P. Castillo

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jueves, 14 de abril de 2022

 Poéticas paradojas…


Fotografías de Paco Castillo



Sigo a lo mío, en mis trece, por el camino agreste que me tiende la primavera, intentando desentrañar sus mensajes, pues para descifrar los que nos arroja la funesta actualidad; con sus guerras, pandemias, las idas y venidas de los políticos patrios y foráneos, la carestía energética, la perplejidad y queja colectiva… ya hay heraldos de sobra; “Los heraldos negros” que escribiera César Vallejo:


Fotografía de Paco Castillo

 

Ni sé para quién es esta amargura!

Oh, Sol, llévala tú que estás muriendo,

y cuelga, como un Cristo ensangrentado,

mi bohemio dolor sobre su pecho.

El valle es de oro amargo;

y el viaje es triste, es largo.

(…)

El valle es de oro amargo;

y el trajo es largo… largo…

(…)


Pero yo transito por el valle de oro florido, lejos de exaltaciones verbales y el multitudinario paroxismo religioso en estos días de cuaresma, y me entrego al ceremonial panteísta del campo, pues no me reclama más dogma de fe que observar y pensar; pensar y observar... 

Fotografía de Paco Castillo


 Para quien guste de acompañarme y admirar  esa


Fotografía de Paco Castillo

flor erguida con estoica determinación frente al horizonte tormentoso. Sabe que su paciencia, su invocación, proveerá el bien esperado; algún haz solar atravesará tímidamente el cielo turbulento y derramará su cálido, vital, abrazo sobre ella, aterida ahora en la penumbra del alba, en un escenario sereno y silencioso de oscuridad barroca digno de Rembrandt.

El astro rey también tiene vicios mundanos, como los dioses de La Ilíada, y la flor intuye que el sol está desperezándose tras las montañas, sacudiéndose la modorra y a punto de asomarse por encima de los aún nevados riscos, cuando la sombra de Rembrandt ceda ante la claridad de Monet, pongamos por caso. 


Fotografía de Paco Castillo

Pero una vez que sale a escena, todos se rinden a la  magnificencia del poderoso 
Inti (Sol) que nombraban los incas.

Poco después, un caracol va dejando el surco de su existencia sobre la vereda. De dónde viene y hacia dónde va es un relato que puedo leer, siguiendo en la senda el leve peso de su vida.

Fotografía de Paco Castillo
 

Detrás suyo veo que ha abandonado unos juncos lustrosos que danzan con la brisa. Los caracoles son diminutos oráculos que presagian la lluvia.


Fotografías de Paco Castillo



Por delante todo es para él campo inabarcable, su huella irá desapareciendo y surgiendo entre la incertidumbre que siempre lo acecha. Esa misma que se cierne sobre todos.

Fotografía de Paco Castillo

Un zarpazo furtivo rasga al silencio, pues al mismo paso del caracol irrumpe el estruendo de un avión en el cielo, altísimo. Me consta que sus pasajeros también han dejado cosas atrás, historias vividas. E imagino a esas personas cual caracoles, parapetados en sus conchas, e igual que el pequeño molusco, con todo un relato detrás, más otro por delante que está por escribir o, mejor dicho, se está narrando sobre la marcha, puede que para algunos la tinta esté casi extinta…

Fotografía de Paco Castillo

Soy invisible para ellos, y no pueden adivinar que un semejante los recrea allá abajo junto a un caracol, en ese mosaico de tonos variopintos que es la tierra vista desde el gran pájaro de hierro. 

Así es, una persona ajena a esos viajantes del cielo que los convierte en una metáfora del propio animal arrastrándose en la arena. A ellos, flotando entre nimbos y cúmulos, recluidos en sus caracolas, dejando a sus espaldas un mar de nubes y cruzando, ya sin nubes, un inmenso desierto azul en donde solo se extienden puntos suspensivos frente a lo que habrán de escribir, si les queda tinta suficiente en el tintero.

