P. Castillo

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miércoles, 16 de septiembre de 2015

La acompañante. Nina Berberova, (San Petersburgo, Rusia, 1901 – Filadelfia, Estados Unidos, 1993)

Libro. Editorial Seix Barral, 1987. Traducción del francés por Enrique Sordo y Carolina Rosés. 190 páginas. Cubierta: “retrato de Nadejda Jdanovich al piano”, de Pavel Fedotov.






La acompañante.

Es un libro con dos relatos independientes pero que tienen escenarios en común, San Petersburgo y París. La primera por ser la ciudad natal de la escritora, la segunda por haber residido ahí varios años. 
Las mujeres que vertebran estas historias tienen un denominador común : el efecto devastador de una época sobre sus vidas.

Estamos frente a un primer relato carente de sutilezas y alardes estéticos, los pasajes descriptivos son concisos y elocuentes pero es una escritura que se ajusta como un guante a la anodina protagonista.

La escritora rusa Nina Berberova utiliza un lenguaje parco, que no pobre.
Y la verdad es que necesita muy poco para dar relieve a una vida, la del personaje, que solo quiere recluirse en su propia miseria.

Tal vez haya echado en falta más recorrido psicológico en el personaje antagonista, Maria (aparece sin acento por la acepción rusa), pero reconozco que aislar a Sonetchka de los demás personajes, el que éstos sean, en cierto modo, “fronterizos” acentúa la devastación anímica que infringe la soledad en la joven, una persona que tiene la insana tendencia de regodearse en su insignificancia, según la consideración que tiene de sí misma, de sentirse despreciable e invisible ante los demás.

La causa de su nula autoestima, de su falta de pundonor para asumir con dignidad su presencia en el mundo, hay que buscarla, como es habitual, en la infancia.
Criada junto a su madre, la ausencia del padre las avocará a una humillante subsistencia. La madre, profesora de piano, a duras penas logra obtener un dinero con sus escasísimos alumnos particulares que les permita llevar una vida digna. Todo ello bajo la angustia que supone vivir en una ciudad, San Petersburgo, acosada por la incertidumbre de la incipiente Revolución Rusa, en 1917.

El hecho de que Sonetchka se vea como una hija ilegítima, el considerarse una muchacha fea y vulgar, comprobar que el sentimiento que despierta en otros es la compasión, cuando no la indiferencia, sembrará en su corazón un lacerante resentimiento hacia las personas que hayan sido agraciadas en la vida, a saber, con la belleza, el dinero, la fama y admiración del resto, etc.

Con ese pesado lastre llega a la juventud, conviviendo silenciosamente con el estigma de ilegítima que tan devastador resulta para su alma. La vergüenza es el tamiz por el que va diluyéndose su vida y la de su madre:   

No sé cómo llegó aquello, pero ella me contó que mi padre era un antiguo alumno de mamá que, por entonces, sólo tenía diecinueve años. Y mamá no había amado a nadie antes que a él.
(…) Sentía piedad de ella, tanta piedad que tenía ganas de acostarme y de llorar, y de no levantarme hasta que toda mi alma se vaciase en sollozos. Sentía que perdía la cabeza cuando pensaba en el autor del ultraje: si hubiese venido, (…) le habría sacado los ojos, le habría mordido la cara. Pero, además de esto, sentía vergüenza. Comprendí que mamá era mi vergüenza, lo mismo que yo era la suya. Y que toda nuestra vida era una irreparable vergüenza (p. 12).

Gracias a los contactos de un alumno su madre, logra ser contratada como pianista acompañante de una soprano que goza de cierto prestigio.
Maria Nikolaevna, la soprano, es diez años mayor que Sonetchka y posee todos los atributos que la convierten en odiosa a ojos de la joven. Es una artista cuyo talento le hace merecedora del aplauso,  es una mujer inteligente y hermosa, codiciada por los hombres y admirada sin distinción de géneros. Es, en suma, una mujer triunfadora.

Para colmo, y esta dimensión del personaje me parece un gran acierto de la escritora, Maria Nikolaevna es una persona atenta y considerada con Sonetchka, que alaba y reconoce su talento como pianista, siempre tiene una palabra amable para ella. El trato cariñoso que la dispensa hace que Sonetchka la vea aún más cerca de la perfección, eso acrecienta el rechazo. En la medida que asiste a la perfección de Maria, Sonetchka se hunde en el fango de sus imperfecciones. Su semblante adquiere una patética mueca de felicidad al imaginarse algún sufrimiento de María, o pergeñar furibundas ideas que puedan arrasar la bienaventuranza de su mentora, minutos después el sentimiento de culpa la sume en una profunda melancolía, la admiración y el rechazo se entremezclan continuamente.

En este primer relato se hace uso de la analepsis (o flashback), y está narrado en primera persona por nuestra insegura protagonista.
Asistimos al devenir de su vida junto a la exitosa soprano. Una historia en la que, aparentemente, nada extraordinario sucede más allá de lo que se gesta en la cabeza de Sonetchka. Pero ocurren cosas, claro.
Se instalan en París donde ofrecen a Maria un gran contrato. Atrás queda la inestable atmósfera revolucionaria de San Petersburgo y la nieve grisácea que parece ir cubriendo, poco a poco, el recuerdo de una madre, cuya miseria la va arrinconando tanto como la indiferencia de su hija.

¿Hay alguna relación amorosa? Por supuesto. ¿Cabe imaginar a la bellísima San Petersburgo y a la romántica París ajenas al amor? Imposible. La presencia de dos hombres, el marido de Maria y el amante de ésta, del que apenas conocemos su existencia por el distanciamiento  forzado que han sufrido ambos en los últimos años, determinará los giros que sufra la historia.

Sonetchka, que tuvo un encuentro fugaz con el misterioso amante, André Grigorievich Ber, en San Petersburgo, ya que éste le entregó una carta para María, nos desvela su alma atormentada:

Ámerica, Milán, era todo aquello a lo que Maria Nikolaevna aspiraba en Rusia, y ahora renunciaba a ello por amor. Quería permanecer al lado del hombre que amaba y que había venido en pos de ella a París. Estar juntos. Ni mi madre ni yo habíamos estado nunca juntas con nadie. Y ella despreciaba la gloria por unas citas breves y secretas. ¿Quién era aquel Ber?
Yo no tenía respuesta (…) Por el momento, solo sabía una cosa: que había descubierto el punto débil de Maria Nikolaevna, sabía el lado por el cual podría herirla. ¿pero por qué? Pues porque ella era única, y parecidas a mí había millares; porque los vestidos que tanto la habían embellecido y que luego arreglaba para mí no me sentaban bien; porque ella no sabía lo que eran la  vergüenza y la miseria; porque ella amaba, y yo ni comprendía siquiera lo que era eso (p.75)

En este fragmento Sonetchka asiste al encuentro entre Maria y su amante en un café, ellos no saben de su presencia, unas pocas palabras condensan su infinita soledad:

No se oía nada, llovía detrás de los cristales. Esa hora tan peculiar de París en que, a principios del mes de febrero, no es ni de día ni de noche y parece que el tiempo transcurre más lentamente y que la ciudad está más triste.
…María Nikolaevna se sentó a su lado y les sirvieron algo. (…)
Él tomó sus dos manos, le quitó los guantes y la besó prolongadamente.
(…) Afuera era totalmente de noche.
Yo salí anonadada. No tenía a nadie en el mundo con quien poder llorar. No tenía a nadie en el mundo… (p.88).



