P. Castillo

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domingo, 10 de junio de 2018


Pueblo. Azorín (Monóvar, 1873 – Madrid, 1967)

Colección Austral, impreso en Argentina, 1949. 148 páginas.



Sí, he leído a Azorín, ¿pasa algo?

Jaja.

Ignoro si el enjuto Azorín se hubiera extrañado de que alguien comience comentando uno de sus libros con esa chulería castiza.

La verdad es que sí se habría extrañado, no del macarrismo, sino de tener un lector, a día de hoy.





Mira por dónde, parece haber algún ligero repunte de sus obras en el mercado editorial, según compruebo. Tampoco para lanzar cohetes, sea dicho.


Irrumpo con esa boutade del principio para ilustrar el desencuentro del lector actual, no ya con Azorín, sino con tantos coetáneos suyos, sean sus colegas noventaochentistas u otras figuras del pasado literario español, sin remontarse mucho en el tiempo. 

El caso es que estas personalidades pretéritas, a tenor de sus escasas apariciones en los foros literarios (virtuales o no), brillan por su ausencia.




Aunque conviene hacer un inciso con Azorín. Es verdad que buena parte de la intelectualidad de su época le afeó el gesto de benevolencia que, ya en su madurez, mostró con el franquismo… no le perdonaron que el otrora joven de ideas anarquistas y libertarias, autor de notables e incendiarios artículos contra los estamentos más conservadores, desplegase una simpatía, puede que impostada y por ello patética, hacia la dictadura y sus correligionarios.

En vida del autor disminuyó drásticamente la lectura de sus obras, en cualquier género que se prodigase. Supongo que por entonces, con las heridas tan recientes, esa reacción de lectores anónimos y sobre todo de sus colegas (fueron los que más se alejaron), hasta cierto punto era comprensible.

Pero desde la distancia que supone leerlo en pleno siglo XXI, es saludable desprenderse de algunos prejuicios y centrarse en disfrutar su literatura, hacer mutis por el foro.




Tampoco comparto el viraje ideológico de Vargas Llosa y, no obstante, me entusiasman todos sus trabajos. Por cierto, ya que estamos con Llosa, el discurso que pronunció para su ingreso en la RAE (1996) versaba sobre la figura de… Azorín.

Aquí os dejo un fragmento:

-ELOGIO DE VARGAS LLOSA-

En opinión de Mario Vargas Llosa, que le dedicó su discurso de ingreso en la RAE —Las discretas ficciones de Azorín— en 1996, «Azorín fue un creador más audaz y complejo cuando escribía artículos o pequeños ensayos que cuando hacía novelas».

«La ruta de Don Quijote (1905) es uno de los más hechiceros libros que he leído. Aunque hubiera sido el único que escribió, él solo bastaría para hacer de Azorín uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua y el creador de un género en el que se alían la fantasía y la observación, la crónica de viaje y la crítica literaria, el diario íntimo y el reportaje periodístico, para producir, condensada como la luz en una piedra preciosa, una obra de consumada orfebrería artística», dijo entonces Vargas Llosa.



No es la primera vez que me encuentro con Azorín, había leído hace bastante tiempo otra novela suya, “El escritor”, una obra claramente autobiográfica en donde el protagonista, quien fuera insigne figura literaria, empieza a asumir el olvido de su obra y su persona, desgranando brillantes reflexiones sobre el sentido de su oficio y no exentas de cierto nihilismo. Una foto reciente del libro.




Así que… heme aquí, con este castigado ejemplar de “Pueblo”, como si abrir un libro de Azorín fuera un desagravio, o desacato a la modernidad, ese gran totem con sus luces y sus sombras, que siempre parece exigirte una prueba de claudicación hacia las flamantes novedades, ya sea en la ultimísima serie televisiva, lo último en prendas de moda, el gadget tecnológico más reciente… o lo último que causa furor en los escaparates literarios.


No predico ignorar la novedad literaria, cual dinosaurio, nada de eso. Yo mismo las he adquirido, anunciadas con toda esa pompa mediática que despliega la modernidad. Sin problema.

