viernes, 16 de septiembre de 2016


OLIVIA. Por Olivia (seudónimo de Dorothy Strachey, Inglaterra, 1865 – 1960)

Libro. Editorial Lumen, 1974. No se indica el traductor. 117 páginas.
Fotos, Paco Castillo, primavera pasada, 2016.




Una larga pausa, la verdad. He querido invitar a Dorothy Strachey para iniciar de nuevo la andadura blogera, fue la primera lectura tras la pausa en julio, a la que siguió  “Una grulla en la taza de té” de Kawabata y otras tantas.

Os había comentado que volvería con el poeta islandés J. Hjálmarsson, pero le ha cedido gentilmente el turno a la escritora inglesa. Hjálmarsson y varios libros más me acompañaron en mi periplo viajero, un tanto movido. 

Partimos toda la tropa desde casa, en Madrid, una semana para Asturias, desde ahí regresamos al hogar y sin apenas tiempo hicimos las maletas para volar, dos días después, hacia Puerto Rico donde estuvimos estas dos últimas semanas. Acabamos de aterrizar en Madrid, como quien dice. Bueno, os contaré sobre esto la siguiente vez. 

Por cierto, la nueva foto de cabecera la realicé ahí, en el Viejo San Juan de Puerto Rico, lugar bellísimo.

Esta edición que os presento es de la Editorial Lumen, 1975. Sé que posteriormente lo reeditó en 1996, en la colección Femenino Lumen.

El comienzo y el final de un libro son dos etapas cruciales de la creación literaria, destellos de brillantez con los que el autor o autora nos deja embriagados de forma súbita.

Ha sido un libro de corta extensión y sin embargo no sé muy bien como empezar… Por lo más inmediato, supongo. Es una historia preciosa, narrada con una exquisita sensibilidad y elegancia que te seduce irremisiblemente:

“He llenado este invierno melancólico y vacío escribiendo una historia. La he escrito sin modestia y sin fatuidad, para la propia satisfacción personal, sin preocuparme por los demás, sin inquietarme por apenar o escandalizar a los vivos, sin tener escrúpulos por hablar de los muertos” (p. 9)

¿Qué lector, una vez leída tal declaración, cerraría este libro y lo arrojaría al olvido?
Si te encuentras con esto al principio ya estás deliciosamente envenenado, bajo los efectos de esa exquisita literatura que te roba el aliento, que secuestra tu pensamiento para alejarlo de lo mundanal y sucumbir a un implacable síndrome… no de Estocolmo, sencillamente de Dorothy.

Además autobiográfica, pero… no, no es el relato de toda una vida. Solo es la vivencia de un amor en la juventud.

¿Solo? ¿Se puede decir “solo” cuando aquellos sentimientos, con apenas dieciséis años, marcarán el resto de tu vida? Sobrecoge pensar que en un año tu vida pueda ser más plena que en los siguientes setenta.




No es fácil encontrar biografía sobre la escritora, aunque algo hay. Esta es una semblanza de la contraportada, más de uno o una se sorprenderá:

Dorothy Strachey nació el año 1866, en una distinguida familia victoriana, muchos de cuyos miembros ocuparon un lugar destacado en la Inglaterra de su tiempo.

Su hermano Lytton Strachey comparte con Virginia Woolf el papel estelar en el grupo de Bloomsbury, y también Dorothy –casada en 1903 con un pintor francés: Simon Bussy- estuvo muy relacionada con este grupo y sirvió de puente entre los pintores de Bloomsbury y los pintores franceses postimpresionistas.

Olivia se publicó por primera vez en 1949, bajo seudónimo, y solo en fecha muy reciente se ha dado ha conocer la identidad del autor (autora) de este relato, en parte autobiográfico, tierno, emocionado, levemente irónico, de un primer amor bajo el signo de lesbos.



D. Strachey

Y ya nos introducidos en el libro.





Olivia, una jovencita inglesa de clase adinerada, cuya familia relacionada con el gremio científico la educó en un agnosticismo casi militante, cuando no ateísmo si convenía.

¿Significa esto un ambiente familiar de clara rebeldía contra las convenciones sociales?

Pues en este caso se interpone la particularidad del carácter inglés para dar lugar a una más de las paradojas que los conciernen. Me refiero, por supuesto, a la manida flema inglesa, esa antinatural inclinación por ocultar los sentimientos, las emociones paternales o maternales hacia los hijos, hacia los semejantes en definitiva.

