P. Castillo

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viernes, 16 de febrero de 2018


La necesidad del arte. Ernst Fischer (Austria, 1899-1972)

Ediciones Península, 1973. Traducción de Jordi Solé Tura. Arte, ensayo, 270 pp.






“Todo arte verdadero ha invocado siempre una humanidad que todavía no existía.”

Más adelante regresaré a este fragmento.



La reflexión del pensador austriaco Ernst Fischer en torno a la cuestión que abre el ensayo “La necesidad del arte”, me ha resultado apasionante.

Ya el propio autor, marxista convencido, fue un intelectual deslumbrante. No hay más que repasar la red; “filósofo, político, escritor y periodista bohemio-checo de expresión alemana que vivió en Austria”.

Ministro de Educación en Austria, con el gobierno de Karl Renner. Figura destacada del Partido Comunista, que lo acabaría expulsando por oponerse a la invasión de Checoslovaquia perpetrada por la URSS.

Como doctor en filosofía fue un prestigioso teórico en el estudio de la Estética. Sus ensayos sobre arte, sobre todo pintura, música, cine, poesía y novela, fueron un referente en su época, de gran influencia no solo entre sus contemporáneos, también en escritores más recientes. Por ejemplo John Berger, afirmando que en parte debe su libro “Fama y soledad de Picasso” a la obra de Fischer, de quien se considera un entusiasta lector. Ratifico que el pintor malagueño tiene una presencia importante en este ensayo que presento, magníficas las palabras de Fischer sobre el Guernica.

Es innegable el peso de la utopía en su pensamiento, pues se ha curtido con las enseñanzas del socialismo utópico de Marx; es decir, la visión de una sociedad realmente libre sin la dominación de clases.

Bajo el ideal de esta visión final, Fischer va analizando y penetrando en el significado del arte. Su viaje comienza en el pasado más remoto, entre sonidos rítmicos de la naturaleza, piedras, unas manos hábiles para trabajarlas y, sobre todo, unos ojos ávidos de curiosidad por registrar el mundo y convertirlo en palabra, en figura, en imagen y en música, como hacía su adorado Mozart.




Y va pasando revista en una serie de capítulos, por citar algunos:


-Los instrumentos
-El lenguaje
-El poder de la magia
-El arte y la sociedad de clases
-El romanticismo
-El impresionismo
-El naturalismo
-Simbolismo y misticismo
-Giotto
-Brueghel
-Alienación
-El nihilismo
-El realismo socialista
-El mundo y el lenguaje de la poesía
-La música
-La deshumanización

Y omito varios igual de interesantes.


Dicho esto, el concepto de alienación marxista: «el proletario, desde el punto de vista capitalista, no es una persona en sí misma sino una mercancía», es una problemática que Fischer también traslada al arte de su tiempo. El arte ha perdido su sentido de unidad con el mundo para convertirse en objeto comercial producido en masa.


¿Necesitamos el arte?

Es evidente que quien sí lo necesita, en primera instancia, es el propio artista, pues sin tal necesidad no hay creación que valga.

Además es una pregunta que abre un debate de plena actualidad. Todos habremos asistido estos días a la polémica suscitada por determinados colectivos que, al fragor del movimiento “Me Too” y necesario donde los haya, exigen la revisión y retirada de algunas obras de arte, no ya modernas, sino de cualquier periodo, por considerarlas denigrantes hacia la mujer. Y esto último me parece un auténtico disparate abanderado por un puritanismo trasnochado, no conviene mezclar las cosas.

Regreso a la pregunta. Supongo que para todos los que estamos leyendo esto, la tentación de decir SÍ a las primeras de cambio es grande. Pero el arte siempre fue asunto escurridizo, una de esas viejas incognitas cuya definición nunca se termina de consensuar en su ya larga historia. Intuimos la necesidad de algo (el arte) sin saber muy bien qué es eso, lo que tiene su miga…



Dichas impresiones conectan con las primeras líneas del libro:

“ «La poesía es indispensable, pero me gustaría saber para qué.» Con esta encantadora paradoja Jean Cocteau resumió la necesidad del arte y, a la vez, su dudosa función en el mundo burgués contemporáneo.» ”

Quizás nuestro reparo inicial para responder con seguridad tenga que ver con el halo mágico, por tanto volátil, que ha envuelto al arte desde sus inicios. Esa “magia” es la fuente original, formada por la particular visión de los brujos y chamanes que pretendían aplacar el miedo de la tribu y dar un sentido de unidad y cohesión a su clan, cuando afuera de la cueva todo era caos, viviendo en el desafío de comer y ser comidos. Terrible dualidad.

