P. Castillo

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sábado, 23 de marzo de 2019

Carpe diem (1956). Saul Bellow (Canadá, 1915 – Estados Unidos, 2005)

Editorial Planeta, 1ª edición 1977. Traducción de José María Valverde. Narrativa, 175 páginas.




En casa tenía este viejo ejemplar de 1977, perteneciente a la Colección Premios Nobel publicada por la Editorial Planeta (tengo varios volúmenes), que me ha permitido acercarme a uno de esos autores y títulos que han dado fuste a la narrativa norteamericana, y mundial, del siglo XX.




Así mismo lo pensó otro prestigioso colega y compatriota, Philip Roth, quien afirmó lo siguiente:

“La columna vertebral de la literatura estadounidense del siglo XX fue proporcionada por dos escritores: William Faulkner y Saul Bellow.”

El mismo P. Roth se considera deudor de Bellow, una suerte de maestro para él.

El escritor norteamericano, aunque canadiense de nacimiento, obtuvo el Nobel en 1976. Hasta ahora no había leído nada de Saul Bellow… y bendita la ocasión. 
Esta novela es un ejercicio magistral de escritura que todo candidato al oficio haría bien en considerar, pues no hay mejor método para aprender que hacerlo con deleite.

Con Saul Bellow sucede lo habitual; los críticos necesitan un marco referencial para analizar la trayectoria literaria de un escritor. A Bellow se le encuadra como uno de los precursores de la Escuela Judía Estadounidense, nómina de escritores pertenecientes en gran porcentaje al área de Nueva York y Chicago, cuyas obras constituyen un legado extraordinario. La influencia de Bellow sobre estos autores posteriores es notable, como ya confesara Roth.

Bellow no era muy amigo de tales acotaciones, en estas líneas de la revista Letras Libres se deja constancia:

«Si es, por ejemplo, que "trata temas judíos", sea lo que eso sea, entonces Bellow no merece el calificativo, pues, como él declaró, "no soy escritor judío, soy escritor americano que sucede que es judío".»

Fuente: https://www.letraslibres.com/mexico/elocuencia-saul-bellow

De lo que no puede renegar Bellow es de su sólida formación intelectual. Licenciado en sociología, fue profesor universitario de antropología y literatura inglesa, e integrante del Instituto Nacional de Artes y Letras norteamericano. Un curriculum apabullante.




El comienzo del libro es la primera perla de las muchas que iremos encontrando durante la narración.


“Cuando se trataba de ocultar sus dificultades, Tommy Wilhem era tan capaz como cualquiera.
Por lo menos eso pensaba, y no le faltaban algunas pruebas con que apoyarlo. Había sido una vez actor –bueno, no exactamente: un extra- y sabía lo que era representar un papel. Además, iba fumando un cigarro, cuando uno fuma un cigarro y lleva sombrero, tiene una ventaja: es más difícil que se sepa lo que siente.”

¡Uff, el inicio es condenadamente bueno, una genialidad!

Ese cierre del párrafo ya te mete la intriga en el cuerpo con la efectividad de un potente veneno… en este caso solo para disfrutar.

El ingenio y la originalidad descriptiva de Saul Bellow me ha dejado encandilado, hasta el punto de haberme leído algunas frases dos o tres veces seguidas, simplemente por el mero placer de leerlas despacio y retener en el paladar su talento.

Me pregunto si Wilhem será ese New York City man que cantaba el carismático Lou Red, pues es innegable la impronta de genuino neoyorquino que confiere Bellow a su protagonista. 

“(…) por falta de empleo había mantenido la moral madrugando: a las ocho estaba en el vestíbulo, afeitado. Compraba el periódico y unos cigarros y se tomaba una Coca-Cola o dos antes de entrar a desayunar con su padre en el Hotel.”

Un ingenio literario que alcanza su máxima cota en la distancias cortas (igual que la colonia de marras…), es decir; en las breves descripciones de situaciones, espacios y personajes a partir de tres o cuatro elementos externos que combina sabiamente (exponentes perfectos son los fragmentos anteriores), como el boceto de un pintor en el que ya reconocemos el retrato definitivo.

Pues Bellow hace lo mismo, por ejemplo algunos rasgos físicos de los individuos, un complemento de la indumentaria, un gesto, algún detalle significativo de un despacho, o una calle, un salón, en fin; cuatro o cinco pinceladas por aquí y por allá que acaban adquiriendo en nuestra mente la imagen de un cuadro completo, gracias al buen hacer de este señor que parece un prestidigitador de palabras.



En Carpe diem predominan las frases enérgicas y las expresiones con una gran carga sugestiva. Huelga decir que el ritmo narrativo discurre con buena agilidad.

«Carpe diem es una locución latina que literalmente significa 'toma el día', que quiere decir 'aprovecha el momento', en el sentido de no malgastarlo. Fue acuñada por el poeta romano Horacio (Odas, I, 11):

Carpe diem, quam minimum credula postero

"Aprovecha el día, no confíes en el mañana."»


Ese sería el lei motiv de Wilhem. Él vive el momento, pero utilizando las peores alternativas .

