P. Castillo

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sábado, 21 de enero de 2017


Viento del norte. Elena Quiroga (Santander, 1921 – La Coruña, 1995)
Libro. Ediciones Destino, 1960. 278 páginas.




Cruzando uno de esos puentes, maravillosos por cierto, que muchos libros tienden hacia otros, llegué hasta el “Viento del norte”.

Lo posibilitó una obra antológica con relatos de relevantes escritoras españolas que publicaron entre 1939 – 1969.

Es un libro que tengo en casa, estaba curioseando entre la sugerente nómina de autoras y se cruzó Elena Quiroja.
Sabía que por ahí tenía el título que os presento, y me apetecía cambiar el aire sucio y viciado  de Tirana (tras leer “Una nulidad de hombre”, de Fatos Kongoli), por el aire claro, fresco y aromatizado con eucaliptos y mar de Galicia.

Casi nunca  planifico mis lecturas, suelen venir por éste u otros laberintos, me gusta más así.

La verdad es que cualquier autora de las que aparecen en ese “libro puente” merece un acercamiento atento, mirad el plantel literario, cada una con su relato (y fotografía con la semblanza):




Elisabeth Mulder (sí, era de aquí, nacida en Barcelona)
Carmen Laforet
Elena Quiroga
Carmen Martín Gaite
Ana María Matute
Rosa Chacel
Josefina Rodríguez de Aldecoa
Dolores Medio
Marta Portal

De todas ellas tengo libros por casa, una suerte sin duda.

Viento del norte comienza su andadura como un río recién nacido en algún risco recóndito, un tímido hilillo de agua que se desliza por los recovecos de una roca, y luego por otra, apenas humedece unas hierbas por aquí y por allá, esa maravillosa melodía cristalina  es ahora un débil susurro, ¡pero , ayy amigo! desconfía de esa mansedumbre, lo que ahora es cándido y apacible tornará en una fuerza colosal de la naturaleza, un río de ingente caudal, avanzando imponente hacia su abrazo con el mar.

Soy un lector, por buscar una definición que me ataña como tal, que avanza en la narración contra viento y marea, no suelo tirar la toalla. Sé bien lo que me digo, algunas de la sorpresas más espectaculares, en el buen sentido, me las han proporcionado libros que parecían empeñados en hacerme caer, o tal vez al revés.

Es decir, puede que la historia, el estilo y otras consideraciones me planteen ciertas dudas iniciales… Pero yo sigo, repito, contra viento y marea, dos elementos, además, bien presentes en el libro. Obra premiada con el Nadal en el lejano 1950.




La narración arranca al son de la aldea gallega, la Galicia profunda de los pazos señoriales y sus sirvientes. La escritura transita por una engañosa ingenuidad y candidez hasta el ecuador de la historia.
Un preámbulo tal vez largo, no digo yo lo contrario, pero tiene su “por qué”, y Elena Quiroga irá justificando ese “por qué”.

Es fácil dejarse llevar por las apariencias, pero esa sentencia que reza; nada es lo que parece, adquiere categoría de axioma en manos de Elena Quiroga, escritora con mucho oficio y reconocida calidad. Lo afirmo rotundamente.

La autora nos sitúa ante un discurso y escenario que a priori se antoja predecible, como si al abrir el libro y leer página tras página concluyéramos que quiere vendernos una especie de Arcadia, lugar idílico de bucólica sencillez, donde reinan los días de vino y rosas.

Pero los vientos… los vientos son impredecibles.

Puede parecer que la novela está impregnada de cierto pintoresquismo, o costumbrismo, característica, pienso yo, injustamente desprestigiada hoy en día. “El lazarillo de Tormes” está plagada de escenas costumbristas… ¿Es una mala novela? Si no es suficiente, tranquilos, Elena Quiroga evita la mitificación del tópico, tiene recursos de sobra.

En un lugar como Galicia es imposible renunciar a la fuerza de lo telúrico, ese elemento terrenal, geográfico, que cincela el carácter de sus habitantes y del cual se nutrió memorable literatura de allá.

Hay buenos ejemplos, por citar unos pocos, “El bosque animado” (W. Fernández Flórez), “La hija del mar” (Rosalía de Castro), y no puedo olvidarme de otra ambientada en dicha atmósfera, entre mística y realidad, “Los pazos de Ulloa” de Emilia Pardo Bazán, publicada en 1886, por tanto antecesora de la que nos ocupa.

