P. Castillo

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miércoles, 22 de septiembre de 2021

 


Alguien dejó volar a su caballo...


El otoño acaba de abrir sus puertas.

Ya estoy impaciente por alzar la vista y encontrarme con la llegada de un vuelo victorioso, este adjetivo no es baladí, pues el signo de la victoria puede apreciarse de modo ostensible, con su trazo caligráfico, surcando el cielo. Como ya supondréis me refiero a las grullas.


Grullas, llegada triunfal. Foto, Paco Castillo.

Un dato curioso, me entero de que las grullas a su paso por la capital utilizan el eje de la Castellana como una especie de hito, pues es una de las principales vías de Madrid (atraviesa la ciudad de norte a sur), y esto divisado desde el cielo tiene una interpretación para las aves; las sitúa y orienta en su rumbo hacia Extremadura, fin de la etapa.


Desde la Casa de Campo, panorámica distritos norte de Madrid, Paseo de la Castellana y otros. Foto, Paco Castillo. 

Mirar al cielo nos proporciona una sensación de amplitud que la vida a ras del suelo nos niega, dado lo constreñido de nuestra terrenal existencia; nacer, vivir y morir. Uno contempla el cielo, o el mar, y piensa que la vida, su vida, se despliega sobre un lienzo sin límites, deshaciendo en esos instantes la finitud que nos oprime, angustia que tantas vocaciones filosóficas y poéticas ha creado.


Al fondo la Sierra de Guadarrama, intimidada y empequeñecida ante la majestuosidad del cielo. Foto, Paco Castillo.


Foto, Paco Castillo.

A veces el firmamento confiere al paisaje una fantasmagórica belleza. Foto, Paco Castillo 


Cuando levantamos la mirada en una noche plagada de estrellas la sensación de expansión es más acusada todavía, pues el cielo nocturno es insondable y esto es una tentación irresistible para la imaginación, ejercicio expansivo donde los haya, la noche se nos insinúa con lo que oculta, así es como se crea también la poesía, al menos Novalis creó sus Himnos a la noche, o la pintura…


Últimas golondrinas revoloteando nerviosas antes de partir. Foto, Paco Castillo.


Viajar guiándose por las estrellas ya lo hacíamos desde la antigüedad, que se lo digan a esos magníficos navegantes sin gps de última generación ni sofisticados satélites, los fenicios de hace 3200 años.

Pero mucho antes que nosotros ya lo hacían las aves, algunas de apariencia tan frágil como los petirrojos, migrante nocturna (como otras pequeñas aves canoras, evitando depredadores), impresionantes cartógrafos construyendo con las estrellas de la noche su mapa. 

Unos llegan y otros se van, ley de vida; como el escribano hortelano (bellísimo nombre, prepararé algún post con nombres de pájaros), que pronto volará a África, siguiendo la estela dejada por las golondrinas.


           Petirrojo. Foto, Paco Castillo.

Con una de mis guías de pajáros. Foto, paco Castillo.

El cielo diurno se presta menos a este viaje imaginativo, ahí todo es diáfano, regalado a la vista, es un estímulo diferente. Las cigüeñas lo prefieren en su periplo.


Foto, Paco Castillo.


Dicho esto, es fácil adivinar que miro al cielo con frecuencia, y si hay nubes errantes mis ojos se abren aún más, como los de un niño cuando descubre el mar.

Mirando al mar con mi hija, hace algunos años. Foto, Paco Castillo.

Es por ello que al despuntar un nuevo día, me gusta abrir una ventana para observar eso mismo, el cielo. Y los otoñales me atraen sobremanera. Momentos más tarde, si tengo oportunidad, me apresuro a salir al campo cámara en mano, sabiendo que los estorninos, con la fresca y el cielo plomizo, estarán esperándome con sus bandadas sobre los tendidos eléctricos.



 


El otoño, los estorninos. Fotos, Paco Castillo.


Y de paso observo las nubes a ver que me encuentro…

Gaviotas reidoras, casi inapreciables, disfrutando del invierno madrileño. Foto, Paco Castillo.


