P. Castillo

Safe Creative #1802170294390
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Namora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Namora. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de abril de 2018


La llanura de fuego. Fernando Namora (Portugal, 1919-1989)

Círculo de Lectores, 1972. Traducción y prólogo de Rafael Morales.



He deshecho el orden que tenía previsto y salto directamente con el Barbazas, no me resisto a empezar con el entrañable buscavidas de esta historia. Gañán y perezoso, le vociferan sus parroquianos. Sin más oficio ni beneficio que dejarse llevar por el viento que cimbrea los trigales del Alentejo portugués, mientras el tiempo, estación tras estación, le va robando sus sueños.


Lo mismo les sucede a otros tantos en estas llanuras meridionales, sueños desmenuzados, trillados como el cereal tras la siega.

Es "La llanura de fuego” que retrata magistralmente Fernando Namora. Uno se lo imagina trazando esas letras embargado de emoción, cuando siendo médico rural recorría aquella tierra inmensa henchida de luz estival, o desolada por el frío y la bruma de noviembre en donde el Alentejo, tan vasto como despoblado, parece sumido en un apacible letargo, tal vez imitando el sueño invernal de los erizos que cobija, mientras esperan la primavera pródiga en lombrices y caracoles. En cualquier caso, la larga siesta del Alentejo es en estas páginas  un sueño de otro mundo.



Y es que F. Namora enseña sus cartas nada más comenzar el libro, pues las primeras líneas ya te arrancan algún resoplido… ¡Tela lo que hay aquí! Sueltas mientras las sospechas de que estás ante algo muy bueno se van confirmando en cada página. 

Este es el arranque  de Namora con su Llanura de fuego:

“El pueblo es una calle. Llega del alto de los eucaliptos pidiendo licencia a la llanura para interrumpirle el sueño, atraviesa una encrucijada de veredas por donde corren los aires de España o del mar y, bruscamente, con ímpetu vigoroso, trepa un montecillo en busca de una iglesia que fue refugio de moros y abades, y allí se queda, arrogante, desafiando el asombro de la campiña. Por detrás de la iglesia, las casitas blancas con altas chimeneas que les atraviesan el lomo achaparrado, se cierran en un reducto que la tranquila voracidad del trigo no consigue romper”

Así hasta la página 218, la última. Una gozada.




De su mano vamos al escenario donde se dirime la vida de estos labriegos, que cosechan el trigo sembrado con tanto sudor. Hombres y mujeres apegados con una mezcla de amor y odio a la tierra, hermosa y trágica, que lentamente va consumiendo sus existencias, resecándolas con el árido verano y cuarteándolas con la humedad de los días fríos.

Campesinos cuya miseria es comparable a la grandeza de los paisajes inmemoriales que contemplan. Una humanidad sensible arrinconada en el alma, bajo la dura apariencia de sus cuerpos curtidos al viento y sus manos encallecidas, feas, sin ápice de suavidad por la extenuante exigencia diaria.



Es una incongruencia que estos labradores se sientan esclavos de unas míseras hectáreas fatigadas, ora por el secarral ora por la escarcha, cuando sus ojos recorren unos parajes cuya inmensidad se pierde en esa atmósfera azulada del horizonte remoto.

Habíamos dejado por ahí al Barbazas…

¿Y qué soñará este errante de caminos polvorientos?

¿Cómo es un sueño a la sombra de las encinas, acompasado por el canto de las cigarras?

No es fácil saberlo. La mirada del Barbazas es un mar agitado y profundo, en su alma antigua se desliza un halo de tristeza. Un sentimiento que, sin anegar su corazón, humedece su espíritu con el tacto de una lluvia fina, como el beso de un niño en la mejilla, llovizna denominada “baharina” en el norte de Extremadura… que no deja de ser el Alentejo, a pesar de una frontera. 

Es una tristeza seductora, aunque él, pobre diablo, no puede saberlo y tampoco le serviría de mucho. Es la misma tristeza que confiere a los fados esa belleza frágil, casi moribunda. Así es la mirada de Barbazas, idéntica al “mar cruel” que canta la hermosísima voz de Dulce Pontes.




