P. Castillo

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domingo, 9 de marzo de 2025

 

Llevo siglos sin escuchar el pitido de la locomotora llegando a la estación, desde los 8 años de mi infancia hasta casi mis 58 ahora parecen haber pasado centurias, como si en esa transición cupiesen varios períodos históricos, y aunque parece una boutade, Milan Kundera en “Un encuentro” (2009), señala a este respecto:

 La aceleración de la Historia ha transformado en profundidad la vida individual (…). Así como entonces la Historia avanzaba mucho más lentamente que la vida humana, hoy es la que va más aprisa, la que corre, la que se le escapa al hombre, hasta el punto de que la continuidad y la identidad de una vida corren el riesgo de quebrarse.”


Fotografía de Paco Castillo

La llegada de la locomotora a las 7: 55 am era mi despertador al amanecer, la estación estaba a dos kilómetros de casa, pero en los inviernos de aquella infancia, por los 70 (nací en el 67), el silencio en mi localidad aún era apreciable, y yo escuchaba al tren bajo una gruesa manta marrón, con la ventana cerrada y empañada del vaho, que ocultaba el pruno de afuera, no así el canto de los mirlos que allí anidaban; otros tiempos, otros  despertadores. Sonidos que me susurraban en la niñez como el reclamo de las grullas.

Fotografía de Paco Castillo

Hace unas semanas, caminando temprano por el campo en una mañana oscura, gélida, en donde las hojas de los olmos estaban prisioneras bajo los charcos congelados, me quedé sorprendido al cruzarme con una solitaria mariposilla naranja (quizás una saltacercas; nombre común).


Hojas sepultadas bajo el hielo. Fotografía de Paco Castillo
  

La mariposa surcaba un tanto errática el campo blanqueado por la escarcha, y me dije… ¿en dónde se va a posar, si el rocío nocturno ha transformado la pradera en un mar de cristales helados?

Con su frágil aleteo se adentró en la bruma, esquivando unas retamas fantasmales, como salidas del Mago de Oz, y acabé perdiéndola de vista. Quizás pretendía llegar a ese destino que en la película cantaba Dorothy (Judy Garland)… “algún lugar más allá del arcoíris” (Over the rainbow).

Me pareció el ser más desamparado del mundo, ningún congénere alrededor ni otros especímenes, únicamente ella, dirigiéndose a un horizonte que la niebla había desterrado. Apareció de la nada y regresaba de nuevo a la nada. trágico destino, consideré. No en vano me acompañaba Unamuno con “El sentimiento trágico de la vida




No obstante, qué carajo sabrá la mariposa sobre la soledad; pensé, ella simplemente va de aquí para allá y procura no ser el aperitivo de una urraca. Intenta sobrevivir. No tiene pena ni alegrías, pues carece de conciencia para sopesar las cuestiones que sean. Yo sí la tengo, luego soy un ser enfermizo como sentencia Unamuno:

 “(…) el hombre, por ser hombre, por tener conciencia, es ya, respecto al burro o a un cangrejo, un animal enfermo. La conciencia es una enfermedad” (“El sentimiento trágico de la vida”).

Ciertamente, Unamuno consideraba un asunto chungo esto de la existencia…

Lo que me lleva a otro autor que releí hace poco; Knut Hamsun, quien trazó una vida muy chunga también a su personaje en “Hambre”, tanto que ni siquiera se dignó a ponerle nombre al angustiado protagonista; un redactor de tres al cuarto que se veía a sí mismo como el no va más de los articulistas, pero en su mediocridad no dejaba de mendigar un trabajillo en los diversos periódicos locales, no obteniendo ni para echar migas a los gorriones.



El hambre perturbaba su mente y la afinaba sin solución de continuidad, ora demente, ora brillante…

“El inteligente pobre es un observador mucho más fino que el rico inteligente. El pobre mira a su alrededor a cada paso que da, espía suspicazmente cada palabra que oye a las gentes que encuentra, a cada paso que da él mismo, impone a sus pensamientos y sus sentimientos un deber, una norma. Tiene el oído fino, es impresionable, es un hombre experimentado, su alma tiene quemaduras…” (“Hambre”)

Magnífico, Hamsun.

