P. Castillo

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domingo, 8 de septiembre de 2019


¡Al carajo con Schopenhauer!


Con Schopenhauer… seguramente escogería estar junto a esa “fiera” que en compañía de sus semejantes. Foto, Paco Castillo.

El arte de conocerse a sí mismo. Arthur Schopenhauer (Gdansk, 1788 - Fráncfort del Meno, Reino de Prusia, 1860)



Filosofía Alianza Editorial, 2009. Edición, introducción y notas de Franco Volpi. Traduccion de Fabio Morales. 132 páginas.




No, no me he enfadado con Schopenhauer. Es otra cosa, de esas que me pasan en mis caminatas.


A pesar de ser etiquetado como un cascarrabias de tomo y lomo, y más pesimista que Ciorán, a mí no me cae antipático.

Ya he frecuentado otros escritos del autor, somos viejos conocidos. El origen de esa amistad hay que buscarlo en la Facultad de Filosofía, en la  Complutense madrileña.

Aclaro que no me formé en esta disciplina. Sin embargo necesitaba matricularme de asignaturas complementarias para licenciarme de lo mío, Ciencias de la Información, os la muestro.


Allá por enero de 2016, visitando mi antigua "facu", con Adan Kovacsics (Guerra y lenguaje). Foto, Paco Castillo.


Me apetecía hacerlo fuera de mi ámbito. Por comodidad de fechas, dentro de los estudios que barajaba, la primera elección fue un cuatrimestre en el pintarrajeado edificio de Ciencias Políticas, una etapa muy interesante, también enigmática… pues en los pasillos costaba identificar a los rostros estudiantiles, siluetas fantasmales bajo la espesa cortina de humos flotantes, cuya gama de olores era francamente variopinta, si acaso con cierto predominio de las notas herbóreas…  


Paseo con Schopenhauer. Foto, Paco Castillo.

Acabé y raudo acudí a la Facultad de Filosofía (estuve en un tris de estudiarla), encontrando una opción que colmaba mis expectativas. Era un curso que se impartía durante otro cuatrimestre sobre Schopenhauer, dirigido por Carlos Javier González Serrano, joven profesor y persona encantadora, toda una eminencia en el filósofo alemán. Fue un periodo enriquecedor y muy ameno asistiendo a sus clases, las recuerdo con mucho agrado. Carlos tiene un blog excelente (no lo tengo en mi lista por una incidencia técnica), El vuelo de la lechuza.



Foto de Paco Castillo.


Un saludo, amigo Carlos.









Schopenhauer. Fotos, Paco Castillo.

Deberíais probar a leer en el campo si no lo habéis hecho,  paseando sin prisa. Con frecuencia me entrego a ello (no hay más que echar un vistazo por el blog).

Un libro breve como éste te lo ventilas en dos buenas caminatas. Pero es una liturgia que requiere un procedimiento peculiar.

Leo unos pasajes y cierro el libro. Aparto la mirada de las letras y la fijo en lo que me rodea. Esto es especialmente provechoso si lees poesía y filosofía.

Descartes, lo leo con frecuencia, es un buen refugio cuando se avecina la tormenta… Seguro que hubiese suspirado satisfecho ante el rasgado y hermoso horizonte, a Descartes le interesaba mucho la meteorología. Foto, Paco Castillo.

Señalaba que eso de leer al raso tiene su atractivo. Siempre te encuentras con algo precioso y preciso para ser el punto de partida, una lanzadera para divagaciones de lo más peregrinas. Es la manera de filosofar con uno mismo más fructífera que conozco, aunque, ¿quién querría hacer algo así?

Foto, Paco Castillo, 2019

A veces puedo estar 15 minutos sin abrir el libro, observando lo que me encuentro por el camino, pero lo leído sigue levitando en mi mente, hasta que el paisaje y las letras se funden, se abrazan. Se leen entre ellos, el paisaje lee a los poetas, o a los filósofos, y éstos, a su vez, leen al paisaje.


El arte de conocerse a sí mismo. Arthur Schopenhauer. Fotos, Paco Castillo.



Schopenhauer aludía a su complicidad con Chamfort en unas líneas (ver foto superior). Claro, se junta el hambre con las ganas de comer.





"El público está gobernado tal como razona (...)." Sugerente Chamford... Fotos, Paco Castillo.


Decía por arriba que se genera una conversación entre el paisaje y  los poetas y filósofos, un intercambio mutuo de impresiones.

Luego me lo cuentan a mí.


El arte de conocerse a sí mismo, Schopenhauer. Foto, Paco Castillo.

De nuevo abro el libro, al azar, me gusta hacerlo sin orden ni concierto cuando de filosofía y poesía se trata.




Rimbaud me acompañó alguna tarde primaveral. Foto, Paco Castillo.

Miro en los enormes pinos centenarios y las encinas, no tanto en las copas como en los troncos. Esta es la razón.


