P. Castillo

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jueves, 4 de octubre de 2018


Cuentos de Odesa y otros relatos. Isaak Bábel (Odesa, 1894 – Moscú, 1940)

Alianza Editorial, edición de 1985. Traducción de José Fernández Sánchez. 187 páginas.





Os comenté la vez pasada mi pretensión de unir a estos dos grandes narradores, Sholem Aleichem e Isaak Bábel, en una sola entrada, y expuse los motivos para hacerlo.




Sin embargo, ante el previsible empacho por la extensión lo desestimé.

Ahora sí, vamos con la Odesa de Bábel.








Issak Bábel, así lo percibo, no puede reprimir una sensación de pesadumbre en sus relatos, si bien se nota un esfuerzo por no recrearse en la violencia pura y dura, pues él prefiere sugerir lo tenebroso, como hacía Hitchcock en sus películas. También cuenta historias que no son trágicas…  o al menos ésta pasa de refilón.

A diferencia de Aleichem, en donde resulta menos evidente, existen claros rasgos autobiográficos en buena parte de sus cuentos.

En otro orden, Aleichem torna en burla y grotesco lo que pueda haber de perverso y trágico en la existencia. Utiliza el sentido del humor para escribir, quiere que pases un buen rato leyendo las miserias y grandezas de la comunidad yiddish, con esa socarronería sui géneris que se saca de la manga.




Para Bábel el humor es un elemento accidental, no narra desde el humor, como Aleichem, pero no lo rehuye si es menester, tampoco lo reclama, viene y va como en la vida misma.

Isaak Bábel. Internet

En ese sentido Bábel es unamuniano (“El sentimiento trágico de la vida”, Unamuno), esto se refleja muy bien en el cuento que ya adelanté en la entrada anterior, “Historia de mi palomar”, relato sobre la devastadora vivencia de un progrom a través de la perplejidad y confusión de un niño. Un cuento fascinante, para mí una obra maestra.

Y Aleichem es valleinclaniano, hay algo de esperpento en sus personajes, un tanto hiperbólicos a lo Max Estrella en "Luces de Bohemia", (Valle-Inclán).

Repasando la biografía del autor caemos en la cuenta de su terrible final. Detenido, torturado y ejecutado por el aparato staliniano. Una de las tantas sinrazones de los regímenes totalitarios en su caza de brujas hacia tantos intelectuales, casi siempre eran los primeros en caer.

Isaak Bábel. Foto internet

En la primera parte hay una serie de cuentos agrupados bajo el título, “Cuentos de Odesa”, cimentados en el ambiente gansteril que padeció Odesa, como otras ciudades. Aquí nos va narrando en diferentes historias la irrupción y el ascenso del joven Benia Krik a la cúspide del hampa, que teje su red en la Odesa más oscura.

El tono narrativo adquiere ese aire canalla que se gastan los malechores callejeros, prevaleciendo una mirada sórdida sobre una Odesa de arrabales enlodados.

Benia Krik, rodeado de una serie de personajes estrafalarios, nos lleva por un recorrido geográfico y vital en una Odesa oculta a la majestuosidad que deslumbra al visitante extranjero. Nos adentramos en los trapicheos que se cuecen por antros de mala muerte. Son relatos excelentes, y acabamos engatusados por el carisma de Krik.

Aunque en la primera parte hay más de una narración que prescinde de Benia Krik y el hampa.




Tal es el caso de la mencionada arriba, “Historia de mi palomar”, un hermoso cuento que va bordeando la fatalidad sin que el lector llegue a percibirlo claramente. Bábel nos lleva caminando plácidamente al borde de un precipicio que la vegetación nos impide ver.

Un relato a través de la mirada confusa de un niño, que cruzando la ciudad para cumplir su sueño de comprar unas pocas palomas… empieza a advertir un enorme barullo, caos, golpes, gritos, lamentos… y no sabe que está ocurriendo, solo que tiene que salir corriendo ante el pavor que lo invade. Acaba de vivir un progrom. Impresionante.