Todos los inviernos observo a los gorriones desde la ventana, mendigantes y hambrientos como el personaje de Hamsun, les tiro migas de pan y acuden en tropel. Pero no tienen conciencia, no son pobres, ni tampoco ricos, no son como nosotros; pobres y ricos, enfermos indistintamente (recordando a Unamuno).


Fotografía de Paco Castillo


Pero los gorriones casi, casi, la tienen (conciencia) sin comerlo ni beberlo, pues se dice que es el más humano de los pájaros por aquello de estar tan adaptados a nosotros, a nuestro estilo de vida urbano o rural, su destino depende en gran medida del nuestro, pobres criaturas, apañados van… menos mal que no tienen conciencia. 

Nosotros sí, de que sin su presencia las ciudades, parques o jardines serían lugares sombríos, y también lo somos del empeño que ponemos (los humanos) en destruirnos entre nosotros. La Conciencia, que señala Unamuno.

También la Conciencia del Tiempo; el que fue, el que es, y el que será. 

Pero en ese fluir temporal, la Conciencia hace sus trampas, se supone que para bregar con las complejidades de la realidad.

El físico cuántico Carlo Rovelli, uno de los más prestigiosos en la materia, lo refleja muy bien en su ensayo, “El orden del Tiempo”.



Afirman los investigadores que El Tiempo tal cual lo concebimos (pasado-presente-futuro) no existe desde la perspectiva científica (física cuántica). 

Sí, ya, pero ojo como a uno de estos físicos se le ocurra llegar todos los días dos hora más tarde a su puesto de trabajo, ya puede decirle a su jefe que no llega pronto ni tarde porque el Tiempo No Existe, que se irá a la p… calle. Nuestras incongruencias.

Resumiendo a Rovelli de un modo algo burdo.

El manual de instrucciones del mundo y la realidad que lo configura, es tarea ingente para nosotros, excede sobremanera nuestras capacidades intelectuales, de ahí que hayamos dotado al mundo de una “gramática” para poder operar en él, y el “verbo” fundamental de esa gramática es el Tiempo, es el eje sobre el que hacemos pivotar este misterio de existir.



Y además nos sirve para dar cierto orden al Caos Universal (de Universo, Espacio) en el que estamos inmersos. El Tiempo articula el lenguaje Humano que, como sabemos, siempre limita la realidad, la achica.

Pero sin duda somos sorprendentes..., ahí tenemos al lenguaje poético, tendiéndonos un puente allende las fronteras con la realidad. Lo resuelve magistralmente Anna Ajmátova, a quien leo en estos días lluviosos.




Anna Ajmátova, "Soy vuestra voz", Antología Poética.


Esta mañana dominical los cielos encapotados han dejado un pequeño resquicio, un hueco por donde se advierte un trozo azul del cielo, diáfano, límpido como un charco de lluvia recién caída, así que sería un gran oportunidad para que actúen los cianómetros, un artefacto no menos poético que Ajmátova.

Es un instrumento meteorológico (o eso pretendía, amén de su poco fundamento científico) creado por el fundador del alpinismo moderno; el suizo Horace Bénédict de Saussure (1740-1799), intentaba medir el azul celeste en todas sus intensidades, pensando que esto le proporcionaría otros datos meteorológicos relevantes, y además, desterrar algunas leyendas propias de los pueblos de montaña, pues a medida que se ascendía una cumbre para ir a otras poblaciones, se comprobaba que el cielo oscurecía, y las gentes tenían miedo… 

“En los Alpes circulaba la leyenda de que si se subía lo suficiente en la atmósfera, el cielo se volvía completamente negro, lo que haría caerse al vacío a quien osara adentrarse en aquellos dominios. Estos miedos hicieron que durante mucho tiempo nadie se atreviera a subir más de la cuenta por las montañas.”