Caparazones de chicharras. Fotos, Paco Castillo.

Caparazones, parecen divinidades del Antiguo Egipto bañadas en oro.

Caparazones de chicharras que se llevará la lluvia, o el viento. Las vidas van por un lado y aquello que las recubría por otro. Son como nosotros. Lo que otros nos ven por fuera va en una dirección. Lo que llevamos dentro y no se ve va por otra.

Los vientos son unos arqueólogos callados, pues van descubriendo presencias mudas cuando soplan y se las arrancan a la nieve o a la tierra, o a los troncos cubiertos de musgo, y allí quedan las reliquias a la vista. 

Un abrazo más allá del tiempo. Foto, Paco Castillo.



No sé a donde iría a parar esta pareja de novios. Se habrán subido al viento. Por lo visto  han iniciado su luna de miel. Pero olvidaron las maletas de piel, doradas, bonitas. Ahí, en un andén del tronco. Son afortunados, viajar juntos sin equipaje…

Reanudo la marcha. Me acerco y miro con detenimiento a los árboles buscando los destellos de otras “maletas”, cotilleando a ver que recuerdos olvidaron en su interior, esparcidos con bolitas de naftalina.

Abro el libro y miro algo que leer ante dicho descubrimiento. Hallo lo que deseaba.


Con Schopenhauer y una chicharra que sigue estando sin estar. Foto, Paco Castillo.

Continúo por los senderos. Dentro de nada empezarán a esquivarme los murciélagos. Condenados, ¿cómo harán esas acrobacias?


Murciélago. Foto, Paco castillo.

Pero lo mejor estaba por venir.



Había llegado a esta carreterilla, en donde los atascos los provocan las hormigas y algunos sapos que se asoman por ahí en las tormentas estivales, andan algo desorientados, como los borrachines de las verbenas. 

El caso es que caminaba enfrascado en Schopenhauer, y acababa de dejar atrás a dos chiquillos de 8 o 10 años parados con sus bicicletas de montaña (a los que obviamente no hice fotos).

Cual no fue mi asombro al escuchar a uno de ellos que vocifera a un tercero, algo alejado y curioseando por unas retamas, llamado Alonso según gritaba el amigo:

Alooonsooo, Alooonsooo… ¿Por qué no vienes yaaa?

¡No te puedes quedar ahí para siempreee!


-NO TE PUEDES QUEDAR AHÍ PARA SIEMPRE-

¡Joder con el chavalín! Con perdón.

Interrumpí mi lectura ante tal aseveración, impresionado por el aire de solemnidad que brotó de esos pulmones exultantes de vida. Menuda frase se ha marcado el rapaz, musité.

El otro amigo secundó la llamada al díscolo, pero irrumpió en una carcajada al oír la ocurrencia de para siempre, y lo remarcó:

¡Jajaja, No te quedes ahí para siempreee Alooonsooo!

Unos metros más adelante me dispuse a reiniciar la lectura, pero terminé cerrando el libro con un gesto cariacontecido.

¡Maldita sea! 

Qué carajo hago yo aquí con 52 años leyendo a Schopenhauer, qué me importará a mí ese alemán pesimista  pero encantado de conocerse… si lo que yo anhelo es transitar estos senderos PARA SIEMPRE.




Volteé la cabeza para observar a los chiquillos, el descarriado seguía a lo suyo. Sus dos amigos habían optado por sentarse tranquilamente a esperar. Ya se sabe que a esas edades se tiene todo el tiempo del mundo.

Mascullé para mí…

-Por supuesto que puedes quedarte ahí para siempre, Alonso.
Igual que tus amigos, hasta que los dinosaurios vuelvan a resurgir para poblar la Tierra, si os da la real gana.-

Por fin volví al libro, no sin antes echar una última mirada a los críos.

Alonso regresaba de su eternidad.

Me puse a leer a ese pesimista y viejo filósofo con un sentimiento brumoso, entre la envidia y la melancolía a raíz del episodio con los chavales.

"La melancolía es una tristeza hermosa, reflexiva, no destructiva". Se lo escuché a Christina Rosenvinge en una entrevista, enorme frase para enmarcar.




Al cabo de un rato los chicos me rebasaron pletóricos, veloces con sus bicis, entre sus risas y gritos fui yo quien iba quedándose rezagado, atrás, cada vez más pequeño, una silueta cada vez más diminuta… quien sabe si con la vana ilusión de ir achicándome hasta convertirme en uno de esos chavalines, unirme a ellos y gritar al cielo.

Gritar y tirar el libro al viento para que otro viejo recoja su sabiduría.

¿Para qué diantres lo querría un mozalbete como yo, sabiendo que…?

UN NIÑO PUEDE QUEDARSE PARA SIEMPRE EN CUALQUIER LUGAR.


Foto, Paco Castillo.




¡Al carajo! lancémonos las "seriedades", como hace Travis...