El arte, por supuesto, expone y nos sitúa frente a nuestras paradojas. Vamos con una buena. El sentido de unidad tribal que conseguía el brujo mediante lo ritual, y demás parafernalia e invocaciones a vaya usted a saber qué… (todo ello es la “primera magia”), pertenece a la esencia inicial del impulso artístico, un incitador remoto a modo de “gen creador” que ha permanecido inalterable en el tiempo.

Un primitivo e íntimo deseo de unidad que no deja de estar ahí, y sin embargo vemos hoy, cuando ya no hacen falta brujos para calmarnos en el estruendo de la tormenta, como el artista y su trabajo son también la expresión del individualismo más radical, la soledad del creador encumbrada a los altares. El artista hace muchísimo que huyó de la tribu. Pero es el clan quien alimenta su íntimo deseo de crear.

En el fondo pinta un cuadro, o escribe un poema para ser uno con el mundo, aunque la idea se presente como una posibilidad de abandonarlo, habitar otra realidad.



Una fijación que el filósofo austriaco nos ilustra con la actitud de Flaubert para afrontar su obra:

(…) en realidad, su aparente imparcialidad equivalía a un odio colosal contra la sociedad burguesa en general. (…)

El resultado fue una desilusión total sobre los seres humanos, sobre la humanidad:

«La inmutable barbarie de los hombres me produce un tremendo dolor… la inmensa aversión que siento por mis contemporáneos me lleva hacia el pasado…»

Lo único que queda es esto:

«Para el artista no hay más que una cosa: sacrificarlo todo al arte. Debe ver la vida como un medio y nada más, y la primera persona que debe rechazar es él mismo… La tierra tiene límites, pero la estupidez de la gente es ilimitada.» 

La consecuencia de esta actitud es la desesperanza, la profunda desesperación de madame Bovary: intenta refugiarse en un mundo soñado de histeria romántica, pero el medio en que vive se niega a concederle la libertad y la estrangula con una cruel determinación." 

No puede escapar, el artista lleva sellado en el alma un pacto de armonía, igual que lo tenían sus hermanos de la caverna, con todo lo bello y lo atroz que ofrece, ofrecía, la vida fuera de la cueva. Eso está ahí.




El argumento de la huida en la obra del artista nos lo deja Fischer en varios lances del ensayo, por ejemplo:

"El tema de la huida reaparece constantemente en este proceso de desocialización del arte y la literatura. (…)

Hemingway revela la técnica de esta huida de la realidad con especial claridad en las quince narraciones de In Our Time.

Entre las diversas narraciones intercala breves párrafos en los que recoge los acontecimientos catastróficos de nuestra época –guerra, asesinatos, torturas, sangre, terror, crueldad, todo lo que los oscurantistas modernos intentan apartar diciendo que «la historia no tiene sentido»; las narraciones consisten en una serie de incidentes sin importancia ni contenido, que ocurren al margen de lo que realmente mueve al mundo; al mismo tiempo, este «AL MARGEN», este «MÁS ALLÁ», se considera la única existencia real.
Una de las narraciones, de gran contenido poético presenta al personaje, Nick, plantando su tienda de campaña, solo en la noche:

«Arregló su campamento. Ya estaba instalado. Quedaba lejos de todo. Era un buen sitio para acampar. Había encontrado el lugar preciso. Allí estaba su hogar… Afuera estaba muy oscuro, había más luz en la tienda.»


En cierto sentido (…) refleja también la filosofía del hombre que huye de la sociedad. Enciérrate en tu tienda de campaña, lejos del mundo. Ninguna otra salida vale la pena. El mundo es oscuro. Entra en la tienda. Hay más luz dentro."



¿Y qué dice Fischer sobre la gran pregunta? pero antes veamos como expone la situación de su época (y la de ahora…):

Ulrich, el «hombre sin atributos» (novela de R. Musil), señala que en el pasado «era más fácil que hoy tener conciencia de ser hombre». Cree que en la actualidad la responsabilidad «tiene su centro de gravedad no en el ser humano sino en las relaciones entre objetos…» Y en otro lugar habla de: «… La sequedad interior, la pavorosa mezcla de atención por los detalles y de indiferencia por el todo, el inmenso abandono del ser humano en un desierto de detalles…»

Un fantasmagórico anonimato lo envuelve todo. Los nombres abreviados de las grandes empresas y organizaciones son como jeroglíficos utilizados por alguna fuerza misteriosa. El individuo se enfrenta con máquinas enormes, incomprensibles, impersonales cuyo tamaño y poder le revelan toda su impotencia. ¿Quién decide? ¿Quién está a cargo de todo? ¿A quién podemos dirigirnos en busca de justicia y ayuda? Éstas son las preguntas que se plantean una y otra vez en El proceso y El castillo, las grandes obras de kafka. (…)

La burocracia es un elemento esencial en la alienación del hombre respecto a la sociedad. Para el burócrata no hay relaciones humanas; solo hay archivos, es decir, objetos. El hombre se convierte en una ficha. Un hombre muerto se identifica con un número de índice. Ni siquiera cuando el hombre es personalmente acusado y juzgado pasa a ser persona, no es más que un «caso».



