P. Castillo

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sábado, 23 de marzo de 2019

Carpe diem (1956). Saul Bellow (Canadá, 1915 – Estados Unidos, 2005)

Editorial Planeta, 1ª edición 1977. Traducción de José María Valverde. Narrativa, 175 páginas.




En casa tenía este viejo ejemplar de 1977, perteneciente a la Colección Premios Nobel publicada por la Editorial Planeta (tengo varios volúmenes), que me ha permitido acercarme a uno de esos autores y títulos que han dado fuste a la narrativa norteamericana, y mundial, del siglo XX.




Así mismo lo pensó otro prestigioso colega y compatriota, Philip Roth, quien afirmó lo siguiente:

“La columna vertebral de la literatura estadounidense del siglo XX fue proporcionada por dos escritores: William Faulkner y Saul Bellow.”

El mismo P. Roth se considera deudor de Bellow, una suerte de maestro para él.

El escritor norteamericano, aunque canadiense de nacimiento, obtuvo el Nobel en 1976. Hasta ahora no había leído nada de Saul Bellow… y bendita la ocasión. 
Esta novela es un ejercicio magistral de escritura que todo candidato al oficio haría bien en considerar, pues no hay mejor método para aprender que hacerlo con deleite.

Con Saul Bellow sucede lo habitual; los críticos necesitan un marco referencial para analizar la trayectoria literaria de un escritor. A Bellow se le encuadra como uno de los precursores de la Escuela Judía Estadounidense, nómina de escritores pertenecientes en gran porcentaje al área de Nueva York y Chicago, cuyas obras constituyen un legado extraordinario. La influencia de Bellow sobre estos autores posteriores es notable, como ya confesara Roth.

Bellow no era muy amigo de tales acotaciones, en estas líneas de la revista Letras Libres se deja constancia:

«Si es, por ejemplo, que "trata temas judíos", sea lo que eso sea, entonces Bellow no merece el calificativo, pues, como él declaró, "no soy escritor judío, soy escritor americano que sucede que es judío".»

Fuente: https://www.letraslibres.com/mexico/elocuencia-saul-bellow

De lo que no puede renegar Bellow es de su sólida formación intelectual. Licenciado en sociología, fue profesor universitario de antropología y literatura inglesa, e integrante del Instituto Nacional de Artes y Letras norteamericano. Un curriculum apabullante.




El comienzo del libro es la primera perla de las muchas que iremos encontrando durante la narración.


“Cuando se trataba de ocultar sus dificultades, Tommy Wilhem era tan capaz como cualquiera.
Por lo menos eso pensaba, y no le faltaban algunas pruebas con que apoyarlo. Había sido una vez actor –bueno, no exactamente: un extra- y sabía lo que era representar un papel. Además, iba fumando un cigarro, cuando uno fuma un cigarro y lleva sombrero, tiene una ventaja: es más difícil que se sepa lo que siente.”

¡Uff, el inicio es condenadamente bueno, una genialidad!

Ese cierre del párrafo ya te mete la intriga en el cuerpo con la efectividad de un potente veneno… en este caso solo para disfrutar.

El ingenio y la originalidad descriptiva de Saul Bellow me ha dejado encandilado, hasta el punto de haberme leído algunas frases dos o tres veces seguidas, simplemente por el mero placer de leerlas despacio y retener en el paladar su talento.

Me pregunto si Wilhem será ese New York City man que cantaba el carismático Lou Red, pues es innegable la impronta de genuino neoyorquino que confiere Bellow a su protagonista. 

“(…) por falta de empleo había mantenido la moral madrugando: a las ocho estaba en el vestíbulo, afeitado. Compraba el periódico y unos cigarros y se tomaba una Coca-Cola o dos antes de entrar a desayunar con su padre en el Hotel.”

Un ingenio literario que alcanza su máxima cota en la distancias cortas (igual que la colonia de marras…), es decir; en las breves descripciones de situaciones, espacios y personajes a partir de tres o cuatro elementos externos que combina sabiamente (exponentes perfectos son los fragmentos anteriores), como el boceto de un pintor en el que ya reconocemos el retrato definitivo.

Pues Bellow hace lo mismo, por ejemplo algunos rasgos físicos de los individuos, un complemento de la indumentaria, un gesto, algún detalle significativo de un despacho, o una calle, un salón, en fin; cuatro o cinco pinceladas por aquí y por allá que acaban adquiriendo en nuestra mente la imagen de un cuadro completo, gracias al buen hacer de este señor que parece un prestidigitador de palabras.



