P. Castillo

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Mostrando entradas con la etiqueta José Hernández (Martín Fierro). Mostrar todas las entradas
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miércoles, 15 de enero de 2020


Martín Fierro (1872), José Hernández (Argentina, 1834-1886)

Alianza Editorial, edición de 1985. Notas de Santiago M. Lugones. 286 páginas.







Martín Fierro, o como una historia infausta es contada de una manera bellísima, con una fuerza dramática muy envolvente, provocándome la misma sensación que al contemplar una gran tormenta estival, sobrecogido por la belleza trágica de ese cielo amenazador.

Sin embargo, he aquí la paradoja, tal vez sea su estilo lo que desanima a muchos lectores. Aunque seguramente sea el olvido, sin más.

Precisamente su estilo es para mí lo ideal. Es su forma, como poema narrativo, la que otorga a esta epopeya toda su intensidad, propiciando la fascinante cualidad musical que te llega al leer sus estrofas, como cantos o lamentos las más de las veces. Una prosa telúrica en donde la palabra muta también en imagen, al ser una narración en primera persona que te hace vivir y observar la figura de Martín Fierro (voz narrativa), tratando de encontrar “su lugar” en aquella época hostil. 






Un gaucho luchando contra la ingratitud de su existencia, derivada de las injusticias sociales. Vidas aguerridas por soportar esa geografía indómita que es el llano patagónico, de ahí lo telúrico; la influencia que tiene para el carácter de sus moradores la orografía que habitan.

No concibo de otro modo el estilo, será por la fuerza de la costumbre, pues retorno a Martín Fierro en ocasiones, como quien regresa a un lugar añorado.

Sirva un breve y explícito párrafo de la Wikipedia:

“Martín Fierro logra la interpretación sociológica de una época y de una sociedad, aúna lo lírico, lo descriptivo, lo satírico y lo épico, alcanzando los caracteres de una epopeya.”

Su autor, José Hernández, fue un criollo (argentino de raíces extranjeras; españolas, francesas e irlandesas, si no me equivoco) simpatizante del mundo gauchesco, con los que mantuvo una estrecha relación desde muy joven.


Fruto de esta inmersión en la realidad del gaucho, vería la luz una de las grandes obras maestras de la literatura latinoamericana y, por extensión, de la lengua castellana; “Martín Fierro”, corría el año 1872. 




Os hago un retazo de lo que acontece.

Entre las paredes de una pulpería, lo que vendría a ser una cantina, Martín Fierro, al compás melancólico de su guitarra, recita a la concurrencia su errante y desgraciado periplo hasta recalar ahí. 


El gaucho es separado de su familia; mujer y dos hijos, a los que deja a su suerte en la modesta casa que habitan en tierras patagónicas. Ha sido reclutado forzosamente por el ejército argentino y destinado a las remotas fronteras para vigilar, y si fuera necesario combatir, a los indígenas, a quienes nunca consideró sus enemigos.


Su estancia acuartelada es un auténtico calvario, primero el propio reclutamiento, algo antinatural para un gaucho, hijos  como son de los horizontes inabarcables, del viento al que acompañan a los lomos de sus caballos, del silencio y la soledad, amigos inseparables de sus guitarras en las noches heladoras de la pampa, mientras acarician a su perro junto a una hoguera crepitando bajo las estrellas…



Es sometido a un régimen castrense que le sume en una profunda desesperanza. Arrancado de su mujer e hijos. Pasa hambre, es humillado, trabaja de sol a sol sin más recompensa que algún trago furtivo de licor. Además, él y otros gauchos son utilizados en beneficio propio de los oficiales, faenando en sus "chacras", es decir, en las fincas que poseen el general o comandante de turno. Tiranos y brutales en el trato. 

Después de tres años pasando incontables penurias se fuga. Regresa a su casa, en donde solo encuentra un lugar desangelado y entregado a los yerbajos. Ni rastro del hogar que guardaba en su memoria.



Es tenido por desertor y perseguido sin tregua. Intenta soportar la tristeza de alguna manera, se aficiona al trago en las pulperías, a la mala vida, mata a otros hombres en diversas afrentas, tratando de defenderse.

Pero en su fuero interno hay un ser que se rebela contra los abusos de poder que ha padecido.

