P. Castillo

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jueves, 29 de enero de 2026

 

Rumbo



Erguida sobre el tejado del viejo monasterio, destaca una Rosa de los Vientos con su Flor de Lis fijando el Norte.

Es lo primero que suelo mirar cuando salgo al balcón amaneciendo.

Asomado a mi particular reducto de Mundo, la incipiente claridad me envuelve con su luz temblorosa de candil, tenue, y la existencia de las cosas y los seres posee una textura quebradiza, inconsistente; tejados humeantes, farolas con su haz dorado languideciendo, columpios mojados y vacíos, gorriones rechonchos, mirlos y algún transeúnte madrugador de andares desganados, adquieren la fragilidad de los charcos congelados, cuyo hielo va deshaciéndose al paso de las horas, y al sol de mediodía solo queda  agua cristalina reflejando nubes pasajeras.





Buscando charcos congelados en el campo, con mi hija pequeña; Itziar. Fotos Paco Castillo


Ahí, frente a la Rosa de los Vientos en una gélida atmósfera invernal, la mirada se hace acuosa y siento el frío punzante sobre mi piel. Reina la calma en las calles, solitarias aún, y aflora el deseo de quedarse a vivir en ese instante.

El silencio acentúa el delicioso canto de los mirlos y el piar alborotado de los gorriones, que buscan migajas junto a las macetas de crisantemos y brezos rosados del vecino, quien las cuida con mimo. De alguna manera, pienso, se está cuidando así mismo de la ingratitud del mundo.

Igual que yo, necesito esa catarsis del amanecer, ver como la noche cede pacíficamente el testigo al día en ese breve claroscuro, mientras trinan mirlos y alborotan gorriones, para soportar mejor  el atronador frenesí humano que está al caer y la cuota de desgracias, ya sea viajando en trenes veloces, amén de la violencia y hostilidad diaria que nuestra especie vierte al mundo sin descanso…, cada uno intenta sanarse como puede, un libro a mano también es gran aliado, entre otros.

Con jornadas despejadas, el cielo azul realza la forja metálica de los puntos cardinales en la Rosa de los Vientos.



El Norte, con la Tramontana y su viento frío, y de donde vienen muchos petirrojos por esta época, de un norte más remoto.

El Sur, a donde ya volaron los vencejos. También llamado Mediodía, con su viento Austral cálido para equilibrar la balanza.

El Este, o Levante, por donde sale el Sol al amanecer, como yo.

Y el Oeste, o Poniente, hacia donde se va ocultando el Sol tras su jornada, a la par que surgen hogareñas lucecitas en la lejanía, allí en el “azul horizonte” que decía Bécquer.

En dirección Poniente está la calle que los parroquianos llaman aquí del Viejo Casino (aunque ese no es su nombre), la suelo utilizar cuando voy hacia el campo.


No es una calle muy transitada, así que enseguida aparece metros más abajo uniformado de verde el barrendero; un “chico” que rara vez despega los ojos de las hojas marchitas desprendidas de los plátanos y moreras, que flanquean la avenida. Él las barre con movimientos mecánicos, lentos, ensimismado en sus pensamientos.


Devuelve mi saludo con un susurro casi inaudible, con la mirada perdida en los montoncillos de hojas muertas. 



Y a medida que recoge la hojarasca, una llovizna de hojas trigueñas cae sin cesar sobre su cuerpo orondo, no sé si serán más las hojas cayéndole encima, que sus sueños elevándose entre las ramas desnudas. 

Tengo la impresión, al mirar de reojo su semblante melancólico, que las hojas no dejan de caerle todos los días del año, sea primavera o verano, cubriendo sus recuerdos… sus sueños, que imagino finalmente sepultados bajo la broza. 




Parece que estuviera en ese célebre cuento de Oscar Wilde; “El gigante egoísta”, barriendo sin fin en el jardín del invierno perpetuo…,

 “(…) Y era siempre invierno en casa del gigante, y el viento del Norte, el granizo, la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles.(…)”

“El gigante egoísta”, Oscar Wilde

Nevando, buen momento para leer a Oscar Wilde. Fotos paco Castillo

Sí, el amigo barrendero ha elegido refugiarse en el Silencio antes que en las Palabras, sus razones tendrá.

Así las cosas, procuro tapar la portada del libro que llevo en las manos al saludarle, cuyo título no es el más reconfortante para nuestro amigo barrendero. 


"Vendrán más años malos y nos harán más ciegos", R.S. Ferlosio

Y a decir verdad, Ferlosio me confirma que la prudencia de nuestro amigo con las palabras tiene sus fundamentos.

"Vendrán más años malos y nos harán más ciegos", R.S. Ferlosio


Pero voy a ser Poniente con su corriente más cálida, y equilibrar algo las cosas, y no encuentro mejor apoyo que Rafael Narbona con su libro que tiene mucho de sanador, como indicaba por arriba, con título muy revelador; “Maestros de la felicidad”, y lo manifiesta un filósofo que cayó al abismo profundo de la depresión, empujado por el lado más amargo de la vida.

Maestros de la felicidad. De Sócrates a Viktor Frankl, un viaje único por la historia de la filosofía, Rafael Narbona


“Es allí a donde voy”, nos cuenta Clarice Lispector con su Silencio; así sea el Rumbo final para este escrito.




Para el “chico” que barre las hojas… Love Theme; Vangelis, (Blade Runner)




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