P. Castillo

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domingo, 10 de marzo de 2019


El hablador. Mario Vargas Llosa (Perú, 1936).

Seix Barral. Biblioteca Breve. Primera edición, 1987.

Cubierta. Paisaje tropical. Indio luchando con mono (fragmento). Henri Rousseau, 1910. Narrativa, 235 páginas.


Por las serranías peruanas, Cesara. Paco Castillo.

Como ya hice con los otros libros leídos durante mi viaje al Perú, y comentados aquí, trasladaré, tal cual, los apuntes que escribí allí. Aviso por si os despistáis entre el antes y el ahora, océano mediante. No obstante, retocaré algún aspecto si así lo exigiera el momento actual.


El hablador.

Otro libro que he acabado en plena ruta andina, acomodado en el bus-cama, justo cuando atravesamos la región de Cajamarca, de paso hacia nuestro destino, San Ignacio.

Cajamarca, un escenario cuya celebridad histórica nunca estará exenta de polémica. Aquí se cerró un capítulo decisivo en la contienda de los incas contra los españoles liderados por Pizarro. Pero la Plaza de Armas cajamarquina, donde fue emboscado el inca Atahualpa junto a su séquito, y capturado por los hombres de Pizarro, queda muy lejos de mi vista.

Por la costa peruana, admirando el Océano Pacífico. Paco Castillo.

Ahora mismo circulamos encajonados por un imponente cordal montañoso, cumbres que, haciendo honor al libro que os traigo, parecen hablar con las nubes… allasito en el cerro, arribísima, como dicen los habitantes de la serranía andina.


Admirando las montañas cajamarquinas desde el autobús. Paco Castillo.

Intimida la visión de esos riscos… y también todas las cruces que se divisan al borde de los precipicios que caen, a unos pocos metros, del autobús. Circular por aquí no es asunto que deba tomarse a la ligera.

Veamos que nos dice la contraportada.


En efecto, dos voces narrativas que se van alternando en esta historia.

Muchos pasajes correspondientes a la parte del “hablador”, el contador de sucesos indígena, no he conseguido leerlos con la misma fluidez que sí he tenido con el otro protagonista, alter ego de Vargas Llosa.

Lo que relata el hablador está impregnado de un profundo simbolismo, pues aglutina la cosmovisión de las tribus amazónicas en su íntima unión con la naturaleza. Varios de estos fragmentos me llegaron a aturdir. Es un lenguaje que se sitúa en un territorio impreciso, entre lo real y lo fantástico, desdibujando la frontera que separa dichos mundos.



Municipalidad de San Ignacio. Al fondo el estadio de fútbol. Paco Castillo.

Te desenvuelves en la lectura como si pisaras un terreno inestable, camino desorientado sin tener claro a donde me dirijo.

Entiendo el propósito de Llosa; reflejar con la mayor fidelidad posible estas expresiones del hablador, constituyendo la peculiar interpretación de la vida y la realidad circundante, tal y como se manifiesta en estos grupos amazónicos. No obstante os dejo con uno de esos fragmentos que me han dejado grogui:

“La vida transcurría sin ocurrencias. Se sentían serenos. Los que se iban, volvían, y, mal que mal, no les faltaba la comida. «Fuimos sabios haciendo lo que hicimos», decían. Todos se estaban volviendo Kamagarinis, pero no lo sospechaban. Hasta que empezaron a sucederles ciertas cosas. A Tasurinchi, un buen día, le amanecieron escamas y una cola donde tenía los pies. Parecía un enorme carachama. Sí, ese pez que vive en el agua y en la tierra, ese pez que nada y anda. Arrastrándose con dificultad fue a meterse a la cocha, murmurando apesadumbrado que no podía soportar la vida en la tierra, pues echaba de menos el agua. A Tasurinchi, al despertarse, unas lunas después, le habían salido alas en el sitio de los brazos. Dio un pequeño salto y vieron que se elevaba y desaparecía sobre los árboles, aleteando como un picaflor. A tasurinchi le crecío una trompa y sus hijos, desconociéndolo, gritaron desaforados: «Un sajino, comámonoslo.» Cuando trató de decirles quién era, emitió un ronquido y gruñó.” (pp. 62-63)



Llamativos insectos sobre las hojas, Ceja de selva peruana. Paco Castillo.


