P. Castillo

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martes, 8 de enero de 2019


De  las chanclas y las bermudas a la bufanda y gorro de lana en cuestión de horas... lo que dura un vuelo transoceánico. Y
algunos escritores, casi todos del Perú.



Con Vargas Llosa recalando en una hermosa playa de la costa peruana, en aguas del Pacífico, 2 de enero de 2019. Foto Paco Castillo.


Por aquí estamos de nuevo, retomando la senda en el gélido enero de 2019. Espero que hayáis disfrutado de estos días festivos sin sobresaltos y con salud. Lo que no es poco.

Recién aterrizado en España y ya estoy bregando con severas heladas matinales y temperaturas bajo cero, lo habitual en esta época para mi localidad, en el noroeste de la Comunidad de Madrid, a poco más de 30 minutos en coche dirección a la Sierra del Guadarrama (es lo que tardo en llegar al Puerto de Navacerrada sin atascos).

Esto no debería impactarme salvo que un servidor acabe de venir de la costa sudamericana en el Pacífico, concretamente Perú. Allí, justo ahora, comienza el verano.

Estación que la familia estrenábamos hace apenas una semana, bañándonos en una inmensa y bonita playa del litoral peruano, la que abre esta entrada (aunque de aguas fresquitas, como las del Cantábrico), así que el recuerdo de mi cuerpo embadurnado con protección solar, las bermudas, chanclas y camiseta es reciente.



Llegando a la impresionante playa de Huaral, población a 80 kms al norte de Lima.



Una cholita serrana (usando sus expresiones locales, viene a ser campesina de Los Andes), echándole ganas a un partidillo de fútbol playero, la vestimenta tradicional (en este caso de color verde y morado), el sombrero y la trenza al viento no son obstáculo ante el entusiasmo de la mujer, de las mujeres mejor dicho. Si os fijáis bien la iniciativa de la contienda la llevan ambas frente a sus oponentes masculinos. Estaba interesante el lance.


Estrechas cascadas precipitándose por los acantilados de la playa.


Son imágenes casi de ayer mismo que retengo mientras dejo la bufanda y el gorro de lana en el sofá de casa, regresando de comprar el pan tempranito, a esas horas en las que inhalar el aire reinante se asemeja a chupar un cubito de hielo.

Lo curioso es que también he padecido el “invierno” en el norte del Perú, pegados a Ecuador, donde está el pueblo de mi mujer. Allí estamos la mayor parte del tiempo cuando visitamos el país, lo que agradezco. 


Autofoto. Paseando por los valles de Cesara, caseríos mucho más abajo. A primeras horas de la mañana siempre te envuelven las brumas. Llevo mis prismáticos por si me encuentro algún tucán, colibríes o loros, por aquí se pueden apreciar con cierta facilidad.


Allí es temporada de lluvias, son precipitaciones torrenciales a diario, de diciembre a marzo. Las temperaturas suelen mantenerse entre los 12º o 15º grados positivos, pero al llover tanto la sensación térmica es dos o tres grados menos. Bueno, es bastante soportable comparado a nuestro país. Un chubasquero ligero, que además abrigue un poquito es perfecto. Para ellos es el “invierno”, a diferencia de lo que acontece 1300 kms al sur, en Lima la capital, donde empiezan a disfrutar del verano con todas las de la ley.



Leyendo un pasaje de lo más pertinente para lo que estoy haciendo, una buena ascensión por las cumbres de Cesara, sorteando un camino de cabras, literal. Se trata de "Escalada", uno de esos libros "de culto", al menos así lo estimaban colegas como Max Frisch, Friedrich Dürrenmatt o Peter Handke, que fue escrito por el enigmático Ludwig Hohl (Suiza, 1904-1980).



"Escalada" acompañada de chocolate peruano con quinua y sal de maras, un complemento excelente y delicioso para resistir la subida en estos repechos, por altitudes que ya se están o sobrepasan los 3000 mts.



Al hilo de estas escapadas montañeras que comento, acabo de leer en El País sobre la muerte trágica de tres jóvenes montañeros españoles y su guía peruano en la zona de Huaraz, el pasado domingo. Es un lugar que frecuenté hace casi veinte años (ni siquiera conocía a mi mujer). Han sufrido una avalancha cuando descendían del nevado Mateo, un pico de 5. 150 mts altitud. Una pena, desde luego.