Un ademán de cariño espontáneo como un efusivo abrazo, unas palabras de afecto sin estar forzadas, en definitiva gestos instintivos de cariño de una madre hacia una hija, etc, estaban considerados fuera de lugar en estas familias de la alta sociedad londinense.
La Inglaterra victoriana tan proclive al decoro, las formas y el saber estar, por encima de algo tan “primitivo” como la manifestación de los instintos amorosos expresada de una manera natural, sin una forzada contención.

Y esta familia, por muy agnóstica e incluso atea que fuera… también era profundamente victoriana, como esencia de lo inglés, para ellos guardar las formas era tan sagrado e irrenunciable como el té de las cinco.

Olivia, por tanto Dorothy Strachey, siempre expreso su contrariedad por esa absurda actitud ante la vida, que sus coetáneos llevaban hasta extremos grotescos.
Ella es un ser sensible, una muchacha ingenua y de noble corazón que sucumbe, y nos lo cuenta en primera persona, al primer enamoramiento. Un sentimiento deslumbrante, desconcertante, que dejará una estela indeleble en su alma, hasta el final de su existencia.

Otra mujer será la causante de este primer fulgor juvenil que “aturde maravillosamente” a Olivia.

Publicada en 1949 bajo el seudónimo de Olivia (sí, el mismo que da título a esta obra), tal vez para evitar algunas reacciones furibundas de la puritana sociedad inglesa, el impetuoso corazón de una adolescente rendido a la sensualidad de una atractiva dama francesa… quizás fuera demasiado escandaloso en su elitista círculo social, pero a ciencia cierta no sé con certeza la razón, en su propia introducción nos cuenta que no tiene ningún reparo en escribir lo que siente y piensa… ahí queda.




Es una escritura que excluye el tono provocativo, pues Dorothy a sabido exprimir al máximo la sensualidad de sus palabras sin dotarlas con una descarada carga sexual, ni siquiera erótica en el sentido más erógeno del término.

Al fin y al cabo, nos lo cuenta una tímida adolescente de dieciséis años, educada en la Inglaterra victoriana, y no una madame de los bulevares parisinos. Dorothy Strachey ha hilado fino sin caer en la trampa.

Olivia, (y todo lo que sigue más lo anterior es verídico), será enviada por sus ilustres progenitores a un distinguido internado de señoritas en Francia, en las proximidades de París. Las institutrices, dos jóvenes damas francesas, son amigas de la madre, quien ha reiterado la tendencia agnóstica, o atea de la familia, condición totalmente respetable en esta institución francesa, no hallará problema por esto.

Y de repente aparece Mlle Julie, la encantadora profesora francesa. En la expectación de los primeros días les va a leer un poema en su lengua materna, el francés. Todas las alumnas miran extasiadas a Julie, las inglesas, algunas norteamericanas, irlandesas, suizas… La contemplan, una dama francesa que recita un poema en francés. Asisten boquiabiertas a la escena, y una de ellas, Olivia, es consciente de encontrarse por primera vez ante la belleza, de darse de bruces con ella.

Descubre, arrebatada por la cautivadora personalidad de Mlle Julie, que la belleza surge en una leve mueca de su labio, que acompaña a un suave gesto de su mano al deslizar las páginas, que se muestra en la entonación de su voz, en su forma de andar, en el silencio de su mirada cuando calla la voz sensual, en su sonrisa…

Y ya nunca lo olvidará:

"Voy a leeros a la Andrómaca de Racine –dijo Mlle Julie-, pero antes de empezar os preguntaré algunas cosas. ¿Alguien aquí que haya oído hablar de Andrómaca?

(…) Acumulé todo mi valor y susurré:
La esposa de Héctor.
(…) ¿Y Hermione?
Nunca he oído hablar de Hermione.

¡Ah! Bien, esta noche oirás algo sobre ella, y espero que no la olvides nunca. Pero, puesto que has contestado tan bien, ven y siéntate a mi lado.

