P. Castillo

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domingo, 6 de septiembre de 2015

La ciudad automática. Julio Camba, (España, 1882 – 1962).
Libro. Editorial Espasa Calpe, S.A. 2005. Edición fascimilar del original publica en 1932. 252 páginas.





Una “aproximación” al autor.

Julio Camba, un joven anarquista. Julio Camba, agudo periodista. Julio Camba corresponsal. Julio Camba, genial escritor. Julio Camba gastrónomo. Julio Camba, un trotamundos. Julio Camba, exquisito humorista. Julio Camba, o la sátira e ironía hechas arte. Julio Camba un bont vivant. Julio Camba, un maduro y excéntrico burgués residente del Hotel Palace. Julio Camba, simplemente gallego. En fin, a pesar de todo, Julio Camba.

Seguramente no era casi nada de lo que otros creyeron ver en él pero, al mismo tiempo, en todos esos escenarios encontró acomodo su poliédrica personalidad y los colonizó con fecundo resultado, tanto para gusto de unos como para disgusto de otros.
Ahora bien, en ninguno de ellos izó la bandera como símbolo de adhesión permanente e indiscutible. Acudiendo a esa frase de tono grandilocuente; “No tenía más bandera que su palabra.”

Un volatinero (o saltimbanqui, según que casos), es un artista circense que realiza ejercicios de equilibrio, movimientos y juegos acrobáticos ante el público, pues eso, que en definitiva es transitar por la vida sin un camino prefijado, era Julio Camba.

Cualquiera que se aproxime a su biografía advierte un hecho destacable, el firme compromiso con el anarquismo de un impetuoso adolescente.
Tal circunstancia se produjo de un modo que ya apuntaba maneras, en cuanto a su carácter. Nada menos que se embarcó de polizón, siendo un mozalbete de dieciséis años, con destino a Buenos Aires, ahí (año 1901), entraría en contacto con los círculos anarquistas. Su militancia y activismo, participando en numerosas protestas, provocó su expulsión tras dos años en el país.
Y De vuelta a España. Tiempos turbulentos social e intelectualmente en su vida.
Su amistad con Mateo Morral, autor del atentado contra Alfonso XIII (Madrid, 31 de mayo de 1906), le provocó numerosos problemas con la justicia.

Su anarquismo se fue disipando en los siguientes años, no así el espíritu rebelde en el cual se gestó. En la madurez se arrimó al régimen franquista, aunque jamás, reitero, perdió su carácter irreverente contra todo y todos, era incapaz de abrazarse a dogma alguno. El bando franquista siempre lo recibió con desconfianza.
Pero la vida no es tan simple que pueda reducirse a buenos contra malos, ateos contra creyentes, anarquistas contra franquistas. Hay todo un proceso existencial, humano que sucede al margen, o a pesar, de los grandes postulados, como decía Lennon:
“La vida es lo que nos ocurre mientras nos ocupamos de otros asuntos”.

Una personalidad como la de Camba (todas en realidad), es imposible abarcarla y juzgarla con esa estrechez de miras.
Quien desee indagar en la etapa anarquista del autor, puede acceder a la editorial Pepitas de Calabaza (muy interesante, por otro lado), su editor Julián Lacalle ha recopilado artículos casi desconocidos, editando dos libros. Tienen muy buena pinta, sin duda.

No obstante, ¿Quién era?
En su propia afirmación: “Mi nombre es Camba, y en el fondo yo soy un buen chico.
(…) necesito que ustedes no me tomen nunca completamente en serio. Ni completamente en serio ni completamente en broma.”

Fascinante y polémica figura.

Llegamos a “La Ciudad automática”, donde nos brinda un magistral ejercicio de escritura bajo la forma de sus crónicas neoyorquinas en los años 30. Combina la escrupulosa y sagaz observación de la realidad, escrutada por su ojo atento de periodista, y su portentosa capacidad con el lenguaje. Todo ello aderezado con un finísimo sentido del humor e ironía, cualidades que consigue elevar a una considerable altura literaria.
Como digo, toda una exhibición literaria esta obra, logrando un maridaje perfecto entre periodismo y literatura. El periodismo, apegado a la realidad tal cual, husmeándola con la viveza de un sabueso, tiene la excusa perfecta para liberarse de la inmediatez y su tiranía. Tampoco, y esto es aún más liberador, ha de fingir una objetivad inexistente. La literatura, que no está obligada a mostrar la realidad en sensu stricto, adolece muchas veces de esa “falta de vida” que tiene el periodismo, con este matrimonio bien avenido adquiere “más nervio”.