Por donde yo estaba no son tan altas, entre 1700 y 3300 metros de altitud, pero ya son cifras interesantes, y a pesar de que conozco bien las rutas, son años pateando por ahí, uno ha de tener prudencia y la cabeza en su sitio, la bruma es un enemigo jodido en la montaña.





Cesara diminuto en la lejanía, por la derecha. Las nieblas se van como han llegado, raudas. Con otro insigne peruano, César Vallejo, libro que compré estando por Lima.




Con Julio Ramón Ribeyro y sus Cuentos, asomándonos desde la casa de nuestros anfitriones limeños a uno de los distritos más renombrados en la capital, no es otro que El Callao, ampliamente retratado por Ribeyro en sus obras. Del "invierno" lluvioso en Los Andes del norte al verano de Lima.





Este es otro de los libros que adquirí en Lima. Suelo traerme a algún autor peruano desconocido para mí. Es el caso de Jerónimo Pimentel y su novela La ciudad más triste (sobre Lima, ¿cuál si no?). Paseando por alguna "cuadra"/calle de Lima, al fondo una "mototaxi" y puestecillos callejeros de comida. Muy limeña estampa.




Los mercados limeños, Lima en general, son un festín para los sentidos y un desafío para... según que tipo de escrúpulos europeos. Bueno, eso que vemos tampoco es para tanto. Llenando la cesta para preparar una comida criolla. No sé si la escena os parece un poco deprimente... no va mal con el enunciado de Pimentel. Pero la cocina peruana es un deleite. No todo va a ser triste, como nos dice el autor.




Disfrutando por "mi pueblo" andino. Nunca me falta el ensayo, lo necesito para cambiar las tornas lectoras de vez en cuando, mitigar la sobreexposición literaria centrada en Perú, son cosas mías.

Historia de la imaginación viciosa, un ensayo interesantísimo del filósofo y crítico literario Elémire Zolla, hombre de una cultura deslumbrante (Italia, 1926-2002).


Me he traído a mis particulares aliados andinos; infusiones y hierbas inencontrables acá la mayoría, todo sea para combatir a los temibles enemigos invernales; resfriados, gripes y demás compañías indeseables.

Empezamos con unas infusiones muy interesantes, mezcla de diferentes hierbas andinas con múltiples propiedades.




Un brebaje muy arraigado en Perú, mencionado en la literatura de Llosa, Ribeyro, César Vallejo, etc, etc. Un revitalizante mate con hojas naturales de coca.



Ejem, reitero que aquí todo es natural, nada que ver con el procesado químico de la hoja… cuyo resultado ya conocéis.



Una infusión con hierbas de Phyllanthus niruri, popularmente conocida con la curiosa denominación de Chanca piedra.





Otra infusión con la planta del Mollicum de Desmonium, los quechuas la designaban con el bonito nombre de Manayupa.





Esta también es muy apreciada para preparar un delicioso té de Los Andes, se trata de unas plantas típicas de las altitudes andinas y los ríos de montaña, un preparado a base de Muña- Culén (en realidad dos plantas), así llamada por los andinos.



Un alimento imprescindible, si uno pretende salir indemne pateando los riscos, es el chocolate peruano, preferiblemente negro o combinado de forma deliciosa con quinua, como el que os he mostrado, aquí también con Ciro Alegría.


U otro de tamaño XL para largas caminatas. Aunque el nombre confunde algo acerca de su origen...





Lógicamente, trantándose de mi familia política no me podía faltar el café, todos se dedican a su cultivo y venta a los mayoristas. Tienen sus cafetales en las alturas de la sierra, la misma donde se ubica el pueblo, Cesara, la climatología y altitud de estos pueblos son ideales para el codiciado producto.

Café cultivado por la familia de Araceli, éste exactamente es de la producción y cosecha del Tío Felipe. Es un café de extraordinaria calidad.

Poseen fincas (chacras como dicen) de unas pocas hectáreas, no penséis que son magnates o algo parecido, es gente campesina que vive del preciado grano. Sus ganancias les permiten una existencia sin sobresaltos, aunque dura por el propio trabajo. 





Gerardo me decía en su comentario que no  estaría mal ver un cafetal... y es verdad que no lo había mostrado. No sé si tendré alguna foto reciente, pero pongo esta del 2015. Ahí tenéis a uno de mis cuñados, Wilmer, hermano de mi mujer. Lo fotografié mientras llegábamos a su chacra (finca), a la derecha ya podéis observar la planta del café, que se extiende bastante más hacia la derecha. Estar en el cafetal es una experiencia especial para quien no lo conoce. Solo se puede transportar el grano con los burros, es imposible meter cualquier vehículo motorizado por esas sendas estrechas de tierra, y en parajes tan escarpados, en plena montaña.