Se me antoja que las 397 toneladas del avión en el cielo son más ligeras que los 5 gramos del caracol  reptando en la tierra, aunque la velocidad de uno y del otro hacia el destino que sea me parece idéntica durante unos instantes de espejismo visual, en todo caso son paradojas de una naturaleza poética.

Pongo tierra de por medio (asumo mi imposibilidad de poner el cielo), apresuro los pasos antes de que la lánguida luz del atardecer desfallezca y reine la oscuridad, “el dulce y amable sol de la Noche" que proclamaba Novalis en sus himnos (nótese que Novalis escribe sol con minúscula y Noche con mayúscula, toda una declaración…).

Eso sí, pienso en el estupor de Novalis esperando HOY el reino de la Noche en un firmamento huérfano de estrellas, nuestra modernidad las ha desterrado a confines remotos, pues eso que llamamos “progreso” exige sus tributos. Si veo una estrella fugaz creo que en realidad está huyendo en dirección contraria al progreso humano, en esas; ¿qué himnos a la Noche iba a cantar ahora Novalis?, ¿a dónde exiliamos la Noche inundándola con millones de luces artificiales?

Fotografía de Paco Castillo

Fotografía de Paco Castillo


Bueno, me guardo del poeta germánico y su romanticismo amigado con lo tenebroso,  y hecho mano de unos antiquísimos poemas chinos para decir adiós a las flores, el caracol, las montañas.



Dinastía Han. Tao Yuanming (China, 365 o 372 - 427 d. C.). Foto, Paco Castillo

Poesías del Che-King (libro de los cantos). Autores anónimos que van desde el año 1000 al 600 a. C. Foto, Paco Castillo


Surgió este relato con el alba y va concluyendo con el inminente crepúsculo...

Foto, Paco Castillo

Atestiguando el tránsito del tiempo con ese reloj pétreo y colosal que son, como siempre, las imperturbables montañas y la luz mutable que las va avivando o apagando, haciendo de ellas una poesía muda, como las ascuas de un fuego primitivo, brillando o atenuándose.

Foto, Paco Castillo


Ahí están, como Siempre, las montañas y su luz cambiante; me digo en la Fugacidad de mi existencia.

Foto, Paco Castillo


Marcho, y siento que nado en un mar de contradicciones...

Aspiramos al Siempre desde el Instante que es nuestra vida.

En el borde de los charcos nacen al sol nuevas florecillas, y a la vez son la trampa en donde perecen ahogadas las hormigas.

Las efímeras mariposas, de aleteo veloz y vertiginoso, están atentas al lento deambular del caracol, saben que al descubrirlos pronto llegarán las charcas donde obtendrán los minerales y la sal... “la sal de la vida” para un vuelo tan breve.

 

Qué poéticas son tantas paradojas…






viernes, 1 de abril de 2022

 

Lluvias, Machado, Azorín… Huir


En los últimos días he asistido expectante a la lluvia promisoria que ha atenuado la sed del campo.


                                   Ayer mismo. Foto, Paco Castillo

Una expectación que iba in crescendo ante la ansiada caminata, allende la hostilidad de cementos y asfaltos, sabiendo que el agua del cielo era la catarsis esperada por la tierra exhausta.

Y ese desfallecer de la tierra me lleva a su encuentro para observar los signos de su renacimiento, y buscar su compañía silenciosa rememorando aquellas palabras que, tiempo atrás, leyera a Benedetti:


(…) La tierra exasperada

reclama una caricia

que no la olviden

no la olviden nunca

por eso se estremece

de abandono

tan solo si la aman

si la amamos

volverá a concedernos

el perdón del silencio

el amor de la calma

 

Con Benedetti, hace ya algunas primaveras. Foto, Paco Castillo


Ahora camino por terreno cubierto del verdoso espesor de la hierba, con ese moteado impresionista de vivos colores amarillos, propio de muchas crucíferas (aquellas cuya flor posee cuatro pétalos), tales como los jaramagos, de las más madrugadoras en primavera, junto a las aún tímidas ¿aguileñas? con su delicado tono malva.