En Carpe diem predominan las frases enérgicas y las expresiones con una gran carga sugestiva. Huelga decir que el ritmo narrativo discurre con buena agilidad.

«Carpe diem es una locución latina que literalmente significa 'toma el día', que quiere decir 'aprovecha el momento', en el sentido de no malgastarlo. Fue acuñada por el poeta romano Horacio (Odas, I, 11):

Carpe diem, quam minimum credula postero

"Aprovecha el día, no confíes en el mañana."»


Ese sería el lei motiv de Wilhem. Él vive el momento, pero utilizando las peores alternativas .

Acompañaremos a Wilhem durante una jornada, un día para olvidar, aciago donde los haya.

El dilema planteado aquí por Saul Bellow es uno de los grandes conflictos en las relaciones humanas; la incapacidad de entendimiento entre un padre y su hijo, pues han tomado sendas opuestas en la vida.

Un argumento que Bellow no ha tenido que ir lejos a buscar. Valga este dato biográfico: 

(…) hijo de emigrantes rusos, judíos. El padre, siempre fracasado, como el de Joyce, no entendió a su talentoso hijo y obstaculizó su vocación literaria”

https://www.letraslibres.com/mexico/elocuencia-saul-bellow

En esta novela el fracasado es el hijo, no el padre.



Cuando Tommy Wilhem, rebasados ya los cuarenta años, echa la vista atrás, le atormenta lo que ve; un montón de buenas oportunidades desperdiciadas por el camino, y todo por su estúpida e incomprensible tendencia a escoger el itinerario equivocado, a caminar por el borde del precipicio. Lo que presentía como “atajos” se convierten en trayectos abruptos e interminables.

Su padre, el octogenario doctor Adler, enviudado hace tiempo, ha gozado de gran prestigio, aún lo conserva, como profesional de la medicina en Nueva York.

“El bien plantado anciano estaba muy por encima de los demás viejos del hotel. Todos le idolatraban. Lo que decía la gente era:

Es el viejo profesor Adler, que enseñaba medicina interna. Era un gran diagnosticador, uno de los mejores de Nueva York, y tenía una clientela enorme. ¿No es un tipo de estupendo aspecto? Da gusto verle, un anciano sabio, tan limpio y correcto. Anda muy derecho y entiende todo lo que se le diga. No pierde un botón. Se puede hablar de cualquier cosa con él.”



Disfruta de una jubilación dorada gracias a su considerable fortuna. No está dispuesto a soltar un solo centavo por su hijo, allá se las apañe él. Desoyó sus recomendaciones, despreció los consejos paternos y maternos, un disgusto tras otro que han escarmentado al padre. Ahora que apechugue con las consecuencias. 
No moverá un dedo por el vástago. Quiere vivir un retiro sin sobresaltos, se lo ha ganado a pulso con su estresante trabajo, no permitirá que los errores de Wilhem arruinen sus últimos años.

Esa severa postura respecto a su hijo no le quita el sueño. Considera que ya hizo todo lo que estaba en su mano para situar a Wilhem con ciertas garantías frente al futuro. Una cara educación que Wilhem desaprovechó, enseñanzas paternas que el hijo desestimó, y otros tantos desaires.

¿Y los afectos, la ternura, el cariño, la presencia del padre?

La vida de un médico exitoso  discurre entre consultas, congresos, atención a los pacientes, docencia universitaria… Allí estaba la vida del doctor Adler.

Al hogar nunca terminó de llegar, ahí no germinó nada.

Ese es el resentimiento que arrastra Wilhem hacia su padre.

¿El dinero del progenitor?

Lo que íntimamente piensa Wilhem de eso, es más o menos utilizando mis palabras:

-Al diablo el dinero de papá, que se pudra con sus dólares.-

Lo piensa pero no se lo dice. Lo mismo hace el padre, piensa en la inutilidad de su hijo, y tampoco se lo dice abiertamente.

Por supuesto se lo manifiestan de forma soterrada, y saben que “a buen entendedor, pocas palabras”.

Wilhem es un hombre bueno, un gran chico con mala suerte, diría él. Algo de razón hay en su apreciación.

A Wilhem le sulfura la indiferencia del padre. Al doctor Adler le hastía el enésimo traspiés de su hijo.