Las rentas son suficientes para mandar a sus hijos a la Universidad. Pero llevan una vida austera sin la sofisticación y comodidades de una ciudad (tampoco parecen necesitarlas), es lo propio en el campo, sin más.

En estos caseríos y pueblos cercanos todo el mundo se dedica al cultivo del café, la mayoría de estos humildes cafetaleros están agrupados en modestas cooperativas agrícolas con el fin de vender mejor sus cosechas. Hasta el mismísimo pueblo y las plantaciones suelen recalar grupos de comerciantes extranjeros, mayormente alemanes, escandinavos, canadienses, norteamericanos o japoneses. Son empresarios de la industria cafetalera que llegan para comprar la producción, pagan al contado. También vienen empresarios colombianos a adquirir este producto... muchos lo etiquetan como colombiano.

Españoles, que yo sepa, no. El café de Cesara y alrededores, como la vecina población de San Ignacio (la más grande por estos pagos), tiene un merecido prestigio internacional. No en vano ha sido reconocido por diversos gremios cafetaleros de otros países con la distinción del mejor café del mundo, las últimas veces fueron en 2015 y 2016, ahí es nada.

El tío Felipe es un rudo cafetalero de 82 años, patriarca del clan familiar de mi esposa (mis suegros fallecieron hace muchos años). Cosecha uno de los mejores cafés en San Ignacio, localidad en la que es sobradamente conocido.

Siempre nos recibe con un buen montón de paquetes para llevarnos a España, igual que los hermanos de mi mujer en el pueblo de Cesara. Obviamente no podemos transportar todo lo que nos regalan, necesitaríamos varias maletas más, pero venimos con un cargamento respetable.

¡Mi despensa bien aprovisionada!

Os aseguro que cada paquete de este café tendría un precio prohibitivo en España dada su altísima calidad, obtenida gracias a un proceso totalmente artesanal, incluso el secado del grano es al aire libre, con la fragancia de las montañas repletas de  vegetación exuberante, en un ambiente sin contaminación.

Esto proporciona un equilibrio aromático perfecto entre intensidad y suavidad. 

Ya habéis visto que el marco para mis lecturas ha sido espectacular, esto ya lo intuíais claro. Dicho todo lo anterior, tenía pensado centrarme en mi aparición con un escritor que me entusiasma, el peruano Ciro Alegría.

Pero me doy cuenta de lo extensa que ha resultado esta entrada, lo prudente será traeros a Ciro en la siguiente publicación. Será muy pronto. Me alegro de estar por aquí.


Paseando por "la avenida principal" del pueblo andino. Parece que uno de los protagonistas caninos de Ciro ha decido explorar el mundo exterior por su cuenta.



viernes, 7 de diciembre de 2018


¿Cómo le va, gringo…?




El próximo miércoles estaré surcando el cielo con destino, una vez más, a mi querido Perú.



En la fotografía superior me podéis ver en la calle de los libreros limeños con más solera, El Jirón Quilca.
Y por supuesto leyendo a Vargas Llosa, La tía Julia y el escribidor. Pero, para rizar el rizo, estaba ojeando el pasaje que alude a esa misma calle (o cuadra, como dicen allí). Un experiencia increíble, como ya conté en el blog. Un joven Llosa solía deambular entre estas mismas destartaladas librerías, aquí saciaba su voracidad lectora haciéndose con algunos ejemplares a módico precio, y de paso charlaba con los libreros.
Los libreros fueron desplazados de Quilca en 2016, de nada valieron sus protestas,  hacia otro lugar decidido por el Ayuntamiento.




Jirón Quilca, una librería a la derecha, un artista callejero a la izquierda, estaba retocando un busto de escayola, y yo con mi libro curioseando e investigando callejuelas a tenor de lo leído en "La tía Julia y el escribidor". Escenas de Lima.
                                              

Viajaré con mi mujer (ella es la peruana, aunque nacionalizada española hace varios años), y nuestras dos hijas a pasar un mes con parte de mi familia política, celebrando la Navidad y dando la bienvenida al nuevo año desde el océano pacífico.


