P. Castillo

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jueves, 23 de marzo de 2017

El sentido del asombro (Continuación):


Fotos realizadas por Paco Castillo







Atendiendo a la petición de Raquel Neves (responsable de comunicación de Ediciones Encuentro), desestimo la idea de publicar el texto íntegro del libro, como no puede ser de otra manera.

Eso sí, apelando a su temple y cortesía, no puedo dejar de exponeros un fragmento que ya tenía "sacado del horno", y esto en modo alguno supone una acción ilegal, y mucho menos una afrenta personal hacia ella, que de forma tan respetuosa ha expuesto la situación. 

Lo que si vais a tener con total disposición son las fotografías que he realizado para la ocasión, ya sabéis que me gusta recibiros como os merecéis. Éstas de algún modo se trasladan de tiempo y lugar, poniendo imágenes donde iban a estar las palabras de Rachel Carson.

Vayamos al libro.










Es cierto que antes de R. Carson ya hubo escritores que alertaron sobre el irreparable error que suponía para las sociedades su desapego de la tierra, perder el contacto y la relación con lo natural. Baste el lejano ejemplo del diplomático, escritor y filólogo George Marsh Perkins (EUA, 1801 – Italia, 1882), considerado por algunos como el primer ecologista norteamericano, quien noventa y ocho años antes de publicarse “La primavera silenciosa”, ya planteara en su libro “Hombre y naturaleza” (1862) la nefasta influencia que sobre el medioambiente tendría la manera de entender el progreso que él observaba.

Sin embargo la mencionada obra de G. M. Perkins, incluso las de algún célebre contemporáneo suyo como Henry David Thoreau, padecieron la carencias mediáticas de su época, y en aquellos años pasaron sin pena ni gloria.

Justo lo contrario que ocurrió con el libro de R. Carson, llegando al gran público. La televisión y parte de la prensa metieron su mensaje dentro de cada hogar norteamericano. “La primavera silenciosa” se tradujo en varios miles de ejemplares vendidos, y la presión por modificar esa dañina praxis industrial se trasladó al gobierno, éste no tuvo más remedio que actuar legislando en aras de una mayor protección medioambiental.

Al cerrar este espléndido libro he tenido la sensación de haber acompañado a la buena de Rachel y su sobrino en uno de sus paseos por esa silueta agreste que configura la costa de Maine, una naturaleza esculpida a golpes de viento y lluvia, frente a la grandiosidad del Océano Atlántico.

Paseaban embargados de emoción, ya fuera al alba, cuando los rayos del sol, si los hay, solo son un suave beso en la cara, o en la sinuosa noche, momentos ambos en los que Rachel no dudaba en salir con el risueño Roger, para aspirar el penetrante aroma de helechos y líquines, o dejarse seducir por los incontables ritmos musicales que nos regala la naturaleza, que lejos de mezclarse con estridencias se combinan en perfecta armonía.








Sí, me parece encontrarme con la asombrada mirada del pequeño ante un mundo por descubrir.




Y la no menos asombrada de la ya madura Rachel, porque en la luz de sus ojos se adivina lo mismo, que el relato de la naturaleza se renueva cada día, uno nunca deja de descubrir la belleza, o lo trágico, en lo más colosal o minúsculo que acontece bajo el sol.














Otra cosa, R. Carson desprende esa gran sabiduría que brota desde la humildad, el tipo de personas que así mismo se asombran al ser consideras sabias por otros, entendiendo tal sabiduría no como la acumulación de un saber enciclopédico, sino por hacernos ver lo que hay de sencillo en la enorme complejidad de este equilibrio que todo sostiene. Mirar más allá de lo aparente es una enseñanza que la naturaleza ofrece para cada uno de nosotros.











Está claro que R. Carson halló el sentido del asombro, podría decirse de su vida, a través del íntimo contacto con sus amados bosques atlánticos, sintiendo los latidos de la tierra y el mar, igual que otros lo hacen componiendo música… o escalando cumbres de 8.000 mts hasta llegar a la extenuación, incluso la muerte.





