El balcón en invierno. Luis Landero (Alburquerque,
Badajoz, 1948)
Libro, Maxi Tusquets editores, 2016. Ilustración de
la cubierta: Francisca y Luis hacia 1965. Archivo familiar de Luis Landero. 245
páginas.
El que este pequeño tesoro, El balcón en invierno estuviese apretujado en la impersonal estantería de un supermercado hace
que me interrogue, con más incredulidad si cabe, por qué un libro así estaba en
un lugar como ese y, lo más inaudito, por qué yo fui a un lugar como ese a
buscar un libro así.
Ya que después de darle muchas vueltas a la cabeza,
una vez leído, creo que no fui allí a llenar la cesta de la compra… algo me
dice que en realidad fui a por el libro.
Ya veis, el flechazo por un libro puede suceder en
un entorno tan opuesto al encanto de una librería como es una gran superficie
comercial, de cuyo nombre, francés para más señas, no quiero acordarme… Parafraseando
el comienzo de una ilustre obra que todos sabemos como empieza, de forma literal,
y casi ninguno como acaba…
Así sucedió con este ejemplar, cuando andaba
haciendo el acopio mensual de mis bebidas de arroz, pues hace años que no tomo
leche de vaca (pero sí Kéfir de cabra… manías mías).
Me topé con dicho título, y decidí librarle de
soportar por más tiempo la horterada del hilo musical, un híbrido de géneros
tecno-disco que no es ni lo uno ni lo otro.
Aunque también puedes sacudirte estas estridencias
escuchando una suerte de jazz chill out, bastante agradable, cotilleando en las
tiendas de complementos del hogar, pertenecientes al imperio textil del magnate
gallego que ya todos conocemos por estos lares, una música cuyo efecto
relajante no me incentiva a comprar, sino a sentarme sobre uno de esos cojines
bordados con medias lunas orientales y escuchar la música, sea como sea uno no
aguanta mucho por estos sitios, por aquí sí...
El libro tuvo un elemento determinante para atraer
mi atención, la fotografía de la portada, es el propio Luis Landero, antes de
cumplir los veinte años, acompañado de su abuela, Francisca, esmerada contadora
de cuentos. Fue cruzarse en mi camino y no pude resistirme a tomarlo entre mis manos, e ignorar las demás
estanterías.
Yo hago muchas fotografías, cuando me encuentro con
algunas viejas instantáneas (qué paradoja, viejas instantáneas…) de personas,
observo con fijeza la expresión de sus rostros, de sus ojos, qué sé yo… todos
lo hacemos.
Especialmente reparé en la mirada de la abuela
Francisca, que parece estar ausente, lejísimos,
de ese momento petrificado ( imaginad ya de este), como si estuviese
perdida en recuerdos remotos, como si esa mirada no quisiera recrearse en
aquel presente (ya pretérito) y buscase con ansia el retorno hacia tales
recuerdos, instantes de vida que el tiempo no puede convertir en polvo, porque aquellos
aromas, voces, sonidos, imágenes, etc, siguen tan nítidos en su ser como lo
fueron hace, quizás, setenta años, qué cosas…
Rememorar una pequeña escena infantil que, a lo
mejor, duró cuatro minutos, (perseguir un polluelo de gorrión, escuchar el sonido
de la locomotora aproximarse, el bullir de una cafetera y el aroma del café,
quien sabe) setenta años después, sin perder ni un detalle de lo que aconteció
en esos cuatro minutos… sí, setenta años después, qué cosas…
¿Tiene esa mirada de anciana setenta años?
¿Tiene edad esa mirada…?
¿Qué misterio encierra esa mirada que retorna a no
se sabe dónde?
Prefiero imaginarlo a la certeza de saberlo, es
mucho más bonito, y la palabra “bonito” es aquí perfecta, la utilizan los
niños.