Rescato un fragmento sobre esa cara menos amable de las ciudades que aparecen. En esta ocasión, Kiev, en el cuento “El camino”:

“En el mundo no hay espectáculo más deprimente que la estación de Kiev. Unos barracones provisionales de madera de madera desde hace muchos años profanan la entrada a la ciudad. En las tablas mojadas crujían los piojos. Desertores, especuladores, gitanos yacían mezclados. Viejas de Galitzia meaban de pie en el andén. Un cielo bajo estaba sesgado por nubes, saturado de tinieblas y de lluvia.” (p.145)





Hay un cuento titulado "Guy de Maupassant" que me ha sorprendido por algunas alusiones a España. Ya al inicio irrumpe así:

“… En el invierno de año dieciséis aparecí en San Petersburgo con pasaporte falso y sin un céntimo. Me cobijó Alexei kazántsev, profesor de literatura rusa.

Vivía él en Peskí, una calle congelada, amarilla, maloliente. A su mísero salario añadía lo que ganaba traduciendo del español; entonces adquiría fama Blasco Ibáñez.

Kazántsev no había estado en España ni de paso, pero el amor hacia ese país llenaba todo su ser, conocía sus castillos, jardines y huertas de España.”





Y otra mención que aparece casi al final del relato:

“En casa, Kazántsev dormía. Dormía sentado, estirando las piernas flacas con botas de fieltro. (…)

Se había dormido al pie de la estufa, reclinado sobre un «Don Quijote» editado en 1624. El libro llevaba en el título una dedicatoria al duque de Broglie.”

No me resisto a otro fragmento, que nada tiene que ver con lo anterior, pero me encanta, pertenece al cuento “El despertar”, narrado en primera persona por el niño protagonista. Es otro relato de la primera parte sin relación con los gánsteres de Benia Krik.

Se trata de un niño que se escabulle de las clases de violín para holgazanear junto a otros en los muelles de Odesa. Allí conocen al fascinante Níkitich, un viejo culto que se dice a sí mismo filósofo naturalista;

«los niños judíos se morían de risa escuchando las historietas de Níkitich sobre pescadores y animales»





El joven protagonista, apasionado por la escritura, le entrega una tragedia que había escrito la víspera, lo hace en una breve visita a solas con Níkitich:

"Ya me imaginaba que escribías –dijo Níkitich-, tienes mirada de eso… Por lo general no miras a ninguna parte…

Leyó mis escritos, movió un hombro, pasó la mano por su pelo crespo y canoso y paseó por la buhardilla…

-Cabe pensar (…) que tienes madera…

Salimos a la calle. El viejo se paró, (…) y me miró fijamente.
¿Qué es lo que te falta?... La juventud es lo de menos, eso se remedia con los años… Te falta el sentido de la naturaleza.

Con el bastón señaló un árbol de tronco rojizo y de copa baja.
¿Qué árbol es ese?
Yo no lo sabía.

¿Qué crece en esa mata?
Tampoco lo sabía. Caminábamos por un jardincillo de la avenida Alexándrovski. El viejo señalaba con el bastón todos los árboles, me tomaba del hombro cuando pasaba un pájaro y me hacía escuchar sus trineos.
¿Qué pájaro canta?

No lograba responder a ninguna de sus preguntas. El nombre de los árboles y de las aves, su clasificación por órdenes, adónde vuelan los pájaros, de donde sale el sol, cuando es mayor el rocío
–Yo desconocía todo eso.

¿Y te atreves a escribir?... El que no vive dentro de la naturaleza como vive en ella la piedra o el animal, no escribirá en su vida dos renglones dignos… Tus paisajes parecen una descripción de decorados. 

¿En qué diablos estuvieron pensando tus padres estos catorce años?..."





Es un cuento claramente autobiográfico, ese chico era el alter ego del Bábel que fuera chiquillo, él mismo se solía escapar al muelle de Odesa con sus amigos, zafándose de los extenuantes  e inacabables estudios a los que eran sometidos aquellos niños judíos. Niños al fin y al cabo.


Creo que unas líneas sobre la obra de Isaak Bábel merecen un final así. Lejos de la crueldad, junto al vuelo de algún pájaro abandonando el puerto hacia no se sabe donde…








miércoles, 26 de septiembre de 2018


Dos antisemitas y otras narraciones. Sholem Aleichem (Ucrania, 1859- Nueva York, 1916)

Editorial Magisterio Español S. A. (Serie narraciones judías), 1969. Traducción de José Luis Sobrón. 170 páginas.




