Pueblo. Azorín (Monóvar, 1873 – Madrid, 1967)
Colección Austral, impreso
en Argentina, 1949. 148 páginas.
Sí, he leído a Azorín, ¿pasa
algo?
Jaja.
Ignoro si el enjuto Azorín se
hubiera extrañado de que alguien comience comentando uno de sus
libros con esa chulería castiza.
La verdad es que sí se habría
extrañado, no del macarrismo, sino de tener un lector, a día de hoy.
Mira por dónde, parece haber
algún ligero repunte de sus obras en el mercado editorial, según compruebo.
Tampoco para lanzar cohetes, sea dicho.
Irrumpo
con esa boutade del principio para ilustrar el desencuentro del lector actual,
no ya con Azorín, sino con tantos coetáneos suyos, sean sus colegas
noventaochentistas u otras figuras del pasado literario español, sin remontarse
mucho en el tiempo.
El
caso es que estas personalidades pretéritas, a tenor de sus escasas apariciones
en los foros literarios (virtuales o no), brillan por su ausencia.
Aunque
conviene hacer un inciso con Azorín. Es verdad que buena parte de la
intelectualidad de su época le afeó el gesto de benevolencia que, ya en su
madurez, mostró con el franquismo… no le perdonaron que el otrora joven de
ideas anarquistas y libertarias, autor de notables e incendiarios artículos
contra los estamentos más conservadores, desplegase una simpatía, puede que
impostada y por ello patética, hacia la dictadura y sus correligionarios.
En
vida del autor disminuyó drásticamente la lectura de sus obras, en cualquier
género que se prodigase. Supongo que por entonces, con las heridas tan
recientes, esa reacción de lectores anónimos y sobre todo de sus colegas (fueron
los que más se alejaron), hasta cierto punto era comprensible.
Pero desde
la distancia que supone leerlo en pleno siglo XXI, es saludable desprenderse de
algunos prejuicios y centrarse en disfrutar su literatura, hacer mutis por el
foro.
Tampoco
comparto el viraje ideológico de Vargas Llosa y, no obstante, me entusiasman
todos sus trabajos. Por cierto, ya que estamos con Llosa, el discurso que
pronunció para su ingreso en la RAE (1996) versaba sobre la figura de… Azorín.
Aquí os dejo un fragmento:
-ELOGIO DE VARGAS LLOSA-
En opinión de Mario Vargas Llosa, que le dedicó su discurso de ingreso en
la RAE —Las discretas ficciones de Azorín— en 1996, «Azorín fue un creador más
audaz y complejo cuando escribía artículos o pequeños ensayos que cuando hacía
novelas».
«La ruta de Don Quijote (1905) es uno de los más hechiceros libros que he
leído. Aunque hubiera sido el único que escribió, él solo bastaría para hacer
de Azorín uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua y el creador de
un género en el que se alían la fantasía y la observación, la crónica de viaje
y la crítica literaria, el diario íntimo y el reportaje periodístico, para
producir, condensada como la luz en una piedra preciosa, una obra de consumada
orfebrería artística», dijo entonces Vargas Llosa.
No es
la primera vez que me encuentro con Azorín, había leído hace bastante tiempo
otra novela suya, “El escritor”, una obra claramente autobiográfica en donde el
protagonista, quien fuera insigne figura literaria, empieza a asumir el olvido
de su obra y su persona, desgranando brillantes reflexiones sobre el sentido de
su oficio y no exentas de cierto nihilismo. Una foto reciente del libro.
Así
que… heme aquí, con este castigado ejemplar de “Pueblo”, como si abrir un libro
de Azorín fuera un desagravio, o desacato a la modernidad, ese gran totem con
sus luces y sus sombras, que siempre parece exigirte una prueba de claudicación
hacia las flamantes novedades, ya sea en la ultimísima serie televisiva, lo
último en prendas de moda, el gadget tecnológico más reciente… o lo último que
causa furor en los escaparates literarios.
No
predico ignorar la novedad literaria, cual dinosaurio, nada de eso. Yo mismo
las he adquirido, anunciadas con toda esa pompa mediática que despliega la
modernidad. Sin problema.
Pero es
bueno que nuestra mente descanse de tanto estímulo novedoso, y serenarse con
aquellas palabras que brotan de lo esencial, precisas porque describían una
realidad no concernida por lo virtual, porque no se perdían en el laberinto de
descifrar la multiplicidad de realidades que engendran hoy las nuevas
tecnologías.
Entonces
abres el libro, “Pueblo”, y Azorín se pone a escribir sobre una silla, que está
en una austera casa labriega, hecha con tosca madera de pino, que tiene cuatro
patas y un respaldo.
Y no
le hace falta más a Azorín, pues de esa simple descripción material,
configurando la imagen humilde de la silla, su prosa sobria, y sin embargo
profunda, te lleva lejísimos de dicho artilugio, haciéndote contemplar el
aposento, no ya desde las afueras de la casa pobre, sino fuera de este mundo,
como si pudiese admirarse el vetusto mueble desde la enormidad rodeada de
estrellas y planetas… pues ahí está otra de sus obsesiones, lo inconmensurable,
la eternidad que envuelve nuestro paso fugaz por la vida.