Sin embargo el Barbazas, vago donde los haya… dicen, no es visto con inquina por sus vecinos, aunque se rían a su costa en los chascarrillos de taberna, tan solo hace falta invitarle a unos vinos para que se preste a la función, no es hombre que rechace un trago, antes le partiría un rayo. Así son los enjutos aldeanos, a quienes la dureza de su oficio les confiere una expresión agria, mirada ruda y pétrea bajo los surcos del rostro.


Tumbado bajo el majestuoso abrigo de pinos centenarios, hay cierta solemnidad en la quietud del vago,  como si el noble fuste del árbol adquiriese mayor realce con el Barbazas recostado sobre el imponente tronco, ambos componiendo una estampa milenaria, el Barbazas parecía un hombre escabullido del tiempo, precisamente porque lo desprecia, él mismo era algo así como la existencia de toda la humanidad… un misterio insondable que los campesinos intuían en la naturaleza indomable del Barbazas, mas no eran capaces de comprender como les penetraba esa visión en su mente.



Barbazas, jornalero provisional si algún capataz tenía a bien contratarle para la temporada de la siega. Y entonces, ocasionalmente, le daba un arrebato de locura y se deslomaba segando, trabajando a un ritmo tan frenético que sus compañeros, con gesto patidifuso, se preguntaban que seres diabólicos se alojaban en la cabeza del Barbazas… loco como él solo, mascullaban los braceros.



Impresionante el retrato que hace Namora de un acontecimiento real, los jornaleros contratados para las siegas veraniegas, familias enteras llegadas del norte portugués, esas tierras húmedas, frondosas, que funden su verdor con los montes de Galicia. Un peregrinar anual hacia el sofocante sur, duro trance para habitantes de la lluvia y los helechos. Pero siempre fue así. 

“El sol creciendo e inflamándose, abrasaba la piel morena del Barbazas, y los ojos del muchacho se llenaban de fuego, de ramalazos de sangre, y por mucho que sus compañeros picados en su amor propio se esforzasen por seguir el ritmo enloquecido de su trabajo, él siempre iba delante como una proa que apuntase al corazón del trigal. Los hombres fueron a buscar varias veces el agua  templada y salobre que les ofrecía la aguadora, quizá no solo para refrescarse, sino también para refugiarse durante unos segundos bajo la sombra rala de las encinas, y, al mediodía, descansaron.

Con las manos entre las rodillas, quietos, como si esperasen algún acontecimiento, ni siquiera sentían la menor energía para lanzar un chiste o para tener un sueño de esperanza. Tan solo tenían una expresión pesada y absorta. A su alrededor, el silencio dormía sobre los campos, y los árboles, los hombres, la cosecha, los tojos, de tan desnudos por el sol, de tan inmóviles bajo el tiempo, parecían eternos.”


Por tanto, aquí tenemos una maravillosa novela transcurriendo en la región sureña de Portugal; el Alentejo (del luso Além= Allende, Tejo= El Tajo. Es decir, más allá del río Tajo).

Con sus estampas de fulgores dorados que reverberan en los campos de trigo, cuando al atardecer del estío el sol languidece sobre ese manto ondulante, antes de que la noche engulla todo esplendor. 

El Alentejo. Foto internet

Lo telúrico elevado sobre una prosa exquisita, profundamente humana, sensible, en perfecta armonía con un genial sentido del humor. Aspecto éste que me ha gustado sobremanera. Acontece en un sinfín de lances en donde F. Namora hace un claro homenaje a la picaresca ibérica, que tan magníficas páginas nos ha legado.

Por eso me sorprende cierta tendencia a equiparar la grandeza literaria con el tamaño de su dramatismo, considerando el humor un aditamento, elemento de relleno sin valor literario propio. Craso error.

En el estilo narrativo de F. Namora puede reconocerse su pasado poético. Irrumpió en la literatura como poeta, causando admiración y sorpresa por su talento siendo aún muy joven.

Y a la vez se da la circunstancia de su formación científica, con sus estudios de medicina y ejerciendo de médico rural, algo que dejó su impronta en la obra literaria.

Fernando Namora.

Pero lo que imprime el carácter definitivo a esta narración es la soberbia descripción que hace F. Namora del paisaje. 