Fuente: https://www.tiempo.com/noticias/divulgacion/la-medida-del-azul-celeste.html

 

Fuente: https://www.tiempo.com/noticias/divulgacion/la-medida-del-azul-celeste.html

 

Y ya puestos, regresamos a la canción, "Over the rainbow”, donde Dorothy entonaba la última estrofa:

 

 (…) y los pájaros que vuelan más allá del arcoíris

¿oh, por qué entonces..?

¿…por qué yo no puedo..?

Las grullas vuelan de nuevo al Norte. Paco Castillo


 Así es.  

¿Quién no ha deseado alguna vez dejar todo atrás... y atravesar el horizonte hacia un arcoíris?


Anna Ajmátova, fotografía Paco Castillo

Pd. Os dejo con Capercaille, rememorando aquellas memorables sobremesas radiofónicas con Ramón Trecet en "Diálogos 3"




 

 


miércoles, 4 de septiembre de 2024

 

Una mezcla de alegría y tristeza…


Agosto 2024, notas en el cantábrico.

He pausado un momento la lectura de Anne Carson; “Tipos de agua. El Camino de Santiago”, pues una formidable niebla se está desparramando por la colina que diviso al frente, y me fascina como el velo blanquecino va haciendo desaparecer el verdor tan notable de esta tierra asturiana, ya ha engullido una casita blanca encaramada en la cima.






Esta conjunción de la bruma sobre el valle y la lectura de Anne Carson me han motivado a escribir en mi libreta, impulso tan aletargado.




Anne Carson sobre la Tragedia Griega, estanterías de casa


Itziar vio y escuchó otra vez  “La Petite Fille de la Mer”, me dice que tiene una mezcla de alegría y tristeza, así lo siente. Una escueta y atinada definición de la vida, concluyo.




El orbayo, como llaman los asturianos a esa lluvia tenue que acaricia, cae suavemente.

Una lavandera se ha posado a escasos metros de mí, corretea vivaracha picoteando la hierba, sigo su periplo.



Me pregunto, sin dejar de mirar al pájaro, qué experiencias, qué momentos vividos estos días recordarán mis hijas dentro de unos 20 años…


Izaskun e Itziar, atardecer en la playa


En la serenidad del atardecer oigo el graznido distante de unos cuervos, quizás cornejas. La niebla casi ha borrado los contornos de la ladera, Rimbaud hubiese creado un soberbio poema ante tal escenario.



Por la mañana el cielo nítido no presagiaba lluvia, así la estampa me llamó mi madre:

 “Hola hijo, siento darte esta noticia, ha muerto el señor Joaquín.”

Joaquín es, era, uno de nuestros vecinos de toda la vida, había logrado superar un cáncer de próstata, pero a sus setenta y pico años padecía otros achaques.

“Ley de vida”, dice mi madre. Y todas las madres.

Me ha dejado tocado, teníamos muy buena relación.

Al tiempo que pensaba en la triste  llamada de mi madre, mi hija pequeña, Itziar (8 años), daba grandes brincos en la colchoneta de nuestro alojamiento cantábrico, rodeada de los manzanos del jardín, y perfumado su entusiasmo con la fragancia del petricor (el aroma de la tierra mojada al llover).

 

¡Papá, soy un pájaro!

Saltaba y aleteaba sus brazos con el mismo vigor que la lavandera, o la tarabilla que contemplé ayer.

Tarabilla común. No estaba en mi vieja guía de pájaros y otros animales, pero ya nos conocemos hace mucho, sé que entre las rocas y brezos de los peñascos no suele faltarme su compañía.



Supongo que mañana domingo enterrarán a Joaquín, barruntaba mientras miraba con una sonrisa melancólica a Itziar.

En el Tiempo pone que ese mismo día del entierro tendremos, por estos valles, una jornada apacible, el cielo estará despejado, azul… iremos al mar.



