P. Castillo

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viernes, 1 de noviembre de 2019


La Ciudad del Sol (1601). Tommaso Campanella (Nápoles, 1568 – París, 1639).

Editorial Zero, 1971. 120 páginas.



Foto, Paco Castillo.


Poco se puede hacer encerrado en una cárcel medieval, excepto malnutrirse con la exigua ración, respirar el aire pestilente y enmohecido de la celda y, ya que el debilitado cuerpo estaba condenado a la inacción, al menos dejar que la mente volase lejos de allí, tal vez a… La Ciudad del Sol.

La Ciudad del Sol es una bella frase para un título, sin duda. Hay una incitación en esta unión de palabras a buscar un lugar así, pleno de claridad, incluso sin estar en la celda, por ello imagino la desesperada necesidad de hallar tal paraíso cuando uno se consume en la oscuridad del calabozo.

Utopía es una palabra que proviene del griego; ο ("no") y τόπος ("lugar"). Su traducción literal es no-lugar.

La Ciudad del Sol es una utopía, un no-lugar que sin embargo la mente encuentra, puesto que se escapa de otro no-lugar aún mayor, la mazmorra en la que yacía Tommaso  Campanella.

En ese sentido, y aunque suene algo perverso, no podría haber una situación más inspiradora para crear una utopía que estar confinado en la penumbra de la mazmorra. Vista la brillantez de la obra, así cabría considerarlo con el autor calabrés,  privado de libertad nada menos que 27 años tras ser acusado y condenado por el Tribunal Eclesiástico de entonces.

Eso a pesar de pertenecer a la Orden religiosa de los Dominicos desde los 15 años, donde se formó en filosofía y teología, además de alcanzar notoriedad como poeta.



                                        Foto, Paco Castillo.

Los delitos que pesaron sobre él están de plena actualidad por aquí con el tema del Procés; conspirar y urdir un plan para propiciar la sublevación contra la dominación española en Calabria, en Nápoles y otras regiones italianas bajo la jurisdicción de las sucesivas monarquías hispánicas del Antiguo Régimen, un extenso período de control en territorio itálico, por el que nuestro vecino mediterráneo fue denominado la “Italia española”. Corría el año 1600 cuando acontecieron estos hechos con Campanella.

Sufrió innumerables torturas durante los cinco meses encarcelado, previos al proceso, hasta que firmó la acusación por herejía y rebelión. Muy poco antes del “juicio” prendió fuego a su celda, y comenzó a comportarse como un tarado (no se sabe si en verdad llegó a perder la razón por las torturas… o era una estrategia). 





Los tribunales dictaminaron su enajenación y conmutaron su pena de muerte, que sí afectó a otros compañeros, por una cadena perpetua (que no cumpliría). Sea con locura o no, en presidio escribiría esta obra tan… lúcida.

Tommaso pretendía instaurar una República Teocrática en Calabria y expandirla al resto de territorios italianos sometidos al imperio hispánico.

Un ideal que trasladaría a su obra carcelaria, La Ciudad del Sol. El plan fue delatado por un traidor. Lo sentenciaron por rebelión y herejía hacia las autoridades españolas en Italia. 

Sin embargo reconocía que la monarquía española, por aquel entonces la de Felipe IV, era la institución más idónea para poner en práctica la reforma universal que ansiaba, puesto que no creía en las Reformas de Lutero y Calvino, alejadas de los ideales católicos que defendía, nada raro habiéndose formado con los Dominicos.  
Para aclararse en este embrollo de “contigo pero sin ti”... Dejo un enlace.


Foto, Paco Castillo.


Después de tantos avatares acabó sus días refugiado en París, bajo la protección del Cardenal Richelieu, convirtiéndose en su consejero. Campanella fue un ser regido por la heterodoxia, uno de los personajes más contradictorios y enigmáticos de su tiempo. 

