P. Castillo

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martes, 2 de mayo de 2017

Aventuras de un irlandés en España. Walter Starkie (Dublín, 1894 – Madrid, 1976)


Libro. Espasa – Calpe. Colección Austral, 1965. Traducción Antonio Espina. 231 páginas.






Tenía preparada esta entrada desde hacía muchos días, pero no ha sido hasta ahora que he decidido publicarla, ¿razones? No lo sé, hoy me ha apetecido. Será la primavera…







Imaginad a todo un erudito, experto en filología clásica, catedrático de humanidades, investigador, poeta, antropólogo, ensayista, novelista, músico y que, además, hable fluidamente el romaní, la lengua gitana.

A priori resulta complicado encontrar a alguien así o parecido, pero ni mucho menos es imposible. Ahí tenemos el ejemplo de José Heredia Maya (Granada, 1947-2010), quien fue catedrático de Literatura en la Universidad de Granada, dramaturgo, poeta, ensayista, músico y cantante flamenco, casi nada. Pero no es él mi objetivo.

Ahora pensad en todo lo anterior y añadamos a ese curriculum, gran viajero, aparte del dominio en el romaní, también en su variante ibérica, el caló… Y todo ello sin ser oriundo de estas tierras íberas, sino de un país bastante más septentrional, anglosajón para más señas. Esto ya parece una tomadura de pelo, pero no lo es.

Ante ustedes, el enigmático Walter Starkie, un irlandés bonachón nacido en Dublín doce años después que su colega y vecino James Joyce.

Esquivo a todo perfil convencional. Algunos archivos históricos suelen presentarlo inicialmente como un viajero romántico del siglo XX. Solo es la punta del iceberg.

He mencionado “enigmático” irlandés, el entrecomillado no es un adjetivo gratuito. Si su semblanza roza ya lo inverosímil, podemos dar un giro aún más rocambolesco; sobre W. Starkie se cernía la sospecha de ser un espía perteneciente al Servicio de Inteligencia Británico, uno de tantos con la misión de evitar que el régimen de Franco interviniese en la II GM dando su apoyo a Hitler.

Churchill quería mantener la neutralidad española a toda costa. Infiltrados en Madrid no faltaron para tal empresa, entre ellos varios intelectuales y artistas de las Islas Británicas.





Siguiendo este hilo, un caso fascinante es el del actor inglés Leslie Howard, por entonces amante de Scarlett O´Hara no solo en “Lo que el viento se llevó”, también en la vida real. Llegó a Madrid en 1949, cuando Walter Starkie, años después de sus andanzas españolas, ya era residente en la capital y ejercía de Director en el Instituto Británico de Madrid.

De hecho ambos se reunieron, pues Walter le había organizado unas conferencias acerca de Hamlet que Leslie rehusó. Walter se quejó públicamente por la actitud del actor, éste afirmaba tener entre manos otros asuntos que atender…

Fue una estancia de dos meses, envuelta en un absoluto misterio y que acabó con la muerte del actor cuando el avión en el que viajaba fue derribado por los alemanes en la costa de Cedeira, Galicia.

En cuanto a Walter nunca estuvo claro el asunto de su espionaje, buenos amigos suyos como los escritores Cernuda, Antonio Espina, Menéndez Pidal, Pío Baroja, Cela, o los pintores Zuloaga y Antonio Prieto no arrojaron luz sobre tal acusación. Nada se sabe con certeza.

Hablando de Cela, valgan estas líneas sobre Walter, pues el Nobel gallego fue gran admirador del irlandés:

"Había una vez, a lo mejor hace ya muchos años, muchísimos años, un viajero irlandés, comilón, andarín, bebedor y gordinflón, que se llamaba don Walter".





Fuera lo que fuese, a mí lo que me ha llegado es una excelente obra. Esta es la historia de sus andanzas por España, contadas por él. Era el año 1934.

Uno quisiera perpetuar la gratísima sensación que te embarga tras la lectura de una gran libro, entretenidísimo y culto, con una escritura cautivadora y elegante, trenzada con sorprendentes anécdotas que confieren a la narración un ritmo vivaz y andarín, tal es la naturaleza del locuaz W. Starkie.

Ha sido muy gratificante acompañar a este hombre en su periplo. Venturas y desventuras que él mismo narrará, oficio de escritor tiene para dar y tomar.