Va cayendo la tarde. Irrumpen diminutas lucecitas centelleando entre la bruma, destellos que anuncian la presencia de algunos hogares en la lejanía. Allí, con sus fracasos y sus logros, también resplandecen otras vidas.

La lluvia arrecia, pero Itziar ha vuelto a sus brincos sin importarle un carajo empaparse.



 Sube y sube atravesando la lluvia.

La dejo un par de minutos, hasta que la convenzo para entrar en la casa. Ya está oscureciendo.

Me asomo unos segundos por la ventana para aspirar el frescor nocturno, el repiqueteo de las gotas cayendo del hórreo es otra forma de silencio.

Antes de que mi hija sucumba al sueño, vamos a leer el cuento que empezamos ayer, quedan pocas páginas para el final.

El resto de cosas ya irán finalizando… a su tiempo, sin prisa pero sin pausa, como el orbayo de hace un ratito.

Y en breve, un par de días, cuando la lavandera esté correteando por la tierra mojada, nosotros ya nos habremos marchado del norte, igual que los vencejos y golondrinas cuando el verano se va despidiendo.



Detengo la mirada en las distantes lucecillas, y observo como se van apagando poco a poco. Reina la oscuridad en los valles.

Brincos rebosantes de alegría, y últimos suspiros de los que se fueron.

 

Cierto, hija (pienso en Itziar), la vida es una mezcla de alegría y tristeza.

Ahora sí, ya duermen todos; mi mujer, mis hijas y los pájaros…






martes, 2 de enero de 2024

 

Por un final feliz…

 

A pesar de la política y la hostilidad imperante, incluso a pesar de los bombardeos y las tragedias que nos oprimen el alma, a pesar de todo esto, permitidme que comience, aunque sea una vez, con un final feliz.

Sí, mañana será todo igual, las bombas caerán sin piedad, volveremos al ring político y el insulto, lo sé, pero aunque solo sea por esta vez, durante unos minutos…, un final feliz. Falta nos hace.




Feliz año

lunes, 9 de enero de 2023

 

Unas notas de días atrás



En la mesilla del dormitorio reposan un par de libros de los que leí algunas páginas por la noche (hace ya algunas noches).

"La serpiente de oro"; Ciro Alegría. "Más allá del bien y del mal;" Nietzsche.


Tal vez sea extraño leer “Más allá del bien y del mal” (Nietzsche) en tiempos navideños, pero en tales fechas, cuando muchos se entregan a ciertas acciones bienintencionadas (nunca está de más) y otros tantos siguen haciendo el mal, me acordé de Nietzsche, que no está, al menos en este libro, ni en el terreno del bien ni en el del mal… sino más allá. 

Después pasé a una lectura más auxiliadora, la novela que tengo entre manos; “La serpiente de oro” de Ciro Alegría, alterar este orden antes de dormirse sería contraproducente, no dejes que Nietzsche te acompañe el último, él no te entregaría a los brazos de Morfeo, más bien te dejaría frente al abismo, y uno necesita serenarse antes de dormir, mejor Ciro Alegríamáxime con ese apellido (Alegría) que le daría urticaria al filósofo alemán. Eso sí, me quedé con una frase magnífica de Nietzsche.



A veces escribo con música clásica de fondo, seleccionando un compositor u otro según mi ánimo.



 

Con los días otoñales o invernales prefiero piezas de aire melancólico, y en esta lid muchos músicos del Romanticismo y el Impresionismo (s. XIX hasta principios del s. XX) poseen algunas composiciones magistrales.

Quizás Chopin sea el melancólico por antonomasia de todos ellos.

Estaba con Debussy, uno de mis predilectos, es inspirador, también lo creía Marcel Proust cuando escribía escuchándolo, pues afirmaba que su música le resultaba muy provechosa.

Después de un buen rato con Debussy he pasado a Erik Satie y su deliciosa “Gymnopédies”, y con ella continuo. Pongo la música a bajo volumen, como el rumor lejano y placentero de un oleaje. 