Nunca he dejado de mirarlas, y eso que siendo escolar había algún profesor que otro empeñado en que desistiera:

 “Deje ya de mirar a las nubes y aplíquese con la Teoría de Conjuntos. Mañana será el primero en explicarme el Sistema Binario”.

Al día siguiente explicaba con exactitud el Sistema Binario. En lo que respecta a las nubes… Jamás hice caso.

Bueno, el asunto es que mi hallazgo en esta mañana ha sido muy, muy singular, superó todas mis expectativas…

Un simpático caballito volador, dejémoslo ahí… Foto, Paco Castillo.

Quiero pensar que esta visión ha sido el producto de un pacto; el que hicieron una niña y su caballito.

Ella acordó con su amigo que aflojaría las riendas entre sus dedos para que él echase a volar. Y una vez allí arriba, siguiendo el rumbo marcado por el viento, habría de hacerse una idea de como se ven las cosas desde el cielo, en ese mundo silencioso carente de discursos, proclamas y conversaciones callejeras al albur de los telediarios. Todo lo que llega arriba es parodia mímica, teatro mudo.

La promesa es que el caballito, cuando tenga a bien finalizar su aventura, cual Nils Olgersson en su maravilloso viaje, regresará para contarle a la niña como vio las cosas desde allí, meciéndose en las brisas.


No descarto que el caballito después de subir y subir hasta hacerse brumoso, tenga encuentros insospechados para quienes estamos abajo. Quien sabe si compartirá confidencias con el Barón de Munchhausen, que inmortalizó Rudolf Erich Raspe, y como tal inmortal aún siga volando por acá y por acullá haciendo crónicas de sus extravagantes lances.

Foto, Paco Castillo.

 

En este punto dejamos al caballito (luego volveremos), y vamos a fijarnos unos instantes en esa historia del Barón Munchhausen para remarcar un aspecto interesante. No olvidemos que el tal Barón fue un personaje real, contemporáneo a Rudolf Erich Raspe, y cuya vida vida fue parodiada por la literatura.

El protagonista vive en una fascinante subversión de la realidad, Rudolf hace toda una oda a la ficción literaria con su personaje, es decir, a la mentira como producto fantástico; pues el Barón era en definitiva la quintaesencia de la mentira, pero elevada a categoría literaria de primer orden.

Así es, la literatura, en esta y tantas obras, subvierte esa naturaleza negativa de la mentira; uno lee el Quijote sabiendo que sus andanzas son pura fantasía, una mentira literaria, pero en este ámbito su efecto no deja de ser sorprendente; cierras el libro del ilustre caballero andante y el mensaje que trasciende al lector es una incontestable verdad sobre nuestra condición e idiosincrasia, es una verdad que alcanza de lleno al lector, que la hace suya, y lo maravilloso es que esa verdad ha cobrado entidad y se ha elevado desde la pura fantasía. Una verdad que se hace más aprehensible cuanto mayor es la fantasía que la sustenta. He aquí la huella genuina de la literatura, su fuerza y su magia, proyectadas sin igual en los cuentos y relatos, que alguien lea los cuentos de Julio Ramón Ribeyro, de Cortázar, Karen Blixen, Edgar Allan Poe, Chejov, Emilia Pardo Bazán, etc, etc, y comprobará esa verdad. 

En ese sentido recuerdo un libro que leí de Julio Cortázar, una recopilación de experiencias en sus clases de Literatura; en la Universidad de Berkeley. Cortázar fue uno de los escritores más entusiastas del componente fantástico en su obra, pero el aclaraba con maestría el tipo de fantasía que exploraba:

 “(…) no acepto nunca ese tipo de fantasía, de ficción o de imaginación que gira en torno así misma y nada más (…)

La fantasía, lo fantástico, lo imaginable que yo amo y con lo cual he tratado de hacer mi propia obra es todo lo que en el fondo sirve para proyectar con más claridad y con más fuerza la realidad que nos rodea.”


                                          Foto, Paco Castillo.