Abro este pequeño libro (Dos antisemitas...) y paso despacio la hoja de cortesía, esa que los editores dejan en blanco por deferencia al lector, y éste en ocasiones rubrica y/o testimonia una dedicatoria con la fecha, dejando un poso de humanidad en el libro que, por lo común,  sobrevive al propio lector, tal Lord Byron.

Recuerdo un caso singular, adquirí una novela de Luis Pancorbo en una librería de viejo madrileña, y, ya en casa, descubrí unas líneas manuscritas del periodista fechadas en 1981 dedicadas a un compañero de RTVE, otro insigne reportero  por sus crónicas desde Latinoamérica, Oriente Medio, etc, me refiero a Manolo Alcalá.



Curiosa ironía de los tiempos, ya por entonces Pancorbo le transmitía en esa dedicatoria sus deseos de cambio para RTVE… qué cosas.


La obra de Aleichem ha sido una de las principales introductoras de la cultura yiddish allende sus orígenes. Pero además lo ha hecho arrimándose al paisanaje popular como ninguna otra.


Si os suena la famosa película musical norteamericana El violinista en el tejado, sabed que está basada en una novela de Aleichem, Las hijas de Tevye (Tevye, el lechero).



Sholem Aleichem. Foto internet.


Junto a este título también os presento “Cuentos de Odesa y otros relatos”, de Isaak Bábel (Odesa, 1894 - Moscú, 1940).




Pese a las grandes diferencias entre ambas obras, existen algunos puntos de unión significativos, por eso las entrelazo… y porque me apetecía seguir deambulando por la Odesa de Isaak Bábel, después de haberla caminado en varios relatos de Sholem Aleichem. Bábel nació en Odesa, y Aleichem llegó a residir ahí.




Pues ya digo, para empezar la ciudad de Odesa, si bien no adquiere categoría de protagonista en la lectura de Aleichem, es verdad que aparece numerosas veces en diversos relatos.

En el caso de Bábel, sí, ésta tiene un estatus relevante en casi todos los cuentos (los que pertenecen a la primera parte, que son la mayoría de historias).


Otra confluencia viene dada por una palabra de siniestra existencia, el progrom, cruentos acontecimientos (me ahorro explicarlos) que ambos escritores vivieron, aunque sin sufrir fatales consecuencias.

El tratamiento que le da Aleichem a estos sanguinarios episodios es como algo aledaño a la trama principal del cuento, le sirve para ironizar sobre las dificultades de ser comerciante, profesor… o lo que sea en tan ingrata atmósfera. Produce una extraña sensación de humor y congoja. En el fondo es un hombre afable y campechano, no se sentía cómodo explicitando la violencia, eso quedaba para autores como Isaac Bashevis Singer o el mismo Isaak Bábel.

Bábel convierte el progrom en relevante e inesperado protagonista que revela su siniestra cara al final. Lo hace con un cuento memorable, una obra maestra, “Historia de mi palomar”, a través de los ojos confusos de un niño, que atravesando la ciudad para cumplir su sueño de comprar unas pocas palomas… empieza a advertir un enorme barullo, caos, golpes, gritos, lamentos… y no sabe que está ocurriendo, solo que tiene que salir corriendo ante el pavor que lo invade. Impresionante.


Isaak Bábel. Foto internet

Ambos autores nos sitúan en unas ciudades, Odesa, Kiev, San Petesburgo… despojadas de todo su misticismo, aquí transitamos por los lugares que habita el populacho, ciegos al esplendor que la simple mención de esos nombres evoca. Así que vamos pisando la fealdad, los tugurios, las calles malolientes y sucias, un viaje a las cloacas en donde reina el hampa, la gente de mal vivir, los gansters… que los del este, tela. 

Si indagáis sobre Odesa seguro que más de uno os asombraréis, como yo. Su fundación moderna y la de su célebre puerto, en 1795, se debe a la iniciativa de un español, José de Ribas, un avispado militar que andaba por la Rusia Imperial y muy bien relacionado con la corte real. Logró convencer a Catalina la Grande para aprovechar la bahía como magnífico enclave estratégico. Él dirigió toda la construcción y planificación de la ciudad, y así se reconoce en la región actual.



