Cuentos de Odesa y otros relatos. Isaak Bábel (Odesa, 1894 – Moscú, 1940)
Alianza Editorial, edición de 1985. Traducción de José Fernández Sánchez.
187 páginas.
Os comenté la vez pasada mi pretensión de unir a estos dos grandes
narradores, Sholem Aleichem e Isaak Bábel, en una sola entrada, y expuse los
motivos para hacerlo.
Sin embargo, ante el previsible empacho por la extensión lo desestimé.
Issak Bábel, así lo percibo, no puede reprimir una sensación de pesadumbre
en sus relatos, si bien se nota un esfuerzo por no recrearse en la violencia
pura y dura, pues él prefiere sugerir lo tenebroso, como hacía Hitchcock en sus
películas. También cuenta historias que no son trágicas… o al menos ésta pasa de refilón.
A diferencia de Aleichem, en donde resulta menos evidente, existen claros
rasgos autobiográficos en buena parte de sus cuentos.
En otro orden, Aleichem torna en burla y grotesco lo que pueda haber de
perverso y trágico en la existencia. Utiliza el sentido del humor para
escribir, quiere que pases un buen rato leyendo las miserias y grandezas de la
comunidad yiddish, con esa socarronería sui géneris que se saca de la
manga.
Para Bábel el humor es un elemento accidental, no narra desde el humor,
como Aleichem, pero no lo rehuye si es menester, tampoco lo reclama, viene y va
como en la vida misma.
Isaak Bábel. Internet
En ese sentido Bábel es unamuniano (“El sentimiento trágico de la vida”,
Unamuno), esto se refleja muy bien en el cuento que ya adelanté en la entrada
anterior, “Historia de mi palomar”, relato sobre la devastadora vivencia
de un progrom a través de la perplejidad y confusión de un niño. Un cuento fascinante, para
mí una obra maestra.
Y Aleichem es valleinclaniano, hay algo de esperpento en sus personajes, un
tanto hiperbólicos a lo Max Estrella en "Luces de Bohemia", (Valle-Inclán).
Repasando la biografía del autor caemos en la cuenta de su terrible final.
Detenido, torturado y ejecutado por el aparato staliniano. Una de las tantas
sinrazones de los regímenes totalitarios en su caza de brujas hacia tantos
intelectuales, casi siempre eran los primeros en caer.
Isaak
Bábel. Foto internet
En la primera parte hay una serie de cuentos agrupados bajo el título,
“Cuentos de Odesa”, cimentados en el ambiente gansteril que padeció Odesa, como
otras ciudades. Aquí nos va narrando en diferentes historias la irrupción y el
ascenso del joven Benia Krik a la cúspide del hampa, que teje su red en la
Odesa más oscura.
El tono narrativo adquiere ese aire canalla que se gastan los malechores
callejeros, prevaleciendo una mirada sórdida sobre una Odesa de arrabales
enlodados.
Benia Krik, rodeado de una serie de personajes estrafalarios, nos
lleva por un recorrido geográfico y vital en una Odesa oculta a la
majestuosidad que deslumbra al visitante extranjero. Nos adentramos en los
trapicheos que se cuecen por antros de mala muerte. Son relatos excelentes, y acabamos engatusados por el carisma de Krik.
Tal es el caso de la mencionada arriba, “Historia de mi palomar”, un
hermoso cuento que va bordeando la fatalidad sin que
el lector llegue a percibirlo claramente. Bábel nos lleva caminando
plácidamente al borde de un precipicio que la vegetación nos impide ver.
Un relato a través de la mirada confusa de un niño, que cruzando la ciudad para cumplir su sueño de comprar unas pocas palomas…
empieza a advertir un enorme barullo, caos, golpes, gritos, lamentos… y no sabe
que está ocurriendo, solo que tiene que salir corriendo ante el pavor que lo
invade. Acaba de vivir un progrom. Impresionante.
Rescato un fragmento sobre esa cara menos amable de las ciudades que
aparecen. En esta ocasión, Kiev, en el cuento “El camino”:
“En el mundo no hay espectáculo más deprimente que la estación de Kiev.