Con la poesía machadiana en una encapotada mañana primaveral. Foto, Paco Castillo


O el lamium (falsa ortiga u ortiga muerta), que se zafa del espesor, impetuosa, a relamer algún rayo de sol despistado…

                                           Foto, Paco Castillo

Pero sé que bajo la belleza exuberante de las flores silvestres también hay muerte, aunque la muy pérfida se engalane con la hermosura primaveral; “Muerte entre las flores”, rezaba la magnífica película de los hermanos Coen (la cinta era una libre adaptación de dos novelas de D. Hammett; “La llave de cristal”  y en menor medida, la “Cosecha roja”).

En esta ocasión me acompañó, entre otros, Antonio Machado con el “Caminante”... No había duda.

 Foto, Paco Castillo

Tal era mi ansia por salir, por hundir mis huellas en la tierra porosa, que me importó un comino la previsión de lluvia inminente.

Hablando de Caminante, ahí tenéis a otro que me precedía, ensimismado en dicha liturgia. Foto, Paco Castillo


Leyendo a Machado. Foto, Paco Castillo

El cadalso

 La aurora asomaba

lejana y siniestra.

El lienzo de Oriente

sangraba tragedias,

pintarrajeadas

con nubes grotescas.

 

En la vieja plaza

de una vieja aldea,

erguía su  horrible

pavura esquelética

el tosco patíbulo

de fresca madera…

La aurora asomaba lejana y siniestra.

 


Hastío

 Pasan las horas del hastío

por la estancia familiar,

el amplio cuarto sombrío

donde yo empecé a soñar.

Del reloj arrinconado,

que en la penumbra clarea,

el tictac acompasado

odiosamente golpea.

Dice la monotonía

Del agua al caer:

Un día es como otro día;

hoy es lo mismo que ayer.

Cae  la tarde. El viento agita

el parque mustio y dorado…

¡Qué largamente he llorado

toda la fronda marchita!


Antonio Machado

 

Y así ocurrió con el pronóstico, justo cuando sorteaba los charcos del sendero y miraba en ellos el cielo reflejado, advertí que bullían por un frenético repiquetear, señal de una copiosa lluvia.


Otra fructífera compañía; Azorín. Foto, Paco Castillo

Bueno, hay maneras y maneras de que la lluvia se precipite sobre uno. Yo acababa de leer un prodigioso pasaje de Azorín, así que la lluvia enmarcó de forma sublime aquel instante lector.

Fijaos que ventana nos abre Azorín para que nos asomemos al paisaje que contempla(mos).

                                                Foto, Paco Castillo

“A lo lejos, una torrentera rojiza rasga los montes; la torrentera se ensancha y forma un barranco; el barranco  se abre y forma una amena cañada. Refulge en la campiña el sol de agosto. Resalta, al frente, en el azul intenso, el perfil hosco de las Lometas; los altozanos hinchan sus lomos; bajan las laderas en suave enarcadura hasta las viñas. Y apelotonados, dispersos, recogidos en los barrancos, resaltantes en las cumbres, los pinos asientan sobre la tierra negruzca la verdosa mancha de sus copas rotundas. La luz pone vivo claror en los resaltos; las hondonadas quedan en la penumbra; un haz de rayos, que resbala por una cima, hiende los aires en franja luminosa, corre en diagonal por un terreno, llega a esclarecer un bosquecillo. Una senda blanca serpentea entre las peñas, se pierde tras los pinos, surge, se esconde, desaparece en las alturas. Aparecen, acá y allá, solitarios cenicientos, los olivos, las manchas amarillentas de los rastrojos contrastan con la verdura de los pámpanos. Y las viñas extienden su sedoso tapiz de verde claro en anchos cuadros, en agudos cornijales, en estrechas bandas que presidían blancos ribazos por los que desborda la impetuosa verdura de los pámpanos.” 