                                    Nina Berberova


En cualquier caso que nadie busque un relato trepidante, porque el ritmo lo marca la melancolía de quien se siente olvidada por el mundo. Si hubiera que poner una música de fondo para acompañar a la escritura en su languidez podría ser Nocturnes de Chopin (cuyo nombre aparece en el libro).

Desde el decadente ambiente ruso del principio hasta la animosa París de los bistrós en el final, la escritora narra un viaje que termina donde empezó, en el vacío de la soledad.

Una lectura muy interesante aunque la antagonista, decía al principio del escrito, ha jugado, en mi opinión, un papel demasiado plano, no me hubiese importado encontrar mayor calado personal en ella por la posibilidad de una atractiva confrontación psicológica.
Pues bien, ahora me desdigo, esta impresión que tuve en los primeros momentos al acabar el libro, me veo obligado a sopesarla tras el reposo necesario que procede con toda lectura. ¿Hubiese permitido mi “exigencia” mostrar la desolación de Sonetchka con el patetismo que me ha transmitido? Me parece que no.

Claro… Supongo que desarrollar esa confrontación equivale a otorgar una “visibilidad” a Sonetchka que no corresponde al perfil que deseaba Nina Berberova. Qué complejo puede ser escribir y, aún más, intentar comprender a quien escribe.

El lacayo y la puta.






Nina Berberova construye un relato absolutamente devastador. La vida de Tania, una historia de degradación personal que te arrastra en picado hacia el abismo, cuando el peso de la existencia se convierte en una carga miserable con la que has de arrastrar la poca dignidad que aún no te ha arrebatado la vida.

Tania, hija de unos funcionarios petersburgueses, vive junto a sus hermanas en un entorno sin dificultades económicas, una familia de clase media, bien avenida y relacionada.
Pero Tania es una mujer cuya ambición o delirios de alta alcurnia le hacen contemplar un futuro alejado del tedioso provincianismo que, para ella, supone lo que la rodea.

No tendrá inconveniente en seducir a quien considera un prometedor partido, Alexei Ivanovich, representante de un banco japonés que, además, se proponía entrar en los Servicios de Información.
El perfecto paladín para sus cosmopolitas aspiraciones. El amor ya vendría, y si no, ¿acaso importaba?
Logrado el matrimonio se instalan en Shanghai, los nueve años que residieron ahí fueron, seguramente, los más felices y “serenos” para la protagonista, así y todo, tuvo un aborto y sendos romances con un norteamericano y un ruso de los que su marido nunca sospechó.

Tras ese periodo a Tania se le ocurrió que la vida parisina estaba hecha a la medida de su matrimonio, y  él iría hacia donde decidiese Tania, la bella Tania.
Llegados a París todo parecía deslumbrante, y en verdad lo era. Sin embargo las cosas no resultan tan fáciles como pensaban. A duras penas dominan el francés, Alexei no consigue el trabajo ambicionado y el súmmun del infortunio llega tiempo después con la muerte repentina de él.
Y de un día para otro, sin el sustento de su marido, Tania se ve obligada a alojarse en una pensión hedionda… La escasez de dinero empieza a ser un problema serio.

Va pasando el tiempo… Comienzan los días de pasar hambre... ¡Inaudito! La hermosa Tania que hubo un tiempo en que se "comía el mundo", de deambular con sus vestidos, otrora finos, ajados, sucios y desconchados, con su pelo enmarañado, y en su rostro se ha instalado la expresión de la brutalidad con que puede tratarte la vida.

Dos o tres amigas rusas residentes en París, también azotadas por el destino serán el único apoyo para que no caiga en la más absoluta indigencia. La desesperación la lleva a frecuentar restaurantes o antros de mala muerte en busca de algún hombre que pueda fijarse en ella… Puede que al principio sienta repugnancia por acostarse con él, y que solo quiera sexo fácil, rápido y barato pero… quién sabe, tal vez acaben en una relación convencional y… pueda comer, vestirse bien, arreglarse las uñas, el pelo, comprarse un perfume, tomarse una copa en un café elegante, sí, tal vez pueda volver a ser… esa mujer por la que todos suspiraban.

Pero hay algo de “ gran dama rusa” que no pierde vigencia, apenas es un vestigio pero está ahí. Incluso su aspecto descuidado, cuando ya empieza a abandonarse, se nos aparece con un trasfondo de elegante decadencia, como si la vulgaridad no fuera consustancial a quien antaño fue la bella “dama rusa”.

Nina Berberova conjuga de forma soberbia esos matices que delimitan sutilmente unas percepciones de otras; la palabra y/o la expresión justa para separar la vulgaridad de la decadencia, lo que es vulgar, lo es sin decadencia, lo que es decadente, lo es sin vulgaridad. Esta distinción queda patente en la relación final de Tania, él (un camarero ruso), con su aspecto, sus gestos, su conversación y su mortal aburrimiento se consume en la vulgaridad, ella, degradada física y moralmente, va perdiendo todo su esplendor en una espiral imparable de decadencia, pero su ocaso es cualquier cosa menos vulgar… Solo de una decadencia atroz.

En ese sentido, no hay en la escritura de Berberova concesiones gratuitas a la violencia verbal, al adjetivo malsonante y, sin embargo, todo lo que vas leyendo resulta demoledor.
Si el genio de Hitchcock provocaba pavor en los espectadores sin mostrar una gota de sangre, simplemente con el arte de sugerir, Nina Berberova hace lo propio con los lectores que se asoman a esta obra. Toda una lección de como sugerir mediante la palabra. No conozco ejemplos más impactantes de trasladar a la literatura “Los dolores del mundo” (ese enunciado filosófico de Schopenhauer), que los llevados a cabo por los escritores rusos.