Luego me centré en la contraportada y empecé a
leerla, un minuto después la bebida de arroz, las conservas de atún, el papel
de cocina y el detergente para la lavadora me importaban un carajo, los
necesito claro, pero no me provoca ningún sentimiento tenerlos.
El libro era otro asunto, considerándolo ya mío,
sentía cierta excitación y un hormigueo en el cuerpo anticipando momentos de
grata lectura. Veamos el apremio por llevármelo, dice así la contraportada:
“Este libro es la narración emocionante de una
infancia en una familia de labradores en Alburquerque (Extremadura), y una
adolescencia en el madrileño barrio de la Prosperidad. Es también el relato
–sincero, humorístico, siempre bellísimo- de por qué oscuros designios del azar
un chico de una familia donde apenas había un libro logra encontrarse con la
literatura y ser escritor. Y de sus vicisitudes laborales en comercios,
talleres y oficinas, mientras estudiaba en academias nocturnas, empeñado en ser
un hombre de provecho, tal como le prometió a su padre, pero dispuesto a tirarlo
todo por la borda y vivir como artista de la guitarra (así como suena, fue
guitarrista profesional). Y en ese universo familiar, entre la sombra, entre la
sombra ominosa del padre exigente y el apoyo de una madre comprensiva, entre
los cuentos orales de la abuela Francisca y los ingeniosos proyectos del primo
Paco, surge un divertidísimo caudal de historias en el que se reconoce nuestro
pasado reciente.
Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) se dio a
conocer en 1989 con “Juegos de la edad tardía” (Premio de la Crítica y Nacional
de Narrativa 1990). Traducido a numerosas lenguas, Landero se ha convertido ya
en uno de los más destacados narradores españoles de las últimas décadas.”
Tenemos ya una idea de lo que encontraremos, la
propia historia de Landero, la niñez en su familia de labriegos, en esa tierra
humilde y de hostil belleza que es Extremadura. Su vida primera es la del
campo, y la sabiduría que éste otorga a todo devoto observador de sus
misterios, de todos los dramas, pequeños o colosales, y la épica que acontece
en lo agreste de su entorno desde que despunta el alba hasta el anochecer
plagado de estrellas.
Así que sus pasajes me han tenido en candilejas por
dicho aspecto que, tal vez, pueda ahuyentar a otros. Pero hay mucho más en
estas páginas.
Ha sido una lectura muy emotiva, si hubiese querido
decir sensiblera no hubiese puesto… emotiva, aclarado queda.
Vuelvo a ella, a la mirada de la abuela. No imagino
a Luis Landero leyendo esto, pero me pregunto que le vendrá a la cabeza cuando
se observa a sí mismo, en otro tiempo y lugar, y todavía más me intriga que
piensa al contemplar a su abuela, es de suponer que la respuesta, o parte de
ella, subyace entre las páginas del libro, sugerida en mil matices.
El balcón en invierno se ha dejado leer con
fluidez, la prosa de Landero no es la de un sofisticado urbanita (podría serlo, es filólogo, ha sido profesor de literatura, además casado con filóloga), aunque resida
en Madrid ( a donde emigró con su familia, siendo adolescente), sino la de un
fervoroso observador del campo y conocedor de su “lenguaje”, un estilo diáfano
y cercano que se gana la complicidad del lector.
Por lo tanto, la narración muestra el profundo
apego del escritor por la vida sencilla, o austera, en el campo. Existencia que
él refleja sin escorarse en demasía hacia la melancolía, ha equilibrado bien la
balanza, de dicho ingrediente añade la cantidad justa, pues uno no se aviene a
un pasado que le complace recordar sin cierto asomo de nostalgia, al fin y al
cabo no ha escrito un tratado de estadística, sino sus experiencias vitales
que, ya adulto, intenta comprender para comprenderse a sí mismo.
