Paraíso
reclamado. Halldór Laxness (Islandia, 1902-1998)
Hay
títulos rodeados de un aura enigmática, como “Paraíso reclamado”, una
intrigante alianza de palabras que con su canto de sirena me arrastra hacia la
historia…
Halldór
Laxness, figura emblemática de las letras nórdicas y uno de esos clásicos
europeos que hoy nos parece tan lejano como la propia Islandia.
Halldór Laxness. www.icelandrovers.is/blog
A todos los islandeses les brota por los poros la naturaleza hermosa y sobrecogedora de su isla, Islandia.
Halldór,
durante buena parte de la narración, nos sitúa ante un escenario de belleza
desafiante, conmovedor y abrumador a la par.
Un asombroso
paisaje septentrional que manifiesta, de diversas maneras, su influencia en el
carácter de los isleños. Y la obra del Nobel islandés así lo transmite.
La
singular orografía insular y su fauna, especialmente los caballos y las aves, se erige como un todo, formando un personaje en sí mismo con análoga relevancia que los
protagonistas humanos de la novela.
Junto
a esta afinidad entre naturaleza y carácter, hay otra seña de identidad
islandesa no menos relevante; el alma poética de sus nativos.
Estos
descendientes de vikingos noruegos y, en buena proporción, de esclavas celtas
(escocesas e irlandesas), llevan un poeta en sus entrañas, no en vano son parientes
de insignes escaldos medievales, es decir, poetas guerreros vikingos, que
plasmaron su sensibilidad lírica en la prosa de las sagas.
Así
pues, un altísimo porcentaje de escritoras y escritores islandeses han iniciado
su andadura en la poesía, de hecho nunca llegan a desertar de ella, está
latente al margen del género narrativo que cultiven, da igual si es novela
negra… nadie puede permanecer impasible mientras escribes bajo el mágico y
bellísimo espectáculo de las auroras boreales, en los confines del mundo, así es
Islandia.
Casi todos los personajes de esta novela dejan ver su amor por la poesía, lo llevan en la sangre.
Hay
otra serie de datos sobre la vida de H. Laxness que nos permitirán captar mejor
el significado de esta historia.
Su
trayectoria intelectual fue de lo más sinuosa, un vaivén espiritual e ideológico
que también se refleja en sus letras.
En ese
sentido destaca el fervor religioso que impregna toda la narración, a veces
para afianzarse en los dogmas y otras para cuestionarlos.
Iniciado
en el luteranismo que respiró en su niñez, pasando por una conversión al
catolicismo cuando residía en un convento de Luxemburgo, y luego, tras su
llegada a los Estados Unidos, el abandono de la fe católica para abrazar el
socialismo liberal de nuevo cuño, desde el cual se pasó al comunismo, después
de recalar en la Unión Soviética estalinista. Doctrina que abandonaría cuando
la URSS invadió Hungría. Casi nada.
Unos
virajes que revelan el carácter inconformista del escritor, junto a su
nomadismo (viajó y residió por todo el mundo), heredado de sus ancestros
vikingos.
“Paraíso
reclamado” acontece en el siglo XIX de una Islandia acuciada por la penuria y el hambre,
excepto para unos pocos hacendados acaudalados.
Acompañaremos al apacible Steinar Steinsson, granjero y cariñoso padre de familia, en un viaje memorable, océano mediante.
Acompañaremos al apacible Steinar Steinsson, granjero y cariñoso padre de familia, en un viaje memorable, océano mediante.
Steinar
es un hombre laborioso cuya pequeña hacienda, en un remoto poblado del sur islandés, es objeto de admiración en
toda la comarca, por ser una granja magníficamente cuidada y conservada gracias
al esfuerzo infatigable de Steinar, que mantiene un duelo titánico con el duro
escenario que lo rodea.
Todos alaban
la meticulosa dedicación a su propiedad y el pulcro aspecto de sus humildes
terrenos, en donde pastan unas pocas pero lustrosas ovejas y, sobre todo, su
precioso caballito, Krapi, uno de esos pequeños, pero resistentes, equinos de
raza islandesa. Krapi es la mayor alegría y distracción de sus hijos.
Caballos islandeses. Foto internet
El
animal es codiciado por los caciques locales y algún rico hacendado, a todo
buen islandés le entusiasma exhibir un excelente caballo, y este ejemplar era
la envidia regional. Le ofrecen buenas sumas de dinero por él, pero Steinar las
declina por no disgustar a sus hijos. No podría decirse que es un pobre de
solemnidad, tienen lo suficiente para salir adelante.
