De las chanclas y las bermudas a la bufanda y gorro de lana en cuestión de horas... lo que dura un vuelo transoceánico. Y
algunos escritores, casi todos del Perú.
Con Vargas Llosa recalando en una
hermosa playa de la costa peruana, en aguas del Pacífico, 2 de enero de 2019. Foto Paco Castillo.
Por aquí estamos de nuevo,
retomando la senda en el gélido enero de 2019. Espero que hayáis disfrutado de
estos días festivos sin sobresaltos y con salud. Lo que no es poco.
Recién aterrizado en España y ya
estoy bregando con severas heladas matinales y temperaturas bajo cero, lo
habitual en esta época para mi localidad, en el noroeste de la Comunidad de
Madrid, a poco más de 30 minutos en coche dirección a la Sierra del Guadarrama
(es lo que tardo en llegar al Puerto de Navacerrada sin atascos).
Esto no debería impactarme salvo
que un servidor acabe de venir de la costa sudamericana en el
Pacífico, concretamente Perú. Allí, justo ahora, comienza el verano.
Estación que la familia
estrenábamos hace apenas una semana, bañándonos en una inmensa y bonita playa
del litoral peruano, la que abre esta entrada (aunque de aguas fresquitas, como las del Cantábrico), así
que el recuerdo de mi cuerpo embadurnado con protección solar, las bermudas,
chanclas y camiseta es reciente.
Llegando a la impresionante playa
de Huaral, población a 80 kms al norte de Lima.
Una cholita serrana
(usando sus expresiones locales, viene a ser campesina de Los Andes), echándole ganas
a un partidillo de fútbol playero, la vestimenta tradicional (en este caso de color verde y morado), el sombrero y la
trenza al viento no son obstáculo ante el entusiasmo de la mujer, de las mujeres mejor dicho. Si os fijáis bien la iniciativa de la contienda la llevan ambas frente a sus oponentes masculinos. Estaba interesante el lance.
Estrechas cascadas precipitándose
por los acantilados de la playa.
Son
imágenes casi de ayer mismo que retengo mientras dejo la bufanda y el gorro de lana en el sofá
de casa, regresando de comprar el pan
tempranito, a esas horas en las que inhalar el aire reinante se asemeja a
chupar un cubito de hielo.
Lo curioso es que también he
padecido el “invierno” en el norte del Perú, pegados a Ecuador, donde está el
pueblo de mi mujer. Allí estamos la mayor parte del tiempo cuando visitamos el país, lo que agradezco.
Autofoto. Paseando por los valles de Cesara, caseríos mucho más abajo. A primeras horas de la mañana siempre te envuelven las brumas. Llevo mis prismáticos por si me encuentro algún tucán, colibríes o loros, por aquí se pueden apreciar con cierta facilidad.
Allí es temporada de lluvias, son
precipitaciones torrenciales a diario, de diciembre a marzo. Las temperaturas
suelen mantenerse entre los 12º o 15º grados positivos, pero al llover tanto la
sensación térmica es dos o tres grados menos. Bueno, es bastante soportable comparado a nuestro país. Un chubasquero ligero, que además
abrigue un poquito es perfecto. Para ellos es el “invierno”, a diferencia de lo
que acontece 1300 kms al sur, en Lima la capital, donde empiezan a disfrutar del
verano con todas las de la ley.
Leyendo un pasaje de lo más pertinente para lo que estoy haciendo, una buena ascensión por las cumbres de Cesara, sorteando un camino de cabras, literal. Se trata de "Escalada", uno de esos libros "de culto", al menos así lo estimaban colegas como Max Frisch, Friedrich Dürrenmatt o Peter Handke, que fue escrito por el enigmático Ludwig Hohl (Suiza, 1904-1980).
"Escalada" acompañada de chocolate peruano con quinua y sal de maras, un complemento excelente y delicioso para resistir la subida en estos repechos, por altitudes que ya se están o sobrepasan los 3000 mts.