Acompañaremos a Wilhem durante una jornada, un día para olvidar, aciago donde los haya.

El dilema planteado aquí por Saul Bellow es uno de los grandes conflictos en las relaciones humanas; la incapacidad de entendimiento entre un padre y su hijo, pues han tomado sendas opuestas en la vida.

Un argumento que Bellow no ha tenido que ir lejos a buscar. Valga este dato biográfico: 

(…) hijo de emigrantes rusos, judíos. El padre, siempre fracasado, como el de Joyce, no entendió a su talentoso hijo y obstaculizó su vocación literaria”

https://www.letraslibres.com/mexico/elocuencia-saul-bellow

En esta novela el fracasado es el hijo, no el padre.



Cuando Tommy Wilhem, rebasados ya los cuarenta años, echa la vista atrás, le atormenta lo que ve; un montón de buenas oportunidades desperdiciadas por el camino, y todo por su estúpida e incomprensible tendencia a escoger el itinerario equivocado, a caminar por el borde del precipicio. Lo que presentía como “atajos” se convierten en trayectos abruptos e interminables.

Su padre, el octogenario doctor Adler, enviudado hace tiempo, ha gozado de gran prestigio, aún lo conserva, como profesional de la medicina en Nueva York.

“El bien plantado anciano estaba muy por encima de los demás viejos del hotel. Todos le idolatraban. Lo que decía la gente era:

Es el viejo profesor Adler, que enseñaba medicina interna. Era un gran diagnosticador, uno de los mejores de Nueva York, y tenía una clientela enorme. ¿No es un tipo de estupendo aspecto? Da gusto verle, un anciano sabio, tan limpio y correcto. Anda muy derecho y entiende todo lo que se le diga. No pierde un botón. Se puede hablar de cualquier cosa con él.”



Disfruta de una jubilación dorada gracias a su considerable fortuna. No está dispuesto a soltar un solo centavo por su hijo, allá se las apañe él. Desoyó sus recomendaciones, despreció los consejos paternos y maternos, un disgusto tras otro que han escarmentado al padre. Ahora que apechugue con las consecuencias. 
No moverá un dedo por el vástago. Quiere vivir un retiro sin sobresaltos, se lo ha ganado a pulso con su estresante trabajo, no permitirá que los errores de Wilhem arruinen sus últimos años.

Esa severa postura respecto a su hijo no le quita el sueño. Considera que ya hizo todo lo que estaba en su mano para situar a Wilhem con ciertas garantías frente al futuro. Una cara educación que Wilhem desaprovechó, enseñanzas paternas que el hijo desestimó, y otros tantos desaires.

¿Y los afectos, la ternura, el cariño, la presencia del padre?

La vida de un médico exitoso  discurre entre consultas, congresos, atención a los pacientes, docencia universitaria… Allí estaba la vida del doctor Adler.

Al hogar nunca terminó de llegar, ahí no germinó nada.

Ese es el resentimiento que arrastra Wilhem hacia su padre.

¿El dinero del progenitor?

Lo que íntimamente piensa Wilhem de eso, es más o menos utilizando mis palabras:

-Al diablo el dinero de papá, que se pudra con sus dólares.-

Lo piensa pero no se lo dice. Lo mismo hace el padre, piensa en la inutilidad de su hijo, y tampoco se lo dice abiertamente.

Por supuesto se lo manifiestan de forma soterrada, y saben que “a buen entendedor, pocas palabras”.

Wilhem es un hombre bueno, un gran chico con mala suerte, diría él. Algo de razón hay en su apreciación.

A Wilhem le sulfura la indiferencia del padre. Al doctor Adler le hastía el enésimo traspiés de su hijo.


Wilhem nunca a pedido dinero a su padre. Pero en estos momentos sin trabajo, con la manutención de los hijos y la presión de su exmujer para pagar religiosamente la pensión, le tienen asfixiado. No le queda otra que humillarse ante el padre y pedir “limosna”.

Para más inri, sus últimos ahorros, cerca de mil dólares, los ha invertido de forma suicida en bolsa por el asesoramiento del filibustero Tamkin, psicólogo de formación, y “jugador” por vocación con turbia reputación en el mercado de valores neoyorquino. Tal individuo le ha convencido para depositar esa cantidad, más otro dinero que pondrá el propio Tamkin (¿lo hará?, se pregunta Wilhem oliendo la fatalidad) en la producción de centeno y tocino.

Y Wilhem, aún viendo negros nubarrones que se van aproximando desde la lejanía, incluso sospechando, como todo el mundo, que Tamkin no es trigo limpio para confiarle sus ahorros… aún con todo eso, Wilhem entra al trapo, que decimos por aquí.

Sabe que se está dirigiendo al abismo, pero una fuerza perversa lo arrastra… como el niño que, intuyendo el peligro, se aproxima más a él, porque quiere ver “eso” de cerca, palparlo, la excitación de tal acercamiento es más atrayente que la prudencia. 

