“Digo lo que tengo que decir sin literatura”
Con esa sentencia de la propia autora, quien afronte la
lectura de Clarice Lispector no ha de esperar que ésta le guíe de la mano por
el recorrido del libro.
Los libros de Clarice no tienen avenidas principales por las
que transitar, no tienen una geometría rectilínea por la que discurra la prosa;
inicio, nudo, desenlace. Sus libros no se acaban porque la primera página
podría ser la última y ésta última el principio de todo. La historia huye de un
mundo sin formas.
Página primera:
“Vivir es una especie de locura que la muerte
comete. Porque en ella vivimos, vivan los muertos”
Antes de continuar… he de decir que esas palabras las he
grabado a fuego lento en la memoria. Ese enunciado puede tener más profundidad
que algunos libros enteros.
Al abrir el libro por curiosidad, en un lugar cualquiera de
Madrid, me crucé con esa frase. No me hizo falta leer más, me lo compré. Tuve
el libro de Clarice entre mis manos y éste me hizo ser como ella, impulsivo e
imprevisible como el aleteo de una mariposa. A veces suceden esas cosas.
Sigo.
¿Veis? Yo hubiese firmado ahora mismo que esa frase de
Clarice es el final del libro. Pero a ella le apetecía que la muerte estuviese escrita en el
principio.
Iluso de mi, pensaba que la vida era el comienzo de todo, no
el final.
Las historias se deshacen en sensaciones que van flotando por
el libro. Ha sido escrito por impulsos de inspiración. Su escritura no es
literaria, es sensitiva. Lo sensitivo es inasible y la complejidad reside ahí,
en afrontar la libre interpretación del mundo sensorial de Clarice.
Búscate la vida, parece decirte ella:
“Éste es un libro silencioso. Y habla, habla en
voz baja.
Éste es un libro flamante: recién salido de la
nada. Se toca al piano, delicada y firmemente al piano, y todas las notas son
límpidas y perfectas, unas separadas de las otras. Ésta libro es una paloma mensajera.
Escribo para nada y para nadie. Si alguien me lee será por su propia cuenta y
riesgo. No hago literatura: solo vivo al paso del tiempo. El resultado fatal de
que yo viva es el acto de escribir. Hace tantos años que me perdí de vista que
vacilo en intentar encontrarme. Me da miedo comenzar. Existir me da a veces
taquicardia. Me da tanto miedo ser. Soy tan peligroso. Me pusieron un nombre y
me apartaron de mí “ (pag. 16)
Eso no es el prólogo, ya es la obra en pleno desarrollo.
El libro es una encrucijada de caminos, sin direcciones
definidas, complejo, un adjetivo que siempre va asociado a esta autora:
“Ángela: Ayer el mundo me expulsó de la vida. Hoy
la vida nació. Ventolera, mucha ventolera. ¿Por qué siempre se dice: lo dejamos
para la semana que viene? Yo estoy aquí, aquí, esperando. Vivo ahora y el resto
que se vaya a la puta mierda. Y mi perro que no ha hecho nada. Solo es. Yo
también soy: sí. Yo con la bandera echa jirones.
Hay viejos que mueren en primavera: no soportan
la germinación de la tierra.
Quiero una muerte elegante. Por otra parte, ya he
muerto y no lo supe. Soy mi fantasma inquietante.” (pag.150)
De ascendencia judía, nacida en Ucrania pero criada en
Brasil.
El Amazonas es Clarice. La prosa de Clarice es amazónica, sus
palabras son exuberantes y frondosas como la flora del gigantesco pulmón verde.
En la selva hay belleza que te arrebata, también mosquitos
que te desquician, y la luz pasa tamizada a través de la oscuridad. La lectura
de Clarice te arrebata y te desquicia, te ofusca y te libera.
No pocas veces hay que apartar las raíces, lianas y demás
vegetación para avanzar en esa “prosa amazónica”, en ocasiones acabas agotado.
Su lectura me alienta y tiempo después puede fatigarme. Lo dejo entonces, me
voy a tomar un té, leo un cuento a mi hija, salgo a pasear por un campo
solitario cerca de casa. Al regresar veo el libro en la mesa del salón,
titubeo, pero esa frase tremenda es mucho más poderosa que yo, me vence y sigo
leyendo. Y luego volveré a parar. Y así continuamos el libro y yo.