Y bajo
títulos tan poco pretenciosos como Casita, Costurero, Silla, Resplandor,
Candil, Perro, Gallo, Ferial, Refranes, Cayado, Romero y niebla (…), y alguno
grandilocuente; El mundo, La conciencia (…), su estilo conciso y cristalino
inicia una exploración por el territorio insondable del existir, una visión que
solo se deja entrever para nuestra mirada
actual, confusa de tanto impacto visual.
Desde
esa descripción humilde de los objetos aludidos nos hace viajar hasta lo
esencial, aquello formado por nuestro sedimento vital, cualquiera que sea esa esencia, materia que
compartimos con todo lo que nos rodea.
Quienes
curioseen los estudios sobre su obra,
encontrarán siempre la mención a su escritura elegante, y digo elegante por
sencilla, y una enorme capacidad para observar las cosas, como pone de manifiesto en esta obra breve.
A él
le gusta detenerse en lo nimio, en lo diminuto, en lo que en apariencia parece
intrascendente, en todo lo cotidiano que la mirada suele esquivar… una
toquilla, esa humilde silla de pino, una discreta ventanita por la que asomarse
al campo yermo, un perro cojo, un gallo… y en la descripción elemental,
nada minuciosa, de esas cosas animadas e inanimadas, intenta encontrar y
revelar una significación profunda de la vida en el universo, y del universo
dentro de la vida.
Otro
dato significativo en la biografía de Azorín es su pasión por el cine, hasta el
punto de dejar testimonios como este :
«No
podré decir dónde encuentro mayor goce estético, si en el libro o en la
película. (...) Dicen que el cine es el séptimo arte; yo digo, sin empacho, que
es el primero»
(http://hispanoteca.eu/Literatura)
Una
agradecida lectura, este Pueblo de Azorín, catalogada para mi extrañeza como
novela, pues nada más encarar el libro constato que desestima muchos
elementos típicos del género. No hay una trama al uso, es decir, una historia lineal, así que tampoco la
secuencia ordenada de un inicio, nudo y desenlace. No existen personajes
principales, más allá de los objetos descritos. Cada capítulo corresponde a un
tema independiente del anterior, aunque obviamente existe una conexión sutil
entre todos ellos, en última instancia reflejan la singular y contradictoria
postura de Azorín, como intelectual y hombre de su época.
Esa es
la grandeza de Azorín, el universo, misterioso e inabarcable, puede
contemplarse desde un insignificante ventanuco labriego, incluso en esa tosca e
indefinible pequeñez, frente al espacio, penetra un haz luminoso reflectando viejas telarañas, un rayo cálido que proviene de una remota estrella galáctica, el
Sol.
¿Por
qué habría de preocuparse el Sol realzando con su luz el desolado contorno de
una ventanita labriega, situada a 149 millones de kilómetros del majestuoso
astro?
Azorín
no lo sabe. Nadie lo sabe.
Pero
existe una íntima convicción en el escritor de acercarse más al enigma de todo
lo que acontece fuera indagando en sus propios misterios como humano.
Presiento que tiene una vaga sospecha de hallar en su espíritu alguna respuesta que despeje un poco más el reinante caos exterior, de desentrañar esa entropía universal que hace del desorden el estado natural de las cosas, y que el cerebro ordena mediante una serie de mecanismos tan elementales, y a la par complejos, como el principio de la forma sobre el fondo. Sin esta operación... todo sería flotar en el éter. De facto es así.
Dicho
y hecho, musitaría Azorín asomado en su balcón madrileño, próximo al Congreso
de los Diputados, bajo ese cielo velazqueño que solo contemplan los pintores y
los poetas, más bello cuanto más se le ignora… pues eso, se dice Azorín, una
hoja en blanco y a escribir(se).
El
Mundo
"El
éter; el éter, delgado, sutilísimo, impalpable; el éter que nos figuramos azul
de día; de noche negro, intensamente negro. El éter que llena la inmensidad. En
la inmensidad, un puntito como una
avellana; como un grano de mostaza; como una cabeza de alfiler. (…)
Rodando
por los espacios infinitos. Hacernos la ilusión de que vemos a nuestro planeta
desde lejos; desde una lejanía remotísima; confundido entre millares y millares
de puntitos brillantes. Nosotros, en la noche, sentados no sabemos dónde; por
la inmensidad el puntito refulgente de nuestro mundo. (…)
La
angustia de vivir, nosotros, en esa cabecita de alfiler y estar lejos de ella;
la sensación de tiempo y eternidad a la vez. El puntito del planeta que rueda y
rueda por los espacios inconmensurables, sin que en toda su superficie haya una
preocupación por nosotros, que le contemplamos en la noche, desde lejos,
rodeados de oleadas del eterno éter.” (p. 17)
No predico ignorar la novedad literaria, cual dinosaurio, nada de eso. Yo mismo las he adquirido, anunciadas con toda esa pompa mediática que despliega la modernidad. Sin problema.