Se podría pensar: “Sí, humor e ironía, nada nuevo bajo el sol en literatura”. Y no falta razón, pero estamos hablando de Julio Camba, eso supone un punto y aparte.
¿Por qué?
Por que Camba es un habilísimo “prestidigitador de palabras” y nos presenta un mundo en el que se ha subvertido la realidad. Todo resulta deliciosamente hilarante. Ojo, no utiliza la ironía y el humor para provocarnos la carcajada fácil, esa pretensión sería impensable en él, apela a la inteligencia del lector para que capte todos los matices.

A medida que vas leyendo percibes que Camba se lo pasaba en grande jugando con las palabras. Él no trabajaba con significantes y significados, se divertía con ellos. Eso redunda, a mi juicio, en una característica reseñable; si otros escritores buscan las palabras que revelen la “trascendencia de la vida”, Camba lo hace para restar esa misma trascendencia a todo los que nos circunda y acontece en la vida.
Este inclasificable gallego (nació en Arousa), emulando el épico viaje de los salmones, siempre nadaba contra corriente. Lo más curioso es que yendo en dirección contraria, al final su humor revelaba mejor la trascendencia de la vida que las serias disquisiciones de sus colegas. Pero ya digo, hay que ser un genio para hacer del humor un exquisito producto literario que sedujo, y seduce, a muchos insignes escritores
Por citar solo algunos de los intelectuales que lo admiraban, como Unamuno:

“No hay entre los escritores españoles del momento quien maneje con más precisión y gracia la lengua de Cervantes.”

O José Ortega y Gasset:

“Camba era el logos, la más pura y elegante inteligencia de España.”

Retornando al libro. Es obvio que las diferencias entre la provinciana Madrid de los años 30 y la deslumbrante y cosmopolita Nueva York, que ya era entonces, debieron de ser abismales. Teniendo eso en cuenta, de su afilada mirada tenemos este impresionante parecer sobre Nueva York:

LA CIUDAD DEL TIEMPO

(…) ¿por qué me atrae de tal modo una ciudad que me irrita tanto? ¿Dependerá ello tal vez de una aberración mía? (…)
No lo creo, por que Nueva York me atrae a pesar mío, como atrae a pesar suyo a todo el mundo moderno.
Uno viene aquí solicitado por el afán ineludible de vivir su época. Ya que Nueva York está en el centro de esta época (…)
Visto desde Nueva York, el resto del mundo ofrece un espectáculo extemporáneo, semejante al que ofrecería una estrella que estuviese distanciada del punto de observación por muchos años luz: el espectáculo actual de una vida pretérita, quizá envidiable, pero imposible de vivir porque ya pertenece a la Historia.
Nueva York es, ante todo, el momento presente. Es el momento presente sin más relación con el porvenir que con el pasado. El momento presente íntegro, puro, total, aislado, desconectado.
Al llegar aquí, la primera sensación no es la de haber dejado atrás otros países, sino otras épocas, épocas probablemente muy superiores a ésta, pero en todas las cuales nuestra vida constituía una ficción porque ninguna de ellas era realmente nuestra época.
Nuestra época solo Nueva York ha acertado ha encarnarla, y probablemente esta es la verdadera causa de que la gran ciudad nos atraiga y nos rechace a la vez de un modo tan poderoso.
Nos atrae porque uno no puede vivir al margen del tiempo, y nos rechaza por la estupidez enorme del tiempo en que le ha tocado vivir a uno (p. 8).