Pero es bueno que nuestra mente descanse de tanto estímulo novedoso, y serenarse con aquellas palabras que brotan de lo esencial, precisas porque describían una realidad no concernida por lo virtual, porque no se perdían en el laberinto de descifrar la multiplicidad de realidades que engendran hoy las nuevas tecnologías.




Entonces abres el libro, “Pueblo”, y Azorín se pone a escribir sobre una silla, que está en una austera casa labriega, hecha con tosca madera de pino, que tiene cuatro patas y un respaldo.

Y no le hace falta más a Azorín, pues de esa simple descripción material, configurando la imagen humilde de la silla, su prosa sobria, y sin embargo profunda, te lleva lejísimos de dicho artilugio, haciéndote contemplar el aposento, no ya desde las afueras de la casa pobre, sino fuera de este mundo, como si pudiese admirarse el vetusto mueble desde la enormidad rodeada de estrellas y planetas… pues ahí está otra de sus obsesiones, lo inconmensurable, la eternidad que envuelve nuestro paso fugaz por la vida.

Y bajo títulos tan poco pretenciosos como Casita, Costurero, Silla, Resplandor, Candil, Perro, Gallo, Ferial, Refranes, Cayado, Romero y niebla (…), y alguno grandilocuente; El mundo, La conciencia (…), su estilo conciso y cristalino inicia una exploración por el territorio insondable del existir, una visión que solo se deja  entrever para nuestra mirada actual, confusa de tanto impacto visual.





Desde esa descripción humilde de los objetos aludidos nos hace viajar hasta lo esencial, aquello formado por nuestro sedimento vital, cualquiera que sea esa esencia, materia que compartimos con todo lo que nos rodea.

Quienes curioseen  los estudios sobre su obra, encontrarán siempre la mención a su escritura elegante, y digo elegante por sencilla, y una enorme capacidad para observar las cosas,  como pone de manifiesto en esta obra breve. 




A él le gusta detenerse en lo nimio, en lo diminuto, en lo que en apariencia parece intrascendente, en todo lo cotidiano que la mirada suele esquivar… una toquilla, esa humilde silla de pino, una discreta ventanita por la que asomarse al campo yermo, un perro cojo, un gallo… y en la descripción elemental, nada minuciosa, de esas cosas animadas e inanimadas, intenta encontrar y revelar una significación profunda de la vida en el universo, y del universo dentro de la vida.



Otro dato significativo en la biografía de Azorín es su pasión por el cine, hasta el punto de dejar testimonios como este :

«No podré decir dónde encuentro mayor goce estético, si en el libro o en la película. (...) Dicen que el cine es el séptimo arte; yo digo, sin empacho, que es el primero»

(http://hispanoteca.eu/Literatura)

Una agradecida lectura, este Pueblo de Azorín, catalogada para mi extrañeza como novela, pues nada más encarar el libro constato que desestima muchos elementos típicos del género. No hay una trama al uso, es decir, una historia lineal, así que tampoco la secuencia ordenada de un inicio, nudo y desenlace. No existen personajes principales, más allá de los objetos descritos. Cada capítulo corresponde a un tema independiente del anterior, aunque obviamente existe una conexión sutil entre todos ellos, en última instancia reflejan la singular y contradictoria postura de Azorín, como intelectual y hombre de su época.


Esa es la grandeza de Azorín, el universo, misterioso e inabarcable, puede contemplarse desde un insignificante ventanuco labriego, incluso en esa tosca e indefinible pequeñez, frente al espacio, penetra un haz luminoso reflectando viejas telarañas, un rayo cálido que proviene de una remota estrella galáctica, el Sol.




¿Por qué habría de preocuparse el Sol realzando con su luz el desolado contorno de una ventanita labriega, situada a 149 millones de kilómetros del majestuoso astro?

Azorín no lo sabe. Nadie lo sabe.

Pero existe una íntima convicción en el escritor de acercarse más al enigma de todo lo que acontece fuera indagando en sus propios misterios como humano. 

