P. Castillo

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Mostrando entradas con la etiqueta Elias Canetti. Mostrar todas las entradas
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lunes, 6 de abril de 2020


Auto de fe (1935). Elias Canetti (Bulgaria, 1905 – Zurich, 1994).

Plaza & Janés Editores, primera edición, 1984. Traducción de Juan José del Solar. Diseño de la colección y portada de Jordi Sánchez. Narrativa, 469 páginas.

Nota aclaratoria: todas las fotos en el exterior están realizadas mucho antes de decretarse el confinamiento. Dadas las circunstancias considero conveniente señalarlo.


Foto, Paco Castillo.


Llevo más de una semana con la película “El séptimo sello”, de Ingmar Bergman, rondando entre mis libros, la saqué del cajón con la intención de verla, claro, aún estoy en ello.

Hace unos tres días, mira por donde, me encuentro con un documental en RTVE sobre el director sueco, haciendo especial hincapié en esta cinta. Será una señal, me digo.

Pero ayer, visionando un vídeo de youtube que ofrecía una conferencia sobre Elias Canetti… el ponente, mencionando la obsesión del escritor con la muerte, trae a colación esta película, “El séptimo sello”… y servidor ya empieza a rascarse la coronilla, un tanto “mosca”, con la película en mis narices junto al ordenador.

El colmo llega ahora, accedo al blog del amigo Joselu y, voilà, me encuentro con un fotograma de “El séptimo sello” encabezando su escrito… ¡carajo con las meigas! Suelto ojiplático. De hoy no pasa sin que me siente a verla. 




Ya os contaré, porque yo venía aquí por Elias Canetti. 


Lógicamente me encanta leer por todas esas cosas que los lectores nos contamos unos a otros; una prosa deslumbrante, una trama envolvente… y características afines, pero sobre todo me fascina por aquello que no soy capaz de explicar a los demás, hacia afuera, porque no sé como decirlo, pero entiendo con nitidez hacia dentro, son certezas que no se elevan desde el intelecto, o no tanto, sino a través de un pálpito, un entusiasmo incipiente que hace brotar la emoción, surgida por estar frente a una clarividencia que te ofrece la lectura.

No, no iba a quemar el libro en la pira, tras el auto de fe. Foto, Paco Castillo.


Quizás por ello, sea habitual en mí desentrañar más de los libros refiriéndome a otros aspectos “aparentemente” al margen de ellos (los que me seguís ya lo comprobáis en mis entradas), centrándome en asuntos de la vida, incluso propios.

Me gusta el reto de ahondar en la realidad, a pie de calle (y fijaos, expresiones como ésta ahora han perdido su sentido), para desentrañar las claves que pueda tener el libro. Es un juego mental de lo más estimulante y uno de los grandes dones que, a mi modo de entenderla, me ofrece la literatura. Puedo leer un pasaje de Auto de fe, detenerme para observar las calles vacías... y el fragmento leído se interioriza con especial significación.

Y precisamente por eso, otra vez descubro, o me obceco en verlo así, un cordón umbilical que une el significado del libro con el momento presente, éste cuya realidad aquí, en Madagascar, Perú, o Islandia, o… se llama CORONAVIRUS.

Ahora es una palabra omnipotente. Y yo, aunque lea, no soy capaz de desligarme del ambiente reinante, ¿quién puede hacerlo?

Decía Canetti que las palabras son las que marcan el límite a la realidad (en su obra “La conciencia de las palabras”). El coronavirus ha desplegado una sola realidad para todo el mundo, de norte a sur y de este a oeste.


Foto, Paco Castillo.

Este libro que os presento no es una lectura reciente, ni mucho menos, hará unos 15 años, sino más, que lo leí, pero es de los que están en mi escritorio y he vuelto a él en varias ocasiones, y me lo llevé hace tiempo en mis paseos campestres. Ahora encuentro muy pertinente reavivar determinadas impresiones.

Elias Canetti (premio Nobel, 1981) lo escribió en 1935, por aquel entonces la situación en buena parte de Europa, y del mundo, era un asunto jodido… ¿os suena?

