P. Castillo

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miércoles, 23 de enero de 2019


Los perros hambrientos, 1939. Ciro Alegría (Perú, 1909 – 1967)

Losada. Biblioteca clásica  y contemporánea, 1977. Narrativa, 150 páginas.




Hacienda peruana, Paco Castillo


Fue Ciro Alegría quien abrió la senda de las letras peruanas en este espacio, allá por el 2015, recién nacida mi bitácora (bonita palabra).

Ya supondréis el escaso eco que tuvo entonces. Me ha parecido de justicia recuperar a un magnífico, y no tan conocido, escritor latinoamericano, más tratándose de un libro especial para mí, y tras haber sido uno de los ejemplares que ha retornado conmigo a sus escenarios originales en la serranía andina.

Estar con estos libros, las historias que cuentan sus autores… simplemente deambular con un ejemplar en la mochila por los mismos parajes que enmarcan a las novelas, no es fácil de transmitir.

Sin duda el sentimiento de cercanía, la empatía con los personajes si se da, es algo extraordinario, unas experiencias literarias sin parangón.

Os dejo con este comentario del 2015, aunque ligeramente modificado con alguna revisión, ya sea para añadir o quitar según que aspectos, debido a la relectura que hice esta Navidad celebrada en el Perú. En lo esencial es el mismo de antaño, he retocado poca cosa.

Leo en "La Novela Andina. Pasado y Futuro" unas líneas sobre la gestación de "Los perros hambrientos" que no tienen desperdicio. 



La idea de la novela surgió mientras Ciro convalecía en un sanatorio, tratándose la tuberculosis y también episodios de amnesia. Un doctor le recomendó escribir, para recordar:

"(...) un médico paradójicamente, le recomienda que escriba para recobrar el dominio de sus recuerdos, y efectivamente, asociado al ladrido de los perros que oía entonces en la noche, renace en su mente, como una evocación que adquiere forma definida, el recuerdo de los perros que oía en su infancia y en su adolescencia en las haciendas peruanas. La imaginación de ese modo avivada hizo lo demás, (…)” pp 60.


Vista de Cesara, pueblo natal de mi mujer


Sorprendente todo aquello que puede dar origen a un gran libro, guardado en ese cajón de sastre que es la mente de un escritor.

Un libro que al concluirlo apetece permanecer varios minutos en silencio. Como si en ese calma pudiese retener indefinidamente las sensaciones que se agolpan. Es un dulce estado de embriaguez lectora que te provocan algunas obras.

Con una prosa que manifiesta su querencia poética a lo largo de la narración, Ciro Alegría nos habla de la crudeza del hambre, cuando en los remotos caseríos andinos, a una altura donde casi tocas el cielo con las manos, la existencia de las gentes está sujeta al caprichoso azar de las nubes.

Masas rebosantes de lluvia, cuyo viaje puede tener parada y fonda en las aldeas anhelantes del agua viajera, o simplemente proseguir su rumbo incierto sin que esas tierras puedan calmar su sed, negando la providencia de cultivos y cosechas a las comunidades serranas.


Sendas en la serranía peruana.

Todo esto sin olvidar la endémica injusticia social que padecen las comunidades más humildes en el continente latinoamericano (en donde mencionar a “la clase media” es referirse a un fenómeno reciente).

El título sintetiza fielmente la historia que tiene ante sí el lector. El alma de esta obra no está, o mucho menos, en los hombres y las mujeres de la puna andina, no. Está en Wanca, Zambo, Güeso y Pellejo, los infatigables perros pastores de la Antuca, la niña pastora que siente la compañía silenciosa de los riscos, que habla con el viento y las nubes, y acaricia con amor a sus perros en las solitarias montañas.

Esta circunstancia es de lo más natural. Para las comunidades andinas, y hablo con conocimiento de causa, la relación hacia la tierra y todo lo vinculado a ella, así como la relación con los animales, está al mismo nivel de importancia que los afectos con sus semejantes, las gentes.