Esta visita navideña era un deseo largamente ambicionado por mi mujer, Araceli. Hemos ido en varias ocasiones pero, ya fuera por unos u otros motivos, nunca habíamos conseguido viajar en Navidad. Por fin lo haremos. 

Será un largo trayecto, no solo desde España hasta allá (12 horas de vuelo seguidas sin escalas), sino dentro del propio Perú, pues habrá que sortear enormes distancias interiores. Desde Lima hasta las remotas serranías andinas en el norte, pegados ya a Ecuador, alejándonos de la costa y enfilando el paisaje amazónico, territorio de “ceja de selva, como lo denominan por allí, pero aún rodeados de colosales montañas.

Perdido entre esas estribaciones que surgen de la Cordillera de Los Andes, está el pueblo de Araceli, Cesara (curioso nombre), en la región cafetera por excelencia del país y casi del continente… pues, ahora que no nos oyen, y porque yo mismo he sido testigo directo de este hecho, conocidas empresas colombianas se acercan por estos pueblos peruanos a comprar el mejor café de Sudamérica, pero luego lo etiquetan como producto cafetero colombiano de calidad suprema. Estas andanzas también nos suenan en España con el aceite de oliva andaluz y su etiquetado italiano, pues eso, los teje manejes mercantiles.  



Ahí está el pueblo, Cesara, a 1300 kms de Lima, incrustado en las montañas, unos valles preciosos. Es un característico villorrio cafetero en los Andes norteños, a una altitud aproximada de 1600 mts sobre el nivel del mar (desde donde tomé la foto ya había rebasado ampliamente los 2000 mts de altitud), pero con un clima subtropical húmedo, muchas lluvias y temperaturas suaves, aunque por las noches refresca algo.



La visión de los Andes le quita a uno cualquier aire de grandeza, nuestra megalomanía es cosa pequeña y ridícula frente a estos descomunales cerros norteños, los mismos “apus” que retrataba Llosa en “Lituma en los Andes”. 

Pero también recalaremos en la costa… Piura, Chiclayo, la propia Lima. Bueno, la familia Peña está desperdigada aquí y allá por la imponente geografía peruana (y fuera de ella), seremos un clan nómada pero con una casa esperando en cada rincón.



Un rincón de Chiclayo, importante ciudad costera en el norte de Perú. Sus playas son punto de encuentro para surfistas de cualquier parte del globo, se les identifica claramente por las calles. A veces nos quedamos un par de días por aquí, visitando a otros parientes.


Asomado a una bulliciosa calle chiclayana, con Maurizio Maggiani, "El viajero de la noche", un título que me hacía justicia en aquel año viajero de 2015.



Ya, ¿y los libros que viajarán conmigo?


Nunca  termino de decidirme con rotundidad a la hora de llevar éste o aquel libro… ¡me llevaría un mogollón! Pero toca ser pragmáticos con el equipaje. Aunque sí sabía que serían autores peruanos mayormente, pues la sensación de leerlos en los mismos escenarios que, con frecuencia, acontecen en sus narraciones es una sensación… flipante.

Para ir abriendo apetito peruano estos días estoy leyendo unos magníficos cuentos del escritor limeño Carlos Meneses, aunque afincado en Palma de Mallorca desde 1966, nada menos. Se trata de "seis y seis" (así en minúscula).

Sobre el talante de este gran cuentista da buena cuenta su breve nota en la página de cortesía:



Un tipo así no puede caerte mal.


Paseando cerca de casa.




Y también he leído poesía de Mario Florián, uno de los poetas peruanos contemporáneos más admirados (falleció en el 99), que me resulta ideal para adentrarme en el ambiente "del Ande" (expresión popular para decir Los Andes). Suelo alternar su poesía con la de otro grande, Cesar Vallejo. Una curiosidad, Florián es oriundo de Cajamarca, igual que mi mujer.


Cerca de casa.


Estos dos se quedarán aquí. Y probablemente Bryce Echenique, es imposible meter todo en la maleta.




Me acompañarán otros, al margen de que ya los haya leído o no. 

Luis Loayza es un candidato que tiene posibilidades. El limeño fue cercano amigo de Cesar Vallejo y Vargas Llosa. Además nació un 22 de septiembre... lo mismo que yo.


Pasada primavera, por casa.

Quiero releer (será la tercera vez, creo) "Los perros hambrientos" de Ciro Alegría, no puedo desperdiciar la oportunidad de hacerlo en la puna andina, será emocionante. Es uno de mis libros de "toda la vida".

