P. Castillo

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martes, 2 de abril de 2019


Las ratas (1962). Miguel Delibes (Valladolid, 1920​-2010).
Ediciones Destino, 1980. Octava edición. Narrativa, 175 páginas.







En sus novelas más campestres, si me permitís la licencia, es cuando Miguel Delibes  saca a relucir el naturalista brillante que siempre fue, lo que no deja de ser llamativo habida cuenta de su formación en comercio y derecho mercantil, disciplina en la que ejerció de catedrático.

En una novela como Las ratas, considerada por los críticos una de las mejores en la carrera del autor, encuentro al Delibes que más me cautiva, el del mundo rural. Un trabajo con el que consiguió  el Premio de la Crítica en 1962, así leemos en la contraportada.


Huelga decir que Delibes es un gran escritor en cualquier historia que desarrolle, pero cuando vamos dejando atrás los escenarios urbanos para adentrarnos en lo rural, es palpable que el escritor se encuentra a sus anchas, en sintonía con la palabras que mejor expresan ese mundo rústico que a él le da la medida exacta de las cosas, de la existencia misma.


Me recuerda, valga el símil, a eso que dicen los futboleros: “lo tenemos que bordar, jugamos en casa”. El Delibes del entorno rural, el del campo, es un autor que también “juega en casa”, y eso se nota.




Asistimos a una suerte de trance que sume al escritor en estado de gracia, con una prosa poderosa desde la primera a la última frase de la narración, una escritura que se nutre de la naturaleza, partiendo de lo esencial, lo primario que hay en ella para penetrar en el alma de las personas que habitan el campo castellano, rodeados de un paisaje frugal, elemental, duro e implacable, austero… tal son sus moradores, cincelados por esos elementos. Y lo refleja Delibes con la maestría propia de un observador minucioso, como el biólogo tomando notas en su trabajo de campo.

"Por San Simplicio, el niño y la perra sintieron la engañosa llamada de la nieve y salieron al campo. Sus pisadas crujían tenuemente, más aquellos crujidos detonaban en el solemne silencio de la cuenca con una sorda opacidad. Ante sus ojos se abría un vasto, solitario y mudo planeta mineral y el niño lo recorría transido por la emoción del descubrimiento. Dobló el Cerro Merino y al iniciar el ascenso de la ladera, el Nini atisbó el rastro de una liebre."


Delibes aúna la perseverancia y el rigor del biólogo, sin serlo, con la sensibilidad del escritor, atento a cualquier estímulo vital para ser trasladado a la cuartilla, y convertir la llegada de las avefrías surcando los cielos meseteños, o el vuelo del azor, o el merodear de la corneja, o el graznido de los cuervos, o el chasquido de los juncos cuando los atraviesan las ratas, o la granizada de abril, o la sementera, o el ulular del viento, haciendo danzar a los trigales cimbreados por su furor o… en acontecimientos que para el Nini, protagonista central, un niño vivaracho y astuto, son hechos trascendentales que le aproximan al conocimiento de los humanos.


Para él la humanidad son los 15 o 20 aldeanos de su pueblo. Cada uno de ellos, esos “cuatro gatos”, revelan claves de la humanidad entera; la violencia con el débil, la sabiduría silenciosa, la ignorancia, la nobleza de carácter, la brutalidad, la honestidad, la codicia, la generosidad, la infancia como etapa de descubrimiento, la madurez… todo envuelto en el ciclo inexorable de la vida y de la muerte.

El chico se gana el pan cazando ratas en el arroyo, junto a su abuelo El Ratero, hombre taciturno y parco en palabras, primitivo como el paisaje que se cierne ante ellos.

Las ratas eran una fuente de alimento relativamente frecuente en aquellos tiempos, el Nini y su abuelo las capturaban para venderlas  a los parroquianos. Ambos habitan una de las cuevas que hay en los alrededores del pueblo, lo que constituye una fuente de conflictos para el alcalde, pues lo considera una mala imagen para el pueblo. Algunas mujeres intentan razonar con el abuelo para que el chico sea escolarizado, pero se esfuerzan en balde, el abuelo es inflexible, al Nini no parece afectarle la situación.


Es un niño de mente ágil  y despierta, permeable a las enseñanzas de la naturaleza, apreciado en el pueblo pues siempre está dispuesto a echar una mano a los vecinos... y lo dicho, posee ese tipo de sabiduría que solo los chavales criados en el campo atesoran. Todos le consultan sobre el tiempo venidero para las cosechas, la mejor forma de criar conejos, cuando conviene hacer esta o aquella labor, etc. El Nini asume su papel de "oráculo" local con toda naturalidad, y nadie duda de su eficacia en los presagios que hace, la verdad es que no suele equivocarse.

La historia que tenemos gira en torno a estas cuestiones:

«Muerte, Infancia, Naturaleza y Prójimo»


Son los ejes fundamentales en la obra literaria de Delibes, como ya afirmara el autor con esas mismas palabras en varias ocasiones. Y desde luego están presentes en Las ratas.





El Nini y su inseparable perra, la Fa, nos remiten a un mundo acaso ya agonizante, algo que de alguna manera vemos reflejado en sus conversaciones con el Centenario, el viejo del pueblo, compañía que el Nini busca cada vez que tiene oportunidad:

(…) el Nini bajó un rato a hacerle compañía. Sobre el camastro pendía una lavativa y, a su lado, la pobre lámpara un cromo de la Virgen. Le dijo el viejo sin volver la vista, sin mover un solo músculo de la cara:

-Esta tarde, antes de acostarme, quise oír el viento en los plumeros de las espadañas, como cuando mozo. Me tumbé junto al arroyo y aguardé, pero el viento no sonaba igual. Todo se va; nada se repite en la vida, hijo.”



Y eso me pasa a mí cuando paseo por el campo e irrumpe el viento, lo escucho, y lo observo arrastrando al tiempo, llevándoselo a no se sabe donde, lo eleva hacia el cielo y por ahí se escapa, acompañando a las nubes en su viaje sin retorno...