Presiento que tiene una vaga sospecha de hallar en su espíritu alguna respuesta que despeje un poco más el reinante caos exterior, de desentrañar esa entropía universal que hace del desorden el estado natural de las cosas, y que el cerebro ordena mediante una serie de mecanismos tan elementales, y a la par complejos, como el principio de la forma sobre el fondo. Sin esta operación... todo sería flotar en el éter. De facto es así.




Dicho y hecho, musitaría Azorín asomado en su balcón madrileño, próximo al Congreso de los Diputados, bajo ese cielo velazqueño que solo contemplan los pintores y los poetas, más bello cuanto más se le ignora… pues eso, se dice Azorín, una hoja en blanco y a escribir(se).





El Mundo

"El éter; el éter, delgado, sutilísimo, impalpable; el éter que nos figuramos azul de día; de noche negro, intensamente negro. El éter que llena la inmensidad. En la inmensidad,  un puntito como una avellana; como un grano de mostaza; como una cabeza de alfiler. (…)



Rodando por los espacios infinitos. Hacernos la ilusión de que vemos a nuestro planeta desde lejos; desde una lejanía remotísima; confundido entre millares y millares de puntitos brillantes. Nosotros, en la noche, sentados no sabemos dónde; por la inmensidad el puntito refulgente de nuestro mundo. (…)

La angustia de vivir, nosotros, en esa cabecita de alfiler y estar lejos de ella; la sensación de tiempo y eternidad a la vez. El puntito del planeta que rueda y rueda por los espacios inconmensurables, sin que en toda su superficie haya una preocupación por nosotros, que le contemplamos en la noche, desde lejos, rodeados de oleadas del eterno éter.” (p. 17)






miércoles, 30 de mayo de 2018


El viajero bajo el resplandor de la luna. Antal Szerb (Hungría, 1902-1944)

Ediciones del Bronce, 1ª edición año 2000. Traducción de Judit Xantus. Ilustración de la cubierta por G. Vicente para la revista Hojas Selectas (1921), 240 páginas






Un gran libro leído en un pésimo momento.

He entrado y salido de esta novela infinidad de veces por diversos motivos extraliterarios, provocando que la sintonía con la novela tuviera grandes altibajos. Sin embargo se ha impuesto la lógica, un libro brillante acaba venciendo cualquier resistencia, afortunadamente.

Por anteriores experiencias lectoras, podría decir que la prosa de los autores centroeuropeos destila una elegancia innata, incluso puede que más contenida en sus escarceos sentimentales, en relación a sus homólogos meridionales. También es una escritura sobre la que a menudo parece posarse un velo de pesadumbre, de angustia existencial. 



Elegancia estilística y cierto pesimismo vital se ensamblan perfectamente en la obra de grandes escritores centroeuropeos, como el que nos ocupa, sin olvidar a Kafka, Zweig, Elias Canetti o Milan Kundera, por citar algunos autores de dicha geografía que he leído, y siempre encuentro en ellos  esa dimensión metafísica sobre el sentido de la vida, tanto es así que a veces tengo la impresión de que se entregaban a tales pensamientos de manera obsesiva.

Aunque señalo todo lo anterior con cierta prudencia, cuidándome del estereotipo, pero algo de eso hay, sin duda.


A decir verdad, no parecían faltarles razones. 


Baste señalar el trágico final de Antal Szerb, miembro de una familia judía convertida al catolicismo, el escritor siempre estuvo en el punto de mira de los antisemitas, era consciente del peligro que corría en Hungría, fue un intelectual, de los más brillantes que tuvo el país en el s. XX, muy comprometido con la realidad social húngara. 

Rehusó marcharse pese a las amenazas y acabó deportado a un campo de concentración. Allí fue apaleado hasta la muerte.



Fotos de Antal Szerb. http://konyves.blog.hu


El viajero bajo el resplandor de la luna… por favor, ¡qué titulazo! 