La familia
va pasando los días y las estaciones, llevando una existencia sencilla aunque
no exenta de peligros por la severidad del clima y, desde luego, muy fatigosa, así
era en aquellos tiempos, además en un lugar del orbe tan aislado.
Pero
todo lo que necesita Steinar es ver a sus hijos alegres, jugando con su
caballo, a veces con su perro, que no pierde oportunidad de darles esquinazo y
encaramarse al suave techo de hierba que cubre la casa, u observar junto a
ellos los petreles que sobrevuelan su prado, admirando una pareja de estas aves
que anidan cerca y sus hijos contemplan fascinados. Salvo la misa de los
domingos, esos son sus únicos entretenimientos.
Uno de
esos días Steinar se dirige, como otros tantos granjeros, a Thingvellir donde a
llegado el rey danés Christian Williamson con su séquito, pues su potestad
también se extiende a Islandia. En el camino tendrá un encuentro que, más
adelante, cambiará para siempre su destino y el de su familia.
Se
topa con un predicador maltrecho, un islandés residente en Norteamérica que ha
regresado para anunciar la Tierra Prometida a quien abrace la fe mormónica.
Este hombre ha sido zarandeado por una turba ignorante de campesinos, que lo
tildan de blasfemo. Steinar lo ayuda a levantarse, lo escucha, pero finalmente
seguirá con el itinerario previsto.
De
regreso, Steinar vuelve a toparse con el mormón, Didrik, así se llama, y
mantienen una larga y animada charla. El amable granjero pregunta a Didrik como
es eso de… hacerse mormón. Y esta es la contestación:
“Solo
el hombre que lo sacrifica todo puede ser mormón (…)
Nadie
le traerá la Tierra Prometida a usted. Usted solo tiene que atravesar el
desierto. Tiene usted que renunciar a patria, familia y propiedades. Esa es la
manera de hacerse mormón. Y aunque solo tuviera usted esas flores que la gente
de Islandia llama cizaña, tendría que abandonarlas.
Debe conducir a su querida
amiga, de mejillas sonrosadas, al yermo. Esa es la manera de hacerse mormón.
Ella lleva a su hijo en los brazos y lo aprieta contra su pecho estrechamente.
Caminan y caminan, día y noche, día y noche, durante semanas y meses con las
pertenencias en un carrito de mano.
¿Quiere usted ser mormón?
¿Quiere usted ser mormón?
Un día
ella se cae al suelo y muere de hambre y de sed. Usted le arranca de los brazos
a su niñita, que nunca aprendió a reír, y ella lo mira, con la pregunta en los
ojos, en medio del páramo. Un mormón.
Pero
un niño pequeño no encuentra calor en el pecho de su padre. Algunos pueden
sustituir a un padre, pero nadie a la madre, amigo mío.
Sigue
usted caminando a través del desierto con su hija en los brazos, durante millas
y millas, hasta que una noche se da cuenta de que la helada ha robado la vida a
sus miembros delicados. Esa es la manera de hacerse mormón.
Cava usted una
sepultura y la entierra con sus propias manos en la arena y coloca encima de
ella una cruz hecha de dos trozos de paja que el viento se lleva al instante.
Esa es la manera de hacerse mormón…”
Impactado,
Steinar prosigue hacia casa. Regresa a su cabeza la imagen del rey. Su impresión
sobre el monarca será tan grata que, mientras va acercándose al hogar, se torna
pensativo barruntando una idea… determina que su deber, como buen súbdito
islandés, es regalar el precioso caballito al rey.
Con
esta certeza, pero angustiado por la previsible y honda pena que padecerán sus
hijos, sale una mañana temprano de la granja despidiéndose amorosamente de su
mujer, a quien va embargando una creciente y profunda sensación de soledad a
medida que ve la silueta de su esposo perderse en la húmeda lejanía.
El destino de Steinar es… Copenhague, la capital
de Dinamarca.
Conseguido
su objetivo, previa audiencia con un rey agradecido por el presente, Steinar
resuelve retornar a casa, pero diversos acontecimientos retrasan su llegada a
Islandia, un barco tras otro recalan en Reikiavik sin él.
Apunto
ya de embarcar, el destino volverá a reunirle con el mormón, aún en tierras
danesas.
Este
encuentro será determinante para afianzar la convicción de Steinar en seguir
los pasos del amigo mormón. Cree firmemente que su misión, desde ahora, es
partir hacia la Tierra Prometida, un lugar de providencia que aguarda la
promesa de un futuro digno para su familia.
Tomará
un barco rumbo a Norteamérica con el propósito de establecerse en Utah, en
donde le esperan unos familiares del mormón, Didrik.
