una gozada.




De su mano vamos al escenario donde se dirime la vida de estos labriegos, que cosechan el trigo sembrado con tanto sudor. Hombres y mujeres apegados con una mezcla de amor y odio a la tierra, hermosa y trágica, que lentamente va consumiendo sus existencias, resecándolas con el árido verano y cuarteándolas con la humedad de los días fríos.

Campesinos cuya miseria es comparable a la grandeza de los paisajes inmemoriales que contemplan. Una humanidad sensible arrinconada en el alma, bajo la dura apariencia de sus cuerpos curtidos al viento y sus manos encallecidas, feas, sin ápice de suavidad por la extenuante exigencia diaria.



Es una incongruencia que estos labradores se sientan esclavos de unas míseras hectáreas fatigadas, ora por el secarral ora por la escarcha, cuando sus ojos recorren unos parajes cuya inmensidad se pierde en esa atmósfera azulada del horizonte remoto.

Habíamos dejado por ahí al Barbazas…

¿Y qué soñará este errante de caminos polvorientos?

¿Cómo es un sueño a la sombra de las encinas, acompasado por el canto de las cigarras?

No es fácil saberlo. La mirada del Barbazas es un mar agitado y profundo, en su alma antigua se desliza un halo de tristeza. Un sentimiento que, sin anegar su corazón, humedece su espíritu con el tacto de una lluvia fina, como el beso de un niño en la mejilla, llovizna denominada “baharina” en el norte de Extremadura… que no deja de ser el Alentejo, a pesar de una frontera. 

Es una tristeza seductora, aunque él, pobre diablo, no puede saberlo y tampoco le serviría de mucho. Es la misma tristeza que confiere a los fados esa belleza frágil, casi moribunda. Así es la mirada de Barbazas, idéntica al “mar cruel” que canta la hermosísima voz de Dulce Pontes.




Sin embargo el Barbazas, vago donde los haya… dicen, no es visto con inquina por sus vecinos, aunque se rían a su costa en los chascarrillos de taberna, tan solo hace falta invitarle a unos vinos para que se preste a la función, no es hombre que rechace un trago, antes le partiría un rayo. Así son los enjutos aldeanos, a quienes la dureza de su oficio les confiere una expresión agria, mirada ruda y pétrea bajo los surcos del rostro.


Tumbado bajo el majestuoso abrigo de pinos centenarios, hay cierta solemnidad en la quietud del vago,  como si el noble fuste del árbol adquiriese mayor realce con el Barbazas recostado sobre el imponente tronco, ambos componiendo una estampa milenaria, el Barbazas parecía un hombre escabullido del tiempo, precisamente porque lo desprecia, él mismo era algo así como la existencia de toda la humanidad… un misterio insondable que los campesinos intuían en la naturaleza indomable del Barbazas, mas no eran capaces de comprender como les penetraba esa visión en su mente.



Barbazas, jornalero provisional si algún capataz tenía a bien contratarle para la temporada de la siega. Y entonces, ocasionalmente, le daba un arrebato de locura y se deslomaba segando, trabajando a un ritmo tan frenético que sus compañeros, con gesto patidifuso, se preguntaban que seres diabólicos se alojaban en la cabeza del Barbazas… loco como él solo, mascullaban los braceros.



Impresionante el retrato que hace Namora de un acontecimiento real, los jornaleros contratados para las siegas veraniegas, familias enteras llegadas del norte portugués, esas tierras húmedas, frondosas, que funden su verdor con los montes de Galicia. Un peregrinar anual hacia el sofocante sur, duro trance para habitantes de la lluvia y los helechos. Pero siempre fue así. 

“El sol creciendo e inflamándose, abrasaba la piel morena del Barbazas, y los ojos del muchacho se llenaban de fuego, de ramalazos de sangre, y por mucho que sus compañeros picados en su amor propio se esforzasen por seguir el ritmo enloquecido de su trabajo, él siempre iba delante como una proa que apuntase al corazón del trigal. Los hombres fueron a buscar varias veces el agua  templada y salobre que les ofrecía la aguadora, quizá no solo para refrescarse, sino también para refugiarse durante unos segundos bajo la sombra rala de las encinas, y, al mediodía, descansaron.

