Rumbo
Erguida sobre el tejado del viejo monasterio, destaca una Rosa de los Vientos con su Flor de Lis fijando el Norte.
Es lo primero que suelo mirar cuando salgo al balcón amaneciendo.
Asomado a mi particular reducto de Mundo, la incipiente claridad me envuelve con su luz temblorosa de candil, tenue, y la existencia de las cosas y los seres posee una textura quebradiza, inconsistente; tejados humeantes, farolas con su haz dorado languideciendo, columpios mojados y vacíos, gorriones rechonchos, mirlos y algún transeúnte madrugador de andares desganados, adquieren la fragilidad de los charcos congelados, cuyo hielo va deshaciéndose al paso de las horas, y al sol de mediodía solo queda agua cristalina reflejando nubes pasajeras.
Ahí, frente a la Rosa de los Vientos en una gélida
atmósfera invernal, la mirada se hace acuosa y siento el frío punzante sobre mi
piel. Reina la calma en las calles, solitarias aún, y aflora el deseo de quedarse
a vivir en ese instante.
El silencio acentúa el delicioso canto de los mirlos y el piar alborotado de los gorriones, que buscan migajas junto a las macetas de crisantemos y brezos rosados del vecino, quien las cuida con mimo. De alguna manera, pienso, se está cuidando así mismo de la ingratitud del mundo.
Igual que yo, necesito esa catarsis del amanecer,
ver como la noche cede pacíficamente el testigo al día en ese breve claroscuro,
mientras trinan mirlos y alborotan gorriones, para soportar mejor el atronador frenesí humano que está al caer
y la cuota de desgracias, ya sea viajando en trenes veloces, amén de la
violencia y hostilidad diaria que nuestra especie vierte al mundo sin descanso…,
cada uno intenta sanarse como puede, un libro a mano también es gran aliado,
entre otros.
Con jornadas despejadas, el cielo azul realza la
forja metálica de los puntos cardinales en la Rosa de los Vientos.
El Norte, con la Tramontana y su viento frío, y de donde vienen
muchos petirrojos por esta época, de un norte más remoto.
El Sur,
a donde ya volaron los vencejos. También llamado Mediodía, con su viento
Austral cálido para equilibrar la balanza.
El Este,
o Levante, por donde sale el Sol al amanecer, como yo.
Y el Oeste,
o Poniente, hacia donde se va ocultando el Sol tras su jornada, a la par
que surgen hogareñas lucecitas en la lejanía, allí en el “azul horizonte” que
decía Bécquer.
En dirección Poniente está la calle que los parroquianos llaman aquí del Viejo Casino (aunque ese no es su nombre), la suelo utilizar cuando voy hacia el campo.
No es una calle muy transitada, así que enseguida
aparece metros más abajo uniformado de verde el barrendero; un “chico” que rara vez despega los
ojos de las hojas marchitas desprendidas de los plátanos y moreras, que flanquean
la avenida. Él las barre con movimientos mecánicos, lentos, ensimismado en sus
pensamientos.
Devuelve mi saludo con un susurro casi inaudible, con la mirada perdida en los montoncillos de hojas muertas.
Y a medida que recoge
la hojarasca, una llovizna de hojas trigueñas cae sin cesar sobre su cuerpo
orondo, no sé si serán más las hojas cayéndole encima, que sus sueños elevándose
entre las ramas desnudas.
Tengo la impresión, al mirar de reojo su semblante melancólico, que las hojas no dejan de caerle todos los días del año, sea primavera o verano, cubriendo sus recuerdos… sus sueños, que imagino finalmente sepultados bajo la broza.
Parece que estuviera en ese célebre cuento de Oscar Wilde; “El gigante egoísta”, barriendo sin fin en el jardín del invierno perpetuo…,
“(…) Y era siempre invierno en casa del gigante, y el viento del Norte, el granizo, la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles.(…)”
“El gigante egoísta”, Oscar Wilde
Sí, el amigo barrendero ha elegido refugiarse en el
Silencio antes que en las Palabras, sus razones tendrá.
Así las cosas, procuro tapar la portada del libro
que llevo en las manos al saludarle, cuyo título no es el más
reconfortante para nuestro amigo barrendero.
Y a decir verdad, Ferlosio me confirma que la prudencia
de nuestro amigo con las palabras tiene sus fundamentos.
“Es allí a donde voy”, nos cuenta
Clarice Lispector con su Silencio; así sea el Rumbo final para este escrito.
Para el “chico” que barre las
hojas… Love Theme; Vangelis, (Blade Runner)





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Hacía tiempo que esperaba una entrada tuya. Me has alegrado la mañana, aunque el barrendero me ha dejado pensativo. Quizá has hecho bien en esconder el título del libro. Sólo faltaba que en la otra mano hubieras llevado a Henry James y su "Otra vuelta de tuerca", eso hubiera sido el remate.