No dejo al Quijote, porque de esa mentira literaria, de la fantasía, parte también el inolvidable personaje; historias inverosímiles cuyos mensajes encierran profundas verdades, como decía antes. Por eso no es extraño que el Barón Munchhausen se encontrase con el Quijote, que fue de gran influencian para esta obra, y para tantas…

 

“Iniciamos nuestro galope (…). Desde allí se extendía ante nuestros ojos un panorama de incomparable belleza; África ofrecía un color quemado, sometida como está a los rayos inclementes del sol; España tendía, en cambio, al amarillo, a causa de los campos de trigo diseminados por todo el territorio; Francia tendía al color de la paja, con manchas de un verde intenso, e Inglaterra se presentó ante nuestra vista llena de la más exuberante vegetación. (…)

Me hallaba sumido en estas consideraciones cuando vi venir hacia mí a un hombre provisto de armadura, con una lanza en la diestra, a lomos de un brioso corcel. A través de mi telescopio, que nunca abandonaba, me di cuenta de que no podía ser más que Don Quijote. Y me pareció que aquel encuentro me proporcionaría grandes diversiones.”




Y doy fe que es así, en el siguiente capítulo se producen una serie de actuaciones entre el Barón y don Quijote de lo más hilarantes, todo ello sazonado con otros personajes a la par de extravagantes.


No me cabe duda, si Rudolf Erich Raspe, mientras escribía sus memorables Aventuras del Barón de Munchhausen, se hubiese topado con semejante espectáculo, un caballito trotando por el cielo otoñal, habría dedicado a este episodio un puesto de honor en el libro, pues su imaginación se dispararía hasta las mismas alturas que surcaba el Barón.

Bueno, ¿y el caballito?, pues siendo honestos no tengo mucho más que decir, yo no puedo saber que asuntos le podrá contar un caballo volador a una niña, a su amiga. 

Mi única certeza es que todo aquello que le cuente será un desafío a la realidad cotejable, él viene de trotar, volar mejor dicho, por lo inmensurable; un territorio que conocen bien los pequeños.

Pero todo eso quedará entre la niña y su amigo volador, para ellos dos. Es su secreto.




En fin, esto fue lo que me sucedió hace tres días. Se me ocurrió mirar al cielo y vi un secreto que se llevaba el viento...




 Lo cuento hoy porque se presenta el otoño. Y es mi cumpleaños.

 

Ah, yo me haré un regalazo, la maravillosa voz de Eivør, nuestra amiga feroesa, una clásica ya por este blog desde hace unos años.

                                    Eivør - Natureboy




P. D. Mi pensamiento con los damnificados de Palma, conmocionado por lo que estamos viendo. 





                


lunes, 13 de septiembre de 2021

 

Luces distantes…




Allá están, esas luces en la lejanía arropadas por la noche y las montañas, podrían ser luciérnagas del campo, pero no, dentro de esas luces hay personas, vidas, historias, lo sé, cualquiera que las mire desde la distancia lo sabe.




Allí adentro hay gente, existiendo en los remotos puntos dorados.

Camino, y mis ojos se dirigen hacia aquellas vidas que mi mente intuye, esas vidas a las que imagino historias.

Es verdad que la lejanía confiere a esas llamaradas suspendidas en la oscuridad una dimensión de irrealidad, fijando los ojos en aquellas luces, ves una cosa pero miras otra, y acaba imponiéndose esa que no ves… 



 

Viene a ser eso que está por encima y por debajo de la “banda media”; tal cual manifiesta el genial Edgar Morin:

Caminando con Edgar Morin hacia las luces lejanas...


LA BANDA MEDIA

"Todo mi trabajo, mis artículos, mis libros, mis verdades tienen que ver con la banda media, el sector intermedio de la existencia, digamos el campo antropológico-histórico-sociológico-político. Digamos también que es el campo de la verificación empírica, en el que el conocimiento se basa en la percepción.

Pero lo que se sitúa encima o debajo de la banda media, el «resto» -ahí donde la percepción casi no tiene sentido, la parte metafísica de las filosofías, la parte poética de las literaturas, la parte musical, secreta, insensata de la existencia-, ese «resto», apenas si lo he evocado en mis prefacios y conclusiones.