Una
escueta misiva llega a su esposa, donde Steinar anuncia que un asunto de vital
importancia para el porvenir de la familia le ha hecho viajar al Nuevo mundo.
Así lo deja estar.
Steinar
afrontará un incierto peregrinaje en pos de la Tierra Prometida que, decían,
aguardaba a todos los hombres honrados.
Si
tiene que atravesar medio mundo, lo hará.
Sin
embargo, todo se irá desmoronando para la esposa y los hijos, incapaces de
hacer frente al mantenimiento de la granja sin el incombustible cabeza de
familia.
Para más desgracia, el oscuro cacique local, Bjorn de Leirur, encuentra la oportunidad perfecta para entrometerse, con aviesas intenciones, en la desamparada familia que aguarda al esposo.
Para más desgracia, el oscuro cacique local, Bjorn de Leirur, encuentra la oportunidad perfecta para entrometerse, con aviesas intenciones, en la desamparada familia que aguarda al esposo.
Posibilidades que ni siquiera sopesó Steinar Steinsson, seducido, más bien
cegado, por el sueño de llegar a ese Edén señalado.
Aunque
la historia se encuadra en el relato realista, sobrevuela cierto carácter
mítico por influencia de las sagas islandesas, que con tanto deleite leía
Halldór Laxness (y añadiría cualquier islandés).
No
negaré que algunas fases de la novela me han resultado algo áridas, por ejemplo
las que tienen lugar tras los primeros días de Steinar en Utah.
Durante
dos o tres páginas encontramos una disertación sobre la importancia filosófica
que tiene una máquina de coser, como si fuera un eslabón perdido entre la
modernidad acechante y el mundo anquilosado de la sociedad mormona. Son unos
cuantos pasajes que he leído de refilón, me gusta la filosofía, pero aquí me he
encontrado un “pantano” que no me apetecía atravesar. Poca cosa.
Hay otros debates de enjundia que me han
despertado mayor interés, como la confrontación entre la poligamia de los
mormones y el profundo rechazo que tal práctica suscita en la ligas femeninas
luteranas, que desde el puritanismo más reaccionario defienden la monogamia
como la única alternativa.
Leídas unas y otras posturas en boca de sus
protagonistas, ambas eran sostenidas sobre la radicalidad de sus argumentos.
Ha llovido mucho desde que Steinar dio la espalda a su tierra...
Una mañana, el otrora robusto granjero, es consciente de estar iniciando la senda hacia la vejez. Decide partir a Islandia...
Ha llovido mucho desde que Steinar dio la espalda a su tierra...
Una mañana, el otrora robusto granjero, es consciente de estar iniciando la senda hacia la vejez. Decide partir a Islandia...
Han transcurrido varios años, Steinar se reencuentra con su antigua casa, mejor dicho, con el hermoso paraje en donde
una vez estuvo la granja familiar.
Nada
queda ya de lo que una vez fue su acogedor hogar, la mullida pradera en la que
corrían sus hijos persiguiendo a Krapi, o contemplando extasiados el vuelo de
los petreles, es un páramo asilvestrado.
Apenas
se sostiene un trozo del magnífico muro original, ahora solo quedan unas pocas
piedras conquistadas por el musgo, y algunas maderas viejas esparcidas en la hierba. Todos sus recuerdos descansan ya sobre las ruinas:
“Y,
sin embargo, le parecía que, apenas ayer, se había levantado muy de mañana y se
había despedido de sus hijos dormidos, mientras que su mujer, llorando, se
quedaba en el pavimento de la entrada contemplando fijamente como desaparecía
tras la espalda de la montaña el hombre más sabio del mundo. Nada le hubiera
parecido más natural que encontrar todo en el mismo estado que lo dejara y
poder acercarse a sus hijos dormidos para despertarlos con un beso.
(…)
Entonces vio, por casualidad, en la alta montaña, que se alzaba sobre la
granja, el petrel, ese pájaro fiel, barriendo el aire con sus aletazos suaves,
poderosos e inmortales a lo largo de las aristas del acantilado lleno de
helechos y botriquios, donde anidaba hacía veinte mil años.”
Steinar
parece que, al fin, ha descubierto cual era la Tierra Prometida.
Lo ha sabido mientras perseguía el vuelo de los pájaros marinos que trazan siluetas sobre el muro derrotado.
Es magnífico que los petreles continúen por aquí, parece que ellos jamás tuvieron dudas de donde se hallaba... el verdadero paraíso.