Foto, Paco Castillo

Qué poderío pueden tener unas pocas palabras para desear con vehemencia adentrarte en las páginas de un libro, de explorar ese territorio, inicialmente virgen, que configura su trama, luego la exploración podrá ser más o menos afortunada, pero ese canto de sirena oculto bajo el título es irresistible y sucumbes.




La huida de sí mismo, fugarse de una existencia preescrita y escapar hacia la vida que uno anhela íntimamente, es un tema literario recurrente. La originalidad que en ese sentido pueda aportar la novela de Szerb, es lo que pretendo esclarecer a continuación.


Veamos primero la sinopsis de contraportada:


“Mihály, vástago inadaptado de una familia burguesa de Budapest, a sus treinta y seis años llega a Italia en luna de miel. Casi sin querer, abandona a su flamante esposa en una estación de ferrocarril y comienza un itinerario, tan disparatado como onírico, haciendo resurgir en su memoria la nostalgia y la rebeldía de una juventud perdida, feliz y dolorosa, que tratará de conjurar con la intuición de una vida más intensa y secreta. 
El entusiasmo por la belleza y el fervor del deseo, matizado por un cierto escepticismo refinado e irónico, caracterizan a un héroe siempre desplazado que combina la sutileza de un bromista inteligente con la ternura de un poeta que se está descubriendo así mismo. Se trata de una novela de aventuras, de amor, de viajes por la Europa de entreguerras, en la que late la pasión por el conocimiento, y que indaga las claves que revelan el misterio del mundo y de cada ser humano.”

Los primeros pasajes de la novela transcurren con laxitud, como si adoleciese de cierta tensión narrativa. Sin embargo, Szerb ha dosificado sabiamente el ritmo, y todo se aboca hacia un final con una fuerte carga emocional, la historia va creciendo en intensidad como una bola de nieve que termina arrasándote.

El viaje va discurriendo según lo previsto para este matrimonio húngaro. Mihály y su mujer, Erzsi, algo más joven, muy culta, con una admirable erudición en disciplinas como la historia y el arte. Posee una elegancia natural que la confiere un notable atractivo, pero ambos estiman mucho la discreción.


Mihály, aunque hombre instruido también, no tiene unos conocimientos tan amplios como ella, circunstancia que no le incomoda, al contrario, mientras su mujer le va describiendo las obras de arte en su periplo por Italia, él disfruta observando todo ese esplendor sin someterlo al escrutinio intelectual que su esposa le sirve en bandeja, simplemente se deleita mirando a su alrededor sin el absorbente trabajo de conceptualizar nada.

En las primeras páginas ya constato una evidencia, no tiene que ver tanto con la trama, aunque también, como con el escritor; Szerb ha tenido que viajar con detenimiento por Italia, conoce profundamente su historia, su arte, su arquitectura, y denota su admiración en esos pasajes… por aquí van desfilando escenarios tan esplendorosos para una novela como Roma, Venecia, Florencia, Perugia, Bolonia Trieste, Siena, etc.


Por tanto, el carácter más psicológico de la narración, que brota de las magníficas conversaciones entre Mihály y su esposa, o las que él mantiene con los peculiares personajes que va encontrando en esa suerte de extravío físico y existencial de un lugar a otro,  tiene como marco privilegiado la descripción de bellos enclaves en Venecia, Florencia, Roma… esto supone un contrapeso ideal resuelto magníficamente por Szerb.


En el ambiente distendido de las piazzas, acomodados en las terrazas de los cafés, conversa el matrimonio. Mihály irá revelando a Erzsi ciertos episodios de su infancia, de su “turbia” adolescencia, sobre todo de sus peculiares amistadas juveniles, amigos que dejarán una huella profunda en su carácter. 