Erik Satie, “Gymnopédies”

Tomé un café sobre las 7:30. Al abrir el balcón ha penetrado una densa niebla.


Foto, Paco Castillo


He ahuecado los labios para exhalar el vaho, como hacía de pequeño imaginándome con un cigarrillo, o empañando las ventanas del autobús escolar. Luego he cogido la bolsa en donde tengo pedacitos de pan, y al correr la cristalera los gorriones se han apostado raudos debajo… ya lo saben, recibieron su lluvia de migas en animado jolgorio. Ahí los dejé, parecían chiquillos alborotados en el recreo.

Y así, envuelto en la bruma, salí después al campo. Con esta atmósfera brumosa de horizontes un tanto inciertos, consideré apropiado llevarme Aldous Huxley y la "Filosofía perenne".





Se asemejaba el paisaje a un boceto de contornos desdibujados, predominando los tonos parduzcos y grisáceos.




Me recordó a una pintura de Turner, o mejor aún, de John Constable, que era más paisajista que Turner, y además miraba a las nubes tanto como yo.

Grandes bandadas de jilgueros y verdecillos asaltan las eras y caminos, cual bandoleros de Sierra Morena, alterando la uniformidad cromática, dándole un sutil toque naíf al cuadro de Constable que es el campo en neblina, me gusta.




 


Los días pasados arreciaron las lluvias gracias a los vientos ábregos del Atlántico, que ya referí.

Como la mirada se me va de los charcos a las nubes, y de éstas vuelta a los charcos, advertí en uno levísimas y diminutas ondas; dos insectos a la deriva, parecían Ephemeras (mariposas efímeras).


Estaban a punto de morir ahogadas, nada nuevo.

No me canso de repetir que en el campo me topo siempre con  esa secuencia de “El séptimo sello”; una partida de ajedrez entre la vida y la muerte, la muerte va cobrándose sus trofeos, y la vida, a veces, esquiva la fatalidad hasta el siguiente lance.

Esta vez intervine yo en la contienda, y adiviné el jaque inminente de la muerte a las efímeras. Pero ya veremos el próximo movimiento en el tablero…



Así la cuestión, las saqué cuidadosamente y las puse en un tronco de retama, esperé unos segundos a ver si reaccionaban… y sí, comenzaron moverse por el tronco, eureka.



Reincidí alterando el guion escrito por la Naturaleza, pero solo borré un par de líneas, nada más, en lo sustancial apenas variará. Añadí a las ya fugaces vidas de estos seres algún aleteo más.

Proseguí un tanto meditabundo con mi reciente acción, y a cuestas con “La Filosofía Perenne”, de Aldous Huxley


Leyendo por el campo sigo, en cierto modo, el ejemplo de Huxley, cuando éste paseaba por el desierto de Mojave (allí se fue a vivir) ojeando sus lecturas, pues decía que le inspiraba leer en el desierto, tan simbólico y bello para él. Lo mismo yo en el campo.

Es muy posible que Huxley se llevara una de sus lecturas favoritas; “El Libro Tibetano de los Muertos”, quizás quería impregnarse de esa serena mentalidad tibetana ante la muerte, libre del desgarrador paroxismo que aquí vivimos.



Abrí "Filosofía Perenne" y me puse a leer…


En referencia a este texto del filósofo Chuang Tse que selecciona Huxley, supongo que éste (Huxley) escribe la palabra Dios para que los lectores (a buen seguro sus coetáneos occidentales), se sitúen mejor en la idea que pretende transmitirles con el fragmento… lo digo porque Chuang Tse nació entre los años 369 y 290 a. C (a quien se le atribuye uno de los textos fundacionales del taoísmo; el Libro de Zhuangzi, siglo IV a. C), y ese Dios cristiano que el lector pueda tener en mente ni estaba ni se le esperaba hasta varios siglos después. Pero Huxley puede permitirse esta licencia para una mejor captación del fragmento por parte del lector, faltaría más. 