Hay siete mil millones de personas, sí, 7.000.000.000, en este planeta buscando un sentido a su existencia, o huyendo de eso mismo, quien sabe, es tan complejo esto… o tan sencillo como contemplar una tela de araña al amanecer, brillante de rocío, en esos momentos en donde la belleza del mundo aún está intacta y todo, Todo, es de una sencillez sobrecogedora, desconcertante, fascinante… Sí, tan compleja.





Ya os he dicho que mis palabras son insuficientes para transmitir la belleza de este libro. 

R. Carson:

"Para la mayoría de nosotros, el conocimiento de nuestro mundo viene en gran medida a través de la vista, miramos alrededor con tales ojos que no ven que somos particularmente ciegos. Una manera de abrir tus ojos a la belleza inapreciada es preguntarte a ti mismo: ¿Qué pasaría si nunca lo hubiera visto? ¿Qué pasaría si supiera que no lo veré nunca más?




Recuerdo una noche de verano cuando este pensamiento me vino con fuerza. Era una noche clara sin luna. Con un amigo, fuimos a un cabo que era casi una isla pequeña, estando todo rodeado por el agua de la bahía. Allí el horizonte está remoto y lejana la frontera del borde del espacio. Nos tendimos y miramos al cielo y al millón de estrellas que brillaban en la oscuridad.

La noche estaba tan en calma que podíamos oír el ruido de las boyas sobre el acantilado más allá de la boca de la bahía. Una o dos veces una palabra dicha por alguien en la lejana orilla de la playa era traída por el aire despejado. Unas pocas luces ardían en las cabañas. Aparte de eso no había nada  que nos recordara una presencia humana; mi acompañante y yo estábamos solos con las estrellas. Nunca las había visto tan hermosas: el río brumoso de la Vía Láctea fluyendo a través del cielo, los dibujos de las constelaciones, brillantes y nítidas, un planeta centelleante más abajo en el horizonte. Una o dos veces un meteorito se consumió en su camino hacia la atmósfera de la Tierra." (p. 31-32)



Estas últimas semanas paseando por el campo, al amanecer en algunos días con niebla (lo habréis visto en ciertas fotos con libros, además de éste), me quedaba pasmado con el resplandor del rocío sobre las telas de araña, las diminutas gotitas de agua prendidas de los hilos, descubiertos a cierta distancia, eran como collares de perlas flotando en el aire, así que me acercaba despacio y la atención me ofrecía otra belleza distinta de la anterior, arquitecturas fascinantes hechas de filamentos de seda, igualmente con las gotas de rocío adheridas, y aunque en pocos meses tendré medio siglo, mi hija de cinco años seguramente contemplaría lo mismo que yo… eran como inverosímiles iluminaciones navideñas en unas ciudadelas de hilos.




Parece que hay un período de nuestra vida adulta en donde nos empeñamos en mantener fuerzas contrapuestas con todo aquello que daba sentido, y enriquecía, nuestra niñez… la capacidad de asombro, emocionarse, observar, ese dejar que todo fluya cuando somos niños y niñas, y que convertimos en diques de contención cuando ya no lo somos.

Todo el tiempo que estoy fuera paseando se lo resto al blog, es cierto, incluso a una gran pasión como la lectura... pero yo "leo" mucho en cada suceso que capta mi mirada, observando lo que hay por encima y por debajo de mi cabeza mientras camino en los parajes que frecuento.

Siempre acabo "hablando" de todo, no lo puedo evitar, como le comentaba al amigo Wineruda hace poco: " Al fin y al cabo los libros están dentro de la vida... y la vida dentro de los libros"










Concluidos los últimos libros, me iba a caminar dándole vueltas a la cuestión del asombro, en lo que a mí concierne pienso que nunca la he dejado de lado. Suelo contar un cuento a mi hija Izaskun todas las noches, cuando se mete en la cama… Me los invento; y son muchos.