Nadie sabe a ciencia cierta que bullía en aquella mente desconcertante. Llegó a ser el astrólogo confidencial nada menos que del papa Urbano VIII, pues este temía una muerte cercana anunciada por el horóscopo.

Hay una sugerente biografía de Campanella, “El misterio Campanella” escrita por Jean Delumeau que podéis ver aquí:



No se puede entender la polémica que generó esta obra sin una sucinta explicación de la doctrina ideológica predominante, allá por el año 1602,  se trata del Pensamiento Escolástico expandido en buena parte de la Europa Medieval.

El Pensamiento Escolástico, como doctrina filosófica, se basaba en el acatamiento de todo saber a la fe, a las sagradas escrituras cristianas, y por tanto margina al método científico como una fuente autónoma del saber, pues todo emana de la palabra de Dios contenida en la Biblia. No se ignora a la ciencia, no se trata de eso, pero la ciencia es una rama que brota de la fe religiosa, y se debe a ella.

Lo que se hace en la Edad Media es adaptar las ciencias y el pensamiento filosófico de los antiguos griegos, fundamentalmente el de Aristóteles, al Cristianismo, derivando en lo que se llamó EscolásticaEn resumidas cuentas, el Cristianismo les confirió un nuevo significado.

Por mis estanterías, esta es una de mis predilectas. Foto, Paco Castillo

Y contra esa corriente escolástica irrumpe La Ciudad del Sol, reflejo del espíritu díscolo  de Tommaso Campanella, catalogada por los académicos de utopía comunista, pues lo es en el sentido de presentar una  organización social y política que a grandes rasgos explica el ideario comunista.




Pero luego hay múltiples matices, que pueden traducirse como elementos de contradicción, en esta particular ciudad caracterizada por la redistribución de la riqueza, la propiedad colectiva y la participación, más o menos igualitaria, de la mujer y el hombre en el sostenimiento de la república, aparte de otros aspectos asociados al comunismo.

Muchos de estos matices son concebidos por el lector actual, y recalco lo del lector actual, como incongruencias de naturaleza social y política, inevitables en un ideal político que aspira a una razonable igualdad sin abandonar del todo su carácter religioso (ya señalé que se trata de una República Teocrática), lo que produce disparidades. 

Foto, Paco Castillo.

Al fin al cabo, Campanella era un fervoroso católico, pero de un modo sui géneris, sin renunciar a otras pasiones como la magia y la  astrología, fruto de su alma curiosa e inquieta, esto le suponía un conflicto permanente con la autoridad católica.

No obstante, La Ciudad del Sol presenta postulados escandalosos (por ejemplo los mencionados arriba) para el poder regente de aquellos tiempos, una jerarquía eclesiástica omnipresente que infundía temor a estas gentes.



Por ello tuvo Campanella al Tribunal de la Inquisición pisándole los talones, de hecho ya antes de esta obra fue encarcelado por la Santa Inquisición , aunque no fue una larga estancia, el motivo es el señalado más arriba, su afición a la magia y la astrología, una ambigüedad que le situaba entre el católico sumiso y el hereje descarado.



Campanella fue el discípulo más importante de otro célebre filósofo italiano; Telesio, y la obra del primero está fuertemente influenciada por el segundo. Telesio criticaba con dureza la corriente aristotélica que nutrió a la Escolástica medieval.

“Consideraba que los escolásticos seguidores de Aristóteles confiaban mucho en la razón y muy poco en los sentidos. Los “razonadores”, pensaba él, confiaban excesivamente en sus capacidades para alcanzar los secretos de la naturaleza por métodos silogísticos.”


Esta influencia de Telesio queda patente al concluir la exposición de su “república soleada”. Se abre un apartado curioso, Tommaso se convierte en juez y verdugo de su propia utopía; despliega unas posibles objeciones a su proyecto para, a continuación, rebatirlas una por una, y la forma de hacerlo es desmontando una serie de preceptos aristotélicos (aparecidos en la obra que escribiera Aristóteles, “La Política”, en donde presenta su concepción de República) que de ser empleados en la Ciudad del Sol, harían fracasar el modelo político de Campanella, al que augura más posibilidades de éxito por ser menos complejo y más equitativo que la república aristotélica. 