El «resto» vive en mis angustias (y como les sucede a muchas otras personas, la angustia es el leimotiv más constante en mi vida). El resto me sobrecoge cuando camino por la ciudad, cuando camino por la noche, cuando me voy a dormir o me despierto. Me cuestiona desesperadamente (lo que significa sin desesperar nunca). No hay noche estrellada en la que no suplique, mirando al cielo, empezar otra vez desde cero, hacer todo lo posible para intentar comprender. Y agito mis sueños, cosmogónicos, hasta dormirme. Aunque sepa que es una locura, a menudo me invade de nuevo la sensación de que es necesario que me decida a tratar de descifrar el enigma de mundo."

Edgar Morin. “En carne viva. Meditación”

 





Tal vez, en aquella luz situada más a la izquierda, una chica de veintitrés o veinticuatro años está escribiendo un WhatsApp en el grupo de amigas, las dice que llegará una hora más tarde al parque, quiere ver su serie de Netflix, el capítulo de hoy promete, pueden empezar el botellón sin ella.

Los botellones están llenos de universitarios. Ella acaba de licenciarse brillantemente en Ingeniería de Sistemas, nada menos, el cuerpo le pide desenfreno…


Entre la luces de más abajo, hay una en la que vive un chico de unos cuarenta y tantos años, solo, quizás divorciado.




Es profesor de secundaria, habla por el móvil con una colega; mañana todos se reunirán con la directora, deben repasar el protocolo sanitario, dichoso covid, y no dejar un cabo suelto ante el comienzo del curso.

Han quedado un rato antes para tomarse un café y ponerse al día.

Acaba la conversación y se va a la cocina, rellena el cuenco con pienso para su gata, ella maúlla agradecida y él le acaricia la nuca.

Se mete en la cama amagando con encender la televisión… finalmente aparta el mando y abre un libro que lleva por la mitad; “La delicadeza” de David Foenkinos. Hace tres semanas que su doctora le ha retirado el Lormetazepan para dormir, en vista de que su crisis de ansiedad ha remitido considerablemente. Se ha mantenido firme y no ha vuelto a la pastilla, está satisfecho… aunque todavía le imponga un poco acostarse y apagar la luz. De ahí que vaya de la mano de un libro hacia el tránsito onírico, benditos libros. Y bendita gata ronroneando a sus pies...




En una lucecita de arriba vive un matrimonio ya anciano. Estarán viendo el telediario.

Entre ellos flota un silencio que, de vez en cuando, es alterado por un “Ayyy, señor”.

O posiblemente vean uno de esos programas del corazón, con todos los tertulianos desgañitándose a la vez en un galimatías esperpéntico.

En el mueble de la televisión reposan varios retratos de los hijos y de los nietos. En la cima de ese mueble hay una enciclopedia; Enciclopedia Universal Sopena, que compraron, no sin esfuerzo, allá por los 70 para sus hijos.

Y junto a los libros una estatuilla con el símbolo de Nueva York, La Estatua de la Libertad. Jamás han pisado la Ciudad de los Rascacielos, fue un detallito de la hija pequeña cuando estuvo por allá con el novio. La benjamina ya se casó hace 16 años.

El telecotilleo continúa, cumple su función para los dos ancianos… matar el tiempo (aunque siempre sucede al revés), y llenar la casa silenciosa con el vocerío, de jaleo.

Hace mucho que el abuelo no les cuenta a los nietos sus historias, siempre se lo pedían, sobre todo cuando faenó como pastor con cientos de ovejas por tierras extremeñas, siendo muy joven, 17 o 18 años. Luego él y su prometida (la que ahora es su esposa), huirían a los madriles en busca de una vida más cómoda. Entró de aprendiz en un taller de cerrajería donde se jubiló.

Aún se acuerda claramente de sus perros pastores; Rastro, Rubio y Bruja, de eso han pasado nada menos que 66 primaveras, ya ha llovido… pero el recuerdo de estar al raso con sus fieles compañeros se mantiene con una intensidad inextinguible, bastante más vivo que lo acontecido hace unas semanas, digamos.