Al "Príncipe" de Ib Michael... le faltaba la "Princesa Izaskun"


“El oso y la ardilla” por ejemplo… jaja, no, no lo voy a contar, simplemente resumiré que ambos se ayudan, aunque al principio el oso despreciase a la ardilla, un animal tan poderoso y respetado como el oso no quiere perder su valioso tiempo en solucionar los problemillas de un pequeño animalillo… pero la ardilla tiene sus bazas, la persuasión, la…

Terminará ayudando a la ardilla, ésta necesita cruzar a la otra orilla de un gran río… La ardilla lo recompensará con un lugar, recóndito y difícil de encontrar, donde zampar suculenta miel. El oso también necesitaba comer.

Bien, hay más en el cuento, claro. Mi hija Izaskun me escucha ojiplática, yo gesticulo, entono, abro los ojos incluso más que ella…

¡Qué Carajo! ¡Termino igual o más asombrado que mi hija!

¿Os dais cuenta?

Y la miro, veo una expresión feliz. Y veo sus ojillos, vencidos por un día larguísimo, entornándose poco a poco, llevándose con ella, a ese lugar mágico, todo el asombro del mundo… es decir, el que ha sido capaz de regalarle su papá. Cada vez que regreso del campo, lo hago con un libro repleto de asombro, aunque es invisible, el libro.





Mi hija, en la plenitud de su asombro...




miércoles, 15 de marzo de 2017

El sentido del asombro. Rachel Carson (Estados Unidos, 1907-1964)
Libro, Ediciones Encuentro, 2012. 47 páginas.

Fotos, Paco Castillo




A la bióloga Rachel Carson hay que reconocerle un mérito ingente, su obra “La primavera silenciosa”, publicada en 1962, constituye uno de esos escasísimos libros que han tenido el poder de cambiar el mundo, para mejor. Y no es una afirmación exagerada.

Incluso numerosos científicos aseguran que sin dicho libro, es muy probable que no existiese Greenpeace.




Por eso sobrecoge saber que ella no fue testigo de la importancia e influencia posterior de su obra, pues murió de un cáncer de mama a los 56 años, cuando estaba padeciendo una campaña de desprestigio social auspiciada por las grandes compañías de pesticidas (DDT) norteamericanas. El tiempo puso las cosas en su lugar.

Una bióloga marina cuya escritura, hermosa y evocadora, se sitúa en el umbral de la gran literatura, más aún, de la poesía. Y sigo sin exagerar. Se puede comprobar en todos sus libros, como el memorable “El mar que nos rodea”. Pero no vengo a presentar esas dos propuestas.





Yo os traigo otro de la autora. Es igual de deslumbrante, y tal vez el más bello. Tan breve que apenas llega a las cincuenta páginas.

“El sentido del asombro”

Con un título así sería un desagravio no descubrir que esconde.

Todo empezó tras mi última lectura, el magnífico “Príncipe” de Ib Michael. Estuve dándole vueltas a la cuestión central del libro, el asombro, esa capacidad que parece diluirse con la edad.

Poco después me puse a rebuscar en mi biblioteca, sabía que por algún rincón había un librito con un enunciado utilizando esa palabra…

Asombro.





Y aquí está. He tomado una decisión, prescindiré de mis comentarios, expondré el libro tal cual, excepto algunos cortes en los que se reiteren cuestiones. Es muy breve y merece la pena. Lo dividiré en dos o tres entradas, la siguiente será en unos días. En cada una habrá algo que descubrir, sin duda.

Requiere una lectura tranquila, acompañada de un té, un café, o una copa de vino…

Sus páginas atesoran una auténtica lección de humanidad, no en el sentido de compasión hacia el prójimo, sino en el de una forma genuina de estar ante el mundo, una manera de apreciarlo que ya se me antoja moribunda.

Os aseguro que sentiréis asombro al conocer lo que consiguió la buena de Rachel, y al encontraros con la belleza de sus palabras.

Así que, doy paso al libro:


Prólogo y traducción de Mª. Ángeles Martín R-Ovelleiro.


El sentido del asombro fue escrito por Rachel Carson, una mujer que hizo historia en el mundo ambientalista con su libro La primavera silenciosa (1962), en el que denunció el uso indiscriminado del DDT señalando sus dañinas consecuencias para la salud pública y la naturaleza.