En el relato se entrelazan los diálogos en primera persona con el narrador omnisciente.
En el pasaje que os voy a mostrar, Tania está en un buen restaurante, después de pedir dinero prestado, al final no ha habido “suerte” con ningún comensal… Nadie ha reparado en su presencia. Bueno, tal vez el camarero que le sirvió, además es ruso y de San Petersburgo, es un hombre mayor que ella, calvo y de rostro castigado por el alcohol pero, y esto les sume en una inusitada expectación, tenían conocidos comunes, él trata de recordar la cara, ahora triste, de ella. Han estado charlando toda la tarde entre idas y venidas por las mesas. Y así se le describe al camarero:

Abrió la puerta del sombrío guardarropa que olía a cola y a trajes viejos. Allí (…) estaban las americanas oscuras de los camareros (…) Reconoció la suya por la ligereza del cheviot . Cogió la manga vacía, la estrujó, reflexionaba. Sentía un vehemente deseo de reconstitución, pero no sabía como hacerlo. Era de esas personas que cuando oían las palabras
–las ventanas de la casa daban al jardín- se representaba toda su vida la misma casa vislumbrada en alguna parte, una vieja casa de campo que sin parar monta la guardia en la memoria (p. 149).

La parte que hace referencia a la casa con ventanas al jardín es una de las mejores frases que he leído en un libro.

En definitiva, Nina Berberova , una mujer que tuvo una vida itinerante, como le sucedía a muchos de sus compatriotas en aquella época. Hay muchos pasajes autobiográficos en este libro. Una escritora muy poco conocida en España que, sin embargo, merece un lugar de honor entre los grandes nombres rusos. La forma en que conoció a su contemporáneo, Nabokov es, cuanto menos, peculiar.
Apuntad el nombre de esta escritora.



P. D. Aprovecho para deciros un breve “hasta luego”. Tomaremos (mi mujer, mi hija y yo), un vuelo a Perú esta tarde (hoy, sábado 17 sep.), doce horas seguidas, Madrid – Lima en avión… ¡Tengo que elegir cuatro o cinco libros para llevar! Aunque buscaré en Lima una avenida llena de librerías destartaladas que me encanta, Jirón Quilca. Luego proseguiré  viaje hacia la sierra norte del país, en plenos Andes y a no mucha distancia de la región amazónica, es un lugar remoto, sin duda ideal para leer, pensar, observar, soñar… sentir la vida. Estaremos en el Perú un mes y algunos días, nos vemos a la vuelta.  Cuidaros mucho!!

domingo, 6 de septiembre de 2015

La ciudad automática. Julio Camba, (España, 1882 – 1962).
Libro. Editorial Espasa Calpe, S.A. 2005. Edición fascimilar del original publica en 1932. 252 páginas.





Una “aproximación” al autor.

Julio Camba, un joven anarquista. Julio Camba, agudo periodista. Julio Camba corresponsal. Julio Camba, genial escritor. Julio Camba gastrónomo. Julio Camba, un trotamundos. Julio Camba, exquisito humorista. Julio Camba, o la sátira e ironía hechas arte. Julio Camba un bont vivant. Julio Camba, un maduro y excéntrico burgués residente del Hotel Palace. Julio Camba, simplemente gallego. En fin, a pesar de todo, Julio Camba.

Seguramente no era casi nada de lo que otros creyeron ver en él pero, al mismo tiempo, en todos esos escenarios encontró acomodo su poliédrica personalidad y los colonizó con fecundo resultado, tanto para gusto de unos como para disgusto de otros.
Ahora bien, en ninguno de ellos izó la bandera como símbolo de adhesión permanente e indiscutible. Acudiendo a esa frase de tono grandilocuente; “No tenía más bandera que su palabra.”

Un volatinero (o saltimbanqui, según que casos), es un artista circense que realiza ejercicios de equilibrio, movimientos y juegos acrobáticos ante el público, pues eso, que en definitiva es transitar por la vida sin un camino prefijado, era Julio Camba.

Cualquiera que se aproxime a su biografía advierte un hecho destacable, el firme compromiso con el anarquismo de un impetuoso adolescente.
Tal circunstancia se produjo de un modo que ya apuntaba maneras, en cuanto a su carácter. Nada menos que se embarcó de polizón, siendo un mozalbete de dieciséis años, con destino a Buenos Aires, ahí (año 1901), entraría en contacto con los círculos anarquistas. Su militancia y activismo, participando en numerosas protestas, provocó su expulsión tras dos años en el país.
Y De vuelta a España. Tiempos turbulentos social e intelectualmente en su vida.
Su amistad con Mateo Morral, autor del atentado contra Alfonso XIII (Madrid, 31 de mayo de 1906), le provocó numerosos problemas con la justicia.

Su anarquismo se fue disipando en los siguientes años, no así el espíritu rebelde en el cual se gestó. En la madurez se arrimó al régimen franquista, aunque jamás, reitero, perdió su carácter irreverente contra todo y todos, era incapaz de abrazarse a dogma alguno. El bando franquista siempre lo recibió con desconfianza.
Pero la vida no es tan simple que pueda reducirse a buenos contra malos, ateos contra creyentes, anarquistas contra franquistas. Hay todo un proceso existencial, humano que sucede al margen, o a pesar, de los grandes postulados, como decía Lennon:
“La vida es lo que nos ocurre mientras nos ocupamos de otros asuntos”.

Una personalidad como la de Camba (todas en realidad), es imposible abarcarla y juzgarla con esa estrechez de miras.
Quien desee indagar en la etapa anarquista del autor, puede acceder a la editorial Pepitas de Calabaza (muy interesante, por otro lado), su editor Julián Lacalle ha recopilado artículos casi desconocidos, editando dos libros. Tienen muy buena pinta, sin duda.

No obstante, ¿Quién era?
En su propia afirmación: “Mi nombre es Camba, y en el fondo yo soy un buen chico.
(…) necesito que ustedes no me tomen nunca completamente en serio. Ni completamente en serio ni completamente en broma.”

Fascinante y polémica figura.

Llegamos a “La Ciudad automática”, donde nos brinda un magistral ejercicio de escritura bajo la forma de sus crónicas neoyorquinas en los años 30. Combina la escrupulosa y sagaz observación de la realidad, escrutada por su ojo atento de periodista, y su portentosa capacidad con el lenguaje. Todo ello aderezado con un finísimo sentido del humor e ironía, cualidades que consigue elevar a una considerable altura literaria.
Como digo, toda una exhibición literaria esta obra, logrando un maridaje perfecto entre periodismo y literatura. El periodismo, apegado a la realidad tal cual, husmeándola con la viveza de un sabueso, tiene la excusa perfecta para liberarse de la inmediatez y su tiranía. Tampoco, y esto es aún más liberador, ha de fingir una objetivad inexistente. La literatura, que no está obligada a mostrar la realidad en sensu stricto, adolece muchas veces de esa “falta de vida” que tiene el periodismo, con este matrimonio bien avenido adquiere “más nervio”.

Se podría pensar: “Sí, humor e ironía, nada nuevo bajo el sol en literatura”. Y no falta razón, pero estamos hablando de Julio Camba, eso supone un punto y aparte.
¿Por qué?
Por que Camba es un habilísimo “prestidigitador de palabras” y nos presenta un mundo en el que se ha subvertido la realidad. Todo resulta deliciosamente hilarante. Ojo, no utiliza la ironía y el humor para provocarnos la carcajada fácil, esa pretensión sería impensable en él, apela a la inteligencia del lector para que capte todos los matices.