La materia prima la extrae de su peregrinar por medio mundo y su vastísima cultura, que no utiliza para apabullar, él la pone al servicio de un admirable sentido del humor, en el territorio literario hay pocas uniones más seductoras, o poderosas que ésta. Es fácil comprobarlo, empiezas a leer el libro y te das cuenta que ya no podrás separarte de él, desde que te levantas hasta que te acuestas.

Qué tipo éste, no tiene desperdicio.

Aparte de su deslumbrante cultura poseía encanto a raudales. Uno desearía disfrutar su compañía en una tertulia de sobremesa, para mí no tendría precio. Eso sí,  llevándole a una buena taberna con mejor vino y viandas para conversar, sellarías con él una amistad inquebrantable.

Si hay una persona al que el calificativo de bohemio le haga justicia, es él. No es que fuese un tipo estrafalario… Lo siguiente.

Profesor, conferenciante, ensayista, investigador, escritor, poeta, músico (era un consumado violinista), además de viajero y trotamundos incansable por medio mundo (en España ya había estado muchas veces). Un vividor, sin su acepción frívola, en el sentido de vivir como se quiere.





Amigo de gitanos, vagabundos, pastores, monjes como su buen amigo fray Justo, de quien siempre recordaba los serenos coloquios mantenidos en la quietud del Monasterio de Silos, campesinos, pintores (por ejemplo, Zuloaga), monarcas y republicanos, célebres artistas como Agustina, “La reina de los gitanos” (musa codiciada por los grandes pintores de la época), ilustres personajes de la nobleza, intelectuales de renombre (varios poetas y novelistas del 98 asistían a las tertulias de su carismático amigo irlandés, en su larga estancia madrileña, así como él asistía a las de ellos).

Con tan variopinto ramillete de personalidades departirá nuestro amigo Walter. Las anécdotas que se suceden de tales encuentros te sumen en la expectación hasta la última página.

Extensa amalgama social, ideas políticas de todo signo que la campechanía del dublinés acogía con toda la naturalidad, pues se consideraba hombre de espíritu humanista.

Igual de valioso encontraba compartir palabras, migajas y camino con algún mendigo sin más patrimonio que su conversación y el morral, que departir sobre monarquía y republicanismo con alguno de sus nobiliarios amigos en el suntuoso salón de un castillo. El mismo valor tenía para él una cosa y la otra.





Y de tal guisa tal libro. Su argumento no es novedoso, un intelectual extranjero que narra su experiencia por la península ibérica.

¿Un libro más donde un célebre escritor expone sus visicitudes en tal o cual país?

Va a ser que no.

Lo extraordinario es la forma en que abordó el viaje este músico, escritor y trotamundos. Eso pondrá una distancia enorme con el resto de dichas obras.

Dominaba bien el idioma castellano, y con no menos solvencia… el caló, sí, la variante ibérica del romaní (que hablaba fluidamente).  Jaja, un dublinés rubicundo que chamulla caló, ¡es muy fuerte! (Como se dice ahora).

Walter Starkie era una eminencia mundial en el estudio de la cultura romaní. Tal era su pasión que incluso había convivido temporadas con diferentes grupos gitanos en Los Balcanes y en Hungría.

El conocimiento del castellano se debe, entre otras cosas, a sus exhaustivos estudios sobre nuestra cultura y costumbres desde tiempos remotos hasta lo actual de entonces, y a los numerosos viajes que realizó al país, algunos acompañado de su esposa siendo ambos jóvenes entusiastas, supongo que hábidos de una curiosidad antropológica que ha dirigido los pasos de tantos estudiosos británicos hacia aquí. Baste recordar a hispanistas contemporáneos como Hugh Thomas, Ian Gibson o Paul Preston.

Por cierto, aprovechando mi tendencia a la digresión, os contaré que con Gibson me crucé un par de veces caminando por la Gran Vía capitalina (no es tan difícil), viendo en la distancia como su trayectoria y la mía se iban aproximando hasta confluir con apenas unos centímetros de separación. Era la viva imagen del intelectual ensimismado que todos tenemos en la cabeza, un andar pausado, libros en la mano, la mirada extraviada en algún punto de fuga indefinido y, por encima de todo, ese (des) peinado imposible que corona su cabellera, cuya apariencia no hace distinción entre las horas del sueño nocturno y las del día. Lo cual no deja de ser prodigioso, que tanto en tiempos de ventisca otoñal, como en la calma chicha de agosto, la estructura de sus cabellos rebeldes se mantenga intacta.