Al hilo de estas escapadas
montañeras que comento, acabo de leer en El País sobre la muerte trágica de
tres jóvenes montañeros españoles y su guía peruano en la zona de Huaraz, el
pasado domingo. Es un lugar que frecuenté hace casi veinte años (ni siquiera
conocía a mi mujer). Han sufrido una avalancha cuando descendían del nevado
Mateo, un pico de 5. 150 mts altitud. Una pena, desde luego.
Por donde yo estaba no son tan altas, entre 1700 y 3300 metros de altitud, pero ya son cifras interesantes, y a pesar de que conozco bien las rutas, son años pateando por ahí, uno ha de tener prudencia y la cabeza en su sitio, la bruma es un enemigo jodido en la montaña.
Cesara diminuto en la lejanía, por la derecha. Las nieblas se van como han llegado, raudas. Con otro insigne peruano, César Vallejo, libro que compré estando por Lima.
Con
Julio Ramón Ribeyro y sus Cuentos, asomándonos desde la casa de nuestros
anfitriones limeños a uno de los distritos más renombrados en la capital, no es
otro que El Callao, ampliamente retratado por Ribeyro en sus obras. Del "invierno" lluvioso en Los Andes del norte al verano de Lima.
Este es otro de los libros que adquirí en Lima. Suelo traerme a algún autor peruano desconocido para mí. Es el caso de Jerónimo Pimentel y su novela La ciudad más triste (sobre Lima, ¿cuál si no?). Paseando por alguna "cuadra"/calle de Lima, al fondo una "mototaxi" y puestecillos callejeros de comida. Muy limeña estampa.
Los mercados limeños, Lima en general, son un festín para los sentidos y un desafío para... según que tipo de escrúpulos europeos. Bueno, eso que vemos tampoco es para tanto. Llenando la cesta para preparar una comida criolla. No sé si la escena os parece un poco deprimente... no va mal con el enunciado de Pimentel. Pero la cocina peruana es un deleite. No todo va a ser triste, como nos dice el autor.
Disfrutando por "mi pueblo" andino. Nunca me falta el ensayo, lo
necesito para cambiar las tornas lectoras de vez en cuando, mitigar la
sobreexposición literaria centrada en Perú, son cosas mías.
Historia de la imaginación viciosa, un ensayo interesantísimo del filósofo y crítico literario Elémire
Zolla, hombre de una cultura deslumbrante (Italia, 1926-2002).
Me he traído a mis
particulares aliados andinos; infusiones y hierbas inencontrables acá la
mayoría, todo sea para combatir a los temibles enemigos invernales; resfriados,
gripes y demás compañías indeseables.
Empezamos con unas infusiones muy interesantes, mezcla de diferentes hierbas andinas con múltiples propiedades.
Un brebaje muy
arraigado en Perú, mencionado en la literatura de Llosa, Ribeyro, César
Vallejo, etc, etc. Un revitalizante mate con hojas naturales de coca.
Ejem, reitero que aquí todo es natural, nada que ver
con el procesado químico de la hoja… cuyo resultado ya conocéis.
Una infusión con hierbas de Phyllanthus
niruri, popularmente conocida con la curiosa denominación de Chanca
piedra.
Otra infusión con la planta del Mollicum
de Desmonium, los quechuas la designaban con el bonito nombre de Manayupa.
Esta también es muy apreciada para
preparar un delicioso té de Los Andes, se trata de unas plantas típicas de las
altitudes andinas y los ríos de montaña, un preparado a base de Muña- Culén (en
realidad dos plantas), así llamada por los andinos.
Un alimento imprescindible, si uno
pretende salir indemne pateando los riscos, es el chocolate peruano,
preferiblemente negro o combinado de forma deliciosa con quinua, como el que os he mostrado, aquí también con Ciro Alegría.
U otro de tamaño XL para largas caminatas. Aunque el nombre confunde algo acerca de su origen...
Lógicamente, trantándose de mi
familia política no me podía faltar el café, todos se dedican a su cultivo y
venta a los mayoristas. Tienen sus cafetales en las alturas de la sierra, la
misma donde se ubica el pueblo, Cesara, la climatología y altitud de estos
pueblos son ideales para el codiciado producto.