Foto, Paco Castillo.


Valga de ejemplo la primera objeción que establece Campanella, os dejo la fotografía.

Foto, Paco Castillo.

Otra importante inspiración para La Ciudad del Sol viene de la famosa “Utopía” escrita por su admirado Tomás Moro, el influyente pensador inglés, circunstancia que anuncia Campanella. 



Fotos, Paco Castillo.



Dicho todo esto, estamos ante la redacción de un programa político peculiar, pero no es una novela. Eso sí, Campanella creó a dos personajes como protagonistas de una fascinante conversación, para darle agilidad a su texto, como reza en el prólogo:



“La obra está realizada en forma de diálogo entre un Caballero Hospitalario y un Marino genovés, quien describe la ciudad ideal que ha visitado en sus viajes (…)”

Hay fragmentos muy destacables, de esos que mantienen su vigencia al margen de siglos y geografías, veamos estas líneas, cuando el Almirante genovés le cuenta al Maestre Hospitalario que la Ciudad del Sol está dirigida por un gobernante de gran sabiduría:

"Gran Maestre (Caballero Hospitalario).- (…) un sabio parece ser el menos apto para gobernar.

Almirante (Marino genovés).- Esto mismo les objeté yo también. Pero ellos me contestaron: tan ciertos estamos nosotros de que un sabio puede poseer capacidad para gobernar, como vosotros, que anteponéis hombres ignorantes, considerándolos preparados únicamente por descender de príncipes o por haber sido elegidos por  el partido más poderoso.
(…) pues consideráis (…) que para lograr la sabiduría tal como vosotros la entendéis solo se requiere (…) un servil esfuerzo de memoria que incapacitan al hombre, pues de ese modo no se dedica a conocer las cosas, sino solamente las palabras de los libros. Y por tal manera envilece su alma con signos muertos.”

Otro sin desperdicio:

“Almirante.- Los habitantes de la Ciudad del Sol reconocen que en el mundo hay mucha corrupción y que los hombres no se rigen por razones elevadas o verdaderas. Los buenos son atormentados y desatendidos. Dominan los malos, aunque tal triunfo es denominado infelicidad, pues viene a ser una cierta aniquilación y ostentación de aparentar lo que en verdad no son, es decir, reyes, sabios, valientes, santos.”



Y que decir de esta impresión que tiene Campanella sobre la Nápoles de entonces… comprobamos que la dudosa reputación de la villa no es cosa contemporánea, con la camorra napolitana, sino que el percal ya era así en el año 1600:

“Almirante.- (…) Entre los habitantes de la Ciudad del Sol no hay la fea costumbre de tener siervos, pues se bastan y sobran a sí mismos. Por desgracia no ocurre lo mismo entre nosotros.

Nápoles tiene setenta mil habitantes, de los cuales trabajan solamente unos diez mil o quince mil, y éstos se debilitan y agotan rápidamente a consecuencia del continuo y permanente esfuerzo. Los restantes se corrompen en la ociosidad, la avaricia, las enfermedades corporales, la lascivia, la usura, etcétera, y contaminan y pervierten a muchas gentes, manteniéndolas a su servicio en medio de la pobreza y de la adulación y comunicándoles sus propios vicios. Por eso resultan deficientes las funciones públicas y los servicios útiles. “


Ahí queda eso.


Una reflexión final. Los nacionalismos también constituyen un no-lugar. Pero si alguno integrase las páginas de una obra, al modo de la utopía de Campanella… jamás podría merecer una unión de palabras como La Ciudad del Sol. Es un título demasiado luminoso (bello) para algo tan oscuro.





viernes, 11 de octubre de 2019


DERSU UZALA (1921). Vladímir Arséniev (San Petersburgo, 1872 – Vladivostok, 1930)

Biblioteca del Viajero. ABC, 2004. Traducción de Teresa Ramonet. 315 páginas.


