P. Castillo

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martes, 14 de julio de 2015

PATRIA MÍA. Ezra Pound, (Estados Unidos, 1885 - Italia, 1972).
Libro. Tusquets Editor, 1971. Colección "Cuadernos marginales" nº 23. 75 páginas. Traducción de Mirko Lauer.




Ezra Pound constituye una de las personalidades más extravagantes y polémicas, sobre todo lo último, que ha dado la poesía y la literatura del siglo XX. Además de crítico literario y ensayista, es considerado por muchos uno de los poetas más sobresalientes desde su irrupción en la escena literaria.

En “Patria mía” realiza un ensayo de corta extensión que, sin embargo, contiene muchas claves para aproximarse a su pensamiento, que no a entenderlo en toda su excentricidad, eso no lo ha logrado nadie.

Las reflexiones del autor van iluminando algunas zonas oscuras que pertenecen a la idiosincrasia de los estadounidenses, en lo concerniente a sus instituciones literarias, artísticas o arquitectónicas, entre otras, y que se revelan como aspectos desapercibidos para el lector europeo.
En sus líneas se puede leer el resentimiento del autor hacia la vertiente más pragmática y mercantilista con la que se concibe la cultura de su país, pues sabido es que el sistema educativo estadounidense siempre estuvo al servicio del utilitarismo en detrimento del humanismo.

Afirma que la simplicidad provinciana, por utilizar una expresión, de la cultura estadounidense es fruto de la escasa o nula formación humanista de las personalidades vinculadas al mundo literario y artístico, tanto escritores, docentes u otros funcionarios públicos.
Un escenario de mediocridad poblado por una mayoría de intelectuales, salvo meritorias excepciones, en los que no existe la huella de una “conciencia literaria”, que el poso de una cultura milenaria sí ha concedido a sus homólogos europeos.
Ezra Pound sitúa a G. K. Chesterton, nada menos, como uno de los paradigmas de ese “estado adolescente” de las letras estadounidenses.

No era la situación de Ezra Pound. Sus estudios de lenguas románicas en la universidad, estimularon una profunda admiración por las manifestaciones culturales que tuvieron su apogeo en la Edad Media.
Desde la perspectiva del experto en lenguas románicas, su pasión por la antigua cultura europea no es otra cosa que el reflejo de la frustración por verse, él mismo lo afirma, como el provinciano yanquee que asiste deslumbrado a la magnificencia cultural que siglos de historia han otorgado al viejo continente.
El esplendor de París y Londres, o palpar en el ambiente de países como España, Italia o Grecia el origen mismo de la cultura occidental, es una sustancia histórica y  vital con la que no crecen las mujeres y los hombres de letras estadounidenses. Aunque, dice él, algunos logran superar esa carencia con largas estancias, a veces definitivas, en Europa, y sus obras tienen el mérito de captar, en parte, el espíritu humanista del que carecen al otro lado del Atlántico, pone como ejemplo a su admirado Henry James.

Nada hay en este ensayo que haga atisbar los episodios más tumultuosos de su vida. Así que considero oportuno presentar algunos datos de su biografía.
La gran contradicción en la que vivía Ezra Pound fascinaba, a la vez que desconcertaba, a propios y extraños.
Igual que sucediera con otros intelectuales de Estados Unidos, Ezra Pound se embarcó en un largo periplo viajero que le llevó a recorrer gran parte de Europa. En una especie de “peregrinaje etimológico”, va al encuentro mismo de las fuentes culturales que lo formaron en la universidad; los clásicos grecolatinos, el medievalismo, el humanismo, los prerrafaelistas.
Sus pasos también se dirigieron a España. Becado por la universidad, un jovencísimo Ezra Pound recorría a pie parajes significativos de la España de principios del S. XX. Seducido por la épica legendaria del Cid, no dudará en recorrer los caminos que forjaron la leyenda del héroe castellano. Buscaba, de alguna forma, el santo grial de sus ínfulas literarias.
Mientras estuvo en Italia, sus coqueteos con el fascismo italiano de Mussolini alcanzaron la máxima expresión en una suerte de furibundas arengas radiofónicas que, desde Roma, lanzó contra el establishment de su propio país, los Estados Unidos, y extensibles a los aliados contra el fascismo, (se podrían comparar, salvando las distancias ideológicas y temporales, con las que protagonizó el difunto Hugo Chávez).