Café cultivado por la familia de Araceli, éste exactamente es de la producción y cosecha del Tío Felipe. Es un café de extraordinaria calidad.
Poseen fincas (chacras como dicen)
de unas pocas hectáreas, no penséis que son magnates o algo parecido, es gente
campesina que vive del preciado grano. Sus ganancias les permiten una
existencia sin sobresaltos, aunque dura por el propio trabajo.
Las rentas son suficientes para mandar a sus hijos a la Universidad. Pero llevan una vida austera sin la sofisticación y comodidades de una ciudad (tampoco parecen necesitarlas), es lo propio en el campo, sin más.
Gerardo me decía en su comentario que no estaría mal ver un cafetal... y es verdad que no lo había mostrado. No sé si tendré alguna foto reciente, pero pongo esta del 2015. Ahí tenéis a uno de mis cuñados, Wilmer, hermano de mi mujer. Lo fotografié mientras llegábamos a su chacra (finca), a la derecha ya podéis observar la planta del café, que se extiende bastante más hacia la derecha. Estar en el cafetal es una experiencia especial para quien no lo conoce. Solo se puede transportar el grano con los burros, es imposible meter cualquier vehículo motorizado por esas sendas estrechas de tierra, y en parajes tan escarpados, en plena montaña.
Las rentas son suficientes para mandar a sus hijos a la Universidad. Pero llevan una vida austera sin la sofisticación y comodidades de una ciudad (tampoco parecen necesitarlas), es lo propio en el campo, sin más.
En estos caseríos y pueblos
cercanos todo el mundo se dedica al cultivo del café, la mayoría de estos
humildes cafetaleros están agrupados en modestas cooperativas agrícolas con el
fin de vender mejor sus cosechas. Hasta el mismísimo pueblo y las plantaciones
suelen recalar grupos de comerciantes extranjeros, mayormente alemanes,
escandinavos, canadienses, norteamericanos o japoneses. Son empresarios de la industria cafetalera que llegan para comprar la producción, pagan al contado. También vienen empresarios colombianos a adquirir este producto... muchos lo etiquetan como colombiano.
Españoles, que yo sepa, no. El
café de Cesara y alrededores, como la vecina población de San Ignacio (la más
grande por estos pagos), tiene un merecido prestigio internacional. No en vano
ha sido reconocido por diversos gremios cafetaleros de otros países con la
distinción del mejor café del mundo, las últimas veces fueron en 2015 y 2016,
ahí es nada.
El tío Felipe es un rudo
cafetalero de 82 años, patriarca del clan familiar de mi esposa (mis suegros
fallecieron hace muchos años). Cosecha uno de los mejores cafés en San Ignacio,
localidad en la que es sobradamente conocido.
Siempre nos recibe con un buen
montón de paquetes para llevarnos a España, igual que los hermanos de mi mujer en
el pueblo de Cesara. Obviamente no podemos transportar todo lo que nos regalan,
necesitaríamos varias maletas más, pero venimos con un cargamento respetable.
¡Mi despensa bien aprovisionada!
Os aseguro que cada paquete de
este café tendría un precio prohibitivo en España dada su altísima calidad,
obtenida gracias a un proceso totalmente artesanal, incluso el secado del grano
es al aire libre, con la fragancia de las montañas repletas de vegetación exuberante, en un ambiente sin
contaminación.
Esto proporciona un equilibrio
aromático perfecto entre intensidad y suavidad.
Ya habéis visto que el
marco para mis lecturas ha sido espectacular, esto ya lo intuíais claro. Dicho
todo lo anterior, tenía pensado centrarme en mi aparición con un escritor que
me entusiasma, el peruano Ciro Alegría.
Pero me doy cuenta de lo extensa que ha
resultado esta entrada, lo prudente será traeros a Ciro en la siguiente
publicación. Será muy pronto. Me alegro de estar por aquí.
Paseando por "la avenida principal" del pueblo andino. Parece que uno de los protagonistas caninos de Ciro ha decido explorar el mundo exterior por su cuenta.
