Los pescadores (1923). Raul Brandão
((Foz do Douro, 1867 — Lisboa, 1930).
Miraguano Ediciones, 1992, Colección
Amura, dirigida por Carlos González del Pie. Traducción, introducción y notas
de María Tecla Portela Carreiro. 166 páginas.
Raul
Brandão, "Los pescadores". Foto, Paco Castillo.
En el salón de casa tenemos un
cuadro que mi mujer y yo compramos hace unos 14 años, curioseando una mañana dominical
por el Rastro madrileño, vimos una tienda de artilugios varios en donde todo se
dispone en “caótico orden”, como esos antiguos desvanes custodiando sus
reliquias que vemos en el cine, en el fondo el Rastro es eso, un desván con
todas las pertenencias de los abuelos… o, matizando situación mediante, era eso.
Araceli se encaprichó del cuadro
por una razón, le recordaba mucho a su pueblo peruano, cuando de niña
recogían el maíz y el café de sus chacras.
El cuadro del salón.
Frente a este cuadro he terminado
hace poco el libro, por la mañana temprano. Cerré la última página mirando a
esta pintura de apacible escena rural, transmitiendo serenidad en su humilde
combinación de colores, los justos y necesarios; el azul del cielo, el dorado
de los cereales en el campo, algo de verde en unos árboles, y el blanco
conciliador de las casas encaladas, con
esa nota alegre del faldón rojo de la campesina.
A saber en qué hora del día situaría
el artista dicha estampa, pero el cuadro ya pertenece a mi mirada, y como hay
algo de mí en él y viceversa, veo a esas campesinas faenando al despuntar la
mañana, al ser una claridad que me gusta apreciar en el paseo campestre, así es
la pincelada horaria que añade mi imaginación.
Este despertar matinal en el
cuadro, tiene mucho de los amaneceres de pueblo silencioso que el confinamiento
ha recuperado para mi localidad, que ya hace muchos años renegó de su condición
de pueblo, convirtiéndose en una rutilante ciudad a las puertas de Madrid.
Paradójicamente, el coronavirus
nos ha devuelto al pueblo (al menos en el silencio y tranquilidad) que ya no
éramos, lo disfrutaremos en esta extraña pausa que se ha tomado la existencia,
algo es algo.
Podría comentar, sin ninguna
pretensión artística por mi parte, ese cuadro campesino con sus cuatro colores,
azul en el cielo, el dorado de la mies (el cereal ya maduro), el verde de los
árboles y el blanco de las casas… y las impresiones serían válidas para "Los
pescadores" de Brandão, pues uno y otro parecen emanar del mismo espíritu
creador, en donde los colores de la vida, unos pocos nos bastan, determinan el
sentido de todo lo que importa a los ojos, la mente y el corazón de esos pescadores
lusitanos.
Me quise llevar el libro a Lisboa
cuando estuve el año pasado, pero se me olvidó en el escritorio junto a otro
candidato, Invierno en Lisboa, de Muñoz Molina.
Los dejé preparados por lo noche
en la silla del escritorio y ahí se quedaron, junto a mis prismáticos para
observar a las gaviotas y las aves marinas sobrevolando a los pescadores
lisboetas en sus bateiras, pero igualmente los contemplé.
Al menos unos libros sí me llevé,
no os creáis; escritores portugueses, como Brandão aunque se quedara.
Ansiaba leer en alguno de esos
libros la palabra “saudade” en su feudo atlántico, asomado al balcón de mis
anfitriones (un familiar de mi mujer) en el tranquilo vecindario lisboeta de
Verderena, y doy fe que viví la experiencia, fue una mañana asomado al balcón
viendo caer (y mojándome con placer) lluvia fina, mientras miraba a una señora
mayor, con un caminar algo derrotado bajo su paraguas, alejándose, pero sin
prisa por llegar a ningún lugar, por la callejuela que moría en un trocito de
cielo grisáceo, pero eso ya lo contaré, si me apetece, cuando invite de nuevo a
Fernando Namora por aquí con su Río triste.
Verderena, Lisboa, mañana lluviosa, de "saudade". Foto, Paco Castillo, verano 2019.
En cuanto a esta deliciosa
narración, bellísimamente escrita, Brandão, hijo y nieto de pescadores,
comienza con esta dedicatoria:
A la memoria
de mi abuelo,
muerto en el mar
Criado en una modesta villa de
marinos, el autor nos acerca a estas gentes del mar, incluso traspasamos el
umbral de sus puertas y curioseamos las modestas casas, decoradas con la
humildad de los pobres, y con improvisados altares para alguna Virgen a quien
rezar, cada vez que los hombres se echan a la mar, en femenino la nombran ellos,
como si al ser una madre hubiera de ser más indulgente… a veces hay que
ampararse en el consuelo de ciertas palabras.
Hay que señalar la excelente
traducción de María Tecla Portela Carreiro, pues traducir a Brandao es todo
un desafío, con una lenguaje sinuoso, de vocación lírica y registros complejos
de trasladar al español. Tremendo trabajo y mérito de María Tecla.
Arranca Brandão con las calles de
su niñez:
“ -Foz do Douro-
La Foz es para mí la Corguinha y
el Monte con el río de la Villa atravesándolo, y la Calle de la Cerca hasta el
Farol. Lo que está más allá no existe… Solo me importa el pueblo de pescadores
y marineros que creció naturalmente como un ser (…).
Y aún esa Foz se reduce cada vez
más en mi alma a un rinconcito: a media docena de casas y de tipos que conocí
de pequeño, y que retengo en la memoria con raíces cada vez más hondas en la
saudade, y más vivas a medida que me entraño en la muerte.