Destacan los hermanos Ulpius, Eva y Tanos Ulpius. Tanos, siempre rondando con el acto del suicidio en su mente. Lo paradigmático del asunto es que Tanos  no tanteaba esta posibilidad por hastío existencial o depresión, nada de eso, solo le provocaba placer sentir en sus manos el poder de inmolarse, poner fin a sus días al servicio de un gran ideal… ¿Cuál? ¿La belleza de la juventud? ¿morir hermoso e incólume? Ni él mismo lo sabía. Sus sermones mortuorios a Mihály tenían un efecto seductor sobre él, y su voluntad no pocas veces estaba apunto de anularse ante el carisma del amigo suicida.

Eva, la enigmática, bella e inadaptada Eva, será el amor nunca confesado, ni siquiera a ella, de Mihály.


Atrás quedan esos tiempos. Mihály es un tipo peculiar, nada más recalar en Italia, no pierde la ocasión de deambular solitario por las calles durante horas, sin desear la compañía de su atractiva esposa. Es por ello que Erzsi le invita a conversar relajadamente en los cafés, quiere sonsacarle algún misterio o trauma pasado que pudiera aclarar el incomprensible proceder, teniendo en cuenta que son recién casados. Mihály  se presta a conversar con ella sin perturbarse, sosegadamente va hablando de esto, de aquello, etc, etc. Ese carácter algo pusilánime de Mihály llega a exasperar a Erzsi, desubicada con la actitud de su esposo.

Sin embargo, un hecho repentino, fruto del caprichoso azar, supondrá un punto de inflexión en la novela.


En un transbordo que hacen en Florencia para cambiar de tren y proseguir viaje a Roma, Mihály se despista y toma por equivocación otro tren con dirección opuesta, hacia Perugia… pensando que simplemente se ha introducido en el vagón de cola, se entretiene mirando el paisaje, hasta que cansado se sienta en el primer aposento que ve, y el sueño lo atrapa. Despertará llegando a la ciudad equivocada.




Sale del tren y camina unos pasos sin saber a donde. Después del estupor inicial ante la confusión y a medida que la calma va tomando el relevo… se pregunta a sí mismo; ¿volver a tomar el tren hacia Roma y reencontrarme con mi esposa?

Está bien, pero… ¿deseo hacerlo?

¿Realmente estoy en la ciudad equivocada?

¿Y si la equivocación era estar en la ciudad pactada, siguiendo el itinerario fijado, con la persona prevista?

¿Y si todo eso es lo ficticio, y este extravío, aunque no deliberado, se ajusta a la verdad íntima que llevo incubando tantos años?

La respuesta es… que no vuelve.
No regresa a todo lo que estaba pactado.


A partir de aquí empieza un peregrinaje de lo más caótico, irá de un pueblo a otro, sin rumbo fijo, sin hoja de ruta, hasta que se le vaya agotando su dinero, y casi su lucidez. 

"Caminaba por los montes. Vagaba entre pequeños pueblos de montaña, cuyos habitantes se comportaban de manera tranquilizadora: no le perseguían. Le aceptaban como a un turista loco. Sin embargo, si un ciudadano cualquiera le hubiese visto al tercer o cuarto día de su huida, no le habría tomado por turista, simplemente por loco. No se afeitaba, no se lavaba, no se quitaba la ropa para dormir, huía sin parar. En su interior, también se había mezclado todo de una manera caótica, allí, entre las líneas bien definidas y austeras de aquellos montes crueles, entre aquella soledad, en aquel abandono más allá de lo humano. No había en su mente ningún propósito, ni el más mínimo resquicio de ello, solamente sabía que no había marcha atrás. (…)


Los médicos constataron, más adelante, que la fiebre nerviosa se debía al agotamiento. No era de extrañar: Mihály se había estado agotando sin parar durante quince años. Se estuvo agotando por intentar ser otra cosa distinta de lo  que en realidad era, por esforzarse en vivir como se debía y como otros esperaban de él, en vez de vivir como él deseaba. Su último y más heroico esfuerzo había sido su matrimonio." (p.77)




Pero la excitación por haberse liberado de muchas imposiciones le mantiene en el camino.