Con las manos entre las rodillas, quietos, como si esperasen algún acontecimiento, ni siquiera sentían la menor energía para lanzar un chiste o para tener un sueño de esperanza. Tan solo tenían una expresión pesada y absorta. A su alrededor, el silencio dormía sobre los campos, y los árboles, los hombres, la cosecha, los tojos, de tan desnudos por el sol, de tan inmóviles bajo el tiempo, parecían eternos.”


Por tanto, aquí tenemos una maravillosa novela transcurriendo en la región sureña de Portugal; el Alentejo (del luso Além= Allende, Tejo= El Tajo. Es decir, más allá del río Tajo).

Con sus estampas de fulgores dorados que reverberan en los campos de trigo, cuando al atardecer del estío el sol languidece sobre ese manto ondulante, antes de que la noche engulla todo esplendor. 

El Alentejo. Foto internet

Lo telúrico elevado sobre una prosa exquisita, profundamente humana, sensible, en perfecta armonía con un genial sentido del humor. Aspecto éste que me ha gustado sobremanera. Acontece en un sinfín de lances en donde F. Namora hace un claro homenaje a la picaresca ibérica, que tan magníficas páginas nos ha legado.

Por eso me sorprende cierta tendencia a equiparar la grandeza literaria con el tamaño de su dramatismo, considerando el humor un aditamento, elemento de relleno sin valor literario propio. Craso error.

En el estilo narrativo de F. Namora puede reconocerse su pasado poético. Irrumpió en la literatura como poeta, causando admiración y sorpresa por su talento siendo aún muy joven.

Y a la vez se da la circunstancia de su formación científica, con sus estudios de medicina y ejerciendo de médico rural, algo que dejó su impronta en la obra literaria.

Fernando Namora.

Pero lo que imprime el carácter definitivo a esta narración es la soberbia descripción que hace F. Namora del paisaje. 

El Alentejo, ahí fija su mirada más poética escrutando la geografía a tenor del verano, el otoño, el invierno y la primavera. Y conviene no perder detalle, pues aparte de la belleza narrativa, en la geografía física esboza el ser y el sentir campesino cartografiando su condición. La desafiante naturaleza frente a la “pequeñez” de los labradores, la cruel indiferencia del campo frente al drama vital de sus moradores. 

El trigo lo es todo para estas familias, miran el cielo con inquietud, murmurando plegarias ininteligibles para espantar un devastador granizo, que en pocos minutos haría añicos el esfuerzo de un año y las ilusiones gestadas tiempo ha.



Es preciso señalar que F. Namora escribe esta obra cuando se siente novelista de pleno, atrás queda su brillante despuntar como poeta, para desconcierto de muchos decide centrarse en la prosa, aunque la sensibilidad poética es inherente a su ser.

Se cuida de no apabullar con un lirismo excesivo sobre la prosa, cosa harto frecuente, dejando al lector la sensación de no saber “en que aguas está nadando”. Rafael Morales lo aclara en su estupendo prólogo:

“En Fernando Namora se da la conjunción difícil del buen estilista y el buen narrador. Digamos por añadidura que estas dos cualidades que encontramos en él guardan un perfecto equilibrio: ni relato seco, ni floritura derivativa, sino narración, verdadera narración de novelista que lleva en su fondo entrañable un vivo resplandor de poesía.”

Volviendo a la trama. Una impensable alianza unirá al Barbazas con Loas, agricultor amante de la conversación, construida con las pocas palabras que caben en su mísera propiedad, un terrenito tan estéril como el amor de su mujer, Juana, por este sur abrasador. Ella es del norte, como los jornaleros que llegan del verdor a purgar sus penitencias con la dura labor. Todos odian el sur, ella no es menos, nunca llegó a ser feliz huérfana del frescor cantábrico, la hija de ambos, la vivaracha Alicia, mitiga algo su pena secreta.