Se agolpan en su cabeza recuerdos que le escuecen…

Quisiera olvidar aquella grotesca intentona de abrirse camino como actor, embaucado por un dudoso agente artístico que le vaticinaba el estrellato en Hollywood, aunque solo llegó a trabajar de extra en alguna cinta sin relumbrón. Sus dotes interpretativas eran pésimas para la gran pantalla, pero muy efectivas para la vida real… lo malo es que al acabar la película se apagan las luces y el vacío se instala en la sala.


Un aspecto que me ha fascinado es el modo en que Saul Bellow desarrolla la relación de sus personajes principales; el hijo y el padre.
Los confronta, mediante conversaciones que mantienen, y son unas joyas narrativas, en un clima alejado de la violencia verbal y las grandes gesticulaciones que uno esperaría, habida cuenta de su pésima relación. Pero ambos, siendo personas que estiman las maneras civilizadas y la corrección en los encuentros, dominan sus impulsos más pendencieros, se contienen de escupir exabruptos, el tono que mantienen siempre es de respeto, eso sí, un respeto que nunca nace de la admiración, sino de una frialdad glacial.

Entendemos las razones de cada uno uno para decir lo que dicen, para ser como son, consecuentes con su manera de ver la vida.

De esto se deduce, al menos así lo veo, que Saul Bellow no toma partido por ninguno, yo no lo he percibido con nitidez. Eso me hace pensar en lo que dicen muchas veces los escritores, cuando sus personajes cobran vida propia a medida que avanza la historia, y sus personalidades parecen zafarse de la pluma del autor, sin que éste tenga claro por donde le llevarán.



Saul Bellow perfila al personaje de Wilhem desde una perspectiva que le dota de cierto encanto para el lector, es el débil, y no es un ser pendenciero ni violento, como ya he señalado. Nos suscita compasión.

La figura paterna es un peso insoportable para el hijo.
Al lado del doctor Adler, Wilhem es un alma en pena, una sombra anodina más, reptando en la incesante marea humana que Nueva York vomita cada día. 

En cualquier caso hay un equilibrio sutil y complejo entre esos dos mundos, sin que podamos achacar del todo la culpa al padre por ser el hijo como es, ni tampoco adjudicar a la vida del hijo el comportamiento rígido del padre. La vida en toda su complejidad… con que facilidad lo leemos y entendemos, gracias a la dificultad resuelta por el autor con su escritura diáfana. Así son los grandes.





Vive el momento; Carpe diem… como si un duende maligno le susurrara ese mantra al oído del confuso Wilhem.

Se ha convertido en una caricatura de sí mismo.

Pero no desea ningún mal a la humanidad por su suerte, ni siquiera a su padre. No alberga odio en su corazón.

Sú unico anhelo es tener una nueva oportunidad de encauzar todo de nuevo.

Claro… otra oportunidad.

¿Otra oportunidad, muchacho? 

¿Cuántas llevas quemadas, Wilhem? 





Tu existencia es un Eclipse Total, Wilhem. En Nueva York, la ciudad de las luces, siempre caminas hacia la oscuridad...


La Unión. Eclipse total




viernes, 15 de marzo de 2019


Thomas el impostor (1923). Jean Cocteau (Francia, 1889-1963)

Bruguera Libro Amigo. Primera edición 1981. Traducción de Ramón Camps Salvat. Portada. Dibujo de Jean Cocteau coloreado por Edouart Dermit. Novela, 160 páginas.





Hay una frase del libro que me viene fenomenal para definir lo que ha sido la lectura de esta novela, al menos en ciertos pasajes:


“-Sufren –dijo Clémence-, la carretera está llena de baches.”

En efecto, así fue avanzar por esta escritura de Cocteau, una frase que enlaza con otra, casi siempre breve, siendo ésta última una especie de “verso suelto” que rompe el sentido unitario del párrafo:

-Él iba vestido de boer y yo de Carmen. Un ojo negro te mira.

“Un ojo negro te mira”… y  me pregunto qué diantres querrá decir Cocteau con ese remate, qué simbolismo acecha en el ojo escrutador tan orwelliano.




En la asociación libre que parece establecer con algunas de sus frases, pienso en un Cocteau trasladando la fascinación que le producían sus amigos; Picasso, en su faceta cubista, o el evidente influjo de su gran amor; Raymond Radiguet, a  su escritura. De hecho ya nos ponen sobre aviso las líneas de contraportada, ese guiño al cubismo que Cocteau hace con algunas de sus obras, ésta entre ellas.

Por eso encontramos en esta breve obra de Cocteau, fases en donde se tambalea el desarrollo narrativo lineal, y los párrafos parecen fragmentos unidos a modo de collage, típica característica cubista. Pero Cocteau no lleva la experimentación al extremo de Apollineare, aunque éste lo hizo sobre todo en poesía.






“Yo soy una mentira que dice la verdad.”
Jean Cocteau




En esta frase pronunciada por el autor, hallamos la esencia de la novela.

Conviene un vistazo preliminar al estupendo prólogo de Mauricio Wacquez, sé que varios lectores lo hacen al final, muchas veces es mejor así. Yo puse los ojos entornados y leí algunas cosas antes de encarar la novela.

