P. Castillo

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lunes, 27 de octubre de 2025

 

Hojas secas…

                                                    

                 El otoño hace su trabajo, hoja de álamo, foto Paco Castillo
            

Allí arriba estaban, siete u ocho, solo una avanzadilla de las que vendrán.

Escucho a las primeras grullas y logro verlas antes de ocultarse tras las nubes, sobrevuelan estas praderas otoñales mustias y amarillentas por las muy escasas precipitaciones.


La lluvia ausente, el campo sediento, foto Paco Castillo


Aunque anuncian lluvias inminentes, seguramente estará lloviendo al publicar este escrito.

Quizás mi blog se haya acoplado a la llegada y retorno de las grullas.

Antes de proseguir sería bueno que Eivør y su maravillosa voz me acompañen (como otras veces en el blog). Aquí canta también a una ausencia, a un retorno anhelado; Gullspunnin, significa "hilos de oro" en feroés, igual que esos pastos trigueños (como hilos dorados) que ansían lluvia, y me animará a que no deje una entrada en el aire por enésima vez… vamos a ello.




Los campos, vistos desde el cielo que atraviesan las magníficas aves, serán un mosaico de retales parduzcos en diferentes intensidades.

A estas alturas de octubre sorprende un paisaje tan reseco, pero al menos ya se puede caminar por el campo entre las olivardillas, y a nada que te acerques se percibe el intenso aroma que desprenden, no sabría muy bien como definirlo… ¿mezcla de alcanfor y menta?

Olivardillas, con su verde discreto, al borde del sendero, foto Paco Castillo



Fue cuando pasaba los dedos entre esas hierbas, para llevar su fragancia en mis manos, que vi a las grullas, perdiéndolas segundos después entre una masa nubosa de color gris pizarra (una tonalidad artística del gris), es lo que tiene la belleza, cuanto más efímera es su estela, mayor es su huella en nosotros.

Nubes otoñales, foto Paco Castillo

Mi abuela materna, Francisca (ya fallecida), es la única que me contó alguna que otra andanza de antaño; el resto de mis abuelos murieron mucho antes de nacer yo.

Y, ya que hemos comenzado con plantas, me relataba como el abuelo salía al campo a recoger hierbas aromáticas para condimentar el puchero, así podía regresar con un ramillete de cebollas campestres, orégano, tomillo, ajonjolí silvestre…

Lo imagino entrando al parco hogar con su vestimenta, sucia y desconchada, oliendo a tomillo, o romero para elaborar vinagre.

El campo ha sido una despensa generosa con la gente humilde, y para mí el campo podría ser un libro que voy escribiendo al compás de mis pasos, mientras lo escucho y observo.

A ras del suelo las hormigas continúan incansables en sus expediciones, afanadas en surtir sus despensas como hacía el abuelo.

 

foto Paco Castillo

A diferencia de mí, Gorki (el gran escritor ruso) sí pudo convivir con su abuelo materno durante varios años de su niñez, pero leyendo su entrañable libro, “Días de infancia”, la experiencia fue muy traumática y conflictiva, no solo por perder a su padre muy temprano. Su abuelo; un pequeño cacique forjado en la rudeza del ambiente rural, era un hombre bruto, primitivo y cruel, como la severa geografía que habitaban.

Cuando el abuelo le partía el labio de un mamporrazo (después de haber repartido también a la abuela; su mujer) era la abuela quien lo consolaba, envolviéndolo en un sinfín de leyendas que la mujer contaba, con gran gestualidad, al atento y fascinado chico, y entre esos tortazos y leyendas se forjó la senda del inmenso escritor que fue, y su sentido de la justicia con los desvalidos.

Un buen hombre, que pasó toda su infancia en el lado Amargo (Gorki significa amargo en ruso) de la vida, y en adelante así decidió firmar su estampa; Gorki.

"Días de infancia", Gorki,  foto Paco Castillo

Continuo caminando. En el encuentro con las grullas ojeo un fragmento al azar de “Mi Credo” (Herman Hesse), y me quedo atónito por cuanto me veo reflejado en el párrafo, en mi manera de leer campo a través, algo que ya expresé en otras entradas. 

I Ching:

"Mi credo", Herman Hesse, foto paco Castillo



Me gusta pasear junto a las olivardillas, con su verde discreto parece que quisieran mitigar la pesadumbre de contemplar toda esta vegetación enfermiza, exhausta.

"El viajero y su sombra", parafraseando a Nietzsche, foto Paco Castillo


Así las cosas, los tres o cuatro “locos de las setas” que estos días ya me habría cruzado por aquí, no han hecho acto de presencia.

Por suerte, tengo al Nobel Peter Handke para toparme con uno de ellos; “El loco de las setas”.