 Caserío peruano, en la ceja de selva.


En Pasajes tan hermosos como éste, que es el comienzo, se expone con claridad:

“Guau… guau…, guauuúu…

El ladrido monótono y largo, agudo hasta ser taladrante, triste como un lamento, azotaba el vellón albo de las ovejas, conduciendo la manada. Ésta, marchando a trote corto, trisca que trisca el ichu duro (ichu, pasto del altiplano), moteaba de blanco la rijosidad gris de la cordillera andina. (…)

La Antuca y los suyos estaban contentos de poseer tanta oveja. También los perros pastores.

El tono triste de su ladrido no era más que eso, pues ellos saltaban y corrían alegremente, orientando la marcha de la manada por donde quería la pastora, quien, hilando el copo de lana sujeto a la rueca, iba por detrás en silencio o entonando una canción, si es que no daba órdenes.
(…)

La dulce y pequeña voz de la Antuca moría a unos cuantos pasos en medio de la desolada amplitud de la cordillera, donde la paja es apenas un regalo de la inclemencia.
(…)

Los cerros, retorciéndose, erguían sus peñas azulencas y negras, en torno de las cuales, ascendiendo lentamente, flotaban nubes densas.
La imponente y callada grandeza de las rocas empequeñecían aún más a las ovejas, a los perros, a la misma Antuca, chinita de doce años que “cantaba para acompañarse”. Cuando llegaban a un pajonal propicio, cesaba la marcha (…). Entonces un inmenso y pesado silencio oprimía el pecho núbil de la pastora. Ella gritaba:

-Nube, nube, nubeée…

Porque así gritan los cordilleranos. Así, porque todas las cosas de la naturaleza pertenecen a su conocimiento  y a su intimidad.

-Viento, viento, vientooo…

Y a veces llegaba el viento, potente y bronco, mugiendo contra los riscos, silvando entre las pajas, arremolinando las nubes, desengreñando la pelambrera lacia de los perros y extendiendo hasta el horizonte el rebozo negro y la pollera roja de la Antuca. Ella, si estaba un perro a su lado –siempre tenía uno acompañándola-, le decía en tono de broma:

-¿Ves? Vino el viento. Hace caso…

Y reía con una risa de corriente clara. El perro, comprendiéndola, movía la cola coposa y reía también con los vivaces ojos que brillaban tras el agudo hocico reluciente.

-Perro, perrito bonito… “


El libro reposando junto a las albardas.


Por eso la escritura de Ciro nunca pasa de puntillas por el paisaje, esos bellísimos e intimidantes escenarios andinos, lugares que siempre elige la muerte para soltar su zarpazo a los incautos o desprevenidos, y lo hace con una facilidad pasmosa.

Él se crió correteando por esas serranías, es ahí donde sus palabras retornan con ecos líricos, fragmentos que el lector siente, más que leerlos. Un entorno que magnifica el drama de los hombres y, al mismo tiempo, los convierte en presencias insignificantes.

Ciro Alegría, haciendo uso de una memorable prosopopeya, nos acerca los avatares de estos perros y sus descendientes, y los sentimos un poco humanos (nos identificamos con ellos) en la lucha atávica por vivir un día más, cuando todo es hambruna, miseria y muerte.

Y cuando las cosas se ponen realmente feas, hombres y animales se las tendrán que ver con la cara más siniestra de la naturaleza; una sequía que convierte en secarral lo que antes era exuberancia, cuando las últimas gotas de agua se esfumen entre las grietas de la tierra, y el verdor de las cosechas solo resida en el recuerdo de los perros y los campesinos.


Cesara, Perú.

En ese escenario macabro, hombres y perros deshacen su pacto de antigua amistad. El hambriento no se alimenta con lealtad.