Un soplo de vida es lo que le quedaba a Clarice cuando
finalizó este libro, murió poco después. Ella misma afirmó que fue “escrito en
agonía”, según nos dice Olga Borelli, su secretaria personal, en la escueta
presentación de este título.
Clarice transmite su peculiar “horror vacui” en cada párrafo,
éstos son una especie de abismos que se precipitan al vacío.
Una narración gestada en
lo intrincado de indagar sobre si misma y en la persona que su propia
escritura le ha revelado.
El ejercicio de introspección al que se sometió Clarice,
desde los inicios de su trayectoria literaria, parece llegar al culmen en este
“collage literario” que supone “Un soplo de vida”.
De nuevo me encuentro una no-estructura igual de caprichosa
que los vaivenes de una cometa al viento.
Lo ha escrito para preguntarse sobre el sentido que tiene su
vida, si es que lo tiene. Sobre el sentido que para ella tiene escribir, si es
que lo que tiene. Para ello ha creado dos personajes que, claro está, son su
álter ego:
Él, escritor, a quien simplemente llama Autor, además ha
querido que sea hombre.
Ella, la propia protagonista del Autor, Ángela. Ella ha
nacido de un sueño que tuvo el Autor, y él, a su vez, fue un “destello” onírico
de Clarice.
Así habla El Autor de su creación, Ángela:
“No sé que esperar de ella: ¿tendré solamente que
transcribirla? Debo tener paciencia para no perderme dentro de mí: vivo
perdiéndome de vista. Me hace falta paciencia porque soy varios caminos, aun el
fatal callejón sin salida. Soy un hombre que eligió el gran silencio. Crear un
ser que se contraponga a mí es posible dentro del silencio. Clarinete en
espiral. Violonchelo oscuro. Pero consigo ver, aunque a duras penas, a Ángela
de pie junto a mí. Hela ahí que se acerca un poco más. Después se sienta a
mi lado, se cubre el rostro con las manos y llora por haber sido creada. La
consuelo haciéndole entender que también yo padezco la vasta e informa
melancolía de haber sido creado. Ojalá hubiese permanecido en la inmanencia
sagrada de la Nada. Pero hay una sabiduría de la naturaleza que me hace,
después de creado, moverme sin que yo sepa para qué sirven las piernas. “ (pag. 27)
“ (…) también yo padezco la vasta e informe melancolía de
haber sido creado” … ufff !
No lo digo yo, lo dice ella claro y alto:
“Si alguien me lee será por su propia cuenta y
riesgo”
Acepto el envite, señora Clarice, después de todo hace años
que la sigo en silencio.
Adelante con los retos, fuera con la mediocridad. Una proclama
que parece gritármela ella.
¿ Y por qué leo a Clarice?
- Porque cuatro o cinco frases suyas contienen más
profundidad que las trescientas o cuatrocientas páginas de muchos libros. Si
para hallar ese tesoro tengo que abrirme paso por sendas farragosas y no pocos
obstáculos, asumo el esfuerzo, en la medida que cuesta llegar a algo percibes
la plenitud del gozo final.
- Porque siento que vuelvo a nacer como lector, porque una
lectura suya es una transfusión de sangre nueva, que me limpia y descontamina
de mil lecturas anteriores.
Esto
es válido para mí, cada uno que decida el sí o el no en función
de su naturaleza.
Cuando lees un libro que te remueve por dentro, tú mismo eres
ese libro andante, eres todo eso que has leído durante unos días, tu vida se
expande más allá de la piel porque el libro usurpa tu alma, después todo vuelve
a desvanecerse.
Iba a decir que había algo que buscaba en esta lectura,
descubrir esas palabras que se aferran al último aliento de vida, que habitan en
el paisaje íntimo del yo cuando se ha llegado al final del camino, sin embargo
siento que han sido ellas las que me buscaron a mí.
Página final del libro, últimas palabras:
“ Por mi parte, estoy. Sí.
Yo… yo… no. No puedo
acabar.
Creo que… “
¿Veis? Los libros de Clarice no acaban…