Dicen los estudiosos del remoto Chuang Tse, que la principal característica de su obra es el escepticismo. En ese sentido rescato un significativo pasaje en una de sus obras:

- Zhuangzi le expresa lástima a un cráneo que ve tirado al lado del camino. Zhuangzi lamenta que el cráneo esté ya muerto, pero el cráneo le contesta, "¿Y cómo sabes que es malo estar muerto?" -

Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Zhuangzi

En esa página 148 del libro tenía guardada una hoja con ciertas notas de Rose Ausländer (Chernivtsi, 1901-Düsseldorf, 1988), aquella deslumbrante poeta ucraniana.

Pensad que yo había rescatado a unas ephemeras, cuya vida más larga es al estar en crisálida bajo tierra, precisamente ahí parecen más muertas, y cuando están más cerca de la muerte es estando pletóricas de vida ya en el exterior, volando bajo el cielo. Y estas notas de Ausländer dicen así:



“No te preocupes por mi muerte. Yo viviré también bajo tierra. Ella me alberga, me guarda en su respiración, juntas crecemos.”


“Escribe tu propio mundo, hasta el final, antes de que el mundo te prescriba.”

Rose Ausländer


Hmm, no sé… tal vez un amanecer más para estas efímeras sea casi una eternidad.

¿Quién quiere vivir para siempre? (Who wants to live forever?), cantaba Freddy Mercury.


La niebla se ha disipado poco a poco. 



Sopla una brisa fresca, el paisaje me envuelve con sucesivos y magníficos claroscuros por el vertiginoso desplazamiento de las nubes sobre mi cabeza, para esto existe una palabra en gaélico (nosotros no tenemos): rionnach maoim

Parece que las nubes se hubieran contagiado de nuestro trajín navideño, cuando miles de viajeros acuden a reunirse con sus seres queridos. 

Así me imagino a las nubes, viajando por encima de montañas, ríos, pueblos, rascacielos urbanos, solitarias dehesas con el pastor y su rebaño, centros comerciales atestados de coches y gentes apresuradas, comprando esto, aquello y lo otro, edificios parlamentarios llenos de diputados haciendo ruido con mensajes sin contenido, y parques infantiles vacíos de niños y silenciosos, aunque llenos de hojas marchitas y mensajes con contenido…




A saber a qué parajes remotos se dirigen las nubes, pero de algún modo van atravesando nuestra vida con esas luces y sombras sobre el horizonte... justo como contemplo ahora mismo en los páramos rebosantes de verdor.



De tal suerte que; ora camino por la oscuridad, ora por la claridad.

Las nubes te ofrecen sus conocimientos de la existencia, lo hacen a través de reveladoras metáforas, solo tienes que observarlas atentamente.



Sobre este y otros tantos escenarios uno ha de transitar las luces y las sombras.

Por momentos las nubes cubren todo y reina lo sombrío, para dar paso a un claro que se va ensanchando y llena la realidad de matices  y texturas.

La luz trota veloz por los páramos y la múltiple gama de verdes resplandece con destellos en todas las direcciones.



Claridades que resaltan las montañas en la lejanía en una visión idílica.



Sombras que vuelven a oscurecer el panorama. Pero he de continuar hacia delante, seguir caminando.

 
Las lluvias han dejado varios charcos, si me acerco y agacho hallo la tragedia flotando suavemente, si me levanto y doy unos pasos atrás, sus aguas se convierten en un bellísimo reflejo, mostrándome un trozo de cielo azul radiante, es la vida misma opacando la muerte de hace unos instantes.


Nubes que llegan y se marchan galopando en el horizonte, luces y sombras entre el cielo y la tierra; es trágico y es bello. 
Es la vida...


 



Seguiremos caminado en este 2023. Os deseo buen año.

Yo, caminando a lo largo del sendero...


P.D., Todas las fotos son autoría de Paco Castillo.