A medida que vas leyendo percibes que Camba se lo pasaba en grande jugando con las palabras. Él no trabajaba con significantes y significados, se divertía con ellos. Eso redunda, a mi juicio, en una característica reseñable; si otros escritores buscan las palabras que revelen la “trascendencia de la vida”, Camba lo hace para restar esa misma trascendencia a todo los que nos circunda y acontece en la vida.
Este inclasificable gallego (nació en Arousa), emulando el épico viaje de los salmones, siempre nadaba contra corriente. Lo más curioso es que yendo en dirección contraria, al final su humor revelaba mejor la trascendencia de la vida que las serias disquisiciones de sus colegas. Pero ya digo, hay que ser un genio para hacer del humor un exquisito producto literario que sedujo, y seduce, a muchos insignes escritores
Por citar solo algunos de los intelectuales que lo admiraban, como Unamuno:

“No hay entre los escritores españoles del momento quien maneje con más precisión y gracia la lengua de Cervantes.”

O José Ortega y Gasset:

“Camba era el logos, la más pura y elegante inteligencia de España.”

Retornando al libro. Es obvio que las diferencias entre la provinciana Madrid de los años 30 y la deslumbrante y cosmopolita Nueva York, que ya era entonces, debieron de ser abismales. Teniendo eso en cuenta, de su afilada mirada tenemos este impresionante parecer sobre Nueva York:

LA CIUDAD DEL TIEMPO

(…) ¿por qué me atrae de tal modo una ciudad que me irrita tanto? ¿Dependerá ello tal vez de una aberración mía? (…)
No lo creo, por que Nueva York me atrae a pesar mío, como atrae a pesar suyo a todo el mundo moderno.
Uno viene aquí solicitado por el afán ineludible de vivir su época. Ya que Nueva York está en el centro de esta época (…)
Visto desde Nueva York, el resto del mundo ofrece un espectáculo extemporáneo, semejante al que ofrecería una estrella que estuviese distanciada del punto de observación por muchos años luz: el espectáculo actual de una vida pretérita, quizá envidiable, pero imposible de vivir porque ya pertenece a la Historia.
Nueva York es, ante todo, el momento presente. Es el momento presente sin más relación con el porvenir que con el pasado. El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado.
Al llegar aquí, la primera sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas, épocas probablemente muy superiores a ésta, pero en todas las cuales nuestra vida constituía una ficción porque ninguna de ellas era realmente nuestra época.
Nuestra época solo Nueva York ha acertado ha encarnarla, y probablemente esta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso.
Nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno (p. 8).




Con su habitual sátira hacia los españoles de antaño, siempre en análoga comparación con los estadounidenses, se desprenden determinadas afirmaciones que avivaron, y aún hoy, agrias polémicas.
Por ejemplo cuando el autor aboga por mantener una parte de la población española en su analfabetismo (un 50 por 100, cuando menos, señala), ante la necesidad de preservar la individualidad del carácter español frente al “pensamiento de fábrica”, el pensamiento único de los estadounidenses puesto al servicio del todopoderoso capitalismo.

Según Camba:

En este país (en alusión a los Estados Unidos), el desarrollo de la instrucción primaria está justificado por la necesidad de destruir el pensamiento individual, pero  España es el país más individualista del mundo, y no se puede ir así como así contra el genio de una raza. Ahí cada cual quiere pensar por su cuenta, y hace bien. Un pensamiento propio, por modesto que sea, vale más para uno que todo Pascal o La Rochefoucauld.
No hay que homologar el analfabetismo a la estupidez. (…)
Por mi parte opino que en España sólo los analfabetos conservan íntegra la inteligencia, (…) (p. 162).

Tales comentarios los ha utilizado Ignacio Escolar (director de eldiario.es), para denunciar los vestigios de un pensamiento que, a su juicio (también al mío),  perduran en el presente como un anacronismo vergonzante. En el artículo se reproduce todo el fragmento de Camba.
Aunque comparto el tono general de denuncia que hace I. Escolar, después de haber concluido el libro creo necesario dar a las palabras de Camba su justa medida, que no es otra que la de contextualizarlas dentro de la “atmósfera particular” del libro, aisladas de ese “relato” que encierra la obra, pierden su sentido original o, dicho de otra manera, adquieren el que más convenga a un interés particular dado.

Haré una declaración; digamos que no soy de carcajada fácil, hombre, tampoco voy por ahí con cara de sepulturero, nada de eso, pero Camba me ha “desarmado” con pasmosa facilidad, me he divertido y también reído, aunque por mucho que me esfuerce no puedo explicar, de forma suficientemente clara, “su humor”… Tal vez tendría que decir el mío.

Venga, vamos por esta línea. Así sugiere Camba la relación que mantienen las dos Américas (Los Estados Unidos y América del Sur). Ojo, hay que leer con detenimiento para no liarse, y lo digo en serio:

LAS DOS AMERICAS

Wald Frank, el distinguido autor de La España virgen, nos ofrece una doble personalidad sumamente curiosa. En los Estados Unidos es un escritor de gran prestigio en Hispanoamérica, y en Hispanoamérica es un escritor de gran prestigio en los Estados Unidos. Más aún. Su prestigio en los Estados Unidos de escritor que tiene mucho prestigio en Hispanoamérica se basa únicamente en el prestigio que ha logrado en Hispanoamérica de escritor que tiene mucho prestigio en los Estados Unidos, y al contrario: el prestigio que ha conseguido allí de escritor muy prestigioso aquí responde tan sólo al prestigio que ha conseguido aquí de escritor con mucho prestigio allí.
Naturalmente, yo no me propongo, ni muchísimo menos, destruir el prestigio de Wald Frank. Para destruirlo en los Estados Unidos tendría que irme por lo menos a Chile, pero al llegar a Chile me encontraría con que todo el prestigio de Wald Frank entre los chilenos es el de ser muy prestigioso en los Estados Unidos, y me vería obligado a regresar sin haber hecho nada. No. No seré yo quien se atreva con Wald Frank. Cuando quiera echármelas de valiente me meteré con un prestigio legítimo, cuya base me ofrezca una buena superficie de ataque; pero el prestigio de Wald Frank me parece superior a las fuerzas humanas (p. 172).

Pues eso, para Camba así se entienden los Estados Unidos con América del Sur… ¡Magistral!
Bien, perlas de similar factura sobre la literatura de los Estados Unidos, el periodismo, los trenes, las comunidades étnicas, los rascacielos, los hoteles, las cafeterías, la “American girl” (literal), el vino, los gansters, los millonarios y algunos asuntos más, desfilan ante la pluma de Camba para deleite del lector.