Un sinfín de episodios, a cual más disparatado, ocurrirá en el seno de esta extraña alianza para dar vida a una tierra, la de Loas, que ya no respira. Entonces todos se entregarán al gran objetivo, la solución salvadora. Hay que comprar una burra, pero Loas no quiere cualquier burra. Barbazas, amigo de gitanos y saltimbanquis que concurren cada año en la feria de ganado, habrá de ayudar al bueno de Loas… hasta que se meta por medio el Vieirinha, con el pícaro mayor del reino hemos topado, pero gran corazón. 
La burra por aquí, y las andanzas de unos y otros por allá son memorables.

Vuelvo a echar mano del prólogo con Rafael Morales:

"Personajes como Loas, el Barbazas o Vieirinha son suficientes para ensalzar a un novelista.

Loas con su simpleza, pero también con su grandeza de alma, con su ardiente fe en un porvenir dichoso que nunca llega; el Barbazas, ese brote elemental de la noble tierra alentejana; Vieirinha, humanísimo, débil, generoso y vencido; Juana, soñadora y trágica; doña Quiteria, reflejo de la falsa beatería; Alicia, deliciosamente infantil, y hasta la burra, que pasa por estas páginas magistrales con una conmovedora ternura (…) todos, absolutamente todos los personajes de La llanura de fuego, de esta gran llanura alentejana donde se funden el trigo y la cizaña, son creaciones maestras.”

Portugal. Qué ingrata y extraña es esta proximidad nuestra, vista desde aquí, que pone “tanta distancia” con escritores tan cercanos.



¿Y qué era esa solemnidad del Barbazas, percibida por los campesinos pero inaprensible para ellos?

“Se sentía libre (…). Lo demás no le importaba. Que los días y las noches renovasen el hambre de la tierra dirigiendo las simientes, los abonos, el sol y la lluvia. Todo eso y hasta los músculos y el cerebro de los hombres que vivían para la tierra.

Se retiró a un lugar donde los pinos extraviados aseguraban las arenas de la colina, y escogió una sombra fresca para echarse. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba del deleite de dejar abandonado el cuerpo a la caricia tibia del tiempo."

Así era el Barbazas, amigo de los albarderos que erraban por los caminos… albarderos, sí, los artesanos que hacían las albardas para las mulas, los burros, los bueyes…

Existió una vez un mundo, antes del era virtual, en donde los albarderos conversaban con los solitarios que encontraban por el camino.

Todo sucumbe a la caricia tibia del tiempo



viernes, 23 de marzo de 2018


Cien años de soledad. Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 – Ciudad de México, 2014)

Editorial RBA, 2004, “Biblioteca García Márquez”. 510 pp.






Este es un libro de los buenos, dicho así, sin ambages, como lo diría un genuino Buendía, esa estirpe de seres solitarios atrapados en el recóndito Macondo, asediados por las telarañas que teje el olvido de todos y de todo.

Bueno, esa irrupción está bien, pero… qué puedo comentar de una obra así, se podría decir todo, agotar las posibilidades de este blog, o no decir nada, solo rumiar el placer de la lectura en un silencio apacible. No, claro, algo tendré que añadir, que sembrar fuera de mi mente… para eso es este pequeño rincón.

Pocos festines literarios debe de haber más suculentos que enfrascarse en “Cien años de soledad”. Tal es el poderío que García Márquez despliega sobre la palabra, el juego de malabares que ofrece con ellas al lector, que Gabo podría describir quince veces la misma escena sin repetir una sola expresión.



“A veces, ante una acuarela de Venecia, la nostalgia transformaba en tibios aromas de flores el olor de fango y mariscos podridos de los canales. Amaranta suspiraba, reía, soñaba con una segunda patria de hombres y mujeres hermosos que hablaban una lengua de niños, con ciudades antiguas de cuya pasada grandeza solo quedaban los gatos entre los escombros. (p. 138)”

Y bajo esa arquitectura estilística que es el realismo mágico, deslumbrante en su puesta de escena narrativa, Gabo nos hace ver el andamiaje, la estructura oculta sobre la que se soporta nuestra condición humana en el vano intento de sobrevivir al tiempo, frente a la claudicación final ante la muerte, pero jalonada por innumerables “victorias y derrotas menores” acontecidas a lo largo del camino.