Azorín




Por eso me llevé  también este libro, quería sentir el efecto de esas líneas caminando bajo la llovizna campestre.

Continúo hacia uno de mis sitios preferidos, es un enclave de humildes dimensiones pero muy generoso en tomillos. De tal suerte que al agacharte, los brotes te agasajan con su deliciosa fragancia.


Tomillar. Foto, Paco Castillo


Eso sí, la omnipresente modernidad siempre acaba irrumpiendo a empujones donde menos se la espera y se la desea.

                                            Foto, Paco Castillo

Y no renuncia a proclamar su imperio en cualquier lugar, a dejar su impronta allá, donde el aroma de los humildes tomillos no ansía más poder que la mirada serena de un caminante. 

No sé si en esta descarada intromisión de la marca global se encuentra... "La chispa de la vida". Lo dudo seriamente.

Percibo, sin embargo, que apenas quedan reductos en los que refugiarse, a los que huir (¿la lectura?, ¿escribir?).

                                            Foto, Paco Castillo

Unos literatos escribieron en sus libros que sí existe refugio; se halla dentro de uno mismo. Otros, como Dostoievski, no se han cansado de reflejar lo opuesto en su literatura, que no existe presidio más angustioso que nuestro interior, de hecho ese es el núcleo, el conflicto,  de toda su obra; léase "Los hermanos Karamazov".

Sumido en estos pensamientos aterrizo bruscamente en el asfalto.



Entonces recuerdo otra huida, aquella que nos mostró Truffaut a través de un chiquillo inquietante en "Los 400 golpes"; Antoine Doinel, jovenzuelo que ante la carencia afectiva de sus progenitores, deviene en un rebelde y díscolo muchacho, que siente en su piel la incomprensión de todos, del mundo. 

Es como si esa angustia personificada que retratara Munch; “El grito”...

                                    Imagen obtenida de la Wikipedia

hubiera usurpado el cuerpo de Antoine, y en el lamento desesperado echase a correr. Pero… 


Escapar, ¿de quién?

 Huir, ¿a dónde?

 



sábado, 19 de marzo de 2022

 

Guerra y lenguaje...


Me ha parecido muy apropiado recuperar una entrada, dado el contexto bélico actual.

La cuestión gira en torno a la función/manipulación del lenguaje en tiempos de guerra, tema del ensayo que publicó, allá por el 2007, Adan Kovacsics.

Escribí el comentario del libro hace seis años… pero podría referirse a ayer mismo, con el foco puesto en Ucrania versus Rusia.

Precisamente la inmensa y compleja Rusia, esa gran desconocida para los occidentales, ha motivado uno de esos arrebatos míos, y me he lanzado a desentrañar algunas claves pasadas para atisbar algo el presente (de aquellos barros, estos lodos), aunque sea un poco a través de lecturas. En ello ando, pero ahora no serán las protagonistas.


De izquierda a derecha; Wladimir Weidle. “Rusia ausente y presente” (1950)

Yuri Afanásiev. “Mi Rusia fatal” (1992).

Fernando de los Ríos Urruti. “Mi viaje a la Rusia sovietista”, (escrito en 1921, publicado por esta edición de Alianza en 1970). Foto, Paco Castillo.


En cuanto al ensayo de Kovacsics. Cámbiense algunos datos; la guerra de Irak por la presente de Ucrania; las manipulaciones informativas de Colin Powell en su momento, por las del Kremlin de Putin ahora, y algún que otro aspecto más, y todo encajará en el marco actual de manera asombrosa. Me he permitido unos mínimos retoques. Os lo dejo ya.


Jueves, 21 de enero de 2016

Guerra y lenguaje. Adan Kovacsics (Santiago de Chile, 1953)

Libro. Editorial El Acantilado, primera edición, 2007. Ensayo. 160 páginas.