Con su habitual sátira hacia los españoles de antaño, siempre en análoga comparación con los estadounidenses, se desprenden determinadas afirmaciones que avivaron, y aún hoy, agrias polémicas.
Por ejemplo cuando el autor aboga por mantener una parte de la población española en su analfabetismo (un 50 por 100, cuando menos, señala), ante la necesidad de preservar la individualidad del carácter español frente al “pensamiento de fábrica”, el pensamiento único de los estadounidenses puesto al servicio del todopoderoso capitalismo.

Según Camba:

En este país (en alusión a los Estados Unidos), el desarrollo de la instrucción primaria está justificado por la necesidad de destruir el pensamiento individual, pero  España es el país más individualista del mundo, y no se puede ir así como así contra el genio de una raza. Ahí cada cual quiere pensar por su cuenta, y hace bien. Un pensamiento propio, por modesto que sea, vale más para uno que todo Pascal o La Rochefoucauld.
No hay que homologar el analfabetismo a la estupidez. (…)
Por mi parte opino que en España sólo los analfabetos conservan íntegra la inteligencia, (…) (p. 162).

Tales comentarios los ha utilizado Ignacio Escolar (director de eldiario.es), para denunciar los vestigios de un pensamiento que, a su juicio (también al mío),  perduran en el presente como un anacronismo vergonzante. En el artículo se reproduce todo el fragmento de Camba.
Aunque comparto el tono general de denuncia que hace I. Escolar, después de haber concluido el libro creo necesario dar a las palabras de Camba su justa medida, que no es otra que la de contextualizarlas dentro de la “atmósfera particular” del libro, aisladas de ese “relato” que encierra la obra, pierden su sentido original o, dicho de otra manera, adquieren el que más convenga a un interés particular dado.

Haré una declaración; digamos que no soy de carcajada fácil, hombre, tampoco voy por ahí con cara de sepulturero, nada de eso, pero Camba me ha “desarmado” con pasmosa facilidad, me he divertido y también reído, aunque por mucho que me esfuerce no puedo explicar, de forma suficientemente clara, “su humor”… Tal vez tendría que decir el mío.

Venga, vamos por esta línea. Así sugiere Camba la relación que mantienen las dos Américas (Los Estados Unidos y América del Sur). Ojo, hay que leer con detenimiento para no liarse, y lo digo en serio:

LAS DOS AMERICAS

Wald Frank, el distinguido autor de La España virgen, nos ofrece una doble personalidad sumamente curiosa. En los Estados Unidos es un escritor de gran prestigio en Hispanoamérica, y en Hispanoamérica es un escritor de gran prestigio en los Estados Unidos. Más aún. Su prestigio en los Estados Unidos de escritor que tiene mucho prestigio en Hispanoamérica se basa únicamente en el prestigio que ha logrado en Hispanoamérica de escritor que tiene mucho prestigio en los Estados Unidos, y al contrario: el prestigio que ha conseguido allí de escritor muy prestigioso aquí responde tan sólo al prestigio que ha conseguido aquí de escritor con mucho prestigio allí.
Naturalmente, yo no me propongo, ni muchísimo menos, destruir el prestigio de Wald Frank. Para destruirlo en los Estados Unidos tendría que irme por lo menos a Chile, pero al llegar a Chile me encontraría con que todo el prestigio de Wald Frank entre los chilenos es el de ser muy prestigioso en los Estados Unidos, y me vería obligado a regresar sin haber hecho nada. No. No seré yo quien se atreva con Wald Frank. Cuando quiera echármelas de valiente me meteré con un prestigio legítimo, cuya base me ofrezca una buena superficie de ataque; pero el prestigio de Wald Frank me parece superior a las fuerzas humanas (p. 172).

Pues eso, para Camba así se entienden los Estados Unidos con América del Sur… ¡Magistral!
Bien, perlas de similar factura sobre la literatura de los Estados Unidos, el periodismo, los trenes, las comunidades étnicas, los rascacielos, los hoteles, las cafeterías, la “American girl” (literal), el vino, los gansters, los millonarios y algunos asuntos más, desfilan ante la pluma de Camba para deleite del lector.