Me indicó con señas que colocará el taburete junto a sus rodillas. (…) después de explicarnos la importancia de la mitología, resumió cual era la situación en la corte de Pirro, cogió el libro y empezó:

“Oui, puisque je retrouve un ami si fidèle…”

Me he preguntado a menudo qué participación tuvo Racine en el alumbramiento de la llama que empezó a arder en mi corazón aquella noche, o qué participación tuvo la proximidad. Si ella no hubiera leído precisamente aquella obra, o si no me hubiera pedido casualmente que me sentará a su lado, en un contacto tan inmediato, ¿acaso el material inflamable que yo llevaba tan insospechadamente en mi interior hubiera permanecido lejos de la chispa incendiaria y nunca se hubiera provocado el fuego? 
Pero probablemente no, más pronto o más tarde, tenía que suceder.

Ante ella había una mesa con una lámpara, y la lámpara proyectaba su luz sobre el libro y sobre su rostro. Yo, sentada a su la do y a sus pies, la veía iluminada y casi de perfil. La miré por primera vez mientras la escuchaba. No sé que hice con mayor vehemencia, si mirarla o escucharla. Repentinamente comprendí que aquello era la belleza, la gran belleza, algo de lo que había oído hablar y sobre lo que había leído sin comprenderlo, algo por cuyo lado había pasado yo quizás cien veces, con ojos desatentos, ciegos. 

Había visto muchachas bonitas, muchachas encantadoras, sin duda, pero nunca les había prestado una atención consciente (…). Pero esto era algo muy distinto. No, no era distinto. Era sencillamente que despertaba por primera vez a algo: la belleza física. Nunca más estaría ciega ante ella" (p.28).

La autora no refleja ninguna apreciación moral por al hecho de que sea una atracción amorosa entre mujeres, brillan por su ausencia, parece claro que su agnosticismo excluye estos dilemas éticos. Olivia está liberada de tales prejuicios, que en la puritana Inglaterra de entonces hacían acto de presencia a la mínima oportunidad. Otro asunto pudiera ser cuando lo publicó, lo digo por la utilización de un seudónimo, pero ya he apuntado que no lo sé con seguridad.

Por tanto no encontraremos una sola línea en la que aparezcan alusiones de carácter ético por los sentimientos expuestos. Se ama o no se ama a alguien, sin más. 

El amor te sucede, si se ajusta o no a unas convenciones… a ese sentimiento, al amor, le trae sin cuidado. Y con esa despreocupada frescura lo narra la protagonista.

Así que, ¿Cómo borrar aquella huella? 

¿Quién quiere?

Acaso ¿Quién puede?






lunes, 4 de julio de 2016


Con la llegada del verdadero sopor veraniego, este calor infernal que me exaspera, dejo aparcada toda actividad en la blogosfera, me alejo del espacio virtual, si todo va bien nos encontramos en septiembre.

Os deseo un verano provechoso en aquello que os propongáis. Buenas lecturas. Y mucha salud.

Me despido con un poco de poesía cuyo autor, por cierto, se declaraba admirador de otro poeta, era nada menos que mi apreciado César Vallejo. Se trata del islandés Jóhann Hjálmarsson en su libro Búsqueda, compañero silencioso todos estos meses. 

En mi regreso volveré con él.




Búsqueda, Jóhann Hjálmarsson (Reykjavík, Islandia, 1939.)








Viaje en tren




Los lobos


Los lobos aún no han llegado
pero el águila, el buitre y el halcón
se han visto ya en los cielos de Castilla
sobre la árida tierra,
tierra de escasos árboles, suelos resecos, 
roquedales desnudos.
El hombre es un lobo para el hombre.
Antes de que el ocaso se acerque demasiado 
está roja la tierra,
presagiando la batalla,
retiembla, atemoriza.
La oscuridad es consuelo y es miedo.



Vida


video


Sonambulismo



Antaño


Dime aquellas palabras
que creías no conocer.
Ven luego a mí,
a la luz, a la tiniebla.

Vivimos a trastiempo.





En el vacío



Liberté



Júbilo


Me dicen que al llegar la primavera 
cantan los gorriones en las ramas desnudas,
acurrucados como condenados
en sus camas de hierro.

La primavera es cruel.

Obliga a todos a cantar.



Lucharon



Regreso



Luz azul


Tú eres azul, oh luz
de los días idos
días que para siempre están conmigo
donde yo habito
con solo mis recuerdos.
Luz, tú estabas en mí
y todo me rodeaba.
Recorro ahora con mi recuerdo azul
calles de otras ciudades.
Recuerdo, tú eres grande.
Yo no puedo evitarte.
Tú dominas mi voz.
Tu sombra oculta mi rostro.
La luz azul me ciega.