Unos barracones provisionales de madera de madera desde hace muchos años
profanan la entrada a la ciudad. En las tablas mojadas crujían los piojos.
Desertores, especuladores, gitanos yacían mezclados. Viejas de Galitzia meaban
de pie en el andén. Un cielo bajo estaba sesgado por nubes, saturado de
tinieblas y de lluvia.” (p.145)
Hay un cuento titulado "Guy de Maupassant" que me ha sorprendido por algunas
alusiones a España. Ya al inicio irrumpe así:
“… En el invierno de año dieciséis aparecí en San Petersburgo con pasaporte
falso y sin un céntimo. Me cobijó Alexei kazántsev, profesor de literatura
rusa.
Vivía él en Peskí, una calle congelada, amarilla, maloliente. A su mísero
salario añadía lo que ganaba traduciendo del español; entonces adquiría fama
Blasco Ibáñez.
Kazántsev no había estado en España ni de paso, pero el amor hacia ese país
llenaba todo su ser, conocía sus castillos, jardines y huertas de España.”
Y otra mención que aparece casi al final del relato:
“En casa, Kazántsev dormía. Dormía sentado, estirando las piernas flacas
con botas de fieltro. (…)
Se había dormido al pie de la estufa, reclinado sobre un «Don Quijote»
editado en 1624. El libro llevaba en el título una dedicatoria al duque de
Broglie.”
No me resisto a otro fragmento, que nada tiene que ver con lo anterior,
pero me encanta, pertenece al cuento “El despertar”, narrado en primera
persona por el niño protagonista. Es otro relato de la primera parte sin
relación con los gánsteres de Benia Krik.
Se trata de un niño que se escabulle de las clases de violín para holgazanear junto a
otros en los muelles de Odesa. Allí conocen al fascinante Níkitich, un viejo
culto que se dice a sí mismo filósofo naturalista;
«los niños judíos se morían
de risa escuchando las historietas de Níkitich sobre pescadores y animales»
El joven protagonista, apasionado por la escritura, le entrega una tragedia
que había escrito la víspera, lo hace en una breve visita a solas con Níkitich:
"Ya me imaginaba que escribías –dijo Níkitich-, tienes mirada de eso… Por lo
general no miras a ninguna parte…
Leyó mis escritos, movió un hombro, pasó la mano por su pelo crespo y
canoso y paseó por la buhardilla…
-Cabe pensar (…) que tienes madera…
Salimos a la calle. El viejo se paró, (…) y me miró fijamente.
¿Qué es lo que te falta?... La juventud es lo de menos, eso se remedia con
los años… Te falta el sentido de la naturaleza.
Con el bastón señaló un árbol de tronco rojizo y de copa baja.
¿Qué árbol es ese?
Yo no lo sabía.
¿Qué crece en esa mata?
Tampoco lo sabía. Caminábamos por un jardincillo de la avenida
Alexándrovski. El viejo señalaba con el bastón todos los árboles, me tomaba del
hombro cuando pasaba un pájaro y me hacía escuchar sus trineos.
¿Qué pájaro canta?
No lograba responder a ninguna de sus preguntas. El nombre de los árboles y
de las aves, su clasificación por órdenes, adónde vuelan los pájaros, de donde
sale el sol, cuando es mayor el rocío
–Yo desconocía todo eso.
¿Y te atreves a escribir?... El que no vive dentro de la naturaleza como
vive en ella la piedra o el animal, no escribirá en su vida dos renglones
dignos… Tus paisajes parecen una descripción de decorados.
Es un cuento claramente autobiográfico, ese chico era el alter ego del
Bábel que fuera chiquillo, él mismo se solía escapar al muelle de Odesa con sus
amigos, zafándose de los extenuantes e
inacabables estudios a los que eran sometidos aquellos niños judíos. Niños al
fin y al cabo.
Creo que unas líneas sobre la obra de Isaak Bábel merecen un final así.
Lejos de la crueldad, junto al vuelo de algún pájaro abandonando el puerto
hacia no se sabe donde…