Wilhem nunca a pedido dinero a su padre. Pero en estos momentos sin trabajo, con la manutención de los hijos y la presión de su exmujer para pagar religiosamente la pensión, le tienen asfixiado. No le queda otra que humillarse ante el padre y pedir “limosna”.

Para más inri, sus últimos ahorros, cerca de mil dólares, los ha invertido de forma suicida en bolsa por el asesoramiento del filibustero Tamkin, psicólogo de formación, y “jugador” por vocación con turbia reputación en el mercado de valores neoyorquino. Tal individuo le ha convencido para depositar esa cantidad, más otro dinero que pondrá el propio Tamkin (¿lo hará?, se pregunta Wilhem oliendo la fatalidad) en la producción de centeno y tocino.

Y Wilhem, aún viendo negros nubarrones que se van aproximando desde la lejanía, incluso sospechando, como todo el mundo, que Tamkin no es trigo limpio para confiarle sus ahorros… aún con todo eso, Wilhem entra al trapo, que decimos por aquí.

Sabe que se está dirigiendo al abismo, pero una fuerza perversa lo arrastra… como el niño que, intuyendo el peligro, se aproxima más a él, porque quiere ver “eso” de cerca, palparlo, la excitación de tal acercamiento es más atrayente que la prudencia. 

Se agolpan en su cabeza recuerdos que le escuecen…

Quisiera olvidar aquella grotesca intentona de abrirse camino como actor, embaucado por un dudoso agente artístico que le vaticinaba el estrellato en Hollywood, aunque solo llegó a trabajar de extra en alguna cinta sin relumbrón. Sus dotes interpretativas eran pésimas para la gran pantalla, pero muy efectivas para la vida real… lo malo es que al acabar la película se apagan las luces y el vacío se instala en la sala.


Un aspecto que me ha fascinado es el modo en que Saul Bellow desarrolla la relación de sus personajes principales; el hijo y el padre.
Los confronta, mediante conversaciones que mantienen, y son unas joyas narrativas, en un clima alejado de la violencia verbal y las grandes gesticulaciones que uno esperaría, habida cuenta de su pésima relación. Pero ambos, siendo personas que estiman las maneras civilizadas y la corrección en los encuentros, dominan sus impulsos más pendencieros, se contienen de escupir exabruptos, el tono que mantienen siempre es de respeto, eso sí, un respeto que nunca nace de la admiración, sino de una frialdad glacial.

Entendemos las razones de cada uno uno para decir lo que dicen, para ser como son, consecuentes con su manera de ver la vida.

De esto se deduce, al menos así lo veo, que Saul Bellow no toma partido por ninguno, yo no lo he percibido con nitidez. Eso me hace pensar en lo que dicen muchas veces los escritores, cuando sus personajes cobran vida propia a medida que avanza la historia, y sus personalidades parecen zafarse de la pluma del autor, sin que éste tenga claro por donde le llevarán.



Saul Bellow perfila al personaje de Wilhem desde una perspectiva que le dota de cierto encanto para el lector, es el débil, y no es un ser pendenciero ni violento, como ya he señalado. Nos suscita compasión.

La figura paterna es un peso insoportable para el hijo.
Al lado del doctor Adler, Wilhem es un alma en pena, una sombra anodina más, reptando en la incesante marea humana que Nueva York vomita cada día. 

En cualquier caso hay un equilibrio sutil y complejo entre esos dos mundos, sin que podamos achacar del todo la culpa al padre por ser el hijo como es, ni tampoco adjudicar a la vida del hijo el comportamiento rígido del padre. La vida en toda su complejidad… con que facilidad lo leemos y entendemos, gracias a la dificultad resuelta por el autor con su escritura diáfana. Así son los grandes.





Vive el momento; Carpe diem… como si un duende maligno le susurrara ese mantra al oído del confuso Wilhem.

Se ha convertido en una caricatura de sí mismo.

Pero no desea ningún mal a la humanidad por su suerte, ni siquiera a su padre. No alberga odio en su corazón.

Sú unico anhelo es tener una nueva oportunidad de encauzar todo de nuevo.

Claro… otra oportunidad.

¿Otra oportunidad, muchacho? 

¿Cuántas llevas quemadas, Wilhem? 





Tu existencia es un Eclipse Total, Wilhem. En Nueva York, la ciudad de las luces, siempre caminas hacia la oscuridad...


La Unión. Eclipse total