Encontrará a personajes singulares. Mihály refleja en el semblante esa despreocupación por su suerte, errante al más puro estilo bohemio, que le hace parecer seductor y carismático a quienes se encuentra, aunque a él le trae sin cuidado presentarse como una especie de saltimbanqui encantador… 

Está siempre ensimismado, desorientado tratando de bregar con sus cuitas internas, sobre todo convencerse así mismo de que nunca deseó su matrimonio, pese a ser Erszy una mujer admirable, anhelada por todos los hombres, ni tampoco trabajar en los negocios de su padre, como sí lo hacen el resto de hermanos… ni siquiera está seguro de querer regresar a un lugar como Budapest, duda que se acrecienta cuando pasea meditabundo por la hermosísimas ciudades italianas, o  pequeñas poblaciones, que le salen al paso.

Me llama mucho la atención que Szerb, apoyado en su personaje Mihály, no pierda ocasión de establecer un agravio comparativo entre Budapest, también Hungría, y las deslumbrantes ciudades italianas, su vitalidad mediterránea, su luz intensa y el carácter sencillo y abierto de sus gentes… en contraposición todo se torna oscuridad para Budapest y Hungría en tal careo literario. Al carácter amistoso de los italianos opone la naturaleza sombría y esa concepción de la vida profundamente metafísica de los húngaros. Mihály quire dejarse llevar por el viento, que el vino italiano transforme la melancolía de existir y las disquisiciones ante el mañana… por vivir simplemente, aquí y ahora.


Toda la historia será un épico combate de  Mihály con sus demonios, caminando sin destino señalado, como ese antihéroe romántico que es, convertido en un adefesio que avanza secretamente guiado hacia la belleza, ya se manifieste en alguna mujer viajera solitaria como él, amante del arte y del vino, en alguna antigua leyenda veneciana, en una oculta arquitectura colonizada por la hiedra, en una escultura, o pintura, u obra literaria que vaya rememorando por el simpar trayecto que traza de manera tan hilarante.


“Siena era la más bella de todas las ciudades italianas que Mihály había visitado. Era más bella que Venecia, más bella que la noble Florencia, y más bella que la dulce Bolonia, llena de pórticos. Quizás en parte le pareciese más bella que las demás ciudades porque no estaba con Erzsi, porque ya no estaba cumpliendo con la parte oficial de su viaje (…), y había llegado a esta ciudad por casualidad (p. 98).”


Al final solo queda vivir como todos tienen que vivir… o seguir soñando una vida como nadie la vive.




Memorable mensaje nos lega Szerb y su “Mihály” al concluir que, por supuesto, no desvelaré, como tampoco se desvela la vida, solo se vive… ¿no?



Fotos Paco Castillo


jueves, 24 de mayo de 2018


Diversos asuntos extraliterarios hacen que tenga que desconectar una y otra vez del libro que tengo entre manos, con tanta interrupción os dejaré con un breve texto que publiqué en un antiguo blog, hacia finales del 2005 o principios del 2006, creo recordar, y ahora lo rescato, tal cual lo escribí, para vosotros.

Estas lineas son un breve retazo de sensaciones a raíz de un viaje que hice en solitario a Nueva York… llegué nada menos que un 11 de septiembre, siniestra fecha en la historia reciente, del año 2004, se conmemoraba el tercer aniversario del trágico suceso. No fui por tal motivo, simplemente coincidió así. 

Durante algo más de dos semanas deambulé sin itinerario previsto por la ciudad de los rascacielos, y alguna escapada a New Jersey. 

Nada más llegar España, fui directo a un pequeñísimo pueblo de la Alcarria, en Guadalajara… ¿os imagináis el contraste?


Canciones sobre Nueva York hay varias, os dejo con una más o menos moderna , Empire State of mind, cantada por la deslumbrante voz de una neoyorquina de pura cepa, nacida en Manhattan,  Alicia Keys. 

Una ambientación ideal para estas líneas. Y unas poquitas fotos de mi autoría.