Ensayo donde el autor austríaco nos acerca unas peculiares reflexiones en torno a un amigo de la infancia, incansable buscador de setas desde la niñez, actividad que gustaba de realizar en soledad, ya desde niño.



Su amigo, nos cuenta Handke, llegó a ser un prestigioso abogado penalista, defensor de personajes casi indefensibles, a los que logró salvar el pellejo, pero él solo tenía un único deseo en la mente, salir de los juzgados y perderse en la frondosidad del bosque, buscar setas, escuchar el crujir de las cortezas bajo sus pies, sentir el frescor, ver las hojas caer o danzar al viento. Todas estas cosas “nimias” eran para él lo más relevante que le podía ofrecer la vida, todo lo demás era secundario, incluida su flamante carrera penalista. Nadie lo sabía, mejor dicho... casi nadie.



Me voy abriendo camino entre formaciones de hormigas, saltamontes y alguna mariposa de la col desorientada.

Mariposa de la col sobre las olivardillas, foto Paco Castillo

Y esta vez no son grullas lo que escucho en lontananza, sino el reclamo de unas águilas ratoneras tras la muralla arbórea del pinar, que surge en el horizonte.

Sé que no tardando mucho las divisaré alzando su hermoso vuelo sobre el espesor de las copas.

A medida que me acerco al pinar, sopla un viento débil, pero las acículas apenas se animan a danzar al compás de la brisa, necesitan más brío.

Espero la inminente aparición de las águilas, entonces me regalarán una de esas escenas que, aún habiéndolas contemplado por centenares, siempre despiertan en mí alguna emoción o sentimiento recóndito, esos graznidos surcando los cielos me remiten a una era remota, puede ser a los tiempos de una Humanidad inexistente, un tiempo carente del atronador ruido de la civilización.

Águila ratonera, foto Paco Castillo


Mañana saldré al campo, llegarán más grullas, y espero ver a las águilas de nuevo.

Podría decirse que haré lo de siempre, pero no; ya nada será como ayer, el viento no soplará igual, las grullas que observe serán otras, las nubes no serán las mismas, tampoco el vuelo de las mariposas o el de alguna estrella fugaz, ni yo; más bien seré como la hoja de un olmo flotando río abajo, hasta que se detenga silenciosa en algún momento, en algún lugar donde resecarse, como los cardos marchitos que alimentan a los jilgueros, bajo un cielo que nunca había sido como es en este justo instante...

Jilgueros cogiendo fuerzas para el frío que llegará, foto Paco Castillo

El cielo otoñal, limpio, hermoso, y las nubes que llegan, y desaparecen... foto Paco Castillo

11 comentarios:

  1. Buenos días, Paco. Hermoso paseo otoñal. Recuerdo cuando de joven, en mi otra vida, iba a la laguna de Villafáfila a ver grullas y avutardas. De Gorki leí La madre y me resultó muy... soviético. Aun leído en mi época más izquierdosa me resultó una tanto panfletario. Precioso post.
    Un beso y no te prodigues tan poco.

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    1. Hola, querida Rosa. Sí, recuerdo tu formación como bióloga, y tus experiencias con las aves, etc, una faceta tuya que siempre me ha dado sana envidia, aunque pertenezca a tus años de juventud. No he leído La madre, pero sí la tanteé cuando terminé Dias de infancia, curiosamente Gorki afirmó que consideraba esta novela un fracaso (en el wiki puede leerse)

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    2. Vaya, le di a publicar sin querer. Bueno, lo que decía, no leí La madre, y tampoco me extraña el tono panfletario que dices, Gorki era muy activista, y al final acabó un bastante desencantados con todos, todos...
      Un fuerte abrazo, te sigo leyendo :)

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  2. Escribes poco, pero da resultado. Un montón de libros que puedes interconectar con tus paseos.
    Ha llegado el otoño, en unas partes más que en otras, y los árboles se van quedando calvos.
    Es una buena época, siempre que no sople el viento del norte, que para mí es demasiado frío.
    Apunto los libros que nos enseñas. De unos he leído algo del autor, de otros no tengo idea, pero si los lees tu seguro que hay pozo para rascar.
    Gracias por tus paseos y tus fotos, con tus plantas, tus libros , tus pájaros y tus árboles, siempre se encuentra a faltar este tipo de entrada, y ahora más, porque no nos escribes a menudo.
    Un abrazo
    Gracias
    salut

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    1. Cierto, no escribo mucho, aunque sí lo hago en mis libretas para mí, sin intención de publicarlo. No me resulta difícil conectar los libros con mis paseos campestres... ¡es que me los llevo, jeje! así que todo forma una misma entidad que uno mediante la escritura, no tiene más mérito, al menos para mí.
      El otoño invita ya a recogerte un poco, se van quedando atrás las multitudes estivales, el ruido de la intensa actividad, etc, etc, así que el otoño empieza a poner más serenidad en el ambiente, y a mí me gusta más la soledad y el silencio, aunque intento sacar partido al verano, tengo dos hijas, ¡no me queda otra!
      Hay que cuidarse del frío, no todo puede ser bueno en esta época, siempre el ying y el yang que refieren los asiáticos.
      Un fuerte abrazo, Miquel, gracias por tu presencia.