“Era una primavera sin voces. En las madrugadas que antaño fueron perturbadas por el coro de gorriones, golondrinas, palomos, arrendajos y petirrojos y otra multitud de gorgojeos, no se percibía un solo rumor, solo el silencio se extendía sobre los campos, los bosques y las marismas". (Extracto, La primavera silenciosa)





¿Qué es lo que ha silenciado las voces de la primavera en incontables ciudades de Norteamérica? Con esa pregunta comienza La primavera silenciosa, que tras cincuenta años sigue siendo un best seller. La posibilidad real del escenario conmocionó a la sociedad americana de los años sesenta.

El revuelo que produjo esta publicación tuvo varias causas. (…) denunció exhaustivamente una tecnología dañina a la que no se planeaba ponerle límites en aquella época. (…) evidenció un riesgo para la salud pública por una falta de precaución normativa.

Los temores generalizados en la sociedad americana se desataron. Como consecuencia el imperio de la industria química de los pesticidas organizó una intensa campaña de desprestigio personal y descrédito científico contra Rachel Carson. A pesar de ello, la aparición de su nombre en la prensa fue constante y el éxito de ventas del libro fue inusitado.
Esto provocó que la única cadena de televisión que empezaba a emitir en esa época, la CBS, realizara un programa especial sobre los pesticidas químicos y La primavera silenciosa. En dicho programa emitido en directo en franja de máxima audiencia se entrevistó a Rachel Carson. Miles de hogares vieron por televisión a una mujer sin afán alguno de protagonismo, que advertía de los peligros del DDT para la salud de las personas y de los ecosistemas. La firmeza de su argumentación junto con su capacidad comunicativa desencadenaron la alarma social.

(...), el Congreso de los EUA, bajo el mandato de J.F Kennedy, la llamó a comparecer en una Comisión de Estudio acerca de los Pesticidas. Como consecuencia (...) se establecieron Políticas de Protección de Salud Pública y de Conservación de la Naturaleza.
Todo este proceso empezaría a cristalizar sin que Carson lo viese en vida, en 1966, con la firma de la Ley Nacional de Protección Ambiental (NEPA), precursora de toda la Legislación Ambiental Americana y más tarde Europea.

Rachel Carson murió de cáncer de mama a los cincuenta y seis años, en 1964.

Se puede decir que el curso de la historia sociológica de América, y por influencia la de Europa, cambió al introducir la cuestión de nuestra relación con la naturaleza a debate. El axioma de proteger el medio ambiente, que hoy nadie discute, tiene en ese momento su origen. Así mismo, los movimientos ecologistas surgen, como explican la mayoría de los tratados de Historia de la Conservación, a raíz de la publicación de La primavera silenciosa. (...)





La vida personal de Carson estuvo marcada, desde muy joven, por cuidar y mantener económicamente a su madre y su sobrino, a quien adoptó cuando quedó huérfano. Rachel iba para filóloga hasta que una profesora de Biología le despertó la gran pasión que ya poseía desde niña: estar cerca de la naturaleza. (...)




El libro fue en origen un artículo que le encargó la revista Woman´s Home Companion (...) fue publicado póstumamente en 1965 por la editorial Harper. Carson aceptó este encargo pues vio en él la oportunidad de poner por escrito lo que tenía que decir antes de morir. Siempre quiso ampliar este artículo a un libro. Lamentablemente, tuvo mucha dificultad en escribirlo tanto por los dolores que sufría como por el escaso tiempo del que disponía (...)

El sentido del asombro es un libro de reflexiones y experiencias a lo largo de su vida cuidando a su sobrino Roger. Rachel, que nunca se casó ni tuvo hijos, partió de lo que ella más amaba y disfrutaba para entretener a su sobrino: pasar horas cerca de los bosques y el mar de Maine. 

Cuando Roger tenía tan solo veinte meses empezaron sus aventuras juntos. La acogida sencilla y entusiasta de la naturaleza por parte del niño cautivó a Carson. La fuerza de las olas, el ruido del viento, el olor del mar, la oscuridad de la noche, nada producía temor al niño, más bien todo lo contrario.