Foto, Paco Castillo, primavera, 2019.

Si pienso porque esta obra, Dersu Uzala, aún mantiene su vigencia y fama, desafiando al paso del tiempo y convirtiéndose en un clásico, barajo varias respuestas, entre ellas una de relevancia para el lector actual; siempre necesitaremos leer historias como Dersu Uzala… pues sus páginas son depositarias, como si fueran el último reducto, de ciertos principios que las generaciones presentes están marginando, en sociedades donde los individuos viven parapetados en el aislamiento posibilitado por las nuevas tecnologías, valores como son el compañerismo, la amistad, la conversación, la mutua colaboración, etc, se antojan cada vez más anacrónicos en esta era de la realidad virtual.


Qué paradoja, ahora que estamos conectados con medio mundo, nos vemos más solos que nunca… Y esto lo dice un solitario vocacional, en fin.

Y creo que lecturas como Dersu Uzala refuerzan esa necesidad de volver a mirar a los ojos de la persona (aunque Germán Coppini cantase lo contrario) y apartarla más del móvil, o del ordenador, porque  estos no pueden ser sustitutos de un vacío que no debería de ser lo predominante, sino una válvula de escape, porque la vida no empieza ni acaba en la pantalla de un monitor.

Así que, bajo el bellísimo marco de la Taiga, con la narración de Arseniev rezumando un sentido humanismo por la amistad con Dersu Uzala, su alma gemela… no le puedo pedir más a un libro que nos invita a reflexionar sobre nuestra condición, el significado de la amistad, desde ese escenario idílico y turbador.




Hay una conocida y hermosa frase del humanista y filósofo Erasmo de Rotterdam (recomiendo su “Elogio de la locura”) que reza así:

“La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno. ”

Señalo esta cita porque define a la perfección la estrecha relación que unía a Dersu Uzala y Vladimir Arseniev.

Dersu Uzala, posando con sus pertenencias, fotografía tomada por Arseniev. Fuente:https://es.wikipedia.org/


El primero, cazador de origen mongol, nómada y solitario en la enorme Taiga siberiana; Arseniev, científico ruso y oficial del ejército,  que cartografiaba y exploraba regiones para el gobierno de su país, comandando a un esforzado grupo de cosacos, imprescindibles para el ingente proyecto.


Y otro aspecto fundamental, se trata de una historia real, todo lo acontecido es verídico; la sólida amistad entre dos personas, por tanto muy apegada a nuestra humanidad.


Foto, Paco Castillo, primavera, 2019.

Es una narración que  va calando hondo y con calma, que va generando un sentimiento placentero de lenta floración, algo así como los musgos y líquenes que van recubriendo los troncos.

Fijaros alguna vez en los musgos que se adhieren a los árboles, sobre todo en los días posteriores a la tormenta o las lluvias, el tronco de muchas encinas o pinos está engalanado con musgo, y si el día presenta esa luz  otoñal límpida que se instala tras la brisa, mirad como la madera a contraluz desprende una bella luminiscencia  verdosa, destellos brillantes que realzan éste o aquel contorno de la corteza.








Fotos, Paco Castillo, con una poesía del islandés Jóhann Hjálmarsson, junto al musgo.



Dersu Uzala posee esa misma delicadeza a contraluz, que se aprecia mejor a una determinada distancia.

No es la belleza deslumbrante, pues Arseniev no es el virtuoso narrativo que pueda ser Chejov, ni disecciona psicológicamente a los personajes con la maestría de Dostoievski. Pero precisamente, su belleza narrativa no cegadora gana en cercanía y autenticidad por no apabullar, lo que deslumbra acaba desconcertando, el desconcierto obnubila la percepción, embriaga, confunde, como le sucediera a Stendhal arrebatado por la voloptuosidad de Florencia, el famoso síndrome de Stendhal. 