Bueno, es que estamos ante un escritor que se nutre del vanguardismo, próximo al surrealismo y adicto al opio… cabe encontrarse cualquier sorpresa en sus novelas, no me iba a pillar con el paso cambiado, pero casi lo logra.

La corriente vanguardista, tan fructífera en Francia y Bélgica, fue un poderoso estímulo para la vena creativa de Cocteau, y como tantos de sus colegas se metió en todos los fregaos artísticos habidos y por haber; dejando una brillante estela en teatro, la novela, el ensayo, la poesía, la crítica cinematográfica, además de sus incursiones en el diseño, la pintura… y no sé qué más.

Chinchón. Paco Castillo

Este frenesí artístico me ha hecho recordar a otro insigne vanguardista; el belga Maurice Maeterlinck, nacido diecisiete años antes que Cocteau, y llevado a este blog con un ensayo tan bello como extraño (propio de estos autores), “La inteligencia de las flores”.




En cuanto al argumento de la novela, tenemos al joven Guillaume Thomas de apenas dieciséis años, el gran protagonista, nacido en la localidad de Fontenoy.

Se convertirá por el caprichoso azar, en Thomas de Fontoney, y todos creerán que ese muchacho tan carismático es sobrino del célebre general cuyo apellido es, precisamente, Fontenoy, uno de los oficiales más venerados de la guerra. Encontrando divertida la confusión y halagado por la admiración que le proclaman, Thomas hará uso de su nueva identidad. Cabe señalar que no hay malicia en su proceder… pero no deja de ser una impostura.

« puesto que el mundo es un juego, seamos serios, juguemos»




Cocteau vierte parte de sus propias vivencias en la Primera Guerra Mundial, cuando colaboró como conductor de ambulancias para la Cruz Roja, aún siendo descartado para soldado. Apuntes biográficos que tenemos en el prólogo.

Y similar situación vivirá su protagonista, Thomas será propuesto como integrante en un convoy sanitario para atender a los heridos de la contienda, él aceptará entusiasmado, encuentra fascinante esa aventura que merodea a la muerte. Tienen interés en que se integre al convoy, pues ven en “el sobrino” de tan ilustre general, el salvoconducto ideal para acceder a lugares conflictivos.

El convoy está encabezado por la princesa de Bormes, ideóloga de la iniciativa, a veces la nobleza hacía estas cosas, la acompañaba su hija, la princesa Henriette, más todo el operativo humano pertinente.

En esta caravana sanitaria que recorre el frente, asistimos a una atracción amorosa entre la joven Henriette y Thomas. Unas expectativas sentimentales más sustentadas en la pasión de Henriette que en los contradictorios sentimientos del muchacho.


El escenario de la obra se sitúa en aquellos  frentes de batalla que se hicieron tristemente célebres; El Marne, Somme, Dunquerque, Ostende, etc. Los pasajes con los heridos no escatiman dramatismo, con mutilados,  moribundos que balbucean sus últimas e imprecisas palabras… nada que le hiciera falta imaginar a Cocteau, la realidad ya se lo sirvió en bandeja de plata.



En ese trasiego de proyectiles y noches en calma tensa, junto al mar del norte, Thomas siempre es el jugador que apuesta más fuerte, no lo hace desafiante, simplemente sigue el juego de su propia mentira, le lleve donde le lleve, pues esa partida es su única verdad.

Admito que no he cogido del todo el punto a esta llamada obra maestra, cuando esto me ocurre huelga decir que la limitación siempre está en mí, es así.

Pero mi impresión es que se deja leer, aunque a veces me haya roto algún esquema mental… sin embargo el río siempre termina volviendo a su curso. 






Y tampoco es el Ulises de Joyce, que eso sí es cubismo en vena durante 800 páginas… Cocteau no pisa tanto el acelerador.

Dicho esto, siempre me quedará la duda de si lo hubiese logrado plenamente fumándome una pipa de opio, emulando a Thomas de Quincey o al propio Cocteau (ignoro si lo consumían en pipa), pero como no soy fumador de nada, así quedó el asunto.

Además, todo tiene un límite, incluso tratándose de libros…

Con el opio, mejor de lector, o espectador con estos momentos finales de “Érase una vez en América” cuando Noodles (Robert de Niro) acude al fumadero de opio...






Nos vemos.

domingo, 10 de marzo de 2019


El hablador. Mario Vargas Llosa (Perú, 1936).

Seix Barral. Biblioteca Breve. Primera edición, 1987.

Cubierta. Paisaje tropical. Indio luchando con mono (fragmento). Henri Rousseau, 1910. Narrativa, 235 páginas.


Por las serranías peruanas, Cesara. Paco Castillo.

Como ya hice con los otros libros leídos durante mi viaje al Perú, y comentados aquí, trasladaré, tal cual, los apuntes que escribí allí. Aviso por si os despistáis entre el antes y el ahora, océano mediante. No obstante, retocaré algún aspecto si así lo exigiera el momento actual.


El hablador.

