Países imaginarios (1976). Ursula K. Le Guin
(Estados Unidos, 1929-2018).
Edhasa, primera edición, 1985. Traducción de
Carlos Gardini. Revisión de Eduardo Sierra. Narrativa, 254 páginas.
"Países imaginarios", U. K. Le Guin. Foto, Paco Castillo.
He perdido, o eliminado por error (aún no lo
tengo claro), el word que había trabajado para esta obra de Ursula K. Le
Guin, y elaborar estas entradas de libros y las fotografías que incluyo me lleva, por lo general, varias horas, ya que hago y deshago hasta
definir esa personalidad que persigo para la entrada, y el aspecto con el que a
mí me gustaría leerla, la misma fórmula que escuché una vez al escritor Ignacio
Aldecoa:
“Escribo los libros que a mí, como lector, me
gustaría leer”.
Ese es mi modus operandi.
En fin, repuesto del cabreo, no queda otra que
empezar de nuevo, dejando atrás detalles importantes que quedaron en el limbo, eso
es lo que hay.
Recordando la entrada que hice sobre un cuento
de Gorki, “Samovar”, señalé su encuentro en un contenedor de
papel, y pensé que había mencionado este libro de Ursula K. Le Guin…
pues era otro de los abandonados junto al del ruso, pero revisando aquella
entrada compruebo que no.
Pues así fue mi primera cita con la escritora,
nos vimos en un contenedor de papel.
Bien mirado, ese depósito tenía mucho de País
imaginario, al menos aquel día del hallazgo, empezando por el hecho de que
hacía honor a su nombre; contenedor, pero en el mejor sentido que cabría
esperar; contenedor de historias y, como ya contara a propósito de Gorki,
allí habían recalado estos libros mezclados con numerosos folletos turísticos
de la República Dominicana, Cancún y alguno más, configurando un cuadro
estrafalario, casi de estética kistch.
Esas estampas caribeñas paridisíacas pretendían
imponerse como la realidad de aquellos lugares… y la otra realidad, la dolorosa
de todos los días, solo eran Países imaginarios observados desde aquí,
obnubilados por el azul turquesa de las fotografías.
Un contenedor de papel se convierte en
observatorio del mundo en que vivimos.
Dicho esto, la experiencia lectora con Ursula
K. Le Guin no podía haber sido más afortunada, he descubierto a una
narradora portentosa.
Ese impacto era esperable. Ha sido considerada
por la crítica una de las escritoras fundamentales del siglo XX estadounidense,
y los numerosos y prestigiosos premios literarios a lo largo de su carrera
avalan esa consideración de críticos y lectores.
Ciertamente, transita
por las letras con admirable destreza, pertenece a ese tipo de escritores que
logran exprimir al máximo el potencial de las palabras, porque una sola palabra
es un mundo de posibilidades si es escrita por una mente que aúna inteligencia,
sensibilidad y vasta cultura, que
siempre plantea un debate filosófico, o existencial, pero poniendo también todo
su talento al servicio de la forma, mimando el valor estético de la escritura.
Ella misma se ha declarado como una acérrima
valedora del estilo, del elemento estético de su obra. En ese sentido fija sus
influencias, no en otros insignes de la ciencia ficción, sino en Victor Hugo,
Tolstói, Dickens o Borges, por nombrar algunos.
Y no nos engañemos, por muchas historias que
pueblen la mente del escritor, al final lo que importa es mantener afinada y
manejar con soltura una herramienta como el lenguaje para verterlo a la
narración, aprehender con las palabras justas el significado complejo de una
realidad, de una acción, una idea, lo que fuere, mediante una frase original
que no renuncia a la simplicidad de su exposición; recurso propio de autores
que juegan, como decía arriba, en la división de honor.

Un escritor mediocre puede arruinar una
historia con enorme potencial, del mismo modo que un escritor con muchas tablas
puede convertir unos acontecimientos triviales, cotidianos o insulsos en una
excelente obra literaria; leed al irlandés James Stephens (el gran amigo
de James Joyce) en su novela “La hija de la mujer de la limpieza”
(publicada en 1912), y veréis como un anodino, sucio y mísero suburbio dublinés
de entonces, del cual apenas salimos, en donde no pasa nada, excepto el mero
subsistir de una madre y su hija… torna en una narración fascinante.
"La hija de la mujer de la limpieza", James Stephens. Foto, Paco Castillo.
Es lo que sucede con estos escritores, a partir
de su profundo conocimiento del lenguaje, meten las palabras en la chistera de
un mago, y lo que sale de ahí, aún siendo el viejo y conocido mundo de siempre,
está contenido en un relato apasionante, que muestra ese mundo predecible desde
una atalaya a la que no habíamos subido antes, y todo lo observamos de un modo
renovado.