                                         Foto, Paco Castillo, 2016

Ayer terminé este libro de Adan Kovacsics. Si alguien no conoce al autor es posible que se cruzara con su nombre en algún ejemplar de Acantilado o Minúscula, pues es el excelente traductor de varios escritores en lengua húngara y alemana que forman el catálogo de dichas editoriales. Kovacsics es chileno e hijo de inmigrantes húngaros, aunque nacionalizado español desde hace muchos años (vive en Barcelona).

El debate suscitado en cuanto a la reducida capacidad que tiene el lenguaje para representarnos la realidad ya tiene un largo recorrido histórico. La filosofía, entre otras disciplinas, lo ha reflejado ampliamente.

En el transcurso de la cultura europea se han sucedido casos relevantes de intelectuales muy críticos contra el modo de entender el lenguaje y, sobre todo, contra las formas de pervertirlo para originar un discurso dominante, y crear corrientes de opinión conniventes con las esferas del poder económico y político.

Bajo el título de “Guerra y lenguaje”, Kovacsics ha desarrollado cuatro interesantes ensayos, cuyo contexto abarca, mayoritariamente, el espacio geopolítico de la Europa Central durante la I Guerra Mundial:

Crisis del lenguaje

Matuschka

Guerra y lenguaje

Danubio

Uno de los escenarios principales a donde nos adentra es la  Viena de dicho período, concretamente al Cuartel de Prensa creado por el ejercito austro-húngaro. Allí trabajaron escritores elaborando propaganda que ensalzara el esfuerzo de los soldados en el frente. Todo un organigrama para revestir de heroicidad a aquellos desvalidos jóvenes que morían en el frente sin gloria alguna, a los altos mandos, etc.

También nos presenta diferentes episodios de esta problemática de la lengua, por ejemplo la relación traumática que algunos escritores han tenido con el lenguaje, o la crítica de otros denunciando su manipulación en el estamento periodístico y político, como si se experimentase con un animal de laboratorio para comprobar sus efectos en terceros. Críticas de algunos escritores hacia aquellos colegas que pusieron su pluma al servicio de la infame propaganda bélica.

Si uno reflexiona sobre la naturaleza e historia de las guerras, constata que las grandes contiendas necesitan crear previamente un discurso ad hoc, no tanto para justificarse ante el mundo, pues sabemos que los señores de la guerra ni tienen ni necesitan justificación, como para crear el mayor número de acólitos en la sociedad, pues de ella se nutre la maquinaria belicista.


                                            Foto, Paco Castillo, 2016

Es ahí donde interviene el lenguaje, y los que mejor saben persuadir con él son, sin lugar a dudas, los escritores.

Se crea una retórica que tiene el esperpéntico fin de elevar la mentira a la categoría de axioma (hoy fake news), y por tanto premisa que se asume sin necesidad de demostrarla.

En dicho sentido, ¿Os suena la Guerra de Irak y sus armas de destrucción masiva? Lo menciono ya que aparece en el libro como moderno paradigma del tema que nos ocupa.

(Sustitúyase ahora por los argumentos iniciales de Putin, centrados "únicamente" en objetivos militares y en las regiones prorrusas de Ucrania, sabiendo ya la verdadera intención; la destrucción en todo el país, y extendida a la población civil. Valga lo mismo para el párrafo siguiente).


Y nos viene a la memoria la “opereta” de Colin Powell ante la ONU, mostrando unas fotografías “manipuladas” de “fábricas de armas”, “enclaves estratégicos en el área oeste”, "depósitos de arsenales en la región sur” del territorio enemigo. Digo manipuladas porque luego se comprobó que los encabezados de las fotos no se correspondían exactamente con las imágenes (lo refleja Kovacsics). El caso era sencillo, los encabezados (titulares) de las fotos ya estaban creados antes de las propias fotos, de tal suerte que la cuestión no era buscar un título para cada fotografía, sino preparar una fotografía para cada titular. Así funcionan tantas guerras, todo empieza con una mentira, la historia está escrita con montones de ellas.