Otro libro que he acabado en plena ruta andina, acomodado en el bus-cama, justo cuando atravesamos la región de Cajamarca, de paso hacia nuestro destino, San Ignacio.

Cajamarca, un escenario cuya celebridad histórica nunca estará exenta de polémica. Aquí se cerró un capítulo decisivo en la contienda de los incas contra los españoles liderados por Pizarro. Pero la Plaza de Armas cajamarquina, donde fue emboscado el inca Atahualpa junto a su séquito, y capturado por los hombres de Pizarro, queda muy lejos de mi vista.

Por la costa peruana, admirando el Océano Pacífico. Paco Castillo.

Ahora mismo circulamos encajonados por un imponente cordal montañoso, cumbres que, haciendo honor al libro que os traigo, parecen hablar con las nubes… allasito en el cerro, arribísima, como dicen los habitantes de la serranía andina.


Admirando las montañas cajamarquinas desde el autobús. Paco Castillo.

Intimida la visión de esos riscos… y también todas las cruces que se divisan al borde de los precipicios que caen, a unos pocos metros, del autobús. Circular por aquí no es asunto que deba tomarse a la ligera.

Veamos que nos dice la contraportada.


En efecto, dos voces narrativas que se van alternando en esta historia.

Muchos pasajes correspondientes a la parte del “hablador”, el contador de sucesos indígena, no he conseguido leerlos con la misma fluidez que sí he tenido con el otro protagonista, alter ego de Vargas Llosa.

Lo que relata el hablador está impregnado de un profundo simbolismo, pues aglutina la cosmovisión de las tribus amazónicas en su íntima unión con la naturaleza. Varios de estos fragmentos me llegaron a aturdir. Es un lenguaje que se sitúa en un territorio impreciso, entre lo real y lo fantástico, desdibujando la frontera que separa dichos mundos.



Municipalidad de San Ignacio. Al fondo el estadio de fútbol. Paco Castillo.

Te desenvuelves en la lectura como si pisaras un terreno inestable, camino desorientado sin tener claro a donde me dirijo.

Entiendo el propósito de Llosa; reflejar con la mayor fidelidad posible estas expresiones del hablador, constituyendo la peculiar interpretación de la vida y la realidad circundante, tal y como se manifiesta en estos grupos amazónicos. No obstante os dejo con uno de esos fragmentos que me han dejado grogui:

“La vida transcurría sin ocurrencias. Se sentían serenos. Los que se iban, volvían, y, mal que mal, no les faltaba la comida. «Fuimos sabios haciendo lo que hicimos», decían. Todos se estaban volviendo Kamagarinis, pero no lo sospechaban. Hasta que empezaron a sucederles ciertas cosas. A Tasurinchi, un buen día, le amanecieron escamas y una cola donde tenía los pies. Parecía un enorme carachama. Sí, ese pez que vive en el agua y en la tierra, ese pez que nada y anda. Arrastrándose con dificultad fue a meterse a la cocha, murmurando apesadumbrado que no podía soportar la vida en la tierra, pues echaba de menos el agua. A Tasurinchi, al despertarse, unas lunas después, le habían salido alas en el sitio de los brazos. Dio un pequeño salto y vieron que se elevaba y desaparecía sobre los árboles, aleteando como un picaflor. A tasurinchi le crecío una trompa y sus hijos, desconociéndolo, gritaron desaforados: «Un sajino, comámonoslo.» Cuando trató de decirles quién era, emitió un ronquido y gruñó.” (pp. 62-63)



Llamativos insectos sobre las hojas, Ceja de selva peruana. Paco Castillo.


No todos los pasajes desdibujan la realidad (la cognoscible para nosotros) como éste, pero no son pocos los que se presentan así en lo concerniente a las páginas del nativo orador, “el hablador”. Por lo demás, un lenguaje que despliega la misma exuberancia de la selva amazónica. Vargas Llosa hace gala de un dominio narrativo impresionante, un virtuoso de la lengua castellana, nunca me deja indiferente.

Por el Callao, Lima. Paco Castillo.

Es curioso que yo, habiendo transitado aquellos parajes del Amazonas, asista con cierta dificultad a estas fases del libro, pero no es menos cierto que los occidentales rompimos la comunicación y el contacto íntimo con la naturaleza hace  siglos, y ahora observamos esto con perplejidad.


Es una obra no exenta de complejidad por resultar ambigua, ya que incluso la crítica duda a la hora  de catalogar esta narración; ¿novela? ¿autobiografía con incursiones en la ficción? En definitiva, no llega a ser del todo ni lo uno ni lo otro.

Los dos narradores, el hombre que pertenece al mundo “civilizado” (porque de alguna manera hay que diferenciarlo), a quien Vargas Llosa señaló como su propia persona, asumiendo las vivencias reales de escritor. Y el indio machiguenga que ejerce de hablador para su comunidad, que también es una figura real, se intercambian como voces narrativas en cada capítulo.