(...) El asombro provoca lanzarse a descubrir un mundo porque fascina y al tiempo se percibe como algo que no es ajeno. Carson reconoció este preciso estado como el original para acercarse al mundo.
(...) no tenía ninguna pretensión de enseñar a su sobrino toda su ciencia o clasificación taxonómica. Quería simplemente que surgiera el "wonder". Esta palabra en inglés tiene una doble acepción; la de sorprenderse y la de preguntarse. (...)







Carson intuyó que este sentido natural, que todos poseemos, iba a mermarse ante el avance de una tecnología que tendía a separarnos del contacto con la naturaleza. Ella sospechó que aquella época que le tocó vivir, cuando se crecía al aire libre, iba a tener los días contados. El tiempo en que la naturaleza era parte del hogar, los niños jugaban a bañarse en el río, construían cabañas en el árbol o se tumbaban en campos de trigo estaba próximo a acabarse. Es por esto que Carson vio imprescindible cultivar el sentido del asombro.

(...) Este acompañamiento (adulto-niño), me recuerda a la simbiosis en los líquines, que a Carson tanto gustaban. Ella sabía que el entusiasmo ante el ruido de mar o sobre el olor después de una tormenta era la mejor manera para que su sobrino disfrutara. La reacción del niño, como si todo le perteneciera, le hacía más comprensible y a la vez más misterioso ese sentido del asombro a Carson. 

Ambos se ayudaban. Ninguno poseía para sí la fascinación sino que parecía que la agrandaran por el mero hecho de reconocer juntos la belleza innata del mundo.





(...) Carson expone qué es lo esencial: estar atentos, saber ver, dejarse asombrar, preguntarse. (...)

Este breve libro fue escrito con una prosa casi poética. El perfeccionismo que se nota en la colocación de cada palabra no es solo un rasgo del carácter de su autora, sino una cuidada forma de hacer disfrutar y asombrar al lector. Rezuma sensibilidad, belleza y amor por lo que dice y escribe.


M.ª Ángeles Martín R-Ovelleiro




El sentido del asombro

Una tormentosa noche de otoño cuando mi sobrino Roger tenía unos veinte meses le envolví con una manta y lo llevé a la playa en la oscuridad lluviosa.
Allí fuera, justo a la orilla de lo que no podíamos ver, donde enormes olas tronaban, tenuemente percibimos vagas formas blancas que resonaban y gritaban y nos arrojaban puñados de espuma. Reímos juntos de pura alegría. Él, un bebé conociendo por primera vez el salvaje tumulto del océano. Yo, con la sal de la mitad de mi vida de amor al mar en mí. Pero creo que ambos sentimos la misma respuesta, el mismo escalofrío en nuestra espina dorsal ante la inmensidad, el bramar del océano y la noche indómita que nos rodeaba.





Continuará...

domingo, 19 de febrero de 2017

Príncipe. Ib Michael (Dinamarca, 1945)

Libro. Editorial Salamandra, 2002. Traducción: Juan Mari Mendizabal Sarasua. 314 páginas.



Arranco con un fragmento, de la sinopsis en la contraportada, para situaros:

“A comienzos del siglo XX, en un hotel situado en un pueblecito de pescadores de la costa danesa, Malte, un niño de doce años nacido con el cambio de siglo, huérfano de padre y proveniente de la ciudad, despierta a la libertad del verano. El ambiente del pueblo, con sus barcas de pesca, la playa, el faro y los demás habitantes de la casa de huéspedes en la que ha sido acogido por su dueña, crean un ambiente de mágica ensoñación y transforman a Malte en un ser excepcional, un “príncipe”  dotado de una rica imaginación, debida  en parte a su recién descubierta afición por la lectura.”




He acabado este libro aferrado a una certeza, volveré a leerlo con el tiempo. No, no lo voy a releer, lo voy a revivir. Un libro así no se lee, se vive.

La escritura de Ib Michael es tan bella que casi provoca dolor, pues el rictus de embelesamiento en el semblante permanece inalterable hasta la última palabra que cierra la historia. Si los cuarenta y tantos músculos de la cara se torsionan ante tal despliegue de belleza, pues lo bello duele, pero su efecto embriagador inocula cualquier malestar.