En cuanto a las crisis de algunos intelectuales con el lenguaje, se expone el caso, entre otros, de Ingebor Bachmann, la célebre poeta austriaca, para muchos la más brillante de su generación, cuya profunda crisis de identidad literaria, al punto de abandonar el género poético (se centró en la narrativa, sobre todo), la llevó a considerar la poesía, supongo que su poesía, una vía muerta para la expresión del lenguaje.

Significativo lo que refiere de su poema «Ihr Worte»  («Vosotras las palabras») :

“Lo escribí después de que durante cinco años no me atreviera a escribir un poema, no quisiera escribir ninguno, me prohibiera crear una estructura llamada poema. No tengo nada en contra de los poemas, pero debe imaginar usted que de repente una lo puede tener todo contra ellos, contra cada metáfora, cada sonido, cada obligación de juntar palabras, contra ese gesto absoluto y dichoso de hacer aparecer palabras e imágenes. Que dan ganas de asfixiarlo para volver a revisar qué hay en ello, qué es, qué debería ser. Todavía sé poco sobre los poemas, pero a lo poco que sé pertenece la sospecha. Sospecha bastante de ti misma, sospecha de las palabras, del lenguaje, me decía a menudo, profundiza en la sospecha para que algún día pueda surgir, quizá, algo nuevo. Si no, que no surja nada más" (p. 31).

Magnífica reflexión.




Pero el pasaje del libro que me ha resultado más fascinante tiene que ver con las referencias a dos autores, el austríaco Karl Kraus y el alemán Walter Benjamin, férreos acusadores del maniqueísmo de la prensa, especialmente K. Kraus, por la vil instrumentalización del lenguaje.

También K. Kraus es al que más párrafos ha dedicado Kovacsics, muy merecidos sin duda.

La reacción de ambos intelectuales frente a las proposiciones de colaboracionismo con el ejército austro-húngaro, fue el silencio como respuesta intelectual. Mal entendido por algunos coetáneos y críticos al interpretar con ello irresponsabilidad cívica, ausencia de compromiso, encubrimiento, entre otras afirmaciones.

En alusión a la alianza entre lenguaje y guerra, nos apunta Kovacsics unas consideraciones que esclarecen la posición de K. Kraus y W. Benjamin :

"(…) se había producido una avalancha de un determinado lenguaje, que exigía una respuesta precisa. Expresarse en contra sin más no era tal vez la fórmula más adecuada. Habría significado añadir una voz más al discurso. La percepción a la que se debía el silencio  era que hasta el eje de la lengua se había movido. Callar debía definirse, en consecuencia, como la respuesta de quien se apartaba ante el alud. (…)

El silencio: el lugar donde se guarda y se protege el verbo ante el arrasamiento, el cajón donde se esconde el tesoro ante las tropas." (p. 70).

En sus escasas apariciones públicas K. Kraus (siempre azote para las instituciones del poder), se expresaba en estos términos, en donde el silencio era una reacción al:

«Tiempo ruidoso que retumba por la horrenda sinfonía de los actos que generan informaciones y de las informaciones que generan actos»

Y denuncia la alianza entre escritura y guerra de esta manera tan poética:

«Las plumas se sumergen en sangre y las espadas en tinta»

O alude a la relación entre palabra y acción (acción bélica):

«Quien alienta las acciones, profana la palabra y la acción y es doblemente despreciable. La vocación a ello no se ha extinguido. Los que ahora nada tienen que decir, porque la acción tiene la palabra, siguen hablando. Quien tiene algo que decir, ¡que dé un paso al frente y calle! (p. 70).

K. Kraus mencionará la figura del autor Henrich Heine como ejemplo del uso literario que repudia, es decir, la literatura entregada al discurso periodístico afín al poder. Si bien, reconoce la  genialidad del poeta alemán.