Comentaba, como elemento excepcional del libro, su extravagante manera de viajar.

Por si no lo había dicho, la pretensión de Walter era recorrer buena parte del País Vasco, Castilla la Vieja y el centro peninsular, finalizando en Madrid… a pie, o en mula, o… La verdad es que ni él mismo tenía idea, iría viéndolo por el camino, mientras fuera acompañado de su violín, al que comparaba con Rocinante, lo demás era secundario.





Con su amado instrumento arribaría hasta la capital del reino para perderse en innumerables tertulias de café con sus amigos poetas, pintores y novelistas, entre los que se encontraban Machado, Valle Inclán, o Unamuno, por citar algunos. Todos desfilarán por el libro, por ejemplo Unamuno, nos narrará su encuentro en una lúgubre tasca de Hendaya, en donde lo descubre meditabundo en una mesa apartada, arrinconada en la oscuridad.

Sí, viajaría con lo puesto, un poco de dinero para los primeros días, en un viaje que le llevaría meses. Su violín habría de procurarle cobijo y comida tocando melodías españolas e irlandesas en tabernas y calles de los pueblos y ciudades que visitaría. Por eso sus colegas irlandeses, intelectuales y catedráticos como él, pensaban que el simpar Starkie estaba mal de la cabeza.

A él le traía sin cuidado tal o cual opinión:

“Es natural que cada viajero que vaya a España lleve su pequeña dosis de locura quijotesca. (…)

Predicaba con el ejemplo:

“Muchas noches acampo fuera de los pueblos; pero mis vestidos son demasiado ligeros para este País Vasco, que suele tener un verano traidor. (…)
Al salir de San Sebastián hacía sol y yo supuse que podría acampar en noches sucesivas bajo los árboles. Al pasar por Zarauz busqué un rincón apropiado (…) Por fin encontré lo que buscaba fuera del camino, al pie de unos árboles.
Serían las nueve de la noche y no se oía ningún ruido, excepto el ladrido distante de los perros de alguna casa de labor. Encendí un fuego (…), tendí mi capa en el suelo y me dispuse a dormir.

¡Cuán humildes son las necesidades de un solitario errante por los caminos del mundo!

La capa que llevo, a cuadros negros y blancos, se la compré a un pastor; es una capa tosca, pero abriga mucho y que me gusta echar sobre los hombros cuando el frío arrecia. Hay un proverbio español que dice: « Debajo de mala capa se esconde un buen bebedor.» Mi capa es pobre, pero tengo en mi mano la bota de vino. Nadie debe dormir al raso en España sin llevar una bota de vino, pues, como nos advierte otro proverbio español: « A mala cama, buen colchón de vino.» “





Menudo tipo, el irlandés…

Para este viaje aunó en su ser todas aquellas identidades que admiraba profundamente, y consiguió su propósito.

Adoptó la actitud quijotesca de caballero errante ante los caminos, por mor de su idolatrado Cervantes, hasta el punto de establecer ingeniosas correlaciones entre diferentes anécdotas vividas y andanzas de Don Quijote y Sancho. Se propuso hacer del espíritu nómada que anida en el alma de los gitanos, la brújula de sus trayectos. Adoptó el bon vivant de los trovadores y juglares medievales, que tan bien conocía, para deleitar a los lugareños con la música de su violín… y ganarse unos dineros con que degustar su venerada cocina española.

Tanto como lo gastronomía le fascina “esa querencia española por los refranes”, a los que dedica todo un capítulo. Un fragmento:

“Un vagabundo que se lance por los caminos de España necesita ir bien provisto de refranes. Le será tan necesario en el campo como en la taberna o en la plaza. Los campesinos castellanos están armados hasta los dientes de refranes y se los arrojan incesantemente unos a otros. (…)
Al principio el extranjero queda desconcertado. Un refrán es un golpe mortal en el duelo de la conversación. Cuando ha sido pronunciado no hay más que hacer que dejar el tema y buscar en el cerebro otro. (…)
El español saca su proverbio del gran fondo del saber popular con tan reverente cuidado como un anfitrión saca una botella de amontillado seco que desde muchos años guarda con amor en su bodega. No hay disntinción de frase entre los refranes; el vagabundo o el bandido los usa en su conversación no menos que el rey o el aristócrata.”