Pero ese influjo telúrico, tratándose de Galicia, es excepcional. Estamos en tierras de los ancestros celtas y sus castros, la íntima relación con la naturaleza, la veneración que profesaban a los árboles, los ríos, etc, ha permanecido anclada en el alma de los gallegos, reflejándolo en su literatura con la destreza que se realiza lo connatural a uno.
La naturaleza y lo sobrenatural subvertido a la literatura.




Así, tienen relevancia y no son mero aderezo elementos como:

El orballo, como llaman en Asturias y Galicia a esa lluvia fina y persistente que perpetúa el verdor de sus paisajes.

El Tumbaloureiro, precioso galicismo, referente, precisamente, al viento fuerte del norte o vendaval que penetra por el litoral. Es una palabra compuesta; tumbar: hacer caer algo, derribar. Y loureiro: laurel.

Derribar al laurel…  adquiere un profundo simbolismo en esta historia.

Y claro, los helechos, los tilos, los eucaliptos, las vides, los manzanos, el barro de los caminos, los acantilados encrespados y violentos…


Marcela, la protagonista indiscutible.
Ella es una sirvienta cuya madre, joven moza y sirvienta a su vez, la parió entre el secreto y la vergüenza “del pecado”, y corrió esta moza fuera de ahí, de las fincas, de los montes, del horizonte, corrió tanto que nunca más volvió al pazo.

Sin padre conocido, Marcela, la rapaciña, crecerá bajo el cariño incondicional de Ermitas, vieja algo alcahueta y ama de llaves de don Álvaro, éste es algo más que señor del pazo, un hombre noble, solitario, esencialmente bueno. Entregado a su gran pasión, historiar una obra monumental que recoja el trasiego de peregrinos en el Camino de Santiago, sus leyendas, todo lo que acuda a su cabeza. Los libros, su gran pasión.

“Reprochávanle sus propios criados su apatía y su excesiva bondad, que adolecía de ambas cosas. Siempre que en algún disgusto le tomaban como mediador –y esto era continuo-, Álvaro procuraba suavizar asperezas y favorecer a ambas partes (…) unos y otros se marchaban, sacudiendo la cabeza: “Te es un bendito.”

No era un bendito Álvaro, era un hombre de bien a quien el íntimo y continuo contacto con la tierra, y los árboles, y la umbría paz de los ríos, habíale revestido el alma de secreta fuerza, y un pensar siempre dilatado, no concediendo importancia más que a los actos trascendentales de la vida: el nacer y el morir.” (p. 15)

Inmejorable forma de describirlo.

Sus jornaleros y jornaleras viven, como era costumbre, dentro del latifundio formado por las fincas, una reminiscencia del feudalismo traslada a los modos y roles algo más humanos del siglo XX.

Bajo el brazo protector de Ermitas y la benevolencia de don Álvaro se criará Marcela, solitaria también, y recelosa por la mirada envenenada del resto de sirvientes, cuando no el desprecio… “Esa Marcela es cosa de meigas”, dicen por haber nacido de esa guisa. Ya está señalada siendo una bebé.

Marcela es una niña parca en palabras, ruda y áspera en el trato, encantadora en su natural forma de entender la vida, no se arredra en las duras labores del pazo, incluso disfruta en ese mano a mano del trajinar en el campo… aunque siempre conserva un poso de amargura que le hace estar ausente. Y en su aparente simplicidad entrevemos un ser complejo.

Ese misterio insondable que alberga en su interior la convierte, con los años, en un ser especial a ojos de Álvaro. Y la rapaciña se irá transformando en una hermosa mujer, que por su carácter indomable alimentará el deseo de los sirvientes, y el amor, a fuego lento, en el corazón de Álvaro, sentimiento al que trata de resistirse con todas su fuerzas, no será posible. El señor Álvaro está jovial y sano a sus cuarenta y tantos años.

Un hecho crucial cambiará todo. En un acto festivo del pazo, Álvaro y Marcela, ésta más bien empujada por Ermitas, bailan juntos, se agarran, se separan, pasan las manos por sus cinturas, se entremezclan sus sudores…

La muchacha, aunque algo aturdida por la situación, se divierte al fin y al cabo, no todo va a ser enfangarse los pies en la huerta.
Álvaro se embriaga del aroma campestre de Marcela, de sus ojos, de su cuerpo… sabe que ya está derrotado.

Ella, ingenua y ruda, no sabe nada. Qué contrariedad… el pazo entero, sin embargo, se dice a sí mismo que ya saben todo. Pero, ¿el qué? Si ella solo ha estado un rato divirtiéndose, azorada eso sí, que bailar con el señor impone.