En Europa, Hitler y sus tropas nazis iban devastando buena parte del continente. Italia ensalzaba el fascismo de Mussolini. España estaba a las puertas de la Guerra Civil que terminaría instaurando la dictadura de Franco. La gran potencia mundial, Estados Unidos, aún estaba curando sus heridas, las provocadas por el crack del 29.

Todo muy apocalíptico… ¿os suena?

El protagonista de Auto de fe es un personaje llamado Peter Kien, a quien Canetti atribuirá la misma especialidad que tenía la esposa del escritor, Hera Buschor, sinóloga, por tanto lo convertirá un prestigioso sinólogo (estudioso de la lengua, la literatura y las instituciones de China… ya solo nos faltaba eso) que prácticamente vive confinado en su casa, que es como decir su biblioteca, pues está rodeado de libros por doquier.

Apenas tiene relaciones sociales, ha escogido ese modo de vida voluntariamente, el contacto con sus semejantes se reduce a lo esencial… ¿os suena?


Foto, Paco Castillo.


Para Peter Kien la vida, más allá de sus libros y estudios, es un espectáculo que desprecia, o que prefiere ignorar. Se entrega a su existencia delirante, encerrado en su torre intelectual, aunque traba relación con algún que otro personaje, especialmente Teresa, la mujer que limpia y ordena su destartalado departamento, e incluso se llega a casar con ella. El matrimonio es un despropósito a todas luces; una mujer antagonista de lo que representa él (su erudición, pensamiento y aislamiento), y en consecuencia, por la vía inversa, tan estrafalaria como el señor Kien.

El confinamiento de Peter Kien, el nuestro.

“Por los tragaluces se apreciaba el cariz general del cielo, más tranquilo y atenuado que en la realidad. Un azul mate indicaba: el sol brilla, pero no me llega. Un gris igualmente mate: va a llover, pero no sobre mí. Un leve rumor anunciaba las gotas que caían. Las sentía a la distancia, pero ellas no lo tocaban. Sabía simplemente que el sol brillaba, las nubes pasan y la lluvia cae. Era como si viviese atrincherado contra el mundo; como si se hubiese construido un refugio contra toda relación exclusivamente material, contra lo que solo fuera terrenal (…)”


                                       Foto, Paco Castillo.


Canetti acometió la obra durante su estancia en Viena, y la ventana de su escritorio ofrecía la panorámica de un sanatorio mental. Desconozco si quedaba cerca la Akademie der bildenden Künste; la Academia de Bellas Artes de Viena que rechazó el ingreso de Hitler, en su deseo de ser artista, pintor. 
En mi neófita opinión no lo hacía tan mal, pero no llegaba a lo exigido por tan prestigiosa institución. Eso sí, el nazismo tampoco titubeó a la hora de prohibir esta obra de Canetti, “Auto de fe”.



Cuadro pintado por Hitler, "Hofbräuhaus". Acuarela. Enlace: https://www.lasegundaguerra.com/viewtopic.php?t=2160


No solo el inquietante edificio sanitario anulaba la visión de un horizonte en la lejanía al amigo Canetti, ese resquicio que ansía la mirada como posibilidad de escape cuando la realidad, por ser hostil, invita a la huida, también lo ocultaba el clima social, una Europa decadente, vacía de humanidad, de valores, que ante el avance del nazismo certificó su ruina, sí, una Europa pusilánime… ¿os suena?

En lo que respecta al periplo vital del escritor no es descabellado afirmar que, más que vivir en Europa, es Europa la que habita dentro de él.

Nació en 1905 en la ciudad búlgara de Rustschuk, la actual Ruse, entonces importante puerto del bajo Danubio y crisol lingüístico, cultural y comercial.

Los orígenes familiares de Canetti hay que situarlos en la población española de Cuenca, eran judíos sefardíes que, tras el decreto de expulsión firmado por los Reyes Católicos (en 1492), iniciaron su diáspora europea. Canetti es la transformación del apellido genuino, Cañete.