Luz azul...  sobre ella escriben las golondrinas

video


Hasta pronto


Fotos realizadas por Paco Castillo, 2016

martes, 28 de junio de 2016

Retrato del artista adolescente. James Joyce ( Dublín, Irlanda, 1882 – Zúrich, Suiza, 1941)



Libro. Título original: A portrait of the Artist as a young man. Edición: Biblioteca El Mundo,  2002. Traducción: Dámaso Alonso. Prólogo de Eduardo Chamorro. Narrativa, 306 páginas.





El entusiasmo de Laura (blog U-TOPÍA) por el escritor James Joyce motivó mi retorno a este viejo “conocido”, el entrecomillado significa que atribuir "conocido" peca de presuntuoso, pues solo he leído, y hace demasiados años, un título del célebre irlandés, “Dublineses” , y fuera a causa de mi insolencia veinteañera, o vaya usted a saber, el caso es que esos relatos no me dejaron gran poso.

De las sinergias que se generan entre los diferentes blogs siempre se obtienen jugosas recompensas, aparte de autores recién descubiertos, son un acicate inmejorable para reavivar viejos idilios literarios que dormitaban en la memoria, o alientan un intento de reconciliación ante el desencuentro que supuso este o aquel libro.

Y las segundas oportunidades hacia un libro ya casi olvidado pueden ser sorprendentes, no tanto por el libro, pues sus expresiones son las mismas, sigue con los puntos y las comas exactamente donde estaban, como por tus experiencias vitales acumuladas con los años, éstas despojan a las palabras de aquella ingenuidad con la que uno se asomaba al mundo, y la lectura se abre ante ti con otras sendas que explorar. Un libro no tiene edad pero te hace repensar la tuya.

Para situarnos extraigo un fragmento del conciso prólogo que hace, para esta edición, Eduardo Chamorro:

"La primera novela de James Joyce, Retrato del artista adolescente, también es, además de la más legible, ya que aún no se lanza abiertamente a explorar los límites del lenguaje para reconstruir lo que le rodea, la más autobiográfica, porque nos conduce por el Dublín donde vivió este orfebre de la palabra. El portentoso escritor irlandés retrata la niñez y la mocedad de Stephen Dédalus, un rebelde apegado a la vida pero que quiere alejarse de su familia, su religión y su patria."

Igual que ocurrió en la vida del autor, nos mostrará la vicisitudes de Stephen Dédalus en el opresivo entorno de un colegio jesuita y su vida familiar en Clane, un pueblo situado a treinta y pocos kilómetros de Dublín. Y las descripciones de las campiñas, los acantilados, las apacibles casitas ornamentadas con rosas, la fragancia de la tierra empapada de lluvia, los frescos atardeceres costeros, el trayecto del lechero por las solitarias carreteritas… son deliciosas.




“Trabó amistad (Stephen) con un chico llamado Aubrey Mills y fundó con él en la avenida donde vivía una cuadrilla de aventureros. (…)
La partida realizaba incursiones en algunos jardines de solterona o bajaba al castillo y libraba batallas en las rocas erizadas de hierbajos para regresar por fin a su casa como cansados vagabundos, con las narices llenas de los olores fermentados de la marisma y las manos y los cabellos impregnados de espesos jugos de algas de mar.” (p.77)

Los olores del pueblo.

“Había en la capilla un frío olor a noche. Pero era un olor santo. No era el olor de los aldeanos viejos que se ponían de rodillas a la parte de atrás en la misa de los domingos. Aquél era un olor a aire, a lluvia, a turba, a pana.” (p.23)




Paradójicamente para asimilar la incandescencia de este espíritu adolescente que nos presenta Joyce, viene bien el ánimo reposado que dan los años, pues cuando uno está sumergido en plena vorágine de una realidad nunca termina de verla.

No voy a descubrir nada si digo que el pensamiento de Joyce resulta tan desconcertante como compleja es su personalidad, impresiones que ya manifestaron sus propios colegas de profesión, fueran contemporáneos o actuales. Incluso obras consideras con un grado de complejidad menor, como ésta, te exigen que no vayas con el “paso cambiado” a la hora de leer, si te descuidas lo mínimo es factible perder la sintonía con Joyce.