“Viajar” hacia aquellos momentos le otorga una sensación de plenitud. Su mujer no sabe, nunca se lo contó, que antes de cerrar los ojos doblegado por el sueño… él ya no está en la cama, sino en las enormes dehesas extremeñas, mientras Bruja descansa la cabeza apoyada en su regazo, y él la mima contemplando sus ovejas en lontananza.




Claro, él también ignora los secretos en los que se acurruca su mujer cada noche. Uno y otra hacen su “viaje”. Necesitan huir a su lugar escondido, ese que nadie más conoce. Así ha de ser.




Y yo, por supuesto, también estoy ahora dentro de una luz, viviendo ahí, existiendo en la mirada de alguien tal vez, en esta noche ya dominante.



Me pregunto desde donde me habrá hecho existir mi observador distante. Es posible que desde un avión, o desde un tren, o vagando sin destino. Da igual, en cualquier caso muy lejos de mí.

Ese observador se imagina (me imagina) a un hombre maduro, pasados los cincuenta, escribiendo en el ordenador, seguramente un padre de familia. Y aventurándose todavía más, imagina que esa persona deja de escribir y se asoma al balcón, cuando la noche profunda lo inunda todo, y su mirada se pierde en las minúsculas y temblorosas luces, allá lejísimos, mirando aquello que no ve. Quién sabe lo que pensará…




Sigur Rós - Varúð




miércoles, 11 de agosto de 2021

 

Mis libretas, y otras cosas…




 

Estoy leyendo muy poco en estos últimos y convulsos tiempos, pero no me preocupa, todos transitamos por ciclos variables en la vida, y se deben afrontar con toda la templanza que nos sea posible, y si algunas cosas se contraen… otras se expanden.

Vivimos en ese vaivén, nos contraemos pero luego nos expandiremos, somos olas a merced de la bajamar y la pleamar, subimos y bajamos, bajamos y subimos…


Foto de Paco Castillo, Asturias.

 

El ejemplo del mar me parece una acertada metáfora sobre nosotros; las olas pueden borrar un corazón que dibujaste pensando en alguien, deshacer un nombre que escribiste sobre la arena, en definitiva arrastrar tus recuerdos a las profundidades, y en un momento inesperado te entrega una caracola que ha recalado junto a tus pies, te la acercas al oído y escuchas el susurro marino, que no es otra cosa que escuchar tus silencios, sí, esos mismos que vuelcan a tu memoria recuerdos distantes que salen a flote, emergiendo de aquellas profundidades. 

Escuchar a la caracola es como recordar un viejo cuento que te contaba tu padre, o tu abuela, es regresar a tu raíz tirando de un sutil hilo enredado en tu alma. Así es, la caracola te llama como las sirenas a Ulises, es una suerte de reminiscencia que te cita con tu “Alma primitiva”, tal cual escribiera Lucien Levy-Bruhl, y que vengo catando, sorbo a sorbo, despacio.




"(...) la mentalidad primitiva piensa y siente a la vez todos los seres y los objetos como homogéneos, es decir, participando de una misma esencia o conjunto de cualidades. Lo que más le interesa no es disponerlos en series de clases, de géneros y de especies netamente distintas las unas con respecto a las otras, correspondientes a una cadena de conceptos (...). Intenta ante todo desgajar (...), por mucho que esto nos parezca extraño a nosotros, las disposiciones benéficas u hostiles de esta esencia."

Alma primitiva, Lucien Levi-Bruhl

Decía que no me preocupaba cruzar ese desierto lector (ahh… todos tenemos algún desierto que atravesar), la explicación es sencilla; siempre que mi mirada se aleja de los libros se refugia en el campo, en la contemplación de sus acontecimientos, sean majestuosos como el ocaso tras las montañas o apenas perceptibles como una mariquita encaramada al junco, y para mí observar es un alimento vital tan nutritivo mentalmente y poderoso (a veces más) como leer.