Pero no olvidemos que tras ese humor hilarante, Camba nos hace testigos de una inquietante verdad que se hace explícita en el título, “La ciudad automática”.
Partiendo del epígrafe se pude concluir, por ejemplo, que en una “ciudad automática” sus ciudadanos son, consecuentemente, autómatas. No solo han sufrido un proceso de deshumanización, lo más dramático es que ni siquiera han llegado a la condición de “máquinas”, no, simplemente a la de meros engranajes para posibilitar el funcionamiento de la máquina por antonomasia, el todopoderoso sistema capitalista de los Estados Unidos, capaz de producir “en serie” a la propia sociedad, como nos cuenta Camba.

No es que quiera recomendaros la lectura de este libro, ¡Es que casi os estoy obligando a que lo leáis!

Cómo si de una prescripción médica se tratara, y si se diera el caso (espero que no), deshaceros ya del Prozac y sustituirlo por una dosis de “Julio Camba” cada ocho horas.
De lo mejor que he leído.


domingo, 30 de agosto de 2015

Introducción a la literatura. Andrés Amorós, (España, 1941).
Libro. Editorial Castalia, 1980, 2ª edición, 2001. Ensayo, 238 páginas.







Soy consciente de la extensión de este texto, y de la osadía que supone solicitar el preciado tiempo de cada uno. Quien no tenga nada mejor que hacer, y se atreva con este escrito, espero que su entrega se vea recompensada, de la misma forma que me ocurrió a mí.

Este libro no estaba predestinado a ocupar el escaparate de mi blog.
Lo he ido degustando a pedacitos durante varias semanas, igual que una tableta de chocolate negro, poco a poco, un exquisito cuadradito en el momento idóneo para cerrar los ojos y retener las sensaciones.

Algunas obras, sin conocer en profundidad las razones que me motiven, no ven la luz aquí, me las guardo para mí, como si una vaga intuición me hiciera barruntar que, expuestas al margen de mi memoria, se las fuera a condenar por no apreciar su justa valía, o se les desestimara la delicada atención que yo las he dispensado… Sí, lo sé, solo son extravagantes conjeturas que a veces transitan por la cabeza del lector, lo dejamos ahí.

Se trata de un ensayo más que interesante escrito en el ya lejano 1980, con una fluidez y amenidad que me ha sorprendido porque, a priori, uno espera encontrarse con la retórica academicista que suele emplearse en estos libros, sin olvidar que se aborda un tema de amplio espectro como es la LITERATURA, en un itinerario que nos lleva de lo general a lo particular y viceversa.

“Introducción a la literatura”, un título que, me parece a mí, puede inducir al error de pensar que nos encontramos ante la clásica obra de consulta destinada a los escolares o universitarios, y no hace verdadera justicia al contenido que se nos ofrece. Al concluirlo yo hubiese escogido, tranquilamente, este título; “Reflexiones acerca de la literatura”.

No es un manual al uso, cuyo cuerpo teórico quede perfectamente abarcado por el título. Aquí hallaremos mucho más de lo que en principio nos anuncia la portada.

Andrés Amorós, considerando al lector no especialista como su público objetivo, a querido prescindir de la pomposa metodología académica, rigurosamente ordenada por cronologías, la consabida sucesión de generaciones literarias, estilos, etapas históricas, “ismos”, la crítica profesional y demás parafernalia que, más que ilustrar, diríase que quiere apabullar. Ni siquiera ha puesto notas a pie de página. El resultado no ha podido ser mejor.

A ver, ¡claro que todo eso está! (Excepto las notas). Hablamos de literatura, no de física cuántica, pero no estamos ante un bombardeo de datos que el lector, como un ente pasivo, ha de leer sin más para mitigar su ignorancia.

Dichos aspectos los pone Amorós sobre la mesa para cuestionar su conveniencia, su utilidad, cuando no el uso maniqueo que pueda hacerse de ellos. Incluso se atreve a echar por tierra ciertos mitos sobre el ámbito literario que, desde fuera, no parecen discutibles.

Logra que veamos las “vacas sagradas” de dicha disciplina con menos reverencia de la que suelen infundir, bajarlas del pedestal y ponerlas a nuestra altura, para cotejar que hay de cierto o incierto en todo eso que nos dan meticulosamente “empaquetado” en voluminosas obras.
La pretensión del autor es hacernos partícipes con nuestras propias reflexiones, partiendo de las ya expuestas en el libro. Seguro que se van a suscitar debates a los que ningún buen lector puede resistirse.

No en vano, en la contraportada, a modo de orientación al lector, aparecen frases como estas:

¿Qué es la literatura? ¿Para qué puede servir? ¿Cuáles son sus límites? ¿Cómo se relaciona con la visión del mundo, con los mitos, con el arte? ¿Hasta que punto expresa a una sociedad y de que modo puede influir sobre ella? (…)
A estas y otras muchas cuestiones trata de responder, sin eludir su opinión personal (como él mismo afirma), Andrés Amorós, que no es precisamente un don nadie en la materia:

 “Andrés Amorós Guardiola (Valencia, 1941).

Doctor en Filología Románica, es Catedrático de Literatura Española en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid. Considerado uno de los mejores críticos literarios de nuestro idioma, autor de más de un centenar de libros, está en posesión del Premio Nacional de Ensayo, Premio Nacional de la Crítica Literaria, Premio Fastenrath de La Real Academia Española, y el Premio José María de Cossío. Es académico de Honor de la Real Academia de Cultura Valenciana. (…) “


También ha sido director de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y del Instituto de Artes Escénicas y de la Música.

Otro de los grandes alicientes en este tipo de ensayos es la impagable pléyade de escritores y libros que desfilan por sus páginas, premiándote con algunas joyas que estaban por descubrir y resucitando otras del olvido. Imprescindible la libreta y el bolígrafo mientras se lee.

En las primeras líneas, cuando Amorós desvela su faceta como crítico literario y teatral, mis ojos se han tornado felinos y me ha puesto a la defensiva, dadas mis reticencias a que alguien se erija en juez de la íntima y libre creación de otro. No obstante, admito la pertinencia de una crítica constructiva (asumiéndola un verdadero profesional), con aquel autor o autora cuyo libro, por su baja calidad literaria, subestime la inteligencia del lector. Ahí, de acuerdo.

Amorós ha logrado atenuar, en parte, mis antipatías, haciendo gala de una humildad, franqueza y sentido común que desarmaría al opositor más férreo, eso o que la edad me está ablandando.

Así pues, daré paso a varios fragmentos que no tienen desperdicio. En realidad hubiese querido poner desde la primera hasta la última página, ya que todas son aleccionadoras, pero no hay más remedio que “sacar el bisturí”.

“La literatura es algo esencialmente problemático.  (…)
No se trata solo de que la veamos así por nuestra limitación o incapacidad, sino que eso, forma parte de su naturaleza. (…)

“El objeto de la literatura es indeterminado, como el de la vida”, escribía Paul Valéry hace cuarenta años.
Admitamos, sin más, que la literatura, como toda obra humana, como el hombre, vive en la contradicción. Y que nos interesa en la medida que es problemática” (p. 15).