No todos los pasajes desdibujan la realidad (la cognoscible para nosotros) como éste, pero no son pocos los que se presentan así en lo concerniente a las páginas del nativo orador, “el hablador”. Por lo demás, un lenguaje que despliega la misma exuberancia de la selva amazónica. Vargas Llosa hace gala de un dominio narrativo impresionante, un virtuoso de la lengua castellana, nunca me deja indiferente.

Por el Callao, Lima. Paco Castillo.

Es curioso que yo, habiendo transitado aquellos parajes del Amazonas, asista con cierta dificultad a estas fases del libro, pero no es menos cierto que los occidentales rompimos la comunicación y el contacto íntimo con la naturaleza hace  siglos, y ahora observamos esto con perplejidad.


Es una obra no exenta de complejidad por resultar ambigua, ya que incluso la crítica duda a la hora  de catalogar esta narración; ¿novela? ¿autobiografía con incursiones en la ficción? En definitiva, no llega a ser del todo ni lo uno ni lo otro.

Los dos narradores, el hombre que pertenece al mundo “civilizado” (porque de alguna manera hay que diferenciarlo), a quien Vargas Llosa señaló como su propia persona, asumiendo las vivencias reales de escritor. Y el indio machiguenga que ejerce de hablador para su comunidad, que también es una figura real, se intercambian como voces narrativas en cada capítulo.

En ese sentido es notoria la confrontación de ambos mundos; el de la civilización y el progreso frente al que permanece estrechamente hermanado con la naturaleza, un mundo habitado por los mitos ancestrales que pretenden dar explicación a todas las cosas conocidas y presentidas por los nativos. Un mundo que va languideciendo, inexorablemente, a medida que gana terreno la civilización.

Vendedoras ambulantes en las  calles de Lima, Perú. Paco Castillo.


Vargas Llosa, conocedor de esta figura del hablador, gracias a sus incursiones en la selva amazónica y el contacto con varias de sus comunidades, expresó su fascinación por este contador de historias y, obviamente, trasladarlo a su obra literaria fue ya un imperativo.

El autor peruano no disimula el tono de denuncia que ha impuesto. Quiere hacer llegar al lector la lenta agonía del Amazonas y las primitivas culturas que lo habitan. Señala la indefensión de estos poblados contra los intereses económicos de las grandes compañías. Así como el desprecio social con que son castigados por una buena parte de la ciudadanía pertenecientes a esos mismos países que comparten el pulmón de la tierra, eso es seguramente lo más lamentable, tanta incomprensión e indiferencia ante las amenazas que se ciernen sobre estos clanes ancestrales.


Aunque Llosa no cae en la complacencia del buen salvaje, y mediante el narrador del mundo civilizado señala también aspectos controvertidos de estas culturas.



En cualquier caso, son voces que pedían ser escuchadas, y me ha gustado hacerlo.


Valles andinos, Perú.



sábado, 24 de octubre de 2015

Autores peruanos (II).
La tía Julia y el escribidor. Mario Vargas Llosa, (Arequipa, Perú, 1936)


Libro. Editorial Seix Barral - Biblioteca Breve. Quinta edición,1983. Cubierta basada en el original de Paul Klee “Abrazo”. 319 páginas.


                                         Libro retratado en la famosa calle Jirón Quilca. Izquierda, limeño 
                                                      puliendo un busto de escayola. Fotografía de Paco castillo, 2015



Supongo que esto será algo más que la reseña de un libro. Con las maletas aún desperdigadas por casa, me resulta imposible escribir sin desprenderme de múltiples sensaciones, a flor de piel, que pugnan por manifestarse después de un viaje tan largo como intenso.