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  3. Bellísimo texto cuyo núcleo son tus digresiones en torno a tus paseos por el campo y tus observaciones otoñales -las olivardillas, la sequía, las hormigas, las grullas que alzan el vuelo, las águilas, las nubes- que proyectan una visión en que todo está conectado y que todo es interdependiente enhebrado a tu conciencia, tus lecturas y tu estado de ánimo sereno y feliz, porque tú en la naturaleza eres feliz no cabe duda, y procuras transmitir a tus hijas ese sentimiento de totalidad y de desamparo vital y existencial ante la grandiosidad del horizonte, y las nubes pasajeras que nunca son las mismas porque todo está en permanente estado de fluencia, como tu conciencia que intenta fijar en tu libro de notas párrafos de Herman Hesse o Máximo Gorki, el escritor protegido de Stalin, aunque alguna teoría sugiere que fuera asesinado por él. Desconocía sus circunstancias como nieto maltratado por su abuelo. Creo que he leído solo La madre hace mucho tiempo cuando era marxista leninista.

    Como siempre, he disfrutado de este paseo vivencial por la campiña cerca de Pozuelo, y he leído con cuidado las páginas de los libros que nos propones, y que revelan una visión espiritual que hemos compartido en conversaciones bajo las nubes cambiantes de los paseos que hemos dado por lugares que recorres habitualmente.

    En la respuesta a tu comentario en mi blog, te refiero una experiencia de totalidad y amor que he vivido recientemente. Me pregunto si el amigo de Peter Handke tan aficionado a las setas, también recolectaba las llamadas psilocibes que proporcionan experiencias psicodélicas muy interesantes.

    Me digo que en las residencias de ancianos tendrían que proporcionar dosis de psilocibes o ayahuasca para enfrentar, con espíritu de una profunda cosmovisión, la realidad espiritual y trascendente de la existencia, pero no, se los tiene drogados e inmóviles frente a la televisión camino de la muerte y la banalidad más absoluta.

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    1. Hola, Joselu. Perdona mi tardanza, llevo unos días bastante liado.
      El otoño es una época que siempre espero con entusiasmo, me gusta la soledad que se va instalando, por ejemplo en el campo, cuando se ven muchos menos ciclistas, runners, etc, todos tienen derecho a disfrutar el entorno, obviamente, pero no me gusta tanto trajín, que le vamos a hacer...
      Las memorias de la infancia de Gorki me resultaron entrañables, y me he identificado, salvando épocas y distancias, con ciertos aspectos de su niñez, aporta cuestiones relevantes para entender un poco más al escritor que sería, es significativa la huella de la niñez en las personas, y como esas señales adquieren su dimensión muchos, muchos, años después.
      Haces bien en vivir esas experiencias que cuentas, la vida es un suspiro, y cuando uno quiere hacer determinadas cosas, sencillamente ya no hay tiempo., esto lo digo al hilo de lo que comentas sobre las residencias de ancianos, tu reflexión me parece muy interesante y me haces pensar en la banalidad que va cubriendo nuestro existir, así es.

      Caminar por el campo nunca me deja indiferente, el campo podría ser como un poema, es un mismo poema que, sin embargo, siempre te transmite algo diferente en cada lectura, supongo que eso es la buena poesía.
      Gracias, Joselu, un abrazo.

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  4. Escribes mucho y bien. Tanto es así que contagias esos sentimientos que te inspira la naturaleza. Gracias, MAESTRO.

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  5. Hola, estimado Luis Antonio.
    Bueno, lo de escribir mucho no lo acabo de ver... al menos en lo que se refiere a mi blog, pues apenas aparezco por aquí.
    Sí, el campo, o la naturaleza, son profundamente inspiradores para mí, nunca voy sin mis libretas y casi siempre llevo algún libro, lo leo al azar, algún párrafo, no más, lo cierro y sigo caminando y mirando el cielo, los árboles, los pájaros... lo que surja.
    Cuídate, amigo.

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  6. Pedro Ojeda Escudero 28 de octubre de 2025, 7:55
    El otoño: una maravillosa estación para refugiarse en los libros.

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    1. Pedro, ignoro que ha pasado con tu comentario, no estaba en la bandeja de spam, sino en la normal, digamos, pero no ha aparecido aquí, no sé estas cosas que hace el blog... lo he tenido que publicar así, en fin, al menos está presente.
      Bueno, amigo, sin duda, el otoño incita a buscar un buen libro, y ha pasear en el campo con calma y bajo el cielo claro y limpio. Cuídate.

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