La hija de la mujer de la limpieza
(1912). James Stephens (Dublín, 1882 – Londres, 1950)
Ediciones del Viento, 2007.
Traducción y notas de Susana Carral Martínez. 214 páginas. Narrativa.
Ser irlandés es asunto complicado.
Esta misma impresión ya la tuvo en
su momento Freud:
“Los irlandeses son la única raza
para quienes el psicoanálisis no funciona.”
Sin ir más lejos , todo se
confabula para que seas católico, quieras o no, en un rincón de las Islas Británicas, dominadas por protestantes.
Has de tener bastantes tablas
cantando, y además con aplomo suficiente mientras lo haces delante de los
parroquianos en el pub.
Aún más. Tienes que mantener el
buen tono cantante incluso con dos o tres pintas de cerveza en el cuerpo.
Más aún, después de cantar ya
puedes sentarte, pero no a descansar, sino a tocar algunos de los instrumentos
que todo irlandés, con más o menos solvencia, controla; un violín, un piano,
una flauta, la gaita, el acordeón, la armónica…
Si no haces esas cosas y otras,
más vale que te pires de allí, antes de consumirte observando desde cualquier
ventanuco dublinés el empañado transcurrir del tiempo, y la solidez de la
existencia erosionándose por la lluvia… situación a la que podrías sacar
partido si eres escritor. Y ni con esas estás salvado.
¿Es que puede ser peor?
Sí.
Os preguntaréis que tiene que ver
lo anterior con este libro.
Nada, exceptuando que el autor era
irlandés.
Lo solucionaré con lo que se me
vaya ocurriendo.
Sigo pues.
Imaginad ser irlandés, escritor, y
pretender vivir de ello con cierta dignidad cuando has nacido a escasas
manzanas, además casi a la vez, que un tipo llamado James Joyce. Y, para colmo,
tu nombre es igual. Qué cosas…
Ante ustedes James Stephens.
Un escritor de enorme talento
narrativo, cuyo primer llanto irrumpió al mundo compitiendo en estridencia con
el de Joyce, y tal vez fuese la única vez que le gano en notoriedad, lo que al
autor del Ulises, como buen amigo de Stephens, no le hubiese
contrariado.
Dublineses ambos.
Ahí tenemos al bajito James Stephens junto a su estimado James Joyce, y un amigo común ligeramente adelantado. Los tres paseando por París.
La hija de la mujer de la
limpieza.
En Irlanda es uno de los títulos
mejor considerados, obra muy apreciada por aquella tierra tan verde.
Hay varios aspectos a destacar en
esta pequeña joya que os presento, todos la convierten en una experiencia
lectora sumamente gratificante. Un James Stephens sublime en esta reconfortante
narración, y al que ya conocía de otro título que tengo por casa; "La olla de oro".
Su amigo y colega, James Joyce, tenía plena confianza en el talento de J. Stephens, a raíz de lo que leemos ahí.
Podemos empezar por el maravilloso
retrato que hace del Dublín más humilde, copada por los distritos obreros en precariedad permanente.
Estamos a principios del siglo XX.
Una atmósfera que James Setephens
conocía bien, se crió en los modestos suburbios del norte de Dublín.
Observamos a las madres de estas
barriadas, siempre al borde de la locura, sobrepasadas por la enorme
responsabilidad de atender a una ingente prole de 4, 5, 6 hijos… o los que
vengan del cielo, cosas de acérrimos católicos. Lo que nunca cae del cielo es el
dinero.
Los cabezas de familia no están
mucho mejor, acuciados por la angustia de no saber si al día siguiente habrá un
turno en la fábrica, y así asegurar un miserable jornal que jamás alcanza para
alimentar a tantos retoños. Son padres y maridos en cuyo semblante se adivina
el hastío por el mero existir… les salva ser irlandeses, gente bregada en las
dificultades que no desperdician una oportunidad para reírse de sí mismos y
echarse unos cánticos nostálgicos en el pub.
Creo que no hay mayor señal de
sabiduría que esa, la risa franca y liberadora sobre tu propia suerte, sean o
no conscientes los portadores de tal virtud.
De la mano de James Stephens
invadiremos la intimidad de estos vetustos hogares, cuando no simples cuartuchos,
como el que habitan las dos mujeres protagonistas, madre e hija.
Nos meteremos, literalmente (y
nunca mejor dicho) hasta las cocinas, lugares escasos de lo esencial pero donde
sobra la mugre. Comprobaremos las filigranas que hacen estas esposas y madres
con unos míseros chelines para, una vez más, poner algún almuerzo sobre la
mesa. Y superan el desafío cada día.
Aunque ojo, si hay algo que James
Stephens quiere evitar a toda costa es ser melodramático, no busca regodearse
en la pobreza, al contrario, propinará un impresionante corte de mangas al
infortunio, como descubrirá finalmente el lector.