Pero ojo, Arseniev es un escritor de indudable talento, eso explica que personalidades como Máximo Gorki, o el también explorador noruego Fritjof Nansen, declaresen su entusiasmo por este libro, y admirasen el trabajo de Arseniev.

Dersu Uzala es una historia que posee esta claridad matinal del otoño que apuntaba arriba, una luz que parece un beso rozando la piel, y no el quemazón taladrante de los rayos estivales.

Dersu Uzala también es la épica viajera de unos hombres a merced de las inclemencias naturales.


Y en ese sentido estamos ante todo un tratado de meteorología, algo que me encanta. En todo capítulo las condiciones climáticas, adversas o benévolas, están presentes, poniendo de manifiesto las consecuencias directas sobre el destino de estos exploradores.

Foto, Paco Castillo, primavera, 2019.

Las diferentes calidades de nubes, lluvias, brumas, tormentas, cielos, crepúsculos, claridades, oscuridades, nieves, hielos y tonalidades de la Taiga, con la imponente visión de la cordillera del Sijote-Alin, configuran el escenario para estos diarios de Arseniev.

Un estilo narrativo en donde impera la prosa sencilla, huyendo de lo excelso, acaso una escritura que refleja con acierto la vulnerabilidad de los hombres frente al poderoso paisaje.

Otra salvedad también de los capítulos, así como empiezan con los detalles meteorológicos que inauguran cada día, suelen cerrase con una gran hoguera al raso, cuando llega la noche y los cosacos han montado el campamento.

Entonces asistimos al ritual vespertino, los hombres aligeran el peso de mulas y caballos, y liberados de la tensión acumulada, se relajan entre bromas, preparan el té y todos intercambian impresiones alrededor de la lumbre. 

Pasado un rato, cuando ya se van retirando para dormir, Dersu y Arseniev se quedan solos para conversar con más tranquilidad, mientras el té humea en las noches limpias y heladoras de la Taiga.

 Foto, Paco Castillo, primavera, 2019.


Hablan de lo que se tercie, a veces simplemente disfrutan en silencio de la mutua compañía, cuando Dersu fuma en su pipa y Arseniev permanece ensimismado contemplando un sinfín de estrellas, escuchando la llamada de un búho real o el rumor lejano del mar, el mar del Japón, para más señas.

Otro atractivo del libro es reflejar los usos y costumbres de los escasos pobladores de la Taiga, la mayoría colonos chinos y coreanos que iban encontrando dispersos por aquí y por allá, haciendo notar la generosidad y hospitalidad de aquellas gentes, por muy humildes que fueran estas familias jamás negaban al viajero un techo cubierto, una sopa caliente y el té.

Pero el verdadero viaje de esta historia, más allá del que se abre paso por la hermosa, hostil e inmensa Taiga Siberiana, es el que recorre la amistad de estos dos hombres; Vladimir Arseniev y Dersu Uzala. Eso sí, reitero que el escenario es magnífico.



Leído hoy Dersu Uzala, desde la confort y el enorme paraguas tecnológico que nos brinda el S.XXI, con tantas aplicaciones que uno se siente desnortado, te das cuenta de las extraordinarias hazañas que protagonizaron aquellos exploradores, geólogos, cartógrafos y otros integrantes implicados en rastrear vastas zonas geográficas; empresas enormemente complicadas por las retos e imprevistos que surgían, tanto es así que morir con las botas puestas era algo asumido con estoica resignación por estos  hombres, sabían que tenían muchas papeletas de morir en el intento.

Dersu Uzala representa a un tipo de personas que irradian carisma sin ser conscientes, tipos que me atraen al instante por la relación profunda que mantienen con la Naturaleza, de tú a tú, que conceden la misma importancia al insecto más diminuto que al oso pardo o el gran tigre siberiano.

Desde luego Arseniev sucumbió inmediatamente a la seductora presencia de Dersu Uzala, a su sabiduría, esa que se gesta en su solitaria existencia por los bosques, donde observar y escuchar los latidos vitales de la tierra y el cielo, supone el aprendizaje más valioso para seguir respirando un día más.




