Iconografía romántica del mar. W.
H. Auden (York, Inglaterra, 21 de febrero, 1907 – Viena, Austria, 29 de
septiembre, 1973).
Universidad Nacional Autónoma de
México, primera edición, 1996. Traducción de Ignacio Quirarte. 178 páginas.
Ensayo.
La noche cae sobre el puerto de Cudillero. Foto de Paco Castillo, 2019.
Si hemos tenido oportunidad, la primera contemplación del mar siendo niños suele ser un recuerdo imborrable.
Yo lo viví en compañía de mi
hermano menor, en una visita a Barcelona para reunirnos con unos
parientes de mi abuela materna que residían allí.
Por entonces tendría casi 6 años,
dos más que mi hermano, nuestra hermana aún estaba por llegar.
Recuerdo nítidamente una escena un tanto extravagante… sentados los dos en la arena, muy cerca de donde rompían
unas mansas olas, divisamos una gaviota muerta, el suave oleaje la dejaba en
tierra y al siguiente embate regresaba al mar, moviéndose con la cadencia de un vals macabro. Era como si la tierra y el mar no acabasen de
decidirse sobre la reclamación del cadáver.
Mi hermano y yo asistíamos al
episodio con enorme curiosidad, ajenos a ese litigio entre ambos elementos.
Así que mi primer recuerdo del mar
está anclado a una gaviota muerta que, desterrada ya de los cielos que surcaba,
no sabía bien si desaparecer para siempre en la vastedad del mar, o entre los
finísimos granos de arena.
Cielo, Mar y Tierra, que sea esa
la patria eterna de la desafortunada ave.
Por la costa asturiana. Foto, Paco Castillo, 2019.
Mi hermano y yo nos aburrimos de
mirar a la muerte, porque, pasado un rato, estar viendo un pájaro muerto no
tiene nada de emocionante para un niño… nos levantamos y corrimos riendo hacia las olas, desdeñando el fúnebre vaivén a nuestras espaldas.
Sirva esta anécdota personal para
abrir el comentario de Auden y el mar, o la mar, acogiéndome a su enigmática
ambigüedad, los marineros y pescadores dicen la mar, igual que Alberti.
Litoral asturiano. Foto, Paco Castillo, 2019.
Nuestro poeta inglés, el señor
Auden, nos invita a observar el mar, posando la mirada en su dimensión como
gran metáfora literaria que ha sido y es, aparte de su simbolismo en todos los
aspectos de la vida.
No hay que despistarse con el
título del libro.
No es tanto el planteamiento de
Auden sobre el mar transformado en escenario romántico, como la visión de los
poetas románticos sobre el mismo, y que desfilan por el ensayo. Matiz que constituye un brusco viraje de timón,
habida cuenta de la naturaleza trágica de Coleridge, Baudelaire, Rimbaud,
Tennyson y otros.
Contraportada. Fotos, Paco Castillo.
Sin duda que el mar puede ofrecer
una estampa romántica, y al mismo tiempo tornarse mortal.
En el fondo, apropiada palabra, el
mar es cobijo de cualquier adjetivo, pues de todos ellos es metáfora. La razón
es clara, nosotros somos la metáfora del mar… nacimos en él, evolucionamos de
él, emergimos de su oscuridad.
Ciertamente, si la humanidad
iniciase el camino inverso, su involución, llegaríamos allí, a sus
profundidades silenciosas y primigenias, flotando entre el kril y las medusas.
El mar.
Contemplando el mar con Auden. Foto, Paco Castillo, 2019.
Todo aquello que nos sobrepasa,
situándonos frente a nuestra insignificancia, nos atrae y seduce sobremanera;
los cielos, que son las ventanas hacia el Universo, el ya mencionado mar o los
desiertos, pues Auden surca los mares para también penetrar en los desiertos, dada su analogía al mar, y así nos lo muestra:
"Como lugares de libertad y soledad, el mar y el desierto son simbólicamente lo mismo. Sin embargo, en otros aspectos son opuestos. (...) el desierto es el lugar desecado, el lugar donde la vida ha terminado (...) nada se mueve.
