P. Castillo

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Mostrando entradas con la etiqueta Sebastià Juan Arbó. Mostrar todas las entradas
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jueves, 4 de julio de 2019


Tierras del Ebro (1932). Sebastià Juan Arbó (San Carlos de la Rápita, Tarragona, 28 de octubre de 1902 - Barcelona, 2 de enero de 1984)
Plaza & Janés, 1ª edición, 1977. Prólogo de Ignacio Agustí. Narrativa, 312 páginas.

Fotos de la entrada, Paco Castillo.



Creo que la masa de aire sahariana nos ha dado un respiro por el centro… uff. Aprovecharé la tregua para salir de la cueva.






Por cierto, ese aire sahariano tan demoledor aquí, es un valiosísimo fertilizante para la Amazonía, por la cantidad de minerales del gran Sahara depositados en el suelo amazónico. Pues nada, nada… a ver si se queda una temporadita maja allá.

Aunque estoy un tanto disperso con los calores padecidos, la transición vacacional en pleno estío y atascado entre lecturas. Por ello echaré mano de una idea que vi a la colega y amiga blogera Rosa Berros Canuria, y me viene de perlas para mi abotargamiento. 





Se trata de recuperar alguna entrada antigua que pasó sin pena ni gloria, siendo una excelente novela merece otra oportunidad. Añadiré y quitaré algunos detalles  acorde al momento actual, pondré fotos recientes del libro, aparte de algún título más de S. J. Arbó que os enseñaré en unas fotos también.

Vamos al meollo. Apenas rozando los treinta años, Sebastià Juan Arbó ya deslumbró con una prosa de cariz trágico y tono poético, pues la tragedia cuando se narra con sensibilidad poética se hace más honda y penetrante en su desolación, más impactante cuando se reviste de belleza.




Pero tan notable fue su obra narrativa como su talento para el ensayo biográfico versado en algunas ilustres figuras literarias, entre otras la de Oscar Wilde, la de su amigo Pío Baroja, o la maravillosa biografía que escribió sobre Cervantes con gran repercusión internacional.

De la última tengo un ejemplar publicado por Ediciones del Zodiaco; Barcelona, lanzada en 1945. Un librazo de 600 páginas con su encuadernación en tela, bonito espécimen.






Esta es una de las semblanzas clásicas sobre el creador del Quijote, muy valorada por la crítica y los coleccionistas de libros.


Además, las cuarenta fotografías inéditas de Gabriel Casas distribuidas por  las páginas, es un caramelo muy goloso para los lectores, excepcional documento visual de aquella España, aún rural y tenebrosa, como sacada de un cuadro pintado por  José Gutiérrez Solana, varios años antes, eso sí.





Tal como indicaba al comienzo,  Arbó refleja en sus novelas, así es en “Tierras del Ebro”, un entorno amenazado  siempre  por la tragedia silenciosa. Aquí se cierne sobre los extenuados labradores en los arrozales regados por el Ebro, que jalonan la Cuenca Mediterránea. Sufridores entregados a un esfuerzo descomunal para el exiguo beneficio, un pulso desigual con una tierra inmisericorde, que roba con angustiosa velocidad los días, los meses y los años de vida a estas gentes castigadas por las inclemencias del tiempo.



Arbó fue hijo de labradores que faenaban a orillas del Ebro, con ocho años la familia se instaló en Amposta. Conocía de primera mano ese ambiente mediterráneo de barracas y cañaverales que retratara genialmente otro colega, Vicente Blasco Ibáñez con "Cañas y barro", un enorme escritor.




Son narraciones en las que el drama siempre está acechante, como un milano que suelo encontrarme en mis paseos campestres.




Fotos, Paco Castillo.

Escribió la novela muy joven, apunto de cumplir los treinta, trastocado por sus lecturas de Balzac, las Tragedias de Eurípides y, muy especialmente, Dostoievski… “Los hermanos karamazov” será para nuestro escritor el LIBRO, en mayúsculas, el poder e influjo que ejerce en su novelística es palpable, jamás se quitaría de la cabeza esta lectura, la verdad es que comparto la sensación con "Los hermanos Karamazov", es uno de los grandes libros de mi vida, tal vez el más determinante para mi pasión lectora, por ahí anda mi desgastada edición de Cátedra.




Tierras del Ebro, escrita desde la deslumbrante sensibilidad del autor, encajaría si echamos mano de los manuales, en la denominada novela costumbrista. Cierto, la descripción de usos y costumbres de los campesinos arroceros del Ebro está ahí, pero circunscribir la dimensión de lo que allí ocurre, de la narración en definitiva, a un terreno acotado por los ismos es un ejercicio de lectura miope, de corto recorrido.