El gran acierto de la novela es un
maravilloso sentido del humor que constituye la columna vertebral de la
narración.
Y eso provoca que leer esta
historia sea un acontecimiento delicioso.
Es por eso que J. Stephens asumirá
el papel de narrador omnisciente en casi toda la novela, toma la distancia ideal para desplegar su magnífico humor a diestro y siniestro, donde le plazca, cualesquiera que sean las
situaciones y personajes. Y especial relevancia cobra su voz hacia el final,
con un cierre de la historia magistral.
La vis humorística que se saca de
la manga J. Stephens, me hace pensar que estamos ante el genuino humor
irlandés.
Y tiene bemoles que afirme esto,
pues no tengo ni puñetera idea de cual es el genuino humor irlandés. Pero si
existiera algo así, debe ser éste. O el que nos regala, si me permitís el singular paralelismo, una obra maestra del séptimo arte; “El hombre
tranquilo”.
Esa colosal película de John Ford haciendo honor a sus raíces
irlandesas, con las actuaciones inolvidables de John Wayne, Maureen O´Hara y
War Bond (el hermano de O´Hara en la película, y que se enzarza en esa pelea
tabernaria con Wayne, hito cinematográfico, descansando para tomarse unas cervezas… y
continuar bajo las apuestas de todo el pueblo, incluidos párrocos, policías, el comisario, el
médico y su paciente moribundo y todo bicho viviente en kilómetros a la
redonda). De las mejores escenas que ha dado nunca el cine.
Quien haya visto la película sabrá
a que tipo de humor me refiero con el libro; jovial, revitalizante, sanador,
luminoso… como decía un apasionado de este film, José Luis Garci: una de esas
películas que te salvan el cuello cuando las cosas van mal. Pues igual que el
libro.
La novela, a pesar del tono
desenfadado y humorístico, tiene un trasfondo de melancolía, y ello te induce a
leer la historia en un estado de serenidad extraño… que podría explicarlo así;
la vida no es del todo seria, pero uno se toma muy en serio vivirla.
Seguramente no he aclarado nada, pero ahí queda eso.
Otro aspecto a destacar; es una
novela exigua en personajes, algo que en no pocas ocasiones agradecemos los
lectores en aras de la fluidez narrativa. La señora Makebelieve y su hija,
Mary, más un par de secundarios muy atractivos en su desarrollo, el policía que
pretende a Mary, un mocetón impresionante (podría ser tipo John Waine) para una
muchacha tan frágil e introvertida, y la señora Cafferty, vecina de la señora
Makebelieve.
Cafferty, madre incombustible de
seis hijos que siempre está al pie del cañón, y hecha una mano a su vecina, señora Makebelieve, cuando las cosas se tuercen, ya sea cuidándola si está enferma, o
haciendo las tareas domésticas de su vecina, y eso sin desatender la propia y
enorme labor que diariamente afronta ella con su extensa prole.
La señora Cafferty me ha parecido
un personaje encantador, de una personalidad arrolladora, de los que te
enamoran por su determinación en mantenerse firme contra viento y marea.
Y J Stephens transmite con
brillantez esa complicidad silenciosa e inmediata que surge entre las mujeres de
humilde condición, prestas a arrimar el hombro sin esperar el favor de vuelta.
Camadería entre los pobres.
La historia gira en torno a Mary
Makebelieve, adolescente cercana a la mayoría de edad, y su madre, la señora
Makebelieve. Respecto a la figura del padre, se deduce que abandonó a la señora
Makebelieve cuando estaba embarazada, o al poco de nacer Mary, el mutismo sobre
él es total en la narración, casi ni se menciona.
Madre e hija viven en una barriada
obrera, en donde el vecindario a penas subsiste con lo mínimo para ir tirando.
La señora Makebelieve trabaja por
horas haciendo labores domésticas en algunas casas de las zonas residenciales.
Durante las mañanas, cuando Mary
se queda sola, ordena las cuatro cosas que tienen en el cuarto, quita algo de
mugre, y después sale a pasear por las avenidas y parques dublineses. Así lo
quiere su madre, por nada del mundo permitiría, mientras sea posible, que su
hija se despelleje las rodillas fregando suelos, ante la mirada soberbia de
esas señoras “distinguidas”. La señora Makebelieve cada día lleva peor soportar
esos aires de superioridad que se gastan las damas de buena posición.
He comentado la presencia de
Dublín, ciudad tan presente y literaria en la obra de Joyce, el carácter urbano de la
novela es evidente. Dublín se erige como la otra gran protagonista, al mismo
nivel de importancia que las mujeres.