 Odesa. Foto internet

Retomando los libros, también hay barrios modestos donde campa la concordia y tienen más tranquilidad. Los bajos fondos están, sobre todo, en Los Cuentos de Odesa  de Bábel. Con Aleichem vemos algo también, pero de pasada, en un tono socarrón que funciona como una barrera ante lo sórdido, sin que ello desmerezca el excelente retrato que hace a las gentes de todo tipo y condición.

Pero el nexo más nítido entre los dos, es la reconocible influencia que tuvo S. Aleichem sobre Bábel, a la sazón editor de las traducciones rusas de los cuentos de S. Aleichem.




Pese a que mi intención inicial era comentaros también el libro de Bábel, creo que es mejor no apabullaros con tantas líneas, lo dejamos para la siguiente entrada. Nos acompañará Sholem Aleichem.

Bajo su seudónimo (Shalom aleichem = La paz esté con vosotros),  tenemos a Sholem Yakov Rabinovitsh, su verdadero nombre, hijo de una familia judía pobre y crecido en una población cercana a Kiev.
Su entusiasmo por la escritura ya despuntaba desde jovencito, fascinado con lecturas como Robinson Crusoe.

Buena parte de su narrativa está escrita en yiddish, reflejando magistralmente la idiosincrasia de esta comunidad en su vertiente más popular.

Historias a pie de calle, en los mercados de las plazas, dentro de las casas en una barriada cualquiera, en bodas, festividades, en las escuelas, en las cantinas de estaciones ferroviarias, dentro de los propios vagones frecuentados por la clase asalariada, trayectos que son fuente inagotable de chismes, dimes y diretes sobre el pueblo llano, altavoz inigualable de esa filosofía de cantina que llega a lo profundo del ser tomando el atajo más corto… oséase, un chato de vino peleón.

Sholem Aleichem se inmiscuye en los asuntos de un comerciante vulgar, o un joven judío estudiante, o unos tahúres que hacen de las suyas con las barajas de cartas en el trayecto de un tren, etc, etc.

En esos vagones de tercera discurren no pocos lances de sus cuentos, entrometiéndose con su original y burlona verborrea en cotilleos varios.




Un humor llano, que no fácil, para desvelar de forma inmediata el envés de una cultura. Ahí está él, donde no llegan otros, por que no han querido, no han sabido o no han podido hacerlo con tan peculiar humor. Por todo ello este libro tiene su punto de extravagancia.

Y es que Aleichem fue pionero en dar un aire satírico y humorístico a la literatura hebrea y yiddish. Fijaos que incluso me ha recordado, con todas las cautelas, al tono picaresco, burlón y, por qué no, entrañable del “Lazarillo de Tormes”, pues muchos cuentos de Aleichem tienen un carácter moralizante que se desvela al final.





Pero son historias de corte realista, relatos pegados a la cotidianidad. Estas líneas del prólogo lo aclaran:

“El tipo de humor literario de Sholem Aleichem era en su tiempo verdaderamente revolucionario. Antes de su advenimiento, la literatura hebrea y yiddish había sido fundamentalmente seria. (…)
Fue una de sus grandes innovaciones (…) llevar a obras de alta inventiva el humor irónico (…) de los judíos que había sido hasta entonces parte del acervo popular oral.

(…) Sholem utilizó sobre todo el folklore, la herencia de todo un pueblo: humor popular, anécdotas, acertijos, chanzas, dichos y tretas de los chicos de la Talmud Torah, los primitivos juegos cómicos de Purim, los cuentos hasídicos (véase “el pueblo de Habne”), la tradición popular de parodiar versos sagrados de la Biblia y frases del Midrash y el Talmud, y en fin, el lenguaje mismo del pueblo, desde el lenguaje del carretero hasta las maldiciones de la arpía”.