En definitiva, intenta aplacar su sed de justicia, su dolor, clama su amor a la libertad, su dignidad como hombre, su devoción a los hijos, a su mujer…


Y si la guitarra no suena en el campo, lo hace el viento cimbreando las retamas...




Ya me conocéis, me suelo llevar libros al campo, en esos paseos, también solitarios, a los que me entrego con la devoción de un místico.


La última vez que llevé a Martín Fierro fue el invierno pasado, cuando ya agonizaba la estación para dar paso a una primavera enferma y mustia por la escasez de lluvia, aunque alguna hubo.




Estos páramos en los que paseaba son de escaso arbolado, de una vegetación rala y humilde, un paisaje casi desnudo. Siendo así, la lectura de Martín Fierro se hace todavía más penetrante y vívida.

Unos pocos árboles hay, claro, algunos chopos, fresnos, arizónicas silvestres, algún arce, moreras dispersas, etc. Lo que se aprecia con más abundancia son las retamas, e hileras de juncos en el cauce seco de un arroyo.

Yo iba por allí algunas mañanas, en ocasiones por la tarde, aún con esa claridad tibia antes del precipitado anochecer invernal.



Son unos campos que se acoplarían bien al espíritu poético del 98.

Muchas veces, andando por los caminillos desiertos y yermos, me he imaginado a Machado, a Unamuno, o Azorín... ensimismados pisando la menuda hierba aprisionada en la escarcha, apartando los guijarros con el pie, fijándose en las correntías a ver si encuentran alguna moneda antigua, en fin, cavilando sobre su existencia, pensando de modo poético en el transcurrir del tiempo y la vida.



Arriba con Unamuno ("Por tierras de España y Portugal"). Aquí con Azorín ("Pueblo"). Paco Castillo.


Ahí leo fragmentos de Martín Fierro, lo hago retratando al libro junto a la modesta flora que va surgiendo a mi paso. Arbustos discretos, flora invernal que gusta del silencio reinante en estos pagos.




Tengo suerte y puedo disfrutar la lectura en la serenidad del lugar. Unas líneas de Martín Fierro junto a las pasifloras, para oler la soledad de aquellos lejanos llanos patagónicos.


Otro párrafo junto a una retama que observo un tanto afligida, impregnándome de la angustia que asola al gaucho.


Con la aquiescencia del campo detengo la lectura, es bueno observar el entorno, el paisaje mustio, divisarlo con ojos de caminante; es decir, hay que mirarlo con palabras, con algunas que salen del corazón herido y justiciero de Martín Fierro.





No somos conscientes de la cantidad de veces que observamos un paisaje a través de las palabras, del pensamiento, más que con la mirada.


Al hacerlo así, el alma de libro se acomoda en las briznas de hierba, en las pocas hojas que permanecen en los árboles, en las retamas, en las urracas, en los juncos, en unos gorriones con el plumaje rechoncho por las heladas.


En todas estas cosas se asienta el espíritu de los gauchos, como Martín Fierro.




Gorriones molineros. Fotos, Paco Castillo.


Campos que se asemejan a una ausencia, y en cuya desolación es donde encuentro su belleza, por tanto no se hallará en el ánimo de todos, así que unos la ven y otros no.

Eso es Martín Fierro, una pasiflora rodeada de ausencia en estos páramos, sin miradas que la contemplen.

No sé muy bien porqué, pero leyéndolo me hizo rememorar mi niñez haciendo la catequesis, era lo que se llevaba antes, y hubiera sido bueno que en vez de darme un catecismo para empaparme de justicia celestial, me hubiesen puesto sobre las manos el Martín Fierro de José Hernández; aunque solo fuera para saber que la justicia tiene poco de divino, no mana del cielo sino de los hombres, con todo lo bueno y malo que conlleva. Y también que no es algo que te encuentres por ahí al nacer, pues es un logro erigido sobre la sangre de otros que lucharon por obtenerla, y que hay que continuar peleando cada día.

Regreso a la pasiflora, al campo... 

¿Quién iría a pasear a estos eriales ennegrecidos, envueltos en la niebla?

A mí me gusta vagabundear por esos parajes baldíos con un libro en la mano; pongamos el gaucho Martín Fierro, y hacer del silencio que nos rodea un refugio para sus palabras.



Para palabras como estas, al son de una guitarra que suena melancólica...