Por eso se busca en aquel chiquillo entusiasmado al
soltar las gallinas, nada más despuntar el día, para picotear libremente entre
las jaras y las retamas. La misma expectación que mostraba esperando la
profunda oscuridad de las noches agrestes, cuando ese largo silencio nocturno
era suavemente resquebrajado por el primer croar de un sapo, al que seguirían
rítmicamente otros tantos, y de nuevo la sinfonía ancestral de aquellos parajes
rurales, el coro melodioso de grillos y
otros seres que, desde el principio de los tiempos, hacen compañía al silencio
de la noche.
O también la gélida relación con el padre, y el
intercambio de miradas ausentes de afecto entre los dos. Es obvio que la
relación con el progenitor, más allá de su temprana e imprevista muerte, es un
lastre sentimental que Landero asume con la incertidumbre de una culpa sin
dueño, sin un claro merecedor.
Si se pudiera establecer una semblanza de Landero a
partir de las palabras con las que ha escrito su vida, El balcón en invierno,
mi primera impresión es la de estar ante un hombre campechano, e intentado
descubrirle algo más a través de su escritura, veo en Landero ese tipo de
erudición que, lejos de apabullar, seduce.
Porque su
sabiduría es la de algunos niños y niñas que, criados en el campo, dejaron su
mente permeable a un sinfín de estímulos y señales, acostumbrados a descifrar
un código comunicativo, el de la naturaleza, que no admite titubeos, es lo
que es, cruel y hermosa, trágica y cómica, claridad y oscuridad, donde lo
intrascendente para quienes jugaban entre el cemento de la urbe, era
profundamente revelador para quienes miraban al cielo alertados por las grullas
migratorias, y llegaban a casa cubiertos de espigas y olor a lavanda con el
sonido de los graznidos atenuándose en la lejanía… ahí, mirando a cielo abierto
o husmeando debajo de los troncos, entre el detritus, extraían alguna enseñanza
que revelaría su valor a lo largo de la vida.
“La vida campestre estaba llena de curiosidades e
imprevistos. Un día apareció una cigüeña en el gallinero, cosa digna de ver. Se
había dañado un ala, sus compañeros habían migrado y ella, deambulando a pie en
busca de cobijo, se encontró con el gallinero y debió pensar: Aquí me quedo.
Las gallinas, los pavos, los patos y los gansos, el perrillo, sin la menor
extrañeza ni reparo, la aceptaron como a uno más. Allí pasó el invierno,
haciendo vida doméstica, acudiendo dócilmente cada tarde a comer su salvado, su
grano, su verdura, hasta que un día de primavera levantó el vuelo y desapareció
(p.182).
Sin embargo los campesinos, mayores y niños, parecen
vivir de espaldas a esa belleza del
campo:
"Más tarde comprendí que los campesinos, como
también les ocurre a los niños, no saben lo que es la belleza campestre. Donde
otros ven un paisaje, ellos solo ven un sembrado, una dehesa, un erial bueno
para cabras, un cerro o un barbecho. No se han parado a contemplar la
naturaleza, sino que viven revueltos, confundidos con ella. Recuerdo mi estupor
y mi alegría cuando leí en los libros de texto los primeros fragmentos
literarios donde se describía la belleza del campo, y las ganas locas que sentí
de ver a mis padres y a mis abuelos y a mis tíos y a mis primos mayores para
contarles lo bonita que era la naturaleza, sus muchos colores y tonalidades, el
horizonte, el canto de los pájaros al amanecer, la paz y el silencio, el rumor
del arroyo.
Ahora sé que se hubieran reído de mí, del mismo
modo que ahora, cuando recuerdo los campos de mi niñez, por encima de la
belleza, se me revela ante todo un paisaje hecho de historia; es decir, de
tiempo y de dolor” (p.183).