Sin disentir o asentir con lo expuesto arriba, recuerdo que, antes de haber cumplido dieciocho años, leí “El jugador” de Dostoyevski (escritor de personajes problemáticos y contradictorios donde los haya, y del que apenas sabía algo por aquella época), y desde entonces mi interés por la literatura se ha mantenido con un vigor que nunca ha decrecido.

La literatura es, también, en cierto sentido, un modo de conocimiento. (…) Puede pensarse que la gran masa aprende en las novelas filosofía (Sartre), psicología (Proust, Maurois, S. Maugham), teología (T. Mann, Bernanos), crítica literaria (Clarín, Pérez de Ayala), ética (Camus), etc.

(…) Francisco Ayala: “La poesía es, a su modo, un método de conocimiento por vía intuitiva, que sin duda posee mayor amplitud y quizá mayor calado que el ofrecido en la vía racional de filosofía y ciencia; y tal es la razón de que filosofía y ciencia vayan redescubriendo tardíamente verdades que desde muy pronto la humanidad había recibido en revelaciones fulgurantes a través de la imaginación poética” (p. 43).

Me cuesta entender que alguien se considere un apasionado/a de la literatura sin leer poesía, o considerándola una lectura de “relleno” para cuando no haya nada mejor que hacer.

Por tener el ejemplo cercano acudo a Safo, es el fragmento de un poema aparecido en un libro de Carme Riera (y que la autora eligió como introducción), que estoy leyendo:

… ( “Escogeré para siempre jamás tu ausencia, doncella, porque lo que de verdad amo no es tu cuerpo, ni el recuerdo de tu cuerpo tan bello bajo la luna; lo que de verdad amo es la huella que has dejado sobre la arena” )…

¿Cuántos centenares de libros nunca podrán superar la profundidad de esas tres líneas?




“Como método de conocimiento la literatura nos permite multiplicar nuestras experiencias (…), la literatura me multiplica a mí mismo. 

Pensemos, cada uno, en lo terriblemente limitada que suele ser nuestra experiencia personal. Si me quitaran todo lo que, en mi personalidad actual, procede de las lecturas, ¿qué quedaría? (…) ¿Qué conservaría, en ese caso imaginario, de mis ideas, sentimientos, gustos, aficiones, visión del mundo, sistema de valores? Imposible saberlo con precisión, por supuesto, pero no cabe duda de que resultaría un ser totalmente diferente del que ahora soy" (p. 44).

¿Quién de nosotros no lo ha contemplado así?


“Vida y literatura.
En como interpretamos eso se resume todo. (…). Según la sagaz distinción de Henry James, la literatura aspira a reflejar la realidad profundamente, no exactamente. Así pues, es evidente que dependerá, ante todo, del concepto que el escritor tenga de la vida. Por eso, no cabe prescindir, al hacer crítica literaria, de la visión del mundo que poseen los autores" (p. 51).

Algunos pretenden hacer crítica literaria con el escueto resumen que les pasan “por debajo de la mesa”, ignorando aspectos esenciales en la vida del escritor.


(…) Me parece falsa la oposición que se establece tan frecuentemente entre los escritores clásicos y los contemporáneos. Los verdaderos clásicos son los modelos permanentes, vivos, que siguen teniendo algo que decir a la sensibilidad actual. A la inversa, detrás de un cuento de Borges o unos versos de Luis Cernuda hay toda una cadena tradicional sin la cual no existirían.

Como decía Strawinski, el que no aprecia el arte de su tiempo no aprecia, en realidad, el arte de ninguna época.
(…) Claro que lo esencial no es la fecha de los libros, sino la actitud del lector ante ellos, enfrentarse con la obra literaria como con algo vivo, no con una ruina venerable; (…)
En ese sentido, puede ser más ”viva” una lectura del Lazarillo que la de una mediocre novela contemporánea (p. 60-61).

Nada que objetar.


"Ciencia o lectura.
Desde la posición que estoy manteniendo, no cabe duda de que la literatura no es una ciencia exacta, y que los intentos de considerarla así no solo la desvirtúan, sino que están condenados al fracaso. (…)

La literatura es un arte, que no es objetiva, que no es mensurable, (…) Lo que sí parece seguro es que hoy no podemos admitir reglas abstractas, teóricas, basadas en una autoridad (por grande que sea), que determine nuestra valoración de las obras concretas, según estas se ajusten más o menos a aquellas reglas. (…)

Lo único aceptable, me parece, serán las reglas prácticas, nacidas a posteriori y no a priori, de nuestra experiencia de lectores atentos.
Me parece absolutamente imprescindible, además, partir de la pluralidad de lo literario. (…)

Me echo a temblar siempre que oigo o leo frases de este género: “El único camino para la literatura es…”  (p. 63).

Que un Doctor en Filología tan reconocido como Amorós sea dueño de estas palabras, revela la honestidad que suele acompañar a quien se sabe poseedor de un conocimiento, en la materia, que se sitúa muy por encima del que tenemos la mayoría. Una peculiar “simbiosis”, erudición-honestidad que, no pocas veces, se refleja en la mente de grandes intelectuales.


"Revisando casos, declaraciones teóricas y ejemplos concretos, uno llega a la conclusión (muy modesta, muy obvia), de que lo malo para la crítica no es el marxismo o el catolicismo, sino el dogmatismo, las tesis predeterminadas, el maniqueísmo, la simplificación de la realidad, en una palabra, la ortodoxia cerrada. Es preciso admitir –me parece- que la literatura, como arte, posee sus propios criterios de valor, no reducibles a buenos propósitos religiosos, morales, sociales o políticos. (…)

¿Hace falta insistir en algo tan obvio? Parece que sí, porque el espectáculo cotidiano nos lo demuestra: cada tendencia intenta “arrimar el ascua a su sardina”, utilizar la literatura para sus fines propios. Y muchos lectores siguen fielmente estas consignas, porque su “ortodoxia” se une a la falta de sensibilidad para los valores propiamente literarios" (p. 109).

Es cierto que a veces nos cuesta refrenar el impulso de desatender el valor literario de la obra, por las connotaciones extraliterarias que suscita el libro (ideología del autor, entorno social, prejuicios del lector, etc), interponiéndose entre la lectura y nosotros.
Haciendo uso de la alegoría, decir que es maravilloso ir percibiendo el sabor del mar para, finalmente, toparse con su cautivadora visión, sin artificios que interfieran en el espacio que se abre entre él y tu mirada.


"Proclama Sartre la necesidad del compromiso o responsabilidad del escritor con sus contemporáneos, con todos los hombres. Además, afirma que el creador literario debe escribir participando en los debates sociales y políticos de su tiempo. La idea, desde luego, es atractiva, (…) pero su aplicación concreta plantea problemas muy notables.