Pero no olvidemos que tras ese humor hilarante, Camba nos hace testigos de una inquietante verdad que se hace explícita en el título, “La ciudad automática”.
Partiendo del epígrafe se pude concluir, por ejemplo, que en una “ciudad automática” sus ciudadanos son, consecuentemente, autómatas. No solo han sufrido un proceso de deshumanización, lo más dramático es que ni siquiera han llegado a la condición de “máquinas”, no, simplemente a la de meros engranajes para posibilitar el funcionamiento de la máquina por antonomasia, el todopoderoso sistema capitalista de los Estados Unidos, capaz de producir “en serie” a la propia sociedad, como nos cuenta Camba.

No es que quiera recomendaros la lectura de este libro, ¡Es que casi os estoy obligando a que lo leáis!

Cómo si de una prescripción médica se tratara, y si se diera el caso (espero que no), deshaceros ya del Prozac y sustituirlo por una dosis de “Julio Camba” cada ocho horas.
De lo mejor que he leído.


4 comentarios:

  1. No es nada infrecuente que los intelectuales se sintieran atraídos, especialmente a principios del siglo XX, por el anarquismo más intelectual que giraba en torno a la Revista Blanca que editaban Urales y Teresa Mañé, los padres de Federica Montseny. Está Unamuno y Baroja, entre los más conocidos, médicos, ingenieros, etc. La mayoría de ellos tienen esa época de juventud como Camba y luego derivan hacia posiciones moderadas. Desde 1916 el anarquismo se convierte en un movimiento revolucionario de masas a través del sindicalismo (CNT) y las cosas se complican mucho por la intensidad de la lucha social y la represión en los años veinte y posteriormente durante la II República. Mantener el anarquismo como una pose meramente intelectual no era fácil y se fueron descolgando muchos de estos intelectuales.

    Cada persona debe tener libertad para optar por su camino en la vida, pero apoyar el franquismo, aunque lo hiciera desde el margen, significaba apoyar una represión durísima con miles y miles de muertos. Y ahí lo dejo.

    Su planteamiento del analfabetismo es reaccionario, sobre todo porque lo hace desde la cultura y el conocimiento que, en gran parte, tiene como vía principal la lectura y escritura. Por supuesto que un analfabeto puede ser sabio pero lo es más si sabe leer y escribir.

    He leído algunos de los periódicos en los que escribió de joven y me encontré con alguno de sus artículos por ejemplo en El Porvenir del obrero y El Rebelde.

    Dejando de lado la parte social e histórica, los fragmentos que has puesto son estupendos y muestran ese humor hilarante del que hablas. La admiración por N York es comprensible, yo la tengo aunque a la vez me repele por otros motivos, no desisto de viajar alguna vez para visitarla.

    Estupenda reseña, Paco. Y esa foto con el mar de fondo, una pasada.

    Abrazos!!

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  2. Uy, no entiendo porque salen duplicadas las respuestas porque no hago clic dos veces.

    Comparto lo que dices sobre el analfabetismo, respecto al tema de vivir tranquilamente en una dictadura, estoy contigo en su responsabilidad moral.

    Abrazos!!

    Pdt: esperemos que no salga duplicada, te voy a llenar la entrada de comentarios repes :))

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  3. No tenía idea de autor ni obra. Qué bueno que hayas hecho esta reseña para hacérnoslos conocer, Paco. parece ser que su obra ha sido prolífica y extendida.
    Por aquí encuentro ediciones antiguas, nada actual. Entre tus líneas y los comentarios de U-to, la verdad es que no puedo omitir a semejante autor. Intentaré hallar algún ejemplar potable.
    Gracias por descubrírmelo!
    Un fuerte abrazo, amigo!

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  4. Marcelo, me complace presentarte a un autor que, estoy seguro, disfrutarás porque era un escritor magistral.
    Además puede tener otro aliciente igual de atractivo para ti, su desembarco en Buenos Aires y la posterior expulsión, ostentando el dudoso honor de ser el primer expulsado en Argentina por su militancia anarquista. Te dejo un enlace sobre ello, si te parece:

    http://www.cronicasdelaemigracion.com/articulo/galicia/julio-camba-el-primer-anarquista-expulsado-de-argentina/20121102111027046327.html

    Un abrazo amigo.

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