Sus amigos estadounidenses se preguntaban si las excentricidades del poeta habían hecho que sucumbiese a los cantos de sirena con los que le engatusó el fascismo italiano. Pero el hecho que terminó por desconcertar del todo a sus conocidos fue, desde su estancia italiana, el incipiente antisemitismo, pues algunos de sus mejores amigos eran judíos, y hasta entonces no había mostrado acritud alguna por motivos raciales.

Conviene matizar que el fascismo de Ezra Pound se revistió con su misma extravagancia, sus biógrafos y muchos intelectuales no dudan en afirmar que su apasionada defensa del fascismo se fraguó en la repulsa que le producía el capitalismo despiadado de su país, al que siempre acusó de pervertir el espíritu humanista de la cultura, algo que a E. Pound le repugnaba.
Parece que vio en el fascismo la única alternativa eficaz de frenar el capitalismo que condenaba. Sea como fuere la polémica estaba servida y le acompañaría hasta el día de su muerte.

Ni que decir tiene que pagó un alto precio por esa actitud suicida de caminar al borde del precipicio. Fue capturado por los aliados, declarado culpable por alta traición y condenado por su país. Se libró de la pena capital por la presión de numerosos escritores e intelectuales estadounidenses y europeos, que asistían, con más pena que gloria, a su decadencia moral, consternados por sus furibundas incoherencias, conscientes de que algún elemento externo había perturbado esa mente privilegiada. Consiguieron que lo declarasen demente y librarlo del patíbulo. Pasó doce años en un centro psiquiátrico de Washington.

No obstante, toda esa zona sombría de su personalidad llegó a convivir, sin aparentes fricciones internas, con una generosidad y altruismo pocas veces visto en una figura literaria. Bien lo comprobó T. S. Eliot, a quien apoyó, editó (incluso corrigió),  y posibilitó la publicación de su obra, “La tierra baldía”. Y la lista es larga, si Joyce consiguió que su “Ulises” viese la luz, fue gracias a la protección y apoyo económico que le brindó su gran amigo, Ezra Pound. 
Similar entrega agradecieron D. H Lawrence, Hemingway o Yeats, por citar algunos. A todos ayudó, y a parte de T. S. Eliot, a más de uno osó corregir. Su labor de promoción a jóvenes talentos fue siempre incansable, incluso los asistía en las situaciones personales más acuciantes.

Como hecho curioso de este ensayo, destaco una suerte de “endemismo biológico” que parece caracterizar a reconocidas figuras del panorama artístico y literario de Nueva York; Ezra Pound reivindica su condición de neoyorquino (ciudad a la que se trasladó en su infancia), por encima de su procedencia estadounidense, de tal forma que todas las maldiciones de su país a penas tocan de refilón a Nueva York, y las excelencias de Estados Unidos rara vez salen del área metropolitana de la “Big apple”. Con similar actitud podemos recordar a personalidades como Woody Allen, por citar un ejemplo cercano.

Hablando de Nueva York, esta es una descripción que hace de la “Ciudad de los rascacielos” en el ensayo:

¿Y es Nueva York la ciudad más hermosa del mundo?
No dista mucho de serlo. No hay noches urbanas como las suyas. He contemplado a la ciudad desde la altura de ciertas ventanas. Es cuando los grandes edificios pierden realidad y asumen sus poderes mágicos. Son incorpóreos, es decir, que uno no ve sino las ventanas encendidas.
Cuadrado en llamas tras cuadrado en llamas, engastados en el éter. Aquí hay poesía, pues hemos hecho descender a las estrellas.

Y la continuación de este fragmento acaba con una mención que, por estos lares, a más de uno sorprenderá:

“En cuanto al puerto, y a la ciudad del puerto, la última vez que fui allí, un inmenso irlandés se paró a mi lado y trató, en vano, de expresarse repitiendo:
-         Supera a Londres.
-         Supera a Londres.
Yo he visto Cádiz desde el mar. Los lotos, blancos y delgados, más allá de un sorprendente azul. El irlandés solo pensaba en el tamaño. Yo pensaba en la belleza, y a su lado Venecia parecía una escenografía chillona.”

¡Vaya! Para Ezra Pound ni la mismísima Venecia superaba en belleza el esplendor de Cádiz, erguida sobre el azul calmo del Mediterráneo.
Por cierto, os dejo un par de fotos que hice, precisamente, en Rota (Cádiz), hace unas semanas.





Concluyo con un enlace, una magnífica semblanza que realizara Manuel Vicent en 2010. Os animo a leerla, me consta que alentará la curiosidad por indagar en la vida y obra de Ezra Pound, y os recompensará con uno de esos deliciosos momentos literarios que logran aislarnos del tiempo… y a los de por aquí, espero que del calor.
Seguimos.