Ante todo, parece obvio que haya escritores cuyo temperamento individual les impulsa a intervenir en esos debates sociales y políticos de su tiempo, pero hay otros cuya MANERA DE SER (las mayúsculas son mías), no les mueve a eso. Atribuir a los primeros la bondad y a los segundos la maldad parece demasiado simplista.

(…) En el fondo no creo que sea esa la misión esencial como escritores, sino la de escribir lo mejor que puedan, crear una obra valiosa, expresarse con autenticidad dirigiéndose a los hombres (a todos: no solo a los de su tiempo y país).

(…) Conviene defender, como hace Francisco Ayala, al escritor sinceramente comprometido, caso bastante distinto del “enrolado” políticamente. En definitiva, como concluye sabiamente Ayala, “la sinceridad constituye el único compromiso del verdadero artista” (p. 115).

Señalaba que Amorós pone en discusión ciertos mitos literarios que se asientan en el lector como axiomas indiscutibles; por ejemplo: “El escritor es un intelectual que ha de comprometerse políticamente… etc, etc. “
Observamos que aboga por una literatura-escritor que, ante todo, se sienta libre para alzar el vuelo allá donde le plazca.


"La literatura se hace con palabras, no con ideas, igual que la música con sonidos, y la pintura con colores" (p. 121).

Seguimos.


"Por supuesto, no debemos caer en el error escolar de identificar siglo con estilo; o, simplemente, de atribuir una duración fija a los estilos. De hecho, el período de vigencia de un estilo puede ser muy variado, (…).
Por otro lado, cada estilo tiene sus propias aspiraciones, que debemos conocer para no caer en incomprensiones lamentables. Como señala Carmelo Bonet, no debemos pedir a los distintos estilos literarios lo que ellos no han querido darnos" (p. 160).

Esa impertinente exigencia que reclamamos al libro, al pretender que se sitúe en el ángulo de la realidad desde el cual nos resulta más cómodo observar. Hay que poner el egocentrismo a régimen, está sobrealimentado.


"Otro problema espinoso es el de los premios literarios. Aquí, como tantas otras veces, tendré que dar razones que parecen contradictorias. 

Por un lado, su descrédito es tan grande que casi no vale la pena atacarlos. Es público y notorio el caso de premios de “encargo”, de ganadores que aparecen en los periódicos o de cheques que se entregan antes de que se falle el premio. Creo que los premios en los que se fija todo el mundo son unos pocos, los grandes premios de novela, vinculados a alguna editorial poderosa. (…) me parece fuera de duda que se trata de una maniobra comercial, que nada tiene que ver, en absoluto, con la calidad literaria. La desmadrada subida de esos premios y el deseo de ser “el que da más dinero” lo prueban claramente.

(…) Los posibles consumidores piensan: “Si se ha dado un premio de tantos millones (por las antiguas pesetas), a esta novela, debe ser un libro excepcional.” Y lo compran, con lo cual están contribuyendo a financiar esa campaña de propaganda" (p. 209).

Si esto lo denunciaba Amorós en 1980, imaginad lo que se habrá “enfangado” el asunto hasta el día de hoy. Para temblar.


(…) La atención prestada en nuestro país a la literatura hispanoamericana ha sido, durante muchos años, culpablemente insuficiente. (…)

A la vez, el éxito de los novelistas hispanoamericanos ha propiciado no pocas reacciones destempladas y rivalidades más o menos claras.
(…) restos del purismo lingüístico más trasnochado: un conocido novelista español se preguntaba cómo iban a enseñarnos a escribir en castellano los que han nacido, por ejemplo, en Cochabamba.

No faltaron los ejemplos de incomprensión literaria más absoluta. (…) recordemos algunas frases llamativas, publicadas por importantes novelistas españoles: a José María Gironella, Cien años de soledad le había parecido “aburrido”. Para Alfonso Grosso, en un momento determinado, “Cortázar es un histrión y no me interesa nada. García Márquez es un “bluff”. Vargas Llosa es muy turbio y no ha descubierto nada.” Juan Benet, en fin: “ Desgraciadamente he leído a Cortázar… malheureusement, he leído a Borges.”

El mundo literario es así, muchas veces, no hay que escandalizarse demasiado por declaraciones que buscan, entre otras cosas, épater le bourgeois. Por el otro lado también he oído solemnes majaderías a algún novelista hispanoamericano sobre la opresión que ejercen sobre ellos España, la lengua castellana, etc (p.136).

Clarito, como el agua.


(…) Si el autor consigue dar a conocer su obra, tendrá que enfrentarse con la crítica. ¿Cómo es este sector, cómo funciona?

Ante todo, creo que existen dos grupos, demasiado separados, por desgracia. Por un lado, los críticos profesores; por otro, los periodistas. La crítica académica puede alcanzar un notable valor científico, pero suele estar muy desvinculado de la literatura viva. (…)

La crítica de los periodistas es, por definición, más vivaz, pero, en muchas ocasiones, no alcanza todo el rigor deseable. Por supuesto que lo ideal sería reunir las virtudes –y no los defectos- de las dos.

¿Cuál es el camino habitual para para empezar a publicar críticas de libros en algún periódico? Unas veces, el redactor jefe se lo encargará a algún periodista joven, con inquietudes literarias, igual que le podría encargar la crónica municipal. (…)

Para escribir sobre un libro, así pues, parece que no hace falta ninguna especialización. Cualquiera que tenga un mínimo de afición puede hacerlo ¿Por qué lo hará? Por ganarse un dinerillo. Para que le den unos libros gratis. Para darse a conocer. Si aspira a publicar libros, para adquirir amistades e influencias, hacer favores que luego serán recompensados, entrar en contacto con editoriales, ser estimado o ser temido (las dos cosas pueden ser igualmente rentables…)

Pero sobre todo el do ut des: si yo te elogio, ahora, espero que, el día de mañana, me elogies tú, recomiendes mi libro a una editorial, lo defiendas en el jurado de un premio. Todo esto entra dentro del juego habitual, que no suele mencionarse pero que todos conocemos (p. 213).

Ya mencioné al principio mis reservas en cuanto a “esos críticos literarios”. Seguro que algunos de mis argumentos presentan aristas que podrían limarse. Si bien, en mi largo periplo lector siempre me resultó una ardua tarea rescatar, en el opaco ámbito de la crítica, al erudito honesto (que refería unos párrafos arriba), entre tanto inquisidor iletrado.

Es más, me consta que alguno de estos advenedizos disfruta sometiendo al escarnio público las supuestas carencias de su víctima, tamaño escarmiento (piensan) les reconforta en la idea de que el vituperio al castigado legitima, y acrecienta, el respeto hacia el verdugo. La ignorancia opera con un descaro desconcertante.