Aunque el epígrafe de “Autores peruanos” es nuevo, aparece el número II. La razón es que ya he mencionado a otro escritor peruano en este blog, se trata de Ciro Alegría y su entrañable “Perros hambrientos”. Memorable libro para mí y tal vez el que más ha cautivado mi emoción de cuantos hay aquí, por su forma de transmitir la indescriptible soledad de la puna andina y que la historia sea sostenida por unos perros, sí, perros pastores, perros campesinos. De la comunión perro, hombre y naturaleza se erige una impecable metáfora que simboliza el palpitar andino.
Vendrán más autores del Perú según me vaya dictando el ánimo, algo que a menudo no depende tanto de mí como de la tonalidad que presente el cielo. Así, un día cualquiera, antes que tener un ánimo bueno o malo, lo tendré azul nítido o gris antracita, precioso color, de tal suerte que será el momento de tal o cual elección.

¿Os imagináis lo especial que puede ser leer un libro en los escenarios, reales, que describe el texto?

¿Y que para ello, desde España, se tenga que atravesar el océano Atlántico, después un continente, hasta recalar recalar en el Perú, ya en el Pacífico?

Pues es lo que he vivido con esta novela de Vargas Llosa.

Me aguardaría otra sorpresa al poco de aterrizar. Ya en la capital, Lima, fui a una callecita, el Jirón Quilca, famosa por sus caóticas librerías y sus estrafalarios libreros, espacios que son una especie de “ambigús literarios” con una mezcla difícil de digerir a la vista. Fascinantes.
Curioseando por aquí y por allá (claro, y comprar unos libros), decidí hacer algunas fotos con la novela, traída desde España, en esta calle para incluirlas en la reseña. Al regresar a casa de nuestros anfitriones limeños me acomodé para un buen rato de lectura, y tras leer unas páginas cual no fue mi sorpresa ante la aparición de una calle…  ¡Jirón Quilca! Lugar escogido por Vargas Llosa para alojar a uno de sus protagonistas, ¡Yo había estado ahí hacía un par de horas ignorando dicha circunstancia!
Una vez más permanezco incrédulo ante la inexplicable conexión que puede existir entre el libro y su lector. Un hecho que solo los amantes de los libros tenemos el privilegio de vivir.

Este es el párrafo que incluye la calle que yo mismo había pateado dos horas antes, sin “saberme” dentro de la historia. Varguitas nos habla de Pedro Camacho, flamante fichaje para Radio Central:

(…) y le pregunté si ya se había instado, si tenía amigos aquí, cómo se sentía en Lima. Esos temas terrenales le importaban un comino. Con un dejo impaciente me contestó que había conseguido un “atelier” no lejos de Radio Central, en el Jirón Quilca, y que se sentía a sus anchas en cualquier parte, porque ¿acaso la patria del artista no era el mundo? (p. 42).

Tengo el presentimiento de que Vargas Llosa brinda un homenaje a esta callecita que, seguramente, debió acogerle innumerables veces deambulando absorto entre las librerías. Algunas fotos del lugar:



                                         Principio del Jirón Quilca. Estoy situado justo debajo del letrero 
                                                       de la calle, con chaqueta vaquera y pantalón corto, un gringo
                                                       Foto, Araceli, 2015



                                         Librería del Jirón Quilca. Foto, Paco Castillo. 2015



                                         Ojeando el libro en el Jirón Quilca. Foto, Araceli.  2015


                                         Jirón Quilca. Artesano callejero puliendo busto de escayola. 
                                                       Foto, Paco Castillo.  2015


                                          Librerías en el final del Jirón Quilca. Foto, Paco Castillo. 2015


Lo primero que advertí en este libro fue el evidente perfil autobiográfico, que nos va desvelando la voz del personaje estelar, Varguitas, joven estudiante de derecho por imposición pero escritor, en ciernes, de corazón. Bebe los vientos por su tía Julia, atractiva mujer que le dobla la edad:

Nos sentamos y estuvimos conversando cerca de dos horas. Le conté toda mi vida, no la pasada sino la que tendría en el futuro, cuando viviera en París y fuera escritor. Le dije que quería escribir desde que leí por primera vez a Alejandro Dumas, y que desde entonces soñaba con viajar a Francia y vivir en una buhardilla, en el barrio de los artistas, entregado totalmente a la literatura, la cosa más formidable del mundo (p. 79).