Procedente la tundra ártica, un enorme iceberg naufraga sin destino por el mar del norte…

Así nace esta historia.

Y como si de repente tú mismo fueses el único ser en la inmensa soledad del polo, estás ahí, eres testigo del momento culminante en el que todo se originó, nadie más en la tierra lo ve, sucedió así…

“Todo empieza envuelto en la niebla. En lo más alto del globo terrestre, donde nadie lo ve, el hielo se resquebraja y el estruendo resuena en los blancos fiordos. Entre los témpanos aparece el azul del mar, y la noche, ese medio año durante el cual el sol ha estado bajo el horizonte, ha terminado.

El borde del hielo cruje y las grietas se suceden unas a otras cuando una montaña de cristal, del tamaño de un palacio de cuento de hadas, con sus torres, espiras y ventanas, que ha estado largo tiempo cubierto por la nieve, se desgaja y se hace a la mar entre vientos ululantes.

El largo día ha vuelto.

El palacio se mece rumbo al sur, sacudido por la tormenta, que pule sus facetas hasta dejarlas relucientes mientras las torres se afilan como leznas y gotean bajo un sol que se eleva en el cielo, cada día un poco más.

El palacio descansa sobre un lecho de sombras aguamarina. A medida que el calor aumenta, el hielo se hace quebradizo. Empieza a correr el agua por las rendijas, (…). Se forman pequeñas lagunas, el palacio se vacía gota a gota.

Cuando la luz incide con un ángulo determinado, parece una catedral con vidrieras, unas alargadas, otras redondas, en las que el hielo forma prismas y descompone la luz. O bien gira poco a poco en la corriente para revelar una mezquita con cúpulas bulbiformes.

Todo fluye, y el sol va girando en su trayectoria. El hielo se agrieta; con el eco del fiordo que, tras un sueño de más de medio siglo, ha liberado el iceberg, (…)”


Eso sí, la belleza tiene la contrariedad de constituir un viaje de ida y vuelta, uno no puede instalarse de forma permanente en ella, no te permite ese triunfo, pues si vivieses indefinidamente en su reducto acabarías marchitando su esplendor, tu mirada acabaría discriminándola, lo bello, de puro desgaste ante la mirada continua, tornaría en ordinario.

Vivimos en la oscuridad de la cueva, prestos para correr de forma fulminante hacia el fugaz resplandor de lo bello. No es que la belleza sea siempre efímera y dure un suspiro, ocurre muchas veces que lo leve es el momento en que nosotros la advertimos, aunque en otras ocasiones es verdad que su vida es testimonial, igual que la de esas ninfas, las efímeras…

Lo fascinante de esta belleza es que viene de la agudísima observación de Ib Michael, pues la detecta en aquello que nuestra mirada ignora, más que nada por indiferencia, pero los ojos de un niño son otra historia, y los de su ángel custodio, un ser del inframundo que lo vigila y protege, por que en el fondo cuida de una visión del mundo para que no se extinga, pues también es otra historia…





“Príncipe” es un canto a la niñez, a esos años en los que la curiosidad insaciable te hacen inmortal, cuando se cumplen nueve años, diez, once… en esos espacios de doce meses transcurren siglos.

Malte es un niño que, como todos los niños, se entrega sin reservas ante el asombro de percibir la vida como un misterio envuelto en un pequeño, o gran, descubrimiento, ya sea una lagartija de 30 millones de años atrapada en ámbar, o la emoción de las primeras lecturas, importándole un carajo, en esa etapa, si lo leído lo ha escrito un tal Verne.

Buena parte de la narración cae en una presencia evanescente, fantasmagórica podría decirse, una especie de espíritu protector del chiquillo, que tan pronto se encarna en un viejo zorro que merodea por los campos del pueblo, como en una piedra de ámbar, sí, esa piedra que refería, con libélula o lagartija incluida, y sin embargo ese halo se adhiere a la “realidad” del pueblo y sus habitantes, incluidos los veraneantes, sin producir distorsiones, disonancias, son vasos comunicantes perfectamente hermanados. Se entiende que esa presencia, es el padre.