En ese sentido es notoria la confrontación de ambos mundos; el de la civilización y el progreso frente al que permanece estrechamente hermanado con la naturaleza, un mundo habitado por los mitos ancestrales que pretenden dar explicación a todas las cosas conocidas y presentidas por los nativos. Un mundo que va languideciendo, inexorablemente, a medida que gana terreno la civilización.

Vendedoras ambulantes en las  calles de Lima, Perú. Paco Castillo.


Vargas Llosa, conocedor de esta figura del hablador, gracias a sus incursiones en la selva amazónica y el contacto con varias de sus comunidades, expresó su fascinación por este contador de historias y, obviamente, trasladarlo a su obra literaria fue ya un imperativo.

El autor peruano no disimula el tono de denuncia que ha impuesto. Quiere hacer llegar al lector la lenta agonía del Amazonas y las primitivas culturas que lo habitan. Señala la indefensión de estos poblados contra los intereses económicos de las grandes compañías. Así como el desprecio social con que son castigados por una buena parte de la ciudadanía pertenecientes a esos mismos países que comparten el pulmón de la tierra, eso es seguramente lo más lamentable, tanta incomprensión e indiferencia ante las amenazas que se ciernen sobre estos clanes ancestrales.


Aunque Llosa no cae en la complacencia del buen salvaje, y mediante el narrador del mundo civilizado señala también aspectos controvertidos de estas culturas.



En cualquier caso, son voces que pedían ser escuchadas, y me ha gustado hacerlo.


Valles andinos, Perú.



domingo, 3 de marzo de 2019


La hija de la mujer de la limpieza (1912). James Stephens (Dublín, 1882 – Londres, 1950)

Ediciones del Viento, 2007. Traducción y notas de Susana Carral Martínez. 214 páginas. Narrativa.




Ser irlandés es asunto complicado.

Esta misma impresión ya la tuvo en su momento Freud:

“Los irlandeses son la única raza para quienes el psicoanálisis no funciona.”

Sin ir más lejos , todo se confabula para que seas católico, quieras o no, en un rincón de las Islas Británicas, dominadas por protestantes.

Has de tener bastantes tablas cantando, y además con aplomo suficiente mientras lo haces delante de los parroquianos en el pub.

Aún más. Tienes que mantener el buen tono cantante incluso con dos o tres pintas de cerveza en el cuerpo.

Más aún, después de cantar ya puedes sentarte, pero no a descansar, sino a tocar algunos de los instrumentos que todo irlandés, con más o menos solvencia, controla; un violín, un piano, una flauta, la gaita, el acordeón, la armónica…

Si no haces esas cosas y otras, más vale que te pires de allí, antes de consumirte observando desde cualquier ventanuco dublinés el empañado transcurrir del tiempo, y la solidez de la existencia erosionándose por la lluvia… situación a la que podrías sacar partido si eres escritor. Y ni con esas estás salvado.

¿Es que puede ser peor?

Sí.

Os preguntaréis que tiene que ver lo anterior con este libro.

Nada, exceptuando que el autor era irlandés.
Lo solucionaré con lo que se me vaya ocurriendo.

Sigo pues.

Imaginad ser irlandés, escritor, y pretender vivir de ello con cierta dignidad cuando has nacido a escasas manzanas, además casi a la vez, que un tipo llamado James Joyce. Y, para colmo, tu nombre es igual. Qué cosas…

Ante ustedes James Stephens.

Un escritor de enorme talento narrativo, cuyo primer llanto irrumpió al mundo compitiendo en estridencia con el de Joyce, y tal vez fuese la única vez que le gano en notoriedad, lo que al autor del Ulises, como buen amigo de Stephens, no le hubiese contrariado.

Dublineses ambos.

Ahí tenemos al bajito James Stephens junto a su  estimado James Joyce, y un amigo común ligeramente adelantado. Los tres paseando por París.





La hija de la mujer de la limpieza.



En Irlanda es uno de los títulos mejor considerados, obra muy apreciada por aquella tierra tan verde.

Hay varios aspectos a destacar en esta pequeña joya que os presento, todos la convierten en una experiencia lectora sumamente gratificante. Un James Stephens sublime en esta reconfortante narración, y al que ya conocía de otro título que tengo por casa; "La olla de oro".


Su amigo y colega, James Joyce, tenía plena confianza en el talento de J. Stephens, a raíz de lo que leemos ahí.



Podemos empezar por el maravilloso retrato que hace del Dublín más humilde, copada por los distritos obreros en  precariedad permanente.

Estamos a principios del siglo XX.

Una atmósfera que James Setephens conocía bien, se crió en los modestos suburbios del norte de Dublín.

Observamos a las madres de estas barriadas, siempre al borde de la locura, sobrepasadas por la enorme responsabilidad de atender a una ingente prole de 4, 5, 6 hijos… o los que vengan del cielo, cosas de acérrimos católicos. Lo que nunca cae del cielo es el dinero.




Los cabezas de familia no están mucho mejor, acuciados por la angustia de no saber si al día siguiente habrá un turno en la fábrica, y así asegurar un miserable jornal que jamás alcanza para alimentar a tantos retoños. Son padres y maridos en cuyo semblante se adivina el hastío por el mero existir… les salva ser irlandeses, gente bregada en las dificultades que no desperdician una oportunidad para reírse de sí mismos y echarse unos cánticos nostálgicos en el pub.