Los perros, antes dóciles, no dudarán  en matarse entre ellos por un pellejo de cabra, o desafiar a sus amos por los despojos que van quedando. Los hombres no vacilarán en matar a los perros, ahora de mirada agresiva. Cuando terminen con los animales, se matarán entre ellos, cosas de hombres, aflorando las brechas sociales, las castas, la ingratitud de la vida con los justos y, a veces, su benevolencia con los injustos. Acontecimientos que van desencadenándose en una espiral de locura, ante la desesperación de no tener una gota de agua con que mojar los labios, o las fauces perrunas.


Cesara, Perú.


El narrador omnisciente simboliza, a través de los perros, la ancestral lucha por la supervivencia en un escenario donde todo invita a la muerte.

Hay pasajes que me traen a la memoria fragmentos del "Pedro Páramo" de Juan Rulfo, pues en ocasiones no se sabe muy bien si los vivos hablan de los muertos o son éstos los que hablan de los vivos.

Esa relación ambigua entre la vida y la muerte, en definitiva todo lo sobrenatural e infrahumano que vertebra buena parte de la literatura latinoamericana, es un vestigio de aquel primitivo animismo que sigue latente en la cultura del continente y que está impregnado en la obra de Ciro, Vallejo, Llosa, el propio Rulfo y un largo etcétera de escritores al otro lado del océano.


Cesara, "mi pueblo" peruano en las alturas... espléndido café.


Esta narración se sitúa en la llamada novela indigenista latinoamericana, por lo que señalo, la brutal explotación del campesino, el indio como denominan, a manos del hacendado, sea pequeño o gran latifundista, casi siempre el descendiente blanco de los gringos.

Una realidad que no ignora el peruano Ciro Alegría, hijo de familia hacendada, de lejanos orígenes españoles e irlandeses. Sin embargo, él empatizó profundamente con los campesinos, dándoles voz en sus libros, igual que hicieran sus compatriotas Clorinda Matto de Turner, José María Arguedas, Manuel Scorza o César Vallejo, entre otros.

La narración destila una belleza sobrecogedora, por inquietante. Sabes que  la muerte se abalanzará a la mínima oportunidad, un horror que se refugia en el idílico paisaje de la serranía andina, un lugar donde la vida es una incertidumbre que te acosa sin cesar.


Paseando por la ceja de selva peruana

Una vez más quedo embelesado ante el portentoso dominio de la lengua castellana que poseen los autores latinoamericanos, y el caso de los escritores peruanos me parece uno de los mejores ejemplos allende los mares, como corroboro con Ciro Alegría.

De alguna manera transmiten el aprecio que sienten por algo tan valioso como el idioma. En la literatura latinoamericana, me resulta fascinante la natural coexistencia entre expresiones y palabras ya en desuso por España, pero no allá (aventar, ir al excusado, quebrada, finado, frazada, etc), con otros vocablos de plena actualidad a ambos lados del Atlántico.

Dicha convivencia lingüística es la que otorga, así lo veo, el encanto que desprende el castellano hablado y escrito por aquellas tierras, y reitero que Perú es uno de los exponentes más brillantes al respecto, un acicate más para acercarse a su literatura.


Valles andinos, Cesara.

Me cuesta entender que a un lector no le seduzca la riqueza del lenguaje, como si todo el atractivo de leer residiera en el nudo de la trama o historia que se narra, en el desenlace que vamos desentramando, su argumento… quedarse solo en eso es desperdiciar los dones que nos brinda la literatura, creo yo.


" Amaneció con un sol crudo, implacable, voraz. La tierra se abría en grietas sedientas y el sol entraba por ellas, tostándola. Y a lo largo de las sendas, en los cauces de las quebradas - buscando una gota de agua para su tremenda sed de envenenados - , al pie de los eucaliptos mustios, acezaban moribundos los perros hambrientos. otros habían muerto ya y miraban con pupilas fijas.

Runruneaba un lento y negro vuelo de aves carnívoras. Se posaban en torno de los entecos cadáveres y les sacaban los ojos primeramente. Siempre hacen así. Tal vez porque prefieren los ojos. tal vez porque la vida persiste en simularse en ellos y, al extraerlos, quieren apagar su último y molesto rastro."




( Los perros hambrientos, 1939 )