Joyce no escribe considerando el entendimiento del lector como una prioridad. Lo diré de otra manera, Joyce no ha desarrollado su personaje, el adolescente Stephen Dedalus, para epatar con el lector, o generar complicidad con él, no.

Joyce no va al encuentro del lector, esa no es su cruzada, Joyce va el encuentro de sí mismo. El carácter autobiográfico de la narración, pero sobre todo, su tono introspectivo ya adelantan la idea de un libro que el autor escribe para él, para “leerse” él. De nuevo, la escritura como catarsis de quien escribe.

Así que la andadura por esta obra está lejos de ser un camino de rosas… a pesar de que las haya en las casitas de los caminos, las de Clane, su pueblo.





Siendo así, no me extraña que muchos lectores al abrir un libro de Joyce estén a la defensiva, y esa fama de escritor difícil puede erigirse como un muro entre el autor y sus potenciales lectores. También esa dificultad puede ser un tentador incentivo para  otros.

Lo que está fuera de duda es la contradicción y el desconcierto de Joyce respecto a cuestiones como la religión, institución que para un irlandés de entonces  equivalía al resto de cuestiones; identidad nacional, política, cultura, visión del amor, etc.

Tales contradicciones joycianas tan pronto le llevaban a exaltar con sincero fervor religioso las grandes proclamas del catolicismo para, después, abominarlas.

Estas fricciones existenciales forjaron su imagen de escritor, persona en definitiva, complejo. Para que cada lector saque sus conclusiones, ahí están sus obras. Realmente uno suele verse así mismo, en lo esencial, no muy diferente de los demás. La marejada ideológica de Joyce, fruto de su aparente incoherencia, me hace pensar en él como un auténtico intelectual, aquel cuyo pensamiento, lejos de estancarse, fluye por no aferrarse al dogmatismo, y el dudar hasta de sí mismo.

Por tanto no solo voy a referir el desafío intelectual que plantea su lectura, también el físico… 

Porque, oye, adentrarte en la aridez de ciertos pasajes joycianos cuando la canícula exterior marca 35 grados positivos a la sombra, os confieso que acelera la deshidratación, uno suda lo suyo para salir, sin la mente descolocada, del intrincado mundo que constriñe los anhelos y angustias de Stephen.




Retornando a la obra, es evidente que hay una equidistancia insalvable entre el hecho religioso del que participa Joyce, a través de su alter ego, Stephen Dédalus, y mi postura sobre dicha cuestión, situada en las antípodas de cualquier exaltación divina.

No siento implicación hacia la vehemencia religiosa que rezuma parte de esta narración, el énfasis con que se expresa Joyce en el terreno religioso, que sucumbe a un estado de paroxismo en ciertos pasajes, me ha exigido buenas dosis de voluntad, ya que no he leído estos párrafos someramente.

Y es que en tales escarceos de catolicismo ambivalente, ahora a favor de la corriente, ahora en contra, residen algunas claves para entender, al menos en parte, la dificultad de este escritor, a juicio de muchos estudiosos, y por extensión el significado de su obra. No procede ningunear esas líneas, conviene escarbar en la tierra para llegar al cofre.

Además, sitúan el contexto social de aquella Irlanda de principios del s. XX, profundamente arraigada a su fe católica, y aún hoy, pues muchos irlandeses se apoyan en esta heterodoxia; la Irlanda católica frente a la Inglaterra protestante para acentuar lo diferencial, lo que les separa frente a sus vecinos, y convertirlo en valor sui géneris del ser y el sentir irlandés.








Retrato del artista adolescente es un libro fundamental en este sentido, pues aquí ya tenemos al imberbe Stephen Dédalus despertando a los primeros embates de la vida, dando los pasos iniciales que acabarían llevándolo desde este libro hasta la obra cumbre del irlandés, Ulises. Así que acompañar a Stephen en la senda iniciática que va de un libro a otro, cuando ya nos encontramos al otrora mozalbete convertido en un joven escritor, puede redundar en una lectura más vivificante de sus libros posteriores.