Huelga decir que estamos ante una
novela donde las protagonistas indiscutibles son las féminas, y a través de sus
avatares nos llega el ritmo vital de una Dublín con semblante de mujer.
Aplaudo que J. Stephens no quiera
agobiar al lector con el lado más sombrío de la ciudad, esos barrios obreros ennegrecidos de
hollín, de eso nada. También conoceremos, gracias a los paseos solitarios de
Mary Makebelieve, el Dublín residencial, el de las animadas avenidas
comerciales, cuyas tiendas de moda Mary conoce al dedillo, por no decir los emblemáticos
parques de la ciudad, a los que Mary acude con la misma devoción que un
feligrés a misa.
Son todos escenarios reales, de
hecho son tan reales que el parque St
Stephen's Green, el que más le gusta a Mary, fue marco de una anécdota
jugosa; la pelea en la que se enzarzaron James Joyce y otro parroquiano dublinés.
Se cuenta que Joyce iba con una cogorza de cierta entidad, pues ya sabemos que
el escritor no sabía decir no a un buen lingotazo de whisky, y claro,
luego pasaba lo que pasaba… Es un episodio que podéis leer en la socorrida
Wikipedia.
J. Stephens despliega su ingeniosa
observación sobre cualquier elemento vivo o inerte. Valga este
paseo de Mary por el parque St Stephen´s Green y las singulares
impresiones que nos deja, ensimismada en la contemplación de la fauna
doméstica; pequeños pajarillos, patos, peces, etc:
"(…) se levantaba, hacía la cama y
limpiaba el cuarto, y ya salía a pasear por las calles o a sentarse en el
parque de Saint Stephen´s Green. Conocía a todas las aves del parque, a las que
tenían polluelos, a las que habían tenido polluelos y a las que nunca habían
tenido polluelos -estas últimas solían
ser patos macho a los que la razón asistía en una abstinencia que de otro modo
podría resultar admirable, pero que no merecían la lástima que Mary les
prodigaba ante su infecundidad (…)
Le encantaba mirar a los patitos
que nadaban detrás de sus madres (…). La mamá pato nadaba plácidamente junto a
su nidada, y en voz baja cloqueaba todo tipo de advertencias, consejos y
reproches a los pequeños.
A Mary le parecía que los patitos
eran muy listos por ser capaces de nadar tan bien. Les tenía cariño y cuando
nadie miraba, cloqueaba como su madre; pero no lo hacía muy a menudo porque no
conocía bien el lenguaje de los patos y temía que su cloqueo significase algo
malo, lo que llevaría a aconsejar mal a aquellos inocentes, o mandarles hacer
lo contrario de lo que su madre les había ordenado.
El puente que cruzaba el gran lago
era un lugar fascinante (…). En la sombra, nadaban cientos de anguilas que
resultaban asombrosas: algunas eran como finas cintas y otras redondas y
rellenas como sogas gruesas. Nunca se las veía luchar, y a pesar de que los
patitos eran muy pequeños, las anguilas grandes no los tocaban, ni siquiera
cuando se sumergían entre ellas.
Una parte de las anguilas nadaba
muy lentamente, mirando a un lado y a otro como si no tuviesen trabajo o
acabaran de llegar del campo, y otras pasaban zumbando a gran velocidad. Mary
opinaba que estas últimas habían oído el llanto de sus crías; y se preguntaba,
cuando un pececito lloraba, ¿podría su madre ver las lágrimas, con tanta agua
alrededor?
A continuación (…) regresaba a
almorzar a casa. Tomaba el camino de Grafton Street y O´Connell Street. Siempre
seguía el lado derecho de las calles cuando iba a casa, y se detenía a mirar
todos los escaparates (…); después, cuando ya había almorzado, salía de nuevo y
caminaba por la acera izquierda, y así sabía a diario todas las novedades de la
ciudad, y podía decirle a su madre por la noche que el vestido negro con encaje
español ya no estaba en el escaparate de Manning (…).
Por la noche, su madre y ella iban
a alguno de los teatros para ver entrar a la gente y observar los enormes
carteles. Cuando llegaban a casa después, cenaban y solían intentar adivinar el
argumento de las distintas obras (…), así que generalmente tenían mucho de que
hablar antes de irse a la cama. Mary Makebelieve era quien solía hablar más por
la noche, pero su madre hablaba más por la mañana."
El final de este libro es de los
mejores que recuerdo haber leído nunca. Grandioso. Como decía Garci por ahí
arriba: a veces hay algunas películas, libros, que te salvan el cuello.
La mujer de la limpieza nos salva
el cuello a todos…
No sé como sería la pelea de Joyce
en el parque St Stephen´s Green. Yo prefiero esta, seguro que el bueno de James Stephens hubiese
apostado cinco contra uno, da igual a favor de quien…