No hay cucos en Nueva York…


Nueva York, foto Paco Castillo 


Recién llegado de la metrópoli por excelencia... New York City, que dirían los neoyorquinos, viví una experiencia extraña, al día siguiente ya en España, aún con la inercia viajera, me fui directo a un pequeño, muy pequeño, pueblecito de Guadalajara llamado Pajares, en plena Alcarria. Ahí tiene mi padre una acogedora casita, este pueblo está arropado por un valle y rodeado de suaves montañas.

Caminando por un sendero que sale de la parte norte del pueblo se asciende hasta lo alto del valle, en donde los escasos vecinos tienen construidas una especie de cuevas-bodega pegadas a la ladera. De tal modo que llegas, vas a tu cueva-bodega-cabaña y te puedes sentar tranquilamente en tu sillita de madera, en el porche, y contemplar relajado el valle, los viñedos diminutos allá abajo... eso fue exactamente lo que hice.

Qué extraña sensación, hacía apenas unas horas, yo estaba atrapado en la vorágine de la “Big Apple”, perdido en una marea humana, deambulando de Broadway Avenue a Madison Avenue, pasando por Columbus Av. para llegar a mi morada en el 103 de Amsterdam Av. muy cerca ya del Harlem... y esta cercanía al célebre distrito, con resonancias de música góspel en cada esquina, se hacía notar, vaya que sí. 

Estaba rodeado de áreas populares, lejos de la sofisticación del centro financiero de Manhattan, en medio de esos barrios populosos, todos con sus canchas de baloncesto y grupos de jóvenes, la mayoría negros, jugando sus partidillos y gesticulando cosas en la jerga ininteligible que se gastan, era idéntico a las películas... jamás me he sentido más pequeño que paseando junto a esos tíos... descomunales y altísimos, como los propios rascacielos, verdaderamente me sentí una hormiguita al lado de esas moles musculosas de dos metros.

Y de repente ahí estoy yo sentado en lo alto del valle, rodeado de un silencio casi absoluto sino fuera por el sonido acompasado, aunque débil, de un cuco escondido en la lejanía del valle... cucu... cucu... y ahí estaba, ubicando de nuevo la perspectiva horizontal, después de unas semanas viviendo en un mundo vertical, aprisionado entre enormes rascacielos, ahogado sin la sensación de plenitud y libertad que te proporciona la visión de un horizonte nítido e inabarcable.

Estar ahí en lo alto del valle alcarreño, sentado al borde de la cabañita, admirar el horizonte… qué maravillosa sensación.



Pedanía de Pajares, valle de la Alcarria, Guadalajara. Paco Castillo


6000 kms separan los cantos del cuco de las sirenas de los bomberos y la policía de Nueva York. El canto del cuco se oía débil y sin embargo inundaba todo el valle, de hecho llenaba todo el espacio que abarcaba mi vista, lo escucho, lo siento...

Los ruidos de sirenas en NY son mucho más potentes…. pero nadie los oye.

NY engulle, como si de un agujero negro se tratase,  el gigantesco barullo, el cerebro registra miles de sonidos y estridencias en instantes tan fugaces como el parpadeo de los ojos. El tiempo siempre muere nada más nacer, pero en la gran metrópoli esa percepción es, si cabe, más efímera. Allí, en un escenario tan colosal que parece un desafío a la finitud,  todo está condenado a la fugacidad.

Estoy solo ahí arriba, sentado en la sillita de madera contemplando el valle y los viñedos, y el precioso zorro que merodea cauteloso en busca de algún bocado. El tiempo no existe en esta quietud y el canto del cuco queda atrapado en momento eterno... cucu... cucu...



Cerca de casa, en la Alcarria. Paco Castillo


Es curioso, escuchando la llamada lejana del cuco flotando en el  silencio, no tengo la impresión de estar solo.

Hace unas horas estaba deambulando por las inmensas avenidas neoyorquinas entre miles de seres... me sentía solo. De hecho eso es lo que fuí a buscar a un sitio como Nueva York, sentir la soledad rodeado de millones de personas.



Volveré a Nueva York... la vida es algo muy extraño.



Nueva YorK, alguien caminando. Foto Paco Castillo