Sin embargo las palabras de Gabo te llevan por la historia de los Buendía en un estado de sosiego extraño, tal vez porque el transcurrir del tiempo que envuelve los destinos de Macondo y sus moradores, bastante más de un siglo a juzgar por la edad que alcanzan algunos personajes (Pilar Ternera llega a los… ¡¡145 años!!), flota en una atmósfera atemporal, pues la muerte de un Buendía siempre deja la simiente en nuevo descendiente, como la semilla de un fruto maduro que dará lugar a una nueva planta que habrá de florecer para volver a pudrirse, un ciclo de vida y muerte que dibuja círculos concéntricos… extraño, el discurrir de las cosas en un tiempo que se ha cristalizado, y esa rareza parece tan real que se acaba convirtiendo  en algo mágico. Realismo mágico, lo que quiera que eso signifique.



"Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación, hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta donde estaban los límites de la realidad." (p. 276)

Dicen que esta obra es la quintaesencia del Realismo Mágico. Así será.

Tampoco me he puesto a indagar ahora en sus señas, prefiero que estas líneas fluyan desde el territorio virgen de mis impresiones, lejos de acotaciones teóricas, serán muy importantes, desde luego, pero yo estoy en otra historia, la del libro sin ir más lejos.



Una obra que ha conseguido algún logro impensable conmigo, bueno, tampoco es nada del otro mundo, me explicaré.

Leo con una frugalidad monacal, lento. Tal vez esa lentitud que exaspera a los trastocados por la velocidad de nuestra época. Yo a lo mío. Cuando leo lo que leo (se entiende la tautología, ¿no?), me importa un comino despacharme 98 o 18 libros al año.

Pero, he aquí la paradoja, estas 510 páginas se me han hecho cortas, una carrera de cien metros lisos, una prueba de sprint para un corredor-lector de larga distancia.

¿Por qué ha sido así? Otros libros también me han entusiasmado, pero los he leído con la cadencia de una vaca rumiando alfalfa.

Sencillamente, aún no lo sé con claridad, todo es reciente.
Imagino que en el transcurso de los días se irá despejando el horizonte.



A lo mejor es un hecho a priori inconexo con la lectura…
¡Eureka, eso es! Y una penumbra de mi cerebro se ilumina al instante.

Puede ser una tarde cualquiera conduciendo hacia el colegio para recoger a mi hija mayor… se cruza en mi trayecto un mirlo de vuelo rasante, y en una milésima de segundo toco levemente el freno para salvarlo. Su vida alada roza la carrocería mortífera de mi coche, un rapidísimo acto reflejo para mirarle y comprobar que la belleza de su vuelo sigue alejándose, intacta. Esto que cuento ya me ocurrió.

¿Y eso qué tiene que ver con lo leído?

Pues claro qué tiene que ver… pero todavía no lo sé, habrá que atar cabos. En Cien años de soledad llegan a morir muchos pájaros. 
El mirlo se salvó.

Un personaje de Akutagawa leía fragmentos de libros al azar pensando que le aclaraban (más bien oscurecían) su vida, el iluso estaba equivocado. Uno se detiene en momentos de su vida para explicarse ciertos libros. Los libros no explican la vida, es la vida la que esclarece los libros.

Como siempre, me voy por las ramas, pero es que esta historia, dicen, es realismo mágico, y mi cerebro se entretiene mucho haciendo “magia con la realidad”.




Ah, qué no se me olvide. Hay una cosa, sobre todas, que estos Buendía han aprendido viviendo “cien años de soledad”. Morir en paz.



Gracias por la lección, Gabo.



"No habría podido concebirse un cortejo fúnebre más desolado. Habían puesto el ataúd en una carreta de bueyes (...) pero la presión de la lluvia era tan intensa y las calles estaban tan empantanadas que a cada paso se atollaban las ruedas (...)

Los chorros de agua triste que caían sobre el ataúd iban ensopando la bandera que le habían puesto encima, y que en realidad era la bandera sucia de sangre y de pólvora, (...)

- Adiós, Gerinaldo, hijo mío -gritó-. Salúdame a mi gente y dile que nos vemos cuando escampe."