Tierras del Ebro "habla" de la vida, esa que se nos va escapando de las manos, lenta pero inexorablemente,  sin haber concedido una oportunidad a lo que verdaderamente da sentido a tantas existencias, al menos en cuanto a los personajes del libro; el amor profundo de un padre hacia el hijo, afecto que el padre escatima en su enfermiza cruzada contra la ingratitud que la vida le ofrece.


La prosa de Arbó hace gala de un delicado lirismo, nunca recargado, una elocuencia descriptiva que percibimos con los sentidos, como si las palabras se diluyesen en la visión del paisaje, o el transcurrir anodino en el pueblo.





Hay un manejo excelente de los silencios, el silencio vertebra toda la narración, el silencio que preside la relación entre el padre y el hijo, el silencio instalado en la soledad del campo, incluso  la muerte acontece en el silencio más sobrecogedor, porque la vida se va apagando  en las horas previsibles de los días iguales, de la llegada invariable del calor cada verano y el  frío en invierno, sin más ambición que levantar la azada para hundirla en la tierra jornada tras jornada, año tras año, ante el mismo horizonte, ahora nublado, mañana abrasador, hasta que una tarde tranquila la mano encallecida no vuelve a sostener el apero.

Esta obra es un buen ejemplo de la fuerza todopoderosa del narrador omnisciente, voz que Arbó dosifica con maestría.




Asistimos a la historia del soterrado y profundo amor de un padre hacia su hijo. Un hijo que jamás llegará a sospechar el verdadero sentimiento que su padre le profesa.
Un padre embrutecido por los golpes de la vida, por la súbita muerte de la esposa y madre de su hijo, el pequeño Joanet.

Juan, el padre huraño, se enfrenta a la fatalidad de su suerte con un estoicismo que le hace renegar de su naturaleza sensible, de los gestos de ternura que la mirada, cada vez más ausente, de Joanet parece mendigar. Pareciera que la mísera vida retase al rudo campesino y éste respondiese mostrándose incólume ante el sufrimiento, o ante el amor.



No caben contemplaciones para quien trabaja de sol a sol, para un hombre impasible sin atisbo de debilidad, pero, ¿hasta cuándo?


El embrutecimiento progresivo del padre irá sembrando el rencor y el odio en el lastimado corazón del hijo. Tras un fatídico accidente, la desaparición de la figura materna idolatrada por ambos,  supone la muerte en vida del padre, hasta el punto de empujar el amor por el chico hacia el abismo, al más destructor de los silencios, a la ausencia de la ternura y las caricias que el pequeño anhela y necesita. 




Y así crecerá Joanet, entre el miedo, la soledad y el enmudecimiento que han ocupado el espacio vital que dejó la madre. El despertar amoroso de Joanet, se debate entre el impulso desbocado de la juventud y el estigma de una infancia carente del abrazo firme y tranquilizador del padre, de la caricia suave y el beso de buenas noches. Con ese bagaje el joven asiste a sus primeras experiencias sentimentales.





La muerte puede ser una despedida agradecida ante lo bueno que la vida tuvo a bien entregarte, un acto de reconciliación. Pero también puede acontecer en la más absoluta indiferencia, como si todo y todos hubiesen ignorado tu existencia, sin más compañía final que el silencio y la imperturbable soledad del campo, aunque al día siguiente el petirrojo vuelva a cantar, posado en la rama del sauce, sobre una raíz que se extingue bajo la hierba.






S. J. Arbó escribió Tierras del Ebro henchido de juventud, siendo ya capaz de regalarnos estas sutilezas: 

"Todo el valle era un murmullo de agua corriente y un brillar de reverberaciones de sol entre los chopos. Sobre el valle, sobre los arrozales, la amplia noche, la sucesión de noches infinitas, el parpadeo inextinguible de las estrellas. tal es el ámbito, tal la dimensión. 

Entre ambos planos paralelos, la vida humana; pequeña vida ferviente que se extingue y reanuda con el tránsito levísimo de las horas, los días y los siglos sin dejar rastro alguno en el arrozal, en la acequia, en los canales que desembocan inexorablemente en el mar; sin dejar rastro alguno en la eternidad sonora de la noche y de los campos de arroz, mosaico dibujado por el susurro interminable de diminutas y mortales palpitaciones; el bullir incesante de las estrellas en el techo profundo, el croar de las ranas, obsesionante en la balsas, el amor, el amor que pulsa en las venas de los hombres. 

Fugaces estelas, hombres y mujeres bracean contra la abrumadora soledad, y el latigazo de los tiempos los devuelve a la espesura de los rumores, levantada con savia e ímpetu vegetal; hienden entonces la azada, ateridos, contra la fresca tierra, como contra una carne enemiga y cercana, contra su única proximidad".






Una bellísima manera de narrar la dureza de la vida. Gran novela.








Serrat y Mediterráneo,  jamás ha dejado de emocionarme...