“Kereth (…) resuelto y consciente, con todos
sus sentidos alerta como quien acaba de robar algo de un mostrador –una piña,
un monedero, una hogaza de pan- y lo tiene oculto bajo el abrigo, volvió hacia
el atardecer y se metió entre los árboles (…) lo protegían con su oscuridad,
esa oscuridad cómplice y taciturna de todos los bosques que amparan a los
fugitivos” (p. 10).
Por ello Ursula K. Le Guin juega en esa
división, en la cúspide.
Estamos ante una prosa de sutil lirismo, muy
elegante en su aparente sencillez, y con resonancias filosóficas a partir de
las acuciantes preguntas que hacen los
personajes en los diversos cuentos. Diferentes piezas de un engranaje perfectamente
encajado, sin fricciones, redundando en una experiencia lectora muy
gratificante.
La Gran Maestra de la Ciencia Ficción, como se la suele citar, es en realidad una
escritora que trasciende cualquier etiqueta, también ha incursionado con éxito
campos como la poesía y el ensayo.
En este libro reune una serie de relatos
ubicados, como indica su título; Países imaginarios, en lugares ficticios.
Sin embargo estos relatos no pertenecen al género de la ciencia ficción como
tal. Más allá de la invención geográfica, todo lo demás, personajes y tramas,
son de tono tan realista como puedan serlo las historias, hechos y personajes
en una novela de Virginia Woolf, por ejemplo.
Y no son tanto países como pequeñas poblaciones
en su mayoría, ciudades rústicas y provincianas en donde se encuadran estos
magníficos relatos, en una atmósfera de reminiscencias centroeuropeas. Muchas
de estas poblaciones poseen nombres que parecen húngaros, o eslavos, tales como
Karantay, Krasnoy, Brailava, etc.
Así mismo, existen diferentes marcos
históricos, unas narraciones se sitúan a principios del siglo XX, otras a lo
largo del siglo XIX, y alguna nos lleva hasta la época medieval, tal es el caso
de un relato soberbio; “La dama de Mogue”, una pequeña obra maestra de
aires shakesperianos, o así me lo parece.
Un drama de linajes reales, castillos, alianzas
amorosas, relaciones sentimentales entre los vástagos de familias rivales y
batallas entre los clanes nobiliarios, todo ello con una escritura de muy bella
factura, y recordándome mucho a “El rey Lear” de Shakespeare, a la
postre uno de los libros más bellamente escritos e intensos que he leído nunca,
de hecho lo habré releído tres o cuatro veces.
Y es este cuento o relato al que dedicaré unas
líneas, por ser representativo de K. Le Guin y su cosmovisión.
Pero antes quisiera apuntar alguna
circunstancia que me gustó sobremanera.
La presencia y el paso de las estaciones, las
inclemencias del tiempo, se inmiscuyen de continuo en los relatos, y eso me
encanta, pues logra en los cuentos el mismo efecto que la profundidad de campo en
las fotografías; esto es captar la escena y los elementos que la integran con
la mayor perspectiva posible. A la vez se erigen como ese acontecimiento
imperturbable, indiferente a nuestro existir, que nos da la medida exacta de
nuestra pequeñez.
“Hacia el oeste, donde la gran planicie se
despeñaba en la oscuridad, persistía el frío. Hacia el este un largo nubarrón
se disolvió lentamente en una neblina rosada, y el borde del sol, como la boca
de un caldero de acero líquido, se inclinó sobre el mundo para verter la luz
del día.”
No sé si notáis ese efecto de profundidad de
campo que atribuyo, la sensación de amplitud que adquiere la escena, lo
pequeños que nos hace su contemplación, porque, más que leerla, estamos contemplándola.
Y ya me voy a ese cuento, “La dama de
Mogue”.
Exquisitamente narrado, supone la constatación
de como toda una vida, en apariencia triunfadora y rodeada de laureles, ha sido
entregada a una causa perdida que, sin embargo, solo ha podido descubrirse en
el ocaso de la existencia.
De tal suerte que, una vez leído el cuento, te suelta a
la cara: He aquí, lector, la grandeza y la miseria de la vida, el dilema de
Hamlet, “ser o no ser” en toda su magnitud, en una sucesión de infancias,
amores, victorias, fracasos, reencuentros, desencuentros y, finalmente, el
declive.
El gran espejo en el que habremos de contemplar, en esos ojos que
nos miran, los propios… el paso de toda una vida.