Y doy fe que así es. Lo alucinante de estos cuentos es como te meten de lleno en el relato, parece que tú mismo vas viajando en uno de esos vetustos trenes llenos de provincianos que acudían a la gran ciudad, Odesa, Kiev, Moscú, etc. Y lo cuenta con una gracia de lo más original. Ya solo por eso estamos ante un libro exótico.

En realidad Aleichem repasa a todos los estratos sociales, fervorosos creyentes, dubitativos, custodios de la fe, flagrantes detractores, ricos, pobres, militares, rabinos, niños, viejos, aguerridas esposas, tramposos, honestos vecinos... Nada escapa a su mordacidad.

Un fragmento del primer cuento, “Los antisemitas”, en donde un comerciante judío, Max, llega a la ciudad de Kishinev, asolada por un violento progrom. (Nótese como evita caer en el flagelo con el progrom).

Recién llegado al destino se entrega a todas las prohibiciones habidas y por haber que decreta la Torá.





Lo cierto es que pudiera parecer un estrategia para pasar desapercibido, pero obra con un entusiasmo nada… disimulado:

“Max sabía que en Besarabia y alrededores habría de oír de los judíos historias lastimeras y lúgubres acerca del progrom de Kishinev –e insultos y pullas sarcásticas de los no judíos-. Cuanto más se acercaba a esa región, más buscaba un medio de escapar y una forma de esconderse de sí mismo.

Al acercarse a su destino pensó primero quedarse recluido (…). Luego lo reconsideró (…) saltó al andén de la estación y se dirigió al restaurante con aire de animosa confianza. 

Se tomó un whisky, comió un surtido de bocadillos prohibidos, bebió un vaso de cerveza para aclarar la garganta y encendió un cigarrillo.

A continuación se encaminó, echando garbosamente bocanadas de humo, hacia el quiosco de los periódicos, donde descubrió El Besarabiano, la notoria gaceta antisemita del infame Krushevan, odiador de judíos. (…)

Max Berliyant fue el único viajero que se aproximó al puesto de periódicos y pidió un ejemplar de El Besarabiano.”

Un “crack”, el tal Max.

En el fondo, esa caterva de personajes inclasificables que desfilan por el libro configuraban la esencia del propio Aleichem, en todos ellos había un remanente de humanidad.





viernes, 14 de septiembre de 2018


Zalacaín el aventurero. Pío Baroja (Guipúzcoa, 1872 – Madrid, 1956)
Colección Austral, 1984. 156 páginas.




Este verano en Asturias solía “escaparme”, muy temprano, a una de esas playas cantábricas que conozco de belleza salvaje y apenas frecuentadas, al abrigo de una vegetación generosa entre el relajante verde de los helechos.




 Asturias. Fotos, Paco Castillo

A escasos metros de nuestra casa rural tomaba un sendero campestre, andando treinta minutos llegaba a mi destino. También detenía el paso para admirar las flores silvestres, como las bellas  arvejas, cuyo tono rosáceo siempre destaca entre tanto verdor, o las inquietas libélulas, las aves...

Así es el camino, jalonado de exuberancia floral tras la que se esconde la playa, atravesando la umbría refrescante. Una alianza que pacta la naturaleza agreste con la playa, para mitigar nuestras ansias profanadoras o invasivas.



Arvejas. Foto, Paco Castillo

Foto, Paco Castillo

Libélula, camino de la playa. Paco Castillo






Avanzando entre la vegetación, a medio camino.

Fotos, Paco Castillo


Con ello se asegura de que quien haya puestos los pies ahí, asumido el esfuerzo por llegar, lo haga tocado de la serenidad necesaria, sin perturbar la armonía reinante. Rendido al escenario, te sientes agasajado con su esplendor.

No encontraba un alma. Solo el mar frente a mí.






Pío Baroja me recuerda a una de esas playas… poco visitadas. Adentrarse en su escritura procura sensaciones afines. Esa playa es un lugar en el mundo hecho para mí. Y lo mismo se puede aplicar a determinados libros, están escritos para ti.

La mención a la costa del norte es pertinente, pues deseaba reencontrarme con el Baroja de aires cantábricos que tanto disfruté en “Las inquietudes de Shanti Andía” (una de mis lecturas preferidas), y “Zalacaín el aventurero” me trae de nuevo esas brisas, y muchas otras cosas.