Da igual, el mal ya está hecho, la inquina de que es objeto por parte de sus compañeros de fatigas ha encontrado la excusa perfecta para condenarla… ¡esa bruja! vociferan las mujeres.

Incluso Álvaro, por primera vez, siente la mirada escrutadora de sus trabajadores, no soplan buenos vientos, especialmente para Marcela.
Los pocos que la estiman, empezando por Ermitas y Álvaro, saben que tiene que abandonar el pazo. Solo hay dos opciones, no regresar nunca, sabiendo que para la muchacha el pazo es su mundo, que fuera de sus campos y montes se marchitaría de pena. Y la otra opción es regresar pero… solo puede hacerlo como esposa de Álvaro. Idea descabellada para todos, y en cierto modo para Álvaro, pero… ¿Y perderla para siempre?




Y regresará, sumida en el desconcierto por la inminente unión, después de pasar varios meses como “educanda” en un convento de la ciudad, cuando ya estaba a punto de volverse loca ante la falta del horizonte limpio de “sus campos”, del aire con sabor salado y humedecido por el mar, allá en el pazo.

Y Álvaro mostrará una paciencia infinita, a nada la fuerza, a nada la obliga, la tratará con un tacto como no conocía Marcela, con una bondad y generosidad… pero todo eso se choca contra los silencios de su esposa, contra sus monosílabos, contra su rudeza, hay algo salvaje y primitivo en Marcela que se abre como un abismo frente al mundo culto y educado de don Álvaro.

Y sin embargo, en su fuero interno, ella quiere ser su esposa, pero no sabe serlo ni estar en ese “lugar ajeno” desde el que contempla, extrañamente  erguida, ya sin doblar los riñones, a los demás, agachados, como hace poco estaba ella en la tierra recogiendo el maíz, pisando las uvas con los pies desnudos… qué maravillosa sensación, piensa.

A ella le gusta hacer eso, mancharse las manos con la tierra y olerla. Ya no podrá, sería el hazmerreír.

Así es su matrimonio, incluso con la llegada del hijo, adorado por Marcela, quizás por lo que ella no tuvo. Y por Álvaro.

Lo que uno obra desde un íntimo convencimiento de ser lo correcto, lo adecuado para no levantar suspicacias, no contrariar a los otros, y la percepción que tienen los demás, cuando ésta (la percepción) llega hacia ellos por un camino extraviado, acuciada por un sinfín de consideraciones, variables y corazonadas que desvirtúan en origen la verdadera intención de su parecer. Esa es su relación, duermen bajo la misma sábana… pero nunca se encuentran.

Marcela es fascinante, sus frases en toda la narración no ocuparían más de una página, pero… ¡se come al libro! Tiene una presencia arrolladora, su mutismo es un mundo inabarcable por el que te precipitas sin tocar fondo.

Es impresionante que Elena Quiroga consiga tanto con tan poco, y uno advierte que ha puesto toda la carne en el asador en pos de Marcela. La adoras y acto seguido la apartas espantado, su mente es tan difícil de sondear como sus silencios, magistral planteamiento psicológico el que despliega Elena Quiroga sobre ella.

Pero también Álvaro tiene un recorrido psicológico en el que se muestran todos sus claroscuros. La progresión de ambos protagonistas, revela la brillantez de la escritora a la hora de confrontar dos actitudes ante la vida, muy próximas en su valoración de las cosas sencillas.

Entonces… ¿Por qué media un universo entre ellos? Me parece un reto poner luz en esta cuestión, veamos, sus caminos llevan direcciones opuestas, Álvaro nació reconciliado con la vida, pero a medida que pasan los años siente vértigo ante el vacío existencial en el que se observa.

Marcela ya nació en el vacío, vilipendiada por la vida, solo ahora, mil obstáculos después, tiene un sincero deseo de reconciliarse con la vida.

Ambos han ido corriendo a fundirse en un abrazo… tomando caminos inversos. Nunca se encontrarán.




¿Por qué, Marcela?

¿Por qué me dejas así, al cerrar el libro?

¿No viste que yo te alentaba con todo mi ser, que corría contigo, impulsados por esa fuerza salvaje del viento… del viento del norte?

Viento del norte, que se atisba apocado en el umbral del horizonte, apacible como si con él no fuera la cosa y, cuando te das cuenta, una vez que lo tienes encima, irrumpe envalentonado y contundente, apabullándote con su ulular primitivo, estremecido ante sus violentos embates.

Tumbaloureiro… qué bella palabra para tan violenta aparición.