La de vueltas que damos a veces para llegar al mismo sitio e incluso para saber cuál es nuestro sitio. Cuánta historia guardan esos paisajes, ¿verdad? Islandia es tierra de navegantes y parece que el protagonista de esta novela no se resistió a homenajear a sus ancestros emprendiendo su propia travesía, cual si protagonista de una saga fuera en busca de colonizar esa tierra prometida. Casi me atrae más la historia de su familia intentando sobrevivir sin él que la suya propia.
ResponderEliminarUn abrazo
No puedo estar más de acuerdo con el inicio de tu comentario, Lorena.
EliminarUna vez leí sobre Islandia que sus pobladores siempre se sentían impulsados a explorar otros sitios, empujados por el aislamiento que padecen y ese clima duro buena parte del año. Lo curioso es que también sienten grandes deseos de retornar... lo explicaba el cantante de la banda islandesa Sigur Rós, decía que no había nada más placentero que regresar a la soledad y el silencio de Islandia, después de sus giras mundiales, sobre todo en grandes y bulliciosas urbes.
Tu atracción, más fuerte, sobre la familia abandonada en Islandia... pues está bien encaminada, a mí también me ocurrió así. Tengo varias sagas en casa, y me gusta releerlas, aunque son cosas que no llegan al blog.
Un abrazo :)
Ufff, menudo periplo vital el del autor. Y menuda historia. He leído dos o tres novelas islandesas y aunque suelen ser bastante buenas, no acabo de sentirme a gusto con su lectura. Me oprimen el ambiente, el clima, la claustrofobia de la isla… Es raro que me anime con novelas de esa procedencia. Aunque lo que cuentas de esta me atrae mucho. Y, como a Lorena, más la pobre familia sobreviviendo en tan hostil ambiente.
ResponderEliminarCreo que no te he dicho que las fotos que haces con los libros en la mano y los diversos fondos que escoges, me encantan. Son tan sencillas y hermosas a la vez, que conmueven. En esta ocasión, además, me ha conmovido la edición del libro. Compramos muchos entre mi hermana y yo, de esa y de otras colecciones; lo que yo llamo libros de kiosko que permitían tener buena literatura cuando había poca (o casi ninguna) posibilidad económica. Cuando yo me fui a vivir fuera de casa, los rifamos y yo me llevé los que me tocaron. ¡Qué recuerdos!
Un beso.
Sii, lo de Halldór Laxness era para hacérselo mirar, jaja.
EliminarPuedo entender esa sensación de claustrofobia en torno a una isla como es la remota Islandia, aunque yo no la padezca. Mi carácter, en muchos aspectos, encaja en buena medida con lo que representa Islandia, soledad, deseo de lejanía, contacto íntimo con la naturaleza... por supuesto, no ignoro lo negativo, ahí está también, pero lo que me gusta ejerce mucha más atracción que el rechazo provocado por lo que me disgusta, que tampoco es tanto. Como le comenté a Lorena, a mí me sucede como a vosotras, me atrae más la familia que queda.
Pero también tiene pasajes muy recomendables, como los viajes de todos esos emigrantes europeos que partían en grandes barcos hacia Norteamérica, como se entretenían en el trayecto, como se conocían en los barcos gente que no se entendía por el idioma, en fin, hay muchas cosas.
Que te gusten mis fotos es muy motivador, la verdad es que me lo paso muy bien haciéndolas, así que, aunque solo tuviese un visitante, me lo curraría igual, intentando ofrecer esas composiciones entre libro y paisaje en armonía, creo que observar estas fotos, al margen de los libros, es una estupenda forma de comprobar el paso de las estaciones, jaja.
Me encanta esa definición tuya, "libros de kiosko", pues han sido muchos también los que adquirí así; Orbis, Agostini, Espasa Calpe, o que decir de los Clásicos de Grecia y Roma de Biblioteca Gredos, (creo que son los que más compré), y otras colecciones que tengo por casa, jo... qué recuerdos, con qué ilusión ibas al Kiosko a por la nueva entrega, ¿verdad?
Preciosa tu anécdota entre los libros, tu hermana y tú... lo de la rifa puede dar para una buena entrada... jeje.
Gracias, Rosa. Un beso.
La singularidad cultural y geográfica es lo que me provoca más curiosidad. Me fascinan encontrar todos esos elementos que moldean a los pueblos, insertos o como parte de la historia. Si, dentro del realismo, pero con sus peculiaridades. Quizá no haya tanta diferencia entre esta novela y cualquiera de Blasco Ibáñez, pero cada una está adaptada a su contexto.
ResponderEliminarYo también fui de colecciones de kiosko, qué pena que sea algo casi en extinción.
Un abrazo.
Compartimos esa misma curiosidad, y ese elemento de lejanía también me fascina, me atraen mucho todos los lugares remotos, como si estuviesen envueltos en una suerte de embrujo inquietante... jaja, cosas mías, Gerardo.