Y entonces Fischer afirma lo siguiente para decir; sí, claro que lo necesitamos:

En un mundo en que la concentración del poder es tan enorme y en que el funcionamiento de este poder es tan oscuro, muchas personas se inclinan a creer que su decisión personal no cuenta para nada, y capitulan, por tanto, ante el «destino». (…)

Si la salvaguarda de la paz es la gran tarea común –y todo parece indicarlo-, el arte socialista no debe concentrar su atención únicamente en los países socialistas, sino que debe hablar al mundo entero y aportar así una contribución esencial al arte universal. Las obras de Gorki, Maiakovski, Isaac Bábel, Tolstoi, Eisenstein y Pudovkin tienen una significación inmensa para un vasto público no socialista, y viceversa, Chaplin, De Sica, Faulkner, Hemingway, García Lorca y Yeats, son muy apreciados en los países socialistas. Pertenecemos a sistemas sociales diferentes, nuestros objetivos y nuestras ideas son distintos, pero vivimos, en definitiva, en el mismo mundo. Y nuestro mundo tiene necesidad de de literatura rusa y de la norteamericana, de la música rusa y de la francesa y la austríaca, de las películas japonesas y de las italianas, británicas y soviéticas. Tiene necesidad de los modernos pintores mexicanos y de henry Moore, de Bretch y de O´Casey, de Chagall y de Picasso. La lucha política entre los dos sistemas continuará. Pero la condición es que se desarrolle en la paz y no en la guerra. Una de las grandes funciones de la literatura y el arte contemporáneo consiste en que los hombres de uno y otro lado no hablen ya en el vacío sino que comprendan los problemas, los fines y los deseos recíprocos. (…)

«De acuerdo –puede decir mi invisible oponente- Usted ha dicho que la misión del arte consiste en ayudarnos a nosotros, criaturas semihumanas, fragmentarias, miserables (…) a ser personas. Pero ¿qué ocurre cuando la sociedad garantiza por sí misma una vida verdaderamente humana? Todo arte verdadero ha invocado siempre una humanidad que todavía no existía. Cuando la hayamos alcanzado, ¿de qué servirá la magia fáustica?»



Las preguntas de este tipo están inspiradas por la esperanza ingenua -o por el temor- de que el progreso humano alcanzará algún día su objetivo final: la felicidad universal, la realización de todos los sueños, el cierre del ciclo de la historia. Pero cuando se llegue a esta fase no habrá terminado más que la prehistoria de la humanidad; el hombre no será condenado jamás a la inmovilidad sino que seguirá desarrollándose. Siempre querrá ser más de lo que puede ser, siempre se revelará contra los límites de su naturaleza, siempre luchará por superarse, siempre aspirará a la inmortalidad. Si el deseo de ser omnisciente, omnipotente, universal llegase a desaparecer algún día, el hombre dejará de ser hombre. Siempre tendrá, pues, necesidad de la ciencia para arrancar a la naturaleza el máximo número de secretos y de privilegios. Y siempre tendrá necesidad del arte para sentirse bien no solo en su propia vida sino en aquel sector de la realidad que su imaginación le dice que todavía no domina. (…)

El arte no desaparecerá mientras no desaparezca la humanidad.”

Y a mí me surgen preguntas.

¿Quién necesita entender el mundo?

¿Por qué uno quiere volar a millones de años luz de aquí?

¿Acaso no están los mismos brujos en otra estrella lejana? ¿Tratando de calmar a su clan en esa oscuridad infinita donde flotan los planetas?

Bien mirado desde donde estoy, a ras del suelo, aquello lejano y extraño de allá arriba es un grandiosa obra de arte, pero esa se ha fugado incluso del tiempo, la luz de las estrellas viaja sin nuestro pasado, presente y futuro. Viaja.



Quizás no haya más sentido en todo esto que buscar un sitio con la mirada a donde escapar, y a su vez nosotros seamos mirados como posibilidad habitable por algún artista sideral. Todos sueñan con un mundo que no les pertenece, y se lanzan poesías al viento para que vuelen lo más lejos posible, elevándose hacia una inmensidad tan extraña que todos sus astros podrían caber en un poema, y gravitan en un espacio sin formas sobre el fondo, y sin fondo sobre las formas.



Aunque yo leí otro libro que decía no haber huida más remota y solitaria que al interior de uno mismo…