P. Castillo

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viernes, 13 de julio de 2018


Paraíso reclamado. Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998)
Orbis, S.A.  Edición de 1982. Traducción de Rodolfo Arévalo. 269 páginas.





Hay títulos rodeados de un aura enigmática, como “Paraíso reclamado”, una intrigante alianza de palabras que con su canto de sirena me arrastra hacia la historia…

Halldór Laxness, figura emblemática de las letras nórdicas y uno de esos clásicos europeos que hoy nos parece tan lejano como la propia Islandia.


Halldór Laxness. www.icelandrovers.is/blog


A todos los islandeses les brota por los poros la naturaleza hermosa y sobrecogedora de su isla, Islandia.

Halldór, durante buena parte de la narración, nos sitúa ante un escenario de belleza desafiante, conmovedor y abrumador a la par.
Un asombroso paisaje septentrional que manifiesta, de diversas maneras, su influencia en el carácter de los isleños. Y la obra del Nobel islandés así lo transmite.

La singular orografía insular y su fauna, especialmente los caballos y las aves, se erige como un todo, formando un personaje en sí mismo con análoga relevancia que los protagonistas humanos de la novela.

Junto a esta afinidad entre naturaleza y carácter, hay otra seña de identidad islandesa no menos relevante; el alma poética de sus nativos.

Estos descendientes de vikingos noruegos y, en buena proporción, de esclavas celtas (escocesas e irlandesas), llevan un poeta en sus entrañas, no en vano son parientes de insignes escaldos medievales, es decir, poetas guerreros vikingos, que plasmaron su sensibilidad lírica en la prosa de las sagas.

Así pues, un altísimo porcentaje de escritoras y escritores islandeses han iniciado su andadura en la poesía, de hecho nunca llegan a desertar de ella, está latente al margen del género narrativo que cultiven, da igual si es novela negra… nadie puede permanecer impasible mientras escribes bajo el mágico y bellísimo espectáculo de las auroras boreales, en los confines del mundo, así es Islandia.





Casi todos los personajes de esta novela dejan ver su amor por la poesía, lo llevan en la sangre.

Hay otra serie de datos sobre la vida de H. Laxness que nos permitirán captar mejor el significado de esta historia.

Su trayectoria intelectual fue de lo más sinuosa, un vaivén espiritual e ideológico que también se refleja en sus letras.

En ese sentido destaca el fervor religioso que impregna toda la narración, a veces para afianzarse en los dogmas y otras para cuestionarlos.

Iniciado en el luteranismo que respiró en su niñez, pasando por una conversión al catolicismo cuando residía en un convento de Luxemburgo, y luego, tras su llegada a los Estados Unidos, el abandono de la fe católica para abrazar el socialismo liberal de nuevo cuño, desde el cual se pasó al comunismo, después de recalar en la Unión Soviética estalinista. Doctrina que abandonaría cuando la URSS invadió Hungría. Casi nada.

Unos virajes que revelan el carácter inconformista del escritor, junto a su nomadismo (viajó y residió por todo el mundo), heredado de sus ancestros vikingos.

“Paraíso reclamado” acontece en el siglo XIX de una  Islandia acuciada por la penuria y el hambre, excepto para unos pocos hacendados acaudalados. 

Acompañaremos al apacible Steinar Steinsson, granjero y cariñoso padre de familia, en un viaje memorable, océano mediante.





Steinar es un hombre laborioso cuya pequeña hacienda, en un remoto poblado  del sur islandés, es objeto de admiración en toda la comarca, por ser una granja magníficamente cuidada y conservada gracias al esfuerzo infatigable de Steinar, que mantiene un duelo titánico con el duro escenario que lo rodea.

Todos alaban la meticulosa dedicación a su propiedad y el pulcro aspecto de sus humildes terrenos, en donde pastan unas pocas pero lustrosas ovejas y, sobre todo, su precioso caballito, Krapi, uno de esos pequeños, pero resistentes, equinos de raza islandesa. Krapi es la mayor alegría y distracción de sus hijos.



Caballos islandeses. Foto internet

El animal es codiciado por los caciques locales y algún rico hacendado, a todo buen islandés le entusiasma exhibir un excelente caballo, y este ejemplar era la envidia regional. Le ofrecen buenas sumas de dinero por él, pero Steinar las declina por no disgustar a sus hijos. No podría decirse que es un pobre de solemnidad, tienen lo suficiente para salir adelante.