En tanto que el mar (...) es el símbolo de la potencialidad. (...) es perpetuo movimiento, la violencia del oleaje como tempestad, (...) puede ser devastadora, pero a diferencia de la que posee el desierto, se trata de una fuerza positiva. Otra característica es la abundante vida que yace bajo la superficie (...).
El mar es entonces el símbolo de una potencial fuerza primitiva en oposición al desierto de rotunda trivialidad, de un barbarismo pleno de vida en contraste con una decadencia exánime." (p.33)
"Como lugares de libertad y soledad, el mar y el desierto son simbólicamente lo mismo. Sin embargo, en otros aspectos son opuestos. (...) el desierto es el lugar desecado, el lugar donde la vida ha terminado (...) nada se mueve.
En tanto que el mar (...) es el símbolo de la potencialidad. (...) es perpetuo movimiento, la violencia del oleaje como tempestad, (...) puede ser devastadora, pero a diferencia de la que posee el desierto, se trata de una fuerza positiva. Otra característica es la abundante vida que yace bajo la superficie (...).
El mar es entonces el símbolo de una potencial fuerza primitiva en oposición al desierto de rotunda trivialidad, de un barbarismo pleno de vida en contraste con una decadencia exánime." (p.33)
Foto, Paco Castillo, 2019.
Son grandes exponentes de lo que a nuestros ojos parece insondable.
Entornos repletos de misterio que resguardan algún remoto
secreto, claves que podrían despejar incognitas de nuestro existir.
Auden despliega el mar como
acontecimiento/recurso narrativo que han reflejado no pocas celebridades de la
literatura. Aunque sus textos se detienen especialmente en los escritores y
poetas románticos, pero sin olvidar referencias a Shakespeare o Dante, entre otros insignes. También nos hace partícipes de sus atractivas reflexiones como las expuestas arriba.
Acercándonos al mar era ineludible que el poeta refiriese la
obra cumbre de Melville; Moby Dick; el mar como escenario de enfrentamiento
entre el hombre y la naturaleza. En Moby Dick asistimos a la metáfora por
antonomasia. Se escenifica la humillante
derrota de la soberbia humana cuando en su prepotencia desafía a las fuerzas de
la Naturaleza.
Por los senderos cantábricos hacia el mar. Foto, Paco Castillo, 2019.
Mar y Desierto.
Si Auden nos traslada al mar con Moby Dick, resulta igualmente significativo que nos lleve a las soledades desérticas, figuradas eso sí, con… ¿Don Quijote? Pues sí, para un poeta, que además anduvo por estos lares ibéricos, los páramos castellanos que recorrió el ingenioso hidalgo y Sancho Panza, debieron ser una transfiguración perfecta del desierto, aunque sobre todo le interesa del héroe cervantino su dimensión romántica, es decir, de personaje que intentando vivir en un sueño, es abatido por la realidad. Pero también nos presenta reflexiones literarias, o filosóficas más bien, sobre el desierto real, un océano arenoso.
Veamos una de tantas convergencias y divergencias que Auden establece entre Ismael, el narrador de Moby Dick, y Don Quijote:
-ISMAEL COMPARADO CON DON QUIJOTE-
Foto, Paco Castillo, 2019.
Bueno empecé con el mar y una gaviota muerta, acabaré de un modo menos sombrío.
Hay otra cosa que me gusta mucho
del mar. Todos los niños del mundo han
dibujado las estrellas del cielo con la silueta de una estrella de mar…
sencillas formas que utilizan los niños para zafarse de toda la complejidad que
los rodea.
Y los arcoíris… nada de
descomposición de la luz solar ni bagatelas, son esos maravillosos toboganes de
colores, te subes al cielo y te deslizas vertiginoso hasta la tierra, esta vez
sin mar a la vista.
Cielo, Tierra, Mar.