¿Cómo te llamas? –pregunté al desconocido.

Dersu Uzala –respondió.

Este hombre me interesaba. Tenía algo de particular. Hablando de una manera simple y en voz baja, se comportaba con modestia, pero sin la menor humildad… En el curso de nuestra larga conversación, me contó su vida.

Tenía delante de mí a un cazador primitivo que había pasado todo su existencia en la Taiga. Ganaba con su fusil para ir tirando, cambiando los productos de su caza por tabaco, plomo, y pólvora que le facilitaban los chinos. Su carabina era una herencia que le venía de su padre.

Me dijo que tenía 53 años y que jamás había tenido domicilio. Viviendo siempre al aire libre; únicamente en invierno se acondicionaba una yurta (cabaña indígena) provisional, construida de raíces o de corteza de abedul. Sus recuerdos de infancia más antiguos eran el río,, una choza, una hoguera, sus padres y su hermanita.

-Hace mucho que se han muerto todos –dijo para concluir su relato, y tomó un aire soñador… Tras  un corto silencio, añadió todavía-:
En otro tiempo tuve también una mujer, un chico y una chica. Todos sucumbieron a la viruela, y me he quedado solo.

(….) Las estrellas estaban ya altas en el cielo, indicando que era más de medianoche, pero nosotros seguíamos charlando al lado del fuego.” (pag. 27)


“Arséniev y Dersú Uzalá en 1906, tras una ruta por el río Kulumbé”. Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Vladímir_Arséniev

El nómada mongol posee esa sabiduría cuyas lecturas se interpretan, por ejemplo, en que determinadas setas han brotado tardías, y eso son señales importantes que Dersu Uzala traslada a la expedición de Arseniev, pues en detalles así les va conservar la vida a los expedicionarios.

Ni que decir tiene su conocimiento de pisadas humanas sospechosas, de ladrones, cuya delictiva condición intuye Dersu por la profundidad que tiene la pisada en el barro, por la separación entre una y otra, amén de otros aspectos que señala, dejando boquiabiertos a Arseneiv y al resto de sus hombres.

Las líneas que lee Dersu Uzala no están en los documentos, son las que trazan las huellas de las martas cibelinas, el jabalí, o las aves migratorias allá entre las nubes, y Dersu conoce sus abecedarios, sabe que  esas uves escritas por las grullas son letras aladas que vuelan más allá del mar, un mensaje que otros, a su vez, leerán en algún lugar remoto, porque para Dersu lo remoto no es la Taiga, sino todo lo que se sitúa fuera de ella.


Grullas, foto de Paco Castillo.

Foto, Paco Castillo, primavera 2019.

Son individuos que por diversas razones o contingencias han desestimado las “bondades” de la civilización, rehuyen las aglomeraciones de sus congéneres, les asfixia la multitud, les espantan los horizontes “sucios” en donde los edificios ocultan a las montañas y bosques, les aturden los ruidos artificiales y modernos, no comprenden, caso de Dersu Uzala, que los habitantes urbanos tengan que pagar por obtener carbón, fruta, madera, u otros elementos que abundan en la Taiga. Y así se lo hace saber a Arseniev.

No necesitan la seguridad del colectivo, considerando su aislamiento social una opción de vida más plena, acorde con el sentido que para ellos tiene la existencia en el entorno natural.

Este libro aglutina las crónicas y notas que elaboró Arseniev durante una serie de expediciones a la vasta cuenca del Ussuri, frontera natural entre Siberia y China. Un lugar tan bello como implacable.

Ese era el objetivo de la narración… pero el objetivo no ha escrito este libro, lo ha escrito el corazón de un hombre que siente su alma hermanada con la de otro hombre. Por eso acabó titulándose Dersu Uzala.