Fue un consumado violinista, era su principal vocación. Ganó siendo muy joven un primer premio de violín en la Royal Irish Academy of Music. De hecho deseaba dedicarse profesionalmente al violín, sin embargo el padre había diseñado ya un futuro para el vástago, acorde con el impresionante ambiente académico que rodeaba a su familia.  

Ya por aquí, a la vista de su poco lustrosa apariencia, con sus ropajes ajados y polvorientos del mucho deambular,  sería mirado más de una vez con recelo por la sospecha de estar ante un vagabundo cualquiera.

Lo que le salvaba era su deliciosa conversación, aderezada con una labia encantadora de pícaro irlandés. Se las arreglaba para conseguir cama gratis, o a precio irrisorio, en toda clase de tascas, posadas y tabernas, a cambio de amenizar a los parroquianos e incitar al consumo colectivo de vino tinto.





Establecía alianzas con otros músicos, callejeros como él, gallegos, vascos, muchos andaluces (éstos subían en hordas al norte de España en época estival, ahí estaba el dinero), para animar las tascas y sacarse unos cuartos… Los sabios consejos de los guitarristas, trompetistas, flautistas o gaiteros del lugar valían su peso en oro, necesitaba esas camaderías para tocar en los sitios donde rascarse los bolsillos fuese la norma entre los comensales, y también evitar aquellos antros en donde lo reluciente no eran las monedas, sino el filo de las navajas… No siempre lograba evitar líos, claro está.

Sus impresiones sobre las ciudades y la idiosincrasia de sus moradores me parecen magníficas:

"Fuenterrabía es una ciudad enervada, que ve transcurrir la vida moderna sin preocuparse de abrir los ojos para enterarse. Esto es una gran ventaja para el extranjero a condición de que sea un espíritu contemplativo. (…)

Fuenterrabía es pequeña, con menos de mil habitantes (1934) (…) Parecería una ciudad muerta sino fuese por los gritos y  el alboroto de innumerables chiquillos que juegan en la calles y patios vacíos. Una de las primeras impresiones del viajero en España es la de ver tantos niños y la libertad que gozan. En ningún país los chicos corren, saltan y juegan con tanta alegría y libertad como lo hacen en España.

En las demás naciones se procura inculcar a las criaturas desde muy pequeñas el principio del orden y disciplina, incluso para sus juegos. En España se deja en absoluta libertad al individualismo personal de cada niño; saltan en las calles como gatitos; gritan y persiguen a los extranjeros con preguntas curiosas, que acaban por molestar, pero que al mismo tiempo le dan la sensación especial de que estos niños son los más encantadores del mundo.

¿Cómo es que estos chicos y chicas de ojos grandes, sonrientes, se transformen luego en vascos corteses, lentos y taciturnos?

Acerca de unos de los cuadros de Zuloaga, cuando estuvo visitando al pintor en su casa de Zumaia:



“Los flagelantes muestran, en efecto, un aspecto del alma española que se repite a lo largo de su historia. Las caras arrugadas de estos hombres y mujeres, campesinos de Castilla; las casas, ruinosas, y toda la melancólica tristeza de la escena nos dan una versión indudable de la españa ancestral.”



Foto internet

En ocasiones fue recogido por campesinos castellanos que iban o regresaban de las faenas, al ver su aspecto desaliñado y con cara de no haber zampado un buen estofado en días, no lo distinguían de un mendigo, y como era costumbre en esa gentes rudas y dignas, compartían con el andariego lo poco que ellos tenían.

Otras se acercaba solitario a algún asentamiento gitano, contraviniendo reglas de prudencia elemental, pues los gitanos estaban siempre resquemados, a la defensiva contra los payos por el continuo hostigamiento hacia estas gentes errantes, lo que provocaba bastantes trifulcas entre unos y otros.

W. Starkie sabía como ganarse su confianza, bastaban unas pocas palabras en caló, muy bien escogidas, ante la estupefacción de mujeres, hombres… y risas de los niños (imaginad a un grueso irlandés, enrojecido por el sol, dirigiéndose en caló a estos gitanos… habría que verles la cara).