La familia va pasando los días y las estaciones, llevando una existencia sencilla aunque no exenta de peligros por la severidad del clima y, desde luego, muy fatigosa, así era en aquellos tiempos, además en un lugar del orbe tan aislado.

Pero todo lo que necesita Steinar es ver a sus hijos alegres, jugando con su caballo, a veces con su perro, que no pierde oportunidad de darles esquinazo y encaramarse al suave techo de hierba que cubre la casa, u observar junto a ellos los petreles que sobrevuelan su prado, admirando una pareja de estas aves que anidan cerca y sus hijos contemplan fascinados. Salvo la misa de los domingos, esos son sus únicos entretenimientos. 





Uno de esos días Steinar se dirige, como otros tantos granjeros, a Thingvellir donde a llegado el rey danés Christian Williamson con su séquito, pues su potestad también se extiende a Islandia. En el camino tendrá un encuentro que, más adelante, cambiará para siempre su destino y el de su familia.

Se topa con un predicador maltrecho, un islandés residente en Norteamérica que ha regresado para anunciar la Tierra Prometida a quien abrace la fe mormónica. Este hombre ha sido zarandeado por una turba ignorante de campesinos, que lo tildan de blasfemo. Steinar lo ayuda a levantarse, lo escucha, pero finalmente seguirá con el itinerario previsto.

De regreso, Steinar vuelve a toparse con el mormón, Didrik, así se llama, y mantienen una larga y animada charla. El amable granjero pregunta a Didrik como es eso de… hacerse mormón. Y esta es la contestación:

“Solo el hombre que lo sacrifica todo puede ser mormón (…)
Nadie le traerá la Tierra Prometida a usted. Usted solo tiene que atravesar el desierto. Tiene usted que renunciar a patria, familia y propiedades. Esa es la manera de hacerse mormón. Y aunque solo tuviera usted esas flores que la gente de Islandia llama cizaña, tendría que abandonarlas. 

Debe conducir a su querida amiga, de mejillas sonrosadas, al yermo. Esa es la manera de hacerse mormón. Ella lleva a su hijo en los brazos y lo aprieta contra su pecho estrechamente. Caminan y caminan, día y noche, día y noche, durante semanas y meses con las pertenencias en un carrito de mano. 

¿Quiere usted ser mormón?

Un día ella se cae al suelo y muere de hambre y de sed. Usted le arranca de los brazos a su niñita, que nunca aprendió a reír, y ella lo mira, con la pregunta en los ojos, en medio del páramo. Un mormón.

Pero un niño pequeño no encuentra calor en el pecho de su padre. Algunos pueden sustituir a un padre, pero nadie a la madre, amigo mío.

Sigue usted caminando a través del desierto con su hija en los brazos, durante millas y millas, hasta que una noche se da cuenta de que la helada ha robado la vida a sus miembros delicados. Esa es la manera de hacerse mormón. 

Cava usted una sepultura y la entierra con sus propias manos en la arena y coloca encima de ella una cruz hecha de dos trozos de paja que el viento se lleva al instante. Esa es la manera de hacerse mormón…”

Impactado, Steinar prosigue hacia casa. Regresa a su cabeza la imagen del rey. Su impresión sobre el monarca será tan grata que, mientras va acercándose al hogar, se torna pensativo barruntando una idea… determina que su deber, como buen súbdito islandés, es regalar el precioso caballito al rey.




Con esta certeza, pero angustiado por la previsible y honda pena que padecerán sus hijos, sale una mañana temprano de la granja despidiéndose amorosamente de su mujer, a quien va embargando una creciente y profunda sensación de soledad a medida que ve la silueta de su esposo perderse en la húmeda lejanía.

El  destino de Steinar es… Copenhague, la capital de Dinamarca.

Conseguido su objetivo, previa audiencia con un rey agradecido por el presente, Steinar resuelve retornar a casa, pero diversos acontecimientos retrasan su llegada a Islandia, un barco tras otro recalan en Reikiavik sin él.

Apunto ya de embarcar, el destino volverá a reunirle con el mormón, aún en tierras danesas.

