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martes, 28 de junio de 2016

Retrato del artista adolescente. James Joyce ( Dublín, Irlanda, 1882 – Zúrich, Suiza, 1941)



Libro. Título original: A portrait of the Artist as a young man. Edición: Biblioteca El Mundo,  2002. Traducción: Dámaso Alonso. Prólogo de Eduardo Chamorro. Narrativa, 306 páginas.





El entusiasmo de Laura (blog U-TOPÍA) por el escritor James Joyce motivó mi retorno a este viejo “conocido”, el entrecomillado significa que atribuir "conocido" peca de presuntuoso, pues solo he leído, y hace demasiados años, un título del célebre irlandés, “Dublineses” , y fuera a causa de mi insolencia veinteañera, o vaya usted a saber, el caso es que esos relatos no me dejaron gran poso.

De las sinergias que se generan entre los diferentes blogs siempre se obtienen jugosas recompensas, aparte de autores recién descubiertos, son un acicate inmejorable para reavivar viejos idilios literarios que dormitaban en la memoria, o alientan un intento de reconciliación ante el desencuentro que supuso este o aquel libro.

Y las segundas oportunidades hacia un libro ya casi olvidado pueden ser sorprendentes, no tanto por el libro, pues sus expresiones son las mismas, sigue con los puntos y las comas exactamente donde estaban, como por tus experiencias vitales acumuladas con los años, éstas despojan a las palabras de aquella ingenuidad con la que uno se asomaba al mundo, y la lectura se abre ante ti con otras sendas que explorar. Un libro no tiene edad pero te hace repensar la tuya.

Para situarnos extraigo un fragmento del conciso prólogo que hace, para esta edición, Eduardo Chamorro:

"La primera novela de James Joyce, Retrato del artista adolescente, también es, además de la más legible, ya que aún no se lanza abiertamente a explorar los límites del lenguaje para reconstruir lo que le rodea, la más autobiográfica, porque nos conduce por el Dublín donde vivió este orfebre de la palabra. El portentoso escritor irlandés retrata la niñez y la mocedad de Stephen Dédalus, un rebelde apegado a la vida pero que quiere alejarse de su familia, su religión y su patria."

Igual que ocurrió en la vida del autor, nos mostrará la vicisitudes de Stephen Dédalus en el opresivo entorno de un colegio jesuita y su vida familiar en Clane, un pueblo situado a treinta y pocos kilómetros de Dublín. Y las descripciones de las campiñas, los acantilados, las apacibles casitas ornamentadas con rosas, la fragancia de la tierra empapada de lluvia, los frescos atardeceres costeros, el trayecto del lechero por las solitarias carreteritas… son deliciosas.




“Trabó amistad (Stephen) con un chico llamado Aubrey Mills y fundó con él en la avenida donde vivía una cuadrilla de aventureros. (…)
La partida realizaba incursiones en algunos jardines de solterona o bajaba al castillo y libraba batallas en las rocas erizadas de hierbajos para regresar por fin a su casa como cansados vagabundos, con las narices llenas de los olores fermentados de la marisma y las manos y los cabellos impregnados de espesos jugos de algas de mar.” (p.77)

Los olores del pueblo.

“Había en la capilla un frío olor a noche. Pero era un olor santo. No era el olor de los aldeanos viejos que se ponían de rodillas a la parte de atrás en la misa de los domingos. Aquél era un olor a aire, a lluvia, a turba, a pana.” (p.23)




Paradójicamente para asimilar la incandescencia de este espíritu adolescente que nos presenta Joyce, viene bien el ánimo reposado que dan los años, pues cuando uno está sumergido en plena vorágine de una realidad nunca termina de verla.

No voy a descubrir nada si digo que el pensamiento de Joyce resulta tan desconcertante como compleja es su personalidad, impresiones que ya manifestaron sus propios colegas de profesión, fueran contemporáneos o actuales. Incluso obras consideras con un grado de complejidad menor, como ésta, te exigen que no vayas con el “paso cambiado” a la hora de leer, si te descuidas lo mínimo es factible perder la sintonía con Joyce.

Joyce no escribe considerando el entendimiento del lector como una prioridad. Lo diré de otra manera, Joyce no ha desarrollado su personaje, el adolescente Stephen Dedalus, para epatar con el lector, o generar complicidad con él, no.