El Alentejo, ahí fija su mirada más poética escrutando la geografía a tenor del verano, el otoño, el invierno y la primavera. Y conviene no perder detalle, pues aparte de la belleza narrativa, en la geografía física esboza el ser y el sentir campesino cartografiando su condición. La desafiante naturaleza frente a la “pequeñez” de los labradores, la cruel indiferencia del campo frente al drama vital de sus moradores. 

El trigo lo es todo para estas familias, miran el cielo con inquietud, murmurando plegarias ininteligibles para espantar un devastador granizo, que en pocos minutos haría añicos el esfuerzo de un año y las ilusiones gestadas tiempo ha.



Es preciso señalar que F. Namora escribe esta obra cuando se siente novelista de pleno, atrás queda su brillante despuntar como poeta, para desconcierto de muchos decide centrarse en la prosa, aunque la sensibilidad poética es inherente a su ser.

Se cuida de no apabullar con un lirismo excesivo sobre la prosa, cosa harto frecuente, dejando al lector la sensación de no saber “en que aguas está nadando”. Rafael Morales lo aclara en su estupendo prólogo:

“En Fernando Namora se da la conjunción difícil del buen estilista y el buen narrador. Digamos por añadidura que estas dos cualidades que encontramos en él guardan un perfecto equilibrio: ni relato seco, ni floritura derivativa, sino narración, verdadera narración de novelista que lleva en su fondo entrañable un vivo resplandor de poesía.”

Volviendo a la trama. Una impensable alianza unirá al Barbazas con Loas, agricultor amante de la conversación, construida con las pocas palabras que caben en su mísera propiedad, un terrenito tan estéril como el amor de su mujer, Juana, por este sur abrasador. Ella es del norte, como los jornaleros que llegan del verdor a purgar sus penitencias con la dura labor. Todos odian el sur, ella no es menos, nunca llegó a ser feliz huérfana del frescor cantábrico, la hija de ambos, la vivaracha Alicia, mitiga algo su pena secreta.



Un sinfín de episodios, a cual más disparatado, ocurrirá en el seno de esta extraña alianza para dar vida a una tierra, la de Loas, que ya no respira. Entonces todos se entregarán al gran objetivo, la solución salvadora. Hay que comprar una burra, pero Loas no quiere cualquier burra. Barbazas, amigo de gitanos y saltimbanquis que concurren cada año en la feria de ganado, habrá de ayudar al bueno de Loas… hasta que se meta por medio el Vieirinha, con el pícaro mayor del reino hemos topado, pero gran corazón. 
La burra por aquí, y las andanzas de unos y otros por allá son memorables.

Vuelvo a echar mano del prólogo con Rafael Morales:

"Personajes como Loas, el Barbazas o Vieirinha son suficientes para ensalzar a un novelista.

Loas con su simpleza, pero también con su grandeza de alma, con su ardiente fe en un porvenir dichoso que nunca llega; el Barbazas, ese brote elemental de la noble tierra alentejana; Vieirinha, humanísimo, débil, generoso y vencido; Juana, soñadora y trágica; doña Quiteria, reflejo de la falsa beatería; Alicia, deliciosamente infantil, y hasta la burra, que pasa por estas páginas magistrales con una conmovedora ternura (…) todos, absolutamente todos los personajes de La llanura de fuego, de esta gran llanura alentejana donde se funden el trigo y la cizaña, son creaciones maestras.”

Portugal. Qué ingrata y extraña es esta proximidad nuestra, vista desde aquí, que pone “tanta distancia” con escritores tan cercanos.



¿Y qué era esa solemnidad del Barbazas, percibida por los campesinos pero inaprensible para ellos?

“Se sentía libre (…). Lo demás no le importaba. Que los días y las noches renovasen el hambre de la tierra dirigiendo las simientes, los abonos, el sol y la lluvia. Todo eso y hasta los músculos y el cerebro de los hombres que vivían para la tierra.

Se retiró a un lugar donde los pinos extraviados aseguraban las arenas de la colina, y escogió una sombra fresca para echarse. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba del deleite de dejar abandonado el cuerpo a la caricia tibia del tiempo."

Así era el Barbazas, amigo de los albarderos que erraban por los caminos… albarderos, sí, los artesanos que hacían las albardas para las mulas, los burros, los bueyes…

Existió una vez un mundo, antes del era virtual, en donde los albarderos conversaban con los solitarios que encontraban por el camino.

Todo sucumbe a la caricia tibia del tiempo