Paseando por el campo, cerca de casa.


Y estoy sopesando la compañía de otros.



Algún título de Manuel Scorza, seguro. Ya me llevé otro la última vez.


Por los valles andinos del norte con Scorza. Caseríos de Cesara en la parte superior derecha.

Repetiré igualmente con Llosa, Arguedas queda en la duda.


Aunque de éste último me tienta llevarme "Los Ríos profundos".


Con Arguedas y la lluvia, cerca de casa.

Indiscutible la presencia de Julio Ramón Ribeyro, leer sus cuentos sobre la Lima más estrambótica de los barrios destartalados, no tiene precio… haciéndolo en esos mismos lugares, como será mi caso.

De paseo por el campo con Ribeyro

Y desde Perú regresaré con algunos títulos, en esas incursiones limeñas que tanto me entusiasman, estaré husmeando entre libros para traerme, como hago siempre. Por ejemplo la última vez fueron estos.



Imprescindible leer a Sebastián Salazar  Bondy en "Lima la horrible", si se quiere ahondar en el significado profundo de Lima, en todo lo que concierne a su quintaesencia, y en algo que atañe a los habitantes burgueses de origen español. Muy interesante. Ahí me tenéis en el distrito de Los Olivos, en Lima.



Tampoco me resistí a los Cuentos reunidos de Abraham Valdelomar, lo compré en una estación de bus en Piura, otra gran ciudad peruana, y se vino al norte andino, lejos de la urbe. Descansando en la hacienda familiar, San Ignacio, Perú.

El sobrino de mi mujer, Junior, me regaló este ejemplar de Enrique López Albújar, Cuentos Andinos.



Verdaderamente el Perú es una experiencia fascinante en cada visita, siempre parece la primera vez. Eso sí, hay situaciones que se mantienen invariables viaje tras viaje.

Por ejemplo. Volveré a escuchar la cantinela de “Señor Paco” en referencia a mi persona, algo que me descoloca un poco, pero ellos gastan esas formas de cortesía a la antigua usanza.

Pero ojo, otros tantos también me dirán lo de “gringo”.

Y esto tiene su gracia…  pues siempre me veo cual forajido de spaghetti western, como si el imponente y carismático Fernando Sancho, aquel mítico actor que de mexicano no tenía un pelo (era mañico, zaragozano), soltara su inquietante:


¿Cómo le va, gringo…?


Y uno no sabía bien si te estaba perdonando la vida con la mirada… o era una invitación entusiasta a echarte un trago en la cantina. Seguramente las dos cosas.


Fernando Sancho. Foto internet

Ya que similar escena me encontraré, paisanos y allegados del pueblo cafetero de Araceli, que no quieren desperdiciar la excepcional ocasión de echar un trago de cañazo con el gringo. Tal cual lo chasco, real como la vida misma.

El cañazo es alcohol puro de caña que destilan por esas serranías los recios hombres del campo… ya se sabe, un par de copitas para socializar, y que poseen el extraordinario don de fundir, además en un santiamén, culturas, personas y continentes enteros en un efusivo y tambaleante abrazo. 

Es tomar un vasito y los cerros circundantes parecen multiplicarse alegremente… con lo grandes que son. Sé de lo que hablo.

En cualquier caso yo no acabo nunca como el vehemente Fernando Sancho… siempre le metían un balazo, por que era el malo, orificios que seguramente acabarían en su gran panza… ¿a dónde iban a apuntar si no?

Yo finalizo bien la “película”, puede que con los ojos un tanto entornados, igual que los de un pistolero ante el desenlace inminente del duelo, con la mano bajando lentamente hacia el revolver… (nadie lo hacía mejor que Lee Van Cleef) aunque mi mirada medio cerrada no es para desafiar al retador. Simplemente que, trago va, trago viene, a uno le van pesando los párpados cosa fina.

Ahí es cuando observo esforzadamente a los paisanos que me rodean… y suspiro aliviado, esas miradas que se clavaban en mí, ahora solo muestran unos ojos… no semicerrados, cerrados herméticamente, pues mientras yo me tomaba dos vasitos… ellos iban ya por el sexto o así. Y cuando me voy alejando con cautela sigo oyendo la monserga:


¿Qué tal le va gringo…?

“Bueno compadritu dele no más otro tragito, pues”




Paseando entre el aroma del café, en una de las "chacras" (granjas) familiares. Cesara, Perú.