Joyce no va al encuentro del lector, esa no es su cruzada, Joyce va el encuentro de sí mismo. El carácter autobiográfico de la narración, pero sobre todo, su tono introspectivo ya adelantan la idea de un libro que el autor escribe para él, para “leerse” él. De nuevo, la escritura como catarsis de quien escribe.

Así que la andadura por esta obra está lejos de ser un camino de rosas… a pesar de que las haya en las casitas de los caminos, las de Clane, su pueblo.





Siendo así, no me extraña que muchos lectores al abrir un libro de Joyce estén a la defensiva, y esa fama de escritor difícil puede erigirse como un muro entre el autor y sus potenciales lectores. También esa dificultad puede ser un tentador incentivo para  otros.

Lo que está fuera de duda es la contradicción y el desconcierto de Joyce respecto a cuestiones como la religión, institución que para un irlandés de entonces  equivalía al resto de cuestiones; identidad nacional, política, cultura, visión del amor, etc.

Tales contradicciones joycianas tan pronto le llevaban a exaltar con sincero fervor religioso las grandes proclamas del catolicismo para, después, abominarlas.

Estas fricciones existenciales forjaron su imagen de escritor, persona en definitiva, complejo. Para que cada lector saque sus conclusiones, ahí están sus obras. Realmente uno suele verse así mismo, en lo esencial, no muy diferente de los demás. La marejada ideológica de Joyce, fruto de su aparente incoherencia, me hace pensar en él como un auténtico intelectual, aquel cuyo pensamiento, lejos de estancarse, fluye por no aferrarse al dogmatismo, y el dudar hasta de sí mismo.

Por tanto no solo voy a referir el desafío intelectual que plantea su lectura, también el físico… 

Porque, oye, adentrarte en la aridez de ciertos pasajes joycianos cuando la canícula exterior marca 35 grados positivos a la sombra, os confieso que acelera la deshidratación, uno suda lo suyo para salir, sin la mente descolocada, del intrincado mundo que constriñe los anhelos y angustias de Stephen.




Retornando a la obra, es evidente que hay una equidistancia insalvable entre el hecho religioso del que participa Joyce, a través de su alter ego, Stephen Dédalus, y mi postura sobre dicha cuestión, situada en las antípodas de cualquier exaltación divina.

No siento implicación hacia la vehemencia religiosa que rezuma parte de esta narración, el énfasis con que se expresa Joyce en el terreno religioso, que sucumbe a un estado de paroxismo en ciertos pasajes, me ha exigido buenas dosis de voluntad, ya que no he leído estos párrafos someramente.

Y es que en tales escarceos de catolicismo ambivalente, ahora a favor de la corriente, ahora en contra, residen algunas claves para entender, al menos en parte, la dificultad de este escritor, a juicio de muchos estudiosos, y por extensión el significado de su obra. No procede ningunear esas líneas, conviene escarbar en la tierra para llegar al cofre.

Además, sitúan el contexto social de aquella Irlanda de principios del s. XX, profundamente arraigada a su fe católica, y aún hoy, pues muchos irlandeses se apoyan en esta heterodoxia; la Irlanda católica frente a la Inglaterra protestante para acentuar lo diferencial, lo que les separa frente a sus vecinos, y convertirlo en valor sui géneris del ser y el sentir irlandés.








Retrato del artista adolescente es un libro fundamental en este sentido, pues aquí ya tenemos al imberbe Stephen Dédalus despertando a los primeros embates de la vida, dando los pasos iniciales que acabarían llevándolo desde este libro hasta la obra cumbre del irlandés, Ulises. Así que acompañar a Stephen en la senda iniciática que va de un libro a otro, cuando ya nos encontramos al otrora mozalbete convertido en un joven escritor, puede redundar en una lectura más vivificante de sus libros posteriores.


Un estamento tan arraigado en la cultura irlandesa como los colegios o internados  católicos, que suelen ser castillos y abadías de una belleza apabullante, son sin embargo escenarios sombríos de puertas adentro. Joyce refleja el ambiente opresor y dominante que los rectores mantenían con los estudiantes, quienes vivían bajo el temor de ser castigados con dolorosos varetazos, para escarnio público, al menor indicio de desacato o simple holgazanería. Algunos fragmentos describiendo el pavor del estudiante ante el inminente correctivo, y las secuelas posteriores, son sobrecogedores, Joyce logra que sienta los dedos de Stephen, amoratados y entumecidos por los golpes, como si fueran los míos.