Para disipar el “mal rollo” viramos el timón…

En definitiva, las clasificaciones y las estadísticas valen para lo que en literatura es término medio; es decir, aquello que interesa principalmente al sociólogo. Pero no valen para lo singular y admirable: lo que en primer lugar preocupa y debe seguir preocupando al historiador del arte. Y, por supuesto, lo único que interesa al lector que busca disfrutar, o al autor, como Virgina Woolf, que quisiera:

“ Aprisionar en un libro algo tan raro y tan extraño, que uno estuviera listo a jurar que era el sentido de la vida” (p. 155).


Bellísimas palabras de la Woolf ¿Se puede finalizar mejor una lectura?

Tal vez el escrito se haya extendido más de lo que aguanta la paciencia de alguno/a. En cualquier caso, ojalá os haya merecido la pena que abuse de la vuestra.

Acabo. Dicho de otra forma, aquí empieza todo.



miércoles, 5 de agosto de 2015

De Viaje. Francia, España, Argelia e Italia. Stefan Zweig, (Austria, 1881 - Brasil, 1942).
Libro. Ediciones Sequitur, Madrid, 2015. Traducción de Francisco Uzcanga Meinecke.
101 páginas.





Escritor célebre y viajero es un binomio que ha deparado no pocas joyas literarias, muchas veces olvidadas por el relumbrón de los títulos más famosos. Algunas son grandes crónicas viajeras, otras, como es este librito, son de corta extensión pero condensan todo el virtuosismo del autor. Una vez leídas tienes la impresión de que el escritor se ha entregado, en cuerpo y alma, al propósito de traducir en palabras el arrebatado espíritu de todo gran viajero.
El viaje es una “realidad vivida” (matiz relevante), que el escritor traslada al terreno literario. Así pues, no estamos ante una ficción producto de la portentosa imaginación del autor.
Tal constatación  motiva que la literatura de viajes tenga esa personalidad “sui géneris” que la hace tan atrayente, al menos para mí.

Son obras en las que uno siente la escritura como una experiencia plena de vida, percibes el asombro del autor ante aquello que acaban de descubrir sus ojos, una transferencia inmediata entre lo que se observa y lo que se siente, donde lo racional cede preponderancia ante la pulsión de escribir bajo el influjo sensitivo, pero ambos estados se funden en un equilibrio sutil para ofrecer lo mejor de sí mismos.
Muchas veces la escritura transita por la periferia de lo perceptible, como si se la privara de explorar un territorio que clama ser colonizado más por la sensibilidad. Las narraciones viajeras, sin embargo, campan a sus anchas por esa senda.

Las palabras de Zweig se adhieren al aroma primaveral de la Provenza, se funden con los colores otoñales de París, adquieren la textura que le confiere la calidez del sol sevillano, su sonoridad evoca las notas conciliadoras de una guitarra, llenan el alma con la luz de las vidrieras góticas de Florencia, con esa belleza tan irreal que parece elevarte sobre la fealdad del mundo, se mueven presurosas por las callejuelas, ante las miradas ocultas, en la inquietante noche argelina.




“ Por la tarde estaba todavía en París. Un último paseo por los bulevares; los árboles, desnudos y grises, aún cuelga de alguno, débil y temblorosa, una postrera hoja amarillenta olvidada por el viento otoñal. El atardecer es templado y luminoso, pero le falta –lo sientes- la frescura, el aroma. A pesar de la nieve y los temporales, es un aire mortecino, desabrido y vacío, porque no emana de esa tierra a punto de eclosionar bajo los cálidos rayos de sol, porque carece del aroma a polen de las miles de flores que todavía no lo son. Y luego, por la noche, estás en el tren. Solo penumbra durante horas y horas, y el traqueteo de las ruedas a través del paraje desconocido.” (p. 8).




Con especial curiosidad he leído las líneas que dedica al Monasterio de Monserrat y a la primavera sevillana. Si bien alude a los tópicos manidos del sur; tales como la desbordante pasión de la mujer sevillana, el primitivismo y la fuerza salvaje del baile flamenco, se desprenden en las impresiones de Zweig un entusiasmo sincero. Y, a decir verdad, su prosa logra trascender el halo de vulgaridad que uno esperaría encontrar en estos halagos, adquiriendo una categoría literaria de alto nivel, que te seduce y deleita.
Capta con suma elegancia la dimensión telúrica que explica el carácter de las gentes a través de la naturaleza geográfica que los acoge. Así, la diáfana luz sureña transfiere a los andaluces su alegría de vivir, dispuesta a mostrarse en cualquier oportunidad que se presente. De igual modo sucede con los norteños y castellanos (a quienes también menciona), si antes era el sol, ahora es la brumosa oscuridad la culpable de sembrar la penumbra en los rostros y la expresión de sus habitantes, y la parquedad y severidad de los castellanos son vestigios del solitario páramo meseteño, como ya nos lo hicieron saber Machado, Unamuno y compañía.

“En Sevilla, el sentido musical no se materializa en una forma concreta y perdurable, pero en todas sus calles suena la música, buena y mala, siempre hay alguien que tararea una melodía al aire, o rasga una guitarra. (…)
¿ Es éste el carácter español ? Sí y no: porque España constituye una unidad solo en el mapa, pero en realidad está dividida en dos partes que se oponen de forma casi esquemática y que, a su vez, se descomponen en miles de contrastes particulares. La España de Pizarro y Torquemada sigue también viva, el espíritu sombrío y fanático de Castilla ha encontrado nuevas formas en las que perpetuar su orgullo y crueldad. Las ciudades lóbregas y decrépitas del norte no están pobladas por alegres guitarristas; en el plomizo Toledo, rodeado de murallas y que pende amenazador de la roca que quiebra con furia el Tajo, aún viven los monjes de otrora y los severos Grandes de España, las personas a través de las cuales la tierra yerma y los peñascos abruptos y hostiles parecen haber adquirido apariencia de vida. Pero es solo una apariencia; porque estas ciudades tienen algo de sepulcral, y sus habitantes algo de frailuno.” (p. 32, 33).

Uno se imagina a Zweig con mirada sabia y serena contemplando, desde la ventana del tren, las luces intermitentes y lejanas de los pueblecitos cuando llega el anochecer, o el neblinoso amanecer que lo recibe en una solitaria estación de provincias.
Todos esos viajes que vivían escritores como Hemingway, Conrad, Guide, Stendhal, Stevenson, Melville o Italo Calvino, por citar solo unos pocos, tenían algo de ritual, de catarsis, nada ya permanecería igual en sus vidas después de aquellas experiencias.
Ese  abrazo entre lo efímero y lo eterno que surge de la literatura de viajes, es el secreto de la cautivadora atracción que ejerce sobre mí.
Al fin y al cabo un viaje y  un libro comparten la misma esencia; siempre es una invitación a partir cuando lo abres, luego del inevitable retorno al cerrarlo.