Otro aspecto notorio es su vocación “valleinclaniana” por lo grotesco y esperpéntico de la amplia caterva de personajes y las situaciones que provocan. Tal aspecto se manifiesta con mayor profusión en los radioteatros, donde su creador y locutor, Pedro Camacho, da rienda suelta a su delirante imaginación, dando lugar a todo tipo de extravagancias, algunas realmente divertidas.

La estructura de la obra es peculiar, junto al relato principal, hilo conductor de la historia, discurren una serie de correlatos paralelos, no son otra cosa que los radioteatros (más conocidos en España como radionovelas), que he mencionado, transmitidos por el “escribidor” Pedro Camacho, grotesco en sí mismo.
Son estos seriales, independientes entre sí, los que utiliza Vargas Llosa para mostrar el esperpéntico fresco con el que satiriza a la sociedad limeña de la época y en general a sus compatriotas. El “aderezo” viene dado con generosas dosis de fino humor negro y picarón, cual Buscón quevediano en versión limeña.

El escritor desgrana su dominio del vocabulario con esa exuberancia expresiva que atesoran los autores latinoamericanos, haciendo que la lengua castellana sea un idioma riquísimo en su contenido tanto como en su continente.
Puede ser que los lectores más jóvenes encuentren este castellano limeño algo apolillado, a mí me encanta el acomodo del que gozan muchas palabras y expresiones que en España languidecen sin remisión. En el Perú (como dicen mis compadres), y otros países vecinos de lengua castellana, esas palabras tienen plena vigencia. Todo ello hace que me resulte tan agradable conversar y escuchar por estas tierras, cuidan el lenguaje, lo tratan con tacto y respeto, en tal sentido deberíamos de tomar nota en España.



                             Desde mi habitación, en casa de nuestros amigos limeños, Pancho y Neri.
                                                      Distrito de los Olivos, Lima. El libro al paso de la movilidad y la moto-taxi. 
                                                      Foto, Paco Castillo. 2015

Confieso que me entiendo bien con Vargas Llosa, en realidad con todos los escritores peruanos (la literatura del Perú no se agota con Vargas Llosa, la lista de autores es prolífica y brillante).
Me une a ellos una complicidad especial, fraguada en todos estos años de idas y venidas, país que ya me había recorrido, de norte a sur, mucho tiempo antes de conocer la existencia de mi mujer, Araceli, (que por cierto conocí en España, no en su país).


                             Textiles andinos. Perú. Foto Paco Castillo. 2015


                                          Textiles andinos. Perú. Foto Paco Castillo. 2015

Por tanto, no solo estoy familiarizado con varias expresiones sui géneris de allá, sino que además las empleo en las conversaciones con mis parientes y amigos peruanos; chacra, cholito, garúa, o el colectivo, por citar unas pocas, son términos que aparecen en la novela y que yo uso en charlas con mis allegados.

De estas acepciones que utiliza Vargas Llosa voy a contaros algo de “el colectivo”. Así llaman los limeños a los microbuses, pero también “combi” o “movilidad”, diferentes palabras que nombran a este vehículo, todos en estado ruinoso, que les transportan a cualquier lugar, imaginable o no, de Lima. Paran donde pueden o donde les viene en gana, y los usuarios no se quedan atrás en tan peculiar desorden de subidas y bajadas. 

Allí son toda una institución y cumplen una doble función; ser un medio de transporte y, a la vez, ser un reducto del ágora pública en continuo desplazamiento, pues en ellos tienen cabida, aunque apretujada todo sea dicho, cualquier tipo de personajes de-ambulantes. Que yo haya visto, tenemos predicadores que vaticinan una humanidad errabunda por los infiernos, vendedores de helados, siendo los conductores sus mejores clientes, vendedores de biblias, vendedores de tomos coleccionables (grandes exploradores marinos, historia de la revoluciones sociales, etc), éstos exhiben una impecable oratoria, vendedoras de presillas (piezas cárnicas), de llama e incluso, reiterando “que yo haya visto” algún perro vagabundo que sube tranquilamente y con la misma parsimonia vuelve a bajar donde le plazca sin haber suscitado la curiosidad de nadie, excepto de quien esto escribe (verídico). He disfrutado muchísimo con estas exhibiciones de retórica. Sentirme transportado a tan medievalesca atmósfera supone una experiencia impagable.