Es en la parte central del libro cuando llegamos a esa exaltación religiosa, al paroxismo que apuntaba más arriba. Stephen se ha entregado a los placeres del sexo con una prostituta, él nada menos, un alumno modélico en muchos aspectos. El sentimiento de culpa, tan siniestramente instaurado por las escrituras judeocristianas, será un peso insoportable para el devastado Stephen, se entrega a todo tipo de ensoñaciones y desvaríos, se contempla rindiendo cuentas el día del juicio final, se consume de horror imaginando los eternos sufrimientos que le esperan en el infierno. Y uno acaba algo exhausto leyendo esos textos enardecidos, cuesta mantener la atención. El juicio de Dios (admito mi tentación de escribirlo en minúscula, pero respeto el texto) sobre los acólitos, sean pecadores o buenos cristianos, atenaza el alma de Stephen… y yo leo algo exasperado, quiero respirar…




Pero extraigo una lectura, valga la redundancia, de estas páginas, y es hasta que punto el hecho religioso penetra en alma de un país y dirige sus pasos. Inquieta pensar en ello.

Es significativo que Joyce, este católico irlandés al menos en apariencia, no exalte las mieles que esperan a los elegidos al paraíso, de eso nada, el escritor se recrea en los tormentos infinitos del infierno, en el sufrimiento eterno que espera a los que ultrajaron a Dios. 

De tal forma, y esto es relevante, que Joyce parece manifestar lo que en realidad nutre el corazón de los fieles, “los hijos de Dios”, no es la bondad desinteresada hacia el prójimo, el amor sincero, sino el inmenso pavor que albergan estas almas ante las cuentas que tengan que rendir el día final. Así que la religión adoctrina a sus súbditos bajo la amenaza de un sufrimiento sin fin, a quien ose traicionar a Dios, el “Todopoderoso” que también resulta “Todobondadoso”. 

Pero, se preguntaría Joyce, ¿Cómo puede existir dentro de lo Todopoderoso lo Todobondadoso? ¿Uno no excluye a lo otro? Esos viejos axiomas, mejor aún, los misterios del Señor, supongo.





Con toda esta convulsión actual del Brexit británico, su salida de la Unión Europea mediante el referéndum, leo estas líneas del libro, que Joyce escribió en 1914, y constato estupefacto que era un visionario:

“Dédalus, usted es un ser antisocial, un ser envuelto en su propio egoísmo. Yo no. Yo soy demócrata y he de trabajar en favor de la libertad social y de la igualdad  de clases y de sexos en los Estados Unidos de la Europa futura.” (p.213)

Ahí queda eso. Los clásicos nunca pierden actualidad.

Llegamos al cándido protagonista.

Stephen Dédalus es un alma transida por la duda… Andar libremente los caminos al son de los grandes poetas, y dejarse llevar por la visceral pasión del amor, o postrarse al gran señor en una existencia de acato y juramento. Más aún, porque llega a ser una posibilidad plausible para el joven, convertirse en ministro de la iglesia y contemplar él mismo al rebaño arrodillado ante sus pies. 

La idea le seduce, pero el dulce gusto de ese poder es tan efímero como larga es la oscuridad en el claustro año tras año. Asomarse al acantilado y pensar en lo terriblemente difícil que es vivir mientras contempla, no sin envidia, la facilidad con que las golondrinas abandonan un hogar para habitar otro que, a su vez, quedará desolado cuando asome el gélido invierno… el otoño es una suerte que disfrutan los meridionales, cruzando el océano en compañía de las nubes.