Por eso me gusta que Landero no se limite a decir,
por citar un ejemplo, que en tal rivera se podían admirar imponentes árboles,
sino que ahí se pueden contemplar sauces, encinas, álamos, olmos y fresnos, son
nombres hechos con palabras hermosas, y enriquecen el texto con tonalidades,
texturas, aromas e incluso sonidos, porque las hojas de un sauce cimbreadas por
el viento tiene su música particular, diferente a la que tiene un castaño en las
mismas circunstancias, lo sé, yo mismo he grabado esa danza de las ramas con
sus hojas mecidas en algún fresno.
Permitidme este inciso. Ya que he mencionado la
palabra viento, me encanta escuchar, por ser nombres bellos, la “Tramontana”
que sopla en el Mediterráneo, el “Cierzo” que se origina en el Valle del Ebro,
la “Galerna” que conocen bien por el Golfo de Vizcaya, y hablando de esa
sinfonía que producen las hojas cimbreadas, he aludido al castaño, pues bien,
el Ábrego, un viento atlántico que nace cerca de las Azores y las Canarias para
viajar al norte peninsular, es conocido en Cantabria como Viento Castellano,
pero en Asturias se le llama Aire de las Castañas, porque al soplar violento
provoca la caída de dicho fruto.
Está bien eso de las palabras a favor del viento…
jeje.
Y la suerte para el lector es que Landero, ya un
hombre maduro, sintiera el irrefrenable impulso de allegarnos la sensación de
ser parte y observador de tal naturaleza, haciéndolo a través de la escritura,
una literatura cimentada en la observación profunda de la vida, majestuosa o
diminuta, que nos circunda. Ya sea en el campo o en la capital madrileña.
Pues resulta que aquel escritor en ciernes, siendo
un adolescente entregado a la causa perdida de la poesía, dejó atrás aquella vida,
de efímero bucolismo, para recalar toda la familia, con gallinas y pavos
incluidos, en lo que antes era un arrabal más de Madrid y hoy es un barrio casi
céntrico, el barrio de la Prosperidad.
¿Existiría
para un clan de recios campesinos un lugar más idóneo, habida cuenta del
nombre? Prosperidad…
Madrid, amplificador de grandezas y miserias, de triunfos y
fracasos será el otro cincel que vaya dando forma al futuro hombre y escritor,
los retoques que ya se perfilan definitivos.
Aquí tenemos el trasiego por mil trabajos, las
horas ganadas al sueño en academias nocturnas para estudiar, la providencial
aparición de un profesor que le abrió los ojos a los Borges, V. Inclán, García
Márquez, Kafka, Flaubert, Melville, Scott Fitzgerald… y algunos más que va repasando.
El libro está estructurado en una serie de
capítulos, todos anclados a una fecha.
Por ejemplo este que alude a la poesía con un
Landero adolescente:
Ignonimia
Septiembre de 1964
“Y luego, un día, no sé de qué manera, dejé de
creer en Dios y me encontré creyendo en Gustavo Adolfo Bécquer. En aquel tiempo
yo solo tenía un libro en propiedad. (…) Las mil mejores poesías de la lengua
castellana. (…) un día entré por primera vez en una librería y me lo compré. Ya
al abrirlo, al olerlo, al leer un verso aquí y otro allá, al ver que el tomo
tenía setecientas páginas (…) me sentí admirado, incrédulo ante el prodigio de
aquel libro fuese mío. Aquello era un auténtico tesoro, y yo la persona más
afortunada del mundo. Durante mucho tiempo yo fui feliz con aquel libro, feliz
acaso como nunca en la vida. Fue un verdadero idilio, el más hermoso que uno se
pueda imaginar. Aquel libro era mi amada y yo su amado, (…), (p.85).