En el libro también se menciona, ojo al dato, a Stefan Zweig y Rainer Maria Rilke, ya que ellos sí pusieron su talento a trabajar para El Cuartel de Prensa del ejército austro-húngaro, sea por sus convicciones personales, o sin ellas, suponen la antítesis de lo que pensaban y hacían K. Kraus y W. Benjamin, para quienes ponerse al servicio del ejército era como claudicar ante la mentira por antonomasia; la guerra. En una época en la que el pacifismo era mal visto y censurable no se amilanaron en defender su ideal.

Otro nombre célebre que aparece es Ludwig Wittgenstein, aunque el filósofo vienés sí participó en la Gran Guerra, de hecho se alistó voluntario, pero era visible su perturbación por la banalización rápida e imparable del lenguaje en su sometimiento a la guerra. Desde esa conciencia angustiosa L. Wittgenstein escribe su Tratactus, centrándose en el sentido que tienen las palabras y su uso u omisión en el lenguaje, una obra que sigue la estela de K. Kraus, autor a quien el propio L. Wittgenstein admiraba y leía profusamente.

Hay párrafos que no me resisto a mostrarlos:

"El periodismo se ha apropiado de la literatura, constata Kraus. Y la guerra se apropia del primero y, de paso, también de la creación literaria. La campaña militar necesita exaltadores, divulgadores y portavoces, necesita la propaganda, necesita a los escritores. La literatura debe convertirse en medio. El fin: la difusión positiva del esfuerzo bélico propio (y de sus razones) y la negativa del ajeno. (…)

Previa a la palabra existe una voluntad, que declara qué es lo bueno y qué lo malo, quién es el amigo y quién el enemigo, (…)". (p. 80)

O este otro:

"Una guerra es, además de sus actos y sufrimientos, un torrente de palabras. Quien lo percibe no puede menos de sentir un escalofrío. A la crueldad se suma la frivolidad verbal, que impregna hasta a quien la escucha, mancha incluso a quien piensa sobre ello" (p. 124).

Entre pasaje y pasaje salgo a dar un paseo para asentar lo leído, y me pongo  a pensar sobre la asociación del lenguaje y el discurso político. No tardo en ver señales" :

 

                                          Foto, Paco Castillo, 2016


Ilusión. ¿Es eso lo único que nos piden los políticos para votar? Poca actitud reflexiva nos reclaman. Y con poco parece que nos conformamos.

Extraigo un mensaje claro en este ejercicio de reflexión que supone leer “Guerra y lenguaje”; las palabras tienen la capacidad de “encajarnos” en su realidad cuando son utilizadas por un experimentado manipulador de conceptos (un trilero de palabras), un demagogo que desde el púlpito sabe sintonizar con la emoción popular.

Las palabras han de tener un sentido para la realidad desde nuestra reflexión, uno ha de ser sujeto activo con el uso del lenguaje, desde un diálogo interno, sereno y crítico entre nuestro pensamiento y nuestro lenguaje, la inadecuación entre ambos nos resta amplitud, perspectiva.

Los políticos, los líderes del cotarro, lanzan sus proclamas y pretenden que se asocien con la voz mayoritaria de la ciudadanía… “Los españoles han hablado en la urnas…”, “Los españoles han dicho que quieren esto…”, “Los madrileños han decidido con el resultado aquello otro…”, “Los catalanes han expresado en las urnas lo de más allá..”

Todas esas cosas, y más, dicen los políticos que decimos el resto, seamos sus votantes o no lo seamos, tanto da que da lo mismo.

Pero me temo que el grueso de ciudadanos no ha dicho absolutamente nada, ni esta boca es mía, solo han recorrido unos centenares de metros hasta el colegio más cercano, han depositado unas papeletas en las urnas, y se han largado de ahí, de la misma forma mecánica con la que acuden a comprar el pan, sin más.

Si los políticos se apropian con tanta facilidad de nuestro discurso tal vez sea porque no tengamos discurso alguno… Solo unos centenares de metros de ida y vuelta que recorrer.

Este comentario fue escrito por Paco Castillo, el 21 de enero de 2016.