“Descorazonado, levantó los ojos hacia las nubes que derivaban lentamente como vellones marinos. Viajaban a través de los desiertos del cielo, como un ejército de nómadas en camino; viajaban por encima de Irlanda, con rumbo a Occidente. Y Europa, de donde venían, yacía, lejos, al otro lado del mar de Irlanda; Europa, la de las extrañas lenguas, con sus valles y sus bosques y sus ciudadelas, con sus razas dispuestas y atrincheradas.” (p. 201)




Y a raíz de este párrafo, yo que observo tanto al cielo, me acuerdo perfectamente de algo peculiar que ocurrió hace años; se cubrió todo el cielo de nubarrones con ese tono gris antracita que anuncia lluvia inminente, fue mirar al cielo y de repente advertí una gota de lluvia, una solamente, un segundo antes de estrellarse en mi rostro, reitero lo de una gota, porque hasta varios minutos después no cayeron las restantes. Al menos no las vi mientras caminé un buen trecho. 

Y me quedé tan alucinado por esta gota errabunda que, al contemplar el nubarrón, me preguntaba que porción de mar viajaba sobre mi cabeza; si llueve con tormenta estival ¿Me empaparán las gotas del Mediterráneo, las del Atlántico robadas en los peligrosos caladeros del Gran Sol, del mar de las Azores? 

¿ A qué lugares irá ese vapor de mar? 






Tendría que recitar algún poeta, me digo, que la lluvia al empaparte la piel es el mar acariciándote. Si llueve en estos días veraniegos saldré a que me acaricie el mar, seguro.

El escritor, pertinaz observador de nuestras miserias y grandezas, contrarresta esa claustrofobia del internado católico con el afán de camadería que reina entre los muchachos, a pesar de las rencillas inevitables entre adolescentes. De esta manera el libro exhala ese aire quieto y viciado del internado, y nosotros respiramos también.

Pero ¿qué digo yo? Lo que acabo de indicar en el párrafo superior, esa respiración saludable del libro, lo vuelve a repetir Joyce de una forma que ya no admite superación por ninguna otra… La lluvia.




Desconozco si otros lectores de la obra habrán reparado en ello, pero la lluvia es la gran salvadora de Stephen, de James Joyce y de mí mismo.
Cuando se barrunta la tragedia, y también después… la lluvia aparece providencial.

Llueve en la narración, en el rostro de Stephen, en el de Joyce, y por supuesto en el mío. Llueve en el corazón angustiado del propio libro. La Lluvia, que limpia el ambiente de impurezas, siempre retorna triunfal cuando parece que todo se aviene a la fatalidad. No sé si Joyce introduce estos fragmentos de forma deliberada, para que su escritura, en creciente tensión, se diluya al son de las gotas y su repiqueteo, cuando lentamente se escurren de la hojas al finalizar el chaparrón, y es que en el libro, como en la vida, después de la tempestad vuelve la calma.

Sí, creo que la lluvia la han inventado los irlandeses para escribirla:

“Cuando el malestar hubo pasado, caminó con dificultad hasta la ventana (…) La lluvia había cesado y entre movibles masas de vapor de agua, la ciudad estaba hilando de luz el delicado capullo de una neblina amarillenta. El cielo estaba tranquilo y tenía una vaga luminosidad. Y el aire resultaba grato al pulmón como en una arboleda bien calada a chaparrones. Y, en medio de aquella paz de las luces temblorosas y la quieta fragancia de la noche, Stephen hizo un pacto con su corazón.”




Y me animo con otro, más olor a tierra mojada, así aprovecho esta palabra que ya puse alguna vez, y encuentro tan bella; geosmina (del griego «aroma de la tierra»), esa sustancia química que determinadas bacterias y hongos, a ras del suelo, desprenden y se hacen perceptibles con la tierra húmeda, al llover por ejemplo.

"Los árboles del parque estaban cargados de lluvia. La lluvia caía incesante sobre el lago, gris como un escudo de metal. Pasaba una manada de cisnes, y el agua y la margen estaban manchadas de un légamo blancuzco y verdoso. Y, ellos, se abrazaban dulcemente excitados por la luz pluviosa y gris, por los árboles húmedos y silenciosos, por la presencia del lago" (…)




Si la lectura de un libro, éste u otro, se convierte también en un reto intelectual, como señalaba al comienzo, llegar a su última palabra, “FIN,” proporciona una sensación de dulce victoria, pues salir bien parado del lance, no digamos ya si es con Joyce en pleno estío, sienta de maravilla al ego lector… Para que nos vamos a engañar.




Ah, he ojeado el tiempo para estos días… dan lluvia en Irlanda, que se preparen los poetas.