Malte no pierde ocasión de salir disparado hacia la desierta playa, a ver que encuentra por ahí, unas veces lo recibe entre la bruma, otras con esa claridad infinita del cielo nórdico:

“Pasa los días en la arena. La fuerte luz de la playa hace que la cabeza le dé vueltas. Tiene el cuerpo moreno como el de un gitano, y el bañador mojado de rodar por la orilla. Construye un castillo, coge piedras y conchas, da palmadas a la empalizada para afianzarla y dirige el agua por canales que ha excavado con los dedos. Busca ramitas y las adorna con estandartes de algas. Atrapa cangrejos y los mete en botes de mermelada, los alimenta con pulgas de arena y los suelta al caer la tarde.

O coloca estrellas de mar en el fondo del bote y después las observa al trasluz. Mientras gira lentamente y las suelas de sus zapatos dibujan en la arena una corona de hojas de girasol, pega un ojo al fondo del bote de mermelada y lo utiliza como telescopio. Disuelto en luz, observa las galaxias que giran en el espacio.”

Y seduce la elegancia de Ib Michael para entrelazar sensaciones a priori antagónicas, pues… ¿cómo puede unirse la descripción de unos peces abiertos, secándose a la brisa, con la grácil evocación de una cometa?

“Divisa (Malte) una hilera de postes, se detiene e inspira abriendo bien las fosas nasales. Colgadas de cuerdas tendidas entre postes, ondean al viento unas formas blancas saladas; son peces, abiertos hasta la raspa y puestos a secar. Las platijas secas se parecen a las cintas que él suele atar a la cuerda de su cometa.”

Hay magia en las palabras de Ib Michael, como si se escapasen de un cuerpo en estado de trance, como si surgiesen de otro mundo, en ese limbo entre la vida y la muerte por el que deambulas tras la ingesta de ayahuasca, y las palabras aullan, vuelan, queman, muerden, se arrugan, sueñan, nacen, mueren, tal es el viaje a lo primitivo de nuestra conciencia que tan bien conocen las tribus amazónicas, también los chamanes incas cuando se entregan al ritual alucinógeno

Esto lo conoce bien Ib Michael el viajero, claro que también es poeta, y escribe novelas. Esta es una de ellas.

He de aclarar que Ib Michael no alucina, solo yo. Mi ayahuasca particular son los libros, tiene que haber de todo… ¿no?

Leí en algún artículo que la capacidad de asombro va menguando con el paso a la edad adulta, lastrada por los agobios de una vida que nos impone demasiados corsés. Así que el desencanto adulto va aniquilando al entusiasmo infantil. Cuando sabes esto y tienes un libro así entre los brazos, casi te dan ganas de abrazarlo…




La historia no va de incas y chamanes. Pero de alguna manera están. Alusiones al Perú las hay, incluso uno de los personajes tiene familia oriunda de Iquitos, poblado de la amazonía peruana (que tengo el privilegio de conocer).

Además, los chamanes y los niños son la misma cosa, la única diferencia es que unos tienen la piel curtida y las arrugas del tiempo asoman por su rostro, y gustan de permanecer más bien quietos. Y los otros tienen la piel lustrosa, como los cachorritos de las focas, y son nómadas incansables. En todo lo restante, misterio y magia incluidas, son iguales.

Es una escritura sensorial, sus palabras no quieren que las desgajes en un sinfín de sesudos significados, quieren estar desnudas, ser como una gota de lluvia transparente. Quieren ser palpadas, u olfateadas, son más orgánicas que conceptuales.

Eso piden, pues la literatura que crean está hecha con golpes de viento, han respirado el aire de cada continente, tienen adherido el sabor de especias exóticas, y tienen sonidos de caracolas, en ellas se escucha el mar, la brisa, o lo que quieras. Todos los niños lo saben.

Esta literatura ha ido al encuentro de grandes horizontes y se ha perdido en angostas callejuelas.

Ha trepado a las alturas del mundo, en donde solo existe hielo perpetuo, y se ha tumbado sobre la tierra, en la pacha mama (madre tierra), que dicen los incas.