Este libro es muchas cosas que se resumen en una; el encuentro casual del nómada cazador, cuya enteras pertenencias cabían en un ajado zurrón de lana, y el de un oficial y explorador ruso, que acabó considerando como lo más importante de la expedición, casi de su vida… la llegada de cada noche para sentarse junto a ese mongol que fumaba su tabaco en pipa sin parar, y entre el té, las estrellas y unas pocas palabras, esperando la llegada del sueño, nacería una amistad que el fuego de las hogueras nocturnas iba curtiendo entre sus silencios.
Nunca les hizo falta nada más… 


El Valle de Cristal. Capítulo Uno... Paco Castillo.



domingo, 6 de octubre de 2019


Iconografía romántica del mar. W. H. Auden (York, Inglaterra, 21 de febrero, 1907 – Viena, Austria, 29 de septiembre, 1973).

Universidad Nacional Autónoma de México, primera edición, 1996. Traducción de Ignacio Quirarte. 178 páginas. Ensayo.


La noche cae sobre el puerto de Cudillero. Foto de Paco Castillo, 2019.




Si hemos tenido oportunidad, la primera contemplación del mar siendo niños suele ser un recuerdo imborrable.

Yo lo viví en compañía de mi hermano menor, en una visita a Barcelona para reunirnos con unos parientes de mi abuela materna que residían allí.

Por entonces tendría casi 6 años, dos más que mi hermano, nuestra hermana aún estaba por llegar.

Recuerdo nítidamente una escena un tanto extravagante… sentados los dos en la arena, muy cerca de donde rompían unas mansas olas, divisamos una gaviota muerta, el suave oleaje la dejaba en tierra y al siguiente embate regresaba al mar, moviéndose con la cadencia de un vals macabro. Era  como si la tierra y el mar no acabasen de decidirse sobre la reclamación del cadáver.

Mi hermano y yo asistíamos al episodio con enorme curiosidad, ajenos a ese litigio entre ambos elementos.

Así que mi primer recuerdo del mar está anclado a una gaviota muerta que, desterrada ya de los cielos que surcaba, no sabía bien si desaparecer para siempre en la vastedad del mar, o entre los finísimos granos de arena.

Cielo, Mar y Tierra, que sea esa la patria eterna de la desafortunada ave.

Por la costa asturiana. Foto, Paco Castillo, 2019.

Mi hermano y yo nos aburrimos de mirar a la muerte, porque, pasado un rato, estar viendo un pájaro muerto no tiene nada de emocionante para un niño… nos levantamos y corrimos riendo hacia las olas, desdeñando el fúnebre vaivén a nuestras espaldas.


Sirva esta anécdota personal para abrir el comentario de Auden y el mar, o la mar, acogiéndome a su enigmática ambigüedad, los marineros y pescadores dicen la mar, igual que Alberti.


Litoral asturiano. Foto, Paco Castillo, 2019.


Nuestro poeta inglés, el señor Auden, nos invita a observar el mar, posando la mirada en su dimensión como gran metáfora literaria que ha sido y es, aparte de su simbolismo en todos los aspectos de la vida.

No hay que despistarse con el título del libro.

No es tanto el planteamiento de Auden sobre el mar transformado en escenario romántico, como la visión de los poetas románticos sobre el mismo, y que desfilan por el ensayo. Matiz que constituye un brusco viraje de timón, habida cuenta de la naturaleza trágica de Coleridge, Baudelaire, Rimbaud, Tennyson y otros.





Contraportada. Fotos, Paco Castillo.

Sin duda que el mar puede ofrecer una estampa romántica, y al mismo tiempo tornarse mortal.

En el fondo, apropiada palabra, el mar es cobijo de cualquier adjetivo, pues de todos ellos es metáfora. La razón es clara, nosotros somos la metáfora del mar… nacimos en él, evolucionamos de él, emergimos de su oscuridad.

Ciertamente, si la humanidad iniciase el camino inverso, su involución, llegaríamos allí, a sus profundidades silenciosas y primigenias, flotando entre el kril y las medusas.