Creo que no hay mayor señal de sabiduría que esa, la risa franca y liberadora sobre tu propia suerte, sean o no conscientes los portadores de tal virtud.

De la mano de James Stephens invadiremos la intimidad de estos vetustos hogares, cuando no simples cuartuchos, como el que habitan las dos mujeres protagonistas, madre e hija.




Nos meteremos, literalmente (y nunca mejor dicho) hasta las cocinas, lugares escasos de lo esencial pero donde sobra la mugre. Comprobaremos las filigranas que hacen estas esposas y madres con unos míseros chelines para, una vez más, poner algún almuerzo sobre la mesa. Y superan el desafío cada día.

Aunque ojo, si hay algo que James Stephens quiere evitar a toda costa es ser melodramático, no busca regodearse en la pobreza, al contrario, propinará un impresionante corte de mangas al infortunio, como descubrirá finalmente el lector.

El gran acierto de la novela es un maravilloso sentido del humor que constituye la columna vertebral de la narración.
Y eso provoca que leer esta historia sea un acontecimiento delicioso.

Es por eso que J. Stephens asumirá el papel de narrador omnisciente en casi toda la novela, toma la distancia ideal para desplegar su magnífico humor a diestro y siniestro, donde le plazca, cualesquiera que sean las situaciones y personajes. Y especial relevancia cobra su voz hacia el final, con un cierre de la historia magistral.




La vis humorística que se saca de la manga J. Stephens, me hace pensar que estamos ante el genuino humor irlandés.

Y tiene bemoles que afirme esto, pues no tengo ni puñetera idea de cual es el genuino humor irlandés. Pero si existiera algo así, debe ser éste. O el que nos regala, si me permitís el singular paralelismo, una obra maestra del séptimo arte; “El hombre tranquilo”. 




Esa colosal película de John Ford haciendo honor a sus raíces irlandesas, con las actuaciones inolvidables de John Wayne, Maureen O´Hara y War Bond (el hermano de O´Hara en la película, y que se enzarza en esa pelea tabernaria con Wayne, hito cinematográfico, descansando para tomarse unas cervezas… y continuar bajo las apuestas de todo el pueblo, incluidos párrocos, policías, el comisario, el médico y su paciente moribundo y todo bicho viviente en kilómetros a la redonda). De las mejores escenas que ha dado nunca el cine.

Quien haya visto la película sabrá a que tipo de humor me refiero con el libro; jovial, revitalizante, sanador, luminoso… como decía un apasionado de este film, José Luis Garci: una de esas películas que te salvan el cuello cuando las cosas van mal. Pues igual que el libro.



La novela, a pesar del tono desenfadado y humorístico, tiene un trasfondo de melancolía, y ello te induce a leer la historia en un estado de serenidad extraño… que podría explicarlo así; la vida no es del todo seria, pero uno se toma muy en serio vivirla. Seguramente no he aclarado nada, pero ahí queda eso.

Otro aspecto a destacar; es una novela exigua en personajes, algo que en no pocas ocasiones agradecemos los lectores en aras de la fluidez narrativa. La señora Makebelieve y su hija, Mary, más un par de secundarios muy atractivos en su desarrollo, el policía que pretende a Mary, un mocetón impresionante (podría ser tipo John Waine) para una muchacha tan frágil e introvertida, y la señora Cafferty, vecina de la señora Makebelieve.

Cafferty, madre incombustible de seis hijos que siempre está al pie del cañón, y hecha una mano a su vecina, señora Makebelieve, cuando las cosas se tuercen, ya sea cuidándola si está enferma, o haciendo las tareas domésticas de su vecina, y eso sin desatender la propia y enorme labor que diariamente afronta ella  con su extensa prole.




La señora Cafferty me ha parecido un personaje encantador, de una personalidad arrolladora, de los que te enamoran por su determinación en mantenerse firme contra viento y marea. 

Y J Stephens transmite con brillantez esa complicidad silenciosa e inmediata que surge entre las mujeres de humilde condición, prestas a arrimar el hombro sin esperar el favor de vuelta. Camadería entre los pobres.

La historia gira en torno a Mary Makebelieve, adolescente cercana a la mayoría de edad, y su madre, la señora Makebelieve. Respecto a la figura del padre, se deduce que abandonó a la señora Makebelieve cuando estaba embarazada, o al poco de nacer Mary, el mutismo sobre él es total en la narración, casi ni se menciona.

Madre e hija viven en una barriada obrera, en donde el vecindario a penas subsiste con lo mínimo para ir tirando.
La señora Makebelieve trabaja por horas haciendo labores domésticas en algunas casas de las zonas residenciales.

Durante las mañanas, cuando Mary se queda sola, ordena las cuatro cosas que tienen en el cuarto, quita algo de mugre, y después sale a pasear por las avenidas y parques dublineses. Así lo quiere su madre, por nada del mundo permitiría, mientras sea posible, que su hija se despelleje las rodillas fregando suelos, ante la mirada soberbia de esas señoras “distinguidas”. La señora Makebelieve cada día lleva peor soportar esos aires de superioridad que se gastan las damas de buena posición.