Este encuentro será determinante para afianzar la convicción de Steinar en seguir los pasos del amigo mormón. Cree firmemente que su misión, desde ahora, es partir hacia la Tierra Prometida, un lugar de providencia que aguarda la promesa de un futuro digno para su familia.





Tomará un barco rumbo a Norteamérica con el propósito de establecerse en Utah, en donde le esperan unos familiares del  mormón, Didrik.

Una escueta misiva llega a su esposa, donde Steinar anuncia que un asunto de vital importancia para el porvenir de la familia le ha hecho viajar al Nuevo mundo. Así lo deja estar.

Steinar afrontará un incierto peregrinaje en pos de la Tierra Prometida que, decían, aguardaba a todos los hombres honrados.

Si tiene que atravesar medio mundo, lo hará.

Sin embargo, todo se irá desmoronando para la esposa y los hijos, incapaces de hacer frente al mantenimiento de la granja sin el incombustible cabeza de familia.

Para más desgracia, el oscuro cacique local, Bjorn de Leirur, encuentra la oportunidad perfecta para entrometerse, con aviesas intenciones, en la desamparada familia que aguarda al esposo.

Posibilidades que ni siquiera sopesó Steinar Steinsson, seducido, más bien cegado, por el sueño de llegar a ese Edén señalado.





Aunque la historia se encuadra en el relato realista, sobrevuela cierto carácter mítico por influencia de las sagas islandesas, que con tanto deleite leía Halldór Laxness (y añadiría cualquier islandés).

No negaré que algunas fases de la novela me han resultado algo áridas, por ejemplo las que tienen lugar tras los primeros días de Steinar en Utah.

Durante dos o tres páginas encontramos una disertación sobre la importancia filosófica que tiene una máquina de coser, como si fuera un eslabón perdido entre la modernidad acechante y el mundo anquilosado de la sociedad mormona. Son unos cuantos pasajes que he leído de refilón, me gusta la filosofía, pero aquí me he encontrado un “pantano” que no me apetecía atravesar. Poca cosa.

Hay otros debates de enjundia que me han despertado mayor interés, como la confrontación entre la poligamia de los mormones y el profundo rechazo que tal práctica suscita en la ligas femeninas luteranas, que desde el puritanismo más reaccionario defienden la monogamia como la única alternativa. 

Leídas unas y otras posturas en boca de sus protagonistas, ambas eran sostenidas sobre la radicalidad de sus argumentos.

Ha llovido mucho desde que Steinar dio la espalda a su tierra...

Una mañana, el otrora robusto granjero, es consciente de estar iniciando la senda hacia la vejez. Decide partir a Islandia... 

Han transcurrido varios  años, Steinar se reencuentra con su antigua casa,  mejor dicho, con el hermoso paraje en donde una vez estuvo la granja familiar.

Nada queda ya de lo que una vez fue su acogedor hogar, la mullida pradera en la que corrían sus hijos persiguiendo a Krapi, o contemplando extasiados el vuelo de los petreles, es un páramo asilvestrado.




Apenas se sostiene un trozo del magnífico muro original, ahora solo quedan unas pocas piedras conquistadas por el musgo, y algunas maderas viejas esparcidas en la hierba. Todos sus recuerdos descansan ya sobre las ruinas:

“Y, sin embargo, le parecía que, apenas ayer, se había levantado muy de mañana y se había despedido de sus hijos dormidos, mientras que su mujer, llorando, se quedaba en el pavimento de la entrada contemplando fijamente como desaparecía tras la espalda de la montaña el hombre más sabio del mundo. Nada le hubiera parecido más natural que encontrar todo en el mismo estado que lo dejara y poder acercarse a sus hijos dormidos para despertarlos con un beso.

(…) Entonces vio, por casualidad, en la alta montaña, que se alzaba sobre la granja, el petrel, ese pájaro fiel, barriendo el aire con sus aletazos suaves, poderosos e inmortales a lo largo de las aristas del acantilado lleno de helechos y botriquios, donde anidaba hacía veinte mil años.”

Steinar parece que, al fin, ha descubierto cual era la Tierra Prometida. 

Lo ha sabido mientras perseguía el vuelo de los pájaros marinos que trazan siluetas sobre el muro derrotado. 

Es magnífico que los petreles continúen por aquí, parece que ellos jamás tuvieron dudas de donde se hallaba... el verdadero paraíso.



Islandia. Foto internet.