Por los Andes peruanos, foto Paco Castillo


 

Foto, Paco Castillo

Si acudo al campo es porque apenas recalo en el mundo virtual, no poseo eso que llaman "redes sociales", exceptuando el blog que para mí es un grato rincón, las únicas redes que me entusiasman son las telarañas adornadas con el rocío, o con gotas de lluvia, que habréis visto ya en mis fotografías.


                                    Foto, Paco Castillo

Yo ansío lo físico, el sentir mis pies pisando la tierra del campo, oler y tocar, escuchar y mirar la vida que allí acontece, también el drama de la muerte; el otro día presencié el desagradable episodio de un gazapito (cría de conejo), agonizando en sus últimos instantes de vida. De todo aprendo, todo me enseña y nutre mis pensamientos. Ese es un tiempo de calidad. Algunos creen que caminar por el campo y observar lo que te rodea, solo, con calma, sin hablar con nadie,  es como… no hacer nada, y sin embargo es cuando más me empleo, cuando los sentidos están más radiantes y despiertos, y no abotargados de ir aturdido en el metro, de transitar entre mil estímulos urbanos… escaparates, semáforos, atascos en el coche, el ruido de los bares, perdido entre trámites burocráticos, gentes corriendo a las rebajas, o a coger un sitio en un cacho de playa, o absortos en una pantalla de móvil deambulando por la ciudad como autómatas, etc, etc. No es que aborrezca la ciudad, con ello me refería a las grandes urbes, en donde impera más la hostilidad que la serenidad, casos aparte son otras perspectivas de ciudad con enorme encanto como Toledo, Segovia, Santiago de Compostela o la antiquísima Cádiz; ¿quién no se perdería en sus callejuelas con gran placer?

¡Zasss! de repente toda esa megaciudad se va al carajo, estoy muy lejos del cemento y el hormigón a gran escala, mis ojos persiguen a una mariposa monarca, tal vez estoy acercándome a unas genistas en donde revolotean abejas, o admirando a unos murciélagos haciendo sus acrobacias bajo una imponente luna llena.


                                    Foto, Paco Castillo


Y mis libretas.






No falta oportunidad en que me lleve una a caminar. Del mismo modo que no concibo la lectura sin una a mano.

En verdad las he usado en todo tipo de situaciones y escenarios; en el hospital como acompañante o paciente, en las esperas del colegio de mis hijas, escribiendo en un tren noruego rumbo a las montañas de Telemark y tomando notas sobre los pasajeros noruegos… porque iban todos descalzos y tomaban vasos enormes de café en un solemne silencio. O sentado en el cesped de Central Park mirando a los neoyorkinos y demás turistas, como yo, pasar ante mí. En fin, no pocos países están metidos entre mis libretas.

Escribiendo en ellas, recuerdo algunos momentos con especial nitidez. Por ejemplo cuando anotaba impresiones de “La escalada” novela de Ludwig Hohl (1904-1980). Y no tanto por la novela, que también, sino por el paisaje que me rodeaba; zigzageando por las imponentes moles de los Andes peruanos, cuando atravesaba en un interminable viaje en bus la región de Cajamarca, admirando su grandiosas montañas apuntaba notas sobre la lectura.

No sé hasta que punto reflejaba lo que me sugería la lectura… o las inmensas montañas que nos circundaban y hacían al bus, y a todos los que estábamos dentro, tan ínfimos.

Algunos de mis apuntes, impresiones, sobre La escalada:

"Asistimos a una conversación íntima con aquello que más aman los escaladores, la cumbre, palabra con una caprichosa ambivalencia metafórica; para los “escaladores” que pretenden ascender en el escalafón social y financiero, cumbre es sinónimo de poder económico y estatus social. Para los escaladores que intentan coronar el pico nevado, la cumbre es el lugar definitivo donde sentir la soledad de todo y de todos. Cada uno busca sus cumbres." (Paco Castillo)


Leyendo “La escalada” en la Cordillera Andina, Perú. Foto, Paco Castillo


No existe mayor resignación ante la muerte que la de un montañero, y no es claudicación, sino aceptación, pues reconocen con humildad que frente a la Montaña son muy poquita cosa. 