He comentado la presencia de Dublín, ciudad tan presente y literaria en la obra de Joyce, el carácter urbano de la novela es evidente. Dublín se erige como la otra gran protagonista, al mismo nivel de importancia que las mujeres.

Huelga decir que estamos ante una novela donde las protagonistas indiscutibles son las féminas, y a través de sus avatares nos llega el ritmo vital de una Dublín con semblante de mujer.

Aplaudo que J. Stephens no quiera agobiar al lector con el lado más sombrío de la ciudad, esos barrios obreros ennegrecidos de hollín, de eso nada. También conoceremos, gracias a los paseos solitarios de Mary Makebelieve, el Dublín residencial, el de las animadas avenidas comerciales, cuyas tiendas de moda Mary conoce al dedillo, por no decir los emblemáticos parques de la ciudad, a los que Mary acude con la misma devoción que un feligrés a misa. 

Son todos escenarios reales, de hecho son tan reales que el parque St Stephen's Green, el que más le gusta a Mary, fue marco de una anécdota jugosa; la pelea en la que se enzarzaron James Joyce y otro parroquiano dublinés. Se cuenta que Joyce iba con una cogorza de cierta entidad, pues ya sabemos que el escritor no sabía decir no a un buen lingotazo de whisky, y claro, luego pasaba lo que pasaba… Es un episodio que podéis leer en la socorrida Wikipedia.



J. Stephens despliega su ingeniosa observación sobre cualquier elemento vivo o inerte. Valga este paseo de Mary por el parque St Stephen´s Green y las singulares impresiones que nos deja, ensimismada en la contemplación de la fauna doméstica; pequeños pajarillos, patos, peces, etc:

"(…) se levantaba, hacía la cama y limpiaba el cuarto, y ya salía a pasear por las calles o a sentarse en el parque de Saint Stephen´s Green. Conocía a todas las aves del parque, a las que tenían polluelos, a las que habían tenido polluelos y a las que nunca habían tenido polluelos  -estas últimas solían ser patos macho a los que la razón asistía en una abstinencia que de otro modo podría resultar admirable, pero que no merecían la lástima que Mary les prodigaba ante su infecundidad (…)

Le encantaba mirar a los patitos que nadaban detrás de sus madres (…). La mamá pato nadaba plácidamente junto a su nidada, y en voz baja cloqueaba todo tipo de advertencias, consejos y reproches a los pequeños.

A Mary le parecía que los patitos eran muy listos por ser capaces de nadar tan bien. Les tenía cariño y cuando nadie miraba, cloqueaba como su madre; pero no lo hacía muy a menudo porque no conocía bien el lenguaje de los patos y temía que su cloqueo significase algo malo, lo que llevaría a aconsejar mal a aquellos inocentes, o mandarles hacer lo contrario de lo que su madre les había ordenado.

El puente que cruzaba el gran lago era un lugar fascinante (…). En la sombra, nadaban cientos de anguilas que resultaban asombrosas: algunas eran como finas cintas y otras redondas y rellenas como sogas gruesas. Nunca se las veía luchar, y a pesar de que los patitos eran muy pequeños, las anguilas grandes no los tocaban, ni siquiera cuando se sumergían entre ellas.

Una parte de las anguilas nadaba muy lentamente, mirando a un lado y a otro como si no tuviesen trabajo o acabaran de llegar del campo, y otras pasaban zumbando a gran velocidad. Mary opinaba que estas últimas habían oído el llanto de sus crías; y se preguntaba, cuando un pececito lloraba, ¿podría su madre ver las lágrimas, con tanta agua alrededor?

A continuación (…) regresaba a almorzar a casa. Tomaba el camino de Grafton Street y O´Connell Street. Siempre seguía el lado derecho de las calles cuando iba a casa, y se detenía a mirar todos los escaparates (…); después, cuando ya había almorzado, salía de nuevo y caminaba por la acera izquierda, y así sabía a diario todas las novedades de la ciudad, y podía decirle a su madre por la noche que el vestido negro con encaje español ya no estaba en el escaparate de Manning (…).

Por la noche, su madre y ella iban a alguno de los teatros para ver entrar a la gente y observar los enormes carteles. Cuando llegaban a casa después, cenaban y solían intentar adivinar el argumento de las distintas obras (…), así que generalmente tenían mucho de que hablar antes de irse a la cama. Mary Makebelieve era quien solía hablar más por la noche, pero su madre hablaba más por la mañana."



El final de este libro es de los mejores que recuerdo haber leído nunca. Grandioso. Como decía Garci por ahí arriba: a veces hay algunas películas, libros, que te salvan el cuello.

La mujer de la limpieza nos salva el cuello a todos…

No sé como sería la pelea de Joyce en el parque St Stephen´s Green. Yo prefiero esta, seguro que el bueno de James Stephens hubiese apostado cinco contra uno, da igual a favor de quien…