Todavía los hay, los incas, cuando voy al Perú los reconozco por la mirada triste y perdida, en un imperio de chabolas y hierros oxidados desperdigado por los cerros polvorientos de Lima.

Sí, el Perú, y otros confines, están en las páginas de este libro, aunque Malte no sale del pueblecito danés de pescadores, al que ha ido de veraneo. Cuando sube al faro del viejo Olesen, puede ver cualquier país, incluido Perú, faltaría más.

Ib Michael, alentado por la llamada de sus ancestros vikingos, ha surcado océanos y continentes, ha visto cielos con millones de estrellas en la más absoluta oscuridad y quietud. Toda esa materia prima que he citado, compuesta de innumerables estímulos, ha configurado sus experiencias vitales. Todo ello lo pone al servicio de su oficio, escritor. Contar historias, ¿hay algo más impresionante que crear un mundo con palabras?

Existen mil razones para escribir. Ib Michael lo ha hecho para volver a ser niño, tiene 72 años, una edad en la que el viejo y el niño empiezan a recorrer juntos el camino, cogidos de la mano, las voces en su interior suenan con un vigor tremendo, son los gritos y la algarabía infantil, saldría corriendo como un rayo ahora mismo… pero sus huesos ya están cansados. No es nostalgia lo que hay aquí, solo es el anhelo de seguir viendo galaxias a través de un bote de mermelada, aunque se esté cerca de los 80 años…




Ha escrito "Príncipe" para rememorar la claridad estival penetrando por la ventana, a penas despunta la mañana. Para embriagarse con el frescor marino y sentir la plenitud de la vida con los ojos de un niño.

Lo hace para desandar lo andado, y encontrarte en el retorno las huellas, cada vez más pequeñas, menos hundidas sobre la arena, hasta detener el paso en la orilla de la playa. Ahí están las pisadas de un niño, irregulares, nerviosas. Se suceden paralelas a la mansa rompiente de las olas, donde la espuma blanquecina yace abatida sobre la tierra, dibujando incontables paréntesis, entre los cuales queda el mar envuelto por el horizonte.

Cuenta Ib Michael, porque lo dice un personaje del libro, que a su vez lo escuchó de unos pescadores, que incluso antes de que se inventaran los barcos, existe un acuerdo tácito entre los hombres y los delfines para no agredirse, no hacerse daño, un antiquísimo pacto de respeto mutuo.

Malte, el niño, corre, casi vuela, por la playa, pero no avista delfín alguno atravesando el mar. Los delfines si lo han visto a él, corriendo y riendo en la lejanía, donde se suicidan las olas.

Hay un mundo que nos observa, aunque parezca no existir, ya lo dije en alguna ocasión.

También somos aquello que retiene la mirada de un delfín. Ojalá algún día nos cuenten qué es lo que somos en sus cerebros. O tal vez nos lo contaron hace siglos, desde siempre supieron muy bien mirarnos a los ojos.

Tengo que concluir ya, antes de que el amor se desvanezca en la oscuridad, como el recuerdo de un marino muerto, que pertrechado en su ataúd, fue abrazado por los hielos, un abrazo que duró setenta años, y lo dejo intacto a él, con su rictus mortal, y a su caja de madera. Hasta que un iceberg, “del tamaño de un palacio de cuento de hadas” lo llevó consigo al mar, incluso ahí, el marino recuerda a su amada groenlandesa, a la que nunca más volvió a ver:


“Nuestro amor se encuentra en su cenit. Lo cultivamos en lugares donde nadie puede encontrarnos; salimos con el bote, nos tumbamos en el fondo y dejamos que vaya a la deriva. Nos poseemos entre el oleaje, también cuando la mar está en calma, mientras las golondrinas chillan sin parar y perlas saladas brotan de nuestra piel. Después nos zambullimos en el agua y seguimos jugando allí.

O remamos hacia tierra firme, arrastramos el bote playa arriba y encontramos una hondanada entre las dunas donde el sol ha ardido antes que nosotros. En el bosque, un puesto de caza ha protegido nuestros abrazos.
Hemos pasado noches rodeados de musgo y nos ha despertado el ruido del mascar de los corzos, desnudos como nosotros.”