El mar.

Contemplando el mar con Auden. Foto, Paco Castillo, 2019.

Todo aquello que nos sobrepasa, situándonos frente a nuestra insignificancia, nos atrae y seduce sobremanera; los cielos, que son las ventanas hacia el Universo, el ya mencionado mar o los desiertos, pues Auden surca los mares para también penetrar en los desiertos, dada su analogía al mar, y así nos lo muestra:

"Como lugares de libertad y soledad, el mar y el desierto son simbólicamente lo mismo. Sin embargo, en otros aspectos son opuestos. (...) el desierto es el lugar desecado, el lugar donde la vida ha terminado (...) nada se mueve.

En tanto que el mar (...) es el símbolo de la potencialidad. (...) es perpetuo movimiento, la violencia del oleaje como tempestad, (...) puede ser devastadora, pero a diferencia de la que posee el desierto, se trata de una fuerza positiva. Otra característica es la abundante vida que yace bajo la superficie (...).

El mar es entonces el símbolo de una potencial fuerza primitiva en oposición al desierto de rotunda trivialidad, de un barbarismo pleno de vida en contraste con una decadencia exánime." (p.33)



Foto, Paco Castillo, 2019.

Son grandes exponentes  de lo que a nuestros ojos parece insondable. Entornos repletos de misterio que resguardan algún remoto secreto, claves que podrían despejar incognitas de nuestro existir.

Auden despliega el mar como acontecimiento/recurso narrativo que han reflejado no pocas celebridades de la literatura. Aunque sus textos se detienen especialmente en los escritores y poetas románticos, pero sin olvidar referencias a Shakespeare o Dante, entre otros insignes. También nos hace partícipes de sus atractivas reflexiones como las expuestas arriba.


Acercándonos al mar era ineludible que el poeta refiriese  la obra cumbre de Melville; Moby Dick; el mar como escenario de enfrentamiento entre el hombre y la naturaleza. En Moby Dick asistimos a la metáfora por antonomasia. Se escenifica la humillante derrota de la soberbia humana cuando en su prepotencia desafía a las fuerzas de la Naturaleza. 


Por los senderos cantábricos hacia el mar. Foto, Paco Castillo, 2019.




Mar y Desierto.

Si Auden nos traslada al mar con Moby Dick, resulta igualmente significativo que nos lleve a las soledades desérticas, figuradas eso sí, con… ¿Don Quijote? Pues sí, para un poeta, que además anduvo por estos lares ibéricos, los páramos castellanos que recorrió el ingenioso hidalgo y Sancho Panza, debieron ser una transfiguración perfecta del desierto, aunque sobre todo le interesa del héroe cervantino su dimensión romántica, es decir, de personaje que intentando vivir en un sueño, es abatido por la realidad. Pero también nos presenta reflexiones literarias, o filosóficas más bien, sobre el desierto real, un océano arenoso.

Veamos una de tantas convergencias y divergencias que Auden establece entre Ismael, el narrador de Moby Dick, y Don Quijote:

-ISMAEL COMPARADO CON DON QUIJOTE-


Foto, Paco Castillo, 2019.

Bueno empecé con el mar y una gaviota muerta, acabaré de un modo menos sombrío.

Hay otra cosa que me gusta mucho del mar. Todos los niños del mundo han  dibujado las estrellas del cielo con la silueta de una estrella de mar… sencillas formas que utilizan los niños para zafarse de toda la complejidad que los rodea.

Y los arcoíris… nada de descomposición de la luz solar ni bagatelas, son esos maravillosos toboganes de colores, te subes al cielo y te deslizas vertiginoso hasta la tierra, esta vez sin mar a la vista.

Auden y yo sorprendidos por un espléndido arcoíris. Foto, Paco Castillo, 2019.



Cielo, Tierra, Mar.

Palabras que son sencillas para los niños... y llenas de complejidad para los adultos.



Foto, Paco Castillo, 2019.