El mundo que no existe es mi
verdadero mundo.”
Pero la misma importancia que los
pescadores, tienen para Brandão sus curtidas mujeres, sean madres, hijas,
hermanas, o abuelas cuyas arrugas son cauces de lágrimas por aquellos maridos,
padres o hijos que el mar sepultó in perpetuum.
En el baile de la hoja
Llevada
Por el viento,
Va mi pensamiento…
En la ceniza diluida
Derramada
Por el río,
Va mi mirar frío…
Y en tu sonrisa
De la más lisa
Quietud…
Mi corazón…
CRISTOVAM PAVIA (1933-1968)
Foto, Paco Castillo, por los alrededores de casa.
Y las palabras de Brandão nos
hablan a través de los colores, por ejemplo los que irradian aldeas ribereñas
que se pegan como lapas a la costa portuguesa. El libro parece haber sido
escrito sobre la paleta de un pintor, tonalidades que se funden con los cuatro
elementos naturales que todos aprendimos en la escuela; Agua, Tierra, Fuego y
Aire.
El Agua es el mar que abraza al
litoral portugués y las riberas de sus pueblos pesqueros, mirando al Atlántico
y al Mediterráneo. La Tierra son esas mismas villas de pescadores, lugares
pobres de solemnidad, es decir, que nunca reclaman compasión alguna, solo son
pobres en pertenencias, pero inmensamente ricos en la amplitud de su horizonte,
y eso les reconforta en su penuria. Es parecido a lo que afirmaba Albet Camus
sobre su infancia humilde, una pobreza que él no consideraba, cuando la cándida
luz meridional era un tesoro que tenía a espuertas.
La niebla también es luz, una luz que se deshace como la harina entre las manos, así nos lo cuenta el escritor portugués:
"En Sagres asistí a una neblina
extraordinaria. Aparecieron primero unos copos en el cielo, y la luz se volvió luego más azul, pegando su azul a la piel, mojando de azul las manos extendidas.
Después la niebla, que en Verano dura segundos, se doró y subió al aire,
volviendo el horizonte más ilimitado y fantasmagórico…"
Y así mismo La Tierra son los
pinares y la fragancia resinosa que Brandão, llevará hasta su muerte.
Fuego, afortunadamente en “Los
pescadores” el Fuego solo es una ensoñación de la luz, una estampa de Turner
como cuenta el escritor, está en los ocasos del litoral, cuando se tiñe de
color fuego.
El Aire es la luz, elemento por excelencia en la narración. Es esa
claridad que, huyendo de la inmensidad oceánica, entra a raudales en los
pueblos meridionales, y sus casas encaladas reciben el azul del cielo y el azul
del mar en los días generosos del estío. O se ven desdibujados por las
pinceladas vaporosas, un tanto impresionistas, del otoño y el invierno.
Pero aquí, porque así habrá
querido Brandão, campea más el azul, en el cielo y en el mar, a veces el cielo
roba más azul al mar, y en otras ocasiones se lo hurta el mar al cielo, pero lo
hacen sin acritud, son pequeños botines que ambos se dejan sisar.
Sabe Brandão lo que ofrece, como
hijo de pescadores criado en uno de esos pueblecitos con modestos altares y
relicarios en las casas, en donde todos hablan de bateiras, saltadoiros o
caldeirada (plato de pescadores).
Y desfilan nombres de esos pueblos
inmemoriales de pescadores, hermosos nombres…
Povoa de Barzim, Ancora,
Gontinhaes, Belinha, Nazaré, Mira…
También, claro está, conoce la
dureza de esa vida en pugna con el mar, pues los pescadores siempre conviven
con la angustiosa certeza de que ellos necesitan al mar, mas el mar no tiene
ninguna necesidad de ellos. Y lo demuestra en no pocas ocasiones, cuando un
amanecer parte la bateira de Belinha, pongamos un villa, y el amanecer da paso
a la noche, y esa noche a todas las noches de una vida consumida por la pena,
pues de aquellos pescadores que partieron jamás se tuvo noticia, nunca
regresaron a tierra, simplemente fueron engullidos
por la mar invernal.
Esa mar reclamó su tributo de muerte
que los pescadores y, sobre todo, sus mujeres llevan incrustado en su alma.
“Mi abuelo paterno partió un día
en su lugre; mi abuela Margarita lo esperó desde los veinte años hasta
la muerte, desde los cabellos rubios que le llegaban a los pies hasta los
cabellos blancos con que se fue a la tumba.”
A pesar de ello, como decía un
percebeiro gallego, Paco, tocayo mío, que vi en un documental de TVE hace poco,
al preguntarle si le merecía la pena el enorme riesgo de su oficio, respondía…
“El mar es tu horizonte, es una
manera de ser, es parte de tu vida.”
Afirmaba esto mirando al mar,
frente a uno de esos ocasos en los que Brandão echa mano de Turner, y
especialmente del Fuego, que es ese sueño vespertino que tiene la luz cuando se
harta del mundo, y se retira hasta un nuevo amanecer.
Puede que allí anhelen llegar los
pescadores que jamás regresan, al lugar que hay más allá del mar, a donde descansa
la luz…
Nazaré, pueblo portugués de
pescadores, Brandao lo cita. Y aquí lo llama el susurro del mar, solo el mar, pues lo único que se escucha…
Pero
también os regalo una poesía de la portuguesa Almeida Garret, "Barca bela", cantada
por Teresa Silva Carvalho, deliciosa voz...