Un estamento tan arraigado en la cultura irlandesa como los colegios o internados  católicos, que suelen ser castillos y abadías de una belleza apabullante, son sin embargo escenarios sombríos de puertas adentro. Joyce refleja el ambiente opresor y dominante que los rectores mantenían con los estudiantes, quienes vivían bajo el temor de ser castigados con dolorosos varetazos, para escarnio público, al menor indicio de desacato o simple holgazanería. Algunos fragmentos describiendo el pavor del estudiante ante el inminente correctivo, y las secuelas posteriores, son sobrecogedores, Joyce logra que sienta los dedos de Stephen, amoratados y entumecidos por los golpes, como si fueran los míos.

Es en la parte central del libro cuando llegamos a esa exaltación religiosa, al paroxismo que apuntaba más arriba. Stephen se ha entregado a los placeres del sexo con una prostituta, él nada menos, un alumno modélico en muchos aspectos. El sentimiento de culpa, tan siniestramente instaurado por las escrituras judeocristianas, será un peso insoportable para el devastado Stephen, se entrega a todo tipo de ensoñaciones y desvaríos, se contempla rindiendo cuentas el día del juicio final, se consume de horror imaginando los eternos sufrimientos que le esperan en el infierno. Y uno acaba algo exhausto leyendo esos textos enardecidos, cuesta mantener la atención. El juicio de Dios (admito mi tentación de escribirlo en minúscula, pero respeto el texto) sobre los acólitos, sean pecadores o buenos cristianos, atenaza el alma de Stephen… y yo leo algo exasperado, quiero respirar…




Pero extraigo una lectura, valga la redundancia, de estas páginas, y es hasta que punto el hecho religioso penetra en alma de un país y dirige sus pasos. Inquieta pensar en ello.

Es significativo que Joyce, este católico irlandés al menos en apariencia, no exalte las mieles que esperan a los elegidos al paraíso, de eso nada, el escritor se recrea en los tormentos infinitos del infierno, en el sufrimiento eterno que espera a los que ultrajaron a Dios. 

De tal forma, y esto es relevante, que Joyce parece manifestar lo que en realidad nutre el corazón de los fieles, “los hijos de Dios”, no es la bondad desinteresada hacia el prójimo, el amor sincero, sino el inmenso pavor que albergan estas almas ante las cuentas que tengan que rendir el día final. Así que la religión adoctrina a sus súbditos bajo la amenaza de un sufrimiento sin fin, a quien ose traicionar a Dios, el “Todopoderoso” que también resulta “Todobondadoso”. 

Pero, se preguntaría Joyce, ¿Cómo puede existir dentro de lo Todopoderoso lo Todobondadoso? ¿Uno no excluye a lo otro? Esos viejos axiomas, mejor aún, los misterios del Señor, supongo.





Con toda esta convulsión actual del Brexit británico, su salida de la Unión Europea mediante el referéndum, leo estas líneas del libro, que Joyce escribió en 1914, y constato estupefacto que era un visionario:

“Dédalus, usted es un ser antisocial, un ser envuelto en su propio egoísmo. Yo no. Yo soy demócrata y he de trabajar en favor de la libertad social y de la igualdad  de clases y de sexos en los Estados Unidos de la Europa futura.” (p.213)

Ahí queda eso. Los clásicos nunca pierden actualidad.

Llegamos al cándido protagonista.

Stephen Dédalus es un alma transida por la duda… Andar libremente los caminos al son de los grandes poetas, y dejarse llevar por la visceral pasión del amor, o postrarse al gran señor en una existencia de acato y juramento. Más aún, porque llega a ser una posibilidad plausible para el joven, convertirse en ministro de la iglesia y contemplar él mismo al rebaño arrodillado ante sus pies. 

La idea le seduce, pero el dulce gusto de ese poder es tan efímero como larga es la oscuridad en el claustro año tras año. Asomarse al acantilado y pensar en lo terriblemente difícil que es vivir mientras contempla, no sin envidia, la facilidad con que las golondrinas abandonan un hogar para habitar otro que, a su vez, quedará desolado cuando asome el gélido invierno… el otoño es una suerte que disfrutan los meridionales, cruzando el océano en compañía de las nubes.