La intensidad de sus vidas radica en lo cercana que siempre tienen a la muerte, he ahí la fascinante paradoja que los configura.

O que decir de mis notas sobre la puertorriqueña Rosario Ferré, allí mismo en su tierra, Puerto Rico… asomado a un hermosísimo camposanto custodiado por el mar del Caribe.


Puerto Rico, foto de Paco Castillo


Decía en mi libreta que su escritura, entre otras cosas, es como un aguacero caribeño, y hay que dejarse empapar, sentir las gotas (las palabras) surcando tu piel.

U otras palabras que me surgían junto a un faro asturiano, leyendo a Sten Nadolny en el Elogio de la Lentitud (acercamiento novelado a la vida del marino John Franklin, el peculiar capitán del mercante HSm Terror).

"J. Franklin, la vida discurre ante sus ojos con una lentitud que exaspera a quienes le rodean y demasiadas veces a él mismo, pues no es de lento proceder por voluntad, sino por naturaleza.

(…) de cadencia relajada en su forma de estar en este mundo, en el hablar, en responder, en pensar, en reaccionar, en reír, en llorar… incluso en besar.

Esto le irá obligando a asumir los acontecimientos y resolver las vicisitudes de la vida con una actitud como mínimo especial.

Al fin y al cabo, ¿Quién se detendría, noche tras noche, hora tras hora, minuto tras minuto, a contemplar las estrellas y trazar mapas mentales en sus equidistancias?" (Paco Castillo)


El faro asturiano de Cabo Vidio es un buen lugar para leer “El elogio de la lentitud”. Foto, Paco Castillo

En mis libretas, en definitiva, conviven títulos de libros, impresiones literarias, pensamientos cazados al vuelo, ideas, momentos de inspiración, esas notas de campo, y que sé yo...






Y termino ya, dejándome aún muchos aspectos variopintos registrados en mis libretas, os dejo con unas impresiones que escribí en Perú, y aunque tenía en esa ocasión unos libros de Julio Ramón Ribeyro y César Vallejo junto a mí, no fueron ellos los protagonistas (lo serían en su momento), sino unos amigos cafetaleros reunidos en un chamizo, esperábamos a que escampara un diluvio universal que se abalanzó sobre nosotros. Entre trago va y trago viene de cañazo (aguardiente de caña) que yo evitaba como buenamente podía, saqué mi libreta, igual que Johnny tomó su fusil, y me puse a escribir…

 

Autorretrato, Cesara, Perú, 2015

"Una magnífica lluvia tropical repiquetea con gran estruendo sobre los techos de calamina, el golpeteo violento me hace pensar en una catástrofe inminente.

La angustia que a duras penas puedo disimular contrasta con la indiferencia absoluta de los allí presentes, atrapado entre una sucesión interminable de cumbias (género musical latinoamericano) que se reiteran más allá de lo soportable en la melodía y letra:

 

♫ ♫ (…) mi amor nunca ya tendrás, ya nada te consolará… (…)♫ ♫ 

 

Y por supuesto un trago de cañazo, aguardiente peruano, por aquí y por allá, para los compadres no hace falta un motivo de celebración previo por el que mojarse el gaznate, se toma… y luego ya se buscará.

Y es muy probable que mañana suceda lo mismo, igual que dentro de dos meses, y tal vez siga ocurriendo 30 años después.

Es como si el futuro no tuviese potestad para escribir un relato diferente a estas gentes, nada ni nadie descompone la escena, pues no conceden ni una mínima oportunidad a que un tiempo inexistente altere las melodías y letras de sus cumbias… "

 

 “♫ ♫ (…) me duele sentir tu ausencia

me mata la soledad

me hace falta tu presencia (…) ♫ ♫”

 

Cumbia de Corazón serrano

 

 

 

Paco Castillo, Cesara, Perú, sábado 3 de octubre, 2015.

 

sábado, 10 de julio de 2021

Introducción a la Botánica. H.J.M. Bowen (Oxford, Inglaterra, 1921-2001)

Editorial Juventud, 1ª edición 1979. Traducción de Luis Bosch Roura.