Disipado el estupor, el patriarca le hacía sentarse a su lado, compartiendo el calor de la lumbre bajo las estrellas… sin faltar un suculento guiso de gallina y la bota de vino. Entonces surgían de ambos algunas palabras, pocas, pero cada una precisa en su capacidad de abarcar la idiosincrasia de una cultura milenaria. Y ellos mismos se convertían en una estampa antigua, tan vieja como ese crepitar del fuego, entre el olor penetrante de los maderos en ascuas.

En estos casos lo solían agasajar durante un par de días y, por orden del patriarca, lo trataban a cuerpo de rey.

Así es este libro, un cruce de caminos literarios exótico, una crónica viajera que tiene mucho de relato cervantino, pues las comparaciones de usos y costumbres con pasajes de sus admirados Sancho y Don Quijote aparecen con el acierto de un gran conocedor, no solo del Quijote y la obra cervantina, sino de toda nuestra literatura desde tiempos pretéritos.

Esto da lugar a una obra cultísima (y me atrevería a decir, de culto), pues son muchas las referencias artísticas, literarias e históricas que atesora, todo con prosa exquisita que se hermana sin fricciones con la lengua coloquial, y el caló. Peculiar Walter Starkie, expresándose en dicha lengua a la mínima oportunidad que se le presenta, asombrando a propios y extraños.





No solo un libro cervantino, también “barojiano”, “unamoniano” y hasta “valleinclanesco”.

Sin olvidar que: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, pues con tales palabras de Machado (merecedor de unas interesantes líneas) está hecho el espíritu de este libro, una escritura que va surgiendo de los caminos, igual que las siembras de cereales en los campos castellanos que circundaba.

Delicioso el apartado Tertulias dentro del capítulo “Madrid”:

“Desde las siete hasta las nueve, todas las noches, los madrileños, tan parecidos a los irlandeses, de los cuales el doctor Johnson observó elegantemente: «Son un pueblo justo: nunca hablan bien unos de otros», se reunen en sus tertulias. Con la excepción de Dublín, en ninguna ciudad de Europa se derrocha en la conversación tanta mordacidad como en Madrid. Pero mientras los ingleses de Dublín viven bajo el crepúsculo céltico y se guardan de las flechas de sus adversarios con la niebla, los francotiradores de Madrid, bajo su atmósfera limpia, casi nunca fallan el blanco.”

Aquí nos cuenta su presencia en una de tantas, con Machado:

“Cada tertulia suele tener una especie de jefe o presidente, que es el que da el tono a la reunión. Si la preside un poeta, como Antonio Machado, la conversación recae generalmente sobre los poetas de la España moderna; Antonio Machado habla lento y mesurado, maravillando con su imaginación y sus agudezas de andaluz a todo el que le escucha."

También esta, con Valle-Inclán:

“La tertulia más pintoresca que conocí en Madrid fue, sin duda, la de Valle-Inclán (…) posee una fuerte dosis de la sal picaresca de Quevedo y del Arcipestre de Hita. Valle-Inclán es alto y delgado, de rostro pálido y cadavérico y lleva enormes gafas de concha que le dan el aspecto de un ave de rapiña. Ostenta larguísima barba gris y suele usar una fúnebre y negra capa que envuelve holgadamente su cuerpo enjuto. (…)

Don Ramón habla con una voz ceceante, que hipnotiza a sus oyentes. Cada palabra suya cae cae en el silencio de sus oyentes como una nota aguda y cristalina de música.. El ascenso y descenso de sus tonos vocales me hicieron evocar a aquellos taumaturgos que acertaban a ahuyentar las enfermedades y la muerte con el conjuro de su voz de plata. Cada frase era una melodía, el poeta gozaba escuchando los ritmos maravillosos de su propia voz.”

Las divertidas ocurrencias, comentarios y anécdotas del irlandés alcanzan cotas literarias geniales, en un libro que, sin ser ficción, es Literatura en estado puro. Uno se sonroja por el hecho de que un extranjero le ilustre sobre tantas cuestiones de nuestras letras, de nuestro arte, de nuestro folclore, y suma y sigue.

Además pone la nota (nunca mejor dicho) en la “letra pequeña” de la Historia, él mismo está inmerso en el cotidiano devenir de las gentes y pueblos que lo acogen. Toma sus notas a pie de calle, por tanto el retrato social que se nos muestra tiene una enorme riqueza, ofrece una serie de acontecimientos que, en su aparente insignificancia, lo dicen todo.

