Libro. Ediciones Sequitur, Madrid, 2015. Traducción de Francisco Uzcanga Meinecke.
101 páginas.
Escritor
célebre y viajero es un binomio que ha deparado no pocas joyas literarias,
muchas veces olvidadas por el relumbrón de los títulos más famosos. Algunas son
grandes crónicas viajeras, otras, como es este librito, son de corta extensión
pero condensan todo el virtuosismo del autor. Una vez leídas tienes la
impresión de que el escritor se ha entregado, en cuerpo y alma, al propósito de
traducir en palabras el arrebatado espíritu de todo gran viajero.
El
viaje es una “realidad vivida” (matiz relevante), que el escritor traslada al
terreno literario. Así pues, no estamos ante una ficción producto de la
portentosa imaginación del autor.
Tal
constatación motiva que la literatura de
viajes tenga esa personalidad “sui géneris” que la hace tan atrayente, al menos
para mí.
Son
obras en las que uno siente la escritura como una experiencia plena de vida,
percibes el asombro del autor ante aquello que acaban de descubrir sus ojos,
una transferencia inmediata entre lo que se observa y lo que se siente, donde
lo racional cede preponderancia ante la pulsión de escribir bajo el influjo
sensitivo, pero ambos estados se funden en un equilibrio sutil para ofrecer lo
mejor de sí mismos.
Muchas
veces la escritura transita por la periferia de lo perceptible, como si se la privara
de explorar un territorio que clama ser colonizado más por la sensibilidad. Las
narraciones viajeras, sin embargo, campan a sus anchas por esa senda.
Las
palabras de Zweig se adhieren al aroma primaveral de la Provenza, se funden con
los colores otoñales de París, adquieren la textura que le confiere la calidez
del sol sevillano, su sonoridad evoca las notas conciliadoras de una guitarra,
llenan el alma con la luz de las vidrieras góticas de Florencia, con esa
belleza tan irreal que parece elevarte sobre la fealdad del mundo, se mueven
presurosas por las callejuelas, ante las miradas ocultas, en la inquietante
noche argelina.
“ Por la tarde estaba
todavía en París. Un último paseo por los bulevares; los árboles, desnudos y
grises, aún cuelga de alguno, débil y temblorosa, una postrera hoja amarillenta
olvidada por el viento otoñal. El atardecer es templado y luminoso, pero le
falta –lo sientes- la frescura, el aroma. A pesar de la nieve y los temporales,
es un aire mortecino, desabrido y vacío, porque no emana de esa tierra a punto
de eclosionar bajo los cálidos rayos de sol, porque carece del aroma a polen de
las miles de flores que todavía no lo son. Y luego, por la noche, estás en el
tren. Solo penumbra durante horas y horas, y el traqueteo de las ruedas a
través del paraje desconocido.” (p. 8).
Con
especial curiosidad he leído las líneas que dedica al Monasterio de Monserrat y
a la primavera sevillana. Si bien alude a los tópicos manidos del sur; tales
como la desbordante pasión de la mujer sevillana, el primitivismo y la fuerza
salvaje del baile flamenco, se desprenden en las impresiones de Zweig un
entusiasmo sincero. Y, a decir verdad, su prosa logra trascender el halo de
vulgaridad que uno esperaría encontrar en estos halagos, adquiriendo una categoría
literaria de alto nivel, que te seduce y deleita.
Capta
con suma elegancia la dimensión telúrica que explica el carácter de las gentes
a través de la naturaleza geográfica que los acoge. Así, la diáfana luz sureña
transfiere a los andaluces su alegría de vivir, dispuesta a mostrarse en
cualquier oportunidad que se presente. De igual modo sucede con los norteños y
castellanos (a quienes también menciona), si antes era el sol, ahora es la
brumosa oscuridad la culpable de sembrar la penumbra en los rostros y la
expresión de sus habitantes, y la parquedad y severidad de los castellanos son
vestigios del solitario páramo meseteño, como ya nos lo hicieron saber Machado,
Unamuno y compañía.
“En Sevilla, el sentido
musical no se materializa en una forma concreta y perdurable, pero en todas sus
calles suena la música, buena y mala, siempre hay alguien que tararea una
melodía al aire, o rasga una guitarra. (…)
¿ Es éste el carácter
español ? Sí y no: porque España constituye una unidad solo en el mapa, pero en
realidad está dividida en dos partes que se oponen de forma casi esquemática y
que, a su vez, se descomponen en miles de contrastes particulares. La España de
Pizarro y Torquemada sigue también viva, el espíritu sombrío y fanático de
Castilla ha encontrado nuevas formas en las que perpetuar su orgullo y
crueldad. Las ciudades lóbregas y decrépitas del norte no están pobladas por
alegres guitarristas; en el plomizo Toledo, rodeado de murallas y que pende
amenazador de la roca que quiebra con furia el Tajo, aún viven los monjes de
otrora y los severos Grandes de España, las personas a través de las cuales la
tierra yerma y los peñascos abruptos y hostiles parecen haber adquirido
apariencia de vida. Pero es solo una apariencia; porque estas ciudades tienen algo
de sepulcral, y sus habitantes algo de frailuno.” (p.
32, 33).
Uno
se imagina a Zweig con mirada sabia y serena contemplando, desde la ventana del
tren, las luces intermitentes y lejanas de los pueblecitos cuando llega el
anochecer, o el neblinoso amanecer que lo recibe en una solitaria estación de
provincias.
Todos
esos viajes que vivían escritores como Hemingway, Conrad, Guide, Stendhal, Stevenson,
Melville o Italo Calvino, por citar solo unos pocos, tenían algo de ritual, de
catarsis, nada ya permanecería igual en sus vidas después de aquellas
experiencias.
Ese abrazo entre lo efímero y lo eterno que surge
de la literatura de viajes, es el secreto de la cautivadora atracción que ejerce
sobre mí.
Al
fin y al cabo un viaje y un libro
comparten la misma esencia; siempre es una invitación a partir cuando lo abres,
luego del inevitable retorno al cerrarlo.