Si nos fijamos en las fotografías de Pío Baroja, su mirada parece ausente, huidiza de su propio presente. La expresión melancólica y el semblante casi siempre serio, hacen figurarse a un hombre tendente a la soledad, exceptuando la compañía de algunos buenos amigos (como Azorín), alejado de lo mundano. Todo eso  se insinúa en su mirada distante.






Pío Baroja, fotos internet.

«Hombre humilde y errante», afirmaba de sí mismo.


Por eso me resulta chocante el gran sentido del humor en sus narraciones, una frase precisa e irónica, ilustrando mejor la idiosincrasia de los personajes y el lugar que una página de detallada descripción proustiana. Esos rodeos no van con el carácter de Baroja.

Su estilo narrativo es como un jardín zen, unos pocos elementos primordiales que conviven en perfecto orden, lo que da al conjunto una sensación de belleza discreta, que no busca apabullar, sino atraparte sutilmente.

“En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi únicamente interrumpido por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una manera melancólica, con un tañido de lloro. (…)

En el cementerio, alrededor de la iglesia, entre las cruces de piedra, brillan durante la primavera rosales de varios colores, rojos , amarillos, y azucenas blancas de aspecto triste.
Desde ese cementerio se ve un valle extensísimo, una paisaje amable y pastoril. El grave silencio que reina en el camposanto apenas lo turban los débiles rumores de la vida del pueblo.

De cuando en cuando se oye el chirriar de una puerta, el tintineo del cencerro de las vacas, la voz de un chiquillo, el zumbido de os moscones…, y de cuando en cuando se oye también el golpe del martillo del reloj, voz de muerte apagada, sombría, que tiene en el valle un triste eco.

Tras de estas campanadas fatídicas, el silencio que viene después parece un tierno halago.

Como protesta de la eterna vida, en el mismo camposanto las malas hierbas crecen vigorosas, extienden sus vástagos robustos por el suelo y dan un olor acre en el crepúsculo, tras las horas de sol; pían los pájaros con algarabía estrepitosa, y los gallos lanzan al aire su cacareo valiente, como un desafío.

La vista alcanza desde allá un extenso panorama de líneas suaves (…). Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades; las carreteras rechinan en los caminos; los labradores trabajan con sus bueyes en los campos, y la tierra, fértil y húmeda, reposa bajo la gran sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol…” (p.154)


Ese es el Baroja que escribe para mí.





Refería más arriba lo de recobrar con esta novela sensaciones que ya obtuve con Shanti Andía, y aunque cada una pertenezcan a series diferentes (ya sabéis que Baroja agrupaba sus novelas en tetralogías), existe un cordón umbilical entre ambas. 

Sin ir más lejos; sus protagonistas (Shanti y Zalacaín) son la personificación de un espíritu indómito, que los impulsa hacia la búsqueda de un sueño, una quimera agazapada tras el horizonte marino en un caso, o tras los idílicos valles vascos, en el otro.

La relación de Shanti y Zalacaín con la Naturaleza, la espectacular orografía cantábrica, hace que las narraciones adquieran esa dimensión idílica, de lograr un contacto íntimo con la tierra, o el mar.





Por eso la Naturaleza, en mayúsculas, realza toda la narración, y también se erige como personaje fundamental. Y en las dos novelas el rumor del mar nunca deja de escucharse.

Martín Zalacaín podría ser considerado un héroe romántico, zozobrante en sus ideas, como todos ellos. Pero su ambigüedad es cautivadora, en su vida no tiene más certeza que lo incierto, el imprevisible desenlace de sus andanzas, de sus días, de sus anhelos.

Alguien que intuyendo la fatalidad de su destino, no tiene intención alguna de cambiar su actitud vital. ¿No es ese el antihéroe?




Zalacaín crece como uno de esos mozalbetes instruidos en la sabiduría elemental de los montes, extrayendo todo lo necesario para saber qué es lo realmente importante para él, y qué no lo es.