Érase una vez el Mundo…


Foto, Paco Castillo, primavera 2021.


 

 Antes del Whatsapp

 Antes del pasaporte Covid

 Antes de los indultos a unos políticos

 Antes de la Coca-Cola



“Durante el periodo del Carbonífero, hace ya 250 millones de años, las gimnospermas comenzaron a sustituir a los helechos y licopodios como árboles dominantes en los bosques. En esta época, América del Norte y el norte de Asia estaban unidas en un único continente en el hemisferio norte, mientras que América del Sur, África,, India, Australia y la Antártida formaban al sur un continente llamado  Gondwana.

 

Gran parte de Europa debe de haber estado oculta y frecuentemente sumergida debajo del mar, puesto que los bosques de esta era han sido conservados como bandas de carbón. Las primitivas mignospermas (…) se han encontrado fosilizadas en carbón,(…) aunque los musgos raramente se han conservado como fósiles y pueden haber estado presentes con anterioridad en la Historia de la Tierra

A pesar de que la flora del Devónico  fuera cosmopolita, desde el periodos Carbonífero y Pérmico se pueden distinguir cuatro regiones vegetales distintas.

El Gondwana tenía una flora subtropical dominada por los helechos con semillas, mientras que Europa y América del Norte tenían una flora subtropical con gran cantidad de licopodios y coníferas más recientes.

 

La región de Cathaysian, en China, las Indias Orientales y el noroeste de América fueron también subtropicales (…), mientras que Siberia central tenía una vegetación propia de los climas templados y fríos.

El periodo Pérmico finalizó con la época de formación de las montañas Hernicianas (…).

Cambios catastróficos en el clima, incluyendo una Edad de Hielo, destruyeron muchos licopodios, equisetos y helechos con semilla.

Cuando cesaron las principales convulsiones, los bosques llegaron a estar dominados por (…) cicadinas semejantes a Palmeras y gingkoales de grandes hojas, así como coníferas parecidas a las actuales. (…)

Al final de la era Jurásica, hace 180 millones de años, los bosques contenían árboles de géneros actuales, tales como Sequoia (secoya), Cuperssus (ciprés), Araucaria (araucaria) y Gingko (gingko).

 

(…) en las rocas del Jurásico aparecieron los primeros fósiles de abejas y moscas primitivas. Probablemente algunas se alimentaron del polen de las cicadinas y otras gimnospermas, pudiendo haber empezado a contribuir a la polinización cruzada.

En las rocas del Cretácico (hace 130 millones de años) se han encontrado un gran número de angiospermas fósiles. (…), muchos géneros actuales, tales como Magnolia, Quercus (roble) y Platanus (plátano) se han encontrado en las rocas de Groenlandia.

(…) hace aproximadamente 60 millones de años, la vegetación de Gran Bretaña era una selva de lluvia tropical parecida a la que se encuentra hoy en día en Malaya.

 

(…) está demostrado que la geografía y el clima de la Tierra están cambiando constantemente y de forma imprevisible y que no solo las plantas individualmente, sino todas las comunidades pueden ocupar partes del mundo muy distintas de las regiones donde se originaron." (pp 192)



Érase una vez el mundo…


 Antes de las crisis migratorias con los refugiados

Antes de Amazon

Antes del turismo

Antes del conflicto israelí palestino






"A menudo no se comprende que el hombre pueda destruir tan efectivamente un bosque permitiendo un pastoreo excesivo (cámbiese hoy por campos de golf, urbanizaciones, autopistas, centros comerciales…) o mediante la tala del mismo. El proceso del pastoreo produce efectos a largo plazo (pero los factores arriba citados entre paréntesis son de efecto inmediato sobre la naturaleza), puesto que actúa impidiendo que las semillas de los árboles perseveren. La destrucción de los animales carnívoros por el hombre ha sido también un factor en este proceso. Si los carnívoros, como los zorros o los gatos monteses, son destruidos, los pequeños roedores progresan rápidamente, siendo estos los que, al comer semillas, impiden la regeneración del bosque." (pp 242)





PD. Fotografías de Paco Castillo.