ResponderEliminarSiempre me han gustado las hojas muertas, recuerdo un tema musical con ese nombre, no sé si era francés, como tampoco me suena si se cantaba en la época de los existencialistas de aquel país, pero lo recuerdo que incluso ahora lo estoy tarareando.
Tengo pendiente el de Rafael Narbona, el título promete. He acabado "La crisis espiritual de la democracia", que lo coordina Julio Borges, pues son quince filósofos, siendo el capítulo del "populismo" , creo, el mejor.
Un abrazo y mira siempre hacia Levante, no hay nada tan bello como estar junto a tus hijas rompiendo trocitos de hielo con una rama.
Cuídate ¡
Mi padre siempre ha sido un entusiasta de la "chanson", de ahí que me resultara familiar la canción, muy buena vinculación has hecho.
EliminarSé que al libro de Narbona le sacarás buen partido, un humanista militante como tú, que tan interesantes autores y libros sueles proponer, cosa que agradezco un montón. Hay que mirar al Levante, como no, y a cada punto cardinal para tener una perspectiva amplia de las cosas.
Disfrutar con mis hijas es impagable.
Gracias, Miquel.
¡Qué preciosidad esa poesía de Sánchez Ferlosio! La tuve puesta en la columna derecha de mi blog durante mucho tiempo, hasta que cambié la plantilla y ya no hubo columna derecha y remodelé el diseño. Me parece maravillosa esa dualidad en que no se sabe si la maldad nos vuelve ciegos o la ceguera nos hace malos (yo suelo entender ignorancia por ceguera).
ResponderEliminarY qué valor hay que tener para pensar que la vida es hermosa en medio de una depresión (o encerrada en un desván como Anne Frank si a eso vamos).
Maravillosa tu entrada. Deberías prodigarte más. Tus seguidores te echamos de menos.
Un beso.
Pues tienes bien interiorizada la poesía de Ferlosio, una gran y atenta lectora como tú tiene esa capacidad de retener lo valioso, lo constato siempre contigo.
EliminarLos escritores (no todos) se someten a unas purgas sicológicas que muchos no estarían dispuestos a afrontar, es admirable.
Mil gracias, Rosa, es un placer tenerte aquí.
Paco, sigamos recorriendo juntos ese amanecer, donde cada paso parece una nota al margen de los libros que te habitan. Tu paseo es una búsqueda de equilibrio entre la crudeza del hielo y la calidez del pensamiento.
ResponderEliminarAl cruzarte con el barrendero, esa figura que parece cargar con la melancolía del mundo, el silencio se vuelve sagrado. Como bien señalas citando a Rafael Sánchez Ferlosio, las palabras pueden ser un territorio minado por el fanatismo; por eso, tu gesto de ocultar el libro es un acto de piedad literaria. Prefieres el silencio compartido, ese que Clarice Lispector entendía no como vacío, sino como el destino final del viaje, allí donde las palabras ya no alcanzan para explicar el misterio de la existencia.
Sin embargo, para no sucumbir a la desolación de los charcos congelados, te aferras a Rafael Narbona. En su "Maestros de la felicidad", encuentras el contrapunto necesario: si Ferlosio nos advierte del peligro del lenguaje, Narbona nos rescata del abismo, recordándonos que incluso tras el invierno más gélido, la inteligencia debe ser un puente hacia la alegría.
Caminas con Itziar, y en ese azul horizonte que buscas, la literatura deja de ser papel para convertirse en el abrigo que te protege de la "ingratitud del mundo". Tu invierno no es falta de luz, sino la claridad necesaria para ver lo esencial.
Un fuerte abrazo, y enorme alegría de encontrarte por aquí.
Has captado a la perfección la esencia de mi escrito, amigo Joselu, me consta que tu extensa experiencia como profesor de literatura te da esa capacidad, que envidio, de expresar y detectar con tanto acierto cada recoveco de mi escrito. Sí, es preciso no instalarse siempre en el lado amargo de la existencia, por mucho que la realidad se obstine en empujarnos a la amargura..., todo un desafío.
EliminarGracias, Joselu.
Me ha gustado mucho este paseo, desde las gélidas aguas hasta el silencio de Lispector, saludos cordiales.
ResponderEliminarHola, Pablo. Pues agradecido por dedicarme tu atención y tiempo, es un paseo de contrastes, como la vida. Gracias.
EliminarHabía escrito en tu otro Blog sobre elibro "De que hablo, cuando hablo de correr.
ResponderEliminarHola, Pablo. Pues muchas gracias por la visita, abrazo!
EliminarLo mejor de tus textos es que nos contagian lo que sientes casi como si participásemos de tu misma experiencia. Solo en verano, cuando visito mi pueblo, puedo disfrutar algo parecido a lo que nos cuentas.
ResponderEliminarGracias, amigo.
Pues resulta reconfortante escucharte eso, apreciado Luis Antonio. Nada como visitar tu pueblo en verano y disfrutar su ambiente.
ResponderEliminarCuidaos.