Lo fascinante de este intelectual es la pasmosa facilidad que tenía para amoldarse a estratos sociales tan dispares; ya fuera un marqués, un guitarrista gitano, o un gaitero gallego, y esos jugosos encuentros nos los brinda para nuestro deleite. Asistimos a un viaje hacia nuestro pasado que, en gran medida, explica nuestro presente.

Igual dormía bajo las carretas de los gitanos, o en la más absoluta soledad cobijado al borde de un viejo álamo, tiritando de frío por el txirimiri cantábrico, que lo hacía en el castillo feudal del conde fulanito o menganito.

Creo haber captado la esencia que se nos sugiere entre líneas, más allá de la enorme cultura y erudición de Walter Starkie, pienso que la verdadera sabiduría estaba en esas pocas palabras intercambiadas con un vagabundo en los caminos solitarios, o al amparo de noches al raso, palabras fugazmente alumbradas por el resplandor de las hogueras. Es ahí donde empezó todo, donde la literatura echó a andar, hasta recorrer el vasto camino que hoy la contempla.

Gran mensaje de Walter, al viaje hay que ir con el equipaje justo, esencial, es decir, las palabras, la música de un violín y ánimo para caminar… sin prisas

“Un violinista vagabundo que quiera sacar dinero a los gallegos testarudos tiene que tocar una nota baja de zángano en la cuerda como acompañamiento de su aire. Ha de imitar la gaita o marcharse sin un céntimo”





Pues eso, vámonos, ¿a Camariñas con Luz Casal y Luar Na Lubre?

¡Quién osaría decir no a esta mujer!



jueves, 6 de abril de 2017

Se había quedado una puerta abierta...

¿Sabéis una cosa? Tenía preparado ya el comentario de un libro para publicarlo aquí, anoche lo dejé casi acabado, pero esta mañana he cambiado de parecer en el último instante.







Mientras sacaba de la nevera unas hojitas de morera, para los gusanos de seda que tiene mi hija Izaskun, escuché fugazmente en la radio (siempre desayuno escuchándola) que el entrevistado, una persona relevante en el ámbito de la ayuda humanitaria, le contaba una anécdota a la locutora.

Era a raíz de un viaje que esta persona hizo a Nicaragua, el embajador español en el país centroamericano se interesaba por su adaptación al entorno, y el otro le respondió: “Señor embajador, vengo de Chad, en África, Nicaragua es Manhattan comparado con aquello (…)

Ahí quedó la cosa, pues tenía que irme a poner los brotes tiernos de morera y sustituir las hojas resecas, pocas hojas, en una cajita de cartón, donde había unas sandalias del número 19, el espacio, como decía, no da para más. O tal vez sí, quizás para Izaskun caben muchísimas cosas, las que se ven y las que no.

Comentaba que ahí quedó la cosa con esa entrevista… En realidad no es así, ahí no quedó la cosa.

Yo fui a hacer lo que tenía que hacer, pero dando rodeos a esas palabras, digamos que se había quedado una puerta abierta… y me escapé, mis devaneos se iban esfumando por esa rendija.

Entonces pensé:

Mogadiscio es “Manhattan” comparada con Puerto Príncipe

Rabat es “Manhattan” comparada con Mogadiscio

Tirana es “Manhattan” comparada con Rabat

Kiev es “Manhattan” comparada con Tirana

Madrid es “Manhattan” comparada con Kiev

Londres es “Manhhatan” comparada con Madrid



No pretendia parar tan pronto la serie, es que se produjo un lapsus…

Dejo un momento las hojas en la mesa de la cocina, junto a una tacita que tiene un par de fresas, le han sobrado a mi hija del desayuno, y una tarrina con tomates cherry amarillos, rojos, verdes y naranjas. Me como las fresas, muy rojas, además de un tomatito, muy amarillo…

Me he alimentado de colores, para ser más exactos rojo y amarillo.

El rojo de las fresas tiene licopeno, el amarillo del tomate, carotenoides. Vaya palabritas…

Hablando de palabras, aquí va otra; Náhuatl, proviene de nāhua-tl, (sonido claro, agradable).

El Náhuatl era la lengua dominante en el México precolombino, fue perdiendo su extensión al llegar los españoles e imponer el castellano.

Y a que viene todo esto? Pensaréis.

Por el tomatito que me acabo de comer.

Tomate, la palabra, procede de tomātl, y ésta pertenece a la lengua Náhuatl, que acabo de mostraros. ¿Curioso verdad?