Y ahí estará su tío abuelo, Tellagorri, hombre vehemente y singular. Investido doctor honoris causa… por todas las tascas comarcales, habida cuenta de su envidiable sapiencia popular. En definitiva, una eminencia tan admirada por la concurrencia tabernaria, expectante de sus andanzas, como vilipendiado por las almas puritanas de esas villas brumosas debido a su apostosía, que vocifera a los cuatro vientos, no tanto de la fe cristiana como de sus mensajeros, los clérigos. Más que nada porque en el País Vasco de las guerras carlistas, éstos solían ser partidarios del monarca (salvo excepciones), y la sangre del abuelo circulaba por sus venas con ímpetu republicano, díscolo. Aunque solo fuera por eso tan vasco, dicen por ahí, de llevar la contraria. Pues como sea, es.

“Tellagorri explicaba todo detenidamente a Martín. Tellagorri era un sabio; nadie conocía la comarca como él; nadie dominaba la geografía del río Ibaya, la fauna y la flora de sus orillas y de sus aguas como este viejo cínico.” (p.19)

Hay en Tellagorri un evidente guiño autobiográfico, pues Baroja era un redomado anticlerical.





Volviendo a Zalacaín. Su licenciatura campestre y los impagables consejos y enseñanzas del abuelo, serán una escuela inmejorable para curtirse en un oficio de futuro tan poco halagüeño como… contrabandista de armas y lo que se terciara. Ya fuera para el bando republicano o para los carlistas. 

Él no abraza una causa o la otra, ni se siente especialmente vasco ni español, aunque no reniegue de dichas identidades, que todas esas confrontaciones pone en liza el genial Pío Baroja.

Zalacaín, paseando con su amigo, “el extranjero”, lo resume muy bien:

"(…) dando un rodeo salieron al paseo de los Llanos. Una campana de un convento comenzó a tocar…

-Juego, campanas, carlismo y jota. ¡Qué español es esto, mi querido Martín! –dijo el extranjero.

-Pues yo también soy español, y todo eso me es muy antipático –contestó Martín.

-Sin embargo, son los caracteres que constituyen la tradición de su país –dijo el extranjero.

-Mi país es el monte –contestó Zalacaín."

Ahí tenemos al héroe romántico, a su manera demostrará que lo es, turbio a los ojos ajenos, de una incontestable coherencia para su propio criterio.

Y como suele suceder con estos héroes; aunque acompañados de sus fieles amigos, pocos, siempre ansían secretamente la soledad. Buscadores de la gloria para un día o para la eternidad.

Zalacaín, joven osado, dejará que el sentimiento amoroso lo embargue sin darse a grandes tribulaciones existenciales, el amor viene y te toca… lo mismo que llega el viento otoñal y estremece las copas de los álamos.





Zalacaín, ya merodeando los veinticinco años, no es ningún intelectual, pero la naturaleza le ha dotado de una inteligencia viva y ágil, rebelándose más valiosa en su entorno que el más enciclopédico de los conocimientos.

Además, su condición de tratante con unos y con otros, le ha procurado buen uso de la palabra, y sus continuos viajes al País Vasco Francés y otras regiones francófonas cercanas, le confieren un aura cosmopolita opuesto al provincianismo de su pueblo y caseríos próximos. Todo un personaje, dicen los vecinos.

Zalacaín, como no podía ser de otra manera, tendrá un enemigo furibundo, Carlos Ohando, perteneciente a una familia pudiente de la villa, simpatizante de la causa carlista y hermano de Noelia… la prometida de Zalacaín.

Carlos ve en Zalacaín a un ser despreciable y agreste, un arribista incapaz de comprometerse con nada, no puede impedir que se vea con su hermana, y esto hace que lo odie con rabia incontrolada.

Sin embargo, Zalacaín, es incapaz de albergar en su ser tanta inquina y violencia hacia un semejante. En realidad es una persona muy noble, incluso desprendida de sí misma si tuviese que arriesgar su vida por otro.

En una palabra, todo el odio que corroe a Carlos se traduce en humanidad, no siempre visible, en el corazón insondable de Zalacaín. La violencia exultante de Carlos ante la bondad agazapada de Zalacaín. La cobardía del que grita más fuerte ante la valentía de quien aguanta estoicamente.

La esclavitud de quien se somete al honor frente a la libertad de quien piensa…

“Mi país es el monte -contestó Zalacaín-.”