“Descorazonado, levantó los ojos hacia las nubes que derivaban lentamente como vellones marinos. Viajaban a través de los desiertos del cielo, como un ejército de nómadas en camino; viajaban por encima de Irlanda, con rumbo a Occidente. Y Europa, de donde venían, yacía, lejos, al otro lado del mar de Irlanda; Europa, la de las extrañas lenguas, con sus valles y sus bosques y sus ciudadelas, con sus razas dispuestas y atrincheradas.” (p. 201)




Y a raíz de este párrafo, yo que observo tanto al cielo, me acuerdo perfectamente de algo peculiar que ocurrió hace años; se cubrió todo el cielo de nubarrones con ese tono gris antracita que anuncia lluvia inminente, fue mirar al cielo y de repente advertí una gota de lluvia, una solamente, un segundo antes de estrellarse en mi rostro, reitero lo de una gota, porque hasta varios minutos después no cayeron las restantes. Al menos no las vi mientras caminé un buen trecho. 

Y me quedé tan alucinado por esta gota errabunda que, al contemplar el nubarrón, me preguntaba que porción de mar viajaba sobre mi cabeza; si llueve con tormenta estival ¿Me empaparán las gotas del Mediterráneo, las del Atlántico robadas en los peligrosos caladeros del Gran Sol, del mar de las Azores? 

¿ A qué lugares irá ese vapor de mar? 






Tendría que recitar algún poeta, me digo, que la lluvia al empaparte la piel es el mar acariciándote. Si llueve en estos días veraniegos saldré a que me acaricie el mar, seguro.

El escritor, pertinaz observador de nuestras miserias y grandezas, contrarresta esa claustrofobia del internado católico con el afán de camadería que reina entre los muchachos, a pesar de las rencillas inevitables entre adolescentes. De esta manera el libro exhala ese aire quieto y viciado del internado, y nosotros respiramos también.

Pero ¿qué digo yo? Lo que acabo de indicar en el párrafo superior, esa respiración saludable del libro, lo vuelve a repetir Joyce de una forma que ya no admite superación por ninguna otra… La lluvia.




Desconozco si otros lectores de la obra habrán reparado en ello, pero la lluvia es la gran salvadora de Stephen, de James Joyce y de mí mismo.
Cuando se barrunta la tragedia, y también después… la lluvia aparece providencial.

Llueve en la narración, en el rostro de Stephen, en el de Joyce, y por supuesto en el mío. Llueve en el corazón angustiado del propio libro. La Lluvia, que limpia el ambiente de impurezas, siempre retorna triunfal cuando parece que todo se aviene a la fatalidad. No sé si Joyce introduce estos fragmentos de forma deliberada, para que su escritura, en creciente tensión, se diluya al son de las gotas y su repiqueteo, cuando lentamente se escurren de la hojas al finalizar el chaparrón, y es que en el libro, como en la vida, después de la tempestad vuelve la calma.

Sí, creo que la lluvia la han inventado los irlandeses para escribirla:

“Cuando el malestar hubo pasado, caminó con dificultad hasta la ventana (…) La lluvia había cesado y entre movibles masas de vapor de agua, la ciudad estaba hilando de luz el delicado capullo de una neblina amarillenta. El cielo estaba tranquilo y tenía una vaga luminosidad. Y el aire resultaba grato al pulmón como en una arboleda bien calada a chaparrones. Y, en medio de aquella paz de las luces temblorosas y la quieta fragancia de la noche, Stephen hizo un pacto con su corazón.”




Y me animo con otro, más olor a tierra mojada, así aprovecho esta palabra que ya puse alguna vez, y encuentro tan bella; geosmina (del griego «aroma de la tierra»), esa sustancia química que determinadas bacterias y hongos, a ras del suelo, desprenden y se hacen perceptibles con la tierra húmeda, al llover por ejemplo.

"Los árboles del parque estaban cargados de lluvia. La lluvia caía incesante sobre el lago, gris como un escudo de metal. Pasaba una manada de cisnes, y el agua y la margen estaban manchadas de un légamo blancuzco y verdoso. Y, ellos, se abrazaban dulcemente excitados por la luz pluviosa y gris, por los árboles húmedos y silenciosos, por la presencia del lago" (…)




Si la lectura de un libro, éste u otro, se convierte también en un reto intelectual, como señalaba al comienzo, llegar a su última palabra, “FIN,” proporciona una sensación de dulce victoria, pues salir bien parado del lance, no digamos ya si es con Joyce en pleno estío, sienta de maravilla al ego lector… Para que nos vamos a engañar.




Ah, he ojeado el tiempo para estos días… dan lluvia en Irlanda, que se preparen los poetas.