He ahí la fascinante relación entre unos tomatitos en mi cocina y una lengua precolombina del siglo V.

Desde esa tarrina en mi mesa, hemos llegado al Imperio Azteca anterior al desembarco de Colón.

El color rojo y amarillo tienen mucho simbolismo, están en la bandera de España… ¡Y me los he zampado!

Uyys… raudo compruebo si masticar y tragar los colores rojo y amarillo, señeros de la bandera, constituye un atentado contra la autoridad en la reformada ley de seguridad ciudadana… nunca se sabe.

Que conste, a mí me encanta la bandera si, por ejemplo, sirve para calentar a una persona que estando con lo puesto pide limosna en la intemperie invernal y no hay otra cosa a mano. Esa bandera está bien.

Comprobado, todavía no es delito…

Voy hacia mi librería repitiendo esa cantinela de  “Manhattan”…
A la par que busco algún libro, sin tener claro cual, estoy con la susodicha cuestión… la deslumbrante Manhattan se erige en esta retahíla de urbes como paradigma de la Ciudad Total. Todas las demás confluyen ahí, para luego ser tragadas y desintegradas, como si fuera un agujero negro que engulle estrellas.

Y miro libros esperando ver, de forma preeminente, la palabra “Ciudad”, como si fuera a descubrir algo revelador en ella.

Ah sí… Los gusanos de seda, aguantarán bien, sus sobras son opulencia para otros congéneres menos afortunados.

No venía a por “Seda” de Baricco, pero claro, entre los gusanos de seda, y que lo tengo delante de mis narices, éste se me insinúa de forma descarada. 




Tampoco fue una lectura que me entusiasmara en su momento, desconozco si la culpa fue del libro, o del “momento”.

Ya que está, lo ojeo. Aparecen ciudades, las que atraviesa el protagonista, Hervé Joncour, convertido en comerciante de gusanos de seda… Wurttemberg y Baviera, después Viena y Budapest. Sigue por Kiev. Atraviesa los Urales y Siberia. Llega por fin a Fukushima, en Japón.

A la vista del espectacular itinerario, cierro el libro y me pregunto como convertir ocho gusanos, los que tenemos, en dieciséis, y luego en treinta y tantos… y así ser también yo, sin que hubiese más remedio, jeje, tratante de gusanos entre Oriente y Occidente.

Ese nomadismo para mí, fascinante desde luego, sería el final de los cuentos por la noche para Izaskun, y los viajes que yo vislumbro en sus ojos son, si cabe, más fascinantes. Jamás robaría los sueños de mi hija. Además, ya viajo dentro de su mirada.

Bueno, “Seda” y Baricco no me entretengáis más, yo iba a…

Sí, ciudades, ¿para qué? Pues abramos libros… y a ver que pasa.

A todo esto (sin libro mediante) recuerdo un fragmento, pertenece a un poema de Benedetti:

“Cada ciudad puede ser otra”

Solo quiero estos “fogonazos”. Sé que ahí está ese algo…

Abro “Las ciuades invisibles” (qué magnífico título), de Calvino:




“En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas. Las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen.”

Sea lo que sea, presiento que estoy rozándolo con los dedos…

¿Y si es algo que excede a la ciudad?

Tal vez sea el mismo mundo.

“El mundo insomne”, (1965), de S. Zweig:





"Mira bien a los desterrados, tú, feliz, que sabes de qué vivir y para quien; para que comprendas con humildad, la ventaja que por mera casualidad tienes sobre los otros. Mira bien a los hombres que allí están agolpados (…) acércate a ellos, háblales, porque el solo acercarte es consolación (…)”

Les doy las hojas a los gusanos. Dejo todo esto que estoy escribiendo. Desconecto. Cambio de rumbo, me llevo al sofá “Los mejores cuentos de Edgar Allan Poe”, en un periquete me leo uno de los relatos, “El gato negro”.






Que comienza así:

“No espero ni pido a nadie que crea en el extravagante pero sencillo relato que me dispongo a escribir. Estaría loco de verdad si así lo esperase, cuando hasta mis propios sentidos rechazan su evidencia. Pero no estoy loco y sé perfectamente que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quiero aliviar mi alma de alguna manera."