Así que la lengua materna de su estirpe era el ladino, el judeoespañol para entendernos. Sin embargo Canetti se educará en el cosmopolitismo lingüístico, debido al éxodo familiar a través de Europa durante siglos.

Tal y como refleja una magnífica semblanza de Tomás Albaladejo Mayordomo, que me ha ayudado para establecer algunos aspectos.


“En 1911 va con sus padres a vivir a Manchester, entrando así en contacto con la lengua inglesa, pero en la infancia de Canetti la lengua alemana es la que hablan sus padres cuando quieren que no se sepa lo que están diciendo, es una lengua que él no entiende y por la que siente desde niño una especial atracción no ajena al misterio que es para él que sus padres hablen en una lengua que no comprende.

(...) recuerda Canetti sus primeras lenguas, el español sefardí, que nunca olvida, y el búlgaro, que sí olvida. Los hechos de los primeros años de su infancia se producen para él en español o en búlgaro y posteriormente, mientras los especialmente dramáticos se le quedan grabados en español, los demás y sobre todo los que están en búlgaro se le traducen en su mente al alemán, y así los conserva.“

Puestos a imaginar, me parece ver a un Elias Canetti apesadumbrado, sumido en el escepticismo, mirando a través de su ventana (como hago yo cada día) y preguntarse si en ese sanatorio mental, quien yace moribunda es aquella Europa, un continente desangrado ante la ausencia de valores.

Y el gran escritor que es Canetti, saca una cuartilla en blanco, agarra su pluma y piensa: ¿Cómo puedo escribir esto que contemplo, reflejar algo así?

Su hoja permanece desnuda, sin el ropaje de esa primera frase, durante interminables minutos, tal vez un par de horas, puede que días.

                                 Foto, Paco Castillo.

Entonces ocurre lo inevitable. Si la mirada, obstaculizada, no halla un destino al que huir, solo le queda replegarse en sí misma. Eso es arriesgado, adentrarse en las oscuridades de nuestro ser suele desembocar en un viaje hacia lo siniestro.

Si tal situación le acontece a un buen escritor, en donde buen también significaría valiente, es muy factible que en la hoja se plasme una frase, cualquiera… qué más da, luego otra, y otra, hasta sumar quinientas hojas repletas de frases que acaban conformando una obra magnífica, y pudiera ser que la única pretensión de esas palabras fuera eludir el inquietante edificio sanitario, en donde yace maltrecho todo un continente, y buscar una senda por la que escapar. 

                                       Foto, Paco Castillo.


Es así de sencillo, o de complejo, si el cuerpo está aprisionado en esa realidad, en esa época, en la habitación donde penetra el susurro del Danubio… pues al menos que escapen mis palabras, mi escrito, mi obra, que se libere del tiempo, de este aquí y ahora de 1935 y mi libro cruce las fronteras, más allá de esta época y este lugar sin horizonte.

Que se lo lleve el Danubio, el viento, lejos de aquí, lejos…

Entonces Elias Canetti se pone a soñar despierto, barruntando que dentro de muchísimos años algunos lectores, muy pocos pensará con seguridad, quizás hablen de esas frases errantes, que se deslizan entre el simbolismo, la alegoría, pues si la escritura pretende salir indemne de ese escenario sin horizontes, muchas veces no tiene más opción que avanzar reptando, discurrir por debajo de la realidad, y ahí el simbolismo, la alegoría, son inmejorables guías para abandonar el lugar infecto.


Señor Canetti, hoy, muchísimos años después, en otro tiempo y lugar, rememoro su libro, de aquello que empezó con una frase, cualquiera, en una habitación de Viena.

Tal vez como usted soñó…

Sin embargo, amigo Canetti, este presente europeo, mundial, tiene poco de ensoñación, y mucho de pesadilla… es irónico, uno abre la ventana en esta Europa de hoy, de respiradores, fallecidos y convalecientes, y tiene la impresión de estar junto a un sanatorio de enfermos, como si fuera el mismo que tapaba el horizonte de Canetti.

Yo, por si acaso, me asomo por mi ventana preferida.

Vistas a las 18:00 pm. Foto, Paco Castillo.