Veamos un fragmento, hay varios, que incluye la palabra “colectivo” :

“En el colectivo de Miraflores, iba pensando en Pedro Camacho (…) ¿Cómo se podía ser, de un lado, una parodia de escritor y, al mismo tiempo, el único que, por tiempo consagrado a su oficio y obra realizada, merecía ese nombre en el Perú?” (p. 168)

Por supuesto, fotos del colectivo:



                             Colectivo con su inclasificable estética, ¿Kitsch, surrealismo daliniano? 
                                                      Distrito del Rímac, Lima. Foto, Paco Castillo. 2015


                             Colectivo circulando bajo el contaminado y deprimente cielo 
                                                      limeño, eternamente gris mortecino. Foto, Paco Castillo. 2015


                                          Conductor deteniendo el colectivo. En algún lugar de Lima.  
                                                        Foto, Paco Castillo. 2015 


                                          Mirando a través de la ventana del colectivo, libro en mano. 
                                                        Distrito de los Olivos, Lima. Foto, Paco Castillo. 2015


                                          En el colectivo. Pensamientos anónimos que viajan, tal vez, a millones 
                                                        de kilómetros de Lima.  Foto, Paco Castillo. 2015


                                          Vendedor de helados dentro del colectivo. Lima.  
                                                        Foto, Paco Castillo. 2015


                                          Vendedor de tomos coleccionables (Aventuras del mar), dentro del colectivo. Lima.  
                                                       Foto, Paco Castillo. 2015


                                          El mismo vendedor. Un espléndido orador. Lima. 
                                                        Foto, Paco Castillo. 2015


Me ha gustado el libro pero no ha sido el que más he disfrutado del autor.
Me sobraron algunos radioteatros finales en los que se mezclan personajes de unos con los de otros, debido al incipiente trastorno de Pedro Camacho por el exceso de trabajo y la concentración puesta en su labor.
Todo eso provoca escenas delirantes, claro, pero que la mitad de los seriales fuese de esta naturaleza me llegó a aturdir algo. En mi opinión no veía necesario “echar más paja al pajar”.

Por otro lado está el final, los expectantes finales que uno ansía tras una buena historia, éste no ha sido un acontecimiento perdurable en la memoria, asunto frecuente, la verdad. Más bien parece uno de esos párrafos situados en la mitad de la obra, sin más relevancia que la de ser una “puntada de hilo” para hilvanar la siguiente página. Algunos finales están usurpados por párrafos que desmerecen tan privilegiada tribuna, este es uno de ellos, aunque las excelentes aptitudes del escritor maquillan estos sinsabores que me endosa de vez en cuando.


                             Cesara, 1600 mts de altitud, el pueblecito natal de Araceli, región
                                                      cafetera del Perú, cuna del que ha sido considerado el mejor café del mundo. 
                                                      Estribación nororiental de los Andes, la ceja de selva. 
                                                      1.200 kms aprox. al norte de Lima.

No obstante, Vargas Llosa, un excelente escritor cuya obra siempre me es tentadora. Sus libros obran el milagro de hacerme sentir el Perú, y yo desde la lejanía necesito tal certeza. Creo en los milagros que obran los libros, aunque solo ocurran en mi imaginación, y tal vez fuera de ella. ¿Quién sabe? Ahí lo dejamos.



P. D. Acabo de leer en Babelia (El País), una espléndida entrevista de Juan Cruz, un periodista que estimo, a Mario Vargas Llosa, a punto de cumplir 80 años.

Muy interesante lo que cuenta sobre su relación con la escritura, lo que ha significado en su vida la pasión por la lectura, la ilusión por hacer cosas como consecuencia del amor. Comenta su último libro, “Cinco esquinas”, en donde el periodismo insano, manipulador, constituye una herramienta del poder político para allanarse el camino y destruir la reputación de los opositores. En suma, nos cuenta el escritor como contempla la vida, cuando ésta ya se halla en la recta final. Os la recomiendo encarecidamente.