Si empieza así… imaginad como sigue. Unas pocas líneas y ya mascullas; “joder, este tío era un genio”

Bien es verdad que algunas ciudades, vistas desde una azotea, como las innumerables que hay en Lima, provocan cierto desasosiego. Lo describe magistralmente el escritor peruano Sebastián Salazar Bondy en "Lima la horrible".



Fotos que realicé en Lima, Perú.





Así lo ve Julio Ramón Ribeyro:



Azotea limeña. Paco Castillo.



Por las azoteas

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos. (...)

Te estaba esperando -me dijo el hombre-. Me aburro, he leído ya todos mis libros (...)

Ah, ya sé -dijo el hombre-. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea -añadió con amargura- no sirve para nada.

No vengo por los trastos -le respondí-. tengo bastantes, tengo más que todo el mundo.
Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. a mí me gustan las ciudades frías, las que tienen arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol?

Una sombrilla -le dije-, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad.
Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos."



Me recupero del lapsus.

Voy a juntar los puntos más equidistantes de esa lista de ciudades que tenía.

Frente a frente, Puerto Príncipe y Manhattan.

¿Qué es Puerto Príncipe comparado con Manhattan?

Lo excesivo de uno y lo paupérrimo de lo otro se juntan en una coctelera mental que genera caos, ideas difusas. Me cuesta imaginarlo de buenas a primeras.

Al final, he hallado la mejor solución para resolver la pregunta, llevado por un vago deseo de justicia universal, decido que no es Puerto Príncipe la que tenga que ser “nada”

Ya encontré una respuesta a la pregunta de marras.

¿Qué es Puerto Príncipe comparado con Manhattan?

Manhattan comparada con Manhattan… no es nada.

Si señor, gran respuesta, me digo.

Ah, los gusanos tragan que da gusto estas moreras, las que tengo no son cualquiera… es la morera blanca. 
Morus alba, en latín. Morer blanc, en catalán. Masustabe, marhugatze, en euskera. Moreira branca, en gallego. Amoreira-branca, en portugués. White mulberry, en inglés.

He visto otro libro por acá, lo tenía entre el estante de Filosofía, aunque recuerdo que antes estaba por los de Historia.

"La escritura, archivo de la memoria"





Ahora mismo le hago una foto, ya está. No es la Ciudad el tema principal, pero hay otro tema que me suena bastante... La seda, claro. Veamos:




"Historia: La ruta del papel.

Hacia el año 750 de nuestra era, es posible que los árabes vencedores en Samarcanda aprendieran de unos prisioneros chinos la técnica de fabricación del papel a partir de trapos de seda. Este secreto lo habrían guardado celosamente los chinos a pesar de su difusión hacia el Este, en el año 600 d. de J.C., a Corea y luego al Japón, donde se implantó muy pronto con el éxito hoy conocido. En cuanto a los papeles tostados, fabricados en México por los mayas y luego por los indios Tomi, serían el vestigio de las migraciones hacia el continente americano de los pueblos protomongólicos, a través del estrecho de Bering, y más tarde a lo largo de la costa del Pacífico... Así se dibuja lentamente, alrededor del globo, la Ruta del Papel.

Hacia el Oeste, poco a poco, partiendo de Samarcanda, siguiendo la ruta que acabó por tomar el nombre de la Seda, pues era lo que principalmente se transportaba, el papel inició a su vez la partida: Asia Central, Persia, Egipto, África del Norte y después España, donde la primera fábrica se construyó en 1154, mil años después del descubrimiento (reconocido) del papel por Cai Lun."


¿Vemos otro libro? Es que lo tengo aquí cerquita...




«El Kublai Khan mandaba acuñar monedas de la membrana que hay entre la corteza y el tronco de la morera».

“Viajes”, Marco Polo.


Vamos llegando al final, tengo que conseguir una caja más amplia, cuando de las crisálidas salgan las mariposas, han de estar cómodas, solo así mi hija puede apreciar bien el "milagro".


Foto internet. Mariposa del gusano de seda.


Dice una leyenda que dos milenios antes de Cristo, la emperatriz Xi Ling- Shi a fuerza de observar las plantas, descubrió unos pequeños capullos amarillentos y brillantes. Cogió uno mientras tomaba su té, el capullo se le escapó de los dedos y cayó en la taza de té caliente. Al sacarlo, el capullo comenzó a deshacerse transformándose en una hebra de hilo muy largo.


Pues eso, el mensaje aquí es el que a cada uno le plazca hacer.