EliminarFíjate, tengo algún que otro título de Blasco Ibáñez, y uno de ellos es el primer tomo de "La vuelta al mundo de un novelista" (cuando embarcó en el Franconia y, durante un año, recorrió el mundo), lo tengo a mano y leído cosas por aquí y por allá, un auténtico prodigio narrativo.
Laxness desgrana una visión de Islandia en aquella época del s. XIX, de penuria y pobreza, que hoy nos parecería inverosímil, pensando en la Islandia que conocemos. Un libro que me ha parecido muy interesante.
Ah, los libros de kiosko, han forjado buenos y fieles lectores.
Un abrazo.
Pues aquí ando rondando la literatura islandesa, por tu culpa Paco, jajaj Introduces el "gusanillo" y yo como buen pez, pico. Así que ando flotando, picando como anzuelo en caña, ;) a Thor Vilhjálmnsson y ARDE EL MUSGO GRIS, y a Hallgrímur Helgason con LA MUJER A 1000 GRADOS, son, como poco, sorprendentes. EL hecho de leer a Laxness no es más que una cuestión de tiempo y oportunidad (lo tengo).
ResponderEliminarTengo un amigo al que le gusta mucho viajar, y a cada país que va me pide una recomendación, yo no soy muy de la idea de que existan, en grado exacto, literaturas nacionales como reflejo de la identidad única de un país, ahora no al menos, sería una exageración, pero sí creo que van llevando a los papeles, algunos, la actualidad social o intelectual o política del país que representan. A diferencia de estos, los escritores que yo admiro, y de ahí que me gusten los nórdicos, ellos pintarán, o pintan, la actitud(la sensación de vivir en un lugar concreto ) o el fondo moral de un pueblo, más allá de vicisitudes momentáneas o sitios marcados.
un abrazo Paco
gracias cuídate
Harás bien acercándote a esta literatura. Los islandeses, prácticamente, hablan la misma lengua que tenían en la Edad Media, eso les confiere una peculiaridad significativa a la hora de ficcionar la realidad, es un pueblo de mente poética y creativa, singulares.
EliminarTienes buenos títulos entre manos, Wineruda, doy por hecho que sacarás partido de ellos.
Yo tampoco creo que se pueda trasladar aquello que se denomina "identidad única de un país" a la literatura, entre otras cosas por que eso es una entelequia, aunque me consta que sí era la pretensión en muchos escritores de corte nacionalista. Ahora bien, sí que hay determinados rasgos culturales que nos definen respecto a otros, por eso el Quijote, para un lector australiano (por llevarlo a las antípodas) es captado con un sentido que, seguramente, difiere del lector español, eso está ahí, luego tenemos el carácter universal de la obra, y eso llega a todos por igual.
Un fuerte abrazo, Wineruda, gracias a ti.
Islandia, uno de los pocos países europeos que me quedan en la lista de espera. Tu entrada con la reseña de Paraíso reclamado incrementa el deseo de superar esa asignatura pendiente.
ResponderEliminarCreo que todas las tierras natales, por inclementes que puedan resultar, provocan nostalgia desde la distancia. Algo de ellas forma parte de nuestro ADN.
Un abrazo, amigo Paco
Eres un gran viajero, amigo Luis Antonio, con todo lo que eso conlleva de enriquecedor para el espíritu. Yo tampoco conozco Islandia, ni las Islas Feroe, me encantaría desde luego, sí que me he movido por el resto de países nórdicos, de quienes me declaro entusiasta.
EliminarSin duda, siempre permanece un anclaje, por débil que sea, a la tierra natal, "Paraíso reclamado" nos lo recuerda.
Otro abrazo para ti ;)
No tenía idea de este Nobel islandés, así que ¡enhorabuena, Paco!; me has aportado algo nuevo.
ResponderEliminarYa he despuntado las letras islandesas con Olafsdöttir y Stefánsson y tienes razón: parece que necesitan trascender su propia geografía y andar mundo.
No se si la historia de Steinar me resultará atractiva; más bien coincido con Lorena en la de la familia.
Me has hecho recordar a un compositor local, Charly García, que escribió 'tenemos que irnos tan lejos para estar acá'.
Recibe un fuerte abrazo, y mil gracias por esta reseña!
Pues en ese caso, me alegro, Marcelo.
EliminarLaxness es un escritor que merece ser leído, sin duda.
En las letras islandesas, que tú conoces, se suele dar un extraño binomio entre vastedad y claustrofobia que me fascina.
Miraré al tal Charly García ;)
Muchas gracias a ti, querido amigo.