Y un elogio a la palabra:
“(…) el milagro de la portentosa fecundidad entre
las palabras y las cosas. Ah, las palabras. A veces ocurría que me enamoraba
perdidamente de una palabra hasta entonces desconocida y durante varios días
vivíamos un amor turbulento, excluyente, febril, y yo escribía poemas donde esa
palabra era la protagonista, la estrella invitada, y las demás hacían de
teloneras. Palabras como errabundo, cénit, heliotropo, inefable, éxtasis,
madreselva, doliente, iridiscente, plenitud, taciturno… “
En estas líneas, que pertenecen a un capítulo tan
evocador como “Breve viaje sentimental por mi biblioteca, 2013”, me consta que
más de una y uno se reconocerán…
"Esta última frase está subrayada a lápiz (se
refiere a una que aparece en Madame Bovary), porque yo soy uno de esos lectores
impertinentes que siempre lee con un lápiz en la mano y que no para de
subrayar, de escribir notas en los márgenes, de trazar flechas, de enmarcar
palabras, de remitir a otras páginas, (…)
Una vez pensé por qué no escribo un libro que se
titule algo así como Breve viaje sentimental por mi biblioteca. Y es que hay
días que no tengo ganas de leer pero sí de releer, o más bien de hojear, de
pasearme entre mis libros y buscar en ellos fragmentos subrayados o anotados,
lo cual equivale en efecto a hacer un viaje sentimental por mi pasado
imaginario, por mi memoria de lector. En muchos libros encuentro líneas o
párrafos resaltados a lápiz con una pasión que a veces todavía comparto pero
que en otras me resulta ya extraña y como ajena. ¿Por qué quise destacar esa
frase, esa escena, atesorarlas con tanto fervor, defenderlas contra el olvido,
dejar allí constancia de mis desvelos como lector? No lo sé, no lo sé" (p. 114-115).
Teniendo en cuenta el espíritu viajero de quienes
me visitáis, no me resisto a destacar esto:
"El viaje a Zaragoza fue el único de importancia que
hizo mi abuelo Luis en toda su vida.
Asombra pensar en como ha cambiado el mundo en tan poco tiempo y en cómo los
viajes, incluso a lugares exóticos, se han convertido ya en una rutina y un
capricho. Quién me iba a decir a mí que iba a viajar tanto (…)
Y es curioso. Al cabo de los años, mis mejores
viajes, los que recuerdo con más emoción, y los más llenos de aventuras y
experiencias, son los que hacía de niño entre el pueblo y el campo. (Landero
vivía en pleno campo, e incluso el pueblo se le antojaba ya un “sitio grande”)
Viajes aquellos comparables en mi corazón a las
andanzas míticas de la antigüedad, las de Odiseo, las de Moisés y su pueblo
elegido, las de Marco Polo (…) o Ahab y la ballena, o los viajes científicos de
Humboldt o de Darwin… Como lector sigo conservando el mismo incansable y gozoso
espíritu viajero que alguna vez tuve en la infancia.
Nuestra finca, Valdeborrachos, dista unos quince
kilómetros del pueblo. Aquella distancia entonces era mucha, porque entonces el
viaje se hacía casi siempre en caballerías, o en carretas de bueyes o de mulas,
y a veces a pie, con la chaqueta al hombro. (…)
Uno no dormía pensando que al día siguiente habría
de emprender ese viaje extraordinario. Y cuando se ponía en camino, ah, qué
maravillas nos salían al paso a cada instante. Entre dos piedras una araña
había urdido su tela, que con las gotas del rocío prendidas en los hilos
brillaba lejos como la plata viva de los cuentos, Al pasar el vado, una pequeña
rana verde se lanzaba al agua y dejaba un surtidor de burbujas sucias de fango
(…)
Esa alondra que con vuelos cortos se toma una y
otra vez la delantera en el camino (…) De pronto, el salto y el fogoso pataleo
de huída de una liebre encamada. ¡Ahí va, ahí va! Ladrar y correr de perros,
gritos y risas de ánimo, la alegría joven, incomparable, del camino" (p.153).
Pues sí, amigo Landero. Ah, las palabras… leer su
libro ha sido, utilizando una expresión que ahora se escucha bastante, y que a
mí me gusta…