Pero es bueno que nuestra mente descanse de tanto estímulo novedoso, y serenarse con aquellas palabras que brotan de lo esencial, precisas porque describían una realidad no concernida por lo virtual, porque no se perdían en el laberinto de descifrar la multiplicidad de realidades que engendran hoy las nuevas tecnologías.
Entonces abres el libro, “Pueblo”, y Azorín se pone a escribir sobre una silla, que está en una austera casa labriega, hecha con tosca madera de pino, que tiene cuatro patas y un respaldo.
Y no le hace falta más a Azorín, pues de esa simple descripción material, configurando la imagen humilde de la silla, su prosa sobria, y sin embargo profunda, te lleva lejísimos de dicho artilugio, haciéndote contemplar el aposento, no ya desde las afueras de la casa pobre, sino fuera de este mundo, como si pudiese admirarse el vetusto mueble desde la enormidad rodeada de estrellas y planetas… pues ahí está otra de sus obsesiones, lo inconmensurable, la eternidad que envuelve nuestro paso fugaz por la vida.
Y bajo títulos tan poco pretenciosos como Casita, Costurero, Silla, Resplandor, Candil, Perro, Gallo, Ferial, Refranes, Cayado, Romero y niebla (…), y alguno grandilocuente; El mundo, La conciencia (…), su estilo conciso y cristalino inicia una exploración por el territorio insondable del existir, una visión que solo se deja entrever para nuestra mirada actual, confusa de tanto impacto visual.
Desde esa descripción humilde de los objetos aludidos nos hace viajar hasta lo esencial, aquello formado por nuestro sedimento vital, cualquiera que sea esa esencia, materia que compartimos con todo lo que nos rodea.
A él le gusta detenerse en lo nimio, en lo diminuto, en lo que en apariencia parece intrascendente, en todo lo cotidiano que la mirada suele esquivar… una toquilla, esa humilde silla de pino, una discreta ventanita por la que asomarse al campo yermo, un perro cojo, un gallo… y en la descripción elemental, nada minuciosa, de esas cosas animadas e inanimadas, intenta encontrar y revelar una significación profunda de la vida en el universo, y del universo dentro de la vida.
Otro dato significativo en la biografía de Azorín es su pasión por el cine, hasta el punto de dejar testimonios como este :
«No podré decir dónde encuentro mayor goce estético, si en el libro o en la película. (...) Dicen que el cine es el séptimo arte; yo digo, sin empacho, que es el primero»
(http://hispanoteca.eu/Literatura)
Una agradecida lectura, este Pueblo de Azorín, catalogada para mi extrañeza como novela, pues nada más encarar el libro constato que desestima muchos elementos típicos del género. No hay una trama al uso, es decir, una historia lineal, así que tampoco la secuencia ordenada de un inicio, nudo y desenlace. No existen personajes principales, más allá de los objetos descritos. Cada capítulo corresponde a un tema independiente del anterior, aunque obviamente existe una conexión sutil entre todos ellos, en última instancia reflejan la singular y contradictoria postura de Azorín, como intelectual y hombre de su época.
Esa es la grandeza de Azorín, el universo, misterioso e inabarcable, puede contemplarse desde un insignificante ventanuco labriego, incluso en esa tosca e indefinible pequeñez, frente al espacio, penetra un haz luminoso reflectando viejas telarañas, un rayo cálido que proviene de una remota estrella galáctica, el Sol.
¿Por qué habría de preocuparse el Sol realzando con su luz el desolado contorno de una ventanita labriega, situada a 149 millones de kilómetros del majestuoso astro?
Azorín no lo sabe. Nadie lo sabe.
Pero existe una íntima convicción en el escritor de acercarse más al enigma de todo lo que acontece fuera indagando en sus propios misterios como humano.
Presiento que tiene una vaga sospecha de
Dicho y hecho, musitaría Azorín asomado en su balcón madrileño, próximo al Congreso de los Diputados, bajo ese cielo velazqueño que solo contemplan los pintores y los poetas, más bello cuanto más se le ignora… pues eso, se dice Azorín, una hoja en blanco y a escribir(se).
El
Mundo
"El éter; el éter, delgado, sutilísimo, impalpable; el éter que nos figuramos azul de día; de noche negro, intensamente negro. El éter que llena la inmensidad. En la inmensidad, un puntito como una avellana; como un grano de mostaza; como una cabeza de alfiler. (…)
Rodando por los espacios infinitos. Hacernos la ilusión de que vemos a nuestro planeta desde lejos; desde una lejanía remotísima; confundido entre millares y millares de puntitos brillantes. Nosotros, en la noche, sentados no sabemos dónde; por la inmensidad el puntito refulgente de nuestro mundo. (…)
La angustia de vivir, nosotros, en esa cabecita de alfiler y estar lejos de ella; la sensación de tiempo y eternidad a la vez. El puntito del planeta que rueda y rueda por los espacios inconmensurables, sin que en toda su superficie haya una preocupación por nosotros, que le contemplamos en la noche, desde lejos, rodeados de oleadas del eterno éter.” (p. 17)




